Disclaimer: Los personajes y lugares que reconozcan son propiedad de Jane Austen y sus descendientes.

Juego y sentimientos

Capítulo 10

El día había amanecido encapotado y Emily había decidido permanecer en casa esa tarde, a pesar de la invitación de su hermano a acompañarlos al pueblo. Se había excusado con ellos, aduciendo que quizás fuera a llover y no quería exponerse a un resfriado. Y la verdad, el cielo parecía estar a punto de empezar a llover a cántaros. Tras despedirse de los jóvenes, se había dirigido a la biblioteca de Pemberley, a leer un rato.

—A ver, a ver, ¿qué puedo leer hoy? —se dijo a sí misma, mientras revisaba los anaqueles de la biblioteca que sus padres habían juntado a lo largo de los años. Esa estancia era una de sus preferidas de toda la casa. El olor particular de ese lugar la llevaba de golpe a su infancia. Recordaba que siempre le había gustado asomarse a la biblioteca cuando su padre estaba ahí leyendo. Fitzwilliam Darcy la tomaba en sus brazos y le mostraba un atlas que ilustraba con colores todos los países del mundo. Para Emily, eso era el equivalente a viajar por todo el mundo en sólo un momento.

Ese antiguo atlas estaba desplegado sobre uno de los mesones de la biblioteca y Emily se acercó a él. El familiar aroma de las hojas la hizo sonreír y la joven pasó suavemente sus dedos sobre el mapa del mundo con los países coloridos. Emily quería viajar por el globo en algún momento de su vida, aunque no sabía cuándo podía ser eso. La sola idea de ir a la calurosa India o la misteriosa China se le antojaba fascinante. Lugares tan distintos a su propio hogar que ella apenas podía imaginarla. Con un suspiro, la joven volvió a acercarse a las estanterías y tomó un libro al azar antes de ir a sentarse en su asiento preferido junto a la ventana.

En cosa de momentos, Emily Darcy estuvo absorta en la lectura del libro. Tan concentrada estaba en su lectura, que no vio que el señor Allesbury volvía a la casa por el camino principal. De hecho, lo único que logró que ella despegara la vista del libro que tenía en sus manos fue la llegada de una empleada a la biblioteca.

—Señorita Emily —la llamó la criada desde la puerta de la biblioteca, la joven alzó la cabeza inmediatamente al oír su nombre —. El señor Galstone está aquí y dice que desea hablar con usted.

Emily arrugó la nariz al reconocer el nombre de uno de sus pretendientes en Londres. Unos meses antes le había pedido que se casara con él y ella le había rechazado amable pero firmemente. Ella no lo amaba, no podía casarse con él así. ¿Qué estaba haciendo el joven en Pemberley? Ella no recordaba que su madre le hubiera dicho algo acerca de él visitándolos y estaba segurísima de que él no tenía conocidos en el sector. Emily frunció el ceño. ¿Qué estaba pasando ahí?

—Dile que pase, Julie —murmuró, levantándose del asiento junto a la ventana y revisando que su vestido y su peinado estuvieran bien (en un arranque de coquetería femenina). El señor Galstone no era precisamente de su agrado, pero quería verse bien para su visita.

Unos minutos después, un hombre joven entró a la biblioteca de los Darcy y se encontró con la señorita Darcy parada junto a una mesa, muy compuesta. El señor Galstone la miró de pies a cabeza, sorprendido por lo poco que la joven había cambiado en los últimos meses, seguía siendo tan hermosa como siempre y su mirada continuaba siendo desdeñosa, aunque en esos momentos, el desdén estaba mezclado con algo de sorpresa. Obviamente, ella no esperaba verlo aparecer en la biblioteca de su casa familiar; pero él tenía que verla, tenía que decirle una y otra vez que estaba enamorado de ella y que quería casarse con ella. Ninguna otra mujer era suficiente para él.

-o-

Edward Allesbury se había disculpado con sus amigos, estaba algo cansado y quería volver a la casa a descansar algo antes de la cena. Él tampoco vio que la señorita Darcy estaba en la biblioteca (aunque pasó delante de ella mientras se dirigía a su dormitorio), porque estaba verdaderamente cansado y se fue directamente a su habitación. Sin embargo, luego de estar tirado sobre su cama durante un rato, se sintió algo inquieto. No podía dormir, y si seguía acostado sobre su cama, no sacaría nada. Con un suspiro, se sentó al borde la cama, pensando en qué podía hacer.

Quizás podría leer un rato. Si leía por unos minutos seguramente le daría sueño y lograría dormir una siesta corta antes de la cena. Sí, leer era una buena idea.

