TITULO: LA NOVIA DEL HIGHLANDER
LYNSAY SANDS
TÍTULO ORIGINAL: The Highland Bride
GÉNERO: HIGHLANDER
PROTAGONISTAS: EDWARD CULLEN Y BELLA SWAN
ADAPTADO POR: MARS992
PERSONAJES DE: STEPHANIE MEYER
VOLVIIIIIIIII! YEAH! PROXIMAMENTE CONTINUARE CON MI TRADUCCIÓN MY SWEET ANGEL =D
Capítulo X
Edward la encontró refunfuñando porque no podía encender la chimenea. Agachada y ocupada, Bella no se dio cuenta de que su marido había entrado, y Edward decidió inspeccionar los cambios en el cuarto antes de revelar su presencia. Numerosas almohadas descansaban contra el cabecero de la cama, el suelo estaba cubierto de alfombras, y había candelabros con velas encendidas. ¡Bella también había traído los dos sillones de su habitación! No podía comprender como podía haberlos llevado sola… y sin llamar la atención.
Meneando la cabeza, tuvo que admitir la realidad, ¡su esposa se había instalado en su habitación, la habitación que había sido siempre su refugio! Sorprendido, Edward pensó que tal posibilidad no se le había ocurrido. Sus padres usaban habitaciones separadas, aunque obviamente pasaban momentos juntos, de lo contrario ni el ni Alice existirían. Por lo que recordaba de su padre, al ser humano, dormía de noche y Esme dormía durante el día para protegerse del sol. Los dos se encontraban cuando el día terminaba, cenaban juntos y se hacían compañía hasta que su padre se iba a descansar, y tal vez Esme lo visitase en su cama antes del amanecer.
Edward supuso que lo mismo sucedería entre él y Bella, pero al parecer su esposa tenía otros planes. Al ver transformado el cuarto, era imposible no admitir que la habitación se había vuelto cálida y agradable, a diferencia del ambiente estéril en el que había dormido durante los últimos sesenta años. Sin duda, ahora se sentía casado.
— ¡Qué demonios! ¡Me he quemado el dedo y la madera no ha prendido! — Se quejó de repente Bella.
Edward sonrió al oírla, y reconoció que estar casado no era tan malo. Bella le hacía reír, algo a lo que no estaba acostumbrado, y descubrió que era muy agradable. Se divertía mucho hablando cuando jugaban al ajedrez, y era imposible negar que su esposa estaba preciosa agachada en el suelo, despeinada y con el vestido arrugado por el trabajo de arreglar la habitación. Edward cerró la puerta, y cruzó la habitación para encontrarse con ella.
— ¿La chimenea se niega a cooperar?
— ¡Ya has vuelto! — Exclamó Bella, asustándose de tal manera, que incluso agachada como estaba, se desequilibro y se vio obligada a apoyar la mano en el suelo para no caerse.
— Sí — Respondió Edward sonriendo.
Bella le devolvió la sonrisa, y se levantó rápidamente, intentando alisarse el cabello y el vestido.
— Pretendía arreglarme antes de que llegaras.
— Estás muy bien así. — Le aseguró, aproximándose para encender la chimenea.
— ¿Qué piensas de la habitación? — Preguntó Bella, un poco molesta al ver que Edward conseguía en un instante lo que ella no había podido hacer en un buen rato.
— ¿La habitación? — Edward miró a su alrededor. — Parece más agradable.
Bella frunció el ceño, tratando de interpretar el comentario de su esposo, ¿eso significaba que apreciaba los cambios, o no?
Edward, no le dio tiempo de llegar a una conclusión, ya que de repente la levantó del suelo y la cargó hasta la cama.
— Es hora de irse a la cama — Anunció.
— Pero no estoy cansada — Replicó Bella — Dormí un poco durante la noche.
— ¿Si has dormido durante la noche, cuando has hecho los cambios, entonces? — Dijo Edward, que seguía sujetándola en su regazo.
— Poco después de la cena, cuando saliste a cabalgar con los hombres. En un instante todo estaba listo, y me fui a descansar. Me quedé dormida, y me he despertado poco antes de que tú llegaras. Así que ahora no tengo sueño.
— Perfecto — Comentó Edward, colocándola suavemente sobre la cama.
— ¿Por qué?
— Porque he vuelto a tiempo para cansarte y que quieras dormir otra vez… — Explicó Edward, desatando el cinturón de su bata.
