¡YO NO SOY EL DUEÑO DE LOS PERSONAJES DE HOTEL TRANSYLVANIA! A EXCEPCIÓN DE LOS OC'S

Sin más que agregar los dejo con el capítulo.


Agradecimientos.

Byakko Yugure: gracias por tu review. El reproductor no se equivoca, él es tu amigo; ese burst lo hice algo parecido a la peli, ya sabes, cuando Dennis obtiene sus colmillos por ella, solo que aquí lo hice más extremo xD; bueno, con respecto a lo del don de Karou, el collar y la profecía que le dio a Wanda, en este capítulo todo cuadrará. Es diabetes porque Dennie es love, is life. Y es cierto, el que no hizo algo así de niño, fracasó como uno. Gracias por leer

TheyTookMyUsername: gracias por tu review. Jajajaja, gracias, y espero que no lleguen los tomatazos :v Y hablando de lo de Dennis vampiro, antes habías dicho (si no me equivoco) que no sabías qué pasó, bueno, en este cap cuadro todo lo que sucedió. Todo. Espero te guste. Gracias por leer.

algebra12: gracias por tu review. Lo notaste xD Quise hacerlo un poco parecido a la peli; y bueno con respecto a tus dudas con el Berseker, :V En este capítulo las resuelvo, espero te guste. Gracias por leer.

angelestebanfox12: gracias por tu review. Gracias, me alegra que te gustaran y este, puff, me imagino que te gustará xD. Gracias por leer.


X

Dennis Drácula-Loughran

El llegar a Feera, el bosque oeste, les tomó un poco más de tiempo que para llegar al este, debido a que llegar del sur al este era un trayecto que podían hacer solo caminando entre los bosques, sin embargo, para ir del este al oeste, debían o cruzar en línea recta el pueblo o rodearlo en media circunferencia. Si Dennis no hubiera tenido esa herida en el brazo que, aunque era pequeña y no parecía extendérsele como la última vez, dolía bastante, haciéndolo sudar y mermándole las energías, hubieran llegado más rápido.

No obstante, tenía a la loba consigo y aunque tuvieron que rodear el pueblo, no le importó mucho. Si ella lo acompañaba, la espera lo valía.

Durante el rodeo notó que Winnie se mostro un poco más abierta y cariñosa con él, cuando la herida en el antebrazo le dolía tanto que lo obligaba a detenerse, sentarse y respirar hondo durante varios minutos, ella se sentaba a su lado y le apretaba la mano mientras le acomodaba uno de sus muchos rizos tras la oreja.

—¿Qué es Zing? —le había preguntado en una de sus paradas; habían ya entrado en los lindes del bosque oeste, ahí los árboles parecían brillar, literalmente, eran de un verde casi esmeralda—. Antes me dijiste «mi Zing», ¿qué es?

Winnie había reaccionado de una forma que a Dennis le pareció adorable: se sorprendió con un leve gemido que apenas pudo oír y sus mejillas se sonrojaron tanto que, pese a su pelaje marrón chocolate, se pudo notar.

—Este… —Ella le había explicado que era una palabra creada por los seres mágicos, las hadas, en un intento de tratar de explicar la gama de sentimientos y emociones que embargaban a un monstruo al encontrar a la que sería su alma gemela.

Dennis había comprendido un poco el significado de eso, lo que le causó que sus mejillas ardieran como si tuviera volcanes en erupción en ellas; Winnie estaba reconociendo que él era su alma gemela. Había tragado grueso, sopesándolo. ¿Era Winnie su alma gemela? Vale, pensó, era hermosa, fuerte, ágil, inteligente, tierna y demás adjetivos que se le iría la vida tratando de enumerarlos. Sin embargo, eran distintos, él era un humano y ella una licántropa. ¿Podía ser?

Solo le bastó mirarla para que no le cupieran dudas de ello. Sí, eran distintos, ¿pero quién ponía las reglas de qué se podía y qué no?

—Se que —había dicho ella— tu eres un cazador y yo un monstruo, pero…

Dennis no la había dejado terminar; la atrajo hacia sí y la besó.

—Mi Zing… —Sonrió y volvió a besarla.

Mientras más se adentraban en el bosque más… bonito, por decirlo de alguna forma, se volvía, los árboles se hacían más altos y con colores más llamativos, la hierba que crecía a sus pies parecía ser de dientes de león, era fina, aunque lo suficientemente gruesa como para no sentir la tierra en sus botas; las flores iban cambiando sus tonalidades, de rojo a amarillo, a purpura, a rosa. Cuando cruzaron dos árboles en un entramado que parecía una puerta, vieron el castillo de la Reina.

Dennis se extrañó; es decir, el castillo era grande, sin embargo, no lo vieron antes, y por su tamaño podría haberse notado desde que entraron al bosque; se arriesgaría a decir que desde el pueblo se podría divisar. Fue entonces cuando supuso que los dos árboles entramados debían, de alguna manera mágica, de ser la cobertura. Y lo sencillo era que los árboles podrían pasar desapercibidos para cualquiera.

Caminaron al castillo y todo lo que crecía tenía la tonalidad de las piedras preciosas. La entrada al castillo era extraña, no era una entrada como tal, era… como un portal, el aire se arremolinaba y ondulaba, dentro de este se veía tan nítido como una piedra pulida y enfocaba varios escenarios: la Corte principal, la Corte de las Sílfides, la Corte de las Náyades y la Corte de las Dríades.

Ambos se dieron una mirada de aliento y cruzaron. Todo se puso negro por un instante y luego una presión los succionó, llevándolos a la Corte de la Reina. Era una sala circular de paredes purpuras y suelo dorado. Sobre una elevación del suelo de cinco escalones había un trono de prisma que brillaba de varios colores cuando le daba la luz que entraba por una ventana circular. Un escalón más abajo, estaban tres tronos, a la izquierda uno del fluorita más blanco que jamás había visto, en el centro uno de jade y a la derecha uno de lapislázuli. En cada uno de los tres tronos había un hada distinta que los miraban con superioridad y algo de desprecio, mientras que en el más alto, había un hada distinta a las demás.

