Diez: Despedida
El jueves pasó sin más novedades que el revuelo de la devolución del botín, a Banco Satán, por el mismo Vegeta. Desde Kame House llegaron algunos comentarios graciosos, aunque llenos de tacto, hacia la somnolienta Bulma que atendía el teléfono. En el Monte Paoz apenas se enteraron; tampoco hubo demasiada reacción. No es que los ánimos estuvieran para hacer bromas. Míster Satán zanjó la situación con los medios, adjudicándose la acción por medio de un discípulo que no quería salir del anonimato. Vegeta volvió a refunfuñar por los pasillos de Capsule Corp. y Bra regresó a la casa, orgullosa de su padre.
El viernes a la mañana, Marron se presentó en lo de los Briefs. Estaba dispuesta a salir en la búsqueda de las esferas y no regresar hasta haberlas encontrado. Trunks la acompañó, solo para caer rendido de cansancio en una gasolinera, pasado el mediodía. La muchacha lo dejó en un pequeño hotel, sobre la carretera, y continuó dando vueltas a ciegas con la nave. A punto de llegar a la Capital del Norte, esa tarde, se encontró con un grupo de ladrones que la acorralaron con sus motocicletas. La hallaron sola, nerviosa y con aspecto desorientado. Lo único que se llevaron fue una lección básica de defensa personal de la escuela de la tortuga.
Al anochecer, un colega de Krillin notificó al padre preocupado que su hija estaba en una celda, por disturbios callejeros. Los ladrones habían intentado reclutarla en el grupo. Ella había perdido la cabeza. El radar seguía mudo, dentro del bolso que la policía había retenido antes de ingresar a la joven. Los ladrones, con ojos morados y dientes rotos, se habían despedido de ella a través de los barrotes, con una invitación a volver cuando quisiera. Y la única forma en que Krillin prometió guardar el secreto fue obligándola a desistir de esa aventura sin sentido.
Así que allí estaba, por la noche, sentada en la arena de la isla con una cerveza en la mano y varias a su alrededor. A pocas horas de perder aquella carrera en la que estaba metida desde siempre.
«Quiero decirte al oído tantas cosas preciosas que estoy sintiendo por tiii…».
La música tropical con la que Roshi había intentado animar la fiesta había terminado por darle más tristeza a la escena. Goten evitaba mirarla, de pie junto a Yamcha y Oolong. Habían puesto una mesa llena de comida sobre la playa, encendido las luces exteriores de la casa y la colección de discos del maestro al máximo volumen. Era la despedida de soltero del saiyajin, los invitados solo eran hombres, por tradición. Pero no habían asistido más que los pervertidos de siempre. Ni Trunks se había presentado. Y no habían podido sacar a Marron de la casa, así que era un festejo extraño.
«…que cuando no estás me falta el aireee…».
—¡Arriba esos ánimos! —exclamó el anciano, con un sombrero de cotillón y senos de plástico colgados de su cuello—. ¡Vamos, Goten, que mañana a esta hora tendrás una alegría!
La muchacha se atragantó con la bebida al escucharlo y se inclinó para toser hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas. Yamcha aplaudió la ocurrencia, a pesar de las quejas de Puar, y las risotadas del cerdito evitaron que agregara más detalles. El festejado se sobresaltó.
—¡No, no pienso casarme con nadie! —gritó, al borde de la histeria, antes de notar lo que estaba diciendo y corregirse—. Es decir, no mañana. Ni con Lily. ¡Por favor, esto no es divertido!
«Amor, por favooor, nunca me falteees…».
—Al menos sigamos con la tradición —sugirió Krillin—, luego puedes hacer lo que quieras.
La comida volaba de los platos, a pesar de la ausencia de los demás saiyajines. Pero no tanto como el contenido de las botellas.
—¡Eso, la tradición es importante! —aprovechó Oolong para añadir—. ¿Por qué no llamamos unas strippers, eh?
Las lágrimas de la muchacha ya no eran producto de la irritación de sus vías nasales con la cerveza. Le dio la espalda al grupo y se limitó a mirar el horizonte moteado de puntos brillantes, con las piernas estiradas sobre la arena.
«…porque tú eres todooo para mí».
—¡Strippers, sí!
—¡Apoyo la moción!
—Oigan, tampoco se entusiasmen tanto —rogó Goten, con voz débil en medio del griterío.