Bella levantó la cabeza y se aseguró de que su marido estaba dormido. Le habría gustado dormirse también pero no tenía sueño. Habían hecho el amor enérgicamente durante mucho rato, pero no estaba cansada, más bien se sentía revigorizada, como si los momentos de pasión la hubiesen llenado de vitalidad.
Con cuidado de no despertarlo, Bella levantó el brazo de Edward, que aún la sostenía, y salió de la cama. Ahora era agradable caminar descalza por ahí, la idea de traer alfombras había sido bastante buena. Una sola vela seguía ardiendo, el fuego de la chimenea ya se había extinguido, y sólo quedaban ascuas. A pesar de la poca luz, Bella decidió no encender otras velas y se acercó a la silla para ponerse su bata azul. Ahora tenía un surtido guardarropa, que contenía tres vestidos y varias camisolas de seda.
Al ponerse la bata, Bella pensó que le gustaría tomar un baño, pero el día apenas empezaba, y los criados aún debían estar desayunando. Es demasiado temprano paramolestarles, decidió, y resolvió esperar un poco antes de regresar a su antigua habitación, llamar y pedirle a Jessica que le preparase un baño.
No sabiendo lo que hacer para pasar el rato, miró a su alrededor y reparó en el vestido tirado en el suelo. Era uno de sus vestidos nuevos, aunque no lo parecía en ese momento, estaba sucio y arrugado. Se acercó hasta donde estaba, y cuando se inclinó para recogerlo, se fijó en que una manga estaba rota, tal vez se había enganchado en algo sin que se diera cuenta.
Pensando en coserla mientras esperaba, Bella se dirigió a la esquina opuesta donde estaba el cesto de costura. Estaba mucho más oscuro allí, y no pudo ver la cesta de mimbre. Lo mejor sería ir a buscar la vela, y luego elegir el hilo y la aguja.
Cuando se dio la vuelta para regresar, Bella notó que la puerta de la habitación se abría lentamente. Se sobresaltó. ¿Quién podría ser? Edward le había dicho que sólo Esme, Alice y Jasper conocían la existencia del pasadizo secreto, además de ella misma, naturalmente, pero era poco probable que cualquiera de los tres entrara sin llamar.
Asustada, se apoyó contra la pared para que las sombras la envolviesen. Por suerte, la bata oscura ocultaba su presencia y la ayudaría a pasar desapercibida. Conteniendo la respiración, Bella aguardó inmóvil en el más absoluto silencio mientras la puerta se abría lentamente. Algo raro estaba pasando, y su intuición le decía que quien estaba allí, no venía con buenas intenciones.
Cuando la puerta finalmente se abrió, su corazón casi se le salió por la boca cuando vio entrar al hombre de la capa, silencioso y furtivo. ¡O por lo menos se trataba de un hombre que llevaba una capa, como la figura de la noche anterior!
Cuando la figura comenzó a caminar hacia la cama donde dormía Edward, indefenso y desprevenido, Bella recordó lo que su marido le había contado de los ataques que había sufrido, y supo que estaba presenciando otro ataque hacia él. Lo peor era que, incluso si Edward se despertase ahora, la somnolencia no le permitiría reaccionar antes del ataque del intruso.
Tenía que hacer algo, ¿pero qué? Sudando, Bella miró a su alrededor, intentando encontrar un objeto que pudiera usar como arma. ¿El tablero de ajedrez? ¿Un candelabro? Nada parecía ser apropiado, y la silla era demasiado pesada para tirársela al extraño.
Cada vez más angustiada, finalmente se giró hacia la chimenea y vio un pedazo de madera que no se había quemado, pero cuya punta brillaba al rojo vivo. Afortunadamente la madera estaba fuera del lugar, y el otro extremo se apoyaba en el suelo, delante de la chimenea. Era perfecto, pensó Bella. No tenía un objeto mejor para usar como arma en ese momento.
Sin pensarlo dos veces, saltó desde el rincón donde estaba escondida, corrió y agarró la punta de madera que sobresalía. Presa del pánico, se dio cuenta de que no tendría tiempo para alcanzar al extraño antes de que este atacara, debido a que la figura ya había alzado la espada y por la posición en la que se encontraba, estaba claro que intentaba descargar un duro golpe en el cuello de Edward y cortarle la cabeza.
