En cuanto se apagó el indicador de mantener los cinturones de seguridad abrochados, Natasha se levantó como si algo la estuviese pinchando en el asiento. Clint la miró de reojo y suspiró. Conocía a Nat desde hacía mucho tiempo; conocía su manera de actuar ante diferentes situaciones, peligrosas o no, así como conocía cómo reaccionaría al respecto. Pero también conocía sus silencios, sus gestos contenidos y esa manera que tenía de apretar los puños contra sus piernas cuando estaba preocupada. En aquel momento, estaba observando todos y cada uno de esos indicadores.
Natasha recorría el ancho pasillo del avión privado, arriba y abajo, con la mirada clavada en el suelo como si ahí fuese a encontrar la respuesta a lo que pasaba por su cabeza, las cejas arqueadas en actitud reflexiva y mordisqueándose el labio inferior de manera compulsiva.
Clint sabía que era mejor tener paciencia, no preguntar nada y esperar a que ella quisiera hablar. Natasha podía ser una tumba cuando se lo proponía y la experiencia le decía que de nada le valdría preguntarle cómo se sentía o qué rondaba por su cabeza. Estaba completamente seguro de que, cuando ella quisiese o estuviese preparada, se lo contaría todo.
La azafata asomó por el comienzo del pasillo y llegó hasta él.
—¿Desean alguna cosa antes de que le sirvamos la cena?
Clint volvió a mirar de reojo a su compañera, que había llegado al fondo del pasillo, y regresó la mirada hasta la mujer.
—¿Puede ser un té? Verde y sin azúcar, por favor.
La azafata se limitó a asentir. Girando sobre sus talones, desapareció tras la cortina que separaba el pasillo de la minúscula cocina.
Natasha llegó de nuevo hacia él para desandar el camino que ya había hecho varias veces. Clint cerró los ojos y suspiró, sintiéndose cansado y preocupado. Todo aquello era un inmenso puzzle al que le faltaban varias piezas y, por mucho que lo intentara ordenar en su mente, se le seguían escapando detalles. Abrió los ojos unos minutos después, cuando escuchó regresar a la azafata con una taza humeante en las manos, que le tendió con una sonrisa.
Clint dejó el brebaje en la mesa que había delante del asiento de Nat. Ella tardó menos de un minuto en regresar al asiento y tomar la taza. Natasha dio un pequeño sorbo, sin mirarlo. Clint sonrió a medias y se reclinó en su asiento.
Después de un rato, Natasha aún mantenía la taza caliente entre sus manos cuando giró la cabeza hacia él.
—Esto no es algo al azar, Clint.
Clint la miró por unos instantes y asintió con brevedad. Ella estaba en lo cierto, no podía ser casualidad que se hubiesen perpetrado dos asesinatos en tan corto espacio de tiempo, e intentaran copiar la manera en la que ellos trabajaban. Para estar totalmente seguro le faltaban por saber muchos datos pero, al igual que Natasha, él también pensaba que había una intención detrás de todo esto.
Natasha se llevó de nuevo la taza a los labios y apuró lo que quedaba del té. La dejó en el platillo y se reclinó en el cómodo asiento.
—Gracias por pedirlo.
—Sabía que te sentaría bien —le contestó él—. Relájate y descansa un rato. Tenemos aún muchas horas de viaje por delante. Esperemos a hablar con Tony, ¿de acuerdo?
Bajando la mirada, Natasha negó con la cabeza.
—No puedo hacerlo, Clint. No puedo sentarme aquí y relajarme —le dijo ella mientras se giraba en su asiento hacia él, para poder hablarle de frente—. Primero… primero fue lo tuyo, y ahora esto. La caída de SHIELD, Steve que se ha empeñado en recuperar a su amigo perdido… es todo un poco. A veces pienso que es demasiado.
Clint buscó su mano, la tomó en la suya y la apretó con suavidad. Paseó su pulgar sobre el dorso, describiendo pequeños círculos. Notó que la mano femenina se relajaba al instante.
—¿Y qué piensas hacer aquí metida? Dime—. Sin esperar una contestación, Clint colocó con ternura detrás de la oreja de Natasha un mechón de pelo rebelde. Sus dedos se demoraron en la tarea voluntariamente—. Vale, hablemos de nuevo con Tony. Llámalo, ¿de qué te va a servir? Sólo irritarte más y darle más vueltas en tu cabeza.
Natasha apoyó la sien izquierda contra el respaldo, soltando un suspiro que a Clint le sonó a resignación.
—¿Por qué Stark no ha inventado aún la tele transportación? Nos vendría de perlas ahora mismo.
Sin poder evitarlo, Clint se rió con ganas.
—Dale un par de días y seguro que ya tendrá algo planeado.
Tony sabía que Pekín distaba casi 11.000 kilómetros de Nueva York y se requerían muchas horas de viaje para llegar a su destino. Pero aquella espera se le estaba haciendo ya algo pesada. Las últimas noticias sobre la muerte del congresista habían sido la gota que podría colmar el vaso de su paciencia. "¡Y eso si la tuviera!", pensó.
Las cadenas de televisión se estaban volviendo más osadas según pasaban las horas, haciendo cábalas y conjeturas. Intentaban conectar ese último asesinato con el del senador Granters, aun cuando ni el FBI ni la Fiscalía General del Estado se habían pronunciado al respecto. Tanto la una como la otra mantenían un aparente silencio entre toda aquella vorágine de información que estaban planteando los medios sensacionalistas, ávidas por dar información en primicia.
Al menos, ahora podía respirar algo más tranquilo sabiendo que la propia Natasha estaba a salvo y que había encontrado a Barton. Jarvis le había informado de la escaramuza que habían vivido para salir del país y de cómo casi no llegan a coger el avión. Se pasó una mano por su cuidada perilla, pensativo. ¿Qué cojones estaba pasando allí?
La voz de Jarvis lo sorprendió inmerso en sus pensamientos.
—Señor, tiene una visita —le informó la inteligencia artificial con su educación habitual.
Tony giró en redondo alzando el rostro hacia el techo, como si con aquel gesto pudiese ver a su asistente virtual.
—¿Quién es? —preguntó. No esperaba a nadie. Más aún, no tenía ganas de ver a nadie. Suponía que algún periodista estaría deseoso de entrevistarlo, y él no estaba por la labor de hablar con nadie.
Volvió a girarse con un ágil movimiento.
—Es igual, no quiero saberlo. Dile que no estoy.
—Sabe que está aquí, señor.
Tony alzó una ceja, contrariado.
—Pues dile que no recibo a nadie que…
—¿Que no recibe a nadie que no sea en jueves alternos, de ocho a cinco? —oyó decir a una voz a su espalda, con cierto tono de ironía.
No supo bien qué hacer, y todo lo que hizo fue quedarse congelado en donde estaba. Conocía aquella voz, maldita sea si la conocía, pues había pertenecido a alguien a quien había llamado amigo demasiado tarde para que pudiese escucharlo; a alguien que, hasta ese momento, él creía muerto.
Tony se giró con lentitud, como si todos sus miembros, de repente, le pesaran una tonelada. Como si el tiempo se hubiese ralentizado y el aire se hubiese hecho más denso y difícil de respirar. Sí, debía ser así porque el aire no le llegaba adecuadamente a los pulmones. Cuando completó la vuelta y estuvo frente al propietario de aquella voz, Tony parpadeó varias veces, antes de estar seguro de que a quien estaba viendo frente a él, era al mismísimo Philip Coulson, el agente Coulson, en carne y hueso.