De un tono de piel de un suave violeta, casi blanco, ojos color ópalo, y no solo el iris, sino también la pupila y la esclerótica, eran como dos grandes piedras; unos rasgos elegantes y delicados, pómulos afilados como navajas y una cabellera ondulada, negra como la noche, que le caía hasta la espalda y se enroscaba en sus puntiagudas orejas. El vestido que llevaba, de un gris intenso, como las nubes de tormenta, le realzaba al doble el porte que tenía.

No había que ser un genio para darse cuenta que ella era la Reina.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó ella. Su voz sonó firme, aunque delicada. Se notaba que sus órdenes eran la ley.

Dennis iba a contestar, pero Winnie lo interrumpió. Hincó una rodilla en el suelo, colocó una pata en puño en el mismo y miró al hada a los ojos.

—Su majestad, lamentamos interrumpir tan bruscamente vuestro castillo. —Le lanzó una mirada a Dennis para que hiciera lo mismo que ella; él la imitó—. Precisamos un favor de vos.

La Reina no respondió, sino que los miró a ambos impertérrita.

—Señora de los seres mágicos —prosiguió Winnie— requerimos de la ayuda de uno de los vuestros: necesitamos el don de una hija de la magia, entregado por voluntad propia.

—Las hadas no entregamos nuestros dones, licántropa —sentenció ella, con desprecio—; mucho menos para crear el Sangreal. Sería un insulto. ¿Osáis insultar a la Reina de las hadas?

Winnie inspiró con fuerza para controlarse.

—Majestad, jamás nos atreveríamos a insinuar semejante ofensa. Solamente requerimos de su buena voluntad, la cual es alabada como la más grande, para completarlo. Es algo de suma importancia para nosotros, y aunque no seamos más que simples plebeyos a sus pies, requerimos de vuestra ayuda.

—¿En qué me beneficiaría a mí o a mi pueblo el entregarles el don para crearlo? —preguntó—. No tienen nada que yo desee.

Dennis notó que a Winnie le temblaba el puño, de seguro, deseosa por saltarle encima a esa hada. Él mantenía la mano que estaba tras su espalda cerca de la funda de su cuchillo de hierro, mientras la otra la tenía en puño en el suelo.

—Retiraos de esta corte —ordenó la Reina, con calma, pero terminante.

El chico se puso de pie, sin poder aceptar eso.

—Señora, no le estamos pidiendo mucho…

La Reina lo miró con furia, el ceño fruncido se veía fulminante en su rostro frío como el mármol, pero, de un momento a otro, su expresión pasó de enojo a un interés que le erizó el vello de la nuca a Dennis.

—¿Podría ser? —musitó para ella; luego sonrió. Una sonrisa imponente, impactante y a la vez intimidante—. Sí, eres tú.

Dennis se quedó perplejo, sin comprender nada de lo que pasaba. Winnie ladeó la vista y al verlo le dio una pregunta silenciosa con la mirada, a lo que éste se encogió de hombros. Las otras tres hadas cuchicheaban entre sí mientras la Reina seguía con esa sonrisa de serpiente en el rostro. Aplaudió con cuidado, pidiendo el silencio de las demás y luego se levantó del trono.

—Hijo del amanecer, podemos hacer un trato —comunicó la Reina.

Él percibió el pequeño respingo que dio Winnie al escuchar ese nombre. Dennis se confundió aún más, ¿qué era un hijo del amanecer? Vale, sabía que los monstruos y los humanos caían en grupos. Los gigantes eran hijos de la tierra; los vampiros, hijos de la noche; los licántropos, hijos de la luna; las hadas, hijas de la magia; los ghouls, hijos de la muerte y los humanos, hijos del día. Entonces, ¿qué era un hijo del amanecer?

Alejó esos pensamientos y miró los ojos de ópalo de la Reina.

—¿Qué tipo de trato? —inquirió.

La Reina hizo un gesto vago con la mano.

—No mucho, en realidad. —Bajó los cinco escalones de la elevación y caminó hasta él; Dennis notó que ella no caminaba como tal, o sea, sí lo hacía, pero no sobre el suelo dorado, sino sobre el aire, y cada que ponía un pie una leve descarga eléctrica surgía de estos—. Solo quiero algo que me pertenece y que, casualmente, tú tienes.

—Yo no tengo nada tuyo. —Dio un paso atrás; Winnie se puso de pie y miraba a ambos indecisa entre sí quedarse quieta o saltar—. Además —añadió—, ¿qué clase de hada eres? Tú… tú no te pareces a las demás.

—Pasaré por alto el que me tutees, hijo del amanecer, y no responderé esa pregunta… claro, a menos que tengamos trato. ¿No vinieron buscando el don de una de mis hadas para hacer el Sangreal y devolverle la vista a esa mocosa?

—¿Cómo…?

Ella hizo un gesto para restarle importancia.

—¿Trato o no?

Dennis lo pensó. No sabía qué era lo que ella quería, pero si eso les facilitaba el obtener dicho don, pues, ¿qué tenía qué perder? Suspiró resignado y, mirando a la Reina, asintió.

Ella sonrió y se colocó al frente de él, y este notó que el aire entre ambos parecía lleno de tensión, como la tierra en el lugar donde un rayo está por caer, levantó la mano y con delicadeza le acarició el rostro. Dennis iba replicar, solo que cuando intentó moverse su cuerpo no le respondió, se mantuvo quieto, como si estuviera atado con cadenas al suelo. Pensó que lo habían hechizado, y entonces lo entendió, no era que lo hubiera hechizado como tal, era que alteró sus impulsos nerviosos.

Ya comprendió por qué le parecía diferente.

Porque ella no era una hada como las demás. No era una Sílfide, que manejaba el aire; ni una Dríade, que manejaba la tierra y la naturaleza; ni una Náyade, que controlaba el agua; ni siquiera una Salamandra, que dominaban el fuego.

