Aviso: este capítulo contiene escenas algo subidas de tono al principio. Aquellos sensibles a estos temas, limitaos a saltároslo. Gracias.
Pájaro azul
Salió de la ducha vestido solo con los pantalones. Sin zapatos ni camisa caminó lentamente hacia la cama al tiempo que se secaba el pelo humedecido con una toalla. Tras la nochecita pasada él no había logrado pegar ojo como la señorita ahí tumbada, pero al menos había aprovechado para pensar y asimilar. Sobre todo asimilar.
Apoyó el antebrazo en el poste del dosel de la cama, sobre su cabeza, reclinando ahí su peso y la otra mano la enganchó en la pretina del pantalón. Sus ojos grises simplemente la observaron dormir, tumbada de costado con las mantas hasta arriba donde solo asomaba su cabeza y el largo pelo negro desparramado.
Dudó entre despertarla o no para bajar al almuerzo, pero estaba realmente hambriento de no haber comido nada desde la noche anterior, así que sus pensamientos derivaron en cómo despertarla.
Podía simplemente moverla un poco o apartar las mantas de un tirón.
Podía convertirse en Canuto y lamerla hasta que despertara.
Podía tirarle un vaso de agua. ¡No seas bestia Sirius! Recuerda lo que pasó la última vez que le hiciste algo parecido, pensó.
O tal vez podría…
Una sonrisa torcida se implantó en su rostro ante la idea. Sí, definitivamente haría eso.
Con toda la tranquilidad del mundo caminó rodeando la cama para ocupar el espacio tras la espalda de Avril. Se introdujo entre las mantas y se apegó a ella despacio, para no despertarla antes de tiempo y estropear la sorpresa.
Mantuvo su peso en un brazo y acomodó su cuerpo tras el de la bruja, pasando el otro brazo sobre su costado, acercando sus rostros y acariciando su mejilla con la nariz.
Fue directamente a donde le interesaba. Sin caricias previas, sin susurros al oído. Simplemente su mano esquivó la falda con la que había dormido e hizo a un lado su ropa interior. Las expectativas, la espera de lo que venía a continuación lo tensaron y la ironía de la situación hicieron que una risa más propia de un perro que de una persona escapara sin consideración de sus labios.
¿Cómo era que había terminado así? No era el ansia de tocar la carne más débil y hundirse en ella lo que lo sorprendía, sino quien era la persona a la que deseaba tanto. Eso era lo raro, lo inusual.
Avril se removió en la inconsciencia, sin terminar de despertar. Sirius utilizó su pierna para colarla entre las de ella, abriéndolas y dándole el espacio que necesitaba. Suavemente hundió la mano entre sus pliegues, estimulando su clítoris.
No tardó en despertar. Cuando Avril abrió los ojos, una sensación casi desconocida en su bajo vientre la tenía con la respiración agitada. En el momento en que los últimos vestigios del sueño se disiparon, descubrió la mano invasora y el cuerpo caliente tras su espalda. Sintió que le daría una taquicardia.
- Si-sir… ¡Sirius! – gimió ante su toque repentinamente avergonzada.
- Sería un problema si no fuera yo – respondió con sorna, mordiendo ligeramente su oreja, causándole escalofríos que la recorrieron a lo largo de la columna hasta donde las manos de él estaban acariciándola.
Avril trató de encogerse sobre sí misma, ligeramente asustada por el atrevimiento y el ataque traicionero de Sirius, pero este solo hizo sus caricias más amplias, más profundas cuando sintió que ella trataba de apartar su mano. Tembló ante la seguridad de los movimientos sobre su clítoris, ante el placer que le provocaba. Un gemido escapó de su boca y las manos que intentaron apartar a Sirius terminaron por sujetar con fuerza las sábanas.
- ¿Qu-qué… qué crees que… es-tas haciendo? – preguntó entre gemidos, todavía sin poder creer que aquello estuviera ocurriendo.
- Obviamente, te estoy masturbando – le dijo con voz ronca, con su otra mano deslizándose bajo la camisa de ella para acariciar sus senos -. ¿Sientes lo húmeda que estás?
Podía sentir muchas cosas. Sentía uno de los dedos de Sirius rodeando su entrada para luego penetrar suavemente. Sentía si erección presionar contra su trasero y de vez en cuando acompañar el movimiento de caderas con el de su dedo dentro de ella. Podía sentir la respiración de Sirius en su oído, suaves gruñidos escapar de él y acompañar los gemidos de ella. Y todas esas sensaciones entremezcladas sólo hacían que su temperatura aumentara, que su placer viajara alto.
- Ya te falta poco, Avril – ella cerró los ojos mientras Sirius le besaba el cuello y sus dedos intensificaban el ritmo -. Córrete, quiero verlo.
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Tumbada bocabajo sobre su propia cama, con la cara enterrada en la almohada, gemía cada pocos segundos su suerte. Tras aquel despertar tan poco común para ella, no había vuelto a poder mirar a Sirius a la cara. El camino al Gran Comedor lo habían realizado en silencio, Sirius con una sonrisa bien pagada en el rostro y Avril a una distancia prudencial de él con la cara colorada. Ella, de hecho, ni siquiera había ido al Gran Comedor, sino que a mitad de camino balbuceó algo y salió corriendo hacia su cuarto. Estúpido Sirius descarado, todo era culpa de él.
Ahora Lily la observaba gruñirle a la almohada desde su propia cama, comiendo unos chocolates que había sacado del cajón de la mesilla de Avril. Y por supuesto que sabía todo. La interrogó para que le contara desde el momento que se fueron hasta que vio a Sirius aparecer solo por las puertas dobles a la hora del almuerzo, como si Hogwarts fuera su castillo, los allí presentes sus súbditos y él, el maldito rey de todo.
- Es algo que tenía que pasar tarde o temprano – opinó Lily riendose de ella, pero tratando de ocultar su leve sonrojo.
- Ya lo sé. Pero no me esperaba algo así, sin previo aviso.
- Ah espera, no sabía que se tenía que sacar cita para eso. Lo apuntaré en mi libreta invisible de cosas que no sabía – hábilmente esquivó la almohada voladora de Avril.
- Tonta – le gruñó malhumorada -. Te he contado un montón de cosas, y solo me hablas de esto.
