10. El Sacerdote
Rey supo que se había despertado apenas unos segundos antes de bostezar y alzar la mano para restregarse la arena de los últimos resquicios de sueño de los ojos. Pero lo que no lograba adivinar, a medida que iba siendo consciente de su cuerpo, era cómo había pasado de estar tumbada sobre su pecho a quedar casi bocabajo y hundida sobre el colchón con él a su espalda. Todo él.
Volvió a cerrar los ojos, disfrutando de la sensación. Sin mantas ni almohadas. Ella había dormido plácidamente con su musculoso brazo bajo la cabeza, el otro brazo alrededor de su cuerpo, sus nudillos casi rozando su pecho, y una de sus piernas por encima de sus caderas, aprisionándola contra la cama. Como si en algún momento se le hubiera ocurrido la idea de escaparse, estando tan a gusto donde estaba.
Se removió para acercarse aun más a él y el más ligero roce entre sus cuerpos le hizo recordar que estaban completamente desnudos. Ella sonrió, sintiéndose halagada pero abrió de nuevo los ojos de golpe al recordar lo ocurrido. No, en absoluto arrepentida ni avergonzada. Sino pensando que hoy debería pasarse por la farmacia, sí o sí. Y que esperaba que en la farmacia hubiera de su talla porque no tenía ganas de entrar en un sex-shop a preguntar por la gama de opciones que se salían de "lo corriente".
Como para tener que explicar que estás teniendo un affair con un demonio.
-Piensas muy alto por las mañanas. – Le dijo en un gruñido perezoso y adormilado, hundiendo la cara en el hueco de su cuello, aspirando su olor y depositando un suave beso en su piel sensible, cortando el hilo de sus pensamientos.
-Déjame despertarme y hacerme un té antes de empezar con los ejercicios mentales, Kylo. – Le contestó, tratando de evitar un bostezo hasta que fue imposible contenerlo. Intentó moverse, para estirarse y desperezarse y, al parecer, eso sólo provocó que se rozara aun más contra él, despertándole mientras su lengua lamía el mordisco que le había dado cuando aceptaron que todo aquello iba a pasar. – Kylo… - Empezó, tratando de llamar su atención de otro modo, e interrumpiéndose a sí misma cuando sintió su pecho vibrar a su espalda con un ronroneo. – Kylo. – Repitió con algo más de entereza en su voz, mientras alzaba una mano hasta que logró rozar sus cuernos con los dedos y sujetarse a ellos cuando sus nudillos le pinzaron el pezón. – Tengo que irme a trabajar. – Un gruñido contra su oído fue toda su respuesta. – Lo digo en serio. No puedo pedir otro día libre.
-¿Por qué no? – Y sentir su lengua en el cuello justo antes de que le mordiera el lóbulo de la oreja, mientras intentaba, con todas, todas sus fuerzas, no moverse contra él, hizo que se agarrara aun más a sus cuernos y pusiera los ojos en blanco.
-Porque debo hacerlo y porque es importante, lo necesito, me gusta y ayudo a que las cosas sigan adelante. – Él tarareó tras ella, en absoluto convencido pero agradecido porque no hubiera cometido el error de convencerse a sí misma. Empezaba a pensar que ella era mucho más diferente del resto de seres humanos que lo que había creído en un primer momento.
-¿Y vas a volver a dejarme solo? – Cabeceó contra su pelo, hundiendo la nariz en sus mechones color chocolate antes de "rendirse" y liberarla de su presa, dejando que se desperezara una última vez, contemplando su cuerpo, la forma en la que todos sus músculos se estiraban y ella sonreía bajo su mirada.
- Eso me temo. – Llevó una mano a la mejilla cortada por una cicatriz que no desaparecía. – Así me echas de menos. – Recorrió el surco con la yema del dedo antes de pasarlo por sus labios. – Y luego me besas. – Y por la sonrisa que le dedicó, Kylo se calló todo lo que pensaba de los esclavos sexuales.
Rey se escurrió de la cama, irguiéndose bonita y dándole la espalda antes de levantarse. Pero entonces, sus ojos dieron con el carpesano que contenía lo que fuera que le trajeran ayer Finn y Poe. Su mente se nubló al instante, cayendo de lleno en la angustia que le había llenado el pecho antes de que Kylo… Antes de… Da igual. Se inclinó a coger la carpeta del suelo, donde se habría caído después delo ocurrido y volvió a dejarla sobre la cama mientras se iba al baño.
Cuando la puerta de este se cerró y Kylo pudo escuchar el agua saliendo del grifo, se echó el brazo sobre los ojos. Ahora Snoke era un problema en la vida de ambos. Y… ¿Cuánto tardaría la mirada quirúrgica de Rey en ver que había símbolos sobre su misma piel que también estaban sobre la de las víctimas que estudiaba? ¿Cuánto tiempo tenía antes de que empezara a hacer preguntas que cada vez fueran más difíciles de responder?
Ahora que podía hacer algo parecido a vivir con ella, que parecía que le habían robado la inminencia al tiempo, no le corría tanta prisa su liberación. Y, sin embargo, Snoke no iba a permitirles ni un segundo de descanso.
Cuando Rey cogió el picaporte del baño, dándose cuenta de que se le había olvidado coger la ropa antes de meterse en la ducha, tuvo que hacerse a la idea de que tendría que seguir paseándose ante él, desnuda. Que no era como si no lo hubiera estado ya pero… Pero que hoy verdaderamente quería poder llegar al trabajo a su hora. Y la Fuerza ya no anulaba sus capacidades motrices más simples ni nublaba sus sentidos. Ya fuera por haber descansado, o por el orgasmo que le había dado y que lo había dejado todo calmado dentro de ella.
Pero cuando salió, esperando que su cuerpo se llevara toda la atención de esos ojos dorados, se encontró la habitación vacía. Miró a ambos lados de la misma, buscándole, hasta que llegó a sus oídos el rumor del agua hirviendo. ¿Le estaría haciendo su té de la mañana? ¿Era posible?
¿Era posible sentirse tan bien en presencia de un demonio?
¿O era sólo cosa de Kylo?
Y lo mismo se estaba preguntando él acerca de ella ¿Cómo era posible? ¿Una humana… haciéndole sentirse tan bien?
Estaba alerta. Terriblemente en guardia. Sus momentos de felicidad eran tan escasos y venían seguidos de un golpe tan, tan fuerte como un disparo de plasma propio de un destructor del antiguo Imperio. Esta vez sabría por dónde le vendría el golpe, podía imaginarse al General poniendo todos sus sentidos en la ciudad… Y ella iba a salir hoy, exponiéndose.
No estaba preocupado de su olor, impregnado en ella. Sabía que el General sería capaz de olerle aún estando dentro del sarcófago. Estaba seguro de que aquella casa estaría más que señalada en los planos del pelirrojo… Lo único que quizá no supiera el General era su despertar, y lo dudaba mucho.
Una manita suave, acariciándole el final de la espalda, llamó su atención, haciendo que abandonara aquella postura encorvada que había adoptado tras apoyar los codos en la encimera, esperando que se calentara el agua. Giró la cabeza hacia su izquierda y allí estaba, su pequeña. Le sonrió de vuelta, oliendo su champú, mezclándose con su aroma personal y el perfume. Aparentaba ser tan sencilla por fuera que cualquiera adivinaría los enredados laberintos que componían su interior. Y Kylo se sentía halagado de poder ser el afortunado que los recorriera.