—No, no puede ser. Estás muerto. Fury dijo que estabas muerto —acertó a decir aunque no esperaba que Coulson le hubiese oído. Entrecerró los ojos, mirándolo de soslayo—. ¿Eres un fantasma? Sí, debe de ser eso. ¡O un sueño! Vale, mejor un sueño. Estoy en la cama y aún no me he despertado.
Una breve y casi tímida sonrisa apareció en el rostro del hombre que creía muerto desde hacía dos años, y que lucía un aspecto muy saludable para estarlo realmente, enfundado en aquellos típicos e impecables trajes de dos piezas.
—Tony, no soy ningún fantasma. Y si creyeras en ello, creo que estaría decepcionado contigo —contestó Coulson, cruzando las manos delante de sí, a la altura de las caderas, como le había visto hacer un millar de veces desde que lo conociera, sosteniendo un carpeta entre ellas.
Tony sacudió la cabeza; en efecto, no estaba dormido. Se acercó despacio hasta el agente de SHIELD, con los ojos medio entornados. Cuando estuvo a menos de dos pasos de distancia, extendió un brazo y, con cautela, lo tocó en el hombro. Coulson volvió a sonreír.
—Te lo dije. No soy un fantasma.
Sin poder contenerse, Tony cubrió los dos pasos que los separaban y lo abrazó con fuerza.
—Bueno, sí que ha sido una cálida bienvenida —acertó a decir el agente cuando Tony se separó de él, aun palmeándole los hombros.
Lo miró de arriba abajo. Phil tenía buen aspecto; en realidad tenía el mismo de siempre, no había variado ni un ápice. Dio un par de pasos hacia atrás, caminando de espaldas, hasta que sus piernas se toparon con el sofá, en donde se dejó caer como si sus rodillas ya hubiesen hecho suficiente trabajo por el momento.
—¡Joder, Phil, te creíamos muerto!
Coulson anduvo un poco hasta quedar frente a Tony.
—Bueno, técnicamente lo estuve — respondió el hombre. Tony hizo una mueca que expresaba su incredulidad.
—No lo entiendo… Fury nos dijo… Creíamos que Loki te había matado.
—Sé lo que os contó Fury. El resto es un poco largo de explicar —contestó encogiéndose de hombros sin que aquella media sonrisa abandonara su expresión.
Al escuchar el nombre de Fury, Tony se irguió en su asiento.
—¿Sabes que Fury ha muerto, verdad? Y que SHIELD ya no existe.
Las cejas de Coulson se arquearon un poco. Desvió la mirada hacia un lado, como si quisiese evitar mirarle a los ojos. Tony no era tan buen lector del lenguaje corporal como podían serlo Natasha o Barton, pero sabía cuándo alguien estaba evitando decirle algo.
—¿Qué? ¿No me irás a decir que eso tampoco…?
Coulson no lo dejó finalizar.
—Todo eso también es largo de contar. Ambas cosas.
Momentáneamente, Tony se quedó sin palabras. No sabía qué podía contestar o decir. Abrió y cerró la boca varias veces antes de ser capaz de articular palabra.
—¡Venga ya! No puede ser cierto —exclamó incrédulo—. ¿Fury sigue vivo?
Coulson bajó de nuevo la mirada, evitando el contacto visual con él.
—¡Será hijo de puta! — prorrumpió poniéndose en pie con agilidad. Se llevó las manos a la cintura mientras se movía inquieto de un lado a otro—. ¿Por qué? Digo, ¿por qué nos lo ha ocultado?
—La agente Romanoff sabe que está vivo.
Si la aparición de Coulson no le había quitado del todo la respiración, aquella última frase sí que lo había hecho. Abrió los ojos desorbitadamente y miró al agente.
—¿Que ella lo sabe? ¡¿Cómo que Natasha lo sabe?! ¡Maldita sea, ha estado aquí conmigo y no me lo ha contado!
—Tiene buenas razones para que no lo haya hecho.
—¡Oh, sí! Debe tenerlas y tendrá que dármelas antes de que…
—Fury se lo pidió —le dijo Coulson, impidiéndole terminar la frase—. Nadie, a excepción de ella y de Rogers, saben que sigue vivo.
"Vale. Hasta aquí hemos llegado", pensó Tony haciendo ondear sus brazos y golpeándose en los costados cuando los volvió a pegar a su cuerpo. Se volvió hasta Coulson sintiendo un creciente enfado anidar en su interior.
—Ah genial, el Capi también lo sabe. ¡Si lo va a saber hasta el puñetero repartidor de periódicos y yo no! —exclamó andando hasta la ventana con pasos largos para regresar de inmediato hasta el lugar en donde se encontraba Coulson—. ¿Hay algo más que quieras decirme, Phil, antes de que me estalle la carótida?
—SHIELD no ha desaparecido. Sigue activo y funcionando. No como hasta hace unos días, claro está, pero sigue operativo.
Tony lo observó por unos instantes con la mirada sesgada
—Esto es surrealista. Apareces después de creer que estabas muerto estos dos últimos años y me sueltas que Fury tampoco lo está y que, como guinda del pastel, SHIELD sigue operativo y funcionando. ¿Y quién lo dirige ahora que Fury está fuera del mapa, si puede saberse? ¿El pato Donald?
Coulson torció el gesto.
—Yo soy el nuevo director. Fue el propio Fury quien me nombró antes de desaparecer de la escena.
Los dos hombres se miraron durante dos largos segundos aunque a Tony le pareció una eternidad. Giró sobre sus talones y se dirigió con paso enérgico hasta el mueble.
—Creo que necesito algo de beber. Si todo esto no me manda a la consulta del psiquiatra, nada podrá hacerlo —masculló.
Llegó hasta allí y se sirvió una copa que vació de un tirón. Si hubo un momento en el que había necesitado una copa, era precisamente en ese. Se sirvió un segundo vaso que no llegó a beber.
—Ha sido demasiada información inesperada de sopetón, Phil.
El agente se acercó hasta donde se encontraba y le puso una mano sobre el hombro.
—Lo entiendo, Tony.
Lo miró de soslayo. Recordaba aquel sentimiento inesperado que lo asaltó cuando supo que Loki lo había matado, atravesándolo con su cetro. Fue precisamente su muerte la que los empujó a todos a unirse para luchar contra el semidiós asgardiano.
—¿Por qué has tardado tanto en decirnos que estabas vivo? —le dijo un poco más calmado.
—Se puso en marcha una nueva división y he estado ocupado con un nuevo grupo de agentes. Fury quiso que yo me hiciese cargo de ellos; es eso lo que he estado haciendo hasta que HYDRA ha dado la cara.
Tony giró la cabeza hacia él, con la mandíbula apretada.
—Nos hubiese bastado un simple "sigo vivo". No necesitábamos una puñetera sesión grupal.
Coulson asintió, despacio. Antes de que contestara, Tony se giró hacia él.
—Una puñetera sesión que sí necesitó Barton, por cierto. Y no una, sino varias. ¡Joder, era tu amigo! Y lo pasó fatal cuando lo supo. Estuvo mucho tiempo echándose la culpa de lo que te había ocurrido.
Aquellas palabras parecieron tomar al agente por sorpresa.
—No… no lo sabía.
—Pues debiste pensarlo, Phil —le recriminó Tony. Aún tenía frescos en su memoria aquellos tensos momentos, la voz de Fury por los intercomunicadores informándoles de que el agente Coulson había caído. Alguna que otra noche, durante bastante tiempo, esa frase se había colado en sus sueños, junto con un enorme gusano de metal procedente de otro universo. Tony se sacudió aquellos pensamientos con un meneo de cabeza y se obligó a que una sonrisa apareciera en su rostro.
Se dirigió de nuevo hasta el sofá y se sentó.
—Menos mal que Romanoff estaba ahí —añadió, intentando quitarle hierro al momento. Enarcó una ceja antes de continuar—. Por cierto, ¿tú sabías que…
Coulson lo miró con extrañeza.