—Mi casa, mis reglas. ¡Tortuga, alcánzame la agenda negra!
«…que sin tu amooor, yo no soy nadie» aulló el estribillo, para sumar ruido al escándalo.
Marron no lo soportó más. La presión en su pecho no hacía más que aumentar y ni siquiera era dueña de llorar como quería frente a ellos. Tampoco era capaz de marcharse, sabiendo que eran las últimas horas de aquel Goten con el que podía soñar un futuro. Flexionó sus rodillas hasta poder apoyar la frente sobre éstas. Y se obligó a no llorar esa noche. Ya tendría tiempo después.
—¡Mi hija está aquí, Roshi!
—Está a punto de dormirse, Krillin. Mira cómo ha bebido.
La discusión por el resultado de la votación, a favor de traer strippers a Kame House, había subido de tono. Yamcha se había apoderado de la agenda que traía la tortuga, Puar dormía sobre la mesa y Oolong bailaba solo, abrazado a un tequila sin abrir.
—Dijiste que para ella eran cervezas sin alcohol —continuó protestando el mejor amigo de Goku.
—Habrá tomado de las nuestras —supuso el anciano, mientras intentaba quitarle la libretita a su antiguo discípulo y fallaba—. Llévala arriba y te prometo que no le digo nada a tu esposa si miras y no tocas.
Krillin avanzó unos pasos, en zigzag. Se detuvo, pensando en los viejos tiempos y en el hecho de que mirar no era pecado.
—Pero solamente un rato —aceptó—. Y nada de asquerosidades, por favor.
—Define tú lo que es asqueroso y lo que no, claro. Este ya ni siquiera es tu hogar, hombre.
El ruido de un pesado chapoteo en el mar los distrajo del asunto, para encontrarse con el tequila de reserva del maestro derramado y al cerdito flotando boca abajo, a merced de la marea.
—¿Oolong? ¡Te lleva el agua, ebrio!
Los que no cayeron sentados, riendo a carcajadas, corrieron a ayudar al que se alejaba de la orilla.
—¡Alguien que se lleve a Marron a la habitación de arriba!
—Pero tengo las manos ocupadas con el teléfono.
En la confusión, fue fácil escabullirse. Perderse de vista.
—Voy yo —avisó Goten, sobrio y con la muchacha dormida en sus brazos.
Entre la elección de la mejor stripper y de a quién le tocaría hacerle RCP a Oolong, nadie se opuso a que el soltero abandonara su despedida.
—Espera. Necesito hablar contigo.
Marron abrió los ojos, apenas cruzaron el umbral, y le habló con una voz que no revelaba indicios de borrachera. En la oscuridad de la sala, junto a la escalera al primer piso de la casa, el saiyajin se detuvo y la dejó ponerse de pie otra vez.
—¿Estás bien?
—Sí, ya lo dijeron afuera. Cerveza sin alcohol. No es ése el problema.
Él sí había bebido. No lo suficiente como para sentir menos vergüenza por lo que estaba pasando. Por eso, se quedaron con la luz apagada, sin saber qué decir.
El eterno calor de aquellas latitudes los había dejado descalzos, a él en camiseta de mangas cortas y bermudas y a ella en un vestido ligero, que estaba alborotado y lleno de arena a esas alturas de la noche. Fue el joven quien reaccionó primero a su incomodidad.
—Entonces te acompañaré a tu casa. Por favor, esto es muy humillante. No soporto que estés aquí y me veas así.
—¿Por qué no? —lo increpó ella—. ¿Quieres estar a solas con las strippers?
—¡No! ¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que no deberías casarte con nadie, Goten.
Por fin, lo estaba haciendo evidente. Si así lo sacaba de su sistema, mejor. Al menos él tenía que saberlo.
—¡Marron! —la emoción estrangulaba la voz del joven frente a ella.
—Con nadie que no sea yo —completó, envalentonada por ser su última noche—. Eres un idiota, pero me gustas con eso incluido.
Si hubieran podido verse, él habría notado que las piernas de la muchacha temblaban. Y ella, que él se había puesto colorado hasta las orejas.
—Voy a solucionarlo —afirmó el saiyajin, acercándose hasta encontrar su frente con la de la joven—, solo prométeme que vas a esperarme.
—Lo haré, aunque no quiera —respondió ella, dejándose abrazar—. Creo que voy a amarte por el resto de mi vida.