-Me llegan a decir que un demonio es más atento que un humano y no me lo habría creído.- Habló, conduciendo la mano hasta el cazo que volcó dentro de la taza que Kylo había preparado con una bolsita de té en su interior.- Gracias.- Susurró, mirándole.
-No tienes que dármelas, pequeña…- Habló, observando cómo ella le daba la espalda para tomar un paquete de galletas de una estantería y sentarse en la mesa, haciendo que le imitara y tomara asiento frente a ella.- Lo hago por gusto.- Y Rey alzó una comisura antes de bajar los ojos a su taza, girando el té con una cucharilla.- ¿Tienes preguntas sobre lo que ha pasado entre nosotros?
-No es la primera vez que hago el…- Se detuvo, corrigiendo sus palabras con tal de no despertar nada dentro de ella.- No es la primera vez que tengo sexo.- Él ladeó una comisura.
-No me refería a preguntas sobre ese tema… Ya me he dado cuenta que no es tu primera vez. Ni la segunda.- Rey sonrió mientras se llevaba el té a la boca, dándole un sorbo sin apartarle la mirada a Kylo, quién sonrió con malicia.- Pero sí que es la primera vez en… ¿Cuánto? ¿Dos años? ¿Tres?- Y Rey por poco se atraganta con el sorbo.
-Eso no es asunto tuyo…- Respondió con cierta rabia mientras se limpiaba la boca.
-No me estoy burlando de ti.- Ella arrugó la nariz, removiendo el té de nuevo.- No sé si te has dado cuenta pero he pasado casi treinta años encerrado en un ataúd y, por tanto, treinta años sin hacer absolutamente nada.- Respondió con un tonito socarrón.- ¿Te ha gustado?- Rey asintió con la cabeza.- A mí también.- Ella le miró a ras de sus cejas.- Deberíamos hacerlo más…- Y Rey visualizó una diana para devolverle el golpe. Se reacomodó, fingiendo que lo que iba a decir no era importante para ella, y siguió removiendo el té.
-Oh, vaya… Veo que ya no tienes tanta prisa por ser liberado.- Dijo, alzando la taza y conduciéndola a su boca.- ¿O me equivoco?
-Te equivocas desde un principio, pequeña… No tenía prisa por ser liberado.
-Seguro…- Respondió con sarcasmo y él rió por la nariz.- ¿Cómo eras antes?- Soltó sin más aquella pregunta que no había dejado de hacerse desde que prácticamente le confesó que era un demonio convertido.
-Exactamente como ahora, pero sin los cuernos y los cortes. Creo que es evidente.- Se regodeó. Ella rodó los ojos.
-No vayas de listillo conmigo, grandullón. Es una pregunta bastante recurrente.- Él ladeó la cabeza, apoyando los codos sobre la mesa y adelantándose un poco.
-¿Qué quieres saber?- Ella se alzó de hombros antes de soltar un bufido, pensando a toda velocidad hasta que se detuvo a observarle. Y entonces las preguntas empezaron a salir solas.
-¿De qué color tenías los ojos?
-Marrones.- Y vio que ella abría la boca para preguntarle más pero él se adelantó.- Muy, muy oscuros. Casi negros.
-¿Te dolió cuando… te salieron?- Dijo a la vez que se dibujaba unos cuernos invisibles con su mano libre.
-Es un dolor parecido al que sientes cuando te salen las muelas… Más o menos.- Ella asintió con la cabeza.
-¿Me va a pasar algo parecido ahora que soy sensible a la Fuerza?
-No, pequeña. Lo mío fue distinto.- Rey asintió y siguió mirándole. Kylo había tenido el detalle de ponerse los pantalones pero no una camiseta.
-¿Qué significan todas esas marcas?- Él bajó los ojos con pesar, observándose con desagrado.
-Cosas horribles.- Ella achicó los ojos, queriendo saber más.- No pueden pronunciarse en voz alta.- Rey asintió.
-¿Siempre te has llamado Kylo Ren?- Y la vista del demonio se perdió en sus recuerdos, observando al infinito mientras Rey aguardaba impaciente una respuesta. Pero esta no parecía llegarle nunca.
Kylo tenía un remolino en su interior. Uno horrible que parecía engullirle cuando se aproximaba a él, perdiéndose en sus recuerdos. Recuerdos difusos, borrosos… Tristes. Y allí estaba, dando vueltas a sus ideas, a su pasado, a su historia mientras sentía que ya empezaba a marearse y entonces… Un suave roce en su zarpa le hizo bajar los ojos, encontrando la manita de Rey llegando a él, tomándole y haciendo que regresara a la tierra.
-¿Estás bien?- Preguntó ella en un hilillo de voz. Curiosa pero preocupada. Kylo inspiró profundamente.
-Has mejorado mucho tu control de la Fuerza.- Ella parpadeó sin entender nada ¿A qué venía aquello?
-Pero si no he entrenado apenas…
-Lo has estado haciendo de forma inconsciente.- Él se alzó de hombros.- Te dije que pasaría.
-¿Y tienes otra lección para mí?- La sonrisa que inundó el rostro de Kylo le provocó un escalofrío.
-Tengo más de una lección para ti.- Ella se mordió el carrillo, mirándole.- Respecto a la Fuerza, tengo otra.- Rey asintió, intentando no divagar en cuáles serían las otras. Al menos no ahora.- La Fuerza es una extensión más de ti ahora. Puedes usarla a tu favor, es como si controlaras el ambiente.- Rey asintió.- Cierto es que puedes controlarla sin apenas dejar rastro pero… Eso sólo lo practicaremos aquí.
-Hecho.
-Lo que quiero decirte es que intentes no ir más allá.- Rey desvió los ojos un momento, analizando aquello, pero sólo negó con la cabeza antes de regresar la vista a él.
-¿Cómo? -¿Cómo no ir más allá cuando la Fuerza se convertía en una potencia de arrastre?
-Pues…- Le concedió, con una cadencia, antes de desvanecerse ante ella y situarse a su espalda, a un centímetro de tocarle los brazos.- ¿Puedo?- Susurró cerca de su oído mientras Rey ladeaba la cabeza, casi quedando frente a él. Asintió y Kylo tocó sus brazos, situándolos encima de los suyos.- No sé si sientes cómo se prolongan tus dedos más allá de tu forma física… Cierra los ojos.- Rey hizo caso y sintió, dándole la razón con un tarareo.- Es la Fuerza. Y puedes usarla. Es como una tela de araña. Si no eres una, las vibraciones que hagas en la tela llamarán la atención… Pero, si aprendes a moverte con ella….- Dijo, rotando sus brazos hasta posarlos encima de los de ella, apresando sus manos y guiando sus dedos.- Fluirás y nadie se dará cuenta, al menos hasta que hagas un movimiento muy violento.
-¿Debo aprender a fluir?
-Sí, pero lo haremos aquí. No cuando estés fuera.
-¿Qué debo hacer hoy?- Preguntó ladeándose un poco más, sintiéndole cerca de sus labios. Abrió los ojos perezosamente, encontrándole allí, embobado al observarla.
-Hoy debes intentar no verme en tu cabeza. No pensar en mí…- Y se acercó un poco más a sus labios, rozándolos con suavidad.- Sé que va a ser complicado… Pero necesito, te ruego, que lo hagas. Que no pienses en mí… Yo me encargaré de recordarte que existo cuando pises esta casa.- Rey asintió con la cabeza, despacio.- También necesito que te mantengas quieta en esa "tela de araña".- Liberó uno de los brazos de la chica, llevando su mano hacia el mentón de ella, acariciándolo.- ¿Podrás hacer eso por mí?- Rey clavó su mirada en los ojos ambarinos que tenía en frente, imaginándolos en su forma humana.- Si lo haces, prometo recompensarte.
