Capitulo 9

Erza se puso el vestido color burdeos que su abuelo le había regalado por su cumpleaños y que, según sus amigas, le hacía resaltar su bonita figura. También se soltó la preciosa y pelirroja melena. A los hombres les gustaba admirar el largo pelo de las mujeres, y ella sabía que a Jellal siempre le había agradado. Tras tomar aire y sintiéndose un manojo de nervios, hizo una entrada triunfal en el salón. Saludó con una encantadora sonrisa a todos los que la felicitaban. Debía deslumbrar. Con una mueca miró hacia donde estaban sentadas Lucy y las demás, y levantando el mentón, se encaminó hacia donde hablaba su hermano Laxus con sus amigos. Sin que pudiera evitarlo, Erza se fijó en Jellal. Se había afeitado. La horrorosa barba que llevaba días atrás había desaparecido y parecía otro. Allí estaba él con sus penetrantes ojos, su cincelada barbilla y sus tentadores labios. «¡Oh, Dios, qué guapo está!», pensó mientras sentía que las piernas le flojeaban. Su abuelo Makarov, al ver a su preciosa nieta, sonrió.

—¡Felicidades, tesoro mío! —dijo levantando los brazos.

—Gracias, abuelo —contestó con una espectacular sonrisa.

Y dando una coqueta vuelta, le preguntó—: «¿Me queda bien tu regalo?» Makarov se carcajeó y asintió, mientras Jellal sentía que se le secaba la boca. Aquella mujer era deliciosa, pero no cambió su tosco gesto ni se movió.

—Estás preciosa —asintió con orgullo el anciano, cuyos ojos se humedecieron—. Cada día te pareces más a mi preciosa Polyuska.

Erza lo abrazó y lo besó. Habían pasado años desde la muerte de su abuela, pero su abuelo no la olvidaba. Volviéndose hacia su hermano, que la miraba junto al resto de los hombres, se levantó el cabello coquetamente con las manos y dejó su fino cuello al descubierto.

—Laxus, gracias por los pendientes. ¡Son magníficos!

Con una cariñosa sonrisa su hermano la besó.

—Me alegro de que te gusten; los eligió Mirajane.

—Eso me ha comentado —asintió ella con una sonrisa encantadora. Y mirando al resto de los hombres, preguntó—: ¿Creéis que me quedan bien?

Los highlanders, desconcertados por aquella pregunta, asintieron. Jellal, no obstante, apenas pudo moverse, pues se había quedado como tonto mirando el suave y seductor cuello que Erza exponía gloriosa ante él. Llevándose las manos a un pequeño colgante de nácar que reposaba sobre sus turgentes senos, miró a Zeref y, al ver que éste sonreía, señaló:

—Muchas gracias por este precioso detalle, Zeref. Mavis me lo ha dado antes de bajar y quería agradecértelo a ti también. Es precioso.

—Me alegra saber que te ha gustado. Mavis me volvió loco hasta que encontró algo para ti.

—¡Uf!, me lo imagino. —Y tras una graciosa mueca que le hizo sonreír, murmuró. —Es horroroso ir de compras con ella. No conozco a nadie que dude más a la hora de comprar algo, ¿verdad?

Zeref, complacido, asintió. Erza conocía bien a su mujer.

—¿Os parece bonito el colgante? —preguntó mirando a Jellal y al abuelo de éste. Igneel se sentía entusiasmado con la espontaneidad de aquella jovencita.

—Realmente, muchacha, como dice mi gran amigo Makarov, estás preciosa.

—¿Qué tal se encuentra hoy de su rodilla? —le preguntó Erza al anciano.

—Ando fastidiado y no creo que pueda estar mucho tiempo de pie — respondió, tocándose la pierna.

—Abuelo —murmuró Natsu—, creo que lo mejor es que te quedes en Dunstaffnage hasta que estés mejor. El camino de regreso hasta Eilean Donan no te beneficiará nada y…

—Por supuesto que se quedará conmigo —cortó con seguridad Makarov—. Dos viejos amigos siempre tienen algo de que hablar, ¿verdad, Igneel?