Entonces, la ternura del momento se cristalizó y resquebrajó en mil pedazos con la aparición del maestro Roshi junto a ellos.
—Oh, ¡pero qué votos tan bonitos! —canturreó el anciano, a modo de felicitación, y los bañó con su aliento a ron.
La chica ahogó un grito y el soltero en sus últimas horas la soltó, con la culpa por recordar la realidad quemándole en las manos. El dueño de la casa parecía feliz, como si estuviese viendo el final de una película.
—Señor Mutenroshi, le juro que…
No hubo tiempo para las excusas. En realidad, ni sobrio le hubiesen importado. Lo único que hizo el maestro tortuga fue levantar sus brazos, con gesto solemne, y entrar en el rol de guía espiritual que siempre había tenido en aquel grupo.
—Y ahora, como máxima autoridad de esta isla, ¡los declaro marido y mujer! —exclamó, para sorpresa de los dos—. Goten, ya puedes besar a la… la…
De pronto titubeó, como si hubiese olvidado lo que iba a decir, y se desplomó.
La música seguía afuera, junto con las risas y las ganas de llamar gente para que se uniera al festejo. Nadie extrañó al maestro, ni a los dos jóvenes que se habían quedado atónitos en la sala, mirándose en la penumbra.
Goten se arrodilló hacia el que había quedado planchado para controlarle el pulso y luego ayudarlo a recostarse en el sofá. Marron estalló en una carcajada nerviosa, hasta que su risa se convirtió en llanto. El menor de los Son la tomó de la mano y corrió con ella hasta el piso de arriba.
—No llores. Te lo pido —le dijo, bien despacio, cuando estaba por dejarla frente a la puerta de la que había sido su habitación de pequeña en ese lugar.
—¿Quién está llorando? —se burló ella, entre sollozos.
No podían alejarse. Sabían que su tiempo estaba contado y, sin embargo, no había forma de que se soltaran las manos. En ese momento, el chico se dio cuenta de que las lágrimas también corrían por su cara.
—Me parece que los dos. Lo siento. Debí haber hablado antes.
Ella se apoyó contra la puerta. Quería alejarse. No podía dejarlo ir. Ya ni sus deseos tenían coherencia.
—No perdamos más tiempo —lo apuró—. ¿Vas a besarme o no?
—¿Cómo?
—Roshi lo dijo, que ahora puedes besar a la…
Él tardó un instante en procesar la idea. En eso, fue como si una presa se rompiera y el remolino de tantos años de quererse en silencio surgiera con toda su fuerza. En medio de aquel beso brutal se empujaron más allá de la puerta, arrancaron botones, temores y cualquier razonamiento de que, al día siguiente, la realidad sería muy distinta.
Ya era la madrugada del sábado en la Capital del Oeste. Trunks había despertado de su descanso obligado y había vuelto hacía pocas horas a la casa, para alivio de Bulma. Aunque Vegeta lo tenía localizado, no había intervenido.
Otra vez, el joven estaba sentado a la mesa del taller que había pertenecido a su abuelo. Se había propuesto pasar aquella noche haciendo los últimos intentos con el radar. Sabía que eso significaba pasar de la fiesta de despedida de su mejor amigo. Lo prefería así, por la simple razón de que no consideraba válido aquel matrimonio. Y estaba seguro de que muchos en el grupo pensaban lo mismo.
No veía a la frívola Lily asistiendo a sus reuniones, o guardando los secretos que rodearían a su esposo. Mucho menos la imaginaba sobrellevando el embarazo de un bebé saiyajin. Ni siquiera creía en el amor desesperado de aquella muchacha que se había enfrascado tanto en obtener lo que quería, que ni se había preocupado por conocer un poco mejor a su prometido. O por observarlo y notar la tristeza que lo había invadido en los últimos tiempos.
Tiempos.
—Si manejas bien los tiempos, lo demás es fácil —había dicho el mismo Goten, poco antes del robo en el banco y de que todo se volviese un desastre para ellos.
Dejó la herramienta a un lado, se quitó los lentes y se frotó los ojos. De reojo, vio el papel doblado en el que Mai le había dejado aquel mensaje incomprensible.
«¿Nuestra deuda está saldada? ¿Pero de qué me está hablando?» pensó, irritado.
