Gira sobre sus metatarsos acertando uno que otro golpe al enemigo. La carne cruje cada que la madera estampa en lugares que ella no logra determinar al sólo pensar en evitar el próximo ataque dirigido a sí.

Los vio recibir muchos ataques al mismo tiempo, y después, derribar a la mayoría de sus agresores con fugaces movimientos. Logró dominar sus impulsos y emociones, más de una vez, al ver a su gente, a los Kurta, derribados y su propia sangre extendiendo el rastro rojizo en la ropa y la superficie.

–¿Que estás haciendo? ¡Nos necesitan! –preguntó su esposo cuando ella lo arrastró en medio del trance lejos de donde los cuerpos de aquellos niños que alguna vez vieron alegres en el pueblo.

–¡Pairo! -exclamó esperando que su pareja entendiera.

De no haber visto la explosiva y desgarradora reacción de los padres de esos niños, habría quedado congelada a lo igual que su esposo. Y posiblemente quedándose para contraatacar a los intrusos. La ira y desconsuelo quemaban en sus ojos ahora escarlatas.

Ella se preguntó, qué habría sido de ella si hubiera visto a su hijo degollado, o herido sin piedad alguna como a los fallecidos críos. Y la fugaz imagen de Kurapika herido, fue suficiente para doblegarla y ayudarla a comprender a sus hermanos.

Evitando la desagradable imagen que se formó, reproducía una y otra vez la imagen de Kurapika en sus brazos. Desde que nació, hasta aquellas tardes donde yacía dormido en su regazo.

Quería ayudar a sus hermanos, quería arremeter contra los responsables de ese acto a lo igual que muchos ahí. Pero no cedió a sus deseos, entregó sus pensamientos a lo que Kurapika habría querido.

Pairo tenía que ser protegido. Podía participar en resarcir por las vidas perdidas al ir contra los asesinos. O proteger la vida aun intacta. Su voz de la razón siempre fue Kurapika; y ahora lo escuchaba rogando porque protegiera a Pairo.

En medio del caos, ella siguió avanzando firmemente, evadiendo la grotesca imagen que sus periféricos atisbaban. Su esposo, por otra parte, no rehuía de ver las cuencas desgarradas y los hilos de sangre escurriendo de estos. Tal vez fue el ver fallecidos a sus conocidos lo que lo hizo volver en sí; sacudió su cabeza un poco, como si trata de ordenar sus ideas y asimilar la descabellada situación. Presuroso sujetó su mano firmemente y avanzó al par de ella.

En ese momento, ella se atrevió a voltear y pudo ver el lugar ardiendo: por parte de las casas incendiándose y por los calcinantes escarlatas. Y a pesar de tan hostil vista, se podía sentir entre todo pesado ambiente la desesperación por sobrevivir por sobre la rabia presente en cada llama.

El calor infernal estaba presente, pero no lograba sentirlo, tampoco la brisa que creaba al correr. Y aun así le resultaba sofocante.

Su pareja aceleró repentinamente y en un parpadeo, era ella quien era llevaba.

–Te quiero –dijo él.

Conmovida, miró al frente con una sonrisa decidida.

–Te quiero –respondió.

–Me alegra… que Kurapika no esté aquí para que nos responda.

–A mi igual –apoyó.

El tono de voz era delicado y muy conforme, como si hubiera aceptado algo que aun desconocían, pero sabían que llegaría. Muy parecido a aquel que mantuvieron el día que dio a luz a Kurapika.

Inmediatamente sus ojos se tornaron granates.

Puede mantenerse de pie, pero gradualmente las punzadas que aparecieron antes, se vuelven insoportablemente dolorosas. En el momento en que flaquea por primera vez, se da cuenta que tiene las costillas rotas y para más desventaja, la sangre que escupe al toser y su dificultad para respirar, le avisa que estos huesos alcanzaron a perforar sus pulmones.

No obstante, no desiste por la herida. Se rehúsa a no dar todo hasta el final por la intervención de ese inconveniente daño. Se abalanza al contrario, con débiles pasos pero una determinación inquebrantable. Alcanza a herirlo, pero en consecuencia ella siente como sus piernas flaquean y las punzabas ahora se concentran ahí. Y por unos microsegundos, mientras ve un ataque dirigiéndose a ella, comprende la insana velocidad que posee el enemigo. Apenas impacta en ella el golpe, se ve expulsada hasta estampar contra una de las paredes de la casa, sin saber en qué momento termino tan herida, ni cuánto daño pudo hacerle al contrario.

El hombre ahora se dirige a donde Pairo se refugia. Ella desvía la mirada y divisa primero a los padres del castaño y momentos después a su esposo. Todos cuentan con múltiples heridas a lo largo de todo el cuerpo. Cierra los ojos un momento y sostiene con fuerza las armas antes de darle un último vistazo al destrozado rostro de su esposo.

Comparada con ellos, aun no esta tan herida. Jadea con pesar, tose con más fuerza, mientras tanto el flujo de sangre y el dolor aumentan cada segundo que pasa. En otro intento por levantarse, frunce con los labios y gimotea por cada tortuoso movimiento que ejecuta en vano. Se niega a verlos de nuevo, no soporta esa situación, esta inmovilizada y solo le queda cerrar los ojos para cegarse del mismo final que sufrirá Pairo.

Kurapika aparece en sus pensamientos, tomando el mismo final que todos ahí.

Eso la impulsa a arrojarse al agresor y sujetar uno de sus pies, con una mirada suplicante, pero fortuitamente combativa. Él no parece ni un poco emocionado de la energía aun bélica que emana de ella.

–¿Phinks, ya terminaste allá? –el hombre atiende a esa llamada, y se vuelve a ella.

La irritación empieza a arrugar sus facciones y no tarda en comenzar a patear repetidas veces para deshacerse de ella. En respuesta ella se aferra por cada golpe que recibe, hasta que finalmente, consigue arrojarla.

Aterriza contra el suelo, esta vez aturdida y con últimos suspiros que acompañan sus delirios.

Sus ojos se han apagado tras la sorpresa de encontrarse con Kurapika una vez más. Dentro de ella algo grita que puede irse en paz. Mientras que su egoísmo la culpa por no poder acompañarlo y ser testigo de sus logros, de verlo crecer y presenciar como seguiría rompiendo las barreras entre el pueblo y el exterior… lo cual lo ha salvado.

Si la respuesta para salvarse significaba irse, se alegraba que Kurapika fuera el primero en descubrirlo. El gozo de haberle apoyado en ello trajo consigo pocas lágrimas.

Pudo madurar para poder salvarlo.

Sus escarlatas vuelven a encender, adornando la creciente sonrisa de alivio y su apacible expresión.

Perdiendo la conciencia por cada suspiro que da, su último deseo se hace presente antes de desvanecer: 'Sobrevive'


–¡Omokage, apresúrate! –escuchó la queja de uno de sus compañeros

Ignoró protesta anterior y desvió la mirada del emisor.

–Es una pena –se volvió a rostro de una rubia mujer, sujetándola del cabello para poder verle mejor–. Estos son los ojos más hermosos, y no parece agobiada en lo absoluto… –aunque, desde la sangre que escurría de sus labios hasta su barbilla, hasta todas sus heridas no dieran razón al porqué de su muerte tan pacífica.

–¿Una pena? –respondió incrédulo su compañero–, mira al niño de acá. Sus ojos son una pena; que desperdicio. Escarlatas pero ciegos.

Omokage se dirigió a donde aquel pequeño cuerpo.

–Es un modelo perfecto para unos ojos como estos. Dimos en el blanco, aquí tenemos los dos pares más preciosos de todos.