El anciano asintió, y Erza, impaciente por continuar lo que se había propuesto hacer, con una deslumbrante sonrisa miró al joven que, incómodo, estaba junto a Igneel.

—Jellal, ¿te gusta el colgante? —le preguntó.

Sin que pudiera evitarlo, el hombre se fijó en el colgante que descansaba en aquel escote tan provocador y, acalorado, bebió un buen trago de cerveza antes de asentir. Contenta por el aturdimiento que percibió en Jellal, se volvió hacia Natsu, que la observaba con curiosidad, y se acercó a él.

—¿Puedes oler mi perfume, Natsu?

Erza se puso de puntillas y, haciéndole una graciosa señal, lo obligó a aproximarse a ella. Al agacharse, Natsu miró a su mujer y al ver que su expresión era de regocijo, intuyó que tramaban algo.

—Hueles muy bien, Erza —dijo, separándose de ella—. Me alegra saber que Lucy acertó en la elección.

Sin perder tiempo se acercó a su hermano, luego a Zeref y los ancianos, y por último, a Jellal. Y recordando lo que Ever le había aconsejado, preguntó:

—¿Qué te parece mi perfume…, Jellal?

A éste le extrañó que Erza le llamara por su nombre, incluso se asustó al verla de puntillas ante él; por ello, dio un paso atrás y, ante la risueña mirada de su abuelo, dijo sin cambiar su gesto duro:

—Oléis muy bien, milady.

Erza, ignorando el paso que Jellal había dado, volvió a acercarse a él y, poniéndose de puntillas, le miró a los ojos y aleteó las pestañas.

—¿Crees que este perfume es bueno para mí? —le preguntó.

Jellal, casi sin respiración, la volvió a mirar. Erza estaba preciosa y tenerla tan cerca era una tentación y una tortura. Desde que días atrás había luchado con ella en el campo, su mente sólo pensaba en besarla hasta que los labios le dolieran. Pero cuando creía que le iba a ser imposible continuar manteniendo aquella dura mirada, vio entrar a la hermosa aunque tediosa Kagura en el salón. ¡Su salvación!

—Disculpadme, milady, pero ha llegado la persona que espero con ansia — dijo con rapidez para desconcierto de Erza.

Y se marchó dejándola a ella y a los demás boquiabiertos. Con su galantería, su magnífico porte y una espectacular sonrisa, Jellal llegó hasta Kagura, que estaba preciosa con aquel vestido color caldera y su adorable cabello recogido en la coronilla. Tomándola del brazo, la llevó hasta el otro lado del gran salón, y sentándose en unos taburetes, comenzaron a hablar. Aquello gustó a Kagura, que no se lo esperaba, y sonriendo miró a Erza y se sintió ganadora. Erza resopló y, con disimulo, se despidió de los hombres y se marchó hasta donde estaban las mujeres. Una vez allí, sentándose con un mohín en la boca, las miró a todas.

—¡Se acabó! —dijo—. No pienso ir tras él cuando él va tras Kagura como un perrillo. No hay nada que hacer.

Lucy, que se había sorprendido, observó a su cuñado. Parecía concentrado en la conversación, pero algo en su mirada le hizo dudar. En ese momento, entró el tonto de Simmon, junto con su padre, en el salón, y acercándose hasta el grupo de hombres comenzó a hablar.

—No lo entiendo —protestó Mirajane—. Juraría que Jellal siente algo por ti, pero viéndole cómo ha corrido hacia mi prima…, no sé.

—Yo sí lo sé —aclaró Ever—. Lo está haciendo para darle celos a Erza, ¿no lo veis?

—¡Maldito cabezón! —gruñó Mavis, y Lucy asintió.

—¡Oh, Dios!, creo que me duele el estómago —susurró Erza al ver a Simmon. —Es verlo, y me entran náuseas.