- Bueno, es de lo único que te estás lamentando. Supongo que el que Sirius te haya mast… masturbado te afecta más que decirle que vienes del futuro – ignoró la pequeña dificultad que se le presentó al decir dicha palabra, pero la ceja alzada de Avril le dijo que lo había notado.
- Lo cierto es que se lo ha tomado increíblemente bien – dijo en un suspiro.
- No como tú.
- Voy a quitarte esos chocolates – ante la amenaza, Lily los abrazó con más fuerza contra ella -. Háblame de otra cosa, por favor.
- Creo que anoche besé a Potter – murmuró muy bajito, sin mirarla siquiera.
Avril se quedó mirando el techo sin decir nada, aún tratando de asimilar las palabras. Tragó saliva antes de hablar.
- ¿Crees?
- Bueno… no lo creo, lo sé – respondió frunciendo el ceño.
- ¿Cómo…? – empezó a preguntar incorporándose lentamente y sin apartar sus ojos azules de ella.
- Ya sabes que estábamos pasadas de copas – y ahora parecía echarle la culpa a ella -. En un momento dado me agobié de tanta gente en la Sala Común y salí a la puerta a ver si venía la profesora McGonagall. El estúpido de Potter me siguió…
- ¿Y entonces?
Abrió su boca para decir una estupidez. No recuerdo por qué fue la discusión, pero le dije que me dejara en paz, y él que solo si le daba un beso.
- Así que se lo diste.
Lily asintió mortificada y se apresuró a aclarar.
- Juro que fue cortísimo. Solo duró medio segundo, pero antes de poder alejarme un poco más, él me sujetó y…
Sus mejillas se colorearon al recordarlo. Sentía que todo le daba vueltas en el momento en que James Potter, veloz como el rayo, la tomó de la nuca a penas ella se hubo separado cinco centímetros de él. Lily podía jurar que era la primera vez que veía los ojos de James, al verdadero James. Nunca lo había visto tan serio, nunca había sentido que una simple mirada pudiera hacerla estremecer de aquella manera o comunicar más de lo que las palabras pudieran decir. Por primera vez, creyó que realmente, James Potter podía sentir algo por ella.
Estaba segura que le murmuró algo así como "si vas a besarme hazlo de verdad" y entonces juntó sus labios con los de ella de nuevo.
Después de eso, Lily Evans corrió a esconderse a su cuarto, con el corazón latiéndole fuertemente en el pecho y un montón de dudas en su cabeza.
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- Severus Snape – el aludido saltó ante su repentino nombramiento, fulminándola con la mirada una vez supo quién era -. Qué inesperada sorpresa encontrarte aquí – mentira, lo había seguido.
- Grimm – reconoció el con una mueca de disgusto.
Viendo que el chico retomaba su lectura, ignorándola, pasó a sentarse a su lado. Lo había perseguido hasta la parte de atrás del castillo, cerca de la linde del Bosque Prohibido donde nadie solía ir por la proximidad de este y lo poco agraciado del lugar.
Observó descaradamente el perfil del muchacho, donde sus marcadas facciones eran cada vez más las de su amargado profesor de pociones que las del adolescente. Cuando notó su ceño fruncido, Avril supo que estaba molesto porque lo mirara tanto, pero él se estaba esforzando mucho en ignorarla.
Miró con interés el libro que leía. Era el libro de pociones, un libro usado, cuidado y lleno de anotaciones.
- ¿Qué demonios quieres ahora? Pensé que era yo quien tendría que ir a buscarte cuando quisiera "escapar".
- Eso no implica que no podamos hablar de vez en cuando. ¿Cómo va todo?
- Lárgate.
- Eres tan simpático. Venía a prevenirte. Los Merodeadores han preparado algo para la Sala de Slytherin – Snape apartó la vista del libro para centrarla en ella.
- ¿Por qué me cuentas esto?
- Porque creo que esta vez se van a pasar un poco. Hace tiempo que no montan una buena.
Snape volvió la vista a su libro y leyó un párrafo completo antes de decir.
- Regulus Black ya me avisó antes.
- Menudo chivato. Seguro que Sirius se lo contó – murmuró Avril.
El silencio se posó nuevamente entre ellos. Pasó un buen rato en el que Severus anotaba un par de cosas en el libro de pociones, pasaba páginas hacia delante y hacia atrás, donde llegó a ver el seudónimo que usaba. El Príncipe Mestizo. Un nombre muy elegante para la imagen mental que tenía de él.
- Observó nuevamente a Snape, que miraba pensativo el nombre que él mismo se había dado. Se preguntó qué era eso que lo tenía tan ensimismado.
- ¿No la odias? – preguntó Snape, Avril lo miró interrogante, para nada esperando que hablara de un momento a otro -. A tu madre.
- Bueno, eso era algo que ella no se esperara en absoluto. Recordó que la madre de Snape era una Prince, Eileen Prince. Y el que se animara a iniciar una conversación así la interesó.
- ¿Por qué debería odiarla?
- Ella manchó tu sangre – explicó sin verla -. Podrías haber sido sangrepura, y sin embargo ella manchó tu sangre. ¿No la odias?
- No – respondió sonriendo al instante -. Amo a mi madre y amo a mi padre. Y el estatus de sangre me trae sin cuidado. ¿Tú odias a tu madre? - Snape simplemente asintió -. ¿Por qué? – lo vio fruncir el ceño, como cuando le hacían una pregunta estúpida en clase de pociones.
- Acabo de decírtelo – gruñó.
Tal vez el que ambos fueran mestizos, con madre sangrepura y padre muggle fue lo que lo animó a preguntar. También el hecho de que ella siempre era sincera con él respecto a sus opiniones y creencias, dejando el misterio que ella suponía a un lado. Pero ahora lo estaba sacando de sus casillas y empezaba a arrepentirse de haber preguntado.
- No seas absurdo, no puedes odiar a tu madre por eso. Odiarla solo por eso significaría que eres un psicópata, y tú eres buena persona Severus. Si vas a contarme algo, prefiero que sea la verdad, sino es preferible que te mantengas callado como hasta ahora.
