CAPITULO 10

Y ENTONCES la música cesó. El disco había terminado. Albert tosió ligeramente y retrocedió. El movimiento sacó a Candy de su trance y tras parpadear rápidamente varias veces ella también se movió deseosa de que sus piernas dormidas pudieran seguirlo hasta la cocina con un poco de elegancia.

-Tengo la presentación en el maletín -dijo ella mientras se iba alejando más y más de la ventana y de Albert-. Tal vez podríamos sentarnos y repasarla rápidamente para que puedas perderme de vista -y diciendo esto dejó la copa sobre la encimera y tomó el maletín.

Albert se había acercado a la librería en la que estaba oculto el equipo de música y puso otro disco. La música se dispersó por la habitación a través de los numerosos altavoces ocultos por la casa y Albert se volvió a mirarla.

Candy no podía moverse. Allí estaba el hombre en su ambiente, lo que ella había deseado ver. Un hombre de más de metro noventa de estatura, con el cabello y un poco largo, unos ojos color azul cobalto intenso y unas largas pestañas. Un hombre dueño de una encantadora media sonrisa y unos cautivadores hoyuelos, vestido con unos pantalones suaves de color chocolate, un jersey fino que resaltaban sus músculos, un reloj de acero, de línea deportiva, y ninguna otra joya. Un hombre contento de pasar el viernes por la noche en casa en su cómodo sofá bebiendo un buen vino y escuchando jazz.

Albert caminó hacia ella y Candy vio que iba descalzo.

Candy mantuvo el maletín frente a ella a modo de escudo a medida que Albert se acercaba y una vez a su lado se inclinó hacia ella. Candy quedó sin aliento incapaz de moverse y entonces Albert extendió la mano y tomó su copa de la encimera antes de volver hacia el salón.

-¿Vienes? -preguntó a Candy.

Candy dejó escapar la respiración contenida y lo siguió. Él ya se había sentado en el sofá y ella lo siguió aunque se mantuvo alejada de él para que no pudieran rozarse.

-¿Cuáles son esos detalles tan importantes que tienes que enseñarme? -preguntó Albert, con un tono divertido.

-Puede que pienses que esta reunión es innecesaria pero si yo creo que contribuirá a que la fiesta de Rosemary sea un éxito ¿por qué negarte?

-Veámoslos entonces -dijo él mirándola con respeto como siempre que ella se oponía a él en algo-. Aunque debo decirte que en ningún momento he dicho que nuestra reunión en mi casa fuera a ser innecesaria.

-Sí, bueno, bien -tartamudeó Candy mientras trataba de poner en orden sus ideas.

Revisaron todos los detalles de la fiesta desde la decoración hasta el catering, sin olvidar otros muchos pequeños detalles. Terminó su presentación diciendo que ella había elegido un salón de banquetes muy lujoso propiedad de Ardley Corporations porque sabía que él prefería utilizar sus propios locales para esos eventos. Al ver que Albert no respondía Candy alzó la vista y se encontró con los ojos de él un tanto contrariados.

-¿A qué viene esa mirada?

-Lo primero Candy, ¿tú te das cuenta de que soy un hombre?

-Sí -dijo ella pensando y admitiendo que nunca había conocido a ninguno tan masculino.

-Bien, entonces debes entender que palabras como "georgette" o "decoupage" son ajenas a mi vocabulario.

Candy ya se disponía a interrumpirlo pero Albert le puso un dedo en los labios para hacerla callar.

-Créeme -continuó-, no quiero infravalorar lo que estás haciendo, te contraté porque admito que tú lo haces mejor. Si has venido aquí en busca de mi aprobación, ya la tienes. A todo. Contrata todo lo necesario. Pero lo primero es lo primero, quédate donde estás.

Retiró el dedo de los labios de Candy, lo besó y volvió a colocarlo en sus labios para a continuación levantarse y correr hasta la cocina.

-Ahora, déjame dar una vuelta a la sartén, añadir las verduras, y en unos minutos quedarás cegada por mi talento culinario.

-Oh, no -dijo Candy-. Creía haberte dicho que no me iba a quedar a cenar.

Se acercó a la cocina y el aroma a soja y miel inundó de nuevo su nariz haciendo que el estómago gruñera.

-¿Tienes otros planes para la cena? -preguntó él y sólo le faltó decir que si se trataba de otro posible marido.