Mavis y Lucy se miraron, comprendiéndola. Simmon era delicado, cobarde, rechoncho y con cara de roedor, mientras Jellal era fuerza, sensualidad, inteligencia y belleza.

—Tranquila, algo se nos ocurrirá —susurró Lucy, acariciándole el cabello.

—No me casaré con él. ¡Me niego! —sentenció Erza—. Antes me quito la vida, o me cargo a esa rata la noche de bodas.

Todas la miraron con incredulidad, y Lucy le tiró del pelo.

—Seré yo quien te quite la vida si vuelves a repetir una tontería de ésas, ¿me has oído, Erza?

La joven, sin demasiada convicción, se encogió de hombros, pero no respondió.

—Vamos a ver, Mirajane —dijo Mavis—, tu prima es una muchacha muy guapa, pero no es mujer para Jellal. Es demasiado delicada, boba y…

De pronto, Mavis se calló al caer en la cuenta de que Ever era su hermana, pero ésta, rápidamente y con una magnífica sonrisa, aclaró:

—No os preocupéis. Kagura es mi hermanastra, y ella me quiere a mí tanto como yo a ella. Y sí…, es delicada, boba, sosa y todo lo que queráis decir.

Lucy miró a su marido, y cuando vio que a éste se le arrugaban las comisuras de los labios, supo que había descubierto el juego, pero no pensaba darse por vencida. Y tras levantar el mentón y dedicarle una siniestra sonrisa, dijo mirando a Erza:

—Erza, sé que Jellal te adora y lo demostrará.

—¡Oh, sí! No lo dudo —respondió la joven mientras veía a Jellal, tan guapo, riendo por algo que la delicada de Kagura le contaba.

En ese momento, se abrieron los portones del salón y aparecieron el joven Romeo y un grupo de hombres que directamente fueron a saludar a Laxus, Natsu y Zeref. Lucy reconoció a uno en particular y sonrió. Y tras cruzar una mirada divertida con Natsu, que frunció el cejo, se volvió hacia las mujeres y dijo:

—Erza, creo que acaba de llegar la solución que necesitabas.

Todas la miraron y sonrieron cuando vieron al valeroso y atractivo Gray Fullbuster. Lucy y Mavis se guiñaron mutuamente un ojo. Gray era un excelente seductor y un maravilloso amigo, y con seguridad, les echaría una mano. Aquel highlander era uno de los más deseados por las mujeres, aunque ninguna había conseguido llegar hasta su corazón. Su cabello era negro, casi azulado, y su sonrisa y sus ojos azules como un lago en primavera causaban estragos entre las féminas. Con afabilidad, Laxus le presentó a Simmon, y Lucy pudo ver el gesto de Gray al enterarse de que aquél era el futuro marido de la dulce y divertida lady Erza. Moviendo las manos, atrajo la atención de su marido, y cuanto éste sonrió, ella levantándose dijo:

—Gray Fullbuster, ¿cuándo piensas saludar a las damas del salón?

Entonces, Gray se volvió. Adoraba a Lucy. Sentía debilidad por aquella intrépida y descarada mujer que en el pasado le había metido en más de un problema. Con una deslumbrante sonrisa, el highlander cruzó una mirada de complicidad con Natsu, que asintió, y se acercó lentamente a las damas. Se detuvo ante ellas y murmuró:

—¿Os he dicho ya que sois las mujeres más bellas que mis cansados ojos han visto en su vida?

Al oír la voz de Gray, Johanna y Amanda, las hijas de Lucy, se tiraron a su cuello, al igual que Trevor, el hijo de Mavis. Cuando consiguió que los niños lo soltaran, se volvió para saludar a las respectivas madres de aquellos pillastres y puso ojitos a Ever, aunque ésta rápidamente le dejó claro que no había nada que hacer. Con una galantería poco usual en los hombres de aquellas tierras, Gray las saludó una a una. Le gustaba recrearse en el sexo femenino, y más en aquellas fantásticas amigas. Gray, que era un hombre observador, se fijó en que su gran amigo Jellal estaba apartado, hablando con una bonita mujer que no era Erza. Eso le sorprendió. Todavía recordaba las borracheras que habían cogido juntos en Irlanda y cómo Jellal gritaba una y otra vez que la única mujer que le importaba era su Erza. Por ello, cuando las damas se sentaron y comenzaron a atender a los niños, Gray con disimulo le preguntó a Lucy:

—¿Cómo es posible que Jellal permita que su intocable Erza se case con ese mequetrefe? ¿Y qué hace allí tonteando con aquella preciosa mujer?