En un impulso, Bella soltó un tremendo grito mientras cruzaba la habitación, empuñando la madera caliente para golpear al asesino en el estómago.
El grito despertó a Edward, un sonido de miedo y furia animal, que hizo que sus sentidos estuvieran alerta inmediatamente. Por el rabillo del ojo, vio que Bella atacaba a un intruso con una madera quemada. Su acción no fue suficiente para impedir que se descargara el golpe de su espada, pero sirvió para desviarla y que apuntase al estómago de Edward en lugar de al cuello. Él intentó esquivarla rodando hacia un lado, pero el frío metal le cortó profundamente en el vientre antes de que él se desplomara fuera de la cama.
En medio del dolor lacerante, Edward apretó la mano contra el corte, sintiendo la sangre fluir entre los dedos, pero lo que realmente le preocupaba era Bella, enfrentándose al intruso. ¡Su pequeña y frágil esposa luchaba por sus vidas en este mismo momento! ¡Tenía que ayudarla!
Edward retiró la mano que comprimía la herida y se apoyó en el borde de la cama, tratando de levantarse. Su mirada se dirigió inmediatamente al lugar donde Bella y el intruso deberían estar luchando, pero no había nadie allí, y la puerta del dormitorio estaba entreabierta.
— Edward — Gritó Bella, apareciendo de repente a su lado. — ¡Estás sangrando!
— No es profundo — Mintió al oír el tono desesperado de su esposa.
Cuando se volvió para mirarla, Edward notó que Bella tenía en la mano la madera con la punta caliente. Después de vacilar un brevísimo instante, ella sacó un pañuelo y se lo pasó a su marido.
— Presiona esto contra la herida. Volveré en un momento.
Edward presionó el pañuelo sobre la herida, tratando de parar la sangre mientras Bella corría hacia la puerta. Ante el temor de que fuera a buscar ayuda y encontrara al asesino en el pasillo, Edward abrió la boca para gritar que esperase, pero la cerró cuando Bella cerró la puerta en lugar de salir. Sin soltar la madera, ella corrió hasta una silla, la arrastró y la inmovilizó debajo de la perilla de la puerta para evitar que la puerta se abriera de nuevo.
A pesar de la urgencia de la situación, una sonrisa iluminó los labios de Edward. ¡Había hecho bien al elegir por esposa a Bella! Ella no sólo había tenido el valor de arriesgarse para defenderlo, sino que era lo suficientemente astuta como para prevenir un segundo ataque. Una mujer admirable.
Después de asegurarse de que la puerta no se podía abrir desde el exterior, Bella fue hacia la chimenea, arrojó la tea de madera en el fuego y corrió hacia su marido.
— Déjame ver la herida — Pidió ella de rodillas a su lado, retirando el pañuelo de las manos de Edward mientras hablaba.
Débil y un poco mareado, Edward no se resistió y la dejo hacer. La herida era profunda y la sangre seguía brotando. Su cuerpo repararía el daño, pero la energía consumida para hacerlo lo dejaría débil.
— ¡Hay mucha sangre! — Dijo Bella.
Edward reconoció el miedo y la angustia en la voz de su esposa. Él también tenía miedo, no por él, sino por ella. — Tienes que irte.
— ¿Qué? — Ella levantó la vista y lo miró, perpleja. — ¡Tengo que parar la hemorragia!
— ¡Debes de salir de aquí ahora mismo! — Insistió Edward, tratando de empujarla, pero su toque era débil y Bella simplemente lo ignoró. — ¡Te ordeno que te vayas!
— Puede ordenarme lo que quieras, pero no me voy a ir hasta que se detenga el sangrado — Respondió Bella con firmeza.
Sorprendido, Edward la miró fijamente, incapaz de creer que su dulce y encantadora esposa se dirigiese a él de forma tan petulante. ¿Una esposa no debería obedecer a su marido? ¿No fue eso lo que prometió al casarse?
— Tienes que acostarte — Continuó Bella, levantándose para ayudarlo.
Demonios, pensó Edward mientras ella comenzaba a levantarlo con una fuerza insospechada. Tal vez la forma más rápida de conseguir que se fuera, era haciendo lo que ella le mandaba.
Apoyándose en la cama, Edward se levantó con la ayuda de su esposa y finalmente logró echarse en la cama. Sin embargo, la esperanza de que Bella se fuera en busca de ayuda se frustró cuando ella se apartó sólo para coger los candelabros, llevarlos a la cama y encender todas las velas. Después de conseguir más luz, Bella se inclinó y volvió a examinar la herida.