Ella controlaba las corrientes eléctricas. El rayo.

La Reina caminó hasta Winnie y al colocarle una mano en el hombro pasó lo mismo que con Dennis, le quitó con cuidado el fino collar con el trocito de oro que le colgaba al cuello y al volver con él, se lo colocó.

—Con esto lo soportarás —le dijo.

«¿Soportar qué?» quiso decir, pero de su boca no salieron palabras.

De las delicadas manos de la Reina surgió un arco voltaico que se expandió y la recubrió por completo, como un guante largo de satín, llegándole hasta el codo, lo levantó y de un solo golpe lo clavó al pecho de Dennis.

Quiso gritar. Quiso revolverse para darle su merecido a la Reina, solo que no podía ni siquiera pestañar. Lo extraño era que no sangraba, de reojo veía como ese brazo le atravesaba el centro del pecho como si fuera agua, y la sangre no salía.

—No te sorprendas, hijo del amanecer —dijo la Reina, con cruel diversión—, esta magia no afecta el cuerpo, solo el alma.

Y de repente Dennis sintió frío, mucho, mucho frío, como si estuviera en un tornado invernal, percibió cómo sus rizos se movían con furia y los penachos de sus flechas parecían a punto de desprenderse. Era como si un vendaval saliera de él mismo.

Entonces vino el dolor.

Cuando la Reina empezó a retirar su brazo, corrientes de dolor, rayos de tormento le recorrieron cada célula del cuerpo. El dolor de la herida del ghoul era un paseo en el parque comparado con esto.

Y luego vinieron los recuerdos.


La luna era roja.

Roja como la sangre.

Mavis, en sus quince años de vida, nunca había visto una luna así, su padre le había dicho que la Luna de Sangre siempre significaba algo, que era una señal para los vampiros. Sin embargo, en ese momento, la señal no era buena, era la peor posible.

Sus padres, Drácula y Martha, los habían sacado de donde se escondían de los humanos para huir. El hombre lobo que había jurado resguardarlos los había traicionado y develado su ubicación. Dos humanos habían llegado con antorchas e instrumentos templados en agua bendita, su madre fue la primera en caer; se había lanzado contra ellos, pero estos la mataron con una flecha directo al corazón. El siseo de cómo su carne y cuerpo se quemaban hasta quedar los huesos se le grabó en la mente.

Ella y su hermano mellizo escaparon junto a su padre con el tiempo que su madre les había dado, y, aunque Drácula hacía lo posible para que no lo notaran, tanto ella como Abraham se daban cuenta de las lágrimas que caían. Una mezcla entre agua y sangre. A Mavis siempre le parecieron que las lágrimas de los vampiros eran las más sinceras, porque en verdad parecía que perdían una parte de ellos cuando las dejaban salir.

Llegaron a un claro en el bosque norte (su madre le había dicho que su nombre era Lunaris) y Drácula se detuvo de inmediato. Los miró a ambos y los apremió a que subieran a los árboles. Ellos lo hicieron y por precaución se metamorfosearon en serpientes para pasar desapercibidos por las ramas.

Acto seguido los dos humanos aparecieron y un tercero llegó por la espalda de Drácula.

—No tienes a donde huir —dijo uno de los humanos; era bajo y de cabello negro rizado, iba con un cuchillo en la mano.

—Has matado a muchos humanos, Drácula —le siguió el segundo; este era rubio y llevaba un grueso libro en sus manos.

El tercer humano no dijo nada, solo se acercaba lentamente con una espada que parecía darles tanto a su padre, a su hermano y a ella, una silenciosa advertencia, y junto a su cabello rojizo, era como una Salamandra; solo que él era humano.

Drácula los miraba alternados, sus colmillos se asomaron por sus labios, sus ojos se tornaron rojos y sus garras se alargaron; Mavis nunca había visto a su padre de ese modo.

Drácula se lanzó contra el humano del cuchillo dándole un zarpazo en el rostro y luego tomándolo del cuello, el humano dio un mandoble con el cuchillo logrando sacarle un chillido de dolor al vampiro, quien dio dos pasos hacia atrás. Drácula dio un golpe al suelo, agrietándolo. Los humanos se tambalearon y él aprovechó para ir por el de la espada. Su padre se movía a una increíble velocidad, que le costaba seguirlo, no obstante, el humano de cabello rojizo movía la espada y lograba bloquear cada zarpazo que Drácula daba, y, a su vez, como estaba templada en agua bendita, lo quemaba.

—«Y le respondió el Señor —salmodió el humano rubio, leyendo del libro—: Ciertamente quien matara a Caín, siete veces será castigado. —La espada del humano de cabello rojizo pareció palpitar, Drácula dio un paso atrás y miró al rubio, que seguía recitando—. Entonces el Señor puso una marca en Caín para que no lo matase cualquiera que le hallara».

El humano de la espada atacó y de un mandoble le hizo un corte en el pecho a Drácula, quien se tambaleó hacia atrás, este intentó usar las sombras para atacar, pero no les respondían.

—¿Qué me has hecho? —le rugió al humano de la espada. Él no se inmutó.

Drácula se volvió contra el humano del libro y en un parpadeo clavó sus garras en su vientre, este escupió sangre, dejó caer el libro y se tambaleó, para al final morir en el suelo. Acto seguido algo brilló en el pecho de Drácula, una rara marca que parecía cambiar de forma.

—Despídete de tus poderes, vampiro —escupió el humano de cabello rizado, tomando el libro de su compañero muerto. Lanzó el cuchillo y Drácula por instinto dio un salto atrás para esquivarlo. El humano de cabello rojizo aprovechó y de otro mandoble le dio otro corte, esta vez en la espalda.

—¡Termínalo, Viktor! —le espetó.

El humano de cabello negro, Viktor, tomó el libro, hojeó con rapidez y salmodió un verso distinto.

—«Contó Dios tu reino y le ha puesto fin; pesado has sido en la balanza y hallado falto».