Entonces volvió a él la última tarde que pasaron juntos en la casa del sur. Goten seguía jugando con chicas que se parecían a Marron y no lo eran, él guardaba bajo llave la única cosa que mantenía a Mai orbitando a su alrededor. Todos fingían creer que aquel equilibrio precario duraría para siempre.
—Y éste es el nuevo modelo de yate de la Capsule Corporation —había dicho, entusiasmado, cuando se detuvieron bajo el cielo despejado—. ¿Qué te parece?
—Es increíble —reconoció la mercenaria de Pilaf—. ¡Siente cómo ronronea el motor!
Los bordes de la escena aparecían borrosos en su memoria. Sí recordaba lo que había sentido al notar que ella lo consideraba un niño mimado. Había querido impresionarla y le había salido al revés.
—Conseguí que me lo dejasen probar este fin de semana, aunque no fue fácil convencerlos. Si lo arruino, voy a tener que pagarlo.
—Eso no sería tanto problema para un chico millonario como tú —comentó ella, con una risita, mientras miraba los controles.
El corazón de Trunks se había ido al suelo y había traspasado el suelo metálico, corroyendo su buen ánimo, para luego hundirse en las profundidades del mar turquesa.
—¿Es lo que piensas de mí? La verdad es que mi madre es millonaria, yo no —explicó—. Si pasara algo con el yate, tendría que trabajar gratis en la compañía durante años para pagarlo.
—¡Oh, pobrecito! —El tono bromista en que lo dijo le había dado la pista al saiyajin de que todavía había cosas en las que los dos no terminaban de encajar—. Igual no te preocupes, si se rompe no será únicamente tu culpa. Pagaremos una parte cada uno.
Él la había abrazado en algún momento del diálogo, porque se recordaba dándose el gusto de mirarla con incredulidad a centímetros de su cara.
—¿De dónde vas a sacar tanto dinero?
—Me extraña que preguntes. —Y con aquel brillo travieso en sus ojos, le había dicho mil cosas, sin palabras—. A veces creo que te olvidas de con quién estás hablando.
—Cierto. Si eres la villana más antigua que ha sobrevivido al señor Goku —reconoció, llenándola de besos al costado del cuello y sobre el hombro derecho—. Todo un honor para mí.
Ahora lamentaba no haberla respetado más. No haber sido más amable con ese deseo permanente de mostrarse poderosa ante él, aunque fuese por medio de una imagen de mujer malvada e inaccesible. Con el tiempo, hubiese podido llegar a esa parte de ella que aún se le resistía. Sí que había actuado como un niño caprichoso, reclamándola por completo y exigiéndole que desechara la mitad de su vida por él.
—Deberías comenzar a tomarme en serio, Trunks —le había advertido ella, en algún punto de esa tarde.
—Y tú a mí —había respondido, todavía herido—. Soy más que un heredero cabeza hueca, que se trae un yate para jugar en su casa de la playa. Una cosa es haber nacido en mi familia, otra es acceder a los beneficios sin dar nada a cambio. Te aseguro que, si nosotros fuésemos así, ya no tendríamos nada.
La había visto sonreír con ternura y la había amado, con todo aquel impulso sobrenatural que le corría en la sangre.
—Lo sé. También estoy segura de que serás bueno en lo tuyo. Puedo imaginarlo desde ahora.
—No te preocupes —había dicho, seguro de algo que jamás ocurriría—. Voy a mostrártelo, para que lo veas bien claro.
Luego habían pasado a hablar de confianza. En realidad, él casi le había rogado que lo dejase entenderla. Necesitaba confiar en ella, igual que necesitaba besarla, tocarla, hacerla suya a pleno día o durante la noche.
La distancia, luego del adiós, se había convertido en un dolor emocional y físico. No sabía si podría superar aquel amor convertido en obsesión malsana, tampoco quería intentarlo. Ya lo había asumido. Lo había asimilado, hasta convertirlo en parte del ruido de fondo de su vida ocupada. Podía vivir con eso. Lo que no quería era que alguien más pasara por lo mismo. Para locos frustrados ya se bastaba él solo.
En eso, la vibración del móvil sobre la mesa lo devolvió al presente. Comprobó el nombre del contacto en la pantalla y atendió, con el corazón encogido de pena.
—Goten, te pido disculpas por no ir esta noche. Tengo la esperanza de lograr que esa boda no ocurra.