-No me lo estás poniendo fácil. – Susurró contra sus labios y sus comisuras se alzaron en una sonrisa contenida. Aquello era un juego peligroso.
-No eres tú quien se queda sin hacer nada, pensando en lo bien que se siente tu cuerpo con el mío, - Con los nudillos aun bajo su mentón, alzando su cara hacia él, acarició sus labios con el pulgar, al tiempo que su mirada parecía grabarla en sus pupilas. - en el roce de tus manos, tus caricias y tus besos, recordando tu olor y tu sabor –Rey sintió cómo se le subía el calor a las mejillas, pero no le apartó la mirada, de repente más valiente. O simplemente, queriendo escuchar todo lo que dijera sobre ella, entendiendo por qué le hacía repetir sus peticiones.- mientras aún resuenan en mis oídos los gemidos que me regalaste. – Entonces, Kylo sacó la lengua, esa lengua, y lamió con su punta húmeda del mentón al labio superior, llevándose un suspiro y haciendo que la chica cerrara los ojos antes de volver a mirarle embelesada. Él no estaba preparado para esa mirada en ella, le golpeó como un puñetazo en el pecho.
-Sí que me lo vas a recompensar, sí. – Admitió con una sonrisa, antes de bajar la mirada al té, cruzando las piernas. No servía de mucho que se duchara y se pusiera ropa limpia estando él a su alrededor, tan dispuesta a hacer que se humedeciera solo con el sonido de su voz. – A ver si hoy tengo un día tranquilo – Lo dudaba, si sus pensamientos iban de nuevo a aquel carpesano. – Y vuelvo antes de que tenga que obligarme a pensar en elefantes para no pensar en ti.
- Así me gusta, gorrión. – Le concedió antes de posar sus labios en los de la chica, como si sellaran un trato. Otro, aparentemente, de muchos que estaban por venir. Y a Rey casi le temblaban las piernas por las posibilidades que se extendían ante ella.
…
Tuvo que obligarse a sí misma a dejar sus pensamientos sobre Kylo, y sobre las sensaciones chisporreteantes que despertaba en ella, justo en el quicio de la puerta tras la que le dejaba antes de cerrar. La música alta en el coche ayudaba y, al aparcar en la plaza que tenía asignada, cuando sus ojos bajaron hacia el asiento a su lado, cayendo sobre la carpeta amarilla que aun no se había atrevido a abrir, su mente quedó muy lejos de cualquier sombra infernal, sin darse cuenta de que todas le rodeaban.
Cuando cogió los archivos, sin salir del coche, arrullada por una ligera lluvia que empezaba a caer sobre su parabrisas como si fuera una cortina que la escondía del mundo, le pesaron todos los años que llevaba sin respuestas de ningún tipo.
Había sido más fácil culparles por lo que fuera que hubiera provocado que les mataran que aceptarles como víctimas de alguien a quien tenía que descubrir. Fue más fácil culparles por dejarla abandonada que buscar los motivos por los que todo se le hacía tan cuesta arriba. Y ahora, tenía que afrontar que todo se le había hecho bola desde que era muy pequeña.
Revisó los informes primero, sólo lo escrito, evitando las imágenes que le llevaran a un recuerdo que amenazara con tirar su castillo de naipes, y las palabras claras y concisas calaban en ella como lo haría la lluvia en cuanto abriera la puerta. Ya lo había leído antes, todo eso, lo había leído mil veces. Los cristales kyber rojizos en los ojos, las encías reventadas a martillazos, las uñas arrancadas de cuajo, desollados pero con cientos de símbolos y escrituras en ellos.
Un brillante trazado de color rojo rodeaba los símbolos que parecían coincidir en las víctimas que llevaban estudiadas. Y, al final del todo, entre dos y cuatro de aquellos jeroglíficos coincidía en su totalidad con los de sus padres. Porque ahí, al final de la carpeta, habían tenido el maldito detalle de hacer unas copias de esas fotos que ahora cogían polvo en el almacén de archivos, en el cuarto de los casos que habían quedado sin cerrar.
Salió del coche, cerrando la puerta con un golpe y dirigiéndose a la comisaría, sin preocuparse en quedar empapada por la lluvia, ni saludar a la gente a su paso, yendo directa a la zona en la que sabía que encontraría a Finn y a Poe, que ni la vieron venir antes de que Rey dejara caer la carpeta sobre la mesa con más agresividad de la que merecía la situación. Sus amigos alzaron la mirada hacia ella.
-Está bien, ¿qué son esos símbolos? – Exigió saber, señalando los documentos, sintiéndose volátil. - ¿Por qué son ahora tan importantes cuando en su día parecieron un detalle marginal en la investigación? – Vio a Poe por el rabillo del ojo levantarse de su silla en una actitud tranquilizadora. - ¿Es el mismo asesino de mis padres? ¿O un imitador? – Finn también intentó erguirse, pero se quedó sentado ante la mirada de la chica. - ¿Por qué mis padres parecen el principio?
-No sabemos si lo son. – Le dijo Finn, captando su atención. – Sólo que son los primeros que deja en el lugar del crimen. Si los hay anteriores, se ha encargado de enterrarlos o esconderlos.
-O sea que mis padres sirvieron de precedente. – Concluyó. - ¿Creéis que dejar a las víctimas en la escena del crimen es una forma de humillación? – Vio que ambos fruncían el ceño. – Si al resto los enterraba o escondía, y luego dejó de hacerlo, ¿es por dejar los cuerpos en un sitio donde puedan ser encontrados, por desprecio, o por pereza?
-Es habitual en los asesinos en serie procurar cometer un error. – Le contó Finn. – Conscientes de ello o no, suelen querer terminar siendo cazados. Sólo así se termina de reconocer su obra.
-Pero…
-Rey… - Le interrumpió Poe. – Es posible que tengas que considerar el hecho de desvincularte del caso. – Aquello le sentó como un cubo de agua fría. – Las cosas se complicarán. Y si no puedes mantenerte profesional, cosa que nadie va a exigirte dadas las circunstancias, tendrás que irte por voluntad propia o te echarán.
La chica sintió como un volcán bullía dentro de ella, ardiente, destructivo, arrasándolo todo a su paso. Pero dentro de ella. Y luego, todo se congelaba antes de que se diera cuenta.
-Ni se te ocurra, Dameron. – Le apuntó con el dedo. – Este caso es bastante más mío que vuestro y nada – Punteó el carpesano sobre el escritorio con el índice. – NADA – remarcó. – va a apartarme del objetivo.
Y se fue de ahí, iracunda, sintiendo la lava resquebrajar la quietud de los miasmas que habían controlado el volcán a tiempo, dejando a sus dos amigos pasmados al pie de su escritorio que tardarían en darse cuenta de que había un par de fotos que faltaban en esa carpeta. Sin embargo, Rey sentía que las fotos forenses de los cuerpos de sus padres le pesaban en el bolsillo y ardían tanto que pensaba que, cuando metiera la mano en su busca, sólo encontraría cenizas.
Ojalá pudiera quemar los archivos de sus padres, hacerles desaparecer de la faz del horror en el que todo el mundo parecía querer mantenerles.