— No está tan mal como parecía en un principio. La espada ha desgarrado únicamente la piel y la carne — Dijo ella, sorprendida. — ¡Pero había tanta sangre! — Añadió pensativa.
— Bella — Murmuró Edward, luchando contra el instinto que lo consumía. La herida era profunda cuando ella la había examinado la primera vez, pero su cuerpo había comenzado a sanar y a curarse por sí mismo. La hemorragia se pararía pronto, la herida se cerraría completamente y en pocas horas no quedaría ni una señal del suceso. Todo eso se debía a su naturaleza, a la genética que había heredado de la sangre de su madre y que le dotaba con dones maravillosos, una prolongada vida, resistencia a las enfermedades y la capacidad de regenerar heridas rápidamente. Pero estos dones milagrosos tenían un costo, y él no quería que Bella pagase ese precio.
— ¡Bella, tienes que irte ahora!
— Has tenido suerte — Comentó ella, sin escuchar lo que su marido le decía, lo que podía deberse a que él lo decía en tono débil y sin énfasis.
Edward necesitaba beber sangre lo antes posible para poder recuperarse, la sed se estaba volviendo insoportable.
— El corte no es profundo, pero tiene que ser cerrado — Prosiguió Bella, sin saber la lucha interior que consumía a Edward.
Al momento, corrió a recoger la cesta de costura en la esquina de la habitación, la acercó a la luz, y buscó la aguja y el hilo adecuado para coser la herida de su marido.
Débil, Edward esperó hasta que Bella se sentó junto a la cama, reuniendo las cosas que necesitaba.
— Podría jurar que la herida es aún más pequeña — Dijo ella cuando volvió a mirar el corte, pero esta vez movió la cabeza como si estuviese diciendo tonterías.
— No será necesario hacer eso. — Aseguró Edward, en un murmullo impotente y tocando la mano de su esposa para que no continuara.
— Te ves diferente... — Bella entrecerró los ojos para mirarlo.
Edward no dijo nada, consciente de que tenía que estar pálido, y sus ojos marrones ya debían de haber perdido el brillo, volviéndose de un amarillo enfermizo.
— ¡Estás muy pálido! — Declaró Bella, y se calló, intentando encontrar una explicación a lo que estaba viendo.
— Estoy pálido porque he perdido mucha sangre — Le informó Edward, sabiendo que ella se enfrentaba a un enigma que no conseguía comprender.
— Sí — Contestó Bella, tratando de sonreír pero sin éxito, y haciendo sospechar a Edward que ella percibía que algo casi incontrolable le dominaba. — Necesitas comer y descansar para recuperarte.
— Necesito sangre.
Edward no podía haber sido más claro, ni haberse expresado más explícitamente. Bella lo miró en silencio durante un momento, y luego miró la herida, que parecía sanar incluso mientras la observaba.
— Te curas más rápido que nosotros — Dijo finalmente.
Bella también se expresó de una manera sencilla demostrando que ahora entendía lo que estaba pasando. Más que eso, ella pasó a creer todo lo que había luchado por no aceptar; los rumores, la supuesta alergia al sol de su marido y la herida que se cerraba por momentos. El hecho de que Alice envejeciera más rápido la confundió, pero la repentina comprensión de la verdad estaba clara en lo que acaba de decir; os curáis más rápidoque nosotros.
La frase era concluyente, y demostraba que él no era como ella, al menos no del todo como ella. Edward estaba acostumbrado a ser distinto de los hombres comunes, pero oír la verdad de boca y en el rostro de su esposa, le hería más que el golpe de la espada, y para este tipo de lesión no había una recuperación instantánea.
— ¿No tienes alma? — Preguntó Bella, sonando casi apática.
Edward sabía que ella tomaba una decisión interior en ese momento, una decisión que podría influir en el futuro de ambos, y sólo podía esperar a que ella no retrocediese con horror.
— No soy un muerto viviente, ni una criatura sin alma — Le aclaró Edward. — Sólo soy diferente.
— Pero no soportas la luz del sol, ¿no? — Preguntó Bella como si ya supiese la respuesta.
— Soporto el sol por algún tiempo, pero me pone enfermo y aumenta mi necesidad de sangre.
— Matas a aquellos de los que... — Ella no pudo terminar de decir lo que pensaba.