Candy abrió la boca para responder, pero en el último momento pensó en su apartamento vacío y en el guiso de atún que pensaba recalentar. Aun así iba a declinar la invitación, pero vio la mirada de Albert. A pesar de estar actuando como un hombre moderno, inalcanzable, indiferente, era evidente que estaba esperando impaciente su respuesta. No estaba sonriendo y daba vueltas a los ingredientes de la salsa con más vigor de lo que parecía necesario, sin dejar de dirigirle acusadoras miradas. Si no lo conociera diría que estaba un poco celoso.

Tras unos momentos de silencio Albert relajó los hombros y volvió a sonreír y Candy supo que había notado sus titubeos.

-Bien -dijo-. Te quedas -añadió las verduras con mano diestra.

-¿No te parece una situación un poco incómoda?

-¿A qué te refieres?

-Que sepas mis planes y deseos de futuro. Me resulta incómodo mirarte como a un "amigo de unos amigos", y mucho más como a un cliente.

-Comprendo lo que crees querer decir pero no te creo -dijo él dirigiéndole una indescifrable mirada.

-¿Cómo dices?

-Lo cierto es que me gustas, Candy -confeso Albert dejando de dar vueltas al guiso y mirándola.

Candy sujetó con fuerza el maletín como si fuera a escaparse.

Albert probó la comida y asintió satisfactoriamente. A continuación siguió con lo que estaba diciendo.

-Mis mejores amigos son también tus mejores amigos; mi empresa y la tuya van a asociarse pronto para beneficio de ambos; entonces, ¿qué hay de malo en que sepa que tu objetivo más inmediato es encontrar marido? Yo aún sigo queriendo invitarte a cenar a mi casa; tal vez una cosa no excluya a la otra.

Albertó pensó: "Al bote toda la excusa de la agenda de trabajo y reunión profesional. ¿A quién quería engañar?"

Ella siempre estropeaba cualquier plan de trabajo que quisiera seguir. Allí de pie, con esa mata de cabello cayéndole sobre los hombros y sus enormes ojos. Tenía que hacer grandes esfuerzos para no tomarla en sus brazos y llevarla hasta el dormitorio para mostrarle que ella también le estaba haciendo sentir incómodo. No sabía lo que eran pero desde luego no eran sólo «amigos de unos amigos» ni tampoco socios.

Debería cambiar de idea. Agradecerle la presentación y que se fuera a casa, pero en su lugar dijo:

-No es tan complicado. ¿Por qué no dejamos de evitarnos cuando podríamos disfrutar mucho más estando juntos, al menos hasta que eso que tanto deseas llegue?

Albert se limpió las manos con un paño, llenó de vino las copas y tomó dos servilletas enrolladas de la encimera. La guió hasta la zona de comedor con una mirada decidida en el rostro retando a Candy a discutirle una propuesta tan sensata.

Candy sólo podía pensar en la parte del discurso que decía «disfrutar estando juntos». Había olvidado que quería un marido, alguien que la quisiera, alguien como Albert. La idea la golpeó con fuerza. Hablando de cosas complicadas, estaba loca por aquel hombre.

Desde que lo había visto rodeado de equipaje luchando contra el viento helado en la acera de la calle había perdido la cabeza por él. Su visión le había provocado un deseo incontenible que ella trataba de proyectar sobre otro, erróneamente. Sabía sin duda que su búsqueda de marido había terminado desde que comenzó.

Albert dejó las copas sobre la mesa de cristal, desenrolló las servilletas dentro de las cuales estaban los cubiertos y retiró el pequeño jarrón con flores silvestres para que no entorpecieran en el centro.

«No puede ser amor. Apenas lo conozco, pero puedes conocer a alguien mucho y no amarlo, entonces ¿por qué no puede ocurrir lo contrario? Pero él no es el tipo de hombre que se casa y así lo ha dicho desde el principio. ¿Recuerdas? Y tu teoría del marido perfecto no incluía perder la cabeza por un hombre así, preocupado sólo de sí mismo, superficial e interesado».

Pero no sabía qué le hacía pensar así de él. El hombre que tenía delante era un hombre seguro de sí mismo pero sobre todo era protector y generoso, amable y considerado. Iba descalzo y estaba cocinando... para ella.

El contenido de la sartén chisporroteó y Albert regresó corriendo a la cocina a apagar el fuego. Tomó dos platos y sirvió dos generosas porciones de la sabrosa cena.

-No más excusas, ¿de acuerdo? -dijo Albert.

Candy hizo todo lo posible por componer su gesto como si la revelación no significara nada.