Con un par de movimientos decididos, se levantó de donde estaba sentado y se dirigió a la puerta. Tuvo que pensar unos momentos antes de recordar dónde quedaba exactamente la biblioteca en la enorme casa, pero rápidamente recordó dónde quedaba y se dirigió ahí.

La puerta de la habitación estaba entreabierta, pero cuando Allesbury se acercó a ella escuchó voces desde el interior. Frunció el ceño, intrigado. Sólo era capaz de escuchar la voz de un hombre, que no reconocía. ¿Quién sería el ocupante de la habitación? Edward levantó su mano para abrir la puerta, pero se detuvo al oír la voz de la señorita Darcy. Sabiendo que lo que estaba haciendo era una muestra básica de mala educación, se apegó a la puerta y escuchó la conversación.

—Señor Glastone, creo que ya tuve ocasión de decirle que no quiero casarme con usted. ¿De verdad tengo que repetirlo nuevamente? La verdad, supuse que con una sola vez bastaba, usted es un joven inteligente —murmuró la joven, como si no quisiera que nadie oyera ese intercambio. Allesbury se sintió algo culpable por estar escuchando la conversación, pero no se movió en lo absoluto.

—Señorita Darcy, Emily, le aseguro que mis sentimientos por usted no han cambiado desde la primera vez que hablamos de esto… —dijo la voz desconocida. Allesbury arrugó la nariz. Esa situación no le gustaba nada.

—Richard —Emily le interrumpió con firmeza y Allesbury pudo imaginar a la perfección la expresión que la joven debía ostentar en su rostro en ese momento —. Mis sentimientos tampoco han cambiado desde marzo. No estoy enamorada de usted, y no me enamoraré de usted en un futuro. No puede venir aquí y pretender que lo que siento por usted haya cambiado de la noche a la mañana. No me casaré con usted, señor Glastone, entiéndalo de una vez por todas.

Desde donde estaba, Allesbury podía ver a Emily y a un hombre arrodillado de espaldas, aunque no creía conocer a ese hombre de nada. Por lo que él decía, Allesbury estaba seguro de que se trataba de uno de los antiguos pretendientes de Emily. Uno bastante persistente, al parecer.

—Pero señorita Darcy, estoy seguro de que será muy feliz a mi lado… —insistió el hombre, con un tono de voz tan patético que Allesbury llegó a sentir lástima por él.

—No insista, señor Glastone —lo interrumpió secamente Emily —. Sólo logra parecer patético ante mis ojos. Supongo que no quiere eso —añadió, pero antes de que ella lograra decir algo más, el hombre se paró bruscamente.

Allesbury pudo ver como él se acercaba a la señorita, quien trató de retroceder sólo para encontrarse con la mesa a sus espaldas. El hombre posó su mano en la mejilla de la joven y se acercó a ella. La expresión del rostro de Emily era confusa; y en ese momento, Allesbury se decidió a intervenir. Bruscamente, abrió la puerta, esperando hacer todo el ruido posible. El hombre se separó de Emily con rapidez y por el rabillo del ojo, Edward pudo ver que ella se sonrojada violentamente. Seguramente se sentía mortificada por haber sido descubierta en una situación tan impropia.

—Disculpe, señorita Darcy —la saludó Allesbury entrando a la biblioteca y fingiendo sorpresa al encontrarlos ahí—, no sabía que tuviera visita. Quizás podría volver más tarde.

En los pocos segundos que le había tomado decir eso, Emily pareció recuperarse un poco y levantó la mirada, fijando sus ojos en el señor Glastone. Sus ojos azules habían adoptado la dureza del acero. Allesbury pensó que con ellos se podría cortar madera, si se la provocaba.

—No hace falta, señor Allesbury —dijo ella, marcando cada palabra con mucho cuidado —. El señor Glastone ya se iba. Pasó por Lambton en su camino a los Lagos del Norte y se le ocurrió venir a saludarme. Pero ya debe seguir su camino, ¿no, señor Glastone?

El señor Glastone la miró fijamente, como si estuviera a punto de negarse en redondo; pero un momento más tarde masculló un par de palabras.

—Sí, por supuesto —dijo entre dientes, casi a regañadientes —. Ya me iba, señorita Darcy. Sabe qué puede escribirme cuando quiera —añadió, mirando a Emily de una manera que Allesbury consideró patética.

—Gracias por venir —murmuró Emily, mientras el joven se dirigía a la puerta. Antes de salir, el señor Glastone inclinó su cabeza en dirección a Allesbury a modo de saludo y cruzó el umbral de la puerta con firmeza.