—¿Qué?
—Que entre Barton y Romanoff había…
Tony no creyó equivocarse cuando vio a Coulson bajar la cabeza, como si se sintiera avergonzado de algo. Esbozó una sonrisa mientras se encogía de hombros.
—Bueno, no oficialmente, ni ninguno de los dos me dijo nada. Supongo que no era un tema fácil de hablar. Pero la única vez que les sugerí que debían trabajar con otros agentes, a Clint le falló un disparo con un dardo que terminó clavado en mi pie, mientras jugábamos en un bar y tomábamos una cerveza. Y al día siguiente resbalé por unos escalones. Curiosamente, Romanoff estaba allí, apoyada contra la pared en el rellano de la escalera, con cara de "te lo advertí". Y ni siquiera se había acercado a mí. Aún no sé cómo lo hizo.
Tony tuvo que tragarse la carcajada que le nació en el centro del pecho.
—¿Cómo se te pudo ocurrir, Phil? Dale gracias a Dios por que no te torturaron —le dijo con exagerada afectación.
El ambiente se había distendido lo bastante como para que Tony no se sintiera extraño hablando con un muerto. O con alguien a quien había creído muerto hasta hacía pocos minutos. Coulson se sentó a un metro de distancia de él. El hombre enderezó la espalda, acercándose un poco al borde de su asiento. Se acomodó las perneras de sus pantalones, eliminando alguna arruga que sólo él parecía ver. Cuando levantó el rostro, clavó la mirada en Tony.
—Es precisamente de ellos dos de lo que venía a hablarte.
Tony se incorporó, apoyando los codos sobre sus rodillas. Coulson aún no había comenzado y él ya estaba intrigado sobre qué asunto le había obligado a desvelar que seguía vivo.
—¿Qué quieres decir con eso?
Coulson se acercó al borde del sofá. Con un fluido movimiento de manos ondeó el dossier que había estado sosteniendo todo aquel tiempo y que, sólo entonces, llamó la atención de Tony.
—Todo lo que ha ocurrido, el imitador de Barton, la mujer que se ha hecho pasar por Natasha. No es algo al azar.
Tony miró hacia el techo, poniendo los ojos en blanco y mostrando intencionadamente una expresión de hastío en su rostro.
—Eso ya lo he supuesto yo, nuevo director de SHIELD. ¿Acaso no recuerdas que es conmigo con quien estás hablando? Lo que quiero saber —dijo enfatizando sus últimas palabras— es quién y por qué.
Coulson abrió el portafolio. Sacó una fotografía de su interior y se la tendió con cierta solemnidad.
Tony la miró por unos instantes. Era una fotografía tamaño folio, en blanco y negro. En ella aparecía retratado un hombre de aproximadamente cuarenta años, o tal vez algunos más. Tenía el pelo cortado a cepillo, que le hizo suponer que era militar o pertenecía a algún grupo relacionado con la milicia. La instantánea había sido tomada desde lejos, y el teleobjetivo que habían usado para acercar la imagen hacía que la calidad no fuese la mejor.
Parecía que lo habían fotografiado cuando se dirigía a algún lugar, dando un paso que había quedado congelado en el aire; con la mirada puesta en el frente, como si realmente supiera que alguien le estaba tomando aquella foto y lo estuviese retando con la fría mirada.
Iba vestido completamente de negro, de la cabeza a los pies, enfundado en gruesas botas acordonadas de media caña. Parecía alto y vigoroso, en muy buena forma física, y tenía cierto aire que le hizo pensar que lo conocía. Miró con más atención la fotografía; no, no era así, no creía haberlo visto jamás. Estaba seguro. Levantó la mirada y la fijó en Coulson.
—¿Quién es? —preguntó devolviéndole la foto. El ahora director de SHIELD hizo un ligero movimiento con su cabeza al señalarla.
—Es el hermano de Clint. Barney Barton.
Tony volvió a mirar bien la imagen, insistiendo en el rostro serio del hombre.
—¿Clint tiene un hermano? —preguntó antes de levantar la mirada y clavarla en Coulson.
Este asintió.
—Lo tiene. O lo tenía —respondió el agente.
—¿Qué quieres decir con "lo tenía"?
—Lo que quiero decir es que Barton cree que su hermano está muerto. Desde hace años —respondió Coulson con la misma tranquilidad que si le estuviese diciendo que al día siguiente haría un sol espléndido.
Tony parpadeó varias veces antes de sacudir la cabeza con un exagerado gesto.
—Vale, ahora sí que no entiendo nada —dijo irguiéndose en su asiento. Con un dedo apuntó a Coulson—. Y anota bien esa frase, porque no todo el mundo puede escucharla.
Coulson sonrió antes de que Tony continuara hablando.
—A ver, ¿cómo es eso de que Clint cree que su hermano está muerto? ¿Y qué tiene que ver este Barney con todo lo que ha pasado?
La fotografía regresó al interior del dossier y Coulson sacó una página en su lugar, escrita con letra comprimida, como si hubiesen querido aprovechar al máximo la superficie del papel, y se la tendió a Tony. Éste echó un rápido vistazo al informe. Cuando terminó, levantó la mirada todavía sin comprender.
—Entonces, ¿todo esto por qué lo hace? Aquí no dice nada que explique por qué lo hace.
Coulson se encogió de hombros.
—Cualquiera sabe: odio, rencor, ajustes de cuentas, envidia. Pero lo interesante aquí no es el "por qué" sino el "con quién".
Antes de que Tony pudiese preguntar de nuevo, el agente sacó una segunda fotografía, de las mismas características de la primera, sólo que en ella aparecía retratada una hermosa mujer rubia.
—¿Y está quién es? ¿La hermana de Barton? ¡¿La mujer de Barton?! —exclamó con cierto tono de sorna en su voz. Entonces abrió los ojos de manera desmesurada—. ¿No me irás a decir que tiene una mujer? Eso sería lo más ridículo que habría oído en años.
Coulson compuso una mueca de resignación cansada mientras negaba con la cabeza.
—No es la mujer de Barton. No hay ninguna mujer. Es Yelena Belova.
Esperó unos segundos a que el hombre sentado frente a él continuara, pero no lo hizo, así que Tony se inclinó hacia delante, acuciándolo con la mirada.
—¿Y debería sonarme de algo ese nombre?
—Su nombre puede que no, pero sí su alias. Es la Viuda Negra. La otra Viuda Negra.
Aquel día estaba resultando ser una cadena de sorpresas. Coulson vivo, el hermano de Barton, y ahora otra Viuda Negra. Tony hizo una mueca con su boca.
—¿Hay otra Viuda? Vaya, y yo que pensaba que nuestro grupo era exclusivo.
Coulson recogió la fotografía y la metió dentro del dossier, dejándolo cerrado sobre su regazo.
—Esto no es ninguna broma, Stark.
Tony se encogió de hombros.
—Ya me conoces —dijo justificándose a sí mismo.
—El programa de las Viudas Negras entrenaba a chicas para convertirlas en asesinas letales. Natasha es una de ellas. Al igual que Yelena —continuó diciendo Coulson con su habitual calma.
Tony se reclinó de nuevo sobre el respaldo; cruzó una rodilla sobre la otra y dejó descansar el brazo sobre su pierna. Miró a Coulson, pensativo.
—¿Acaso esto es como lo de aquella serie de televisión sobre cazadoras de vampiros, que una era la elegida y, para que haya otra, debe morir la primera?
Una profunda arruga apareció en la frente de Coulson al mirar a Tony con extrañeza.