—Gracias amigo, pero ya no importa —respondió el joven Son, con el sonido de una puerta cerrándose con suavidad de fondo—. Debo hacerme responsable.
—¡No! Escúchame. ¡Marron fue la de la idea con las esferas, ella te quiere!
—Trunks. Por favor. De verdad, ya no importa. Y tú perdóname a mí.
La resignación en la voz del saiyajin enfureció al que seguía con un destornillador en su mano, al punto de hacerlo quebrar el mango.
—Deja de decir estupideces.
—Es que yo quise ayudarte a superar a Mai, no diciéndote lo mal que la había visto cuando fui a la guarida de Pilaf por las esferas, aquella vez.
Confesión más extraña que ésa no volvería a escuchar. Su compañero de juegos de toda la vida solía hablar así, llevar la conversación hacia algo que tenía en su cabeza, sin aviso. Una vez estaban estudiando matemáticas, en la biblioteca de la Orange Star High School, y el moreno había interrumpido el silencio del lugar explicándole cómo y por qué le había roto su robot favorito, meses antes. No se hubiese esperado que incluyese a una mujer en sus ataques de culpa repentinos.
—¿Y eso? ¿De qué me estás hablando?
—Ahora me siento tan horrible por habérmelo callado —balbuceó el chico, al borde del llanto—, es como si te hubiese negado una nueva oportunidad con ella.
«Ah. Claro. Igual, si hubiese tenido la valentía de afrontar todo eso que nos puso en aquel malentendido, yo la hubiese ido a buscar de todas maneras».
—¿Sabes qué? Tienes razón, Goten —concedió—. En realidad todo esto ya ha perdido importancia.
—No. Ahora voy a decírtelo todo.
—Ya basta. No sigas.
Estaba irritándolo el derrotismo que había invadido a todos esa noche. El único que realmente había perdido algo era él y allí estaba, despierto hasta el último minuto, recorriendo cada lugar, buscando hasta debajo de la última roca. No había notado lo exhausto que se sentía hasta ese instante. Y no necesitaba tenerlo presente. Una noche más, una sola esfera más, y podría borrar sus errores para dejar el contador en cero.
—Pilaf no se resistió ese día —continuó Goten, a pesar de todo—. Me entregó las esferas en bandeja, Trunks. Y sabes cómo es él con eso. Parecía avergonzado, dijo algo de que no era su año. Luego se puso delirante con el tema de un metal desconocido. Me pareció tan estúpido que después de tantas cosas siguiera pensando en eso. Mai estaba destrozada, y él haciendo planes de irse de minero.
Entonces, algo hizo clic. Fue como si todas las cosas que sobraban en aquel rompecabezas de pronto adquiriesen una coherencia general.
«¿De minero? ¿Estaba buscando el metal aislante para las esferas? ¡Y ya han pasado tres años de eso!»
—Ahora entiendo.
—¿Lo ves? Por eso estamos así. Porque somos un puñado de egoístas, llenos de orgullo sin sentido. Ponemos nuestras fuerzas en metas imposibles y no cuidamos lo que tenemos a nuestro lado. Seguiremos dando vueltas, sin fin, haciéndonos daño y haciéndoselo a los demás. No merezco ningún deseo con el dragón. No merezco a Marron. Tampoco te merezco a ti.
—Pero nos tienes —afirmó él, con una sonrisa—. Y nos seguirás teniendo.
—Perdóname, amigo.
—Tú perdóname a mí. Estás borracho y no pienso hacer caso a eso que estás pidiendo.
Tomó el radar, todavía programado en la frecuencia límite que era capaz de captar los seis puntos dentro de su contenedor especial, y se preparó para ir detrás de cada mancha extra, hasta descartarlas a todas.
—Al menos ven a la boda —le pidió su amigo.
Él sonrió, a punto de apagar la luz del taller.
—¿Cuál boda? Hasta mañana, tonto.
¡Y se viene el casorio! Los espero mañana con la siguiente actualización. Se me vienen de etiqueta, que si no no los dejo pasar xD
He agregado un fragmento de diálogo a la escena del yate en el capítulo trece de Tiempos. En realidad, ya estaba en esencia, en forma de resumen en la narración. Lo único que hice ahora fue convertirlo en diálogo real. Digan no al resumen narrativo, gente, es mejor mostrar que decir. No sé si dejarlo como novedad acá, o trasladarlo a la otra historia también. Ya veré.