Pasaron dos cosas distintas cuando Viktor terminó. La primera fue que su padre cayó de rodillas emanando una extraña luz azul que provenía de la marca en su pecho, y la segunda fue la sonrisa en los labios del humano de la espada a la vez que la alzaba.

—Yo, Jonathan Harker, hijo del día, te destierro a los lindes de este mundo y que los tuyos sufran tu caída. ¡Mene Mene Tekel Uparshin!

La espada se clavó en el pecho de Drácula con un ruido sordo, y el vampiro cayó hacia atrás con los ojos cristalizados viendo la nada; un instante después su cuerpo siseaba, ardía y se derretía hasta que desapareció y en su lugar quedaron dos luces. Una roja y una azul.

Los humanos cayeron agotados al suelo, jadeando con fuerza, mientras las luces ascendían al cielo y en un parpadeo destellaron y fueron hacia ellos. La roja se incrustó en Abraham y la azul en Mavis. Fue indoloro, como una picada de mosquito, pero sus efectos notorios. Perdieron su transformación al instante, tomando de nuevo su forma original. Por suerte los humanos no se percataron de su presencia ya que estaban hasta lo más arriba del árbol, su mellizo la miró asustado y le susurró.

—¿Qué sucedió? ¿Por qué volvimos a ser humanos sin desearlo?

No lo sabía, Mavis no lo sabía.

Y tampoco sabía por qué, por más que intentara, no podía volver a transformarse.


Cuando volvió en sí Dennis respiraba de forma entrecortada, abrumado por lo que vio. La Reina terminó de sacar su mano y una espesa niebla blanca se arremolinaba en ella, apretó la mano y la niebla se ensortijó sobre sí misma hasta que formó una especie de gota color blanco perla, solo que en lugar de ser líquida era sólida.

Sonrió y lo miró.

—Va uno —dijo—, faltan tres.

Y antes de que Dennis pudiera procesar lo que dijo, volvió a enterrar su mano en su pecho.


A sus veintiún años Jonathan Harker, hijo de Quincey Harker y nieto del original Jonathan, asesino de Drácula, no tenía muy en claro lo que Muspel significaba para su padre, quien era el que la dirigía. Había pasado la prueba para el ingreso hacía dos años y con el tiempo logró ascender a Guardián, aunque nunca se había animado a salir en una búsqueda. Él solo prefería quedarse en el pueblo y protegerlo de algún intento de invasión.

Sin embargo, ese día, aunque se quejó con su padre, fue mandado con el grupo de los Rastreadores a revisar una especie de campamento en los lindes del bosque norte donde, según un comerciante que venía en su carreta, vio a un licántropo. Jonathan tenía experiencia con los hombres lobos por intentos de ataques a los miembros del pueblo, por lo que solo se fue con sus confiables cuchillos de plata.

En efecto, había una especie de campamento de licántropos y por lo que había leído, era de una manada nómada, como las de la mayoría. Apenas divisaron el grupo de cazadores los lobos se lanzaron a por ellos y estos respondieron igual. Jonathan mató a un total de cinco lobos y logró adentrarse en el campamento sin que lo detectaran. Su grupo de Rastreadores (que no era más de cinco) estaban acabando con los machos que los atacaban, mientras las hembras corrían.

Jonathan percibió que uno de los machos entraba en una de las tiendas improvisadas. Él lo siguió

Entró dispuesto a matarlo, pero se detuvo con las dagas en alto. Los tres que había en esa tienda estaban sorprendidos, el macho estaba junto a una hembra que estaba en estado, su barriga se veía de al menos unos cuatro meses; ambos fijaron en él sus ojos amarillos.

Jonathan se quedó de piedra. ¿Estaban matando familias? Nunca se le había ocurrido esa posibilidad. Si bien los monstruos venían de algún lado (no podían solo aparecer por arte de magia, bueno, solo las hadas) jamás los vio como seres con familias, lazos o sentimientos. Ellos solos eran eso: monstruos.

Bajó sus cuchillos sin apartar la mirada de la loba y ellos no hicieron ademan de atacarlo.

—¿Son tuyos? —le preguntó al macho. Ni siquiera sabía qué hacía, no había registros de que los monstruos hablaran.

—Sí. —La voz era gruesa.

—¿Cuánto tienen?

—Cinco meses —respondió la hembra.

—¿Ustedes dos, tienen nombres?

—Wayne —respondió el macho.

—Wanda —le siguió la hembra.

Jonathan suspiró y se dio la vuelta.

—Váyanse. Yo no mato familias, ni mucho menos nonatos.

Y salió de la tienda; poco después, ambos salieron y se perdieron en los espesos árboles. Jonathan volvió con su grupo y cuando uno de ellos, un amigo de él, Minor, le preguntó si encontró algo él negó. No tenía la fuerza para decirles que fue incapaz de matarlos. Volvió con los suyos y vio que estaban terminando de masacrar sin piedad a una familia de cinco, los dos adultos y tres niños, a flechas. Fue entonces cuando Jonathan se preguntó qué había visto de amenazante el mercader como para llamarlos.

Esos licántropos no lo atacaron.

Esos licántropos solo lo ignoraron.

Quienes atacaron fueron ellos.

Fue Muspel.

Estaban matando familias.

Se sintió sucio, manchado con la sangre de esos lobos, y entonces pensó en si alguno de los monstruos que había matado, hadas, licántropos, duendes, ogros, habían tenido a alguien que los echara de menos una vez muertos.

Volvieron al pueblo y cuando su padre le preguntó cómo fue la caza le dijo la verdad. No tuvo la fuerza para mentirle.

—Buena broma, Jonny —dijo su padre, dándole una palmada en la espalda, soltando una carcajada—. Por un momento me creí que de verdad los dejaste ir.

—Lo hice —repuso Jonathan, con un tono frío y cortante.

La sonrisa se su padre se borró y la expresión bonachona se tornó seria, haciendo honor a su apodo de firme que tenía entre los miembros de la organización.