—No lo sé —respondió Lucy con disimulo al ver a su cuñado reír de nuevo —, pero necesitamos tu ayuda, o Jellal se dará cabezazos el resto de su vida.

Gray hizo ademán de levantarse. No quería meterse en líos, y Lucy siempre conseguía complicarle la vida. Pero la mujer, clavándole las uñas en el brazo, no le dejó moverse y le susurró con una espectacular sonrisa cargada de sarcasmo:

—Por culpa de un trato que el padre de Laxus y Erza hizo con los Carmichael, si Erza no se casa con alguien antes de que finalice el día de hoy, mañana tendrá que casarse con el papanatas de Simmon, y Jellal ha declinado la oferta.

—¿Cómo? —susurró, incrédulo.

—Lo que oyes.

—Pero si ese burro la ama. Me he cansado de oírle lo mucho que adora a… Pero ¿qué está haciendo?

—El tonto, Gray. El tonto. Por eso necesito tu ayuda para solucionar esto — susurró Lucy.

Gray se quedó boquiabierto.

—¿Pretendes que los Dragneel me vuelvan a poner un ojo morado, o que me maten directamente? —le preguntó sonriendo.

Lucy se carcajeó y volvió al ataque.

—Gray, hoy es el cumpleaños de Erza y creo que…

—¿Me necesitas para dar celos a ese burro? —preguntó Gray, divertido.

—Exacto.

El highlander sonrió ante lo que aquella mujer le proponía, y tras mirar a Erza y ver su triste mirada, se acercó a su amiga y murmuró:

—Sabes que Jellal se enfadará mucho conmigo, ¿verdad?

—Sí. Lo sé.

—Con seguridad, él o sus brutos querrán matarme.

—No lo permitiré.

La seguridad de Lucy hizo volver a sonreír a Gray.

—¿Natsu sabe algo?

—Nooooooooooooooooo.

—¡Genial! —Y volviéndose hacia la joven Erza, le preguntó—: ¿Es cierto que hoy es tu cumpleaños?

Ésta, mirándole, asintió.

—Por desgracia para mí, así es —susurró desganada.

Gray echó un vistazo a Jellal y vio que éste ya lo miraba de reojo. Entonces, se acercó más a la joven.

—Tengo entendido que te encanta cabalgar —dijo, y ella asintió—. ¿Te apetece dar un paseo conmigo por los alrededores?

Lucy sonrió al oír la propuesta y, empujándola con el codo, la animó:

—¿Eh? Yo…

Gray, sin perder su sonrisa, se acercó un poco más a una desconcertada Erza y le guiñó el ojo con complicidad.

—Lo primero de todo, felicidades, y tranquila, no pretendo nada. Si hago esto es para ayudaros a ti y al tonto de mi amigo Jellal, y porque Lucy me lo pide — le explicó y esta última sonrió, satisfecha—. Sé que él te adora, y a pesar de que querrá matarme cuando vea que disfruto de tu compañía, y con seguridad me pondrá un ojo morado, estoy seguro de que en un futuro no muy lejano me lo agradecerá. Por lo tanto, querida Erza, hagamos que Jellal se muera de celos. ¿Qué te parece?

Asustada, Erza miró a su risueña amiga.

—Lucy, no permitas que Jellal haga daño a Gray.

—Hum…, eso no lo puedo asegurar —respondió Lucy.

—¡Oh, Dios! —suspiró Erza.