-He hecho suficiente comida para dos y tú no tienes otros planes. Ya estás aquí y puedes traer la botella de vino a la mesa. Deja en el suelo ese pesado maletín y dame la mano.

Candy consiguió despertar del shock y decidió pasar una velada perfecta. «Está bien. Como tú digas».- pensó.


OOO

Candy terminó el último bocado. Hacía rato que se había quitado la chaqueta pero incluso sólo con su camisa sin mangas estaba cómoda en el salón con la chimenea encendida.

-Delicioso -dijo Candy limpiándose los labios con la servilleta y dejándola en la mesa.

-Hmmm. Sí, delicioso -añadió Albert.

Albert se echó hacia atrás en la silla y se puso las manos sobre el estómago, con una sonrisa satisfecha iluminando su hermoso rostro y a Candy le pareció muy sencillo creer que él estaba pensando lo mismo que ella, que era realmente delicioso estar allí sentados los dos juntos.

-¿Dónde aprendiste a cocinar así?

Albert se llevó a los labios el vino y tragó el bocado.

-Me fui de casa a los dieciséis años así que tuve que aprender a cocinar para no comer sólo comida enlatada y pan de molde.

-¿Dieciséis años? ¿Y te sentías preparado para enfrentarte al mundo con esa edad?

-Estaba decidido a ser alguien, a ganar dinero y conservarlo, y nunca quedarme con las ganas de nada.

Candy le obsequió una media sonrisa, pensando en lo diferente que había su vida a esa edad. Los recuerdos fluyeron naturalmente.

-Mi mayor ambición a esa edad era volver loco a mi padre fugándome para casarme con Ulises Jhonson, el chico más guapo de clase -apuntó Candy.

-Supongo que algunas cosas nunca cambian.-comentó él para nada sorprendido.

Albert sonrió y Candy se sonrojó pero pensó que merecía la pena pasar un momento incómodo por ver aquellos hoyuelos.

-¿Lo hiciste por tus padres? Éstos normalmente provocan fuertes reacciones en los adolescentes.

-Lo que me motivó fue el deseo de no acabar como ellos. Bueno, no como mi padre, para ser más exactos.

-Cuéntame más -lo animó ella inclinándose hacia delante y apoyó la barbilla en la mano-. «Cuéntamelo todo».

-Cuando era adolescente mi padre gastaba todo el dinero en bebida. Una vez pillé a mi pobre madre buscando en los bolsillos de la chaqueta de mi padre dinero suelto para pagar al lechero. Y cuando ella murió, él apenas salía de casa; y más tarde sólo iba al bar. Así es que cuando cumplí dieciséis me fui.

-No lo sabía, Albert. No pretendía ahondar en...

-No pasa nada. Nunca he ocultado mis comienzos humildes. De hecho, existen documentos que lo afirman «El niño pobre se hace rico».

-¿Era alcohólico? -preguntó Candy mirando la copa medio vacía de Albert.

-Posiblemente -contestó él agitando la copa-, aunque siempre lo consideré un hombre sin personalidad que se dejaba llevar más que un adicto. Estar borracho era una buena excusa para no tomar decisiones.

-¿Y ése ha sido el motor en tu vida?

-Absolutamente. Era el ejemplo perfecto del fracaso así que tenía que tomar la vida por los cuernos. No tiene sentido quedarse anclado a un solo proyecto. Hay que correr riesgos para obtener recompensa, y enfrentarse a un nuevo reto.

Parecía hablar en serio pero a Candy le sonó a discurso que hubiera dicho mil veces hasta aprenderlo de memoria, y le rompió el corazón. Había conocido a un hombre que también había vivido siguiendo esa teoría y lo único que había hecho había sido daño a aquellos que más lo querían.

-¿Y Rosemary? -preguntó Candy con suavidad-. ¿Es más joven que tú?

Albert bajó la vista a la mesa pero Candy pudo ver un sentimiento de culpa reflejado en sus ojos color cobalto.

-Sólo tenía doce años. Nos escribimos durante un tiempo y me decía que no era feliz, pero en aquel momento creía que era más importante ganar dinero para asegurarnos un futuro -Albert dio un largo sorbo de vino-. Unos años después volví a casa, con dinero y experiencia, sin resentimiento por mi padre. O eso creía. Cuando entré en casa vi que la mitad de los muebles había desaparecido, una pila de ropa para planchar cubría el sofá y a Rosemary en el fregadero. Sólo habían pasado cuatro años pero había envejecido tanto que apenas la reconocí. Vestía harapos y se notaba que ella misma se había cortado el pelo. Mi hermosa hermanita se había esfumado y en su lugar estaba aquella miserable chica.