Sin embargo, cuando llegó a los pasillos que conectaban el laboratorio, cuando empezó a rodearla el blanco aséptico de las paredes, el zumbido constante de los fluorescentes, el susurro de las batas y el olor a desinfectante caló en ella, fue como volver a su sitio. Parte de una pequeña porción de mundo que podía controlar, cumpliendo siempre con un ritual metódico de investigación y cuidado sobre el cuerpo de alguien a quien le faltaba una última ceremonia.
Cogió aire profundamente, encontrando la calma que siempre lograba invadirla cuando entraba en su sala de trabajo, y se puso los guantes mientras se inclinaba sobre el documento de identificación que venía junto al cuerpo.
-Sly Naktii. – Dijo, dejando que la suavidad elegante del nombre pasara a través de ella, se enredara en su garganta y saliera a través de sus labios, con la facilidad con la que llevaría una conversación. – Umbarana. – Leyó en su nacionalidad antes de dirigir la mirada hacia la mujer, cuyo cuerpo estaba cubierto por una sábana blanca, dejando su rostro al descubierto. – Eso nos va a dificultar un poco las cosas. - Era una raza con la piel naturalmente pálida, incluso azul, y los ojos incoloros, y claro, eran rasgos bastante distintivos de quienes ya estaban m…
Por el rabillo del ojo pudo captar un ligero movimiento en la sábana pero, al girarse todo seguía igual. Podía haber sido una brisa del aire acondicionado. Negó con la cabeza antes de volver a su trabajo, terminando de ponerse su segundo par de guantes de látex.
Era increíble que a estas alturas de su vida le entrara paranoia con las historias de terror que se contaba con sus compañeros de carrera. Sobre los muertos que regresaban a la vida por obra y misterio de la Fuerza. Regresando en fantasmas… Otro escalofrío recorrió su cuerpo.
La diferencia era que durante los años de carrera, Rey jamás creyó en la Fuerza. Y ahora… después de TODO… Pues le resultaba difícil negarse a creer en ello. Era absurdo. Sería absurdo, de hecho.
Una fuerte bocanada de aire congeló a la chica en el sitio, de espaldas al cadáver. Una fuerte sudoración fría, haciendo constancia de la potencia del aire acondicionado, los pelos poniéndose de punta, la respiración cortándosele a ella de cuajo y los ojos abiertos como platos. Se negaba a darse la vuelta… Y bajó la mirada hacia uno de los boles donde colocaba los órganos que apartaría para examinar. El reflejo le indicaba que el pecho de aquella umbarana se estaba moviendo y Rey viró con rapidez, encarándola. Pero se encontró con algo distinto. Aquella mujer estaba quieta, totalmente rígida, sobre la mesa.
Y ella se acercó con miedo, observando el cuerpo muerto, pálido. Rezando por que el rigor mortis no le abriera los párpados o le desencajara la mandíbula… Se acercó un poco más, temerosa, hasta quedar al lado del cadáver, posicionado boca arriba.
Observó el cadáver, recorriéndolo con la mirada, abducida por ese intenso color blanco en su piel. Zarandeó la cabeza antes de adelantar las manos para sostener las tijeras con las que despojaría al cadáver de su ropa.
Observó la cabeza rapada de aquella mujer y lentamente condujo su mano hasta ella, con tal de alzarle la cabeza y poder cortar la ropa. Pero, cuando posó la mano en su frente…
Un calambrazo latigueó por entero toda su extensión, desde la mano hasta el hombro, azotándola con violencia y entonces llegando directamente a su cabeza, apuñalando su cerebro con millones de alfileres, cada uno siendo una imagen, un recuerdo que se entremezclaba y los hacía sentir como si fueran suyos.
Los ojos se le dieron la vuelta mientras aguantaba aquel torrente de emociones que la arrolló, haciendo que sus rodillas flaquearan, precipitándola al suelo mientras su mano no se despegaba de la cabeza de aquella mujer. Sin querer azotó la bandeja de la mesa auxiliar, lanzando por los aires todo; escalpelos, bisturís, pinzas… Todo desparramado mientras Rey seguía presa de todo, absolutamente todo, lo que aquella mujer estaba… estaba dándole.
Porque había tocado su cuerpo… sin permiso… Y se lo estaba dando todo.
Otro latigazo inundó a Rey, haciendo que viera imágenes surcar en diapositiva los ojos de su imaginación; una asamblea, misticismo, la Fuerza… Un ritual. Interrumpido. Un ser terrible, destruyéndolo todo. Y aquella mujer corriendo, despavorida, intentando ocultarse sin éxito de aquel ser… De aquel… hombre. Con una mirada tan gélida como el mismísimo hielo.
Otro latigazo. El horror invadiéndola. Y no dejaba de reverberar en su cabeza los gritos de dolor, la angustia, el llanto, la ira… La desesperación.
"La profecía… El Líder Supremo"
Y terminó de desplomarse, soltando al fin la cabeza de esa pobre mujer al igual que su vida la soltó a ella, a la pobre umbarana, yéndose lejos y quizá, siendo una con la Fuerza donde fuera que fuese.
Rey temblaba como un flan, aterrorizada. Llorando por recuerdos que no eran suyos pero que sintió tan reales como si lo fueran. Tenía el llanto entrecortado en su pecho, hipaba nerviosa, desconsolada. Apoyando ambas manos en el suelo mientras poco a poco se vencía hacia delante. Llorando, realmente llorando. Aguantando gritar en consecuencia a todo lo que acababa de ver, de sentir… de escuchar.
Y rindiéndose, entrando en pánico.
…
Desde que se había ido, Kylo estaba experimentando en sus propias carnes lo que era sentirse ocioso. Ocioso y con unos límites de libertad que le hacían descansar de todo lo que acarreaba a sus espaldas.
Podía deambular por aquella casa sin ningún problema. Recorriéndola, haciendo lo que le viniera en gana en aquellas paredes… Aunque lo que realmente quería estaba fuera de su alcance hasta dentro de exactamente siete horas.
Gruñó, llegando a la habitación donde el olor era más intenso. Y se dejó caer en la cama, revolviéndose entre las sábanas. Aspirando su aroma como si fuera una droga deliciosamente adictiva. Ella lo era. Su sabor lo era, su cabeza, su personalidad, todo… Era un imán para él.
Se pasó las garras por su propia piel, acariciándose los brazos, sintiendo bajo las yemas cada relieve, cada cicatriz, cada marca hecha a conciencia… Y se preguntaba cómo ella no había insistido más en ello aunque tampoco es que hubieran tenido mucho tiempo.
Tenía un recuerdo demasiado reciente de ellos dos, discutiendo hasta el límite de separarse. Su primer encuentro tampoco fue agradable… Pero sí distinto. Distinto a todo lo que Kylo había vivido.
De nuevo acarició las cicatrices, aquellas que le sobraban porque no le pertenecían… Y entonces hundió la cabeza entre las sábanas tras darse la vuelta, quedando boca abajo. Aspirando profundamente, ronroneando. Recreándose en lo que había pasado. Rogando a la Fuerza por un fin de semana entero y a solas con la chica.
Un temblor apareció en su brazo, y en sus pantalones, cuando pensó en ella de esa manera, en todo lo que podría acontecer entre ambos… Frenó sus impulsos a tiempo, manteniéndose intacto hasta que llegara, sintiendo que de esa manera lo disfrutaría más.
De un salto, salió de la cama. Poniéndose en pie y dirigiéndose, tras convertirse en humo, hacia el salón. Con las cortinas opacas corridas, impidiendo que le vieran desde fuera.