Allesbury tuvo la impresión de que el joven no era de los que se rendían con demasiada facilidad. Seguramente la señorita Darcy tendría que enfrentarse a otra declaración en un futuro no muy lejano. Cuando los pasos del señor Glastone se perdieron en el pasillo, un incómodo silencio se instaló en la biblioteca. Emily parecía estar recuperando la compostura y respiró hondamente.

—¿Todo bien, señorita? —le preguntó Allesbury, luego de unos minutos —. La veo con muy mala cara, la verdad. ¿Ese caballero le molestó?

Emily dudó en responder. Sí, Glastone le había molestado profundamente, pero no quería admitirlo frente al señor Allesbury. Por alguna razón no le gustaba mucho la idea de admitir que alguien la había afectado de esa forma. ¿Por qué? No lo sabía exactamente, pero sí sabía que no quería que él la viera como una mujer que necesitaba de su ayuda. Aunque claro, él había llegado en el momento preciso. Quién sabía lo que el señor Glastone hubiera dicho o hecho sin la adecuada interrupción del señor Allesbury. Muy a su pesar, debía agradecerle al joven por su oportuna llegada.

—Muchas gracias por llegar en este momento, señor —le dijo al joven, que seguía parado junto a la puerta —. Sí, el señor Glastone estaba provocando una situación algo… incómoda —añadió, con una suave pausa para elegir la palabra más adecuada para describir la situación completa.

—Oh, ¿le hizo alguna propuesta? —inquirió Allesbury, levantando ambas cejas —. Me pareció escuchar algo así —añadió, y no bien terminó de decirlo, se dio cuenta de que había cometido un error. Emily le lanzó una mirada furiosa.

—¿Estaba escuchando tras la puerta? —ni siquiera esperó a que él desmintiera todo el asunto, antes de espetarle —: Señor, eso es una terrible falta de educación. ¡Cómo se le ocurrió hacer algo así!

Allesbury arrugó el ceño. No entendía a esa muchacha; un segundo le agradecía y al siguiente, lo regañaba por algo así. Quizás el señor Allesbury se merecía ese regaño, pero la misma señorita Darcy le había agradecido por su oportuna intervención. Al menos podría hacer la vista gorda por una vez. Pero no, la joven era demasiado orgullosa como para eso.

—Supongo que prefería quedarse escuchando la declaración de ese caballero —señaló él, cruzándose de brazos —. Quizás interrumpí un momento importante —añadió, haciendo su mejor esfuerzo para no esbozar una sonrisa divertida.

—No —respondió Emily rápidamente, como si esa idea ni siquiera mereciera un segundo pensamiento —. No, no interrumpió ningún momento importante, el señor Glastone ya se iba cuando usted llegó… —empezó a decir atropelladamente.

—No tiene por qué mentirme—la interrumpió él —. Yo no hice preguntas y no espero respuestas —agregó, con una sonrisa de suficiencia que provocó que Emily soltara un bufido muy poco femenino.

—Perfecto —declaró —, si no necesita nada más, ¿le importa que me retire? —el tono irónico en la voz de la jovencita era más que evidente. Allesbury suspiró, la había irritado nuevamente.

—Por supuesto, señorita, puede retirarse —replicó él, con una sonrisa irónica. Emily rodó los ojos antes de hacer una pequeña reverencia y salir rápidamente de la habitación.

-o-

Los pasos de Emily resonaron por uno de los enormes pasillos de Pemberley, cuando llegó a una parte por la que ella sabía que nadie pasaba, se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la pared. ¿Qué le estaba pasando? Tenía ganas de llorar histéricamente. El que el señor Glastone hubiera aparecido nuevamente con su declaración de amor eterno ya era lo suficientemente malo; el que fuera el señor Allesbury quien los descubriera era simplemente humillante. Emily quería golpearse. ¿Por qué había tenido que hacer un escándalo de que el señor Allesbury hubiera escuchado todo tras la puerta? Gracias a eso había aparecido en el momento oportuno. Debería haberle agradecido. Pero no, tenía que salir su mal genio a estropearlo todo.

¿Por qué todo era tan difícil?


Uf, me costó, pero logré publicar este capítulo. Aquí tenemos a la pobre señorita Darcy siendo objeto de atenciones que no desea. ¿Cambiará esto su relación con Edward? ¿Les gustó?

Como siempre, muchas gracias a todos los que leen y comentan la historia, a quienes la agregan a sus alertas/favoritos y a quienes leen desde las sombras.

¡Hasta el próximo capítulo!

Muselina