-Albert -susurró Candy y se llevó un dedo a los labios temblorosos. «¿Qué he hecho?»

Albert se preguntaba por qué había comenzado a contarle aquello, pero no podía retirar sus ojos del rostro compasivo de Candy.

-Furioso y sin ni siquiera abrazarla la obligué a que me dijera dónde estaba. Me respondió que en el bar. Allí lo encontré, la sombra del hombre que una vez conocí. Le tiré la escritura de la casa. Había pagado toda la hipoteca. Él miró los papeles, apenas consciente de lo que eran, y mucho menos consciente del enorme gesto simbólico de reconciliación que le estaba ofreciendo. Me fui de allí disgustado, volví a casa, recogí a Rosemary y nos fuimos dejando una nota para que supiera que al menos ahora podría regocijarse en su miseria con un techo sobre su cabeza pero sin Rosemary.

-¿Y tú cuidaste de ella?

Albert asintió.

-Pero sólo tenías veinte años.

-Lo sé, pero ¿qué otra opción tenía? Durante los siguientes años fui para ella todo su apoyo hasta que pudo sostenerse sola. «Y nunca más quiero volver a sentirme igual, no quiero tener a alguien que dependa de mí para todo, fue demasiado duro».

Candy asintió y Albert sintió que había escuchado sus palabras y lo comprendía.

-¿Qué pasó con tu padre?

-Falleció hace cuatro años.

-¿Antes de que te marcharas a Nueva Orleáns?

-Esa misma semana. Tras el funeral hice las maletas -contestó él consciente de que a Candy no se le escapaba ningún detalle.

-Parece que todo ha salido bien finalmente. No te ha ido nada mal y te llevas muy bien con Rosemary.

-Pero es una niña mimada -contestó él-. Nunca le ha interesado lo más mínimo conservar un trabajo y antes quemaría su ropa que lavarla y plancharla. Y eso sí es culpa mía.

Candy había averiguado lo que quería saber. Su adorado Albert había soportado más emociones en los últimos años de su niñez que la mayoría de la gente en toda su vida. Cuando llegó a la edad adulta decidió que la única manera de que los sentimientos lo volvieran a consumir era no tenerlos.

¿Cómo podría ella recuperar a un hombre que estaba sumido en semejante dolor?

-¿Bromeas? Ayudaste a una niña a convertirse en adulta. Mucha gente nunca tiene esa oportunidad.

-No sabía cómo hacerlo.

-Eras un niño. Nadie habría esperado de ti que supieras todas las respuestas.

Albert se removió en la silla tratando de ahuyentar una extraña sensación: buscaba que Candy lo reconfortara, justo lo que se había jurado que nunca soportaría otra vez.

Sintió de nuevo la necesidad de correr y esta vez no miraría atrás. Pero entonces Candy le tomó la mano entre las suyas.

-Escúchame. Por lo que Susana me ha contado de Rosemary es compasiva y optimista, formal pero alegre. Sin la mezcla de experiencias que ha vivido en su vida no sería así.

-Probablemente tengas razón.

-Probablemente no, tengo razón. Creo firmemente que una persona necesita sufrir altibajos, vivir penas y alegrías para madurar y desarrollar una personalidad valiosa y fuerte. Quiero decir que sin los malos tiempos ¿cómo puedes disfrutar de los buenos? Fíjate lo bien que se siente uno después de estornudar.

Esto último lo pilló por sorpresa y antes de que pudiera reaccionar estaba sonriendo.

-Tienes razón.

-Bien, y eso es debido a la incomodidad que se sufre antes. Ya sabes, primero te pica la nariz y cada vez pica más hasta que llega el estornudo y te alivia, ahhh, una sensación maravillosa.

-Supongo que todo eso tiene un peculiar sentido -dijo Albert riendo con fuerza.

-Peculiar o no, es cierto. Sin haber sufrido antes una pena absoluta no se puede apreciar la más absoluta de las alegrías -dijo Candy finalmente dándole unos golpecitos a Albert en la mano y empujando hacia atrás su silla se puso en pie-. Y ahora, ¿podrías indicarme dónde está el cuarto de baño de las niñas?

Albert señaló las escaleras junto a la cocina. Candy sonrió y rozó el hombro de Albert al pasar junto a él haciéndole sentir una ola de calor.