Tomó asiento en el sofá mientras sujetaba entre sus manos el mando a distancia, pulsándolo y conectando el televisor y, a la par que este, el disco duro que la chica tenía enganchado al aparato. Y empezó a vagar entre su arsenal de series, películas y cortometrajes, sin saber muy bien qué elegir cuando se le presentaba todo aquello ante sus ojos.
"Demasiadas posibilidades para gente que vive tan poco tiempo" pensó… Y se percató entonces de una realidad que no había tenido en cuenta.
Rey, sensible a la Fuerza o no, era humana. Una jodida humana con fecha de caducidad, según decía su "maestro".
Apretó el mando a distancia mientras sus ojos se centraban en la nada frente a él, Rey iba a morir antes que él. Y él tardaría eternidades en llegar a ella. La chica podía hacerse una con la Fuerza si tenía suerte, y quizá así podría verla… O no. No eran dudas que tuviera claras, su maestro no especificó en ello. Porque sentimientos como ese, el amor, no tenían cabida en su miserable vida.
Se quedó pensativo, la Fuerza sabía por cuánto tiempo, hasta que entonces sintió una opresión en el pecho que le hizo encorvarse hacia delante, llevando la zarpa allí, justo a su esternón.
Dolor. Mucho dolor, uno emocional, empezó a teñir parte de sus emociones. Y no tardó en ver que aquellas heridas que no le pertenecían empezaron a palpitar levemente. Presa del pánico se levantó de un salto, encaminándose a la puerta y vagando de un lado a otro, como un dragón de Krayt enjaulado. Totalmente nervioso.
-Rey…- Susurró, preocupado ¿Y si el General había dado con ella? ¿Y si había sido…? ¿Y si…? ¿Un accidente? ¿Algún problema que ocasionara un daño emocional en ella? ¿Y si…?
Otra pulsación y su mano se posó sobre la puerta de la entrada antes de que la retirara con violencia, quemándose con el hierro de las juntas, las clavijas y la cerradura.
-Joder…- Maldijo.
Sentía un estado de alerta activado en su pecho, palpitante, y estaba terriblemente preocupado pero no sentía ninguna amenaza. Sólo susto, uno horrendo.
Gruñó, dando una vuelta más. Llevándose las garras a la cabeza con desesperación. Completamente nervioso y fuera de sí. Aguantando un grito de angustia.
¿Salir derrumbando la casa… o aguardar por una falsa alarma?
No quería usar la Fuerza para llegar hasta ella. Sentía que le delataría ante sus enemigos… Y decidió esperar con una exasperación terrible.
…
-Mantenga la bolsa de hielo en su cabeza. Pronto vendrá un taxi a por usted.- Habló una de las secretarias del laboratorio.
-Estoy bien, no será necesario un taxi…- Gruñó Rey con rabia. Viendo que aquel numerito iba a ser otro puntito negro a la vista de sus superiores. Primero el cadáver, luego que la encontraran desplomada en el suelo, llorando a llanto vivo con todo el material quirúrgico desperdigado por el suelo, contaminado. Los ojos de Finn y Poe pesaban en ella más que la Estrella de la Muerte.
-Podemos llevarla nosotros. Finn puede ir con el coche de la chica y yo con el…- Habló Poe pero la secretaria cortó el discurso.
-Si van a hacer cualquier cosa, avísenme. No puedo tener al del taxi en vilo…
-Les he dicho…- Gruñó Rey, dejando la bolsa de hielo sobre el mostrador, con rabia.- Que estoy perfectamente.
-Perfectamente cansada.- Puntualizó Finn.- ¿Seguro que estabas en condiciones de venir a trabajar?
-¡Sí!- Insistió. Pero la secretaria negó con la cabeza mientras la miraba con ojos compasivos.- Estoy bien…
-¿Quiere que prepare una cita con su superior para tratar el tema de una baja por…?
-¡He dicho que estoy bien!- Gritó, dando un manotazo a la mesa.
-Estás histérica, Rey. – Le dijo Finn. Ella se giró, ofendida. No esperaba esa respuesta de él. Y abrió la boca dispuesta a contestarle como si la hubiera delatado. Pero al verle bien mientras elegía las palabras, vio la preocupación en las arrugas de su frente. – No sé si ha sido por la mudanza o por el caso, o una mezcla de ambos. Pero no lo estás llevando bien.
- Puedo perfectamente con ello. – Le rebatió, jodidamente preparada para luchar por su validez en el cuerpo de la investigación.
-Eso no lo he puesto en duda. – Se acercó a ella, cogiéndola de la mano, anclándola al momento, al aquí-y-ahora. – Digo que se te han acumulado cosas y que la velocidad a la que va todo no te ha dejado tiempo para ir tragando poco a poco.
-Pero… - Intentó volver a rebatirle, sintiendo cómo perdía fuerza ante las razones que acababa de darle.
- Pero nada. – De un tirón, la arrastró hasta él y le dio un abrazo que le quitó del todo las ganas de luchar ante su comprensión. – No pasa nada, Rey, es natural. – Y, sin que Rey se diera cuenta, miró a Poe y le hizo un gesto que este entendió perfectamente, abriendo la puerta del taxi y pagando al conductor.
-Vale. – Accedió ella. – Pero no mováis el coche. Mañana vengo a por él. – Dijo, apartándose de su amigo y yendo hacia el coche.
-Ni de coña. – Saltó Poe, llamando toda su atención, de nuevo dispuesta a luchar porque mañana sí pudiera trabajar. – Mañana te recogemos. – Y calló de golpe. Ambos la estaban sorprendiendo. Asintió ligeramente con la cabeza antes de cerrar la puerta y dejarse llevar a casa, antes de lo planeado.
Cuando vieron la carrocería amarilla desaparecer en la curva de la carretera, Finn y Poe se miraron, extrañados.
-No me puedo creer que haya cedido. – Dijo el segundo, anclando los pulgares en las hebillas del pantalón, sin darse cuenta de que Finn le miraba como si estuviera diciendo que no entendía por qué dos más dos sumaban cuatro.
-¿Es que no me has oído por cada vez que te he dicho que estaba mal? – Se giró para volver de nuevo al trabajo, encarando la comisaría. – A veces, creo que no me escuchas. Pilotas lo suficiente para que lo parezca pero en realidad – Gesticulaba exagerado mientras su amigo le seguía, mirando de vez en cuando hacia dónde se había ido Rey. – en realidad tienes la conciencia justa para no morirte respirando. – Se giró hacia Poe, pillándole distraído. – Mírate. – Le dio un puñetazo suave en el hombro, desequilibrándole y llamando su atención de nuevo. - ¡¿Me estabas escuchando?!
…
-Perdone. – Rey se echó hacia delante en el asiento trasero del taxi, llamando la atención del conductor, que apenas se ladeó para escucharla. - ¿Podría parar en la farmacia que hay a unos metros? Puedo ir a mi casa desde ahí.
-Lo siento, señorita. – Se ladeó un poco más para verla un segundo con cara de circunstancia. – Me han pagado y me han dado orden expresa de dejarla en la puerta de su casa.
Rey se dejó caer sobre el asiento, cruzando los brazos con un mohín enfurruñado. "Maldito seas, Dameron". Siempre paga un poco más para conseguir lo que quiere y la mayoría de las veces apenas llega a poder cubrir el alquiler con derecho a cocina que está a una llovizna de ser conquistada por el moho.