- No es mentira – gruñó furioso -. Ella me arruinó la vida al concebirme con ese Snape – a Avril le resultó curioso que se dirigiera a su padre por el apellido -, no merece ni una pizca de mi cariño, ni siquiera respeto.
El rencor en sus palabras era real. Resentía a su madre y odiaba a su padre a muerte. Sin embargo, Avril creía que tenía que haber comenzado esa conversación por algo, tal vez para que ella lo hiciera cambiar de parecer.
- Entonces estás enfadado porque te gustaría sentir solo odio por ella, pero no puedes – razonó.
- ¿A caso no me escuchas cuando te hablo? ¡La odio!
- Si verdaderamente la odiaras solo porque supuestamente manchó tu sangre con un muggle, entonces serías como Voldemort – no le pasó desapercibido el escalofrío que lo recorrió por completo y su mirada sorprendida -. Él también odia a su madre, y a su padre muggle. Su descendencia por parte de madre lo hace creerse un dios, pero cree imperdonable que se rebajara a estar con un muggle. Pobre Mérope, si viera en lo que se ha convertido su hijo.
- ¿Quién coño eres? – murmuró Snape, sintiendo miedo de ella por primera vez.
¿Por qué sabía eso? ¿Era cierto tan siquiera? ¿Por qué hablar con ella suponía poner patas arriba cualquier creencia que él hubiera construido? Estaba cansándose de hacer siempre la misma pregunta y no recibir una verdadera respuesta.
Tal vez Avril había hablado un poco de más.
- Una estúpida que trata de salvar a todos – tras una pausa añadió, mortificada -, pero eso es imposible, ¿verdad?
Snape no contestó. No creyó que hiciera falta. Bajó la mirada hasta su libro de pociones, abierto por la página en la que decía que le pertenecía al Príncipe Mestizo.
- El Príncipe Mestizo viene de Prince, el apellido de mi madre. Una vez me enfadé con ella porque no me hubiera nombrado con su apellido, en vez de con el de Snape. Estaba convencido de que, siendo un Prince, no habría tenido problemas en el mundo mágico por mi sangre sucia, no sería un marginado dentro de los de mi propia casa, ni tendría que usar los conocimientos sobre Artes Oscuras que tanto me gustan para hacerme un lugar. Estaba convencido que siendo un Prince, podría protegerla de Thomas Snape y de las golpizas que le da cada vez que le apetece. La odio. Es débil.
Asintió ante las palabras de Severus en reconocimiento.
- ¿Quién eres? – volvió a preguntar.
- No seas estúpido Severus – fue su respuesta.
- ¿Debería tenerte miedo?
- Eso lo dejo a tu elección.
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- ¿Cuánto cuesta esto?
- 5 galeones - respondieron al unísono.
- ¿Cuánto para mí?
- 5 galeones.
- ¡Soy vuestro hermano! – exclamó Ron.
- 10 galeones – se dieron la vuelta y se marcharon subiendo las escaleras.
Junto a Ron, Avril apoyó una mano sobre su hombro y le sonrió con timidez por el exabrupto de sus hermanos. Ron se encogió de hombros con simpleza y bajó las escaleras con la cabeza gacha, decidido a soltar la caja que tenía en sus manos.
Dejó que se fuera, mientras ella terminaba de subir los escalones que la separaban de los gemelos.
- ¡Avril! – exclamaron a la par.
- Te hemos visto curiosear – mencionó Fred.
- Y dinos pequeña. ¿Qué te interesa?
- Como habrás visto tenemos de todo.
- Y en grandes cantidades – confirmó ella sonriendo, con la pulla dejándose entrever en su tono de voz.
Los gemelos ampliaron la sonrisa, sabiendo que les regañaba por lo de Ron. Engancharon sus brazos por los de ella y la condujeron por un pasillo, alejándola de la zona más concurrida de la tienda.
- Ron tiene que aprender – empezó George.
- A no ser tan gorrón – terminó Fred.
- Deja que te mostremos algo Avril. Harry ya lo ha visto, seguro que algo te interesa.
La llevaron a la parte de atrás de la tienda, a un reservado más oscuro y con menos personas. Pararon frente al polvo de oscuridad instantánea y le colocaron una bolsita en la mano.
- Es todo tuyo si nos perdonas.
- Importado desde Perú: Polvo de Oscuridad Instantánea – explicó Fred -. Y mira aquello. Caramelos veritaserum. Obligan a que diga la verdad aquel que los coma.
- Esto es increíble – murmuró Avril habiendo olvidado por completo su frugal molestia con ellos -. Sois unos verdaderos genios.
- Y esa es la razón de que seas nuestra chica favorita. Son tuyos.
- ¿Y qué se supone que haga con ellos? – preguntó mirando los dos productos en sus manos.
Por el rabillo del ojo vio las sonrisas de Fred y George ampliarse. Sintió la mano de uno de ellos revolverle el pelo y alzar la vista los vio, juntos. Un flash de que eso no seguiría así por mucho tiempo le oprimió el pecho y como cuando tiras de una cadena, el resto de eslabones de sus recuerdos se sucedieron uno tras otro, diciéndole que volvía a estar soñando.
- Bueno, ya se te ha presentado la oportunidad de usarlos, ¿no? – dijo George guiñándole un ojo.
- Seguro que te serán útiles más adelante. Una suerte que los llevaras en el bolsillo cuando hiciste tu viaje. ¡Sortilegios Weasley en el pasado!
- Para vosotros todo es una broma – murmuró -. ¿Por qué estoy soñando con vosotros?
Se encogieron de hombros al mismo tiempo, restándole importancia al asunto.
- Quién sabe, a lo mejor nos echas de menos.
- Al fin y al cabo, somos inolvidables – secundó George.
Solo asintió con la cabeza, dándoles la razón. Cada día que pasaba los extrañaba, a ellos y a todos.
- No pongas esa cara, Lirva – dijo George, nombrando el estúpido mote que le pusieron al darle la vuelta a su nombre.
Le frunció enseguida el ceño, odiaba que la llamara así, porque parecía que decía "larva" y más de una vez trató de patearles el trasero por eso.
- Piensa que pronto naceremos. Ahora que Perc ha nacido, nosotros seremos los próximos – Fred se miraba las uñas despreocupado -. Vas a conocernos en los mejores años de nuestras vidas.