— ¿Me alimento? — Completó Edward. — No. No es necesario que lo haga, de la misma manera que no es necesario exterminar a la cabra que nos alimenta con su leche. Ahora te pido que salgas de aquí, porque mi instinto me pide beber sangre. He perdido mucha sangre, y no voy a ser capaz de recuperarme si no me... alimento. Esta sed es más fuerte de lo que puedo manejar.
Bella miró hacia otro lado por un momento, y una expresión intensa se dibujó en su rostro, como si tratara de tomar una decisión. Al final, se volvió y lo miró.
— Vamos, milord. Toma lo que necesites de mí. — Dijo, ofreciendo su muñeca.
Edward se quedó muy sorprendido por esas palabras, sintiéndose más impotente que nunca.
¿Tomar lo que necesito?
Él necesitaba su sangre, pero jamás la tomaría, al menos no de esa manera. ¿Cómo podía enterrar los dientes en la muñeca de su esposa y beber su sangre mientras ella lo miraba? No podía soportar que Bella lo viera como un animal. Tiernamente, cogió su mano y la besó suavemente, tratando de no darse cuenta del líquido vital que corría bajo la piel pálida, el líquido que tan desesperadamente necesitaba.
Bella reaccionó con un dulce murmullo, mostrando que la recién adquirida conciencia de quién era él, no le causaba asco, ni horror, aceptaba su toque como siempre, sin apartarse. En un impulso, Edward comenzó a besar su brazo, creando una estela de fuego que la hizo soltar otro murmullo de placer.
Edward se irguió, colocó la mano en la nuca de Bella y tiró lentamente hasta que sus labios se encontraron. Bella reaccionó con la pasión y entrega habitual, y se abrazó a él, los dos comenzaron a besarse intensa y profundamente. Incapaz de controlarse, Edward comenzó a acariciar su muslo, e introdujo la mano bajo la bata para tocar el centro de su feminidad, lo que la hizo suspirar, antes de apartarse de el.
— Estás herido — Dijo — Bebe mi sangre.
Edward se quedó en silencio por un momento, pero luego pareció tomar una decisión.
— Tienes que ayudarme, esposa.
— ¿Ayudarte?
— Sí. — Edward volvió a besarla y siguió con el toque del que ella se había apartado antes.
Esta vez Bella no lo rechazó, y se entregó a las caricias de su marido.
— Quítate la ropa — Le pidió Edward.
Bella abrió su bata sin dejar de besarlo, y apartó el rostro por un momento, para terminar de desnudarse.
— Siéntate sobre mí — continuó Edward, tumbándose en la cama.
Sorprendida, Bella dudó un segundo, pero hizo lo que le pidió sintiendo que su cuerpo reaccionaba de inmediato con más excitación y calor. Edward la miraba, pero cerró los ojos cuando Bella se sentó encima de él a horcajadas. Presa por la pasión y el deseo, ella ajustó su cuerpo al de su esposo, hasta que se convirtieron en un solo cuerpo.
Esta vez, fue Bella quien paso a moverse y profundizar el contacto. Instintivamente, Bella se inclinó sobre él de repente, y besó su boca sin dejar de moverse. Edward colocó las manos en su trasero, ayudándola y animándola a seguir con ese ritmo que ahora los envolvía con movimientos cada vez más penetrantes.
Atrapados en una espiral de creciente intensidad, Bella se detuvo de pronto lo besó y volvió a erguirse, pasando a moverse con más rapidez. Por un momento, recordó que hacía poco que se había enterado de la naturaleza de su marido, pero eso le pareció irrelevante, y se entregó con pasión redoblada, tal vez porque ya no existían oscuros secretos o verdades no reveladas entre los dos. Ella lo aceptaba tal y como era, y le daría lo que necesitaba.
Y así los amantes continuaron hasta acercarse al éxtasis simultáneo. Pero esta vez, algo diferente sucedió, cuando Bella llegó a su clímax, y gritó el nombre de su esposo, él mordió su cuello, al mismo tiempo que se perdía en una convulsión orgásmica. Bella sintió un breve momento de dolor cuando los dientes como agujas de su marido se clavaron en su carne, pero entonces el placer explotó dentro de ella, en un orgasmo tan intenso y profundo como nunca había experimentado.
¿Que tal? ¿A que nadie se esperó esto?
¿Qué opinan?
Gracias por seguir allí