Apenas se molestó en despedirse del conductor cuando divisó la casa, gris, con los postigos granates y el porche con escaleras y sitio para aparcar el coche que ahora permanecería vacío. Tenía la sensación de que, sólo por ese detalle, algo no iba bien. Era como ver los márgenes de la realidad ondularse, como cuando hace demasiado calor y puedes ver el aire sobre el asfalto. Y, al abrir la puerta, no le dio tiempo a registrar la idea de que entraba. La garra de Kylo agarró su muñeca y tiró de ella hasta esconderla en su pecho, guareciéndola ahí, entre sus brazos y hundiendo la cara en su hombro.
Rey se quedó pasmada un momento, tardando un par de segundos en reaccionar y rodeándole con los brazos antes de dar una patada a la puerta para cerrarla. No se había dado cuenta de cuántisimo necesitaba su abrazo. No era sólo un abrazo. O el abrazo de un amigo. Debía ser un abrazo suyo.
De esos que te meten en las costillas del otro. De esos en los que se te calma el corazón y respiras más lento, te permites cerras los ojos y hacer un lazo con el hilo que une tu corazón al suyo. Y ella se quedó ahí, pasando sus manos con suavidad a lo largo de sus espalda, adivinando sus cicatrices con las yemas de los dedos, acariciándole y consolándole sin saber qué le había pasado, por qué aquel gesto en lugar de algún comentario ingenioso o divertido… Y encontrando ella también su propio consuelo, disfrutando de la fuerza con que la tenía apresada.
-Kylo. – Ladeó la cabeza, buscándole, aun hundido en su cuello, enmarañando su pelo. Le besó la sien, llamándole, requiriéndole de nuevo con ella, sin dejar de pasar los dedos por la piel de su espalda. - ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?
No le dio tiempo a decir ni una palabra más antes de sentir que era alzada en vilo y tuvo que abrazar sus caderas con los muslos para no caerse mientras él los llevaba a ambos al sofá, dejándose caer con ella sentada a horcajadas sobre él y sus bracitos rodeando su cuello, sintiendo la necesidad del demonio por tenerla segura, por sentirla real y con él.
Rey intentó erguirse, solo un poco, para hacerle alzar la cara hacia ella y pasar los dedos por su pelo, de su frente a la nuca, peinándole y echándole la cabeza hacia atrás para poder besar su nuez, como quiso hacer desde la primera vez que le tuvo en su cocina. Esta vez, se sentía lo suficientemente cómoda para hacerlo. O, al menos, lo que sucedió anoche, legitimaba por completo sus actos sin que tuviera un solo motivo para sentirse culpable por un gesto así.
-Ha habido un momento en el que no sabía si te habían encontrado, si te estaban haciendo daño o te estaban matando. – Le contestó antes de que tuviera que volver a preguntarle. – Pero he sentido tanto dolor en ti que he estado a punto de echar esto abajo. – Confesó mientras la chica recostaba la cabeza en el hueco de su cuello.
-Entonces, la casa y yo te agradecemos que hayas sido capaz de esperar por mí. – Le acarició la piel sensible con la nariz y debía reconocer que copiar sus gestos era realmente interesante, que sacaba un placer especial en guardar su olor en los pulmones.
-No habría podido aguantar todo el tiempo que te quedaba de jornada, Rey. – Ella se quedó quieta un segundo. – Me estaba desesperando. – Muy, muy quieta. Mientras su corazón se aceleraba. – Sé que te ha pasado algo pero no podía hacer nada por ayudarte. – Sentaba demasiado bien escuchar esa preocupación por ella en alguien. Fuera o no con intenciones poco altruistas. Era bastante más de a lo que había tenido que acostumbrarse. – No es qué me ha pasado a mí, sino a ti.
Rey respiró pausadamente, completamente recostada sobre su pecho, viendo cómo alzaba una de sus garras y la llevaba a su cara con una delicadeza que parecía completamente ajena a él, acariciando su mejilla con la yema del pulgar… Con cuidado de no sacarle un ojo.
-No sé qué ha pasado. – Admitió con la voz queda. – Esperaba que tú me lo pudieras aclarar, de hecho. – Porque si había algo que le encantaba de él, aunque a veces fuera un arma de doble filo, es que siempre le decía la verdad. – Ni siquiera sé cómo contarlo. – Ni siquiera había podido pensar en ello tras el ataque de pánico que la había tenido agazapada en una esquina de su sala, llorando a lágrima viva y gritando. – En la comisaría piensan que estoy enloqueciendo, como mínimo.
-Intenta contármelo tal y como ha pasado, pequeña. – Rey se removió para apretarse aun más contra él, como si eso la fuera a proteger de una experiencia semejante, y él se reacomodó, permitiéndoselo… Sin importar lo mucho que su cuerpo volvía a reclamarla ahora que la sentía a salvo en sus brazos.
-Fue nada más sostenerle la frente a esa umbarana, un paso tan simple como ese. Y fue como meter un tenedor en el enchufe. Sentí que me inmovilizaba el brazo y me atenazaba el cuerpo entero. Dolía y quemaba pero todo estaba frío. Di con las rodillas en el suelo cuando sus recuerdos se unieron a los míos. – Se irguió y le miró a los ojos, buscando alguna claridad. Pero él sólo la miraba, por una sola vez, sin una expresión en el rostro. Y ella supo al instante que era por no preocuparla, pero conseguía todo lo contrario. Quería decir que sabía de qué le estaba hablando, o lo adivinaba. – Pero no los recuerdos de toda su vida, sino los últimos. Era una sacerdotisa de un culto que no he visto nunca. Y estaba con otras en una especie de ritual que no entendía. Sabía que entendía las palabras que decían aunque no hubiera oído su lengua nunca, porque era la suya. Y ahora soy incapaz de decirte de qué iba la cosa. – Volvió a recostarse sobre él, sabiendo que, en la medida que le fuera posible, Kylo no iba a decirle nada con la mirada. – Luego, una sombra horrible se cernió sobre ellas. Una sombra a veces negra, y otras blanca y casi corpórea con los ojos pequeños y negros como canicas. Y lo peor fue el final. – Un escalofrío recorrió su espalda y las caricias de Kylo se reanudaron, intentando alejarlo todo. – El miedo, el dolor, la desesperación. Era como una parálisis del sueño, en medio de una pesadilla, pero elevada a la enésima potencia. – Cavó los dedos en su cuello, abrazándose a él con más fuerza. – Y joder… Sentí la soledad absoluta de esa mujer, una angustia que se salía por todos los márgenes y se desbordaba. Y cuando logré soltarme, me sentía tan horrorizada, tan sola…
-No estás sola. – Y como si sintiera la necesidad de reafirmarse, apretó aun más la presa de sus brazos en torno a ella y su cuerpo tembloroso por los peores motivos posibles. – Podía pasar. – Dijo de repente para sí mismo, haciendo que ella frunciera el ceño, confusa. – Mucho estaba tardando en manifestarse la Fuerza de alguna forma. – Alzó la cabeza hacia el techo y las paredes haciendo que ella también mirara a su alrededor, buscando lo que fuera que él encontrara. – Debe ser esta casa, que te ha ayudado a contenerte.
- Pero qué ha pasado. – Exigió saber. - ¿Cómo que estaba tardando mucho? ¿El qué? – Kylo volvió a mirarla, alzando de nuevo la zarpa hacia su cara y pasando el pulgar por su pómulo sembrado de pecas, queriendo borrar esa mirada preocupada.