- Pero me gustaba cuando estábamos en el colegio, juntos. Y todavía faltan casi dos años hasta que nazcáis.
Los gemelos intercambiaron miradas un poco apesadumbrados. Finalmente, antes de que todo desapareciera, los escuchó de decir.
- Te queremos y eso no cambiará, en el pasado o en el futuro.
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Diciembre estaba al borde de la esquina. Faltaban pocos días para que llegaran las vacaciones, así que ya empezaban a entreverse los nervios en los alumnos, sobre todo los más jóvenes. Fuera la lluvia era casi permanente y el frío ya había llevado a más de uno a la enfermería por un resfriado.
- No creo que sea tan malo – opinó entonces Mary -. A mi parecer siempre muestra mucha paciencia con ellos.
- No olvides lo buenísimo que está el hombre. Se me corta la respiración cada vez que pasa cerca – exageró Marlene abanicándose con la mano.
- No sé, a mi me sigue pareciendo un poco… - Lily no supo muy bien cómo terminar la frase.
- Estás ciega, Potter debe haberte pegado la miopía con aquel beso – la respuesta de Lily fue automática, y su mano golpeó perfectamente en la nuca de Marlene -. ¡Bestia!
- Para empezar, no soy tan superficial como para solo fijarme en el físico de alguien. Y él no pareció comportarse como un profesor debe hacerlo cuando habló con Avril – gruñó molesta -. El profesor Popov es un desvergonzado y todo el mundo lo sabe. Y por último, te dije que nada de hablar de eso. No sé para qué te lo cuento.
- Supéralo Lily – respondió Marlene todavía acariciándose la nuca -. Lo de Potter…
- ¡Deja de hablar de él!
- Has estado evitándolo durante semanas – intervino Avril -. ¿Tanto te disgustó?
El sonrojo de Lily se hizo presente y pronto estuvo gruñendo incoherencias sin sentido. En realidad, lo que sorprendía a Avril no era que Lily evitara a James, sino que este lo permitiera. No la había atosigado en días ni siquiera le había preguntado a ella sobre su amiga. Era raro.
- Dejando eso a un lado – dijo Mary tratando de volver a cambiar el tema -. ¿No creéis que merezca algo de crédito el profesor Popov? Los chicos no han sido muy sutiles y él no los ha castigado a pesar de todo lo que le han hecho.
El profesor Popó huele tan mal como su nombre – recitó Marlene de memoria las palabras que aparecieron escritas en la pizarra cada vez que el hombre trataba de escribir cualquier cosa referida a la clase.
Un silencio se instauró entre ellas, inmediatamente roto por sus carcajadas. Había sido algo absurdo, la frase en sí lo era, pero por la simplicidad de esta es que había causado tantas risas y descontrol en clase.
- Pero es verdad que se han pasado un montón – dijo Lily tratando de recuperar el control de las risas -. Le quemaron la túnica.
- Hicieron que el suelo que pisaba se convirtiera en arenas movedizas y las endurecieron cuando lo tenían atrapado por la cintura – añadió Mary.
- No olvidéis cuando ocultaron la clase con encantamientos protectores – recordó Avril -. Tardamos una hora en entrar.
- Y llenaron su maletín de pus de bubotubérculo – la nariz de Marlene se arrugó en una mueca de asco.
- Y aún sabiendo que eran ellos, no los ha castigado – la suave voz de Mary sonaba sorprendida.
- Y también supo librarse del problema en menos de lo que se tarda en decir "cabeza de basilisco". Hasta aprovechó cuando ocultaron la clase para que nosotros supiéramos deshacerlo – concordó con adoración Marlene -. No creo que sea tan malo, solo le gusta vivir su vida a su manera.
Siguieron andando en silencio, sin ninguna aportar nada más, hasta que Marlene volvió a repetir en voz alta "El profesor Popó huele tan mal como su nombre" y las cuatro rieron de nuevo.
Antes de girar la esquina, la profesora Smith de adivinación pasó delante de ella moviendo la cabeza en negación, como disgustada por algo. Ni siquiera les dirigió una mirada por el escándalo de risas que estaban montando, simplemente siguió su camino a toda prisa.
Las cuatro se miraron en interrogación y se asomaron para ver qué fue lo que la puso así. Justo frente al baño de Mirtle la llorona, el profesor del que tanto estaban hablando, se encontraba entretenido con la profesora de Astronomía.
- Sí que le gusta vivir su vida – murmuró Lily con otra mueca de disgusto -. Y delante de todo el mundo.
Marlene rodó los ojos y tras eso dieron un rodeo para no tener que cruzar por ahí.
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Sirius la mantenía atrapada contra el muro, acariciándole el cuello con la nariz. Por mucho que Avril tratara de sacárselo de encima, no solo no tenía la fuerza suficiente, sino que además no quería. Era una dulce tortura. Su aroma la embriagaba y su cuerpo fuerte la volvía dócil, con la mente convertida en gelatina.
- Vamos pequeño pájaro, dime que sí.
- No – Sirius bufó sobre su cuello y sustituyó su nariz por su boca, dando pequeños besos húmedos que se abrieron camino hasta sus labios.
- No te pido que se lo digas todo – la besó y dejó con las ganas en el momento que la sintió corresponderle. El gemido de descontento solo lo hizo sonreír socarrón sobre sus labios -. Solo lo básico.
- No.
- Serás cabezota – sus manos bajaron por sus caderas hasta llegar a los muslos y volvieron a subir en caricias controladas -. Venga, no me hagas suplicar.
- N… - la boca de Sirius la interrumpió en un beso más intenso antes de dar la misma respuesta. Mordisqueó sus labios y después deslizó su lengua entre ellos, probando y sintiendo el interior de su boca.
- Lily lo sabe, ¿por qué ellos no? – la mano de Avril subió hasta enterrarla en su pelo negro tratando de normalizar su desbocado corazón.
- Lily lo descubrió ella sola. Y ni siquiera sabe tanto como tú.
Con un suspiro juntó sus cabezas y Sirius alzó la mano para colocarla sobre su mejilla. Con el pulgar acarició su labio inferior y su rostro se iluminó con una de sus sonrisas más sinceras.