—¿Qué? ¡No! Nada de eso—respondió perdiendo la calma durante unos breves segundos, tras los cuales se recompuso con rapidez—. Yelena tiene una historia con Natasha desde hace años. Desde su paso por la Habitación Roja, para ser más exactos. A Yelena no le gusta ser una segundona, eso es todo. Y quiere eliminar a Romanoff de la ecuación y tener el apodo sólo para ella.
Después de unos segundos asimilando las palabras del agente, Tony asintió con un enérgico cabeceo.
—O sea, tenemos un hermano, asumamos, despechado y a una agente soviética envidiosa.
Coulson se encogió de hombros.
—Más o menos.
—Hasta ahí lo comprendo, pero ¿por qué? —antes de que Coulson volviera a corregirle, Tony agregó—: ¿qué tienen que ver el hermano de Barton y la otra Viuda con todo lo que está pasando?
Coulson imitó a Tony y se reclinó en el asiento, haciendo que la distancia que los separaba fuera un poco mayor.
—Tienen en común la persona que los ha contratado para hacerse pasar por Ojo de Halcón y la Viuda Negra original.
—¿Y ése es…? —preguntó Tony, impaciente.
Coulson suspiró con cierto cansancio.
—Tu amigo, Justin Hammer.
La mandíbula de Tony se desencajó unos centímetros. Después de unos segundos, compuso una enorme –y fingida— sonrisa de incredulidad.
—A ver, en primer lugar, Justin Hammer no es mi amigo. Nunca lo ha sido. Y en segundo lugar, y aquí creo que se aplica, ¿por qué? ¿Qué hace el idiota de Hammer con estos dos matones a sueldo?
—Bueno, aún hay cosas que debemos averiguar. Pero creo que quien está detrás de Hammer tiene, a su vez, algo que ver.
Tony se sentía cansado. Habían salido tres nombres a la palestra y sin ninguna conexión aparente o, al menos, una que él pudiese ver.
—¿Y quién es, si se puede saber? Te lo advierto, Coulson, este jueguecito ya me está cansando.
Coulson lo miró con seriedad.
—HYDRA. Justin Hammer trabaja para HYDRA.
Las piezas del puzzle mental de Tony comenzaron a encajar poco a poco. Piezas que iban revelando una imagen que no le gustaba en absoluto. Se levantó despacio y anduvo unos pasos para girarse de nuevo hacia Coulson.
—HYDRA. Eso explicaría esa salida de la cárcel tan rápida.
El agente asintió.
—En efecto.
Tony sintió cómo cada músculo de su cuerpo se agarrotaba por la tensión y por la furia que estaba comenzando a hervir dentro de él.
—¡Maldito hijo de perra!
Con pasos enérgicos se acercó hasta el mueble bar y sacó un botellín de agua que apuró con rapidez. Repentinamente había sentido la garganta seca. Dejó la botella vacía sobre la superficie y se giró hacia Coulson que aún permanecía sentado en el sofá.
—¿Así que el bueno de Justin está ahora con HYDRA? Claro, no podía ser de otra manera. ¡Y esa rueda de prensa, como si fuese a ser el nuevo salvador de la ciudad!
Coulson se levantó, adecentándose la chaqueta y sosteniendo aún el dossier.
—Aún debemos saber qué es lo que quiere Hammer en todo esto.
—Yo creo que puedo responderte a eso, Phil: notoriedad. Justin tiene un ego como el Empire State. Es un adicto a llamar la atención— le dijo mientras lo señalaba con un dedo. Coulson clavó la mirada en él y alzó una ceja. Tony se encogió de hombros con fingida inocencia y le sonrió—: ¡Hey, ese era mi antiguo yo! Antes de entrar a formar parte de los Vengadores.
—Como sea, HYDRA ha encontrado en él una figura mediática, que cae bien y…
Tony resopló, elevando la mirada hacia el techo y torciendo el gesto.
—Bien, sí. Seguro que cae bien.
Coulson continuó tras aquella interrupción.
—HYDRA tiene un plan para él. O no lo habrían buscado.
—O puede que haya sido Justin quien los haya buscado a ellos. Tiene dinero y, en cuanto le hagan un lavado de imagen, volverá a tener nombre y reputación —replicó Tony, acercándose a él y deteniéndose a unos pocos pasos.
El agente asintió, despacio.
—Puede ser, por supuesto. Sea como sea, hay que detenerlos, a ambos.
Tony no podía estar más de acuerdo. De aquella asociación no iba a salir nada bueno. El hermano de Barton y aquella agente soviética trabajando para Hammer sólo iban a traerles problemas.
—En cuanto Clint y Nat regresen, los pondré al tanto y plantearemos una solución. No creo que esta situación vaya a gustarles.
Coulson asintió con un gesto cansado y, como si un manto pesado hubiese caído sobre la habitación, ni Tony ni el agente añadieron ninguna palabra más. Tony miró hacia ambos lados, incómodo, al igual que hizo el nuevo director de SHIELD, aunque en su mente siempre sería el "agente Coulson". El hombre carraspeó antes de dar un paso hacia Tony.
—Tengo que marcharme ya. Hay… hay otros asuntos que debo atender — y le tendió el dossier que, hasta ese momento, Coulson había tenido entre las manos. Tony lo aceptó sin hacer ninguna pregunta.
—¡Por supuesto! —respondió Tony, con demasiado énfasis incluso para sus oídos, ondeando la carpeta delante de él. Coulson esbozó una forzada sonrisa y giró sobre sus talones, dispuesto a abandonar aquella sala. Antes de que llegara a la puerta, Tony lo detuvo.
—¡Phil!
Coulson giró para enfrentarlo.
—¿Sí?
Tony hizo un gesto, estirando un poco el brazo hacia el agente.
—Que tengas suerte y vaya todo bien.
El rostro amable de Coulson se iluminó con una sonrisa.
—Gracias, Tony. Lo mismo digo—. Iba a girarse, pero nuevas palabras de Tony lo detuvieron.
—Ya sabes dónde estamos. Y Phil, díselo a Barton y a Romanoff.
—¿Que estoy vivo? —preguntó con el tono de voz un poco más bajo que el usual en él.
Con decisión, Tony movió la cabeza afirmativamente.
—Sí. Merecen saberlo. Les gustará saber que sigues vivo. Clint se merece saberlo.
Tony vio en los ojos de Coulson cómo el agente evaluaba su petición. Tony sabía que era un buen hombre, honrado y honesto. Sabía que haría lo correcto. Unos segundos después, Coulson se despidió con un cabeceo y desapareció por la misma puerta que había llegado. Tony bajó la cabeza antes de girarse sobre sus talones y volver hacia el sofá, en donde se quedó parado mientras pensaba cuál sería el próximo paso que debían dar.
Barney se paró en la puerta del bar que estaba frente a su hotel. Tenía que dar gracias por ese gusto por el despilfarro y por todo lo que rezumara mucho dinero que tenía Justin Hammer. Cuando le habían dicho que eligiera un hotel para quedarse mientras estuviese en la ciudad, él había escogido uno de los mejores hoteles en Lower Manhattan.
Había sido aquel hotel en concreto porque le recordaba la primera vez que había estado en la ciudad, cuando apenas tenía unos pocos dólares en el bolsillo para comer y se había parado ante su puerta, vislumbrando desde el exterior la sofisticación y el lujo de su interior. Por aquel entonces, el lugar en el que dormía había sido una cutre pensión en la peor parte de la ciudad; un lugar lleno de pulgas, con las paredes de la habitación desconchadas, oliendo a moho, y las sábanas llenas de manchas que era mejor no saber de dónde procedían. De aquello había pasado mucho tiempo. Ahora, en cambio, la habitación que tenía en aquel lujoso hotel era enorme; el baño era de mármol, e incluso tenía un albornoz para la ducha que le cambiaban todos los días, lo pidiera él o no. La cama era la más grande y confortable en la que había dormido jamás. Podría acostumbrarse fácilmente a aquel modo de vida si todo salía como había pensado.