-La Fuerza, cuando nos toca y se mete en nosotros, tiene formas muy diferentes de manifestarse, dependiendo de cada uno, potencia unas cosas y anula otras, abre caminos y deja caer los velos que protegen al mundo. – Ella le escuchaba desconcertada y con un brillo de admiración en sus pupilas que Kylo sentía no merecer. No cuando podría haber vivido tranquila si no se hubiera tropezado con él, sin peligros inminentes, demonios, la Fuerza, tratos vinculantes y pactos de vida. – Y, en tu caso, ha resultado ser una especie de clarividencia, como si se hubiera abierto un canal de comunicación espiritual.
-¿Qué? – Fue lo único que salió de su boca. - ¿Cómo un médium? – Había visto esa clase de películas y le parecía un sacrificio que no le compensaba a nadie. – No puede ser. – Dijo como si hubiera una manera de devolverlo, como si fuera una camiseta con un roto. – No puedo hacerlo dado mi trabajo, me… - Alzó los ojos, buscando la palabra. – Me drenaría.
-Al contrario. – Ella le miraba asustada. – Si la Fuerza te ha dado esa habilidad, te harás fuerte con ella. – Cogió su carita con ambas manos, con cuidado, acercándola a él y depositando un beso que pudiera relajar ese ceño fruncido. – Sólo tienes que saber si pide de ti que seas médium o psicopompo. – Y bajó sus labios para besarle la punta de la nariz, sintiendo cómo sus manos le agarraban las muñecas. – Mientras la Fuerza te acompañe, será lo correcto.
-Estoy asustada. – Confesó, cerrando los ojos, acariciando la cara interna de sus muñecas con los pulgares, mientras esperaba el siguiente beso sobre sus labios.
-Sería antinatural que no lo estuvieras. – Le concedió, recorriendo su carita con los ojos, grabándola en su memoria como si pudiera hacer un mapa de sus facciones para cuando ya no pudiera verla. – Pero yo estoy aquí, contigo. – Cabeceó, rozando su piel con la nariz antes de acercar sus labios a los de ella, sin llegar a besarla. – No te voy a dejar sola, te enseñaré. Te ayudaré.
Y entonces sí, posó sus labios sobre la suavidad de los de la chica, encontrando el alivio que ambos buscaban justo en ese preciso segundo, acariciándose antes de jugar con sus lenguas, buscando un anclaje en la boca del otro mientras sus estómagos se caían de vértigo como si un hilo tirara del corazón hacia abajo. Rey abrazó su cuello y él su cintura, colando las manos por debajo de su camiseta, disfrutando de la sedosidad de su piel sin mácula ni cicatrices, sintiendo la forma en la que ella se quedaba dulce, deshecha y mansa contra él, y sonriendo contra su boca.
…
Había sido pura suerte, es verdad. Pero jamás lo admitiría ante el Líder Supremo.
Hux había estado peinando la zona, una más entre millones. Y cuando había empezado a llover, supuso que debía dejar la caza. Porque la lluvia, daba igual si la caza era animal o de otra calaña, tendía a emborronarlo todo. Y él podía respetar ese poder.
Pero entonces, justo en ese momento en el que él desistía de encenderse un cigarro, calándose hasta los huesos y escondido en la oscuridad de un callejón, había podido verla, limpia y clara como un faro en la tormenta. Poderosa.
Más que verla, había podido sentirla.
Luego, había abierto la puerta de su casa. Y no la cerró lo suficientemente rápido como para no visualizar quién la esperaba al otro lado. Otra fuerza lo suficiente potente como para no ser mitigada por una estructura de hierro más tiempo del que fuera preciso.
Y él acababa de dar con su escondite, con la madriguera del Vulptex, con la cueva del dragón.
Empezó a girar sobre sus talones pero entonces percibió un movimiento por el rabillo del ojo, y se mantuvo quieto un segundo, dejando que la cortina de lluvia cayera sobre sus hombros, hasta que vio la puerta abrirse de nuevo. Salía la chica. Con un paraguas rojo. Sería difícil no seguirla, pensó subdividiendo su conciencia y dejando una parte de sí mismo justo donde estaba, a unos metros de la puerta de esa casa.
Se mantuvo a toda la distancia que pudo mientras veía a la muchacha cruzar la calle con el paso rápido y entrar en la farmacia del barrio. Un bocadito demasiado apetecible como para no esperarla. Aunque las órdenes fueran no tocarla, ni acercarse siquiera a rozar un solo pelo de su cabeza, si la encontraban.
…
Kylo se quedó de nuevo solo en casa. Rey se había ido tras un "No tardo nada, voy a comprar un par de cosas", separándose de sus brazos, provocándole un frío terrible que se le pegó al cuerpo con una intensidad molesta. Tumbado, en el sofá, gruñendo mientras clavaba la vista al techo y cerraba los ojos, buscando serenarse… Hasta que todos sus sentidos captaron algo. Y abrió sus orbes amarillentos con temor, escuchando atentamente mientras todo su ser empezaba a entrar en estado de alerta.
Allí estaba ese olor, una fuerza oscura… Un calor propio de las llamaradas acechantes del fuego que ese condenado pelirrojo solía desprender. El General…
Kylo se irguió, sentándose, cuando sintió un silencio pesado provenir desde la madera del porche. Una anulación terrible, un punto final inminente. Y trató de serenarse pues estaba seguro de que el General era capaz de escuchar su corazón, latiendo desesperado junto a su respiración descompasada.
Un sudor terriblemente frío y molesto le inundó cuando escuchó los pasos finales posarse frente a la puerta… Y Kylo contuvo el aire, controlando su Fuerza y haciéndola desaparecer, invisibilizándola. Estaba incluso temeroso de moverse tan solo un milímetro… Hasta que un siseo providente del General le hizo bajar sus escudos un poco, observando la puerta desde el salón.
Afinó su oído y escuchó al pelirrojo maniobrar con la puerta, con el pomo, intentando abrirlo pero de nuevo siseó, quejándose… Y allí estaba. Ese olor a carne quemada. Kylo dejó escapar el aire, inconscientemente, en un alivio que le supo a gloria, condujo sus ojos al techo, surcando la estructura de la casa… Los cimientos, el hierro. Si él no podía salir implicaba también que nadie, absolutamente nadie, de su condición podría tampoco entrar.
Un golpe seco en la puerta, llamando su atención, le hizo ponerse alerta de nuevo, levantándose del sofá.
-Sé que estás ahí dentro, bastardo condenado… Puedo olerte.- Kylo tragó saliva ante el susurro contundente del General, que se clavaba directamente en su cabeza.- Puedo sentirte…- Y el moreno rápidamente subió al piso de arriba, sin hacer ruido, llegando al baño. Sabía lo que tenía que hacer, el General estaba afinando sus sentidos y, de momento, no había dicho nada que le hiciera pensar que estaba fuera de su letargo. Debía bloquear su presencia hasta que el General desapareciera... Entonces escuchó sus pasos alejarse lentamente y Kylo rodó los grifos de la bañera, llenándola mientras intentaba no delatarse sensorialmente.- Tienes suerte, Ren. Dentro de toda tu desdicha, todavía tienes a la suerte de tu parte…- El moreno, siguió controlándose. Manteniéndose emocionalmente en una negación absoluta, azarado por que el General descubriera su punto de flaqueza, que intuyera quién era la propietaria de la casa, de quién se trataba exactamente, lo que era para él…- Pero pronto volveremos a estar en igualdad de condiciones.