- También son amigos tuyos Avril. Déjalos ser partícipes de esto. Déjalos ayudarte, como tú los estás ayudando a ellos. Tienen todo el derecho de saberlo.
El sonido de unos pasos hizo que rompieran contacto visual. Unos Slytherin se acercaban a paso lento, riendo de algo que no alcanzaron a oír y se detuvieron en el mismo instante que los vieron.
- Parece que tienen ganas de jugar – lentamente, Sirius se separó de Avril y echó mano a la varita en su bolsillo, con la morena imitando sus movimientos.
El grupo de Slytherin se codearon unos a otros y sacaron las suyas también, con una mueca de superioridad en el rostro, como si el hecho de que fueran más pudiera ser un detonante decisivo en su victoria.
Todavía pensando en las palabras de Sirius, descubrió que no era algo en lo que tuviera mucha más opción. Debía pensar en cómo evitar que Peter descubriera en lo que se convertiría a menos de que ella pudiera evitarlo. James no podía saber de su futuro y Remus… Remus era demasiado inteligente como para no saber sacarle las respuestas que quería y formular sus hipótesis. Estaba segura de que nada saldría como ella quería, pero Sirius tenía razón… en parte.
- Tú ganas Black – le susurró Avril -. Les diré lo básico.
Y hechizos empezaron a volar por el pasillo.
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Paseaba de un lado a otro del cuarto, con el silencio pesando sobre sus hombros. Todos allí tenían mucho que asimilar y le preocupaba cómo acabaría aquello. Su mente vagó en lo peligroso de aquello, en que tal vez, si las cosas no salían bien, tendría que lanzarles un obliviate para que olvidaran toda la conversación. Tal vez era lo mejor. Pero un gemido lastimero casi escapa de ella al darse cuenta de que no quería que eso fuera así. Ahora que todos lo sabían, sentía que podía respirar de nuevo, que el suelo que pisaba ya no estaba minado.
Desvió la vista del suelo, observando a cada uno. James con la mirada ausente puesta en la snitch, con Sirius a su lado sin perderlo de vista, buscando en él la primera reacción. Peter sentado en su cama miraba a unos y otros, esperando que alguien aclarara un poco mejor la cosa, al fin y al cabo, sus amigos eran muy bromistas, a lo mejor aquello era una broma dirigida a él. Y Remus resultaba preocupante, con sus ojos ambarinos perdidos en el paisaje fuera de la ventana.
Pero el silencio y la tensión seguían llenando el espacio y Avril estaba cada vez más preocupada y confusa. Notó que la nula reacción de los tres chicos hacía a Sirius fruncir cada vez más el ceño y eso la preocupó.
A lo mejor había sido demasiado para ellos. A lo mejor no debió hacerle caso a Sirius.
Aspiró aire con fuerza en el momento en que notó que había estado aguantando la respiración durante un buen rato. Empezaba a ahogarse y necesitaba salir de allí. Miró a Sirius nuevamente, notando que este tenía sus ojos grises fijos en ella y que le asentía con la cabeza.
Gracias a ese simple gesto, Avril dio media vuelta y salió del cuarto de los chicos. Cerró tras ella, sin poder evitar que el portazo resonara por toda la torre. Respiró bien hondo el frío aire del pasillo para enseguida comenzar a bajar las escaleras hacia su propio cuarto.
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Voldemort seguía imponiendo sus fuerzas, dejando ver el poder que tenía. Sin dar un respiro, atacaba varios lugares al mismo tiempo, saqueaba comercios, destruía casas. Los Aurores del Ministerio no daban abasto y Dumbledore se vio obligado a salir del castillo en más de una ocasión, enviando a miembros de la Orden, organizando defensas.
Mantuvo a Avril todo lo alejada que pudo, pero no era tonta y perfectamente capaz de leer un periódico, de modo que se intuía bastante bien lo que ocurría. Incluso una vez le pareció ver a Alastor Moody salir del despacho del anciano mago, con más partes de su cuerpo de las que llegaría a tener.
Las maldiciones imperdonables estaban a la orden del día, nombradas en periódicos, radio y susurros. El miedo comenzaba a arraigar en los corazones de todos, el recuerdo de lo que ocurrió en Hogsmeade todavía perduraba y nadie nombraba al culpable aunque todos conocieran su nombre.
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Aprovechando que el tiempo había dado un corto respiro de lluvia, Avril encaminó sus pasos con prisa hacia la cabaña de Hagrid. Un resbalón casi la tira al suelo de no ser por el brazo que la sujetó justo a tiempo.
- Salvada por el lobo – le sonrió Remus.
- Quien lo diría. ¿Qué haces aquí?
Trató de que en su voz no se notara el nerviosismo. Después de salir del cuarto de los chicos, con la noticia bomba explotándoles en las caras, James, Remus y Peter habían retomado la misma relación que tenían con ella al día siguiente. Se preguntó si Sirius les había dicho algo, o era cosa de ellos, pero agradecía que no se fueran alejado de su lado.
- Te vi desde la biblioteca y vine corriendo.
Lo miró con sorpresa, de él a las ventanas de la biblioteca que estaban en el cuarto piso. ¿Cómo demonios había llegado tan pronto? Luego se fijó en él y en que tenía la respiración algo agitada por la carrera.
- ¿Cómo…? ¿Ha ocurrido algo? – preguntó ya preocupada.
- No… - tomó un hondo respiro antes de continuar -. Solo quería acompañarte, si no te importa – ante la mirada extrañada de ella señaló con el pulgar hacia el castillo -. Hay un pasadizo que conecta el cuarto piso con una pequeña salida trasera, puedo volver por ahí si prefieres estar sola.
- No, no – negó rápido -. Solo voy a ver a Hagrid.
Lo poco que quedaba de trayecto lo hicieron en silencio. Hagrid les abrió enseguida y los invitó, distraído, a pasar. Le pareció raro que no les dirigiera mucho la palabra, hasta que lo vieron ensimismado en algo que tenía sobre la mesa.
- Hagrid, ¿qué…?
- ¡Oh Avril, mira esto! – dijo el semigigante emocionado -. ¿No es una maravilla? Habéis llegado en el momento indicado, está a punto de nacer.