Pese a todo aquel confort, no tenía la intención de quedarse aquella noche en la habitación hasta que se quedase dormido de puro aburrimiento, sólo viendo la televisión. No, tenía planes para esa noche; unos planes que incluían una visita a un abogado en concreto. Un abogado con el que tenía cuentas que ajustar.
Pero no iría allí sin más, no. Antes de ir a ver a aquel sujeto le apetecía tomar el aire y una copa. Lo del aire podría pasar sin ello; lo de la copa, ya no estaba tan seguro. Abrió la puerta del bar y entró en él.
La puerta se cerró a sus espaldas con un golpe seco. Era un pub como muchos otros en los que había estado a lo largo de su vida: poca iluminación, música ambiental no demasiado alta y mesas escondidas entre paneles de madera para la privacidad de los clientes. Olía a whisky y a cerveza. A sus oídos llegaron las risas de algunos de los que estaban pasando un buen rato, mezcladas con el entrechocar de vasos.
La barra estaba al fondo del local. Había tres jóvenes sentados en ella bajo las luces incandescentes de las lámparas que los iluminaban. Hablaban animadamente con el camarero, un chico joven con cara amigable. Barney miró a su alrededor mientras se dirigía hacia la barra para tomarse la primera copa. Paseó la vista por el local; a la puerta que había al fondo que daba a los baños, y a las mesas escondidas de su derecha. Entonces fue cuando la vio.
Yelena Belova estaba sentada en una de esas mesas, la que se encontraba en el rincón y la menos visible desde cualquier ángulo, a no ser que pasases por delante de ella. Tenía la atención fija en el móvil que tenía sobre la mesa y paseaba la yema de los dedos sobre la pantalla iluminada, que se reflejaba en su rostro. La luz de la lámpara de metal que tenía sobre ella le otorgaba un extraño resplandor amarillento a su pelo rubio. Se paró en seco. Contempló por unos momentos la opción de saludarla, o bien de pasar de largo. Tras unos breves segundos, se encaminó hacia donde ella estaba sentada. Acababa de detenerse a un par de pasos de la mesa cuando la voz clara de Yelena llegó hasta sus oídos.
—¿Qué quieres, Barton? —le dijo la mujer sin levantar la mirada de la pantalla de su móvil.
Barney se quedó parado en donde estaba, intentando ocultar la sorpresa que le había producido que ella se hubiera percatado de su presencia sin siquiera haber levantado la cabeza.
—Te he visto y he pensado que sería cortés saludar.
Yelena continuó con su atención fija en la pantalla del dispositivo, sin molestarse en mirarlo.
—Ya lo has hecho. Puedes irte —contestó ella con suma frialdad.
Para cualquier otro hombre, aquella conducta podría asustarlo. "Pero a mí no me asustas, guapa", pensó Barney, reprimiendo una sonrisa torcida. Le gustaban los retos y aquella Viuda Negra era uno en toda regla.
—¿Puedo invitarte a una copa?
Despacio, Yelena alzó la mirada para encontrar la de Barney. No podía decir que una sonrisa había aparecido en su rostro, pero sí podía asegurar que en aquellas facciones se había producido un ligero cambio. Yelena se enderezó, apagó el móvil y lo miró.
—Puedes —le contestó clavando sus ojos en él.
La mujer lo miró con interés, incluso con desvergüenza, mientras entornaba los ojos y sonreía levemente. Aquella tarde apenas había podido reparar en ella. Su inesperada aparición y sus palabras cortantes lo habían dejado con un montón de preguntas sobre aquella mujer que afirmaba ser otra Viuda Negra, al igual que Natasha Romanoff.
Era una mujer muy bella, con aquel aire de frialdad en su mirada que le hacía pensar que era algo deliberado y estudiado. Unos pómulos altos y una nariz elegante le daban personalidad a aquel fino rostro, enmarcado por una media melena rubia que, bajo la tenue luz de aquella bombilla, parecía un poco más oscura. Sabía que era algo más baja que él, delgada y atlética; con largas y torneadas piernas. Se fijó en sus manos de dedos largos y uñas cuidadas y pintadas de rojo carmesí. Tenía que admitir que Yelena Belova era una belleza.
Buscando al camarero con la mirada, Barney le hizo un gesto y se sentó en la silla que había junto a Yelena.
—¿Qué bebes? —quiso saber.
—Bourbon —respondió ella al instante.
Barney sonrió.
—Vaya, una chica dura. Me gusta.
Ella alzó la barbilla, altiva.
—Lo bebo porque me gusta a mí. No para gustar a nadie.
Despacio, Barney se reclinó en el asiento, dejando caer su peso en el respaldo y descansando ambas manos sobre sus piernas.
—Relájate, Belova. No hay por qué ponerse tensa. Tomemos una copa como dos buenos compañeros de trabajo y nada más.
Los ojos de la mujer estaban clavados en él, como si quisiesen leer lo que Barney tenía en la mente. Aflojó un poco los hombros y se echó hacia delante, para hablarle desde más cerca.
—No eres mi compañero de trabajo. Esto es sólo momentáneo y circunstancial, lo justo para que tú acabes con tu hermano, y yo con la zorra de Romanova.
El camarero eligió aquel momento para aparecer. Los miró a ambos con una simpática sonrisa.
—Bourbon —pidió Barney antes de que el joven pudiera preguntar. Y añadió—: Y deja aquí la botella.
El chico se retiró con la misma sonrisa prendida del rostro. Un minuto después regresaba con un vaso bajo y una botella de bourbon casi entera. Barney se lo agradeció con un gesto de cabeza, destapó la botella, le sirvió primero a Yelena y, por último, se sirvió en su vaso.
La mujer se lo bebió de un trago antes de que Barney tuviese tiempo de levantarlo. Hizo una mueca con los labios que se asemejó a una sonrisa, rellenó de nuevo el vaso de la mujer y levantó el suyo.
—Por el trabajo bien hecho.
Yelena tomó el bourbon, lo alzó delante de ella y le ofreció la primera sonrisa desde que él había llegado.
—Por el trabajo bien hecho —respondió ella a su vez. Y ambos bebieron.
Barney miró a su alrededor. Le gustaba aquel lugar; era íntimo y se podía charlar. Y nadie reparaba en nadie. Para él eso era una prioridad. No le gustaban los lugares en donde la gente volvía la cabeza para mirar a quien acababa de entrar. Paseó la vista por la porción de local que le dejaba ver aquél cubículo en donde estaba ubicada la mesa, para terminar recalando en la mujer que tenía sentada a su lado, encontrándose con su mirada. Apoyando ambas manos sobre la mesa, buscó una postura más cómoda en aquella silla.
—¿Estás en el Shedshire? —le preguntó. Ella asintió tras considerarlo unos segundos.
—Así es —contestó Yelena, con el tono de voz mucho menos beligerante que unos minutos atrás. "Esto sí que es un logro", pensó Barney, complacido.
—Yo también —le hizo saber él—. Es un gran hotel. Y ya que va a pagar Hammer, que pague por algo que merezca la pena.
—En efecto. Las cosas que merecen la pena, hay que pagarlas. Y mejor si lo hace él en lugar de hacerlo nosotros.
Yelena lo obsequió con una sonrisa que hizo su rostro aún más bello. Barney le sirvió una nueva copa de bourbon para, a continuación, servirse una a sí mismo. La mujer detuvo la copa delante de sus labios antes de vaciarlo. Barney sintió la mirada de Yelena fija en él.