—¿Por qué lo hiciste? —El tono de su padre era neutral, tan político.

—No pude matarlos —respondió—, era una mujer lobo en estado, padre. Eran bebes que ni siquiera nacían, ¿querías que fuera tan desalmado? Piensa en esos niños. Porque son niños, son inocentes como cualquier niño humano.

—¡Tu trabajo no es pensar, Jonathan! —espetó su padre—. Tu trabajo como miembro de Muspel es matar monstruos.

—¿Por qué? —soltó, enojado—. ¿Por qué tenemos que matarlos? ¿Has pensado en tratar de comunicarte con ellos? Míralos. ¿Quieres que sea una máquina de matar? ¿Acaso viste a los Rastreadores hoy? ¡Mataron niños! ¡NIÑOS!

—¡Si tu deber te obliga a matar niños licántropos, lo haces!

—¿Y si mi deber me obliga a matar niños humanos, lo hago? ¿O si tengo que matarte a ti, lo hago? ¿O si tienes que matarme a mí, lo harías?

—¡Eso es diferente! —Quincey se estaba poniendo rojo del enojo—. ¡Ellos son monstruos!

—¡A mí no me lo parecieron! ¡¿Atacaron al mercader?! ¡No! ¡Fuimos nosotros quienes fuimos a matarlos!

—¡¿Los estás defendiendo?! ¡Son monstruos por el amor de…! —Se pasó una mano por la cara.

—¡Son iguales a nosotros!

Su padre lo miró como si hubiera hablado en chino mandarín.

—¡¿Oyes lo que dices?! ¡Hace ciento tres años que tu abuelo mató a Drácula, ¿y terminas apoyándolos?!

—¡ME IMPORTA UNA MIERDA LO QUE HIZO MI ABUELO! —gritó y luego suspiró—. ¡Lo único que digo es que no es necesario masacrarlos si ellos no nos atacan primero!

—¡Nuestro deber es matarlos! —contraatacó su padre.

—¿Y quién lo dice?

—¡LO DIGO YO, MALDICIÓN!

Jonathan entendió el trasfondo de esa exclamación. Lo dice él, porque él está a cargo, y mientras él lo esté todo esto seguirá igual. A Jonny no le importaba ya la organización, su madre lo había criado para atacar solo si era para defender y nunca sin motivo, en cambio, su padre le decía que lo hiciera porque sí. No quería seguir esos ideales, quería seguir los de su madre.

Se llevó una mano al hombro y se quitó su pañoleta bordada con un escudo, que era su rango, y la tiró a los pies de su padre.

—Pues no seré parte de esto —dijo con voz baja y grave, destilando furia—. No seré el próximo Líder, ni ahora, ni nunca; elige a Minor, yo me largo. —Hizo una pausa—. Madre era mejor que esto.

Quincey se quedó atónito y no dijo nada cuando Jonathan dio media vuelta y comenzó a salir. Una vez en el umbral de la puerta oyó las palabras de su padre.

—¡Jonathan, si cruzas esa puerta, considérate exiliado! —amenazó.

—Pues seré Jonathan Loughran a partir de ahora —finalizó—. De todas maneras, el apellido de mamá va más conmigo.

Y salió.

Jonathan, ahora Loughran, vagó sin rumbo por el bosque oeste llegando a una pequeña cabaña de madera, ubicada en una pequeña zona de pradera extraordinariamente oculta entre los altos y espesos árboles. Se topó con una mujer, una hermosa joven de piel blanquecina, ojos azules, cabello de un negro inmaculado y corto a nivel de los hombros; y una expresión alegre, pero precavida, y unos pequeños y finos colmillos se asomaban sobre sus labios…, no, no era una mujer, era un vampiresa.

Asustado, Jonathan trató de alejarse de allí, buscando su salvación. Pisó una rama, alertando a la vampiresa y al cruzarse las miradas, una estela brillante de color rosa se arremolinó en los ojos de ambos y, tan rápido como apareció, se disipó; pero ambos quedaron enamorados.

Ambos hicieron Zing.


Cuando Dennis volvió en sí se sintió como si tuviera arena encima. Las preguntas eran interminables: ¿Qué estaba viendo? ¿De quién eran esos recuerdos? ¿Por qué esa vampiresa y ese sujeto, Jonathan, le parecían tan familiares? Y sobre todo, ¿qué hacían esos recuerdos, que ni siquiera eran suyos, en él?

La Reina terminó de sacar otra niebla, solo que esta era de color verde y cuando se ensortijó en su mano, volvió a formar una piedra en forma de gota de color verde esmeralda.

El dolor era inmenso, la sangre en sus venas parecía reaccionar a lo que la Reina hacía y a los recuerdos que venían, como si algo en él despertara de un letargo, y la piedrita de oro de Winnie que tenía al cuello, se calentaba más y más.

—Vamos por el tercero —dijo la Reina. «¿Cuántos son?»

Esta vez la sensación fue distinta, fue un enorme calor que iba en aumento cada vez más, los labios empezaron a quebrárseles de secos, y más imágenes llegaron.


A Mavis le faltaba poco para dar a luz. Tenía ya ocho meses completos y se podría decir que su embarazo fue mitad sorpresa mitad temor. Primero y principal no sabía que era posible concebir un niño entre un humano y un vampiro, aunque, claro está, nadie nunca se había enamorado de un vampiro, y segundo, era si nacería humano o vampiro, no obstante, saliera lo que saliera, tanto ella como Jonathan lo iban a querer.

Esa fue una de las cosas que más le sorprendieron: Jonathan. Es decir, un cazador que había dejado a los suyos porque no le gustaba la metodología que ellos tenían, se aventuró solo en el bosque de las hadas y terminó encontrándola, y todavía aún más ilógico, se enamoró de ella.