Sobre la mesa, medio envuelto en un montón de tela empapada en agua caliente, descansaba un pequeño huevo del largo de un pulgar. Dio gracias a todos los elementos mágicos que no fuera un huevo de dragón.
- ¿Qué es? – preguntó Remus.
- Es… bueno hm… no estoy totalmente seguro – carraspeó Hagrid -. Me lo dieron como pago de una apuesta.
- No sé si es buena idea que vayas aceptando criaturas de desconocidos – dijo Avril con los brazos cruzados -. Te meterás en un buen lío un día de estos.
- Bueno, bueno, tampoco vamos a exagerar – Hagrid prestó atención al pequeño huevo que empezaba a descascarillarse -. Es increíble que algo tan grande salga de un huevo tan pequeño.
- ¿De qué hablas? – inquirió Avril.
El tipo que me lo dio me aseguró que era un híbrido, ya sabes mitad de una especie y mitad de otra – aclaró Hagrid -. Me ha asegurado que será grande.
- ¿En serio? Parece un huevo muy pequeño – opinó Remus con toda su atención puesta sobre el huevo.
- Solo queda esperar a ver.
- Pero… este tipo de híbrido está registrado en el Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas, ¿no?
- Primero habrá que esperar a que nazca para saberlo. Te digo que no sé qué es lo que han cruzado.
Llevándose las manos a la cabeza, Avril tomó asiento junto a Remus, a esperar que naciera esa cosa, fuera lo que fuera. Estarían en problemas si no estuviera registrado, la creación de nuevas criaturas no estaba permitida.
- Por cierto Hagrid… - este solo hizo un ligero gruñido, haciéndole ver que la escuchaba -. Venía a pedirte algo. Hace un tiempo ya, entró una acromántula por la ventana del cuarto – llegados a ese punto, el interés de Hagrid por el huevo había sido dejado a un lado para centrarlo en ella -. Les tengo un pánico que ni te imaginas y me sentiría más segura sabiendo que tú has hecho algo para evitar que se acerquen a Hogwarts, más concretamente, al cuarto que comparto con las chicas.
- Pero, ¿qué puede hacer Hagrid exactamente? – preguntó Remus con un ojo puesto en ellos y otro en el huevo.
El semigigante carraspeó incómodo, mirando a Avril con recelo, sin saber valorar qué sabía ella de su pequeño secreto. La bruja sonrió despreocupada.
- Es el guardabosques y guardián de Hogwarts Remus, seguro que puede hacer algo. ¿Verdad Hagrid?
- Eh… sí, sí - balbuceó -. N-no te preocupes Avril, seguro que encuentro alguna solución.
Entonces el huevo finalmente se abrió, descascarillándose poco a poco. Un pequeño pico asomó y después una patita. Y por último tenían un pequeño ave de color azul, con las plumas húmedas.
La decepción de Hagrid fue palpable en su rostro.
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El camino de vuelta sí que fue entretenido. Entre sus manos, Remus llevaba un pequeño pájaro híbrido de color azul envuelto en pañuelos para protegerlo del frío hasta que llegaran a su cuarto. Hagrid dijo que se había esperado que fuera algún tipo de lagarto acuático o vete tú a saber qué, por lo que definitivamente, no lo quería. Es más, declaró que al ser tan pequeño, muy posiblemente Fang terminaría comiéndoselo y le dolería mucho que eso pasara si terminaba cogiéndole cariño.
La única solución que Hagrid dio, fue sacrificarlo.
Y Remus se apresuró a decir que él se quedaría con el pájaro, fuera el tipo de animal que fuera.
- Remus, déjame verlo otra vez – pidió Avril poco antes de llegar a las puertas de entrada del castillo.
Con una sonrisa, Remus separó el improvisado nido de su cuerpo y dejó que asomara la pequeña cabeza del pájaro. Era horriblemente feo, unos ojos grandes y negros y un pico que en conjunto, eran casi más grandes que su cabeza desproporcionada con el tamaño del cuerpo. Más o menos, como vienen siendo todos los pájaros recién nacidos. Pero sin duda despertaba mucha ternura cuando lo veías observar su alrededor con cara de pánfilo.
- Es monísimo – medio mintió -. No puedo creer que al final te lo hayas quedado de verdad.
- Yo tampoco, es la primera vez que tengo mascota – confesó Remus -. No sé si podré cuidarlo bien.
- No te preocupes, si haces todo lo que te dijo Hagrid no tendrás problemas – aseguró y después amplió más su sonrisa -. ¿Cómo se lo tomarán los chicos?
- Probablemente decidan hacerle una fiesta al pájaro – adivinó.
- ¿Y su nombre?
- Acabo de conseguirlo, apenas he tenido tiempo de pensarle un nombre.
- Ah, es verdad.
Mientras caminaban, Avril iba dándole vueltas a posibles nombres para el animal y pensando si sería chica o chico y cómo demonios se averiguaba eso en un pájaro.
- Avril…
- ¿Mmm?
- Cuando me conociste… ¿tenía el pájaro?
- ¿Eh? Pero si acabas de conseguirlo, ¿cómo ibas a…? ¡Oh! Te refieres a… - Remus la miró con una mueca que quería decir "eres una despistada" y Avril rió nerviosamente antes de decidir que contestar esa pregunta no haría daño a nadie -. No, no lo tenías.
- ¿Y no te suena que hablara de él? – hizo memoria para después contestar con seguridad.
- No, nunca mencionaste nada parecido, ¿por qué?
- Nada, es solo que… bueno, de no haber estado tú aquí, jamás habrías ido a ver a Hagrid y yo no te hubiera acompañado.
- Ya veo por donde quieres ir – comprendió -. El tiempo es un hilo delgado y flexible que…
- Siempre lo supiste – afirmó rotundo, interrumpiéndola -. Siempre supiste que era un hombre lobo.
- Sí – respondió con el corazón retumbándole en el pecho, asustada por cómo se lo tomara, dispuesta a aceptar sus reproches -. Siempre.
Caminaron en silencio.
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Avril miraba la moto con la boca abierta. Impresionante, era la palabra que mejor se le ajustaba. Y emocionante también.
- ¿Cuándo…?