—¿Así que eres el hermano de Ojo de Halcón, el famoso vengador? —dijo ella al fin.
Barney sintió como si le hubiesen oprimido el estómago con unas tenazas ardiendo. Apretó con fuerza la mandíbula, tanto que sus muelas chirriaron del esfuerzo. Tomó aire en silencio para dejarlo escapar por su nariz poco a poco. La miró por el rabillo del ojo. Yelena había vaciado su copa y la había dejado sobre la mesa. Barney la imitó, vaciando la suya de un solo trago.
—Eso parece, sí —contestó entre dientes.
Yelena se acodó sobre la mesa, acercándose a él.
—Y también parece que no te llevas bien con él —observó la mujer con severidad.
Barney ahogó una carcajada. "Llevarme bien con mi hermano, por supuesto". Se sirvió un nuevo vaso de bourbon y lo vació al instante. "Tal vez sería mejor si bebo directamente de la botella", pensó con cierta amargura. Su hermano, qué palabra tan extraña. Chasqueó la lengua antes de volver su rostro hacia Yelena.
—No tengo ningún hermano. Un hermano es alguien que está a tu lado. Él no lo está desde hace mucho tiempo— dijo sin apenas tomar aire. Cuando lo hizo, continuó—: Él cree que estoy muerto y nunca le ha preocupado si fueron ciertas o no las noticias que le llegaron.
Yelena volvió a llenar su vaso y bebió de él, dejándolo con cuidado sobre la mesa.
—Hay mucho resentimiento en tus palabras, Barton.
Barney hizo una mueca de disgusto. Giró la cabeza hacia Yelena. Ella lo miraba con atención, con aquellos impresionantes ojos claros puestos en exclusiva en él. Hacía tanto que no había nadie que lo escuchara que, por unos momentos, se sintió desorientado. Relajó los hombros y bajó la cabeza hasta que su barbilla casi le rozó el pecho.
—Resentimiento. Bonita palabra es ésa. Pero ni se acerca a lo que siento por mi… hermanito pequeño.
Tal vez fuera el bourbon o el lugar, no lo sabía. O tal vez fuera la compañía, porque de una extraña manera creía que Yelena sí podría entender aquella historia con Clint. Nunca lo había hablado con nadie; nunca le había contado a nadie lo que pasó aquel día en que sus caminos se separaron de mala manera. Nunca le había contado a nadie que su hermano le había defraudado y que lo dejó tirado como a un perro.
—Creo que tienes ganas de hablar, ¿no es cierto? —inquiró Yelena, como si le hubiese leído el pensamiento. Aquella era una extraña mujer. Cuando lo miraba parecía como si quisiese conocer todos los secretos que albergaba su alma.
Vació un nuevo vaso antes de darse cuenta de ello. El líquido del interior de la botella había bajado considerablemente y Barney notó el escozor del alcohol al bajar por la garganta.
—¿Qué pasó para que le tengas tanto odio? —volvió ella a preguntar. Barney emitió un bufido y negó con la cabeza.
—Se creyó demasiado bueno para la mierda de vida que llevábamos. Tenía… tenía demasiados escrúpulos para vivir en la calle, ¿sabes? —le dijo, con los dientes apretados y la respiración superficial—. Y cuando llegó el momento de estar conmigo o en mi contra, eligió el camino de los cobardes, eso fue lo que hizo. El muy hijo de puta.
Yelena lo tocó en el brazo, llamando su atención. Barney miró primero aquella fina mano para, un segundo después, levantar la mirada y encontrar la de ella a pocos centímetros.
—El tiempo me ha enseñado que es mejor aprender a tener los ánimos calmados —dijo Yelena, manteniendo fija los ojos en los suyos—. Es más fácil cometer errores cuando tu estado de ánimo no es estable. Y no sé en tu trabajo, pero en el mío es algo que no me puedo permitir.
En silencio, Barney continuó mirándola. Tal vez ella llevara razón; más aún, con toda probabilidad llevaba razón, pero hablar de su hermano removía algo muy antiguo y muy profundo en su interior, algo que jamás había enterrado del todo y que sólo quedaría completamente muerto cuando pudiese acabar con él.
Yelena volvió a separarse de él, enderezando los hombros y sentándose erguida en el asiento. Una bella sonrisa apareció en sus labios.
—Dime, ¿qué planes tienes para esta noche?
Barney bajó la mirada y elevó la comisura de los labios en una suerte de mueca que bien podría haberse confundido con una sonrisa.
—Tengo una visita a un abogado.
—¿Un abogado? ¿A estas horas? —se extrañó la mujer, componiendo una expresión de perplejidad.
Él asintió con un movimiento enérgico de cabeza.
—Sí, a estas horas.
—¿Para qué quieres verlo? —preguntó Yelena, intrigada.
Barney la observó con detenimiento. La animadversión que había visto en ella cuando la encontró allí parecía haber desaparecido. Se habían borrado aquellas líneas duras de su rostro y dejado paso a una expresión más afable que la embellecía. Era una mujer preciosa de la cual era difícil apartar la mirada.
Titubeó unos momentos antes de decidirse a explicarle el por qué quería ir a ver a aquel hombre. Barney se movió en su silla, buscando una postura más cómoda. Se acodó sobre la mesa y llenó de nuevo el vaso de cristal.
—Hace años, ese tipo, Chadwick, me defendió en un juicio. Si se puede llamar defender a la chapuza que hizo, el muy cabrón —comenzó diciendo mientras daba un trago—. No quería perder el tiempo en defender a escoria como yo. Se limitó a admitir que tuve la culpa de lo que hice y me obligó a aceptar los años de cárcel que pedía la fiscalía. Ni se molestó en negociar—. Barney sentía cómo la sangre estaba comenzando a hervir en sus venas. Se sirvió un nuevo vaso con rapidez y, con la misma rapidez, se lo bebió—. Pedazo de hijo de satanás.
El bourbon le golpeó en el estómago como una bomba. Cerró los ojos y apretó los dientes. Poco a poco aquella sensación fue diluyéndose, tal vez en el propio bourbon que ya había ingerido, y pudo al fin volver a respirar con tranquilidad. Miró la botella. Apenas quedaban un par de dedos del licor en ella y, sin pensar, se sirvió de nuevo. Yelena se le adelantó, lo tomó y se lo bebió de un solo trago. Barney fijó la mirada en ella y Yelena se la devolvió casi con descaro, acompañado de una sonrisa de medio lado que hizo que un calor que antes no sentía se instalara en su vientre.
—Ten cuidado, Barton. Buscar venganza puede hacer que cometas un error y lo termines pagando caro.
Barney sofocó la carcajada que le nació en el pecho.
—¿Tú me hablas de venganza? Tú, que quieres vengarte de Romanoff.
La mujer enderezó la espalda como si la hubiesen pegado a un palo y su rostro se ensombreció de repente.
—No es venganza. Es justicia. ¡Ella no debería ser la Viuda Negra! ¡Yo debería serlo! Ella … ella es un triste sucedáneo de lo que nos enseñaron en la Habitación Roja. No es merecedora de ese título. Yo sí —exclamó mientras volvía a ver aquella frialdad inicial en su rostro.
Barney se reclinó en el asiento, poniendo distancia entre ambos. Despacio, asintió.
—Está bien. Tú eres la Viuda Negra y no quieres venganza. Entendido.
Tal y como había aparecido aquella expresión en las facciones de la mujer, desaparecieron. Yelena le sonrió y él le correspondió con una idéntica.
—Y dime, Belova, ¿qué planes tienes tú para esta noche?