Al principio había sido raro, porque vamos, nunca un humano había sido amable con ella (tomando como referencia que los únicos humanos que había visto eran los que mataron a su padre y madre) o siquiera le habían sonreído. Y lo suyo surgió como por arte de magia (sospechaba que la magia de Feéra tenía algo que ver en ello). Sin embargo, no lo rechazó, era un amor hermoso que nunca creyó poder encontrar; dejando de lado que ella ahora tenía ciento veinte y el veintitrés.

Lo que le preocupaba de su embarazo era que Abraham, quien había estado obsesionado con encontrar a Valken, matarlo a él y su manada, y matar a los miembros de Muspel, se enterara de eso y atentara contra el niño. Por esa razón acudió a un hada que le había tendido la mano antes para pedirle ayuda.

Karou, de la Corte de las Náyades, le indicó que si lo que temía era que su hermano atentara contra el pequeño porque su sangre, al ser una combinación de un hijo del día y una hija de la noche, era ideal para un ritual conocido como Sangreal que le permitiría eliminar la marca que cayó en él tras la muerte del vampiro mayor, debería utilizar un hechizo muy fuerte. Mavis oía todo con silenciosa atención, ella no comprendía aún el por qué su hermano quería quitarse la marca, es decir, ella también fue marcada, la luz azul selló alguno de sus poderes, como la fuerza, la regeneración acelerada y la capacidad de transformarse, pero sus reflejos y velocidad seguían siendo los mismos.

Ella podía vivir con eso, ¿por qué él no?

—La única manera de que esté seguro y a salvo toda la vida será sellando sus poderes, Mavis —le dijo Karou—. Hay una manera, usando el don de un hada de cada clase es posible sellarlos por toda su vida. Solo la Reina es capaz de anularlo, y no creo que ellos crucen caminos nunca.

Mavis se sintió caer. Podía salvar a su hijo de que Abraham pudiera hacerle daño, pero eso a expensas de negarle parte de su sangre, de su herencia.

—Bien —aceptó colocando una mano en su vientre. La seguridad de su hijo lo valía—. Solo una cosa más, Karou… —Tragó grueso—. ¿Estamos en él?

—¿En su futuro? —preguntó el hada.

Mavis asintió. Karou parpadeó varias veces y sus ojos se volvieron completamente azules, como dos zafiros, y cuando volvió a la normalidad la miró con pesar. Ella no necesitó más, sabía que no estaría en el futuro de su hijo, moriría en algún momento.

Solo rogaba poder al menos ver su rostro.

Inspiro con fuerza.

—¿Qué dice? —quiso saber.

Karou sonrió con cariño, algo inusual en ella, y Mavis notó lo antigua que era el hada. Ser inmortal era a veces una maldición.

Por humanos criado
monstruos, guiado y una loba amado.
La pérdida y el dolor
del pasado y el presente
dará orgullo, fuerza, vida y temple.

Mavis asintió de nuevo, asimilando las palabras de Karou. Esta caminó hasta ella y le puso una mano en el hombro. Al contrario de Jonathan, el hada era fría, como un río en la mañana.

—Este niño, Mavis, este hijo del amanecer, traerá grandes cambios —sonrió.

La vampiresa también sonrió.

Después de todo, era su hijo. ¿Qué mejor cambio que traer una vida?


Las lágrimas surcaban el rostro de Dennis, y aunque no pudiera moverse, podía sentir cómo los sollozos salían mediante su respiración. Lo entendía, lo entendía todo. Esa vampiresa era su madre, ese cazador era su padre. Al fin sabía de dónde venía y qué era… y sobre eso, ¿qué era? No era un vampiro, pero tampoco un humano; era algo entre ambos.

Pudo sentir cómo su ritmo cardíaco bajó hasta volverse muy lento y los colmillos asomaron por sobre sus labios, mas no los sintió extraños; era como si siempre estuvieran allí, eran una parte de él.

Y antes de siquiera pudiera pensar en otra cosa, la Reina volvió a sumergir su mano en su pecho.


La noche era fría, más de lo que por lo general era en el bosque oeste. La luna tenía un resplandor opaco, como si anunciara alguna desgracia.

—Debemos irnos ahora —sugirió Jonathan, meciendo a Dennis mientras caminaba nervioso por la casa—. No podemos quedarnos aquí…

—Lo sé, Jonny —interrumpió Mavis, mirando por las ventanas de la cabaña. La noche soplaba un viento gélido, moviendo las ramas de los árboles, las cuales formaba tenebrosas figuras con sus sombras—. Pero Abraham formó este caos, los licántropos se están matando con los cazadores, no es que no deteste a los hombres lobos, pero no me gustan las muertes sin sentido y si tu padre se llegase a enterar del linaje de su nieto… —Mavis dejó la frase en el aire, pero Jonathan supo lo que quería decir.

El joven arrugó la frente.

—No importa, pero no podemos quedarnos —apremió—. Debemos irnos hoy, si se puede ahora mismo. Si nos quedamos más tiempo él…

Un aullido resonó a la lejanía, seguido de un siseo y una risa tan macabra que a la pareja se le erizaron los vellos; y Dennis lloró. Mavis le lanzó una mirada severa y preocupada a Jonathan, y éste entendió sin necesidad de palabras: «Está aquí».

—¡Jonathan, vete! —ordenó Mavis.

—¿Qué? —Su expresión pasó del nerviosismo al pavor y fue a terminar en el miedo absoluto. Dennis lloró aún más fuerte—. ¡No puedo dejarte!

Mavis sonrió agradecida y le dio un beso. Se acercó a Dennis y le dio un beso en la frente, con cariño le revolvió el único mechón de cabello rojizo que tenía, y éste dejó de llorar. Se acercó al pequeño y, al darse cuenta de que probablemente sería la última vez que lo vería, le susurró algo que Jonathan logró escuchar: «Se mi puente… nuestro puente.»

—Vete, Jonny —repitió, rozándole la mejilla con la mano—, por favor...

Jonathan iba a replicar, pero una voz resonó por el lugar:

—Hermanitaaa… —canturreó la voz, socarrona.