—Delante de él te llamaré preciosa, ¿de acuerdo? —insistió Gray, haciendo reír a Lucy.

Segundos después, el guapo escocés se levantó con una sonrisa, desplegó todo su encanto y, tomando a la muchacha del brazo, le dijo para atraer la mirada de Jellal:

—Erza, vayamos a dar un paseo.

Azuzada por Lucy, la joven se levantó y, sin mirar a Jellal, que los observaba con el cejo fruncido, llegaron hasta Laxus y los otros hombres.

—Laxus, Makarov, si no os importa, como hace una mañana preciosa y es el cumpleaños de Erza, la voy a invitar a dar un paseo —dijo Gray.

Les miraron sorprendidos, y Laxus, al ver el gesto jovial de Mirajane, se desconcertó. ¿Qué estaba ocurriendo?

—Me parece una excelente idea, muchacho. Id a divertiros —repuso Makarov, al comprobar que su nieta sonreía.

Simmon, molesto por el atrevimiento de aquel enorme highlander, miró a su padre, y éste, con voz dura, dijo ante la impasibilidad de su hijo:

—Siento deciros, laird Scarlet, que a mí no me parece buena idea. No me agrada en absoluto que la futura mujer de mi hijo vague por vuestras tierras con un hombre a solas.

—¡Es increíble vuestra desfachatez! —añadió Simmon, mirando a Erza.

Ésta les dedicó un gesto que dejó claras sus intenciones y los hizo callar a ambos.

—Señor Carmichael, su hijo y yo no nos conocemos de nada, y si me encuentro en esta absurda situación es por un trato que hizo mi padre, no yo — expuso Erza. Y mirando a su hermano, que asintió, continuó—. Eso de que soy tu prometida, Simmon, aún está por ver. Se supone que si al día siguiente de mi vigésimo sexto cumpleaños no me he desposado, me tendré que casar contigo. Pero hoy es mi cumpleaños, y aún puedo elegir con quién quiero casarme o no. El trato de mi padre no comienza hasta el término de este día, por lo tanto, si a mi hermano y a mi abuelo no les parece mal que pasee con Gray Fullbuster, lo haré.

Lucy, que estaba junto a ellos, se dirigió a su marido:

—Natsu, ¿podríamos acompañarlos? Hoy es día de mercado y me gustaría comprar algunas cosas antes de regresar a Eilean Donan.

—Id vosotros, que sois jóvenes y podéis —los animó Igneel.

Natsu le ofreció con galantería el brazo a su mujer.

—Deseo concedido.

Mavis y Mirajane se levantaron con rapidez. Y tras mirar a sus esposos y éstos asentir, sonrieron. Antes de salir, Lucy miró hacia atrás y le preguntó a su marido al oído:

—Natsu, ¿crees que Jellal querrá acompañarnos con Kagura?

Éste la miró con gesto divertido y la besó con adoración.

—¿Qué estás tramando, Lucy? —repuso, convencido de que allí ocurría algo.

Ella sonrió y mirándole con aquellos ojos marrones que tanto le gustaban asintió y con descaro le confesó:

—Nada, cariño. ¿Por qué piensas así de mí?

El imponente highlander soltó una carcajada y, ante la insistente mirada de su mujer, se volvió.

—Jellal, vamos a dar un paseo. ¿Vienes?

Con gesto hosco, Jellal rechazó la invitación. Pero Lucy no se conformó con aquella respuesta y, con una encantadora sonrisa, le dijo a Kagura, a pesar de que la odiaba:

—Kagura, pasaremos por un fantástico mercadillo, y estoy segura de que habrá puestos de alhajas que te complacerá ver.

Kagura aplaudió. Y levantándose, le pidió a su serio acompañante:

—Jellal, vayamos, por favor. Desearía con toda mi alma ver esos puestos.

Con una fingida sonrisa, Jellal se levantó y siguió a Kagura, aunque antes clavó una dura mirada en su cuñada, que con gesto triunfal asió a su marido y sonrió.