La mujer alzó una ceja. Con ademanes seductores se inclinó sobre la mesa, apoyó los codos en ella y dejo caer la barbilla sobre los nudillos de sus manos cerradas sin dejar de mirarlo. Lo único en lo que pudo pensar Barney fue que, de repente, alguien había subido la temperatura en el termostato del local.
—No tenía planes para esta noche —le dijo con voz suave, casi un ronroneo—. Pero tal vez los tenga ahora.
Los ojos azules de Yelena estaban fijos en su boca. Hubo un momento en el que había relacionado aquel azul con el frío, pero lo que veía ahora en ellos era justamente lo contrario. Veía fuego y él estaba dispuesto a quemarse. Se acercó hasta ella con ímpetu y apresó sus labios con rudeza. Por unos breves segundos pensó que Yelena se retiraría o le daría una bofetada. En lugar de ello, la mujer respondió a su beso.
La boca de Yelena sabía a bourbon y respondía tal y como ella lo había hecho desde que la había conocido: con voracidad, mordiéndole el labio inferior, arañándole con los dientes, pero Barney desterró al fondo de su mente el punzante dolor. Como respuesta, ella obtuvo a su vez un mordisco que pareció complacerla, por el gemido que escapó de entre sus labios y que murió en la boca de Barney.
Aquella mujer le encendía la sangre. Era fuego en sus manos y lava que estaba comenzando a infiltrarse bajo su piel. La tomó del cuello, acercándola más hacia él. Ladeó la cabeza, buscando una postura que le permitiera adentrarse en aquella boca que lo estaba devorando. La lengua de Yelena salió a su encuentro, pugnando con la suya en una lucha de poder que a Barney le daba igual ganar o perder, siempre y cuando ella siguiera besándolo de aquella manera; como si quisiera sorberle el alma. "Total, no tengo alma que entregar", consideró mientras continuaban aquel pulso invisible y húmedo.
Reticentes, los labios de Barney abandonaron aquella boca perfecta, ya sin carmín pero aún roja, solo que ahora por sus besos y mordiscos. Un gemido de disgusto salió de la garganta de Yelena. Ella echó la cabeza hacia atrás, ofreciéndole su cuello como recompensa y Barney se apresuró a obedecer aquella silenciosa orden.
La piel del cuello de Yelena era suave y tersa, y estaba caliente. Barney notó el calor que desprendía antes de que sus labios se posaran en ella. Con parsimonia, queriendo regodearse en cada centímetro de ella, paseó los labios por la longitud de su cuello, siguiendo el pulso de la yugular. La punta de su nariz reemplazó a los labios con las caricias e inhaló la esencia de la mujer. Cerró los ojos y dejó que aquel aroma lo poseyera.
—¡Dios, qué bien hueles! —exclamó con voz ronca, muy cerca de su oído. Yelena se movió en su asiento y se acercó más hacia él. Sus cuerpos se rozaban al estar tan juntos. La mujer giró la cabeza un poco, pero sin permitir que los labios de Barney se alejaran de ella.
—Huelo igual de bien por todas partes. ¿Quieres comprobarlo? —le dijo casi en un susurro que encendió todas y cada una de las terminaciones nerviosas en el cuerpo de Barney.
Sintió cómo, de repente, toda la sangre de su cuerpo comenzaba a agolparse en aquella parte de su anatomía que estaba a un palmo por debajo de su ombligo. El aire se quedó congelado en sus pulmones cuando los ojos de Yelena recayeron en sus labios; aquellos ojos, tan azules que era imposible no pensar en un lago helado al mirarlos. Pero aquella mirada no prometía nada parecido, más bien al contrario. Notó cómo su polla se endurecía más aún, hasta un punto casi doloroso.
Tal vez Justin Hammer tenía razón con aquello de que los Barton tenían algo con las Viudas Negras. No sabía absolutamente nada de su hermano y aquella pelirroja que había visto hacía pocos días en la televisión, pero estaba absolutamente seguro que él terminaría aquella noche dentro de aquella otra viuda negra. Desterró de su mente a Hammer, a su hermano y a cualquier otra mujer y se concentró en aquella que lo estaba poniendo a mil.
Yelena buscó de nuevo sus labios para volver a besarlo con ansia. Las manos pequeñas y femeninas de la mujer enmarcaron su rostro, atrapándolo para que no pudiese resistirse a su intromisión. Barney no pensaba hacerlo de ninguna manera, pero que ella tomase la iniciativa hacía que desease estar en algún lugar bien lejos de allí, donde pudiera desnudarla y comprobar si, como ella decía, olía tan bien. Un lugar tan lejano como el baño de aquel bar.
Lo estaba volviendo loco con sus besos. Hacía algún tiempo que no estaba con una mujer y mucho más con una mujer como Yelena. Sus manos no eran amables; exigían y ordenaban en silencio. Poco a poco, esas mismas manos fueron bajando por su cuello para continuar por sus hombros y su pecho hasta su vientre. Sin intención de detener el descenso, la mano de Yelena se cerró sobre su miembro erecto y apretó con fuerza.
Barney dejó caer la cabeza hacia atrás pesadamente, y de sus labios surgió un largo siseo que lo acabó dejando sin aire en los pulmones. Yelena soltó el agarre un instante para volver a apretarlo. Bajó un poco la mano y tomó los testículos en su mano, masajeándolos sin pudor. Si ella continuaba acariciándolo de aquella manera, iba a terminar corriéndose dentro de sus pantalones y él tenía mejores planes para aquella noche.
Levantó la cabeza y buscó el rostro de la mujer. Una sonrisa satisfecha se había instalado en sus labios. Ella alzó una ceja con un rápido movimiento.
—¿Te gusta que te manoseen, Barton? —le preguntó con voz ronca mientras continuaba con sus toqueteos.
Intentando encontrar su propia voz y humedecer su garganta, Barney tragó saliva.
—Ya lo creo que me gusta.
Yelena paseó la palma abierta de su mano por toda su longitud y Barney tuvo que cerrar los ojos y apretar con fuerza los párpados. No se sentía así desde que era un adolescente que aún no había tenido su primera experiencia con una mujer.
Antes de que pudiese darse cuenta, Yelena desenroscó la bombilla de la lámpara que había sobre ellos, lo justo para apagarla, y con un ágil movimiento, la tuvo sentada en su regazo, a horcajadas y enfrentándolo.
Podía notar la respiración de la mujer en su rostro y aquel aroma a bourbon que había probado de sus labios. Volvió a atrapar aquella boca y la besó con ahínco. Sus manos se cerraron en torno a los fuertes muslos femeninos. Podía apreciar a través del fijo tejido del pantalón, que no eran más que unas medias algo más gruesas, los músculos trabajados bajo la palma. Los recorrió de arriba abajo, desde la rodilla a la cadera, para volver una y otra vez al punto inicial. Yelena se removió sobre él, frotándose contra su miembro. Barney dirigió su mano hacia el lugar en el que sus cuerpos se rozaban y la acarició a través del tejido.
Las manos de Yelena se cerraron en torno a los hombros de Barney, apretándolo con fuerza. Ella enderezó la espalda y echó la cabeza hacia atrás mientras un gemido de placer abandonaba su garganta. Los muslos de Yelena se cerraron un poco contra las caderas masculinas, apretándolas. Barney sonrió satisfecho y volvió a acariciarla, presionando ligeramente sobre su clítoris. Podía notar el calor y la humedad a través del pantalón. Saber que ella estaba en aquel estado por él hizo que su polla le recordara que aquella erección le estaba amenazando con volverse algo doloroso si no le ponía remedio de inmediato. Y nada le apetecía más que volver al hotel, a la habitación de ella, o la suya propia le daba igual, y follársela hasta que gritara su nombre.