Mavis le lanzó una mirada apremiante a Jonathan. Este asintió, mas cuando abrió la puerta un vampiro estaba en ella, recostado en el marco. Tenía unos ojos con el iris color rojo, como la sangre, el cabello de un negro inmaculado y una expresión severa y algo burlona. Sonrió y estiró la mano para tocar a Dennis, pero Mavis, se interpuso y golpeó la mano del vampiro.

—No toques a mi hijo, Abraham.

Abraham sonrió burlón y desafiante.

—También me alegro de verte, Mavis —dijo, inclinándose hacia ella—. Me has dejado olvidado; tanto así que ni siquiera me avisaste que ya era tío.

Unos aullidos sonaron a lo lejos, seguido de gritos de órdenes e indicaciones. Abraham ahuecó su mano alrededor de su oído.

—No me digan que no es hermoso —sonrió—, ahora deben de estar matándose con Muspel.

—¿Qué hiciste? —le espetó Mavis a la vez que le lanzaba una mirada apremiante a Jonathan.

Abraham hizo un gesto despectivo con la mano, como si estuviera espantando una mosca.

—Poca cosa —respondió—, solo maté a la pareja esa, los Leonhardt, e inicié una miniguerra entre Muspel y la manada de Valken. ¿Sabes hermanita? Se puede hacer mucho con un espía en la manada. —Se giró hacia Jonathan y estiró su mano para tomar a Dennis—. Ahora si me disculpas, vengo por el pequeño.

Mavis se le lanzó encima al vampiro y Jonathan aprovechó para irse.

Corría por los escarpados caminos del bosque. Miró de reojo hacia atrás y se percató de que la brumosa luminosidad de las antorchas se cernía sobre la pequeña cabaña, pensó en Mavis y, con todo el dolor del mundo, se obligó a seguir adelante. La prioridad era sacar a Dennis de allí.

Un grueso aullido retumbó muy cerca, alertándolo, corrió con más rapidez, aunque podía sentir cómo la bestia se acercaba cada vez más rápido. Sacó un cuchillo de plata y siguió corriendo.

De repente unos pesados pasos sonaron detrás, y lo siguiente que sintió fue un ardor en la espalda. Trastabilló por el dolor y logró mantenerse en pie. Se giró y sin ver asestó un mandoble con su cuchillo.

Oyó un quejido, como al herir a un perro, y notó que le había acertado un corte en la ceja derecha. Aprovechó la reacción del lobo y siguió corriendo, solo que ahora tenía una herida que le mermaba las fuerzas. De soslayo se pudo percatar que el lobo estaba muy cerca y en posición de salto. Al darse cuenta de que el ataque era inminente, abrazó a Dennis, soltando el cuchillo, sirviéndole de escudo humano.

Las garras del lobo se le calvaron en las costillas y vientre, y los colmillos a nivel del hombro. Reprimió un grito de dolor y con la poca fuerza que le quedaba le dio una patada para tratar de alejarlo. Funcionó y logró zafarse, pero cada paso que daba le costaba mucho y lo hacía perder mucha sangre. Se recostó sobre un tronco y se dejó caer, con la vista cada vez más borrosa.

El hombre lobo de ojos gris tormenta se lanzó sobre él, pero antes de que pudiera siquiera tocarlo un sonido cortó el aire: un ¡ffzzz! Una flecha con punta de plata se le clavó en el hombro derecho, atravesándolo de lado a lado como mantequilla. El lobo dio un gruñido de dolor y fue obligado a retroceder por la horda de flechas que fueron disparadas momentos después. Se internó por la espesura del bosque.

Un hombre de cabello castaño salió de los árboles cercanos.

—¡Aquí! —llamó al ver al lobo irse. Al ver a Jonathan su expresión se ensombreció—. ¡Diana, rápido!

Una mujer rubia apareció poco tiempo después de que el hombre llamara. Tenía unas cuantas heridas, unos ojos color avellana y una expresión analítica; y sostenía un arco en sus manos.

—Calma, Paul —dijo. Se colocó el arco a la espalda—, apenas logramos desviarnos de los licántropos y perseguir a ese vampiro. Lástima que escapó, y con la pobre mujer que estaba muerta allí… —Negó con la cabeza.

Jonathan sintió como si todo se derrumbara. Abraham acabó con Mavis. No obstante, algo en el fondo lo reconfortó; Muspel supuso que Mavis era humana ya que no sabían de su marca y, en el caso de que la lleguen a relacionar con él o con Dennis, no había nada que temer. Dennis empezó a llorar, llamando la atención de los tres.

Diana instintivamente estiró los brazos hacia el pequeño, pero se detuvo en seco al ver a Jonathan; no se había percatado de las feas heridas que tenía. Le dio una mirada como pidiendo permiso para tomarlo a lo que él le dio una suave sonrisa.

—Con este van tres —susurró Paul, viendo a Dennis en brazos de la rubia; Diana asintió.

—¿Cómo se llama? —le preguntó a Jonathan.

«Dennis Drácula-Loughran», pensó, mas no podía decirlo; no podía poner en riesgo al pequeño.

—Dennis… Loughran…

Diana asintió y con el aullido de lobos más cerca se puso alerta. Ambos miraron a Jonathan como pidiendo permiso para irse, a lo que él asintió con las pocas fuerzas que le quedaban. Ellos se fueron dejándolo moribundo.

Sabía que las heridas que tenían le traerían la muerte en el mejor de los casos y en el peor lo harían contraer la licantropía. Esperaba morir, no porque odiara a los lobos sino porque en la primera transformación de los lobos no se tenía uso de razón de uno mismo y no quería lastimar a nadie.

Se llevó una mano a su muñeca, donde tenía una fina pulsera con una piedrita lapislázuli, el don de Karou. El hada les había dicho que los cuatro dones les permitían guardar un recuerdo por don; solo le quedaba este. Suspiró y pensó si debía guardar este recuerdo, solo le bastaba romper la frágil piedrita y automáticamente este recuerdo se guardaría en su hijo.