- Pocos días después de mi cumpleaños. James y yo fuimos a comprarla y hemos pasado casi todas las noches desde entonces poniéndola a punto.
- Woah… Es increíble. Ha quedado impresionante.
- Lo cierto es que gran parte del mérito es de Peter – Avril lo miró más sorprendida aún si cabe -. Tiene muy buena mano para estas cosas, ¿sabes?
- Nunca lo hubiera dicho. ¿Me imagino entonces que funciona bien?
- Como la seda – la sonrisa de Sirius podía deslumbrar a un estadio a rebosar de gente -. Y no te he contado lo mejor.
- ¿Qué? ¿Qué vuela?
- ¡Mierda! ¡No es justo, a ti no hay forma de sorprenderte! – gruñó sintiendo que Avril hacía trampas.
- No te creas, lo cierto es que sí que lo estoy. ¡Y además es enorme! – nunca había estado tan cerca de ella como en ese momento.
Dando un par de vueltas alrededor de su moto, Sirius la miró con orgullo.
- ¿Damos una vuelta? – preguntó
- ¿Ahora? – Avril miró al cielo nocturno nublado y sintió en sus mejillas el frío del invierno en pleno diciembre -. No sé… casi preferiría no pillar un resfriado.
- Está decidido entonces, vamos.
Como si no se acabase de negar, Sirius colocó una bufanda en el cuello de Avril y le plantó un beso antes de tirar de ella y obligarla a sentarse tras él en la moto. Ni corta ni perezosa, envolvió sus brazos alrededor de la cintura de su novio, intentando contagiarse de su calor corporal y ya de paso, no caerse. Le daba un poco de miedo subir a una moto voladora con él, que apenas había tenido tiempo de usarla, probarla, adaptarse a aquel armatoste de metal… tal vez iban derechos a un suicidio colectivo.
El motor se encendió con un furioso rugido, interrumpiendo la calma de la noche y los faros iluminaron el claro del bosque frente a ellos. Cerró los ojos en el mismo momento en que la moto empezó a andar, los mantuvo cerrados cuando sintió que se alzaba del suelo, tambaleándose en el aire y los abrió solo cuando Sirius le gritó que los abriera, mientras el frío se colaba entre los pliegues de su ropa helándola de pies a cabeza.
Era una visión maravillosa, una oscuridad completa, sin luna, sin estrellas, todas ocultas por las nubes que amenazaban nieve. El ruido del viento junto con el ruidoso motor apenas la dejaban escuchar los gritos de júbilo de Sirius, ni los de ella misma.
Y luego allí estaba.
Hogwarts.
Hermosa, fría, centenaria. Pequeñas luces pertenecientes a algunas ventanas, pequeños reflejos que recortaban la figura del castillo nevado, imponente.
Con dos jóvenes locos gritándole en plena noche.
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Y para cuando quiso darse cuenta, ya era Navidad.
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¿Sabes Avril?
Mamá dice que nos cortará las pelotas a Canuto y a mí como no vengas estas Navidades a cenar con nosotros. No es que no me importe quedarme sin pelotas, pero que tu novio se quede sin ellas creo que te puede suponer un gran problema. No sé, piénsalo.
Nos vemos una noche de estas… en la cena… porque sé que vendrás a salvarnos.
Sirius te manda besos de tornillo y otras cosas que no deberían decírsele a una señorita.
Cornamenta y Canuto a tu servicio.
- ¿Y? ¿Es urgente? – preguntó Molly.
Avril alzó la mirada de la carta para ver a la bruja llegar de la mano de Charlie. En la otra mano su varita hacía levitar una bandeja con té, chocolate y galletas para ellas y los niños.
- No… bueno, depende de cómo se mire – contestó riendo -. Al parecer se acabó el plan Navidadeño que tenía pensado en casa de Bathilda.
- Sabes que puedes venir a pasar las Navidades con nosotros – invitó con una sonrisa -. Nos encanta tenerte aquí.
- Lo sé, pero esta vez parece que las pasaré con mi novio. Gracias Molly.
La sonrisa de la mujer no se hizo de esperar, emocionada como una adolescente por el chisme y el romance.
- Me alegro por ti. Cuéntame un poco más de él – a su lado, Charlie escapó de las dos mujeres para ir a despertar a su hermano Bill de su siesta y que jugara con él.
- No hay mucho más que contar – rió avergonzada -. Prácticamente te lo he contado todo.
- Bueno, bueno, está bien – concedió Molly, sin embargo, le salió la vena materna que Avril también conocía -. Pero cuidaos. Todavía sois jóvenes y no queréis llevaros sorpresas.
El llanto de Percy en su cuna, escaleras arriba, fue lo que libró a Avril de tener que mostrar su rostro sonrojado mucho tiempo más.
- ¡Ya se despertó!
- ¡Yo voy! – se ofreció Avril, empezando a correr escaleras arriba en busca del niño.
Un rizadísimo pelo rojo intenso era lo que más destacaba en Percy, a parte de su irritante llanto. Ya de pequeño mostraba ser ambicioso e insaciable. Si quería algo, lloraba hasta conseguirlo. Una vez Molly le dijo que estaba deseando que empezara a hablar pronto sólo para saber qué era lo que quería.
- Piensa bien lo que dices, una vez que empiece a hablar, no podrás volver a callarlo – vaticinó Avril con humor.
Lo que Avril no sabría hasta mucho después, es que Percy sería el hermano que más tardaría en aprender a hablar.
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Las Navidades en casa de los Potter pasaron como una exhalación, divertidas hasta lo insaciable, tan rápidas que ya las echaba de menos. Y se volvían melancólicas cada que recordaba que Harry jamás tuvo la oportunidad de vivirlas con ellos.
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El segundo trimestre comenzó con una agradable noticia para los de sexto. CLASES DE APARICIÓN: Por 12 galeones podías apuntarte al cursillo de Aparición de doce semanas dirigido por un instructor de Aparición del Ministerio de Magia.
Lily la obligó a apuntar su nombre en la lista, diciendo que no podía levantar sospechas y que por mucho que ella ya supiera aparecerse, debía fingir que no era así la cosa.
Sentadas ya en uno de los sillones, con Lily practicando encantamientos, Sirius Black cruzó como un huracán la Sala Común y subió al cuarto dejando un rastro de claro enfado tras él.