Estaba a punto de levantarse y llevarla hasta el baño cuando su conciencia le recordó que tenía una visita que hacer antes de que pudiese quitarle la ropa a la espía rusa. No podía dejar escapar la única noche en la que aquel abogado se quedaba hasta tarde en el bufete para cerrar los casos de la semana.
El recordatorio de Chadwick actuó como un jarro de agua fría sobre su mente y su cuerpo. Dejó de acariciar a Yelena y, despacio, comenzó a retirar su mano. Antes de que pudiese hacerlo totalmente, Yelena lo tomó de la muñeca con fuerza y lo detuvo.
—No me gusta que me dejen así.
Barney sofocó una media sonrisa que pugnaba por aparecer en sus labios. Miró a Yelena de frente. La mujer tenía las mejillas sonrosadas, los labios rojos y las pupilas completamente dilatadas. Si estaba así de hermosa con aquellos manoseos, podía imaginarse su aspecto cuando le provocara un orgasmo y se corriera dentro de ella. Sintió cómo su miembro le recordaba que seguía en aquella frustrante situación. Se pasó la lengua por los labios.
—Te diré lo que haremos. Ven conmigo a ver a Chadwick y, cuando terminemos, finalizaré lo que he comenzado. Cuantas veces tú quieras. ¿Trato hecho?
La mano de la mujer seguía sujetándolo con fuerza. Los ojos de Yelena estaban clavados en él a escasos centímetros de su rostro. Despacio, su expresión se fue dulcificando y el agarre de su mano cedió, dejándolo marchar. Una sonrisa ladeada apareció en el bello rostro de la mujer, que asintió con la cabeza antes de contestar.
—Trato hecho.
Tony recibió la llamada de Natasha cuando eran casi las doce de la noche. Le dijo que estaban a poco más de dos horas de camino y que no hacía falta que fuera a recogerlos. Recordaba haberle dicho algo así como "eso ni lo sueñes", y también recordaba la respuesta de Natasha, dicha entre dientes, que él no pudo entender al haberla dicho en ruso. Pero la intención sí que la entendió a la primera.
Una hora después, de camino al aeródromo de Englewood, la cabeza de Tony era un hervidero en plena ebullición.
No sabía qué debía hacer. Saber que Coulson seguía vivo era una noticia que no podía mantenerse en secreto. Pero, por otra parte, creía que no le correspondía a él decirle a Barton de que su amigo, aquel que él creía muerto, (y muerto, según él, en parte por su culpa), aún seguía vivo y dirigiendo SHIELD. Además de que tenía que decirles de quiénes estaban detrás de todo ese asunto.
Pensó que sería bueno estar en los zapatos de cualquier otra persona en aquel preciso instante, alguien que no tuviera que dar esas noticias.
Llegó a Englewood media hora antes de que el avión aterrizara. Dejó estacionado el coche junto a la puerta del hangar y entró en la enorme nave. Mientras se encaminaba a la sala en donde podría esperar, miró a su alrededor. Sabía que debía haber alguien de guardia para recibir a la aeronave pero él no los veía por ningún lado. "Tanto mejor", pensó aliviado. Lo último que le apetecía era mantener una charla insustancial con alguien que estuviese aburrido en su turno de trabajo.
Había mirado el reloj de muñeca unas cuantas veces, y otras tantas el de la pantalla de su móvil, cuando el inconfundible sonido de unas turbinas desacelerando comenzó a oírse a lo lejos. Se levantó rápidamente y apretó el paso para dirigirse a la puerta del hangar en donde los aviones aterrizaban.
La pista que moría a los pies de aquella nave estaba iluminada con cientos de proyectores que le hicieron encoger los ojos ante tanta luminosidad. El avión en el que venían Clint y Natasha ya había tomado tierra y se encaminaba hacia donde él se encontraba con moderada velocidad. Tomó aire, sintiéndose de repente nervioso. "Lo cual es una tontería", pensó, introduciendo las manos en ambos bolsillos y balanceándose sobre los talones de sus caros zapatos.
El avión tardó casi cinco minutos en detenerse por completo, abrir la escotilla y que el servicio de tierra acercara una escalerilla para que los viajeros pudieran bajar de él. Cuando, al fin, pudo ver la figura de Natasha emerger del avión acompañada de Clint, Tony exhaló el aire que no sabía que había estado reteniendo en sus pulmones. Con una sonrisa de satisfacción en su rostro, en encaminó hacia la aeronave con un resuelto caminar.
Natasha ya había descendido cuando Tony llegó hasta ella. La mujer le recibió con una media sonrisa que le hizo sonreír a él también. Se acercó hasta ella y la abrazó cálidamente.
—Me alegra que estés de regreso, Romanoff —le dijo cerca de su oído mientras le palmeaba la espalda con afecto. Se retiró para mirarla con detenimiento—. Y vienes de una pieza.
Entonces la mirada de Tony se desvió hacia el hombre que acababa de bajar la escalerilla y que se detenía a unos pasos por detrás de la espía. Clint Barton tenía buen aspecto, pese a esa barba que le oscurecía el semblante y que le daba aspecto de cansancio. Natasha se hizo a un lado y Tony dio un paso hacia su compañero.
—Estarás orgulloso de la que hemos tenido que liar para dar contigo, ¿verdad, Legolas? Y todo para lograr que tu novia vaya a rescatarte —le recriminó con cierta burla y con una sonrisa dibujada de oreja a oreja.
Clint se acercó hasta él y le dio un abrazo sincero que hizo sonreír a Tony más aún de lo que ya lo hacía.
—Gracias, Tony. De verdad —dijo Clint al retirarse y mirarlo de frente.
Tony compuso una mueca de profunda satisfacción.
—No me des las gracias, lo he hecho por un genuino instinto de conservación. O lo hacía, o aquí la maestra asesina podría haberme arrancado las pelotas.
Natasha asintió con vigor mientras unía las manos por delante de ella.
—Literalmente, por cierto —añadió arqueando una ceja mientras su mirada pasaba de un hombre a otro.
Tony tuvo que contener una carcajada. No se le había pasado ni una sola vez por la cabeza la idea de no ayudar a buscar a su compañero perdido cuando Natasha se lo solicitó. Tal vez no se había percatado hasta ese momento de cuánto significaban todos ellos para él. Jamás había pensado que aquel grupo dispar se llegaría a convertir en su familia; una familia algo disfuncional pero familia a fin de cuentas. Colocó la mano sobre el hombro del arquero.
—Ahora en serio, me alegra que estés aquí, hermano.
Sin más, Tony tomó de la mano de Natasha la bolsa de viaje de ésta y comenzó a andar en dirección hacia donde había estacionado su coche.
—Nat y yo hemos estado hablando y creemos que lo mejor es ir mañana por la mañana a la policía e intentar aclarar la situación —le dijo Clint mientras caminaba a la izquierda de Nat.
Tony miró de reojo a ambos.
—No nos precipitemos.
Clint se detuvo en seco e hizo que tanto Tony como Natasha hicieran lo mismo y se giraran para mirarlo.
—¿Precipitarnos? —preguntó extrañado—. No creo que nos estemos precipitando, Tony.
Natasha giró de nuevo la cabeza, posando la vista en Tony.
—¿Y por qué no quieres que nos precipitemos? ¿Acaso sabes algo que no nos estás contando? —le cuestionó con voz calmada, pero Tony sabía que en su cabeza ya se estaban formando miles de conjeturas.
Restándole importancia, Tony se encogió levemente de hombros.
—Bueno… si vosotros, como espías, podéis tener vuestras fuentes, ¿acaso no puedo tenerlas yo también?
Clint y Nat se miraron el uno al otro y, como si estuviesen sincronizados, giraron la cabeza hacia Tony y contestaron al unísono:
—No.