Sí, ¿por qué no? Debe saber, si es que algún día los descubre, que sus padres lo protegieron por amor, y aunque no estén con él, en el fondo siempre lo estarán. Dennis era, en cierta forma, el amor de ambos vuelto una persona.

«Dennis —pensó—, no entendí muy bien la explicación de Karou sobre esto. No sé si los pensamientos también se guardan, pero qué más da. Nosotros te amamos, hijo, nunca lo olvides, y entiende que hicimos lo que hicimos porque queríamos tenerte a salvo. —La vista estaba oscureciéndosele por los costados—. A salvo de Abraham, él solo quiere muerte, y solo las almas muertas sueñan con la muerte. Ten sueños, sueña que puedes cambiar algo, aunque tú seas la prueba de ello. Los sueños insignificantes son para hombres insignificantes; así que sueña en grande. Y vive. La vida es la que se expande para llenar el mundo. No quieras vengar nuestra muerte, hijo, no dejes que la muerte se adueñe de ti y termines como tu tío. Deja que la vida y el amor sean tu dueño. Y… —Esbozó su última sonrisa, divertido— Karou dijo que te amará una loba. ¡Ja! Es que en los Loughran no nos conformamos con mujeres mortales. Yo tengo mi vampiresa y tú tu licántropa. —Dejó escapar aire muy débilmente, mirando el estrellado cielo nocturno; sonrió, recordando el cuento que les contaban a los niños de Muspel sobre los guerreros caídos: que estos no morían, sino que se volvían estrellas y protegían a los suyos. Quizá fuera cierto—. Enorgullécete de quién y qué eres, Dennis: un mestizo; un semivampiro. Tienes lo mejor de ambos mundos, por eso sé que lograrás grandes cosas. Y no sientas pena por nosotros, no sientas pena por los muertos, porque aunque no nos veas, ten por seguro que siempre, tu madre y yo, estaremos velando por ti. Te amamos, no lo olvides nunca.»


El dolor físico se detuvo cuando la Reina sacó el último don y la niebla, azul, se arremolinó y se volvió un pequeño trocito color lapislázuli. La piedrita de oro en su cuello se volvió polvo. Sin embargo, el dolor físico no era nada comparado con el dolor emocional que sentía. Por fin, después de todo es tiempo sabía quién era y quiénes fueron sus padres, aunque el saberlo le dolía mucho, y solo tenía una pregunta en mente, ¿por qué Él… no, Abraham, por qué Abraham hizo eso? Sí, era para quitarse su marca, pero eso no era excusa para dejarlo sin familia.

La Reina anuló los efectos en ambos, Dennis cayó de rodillas en el suelo con lágrimas recorriéndole las mejillas y Winnie dio largos pasos hacia él, se agachó y lo abrazó con fuerza. El contacto con su pelaje solo hizo que rompiera a llorar como un niño pequeño, mezclando lágrimas y sangre; entonces recordó el pensamiento de su madre (su madre, qué bien se sentía pensar eso) de que las lágrimas vampíricas eran las más sinceras.

Y era verdad, lloraba de alegría y de dolor. Winnie apretó el abrazo susurrándole al oído un tranquilizador «Está bien, está bien, déjalo salir». Él la abrazó con fuerza tratando de evitar que se alejara. No podía imaginarla lejos. Y ahora comprendió lo que le había dicho ella cuando lo suyo era por mucho más. Era por eso, porque él era un vampiro y ella un licántropa.

—Te amo —susurró con voz grave y ronca, entre las lágrimas—. Te amo, Winnie. Te amo.

Ella apoyó su frente sobre su hombro y él hizo lo mismo, no le importaba que estuvieran en el castillo de la Reina de las hadas, solo la quería sentir cerca. Le dolía el pecho como si le clavaran agujas y su piel se volvió clara, demasiado clara para ser un vampiro, se veía el mapa de venas bajo su piel; sus garras y colmillos parecían pedir algo, pero no sabía qué. Ser un vampiro era nuevo para él.

—Yo también, mi rizos de fresa —susurró ella—. ¿Qué sucedió? —preguntó luego de un rato—. ¿Cómo tienes tu vampirismo si antes no lo manifestabas?

Y entonces Dennis sollozó en su hombro.

—Mis padres, Winnie, fueron ellos. Lo hicieron para protegerme de Él.

—Hijo del amanecer —interrumpió la Reina—, cumpliste el trato y yo cumpliré el mío. Solo recuerda esto…

A la noche, luna y día
la muerte y la batalla reclaman.
Los amantes secretos
unión o ruina darán
cuando por Eros, hallen su talismán.

Dennis no dijo nada, no le importaba nada más, solo necesitaba sentir las patas de Winnie sobre él, necesitaba abrazarla con fuerza para tratar de superar el golpe de información que recibió.

Un arco voltaico se ensortijó alrededor de ellos y todo se puso oscuro; por un instante los vellos se le erizaron. Cuando la luz volvió, estaban en una cabaña y a sus pies había una piedrita pequeña, de aspecto frágil e igual a un cuarzo. Un don. El don de la Reina. Se preguntó por qué ella le entregaría su propio don y luego recordó que ella ahora tenía cuatro; perder uno no le sería diferencia. Alzó la vista y vio las mismas cosas que en sus visiones. Ahogó una expresión mientras más lágrimas le recorrían las mejillas.

Era esta cabaña.

La Reina lo mandó a la cabaña donde vivían sus padres.

Suspiró trémulamente, soltó a Winnie y trató de ponerse de pie; solo consiguió sentarse en la cama. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y miró a Winnie, palpando la cama, incitándola a sentarse a su lado. Ella lo hizo y le pasó un dedo por la mejilla, limpiándole una lágrima. Sonrió.

—¿Me contarías qué sucedió?

Dennis sonrió y le tomó la pata, entrelazando sus dedos con los de ella.

—Soy Dennis Drácula-Loughran —dijo e inspiró—. Soy hijo de un humano y una vampiresa, y nieto de Drácula…