Cuando llegó a la puerta se dio la vuelta un momento como si supiera que la había estado mirando y sonrió antes de desaparecer en el cuarto.

Abajo, Albert dio un largo suspiro y se levantó, silbando, para recoger la mesa, sintiendo una serenidad que nunca antes había sentido.

Arriba, Candy terminó de lavarse las manos en el lavabo-y se miró al espejo. Ya no le quedaba nada de brillo de labios. En su boca todavía quedaba el sabor de la soja y la miel de la salsa que Albert había preparado. A través del espejo vio la enorme bañera que había al otro extremo del espacioso cuarto de baño, lo suficientemente grande para acoger la enorme figura de Albert y la de otra persona.

-Detente, Candy -se regañó en voz alta-, y sal de esta casa antes de que ocurra algo más.

Albert era un hombre que necesitaba tiempo y espacio, paciencia y dulces palabras. Le parecía haber hecho algún progreso con él ahí abajo y lo último que le hacía falta era que una mujer ansiosa por cazar un marido se le echara a los brazos profesándole amor eterno.

Candy salió del baño y se encontró en el dormitorio de Albert. Los tonos naturales eran parejos a los del resto de la casa. La litografía de S. John ocupaba la pared sobre la cama y la otra estaba cubierta por una librería con todos los estantes llenos.

Aquella podía ser la primera y última vez que estuviera en aquella habitación y no pudo evitar querer empaparse de la esencia de aquel hombre. Pasó la mano por los estantes. Entre los libros había varios marcos de fotos, la mayoría de él y una mujer morena y delgada. Candy pasó un dedo por el rostro de la joven que suponía era Rosemary. Tenía el mismo cabello de color rubio y unos ojos profundos color verdes esmeraldas y miraba a su hermano con una sonrisa llena de amor.

Entre dos lámparas vio una par de guantes de boxeo, bastante usados, dentro de una caja de cristal.

Se detuvo ante éstos y observó la superficie llena de arañazos, descosidos y manchas. Una mirada más de cerca le permitió ver las salpicaduras de sangre en el guante de la mano derecha. Un escalofrío le recorrió la espalda y la mente se le llenó de imágenes de cómo esos guantes habían acabado tan gastados. Sabía exactamente cómo. Y entonces recordó que Albert había sido quien había organizado la velada de boxeo de aquella noche. Le resultaba muy difícil aceptar que aquel hombre imperativo y condescendiente era el mismo hombre intrigante y reflexivo que estaba al otro lado de la puerta. Pero eran el mismo hombre.

Albert, a quien Susana y Terry consideraban un buen amigo, que se preocupaba de su hermana pequeña, y que le había robado el corazón a Candy era el despiadado Albert Ardley de Ardley Corporations.

El sonido de las tazas proveniente del comedor sacó a Candy de su sueño. Debía llevar mucho tiempo allí. De camino a la puerta pasó junto a la cómoda y recordó la conversación que había tenido con Susana; se giró, abrió el primer cajón y echó una larga mirada al interior.

-Definitivamente, será mejor que me vaya a casa -susurró cerrando el cajón y saliendo de la habitación.

OOO


Hola hermosas, gracias por tan asombrosa acogida. Saludos a cada una de ustedes, deseando bendiciones en sus hogares.

Gracias a CBA,"Historias de Albert y Candy", Personajes de Candy Candy, ALSS, LPA y C.A.H.A. Por sus porras y apoyo.


Saludos y Agradecimientos a :

Friditas, Guest, Nadia M Andrew,

Lili A., Patty A.,

Elisa,MiluxD

Mayra, Marisol,

Chicuelita,

Lu de Andrew, NenaFelix,

Laila, Patty Castillo,

Delhia Diaz

Liovana, Angdl, Rachybonita,

Leslie Flores

Elluz, Ale Salinas,

Josie

Mariel, Macarena,

Grandchester Lucy.

Analiz, Litzy,

Faby Andley,

Saori, Luissid, Paolau2

Trastuspies, Osiris.

Gracias a ti también mi querida lectora silenciosa. Dios bendiga tu hogar.

Gracias a cada una de ustedes por sus comentarios y porras,perdonen que no les conteste a cada una ya que la vida laboral,me está agotando el tiempo, pero deseo cumplir con ustedes y no dejarlas a medias. Gracias por su comprensión. Las quiero mil. Son un encanto.


Un Abrazo en la distancia,

Lizvet