- ¿Qué le pasa? – preguntó Lily extrañada.
- No tengo ni idea – pero dispuesta a averiguarlo, subió las escaleras tras él.
Tocó la puerta del cuarto antes de entrar y lo que encontró dentro fue a Sirius completamente furioso gruñendo incoherencias.
- ¡El muy estúpido no atiende a razones! – gruñía con los puños apretados -. ¿Cómo se supone que debo explicárselo? ¡Me ha faltado hacerle un puto dibujo!
- Dudo que ni así lo comprenda – opinó James.
- Bien genio, tú sí que sabes apoyar a un amigo – dijo Remus.
- ¿Por qué no puede hacerme caso por una sola vez en toda su jodida vida? – seguía Sirius sin escuchar nada de lo que le decían.
- ¿Qué es lo que ocurre? – preguntó Avril con precaución, ya sospechando de quién se trataba.
Sirius reparó en ella por primera vez desde que entró y se limitó a contestar con un gruñido a medio ladrar, conteniendo la fuerza de su enfado en los puños. James se ofreció a contestar en su lugar.
- Regulus – dijo con simpleza.
Una risa sarcástica proveniente del animago enfurecido le hizo ver que su simple nombre era suficiente para resumir todo el asunto.
- ¿Has intentado que se aleje de los mortífagos?
- ¿Y qué si lo he intentado? ¡Da igual cuantas veces le advierta! ¡Es un maldito cabezota del demonio!
- Bueno, es obvio que no te haría caso, ambos sois bastante cabezotas en vuestros ideales – supo que esa no fue la correcta elección de palabras cuando uno de los escritorios salió volando por el cuarto.
- ¿¡Y qué se supone que haga!? ¿¡Eh!? – le gritó -. ¿¡Lo encierro en un puto cuarto hasta que todo esto pase!?
- Te dije que debías abrirle los ojos poco a poco – contestó algo ofendida porque dirigiera su enfado con ella -. Si lo abordas de ese modo…
- ¡Y una mierda poco a poco! – refutó más furioso que antes -. ¡No me digas cómo debo tratar con mi propio hermano!
- No estoy diciendo cómo debes tratar con tu hermano. Solo intento ayudarte…
- ¡No es asunto tuyo, así que no te metas joder!
El arrebato de Sirius la dejó sin palabras, como a todos en la habitación. Avril sabía por qué estaba así, tan ansioso porque Regulus saliera del círculo de los mortífagos en el que entraba. Tuvo que contarle acerca de él, de qué ocurrió con Regulus, que murió por una causa heroica. Pero claro, para un hermano, ninguna causa es lo suficientemente heroica como para justificarlo.
- ¡No dejaré que muera porque le han lavado el cerebro! ¡Por culpa de mis padres! ¡El cómo trate con él es asunto mío, ¿entiendes?!
- ¿Y cómo piensas lograrlo? – preguntó enfadándose también por sus gritos -. ¿Haciendo que te odie? ¿Qué no confíe en ti?
Aquello fue un golpe bajo, porque los ojos grises de Sirius se convirtieron en tormentas que arrasaban con todo.
- Tranquilízate Sirius, no dejaremos que eso pase – habló suavizando ligeramente el tono.
- ¿Te crees que lo sabes todo? – ironizó a gritos -. ¿Que por venir del futuro tienes el maldito derecho a decir cómo debemos hacer las cosas? ¡Tú no gobiernas mi vida ni mis actos! ¡Crees que sabes todo de nosotros, que el peso del mundo recae sobre ti, pero no tienes ni idea de nada!
- Sirius.
- Cierra la puta boca y no te metas en esto.
Silencio.
- Eres un verdadero imbécil, Sirius Black – se limitó a responder dolida.
- Siento no ser tan inteligente como tú – ironizó a modo de insulto.
- Basta, Sirius.
- ¡Deja de ser tan jodidamente pesada! ¿Es que he pedido tu puta opinión?
Avril apretó con fuerza los labios, profundamente herida por sus palabras.
- Está bien, esto está llegando demasiado lejos – intervino James intentando apaciguar las cosas -. Estamos empezando a decir cosas que no sentimos, así que… ¿alguien quiere el chocolate de Remus?
- ¿En serio, James? ¿No se te ocurre nada mejor que mi chocolate?
Ignorando la charla sin sentido de sus dos amigos, Sirius descargó su frustración en un puñetazo a la puerta del armario, donde no solo salió astillada esta, sino también el corazón de Avril y los huesos del propio Sirius.
Dando media vuelta, salió del cuarto sin mirar atrás y dispuesta a no tener nada más que ver con aquello.
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Recordáis que en el capítulo anterior dije que era el capítulo más difícil que había escrito. Mentira. ¡Este ha sido el más difícil! Nunca había escrito una escena subidita de tono y la verdad, me ha dado más quebraderos de cabeza de los que parece, para lo que simple que ha sido al final. Igualmente aprovecho para decir que las escenas de sexo futuras no serán muy explícitas.
En fin, espero que os haya gustado, como siempre. Lamento la espera, pero es por lo mismo de siempre. Si no hay inspiración o ganas de escribir, no hay manera. También he estado bastante ocupada, porque este año me estoy tomando un poco más en serio mis estudios, ya que a principios de verano tengo unos exámenes realmente terroríficos (no hay otra forma de llamar a las oposiciones) y me tienen bastante absorbida.
Os quiero mogollón y no sabéis lo feliz que me hace saber que estáis ahí, esperando por mi historia. Sois increíbles.
Merecéis mil kisses
Debyom.
P.D.: Estoy deseando terminar el próximo capítulo. Es uno que he esperado por mucho tiempo, porque tiene algunas escenas que me rompen el corazón y me matan de risa. Esperadlo con ganas, ¿vale?
P.D.: Mi hermana dice que su boda con Remus está fijada ya para mayo. Os daré más información del día del enlace a medida que se acerque la fecha. Jajajajajajaja
Gracias a Fran, Daniela y Guest, por vuestros comentarios en el capítulo anterior. Sin cuenta no puedo contestaros como dios manda, pero os he leído y gracias, me encanta saber vuestras opiniones.