Cerró el grifo una vez tuvo la bañera completamente llena y se despojó de su ropa antes de hundirse en el agua, escuchando el ruido propio del vacío, de la nada, inhabilitándose y suprimiéndose de la perspectiva del General. Y aguardó, forzándose a estar tranquilo.
Cerró los ojos y sencillamente flotó junto al agua.
…
La Fuerza sabía cuánto tiempo llevaba frente a ese condenado estante, repleto de cajas de mil colores. Tenía varias opciones entre manos, observándolas y releyendo las indicaciones que indicaban las peculiaridades y características de los preservativos que albergaban, sintiendo que por mucho que leyera, no estaba llegando a ninguna parte.
-¿Puedo ayudarla en algo?- Una voz suave habló a sus espaldas, haciendo que Rey virara la cabeza para encarar a la abedneda que atendía en la farmacia.
-Ehm, sí…- Respondió la chica, dándose la vuelta completamente para poder encararla y mostrarle sus dos opciones.- ¿Cuál de estas cajas es la que tiene los XL?- Habló sin tapujos, mostrándoselas, enfundándose un valor que desapareció con la farmacéutica le devolvió una mueca de sorpresa y cierta envidia.- ¿Tienen… esos tamaños, no?
-¿Los quiere de sabores?- Preguntó la abedneda, tomando las cajas y observándolas.
-No…- Respondió con dudas. Entonces la abedneda se dirigió hacia el estante de donde Rey había cogido los preservativos, dejó ambas cajas en su sitio y entonces se alzó de puntillas para coger los que estaban más arriba.
-Entonces llévese estos.- Dijo, tendiéndole el paquete mientras Rey lo sujetaba con ambas manos, sintiendo cómo los ojos de la farmacéutica recorrían su cuerpo… Y pudo percibir, quizá a través de la Fuerza, todas las preguntas que se estaba haciendo la abedneda, sacándole un sonrojo.
-De acuerdo…- Aclaró sin apartar los ojos de la caja, no estaba preparada para hacer frente a la mirada que estaba dedicándole aquella mujer. Metió el paquete en la pequeña cestita que había cogido para poder llevar diversos paquetes de pastillas para el dolor de cabeza y ansiolíticos que podían conseguirse sin receta médica.
-¿Lo tiene ya?- Preguntó y Rey asintió.- Pues pase por caja.
De vuelta a su casa, pasó por el supermercado para hacerse con algo para la cena y comida de mañana, al igual que reponer las galletas y hacerse con un nuevo té, propio del supermercado. Subió por el porche, deteniéndose frente a la puerta, accionándola con la llave hasta que posó la mano en el centro del portón para abrirlo… Sintiendo algo, algo condenadamente concentrado, fuerte y terriblemente oscuro. Como aquella sombra que vio en la cabeza de la pobre umbarana.
Accionó la entrada y se quedó parada en el recibidor, cerrando la puerta tras de sí y encontrándose un silencio sobrecogedor, dándole la bienvenida. Rey frunció el ceño.
-¿Kylo?- Pronunció sin obtener respuesta. Viró la cabeza hacia la puerta a sus espaldas, ya cerrada, empezando a entrever una paranoia avecinándose en su cabeza ¿Y si le había pasado algo? No era normal…- ¿Kylo? Ya estoy en casa.- Insistió, deteniéndose ante el marco que abría paso al salón, viendo que no estaba donde le había dejado cuando se había marchado a comprar. El sofá estaba vacío.
Rey dejó las bolsas en la entrada, junto a la mesa donde depositó las llaves antes de subir por las escaleras, quizá dirigiéndose al estudio donde podría encontrarle pero, entonces, una leve brisa de fuerza tironeó de ella, haciendo que girara la cabeza hacia el baño. Achicó los ojos antes de avanzar con un paso lento y desmesuradamente temeroso.
-¿Kylo…?- Preguntó de nuevo, sin obtener respuesta, quedando frente a la puerta abierta del baño. Llevó la mano al interruptor y prendió la luz, alumbrando la estancia y encontrando que la bañera estaba llena hasta arriba de agua… negra.
Tragó saliva, caminando hacia allí. La oscuridad del agua le impedía ver más allá, era como si alguien hubiera vertido tinta en el agua, ennegreciendo la transparencia del agua hasta volverla opaca.
Se arrodilló, depositando ambas manos en el borde de la tina, observando su interior, intentando visualizar si contenía algo. Temiendo conducir la mano al agua por lo que pudiera suceder. Achicó los ojos, sin obtener un mejor resultado de lo que había conseguido hasta ahora y decidió llamarle una vez más. Cuatro.
-¿Kylo?
Dos orbes amarillos se iluminaron bajo el agua antes de hacer que una figura emergiera de la misma, saliendo y dándole un susto a la chica, sacándole un grito desgarrador desde el centro de su pecho, reculando y llevándose la mano al corazón, viéndole allí. Empapado y abstraído.
Kylo recobró el aire poco a poco, lentamente. Sin llegar a figurarse cuánto tiempo había pasado allí dentro. Sus ojos bajaron al agua y de allí se condujeron hacia la figura de Rey, quién le dio un leve puñetazo en el hombro.
-¡Capullo! Qué susto me has dado.- Le riñó, enfadada.- ¿Tú sabes toda el agua que gastas llenando una bañera? ¡Jolín, Kylo! ¿Era necesario que…?- Pero empezó a rebajar su humor cuando vio que el pobre demonio estaba, cuanto menos, preocupado. Y empezó a contagiársele.- ¿Qué pasa?- Él parpadeó antes de cerrar los ojos y dejar caer ambos brazos dentro del agua. Volvía a estar tranquilo, Rey conseguía hacer que estuviera completamente relajado. Y no sabía hasta qué punto aquello era un inconveniente.
-He tenido que anularme.- Rey achicó los ojos y fue a seguir preguntando hasta que él recondujo el tema.- ¿Hace mucho que has vuelto?
-No, acabo de llegar.- Rey se puso en pie, observando la bañera y luego le apuntó con el dedo.- ¿Todo eso es suciedad?- Kylo parpadeó, virando la cabeza hasta mirarla.- Porque como me digas que sí…- Él frunció el ceño.- ¿Pretendías hacerlo conmigo sin protección estando así de sucio? Eres un poco guarro…
-No es suciedad, pequeña.- Rey ladeó la cabeza, dudándolo.
-¿Entonces?- Volvió a arrodillarse a su lado, llevando un dedo a la superficie.- Es muy… Opaco.
-Siempre me ha pasado.- La chica sumergió el dedo y Kylo no apartaba la vista de sus gestos, observándola. Rey hundió media mano para luego sacarla y ver que aquella oscuridad, aquella masa negra, no dejaba rastro en su piel.- ¿Qué has comprado?- Ella alzó los ojos, encontrándose con los de él. Tan penetrantes y tan intensos.
-Provisiones, medicinas… Y algo que nos va a permitir hacer más cosas de las que hicimos ayer.- Kylo sonrió de medio lado, apoyando ahora ambos brazos en el borde de la bañera, depositando su cabeza sobre su antebrazo y observándola a ras de sus cejas.
-Pues cuando quieras, pequeña.- Rey le devolvió la sonrisa y se le ensanchó cuando Kylo bajó los ojos a sus labios.- Me muero de ganas por ver qué tan bien llegamos a encajar.
Y su corazón se saltó un latido ante el tono penetrante que usó Kylo para decir aquello, casi en un ronroneo. Y ella se venció un poco hacia delante, haciendo que el demonio se reacomodara para facilitarle el beso y, cuando sintió que ella estaba demasiado cerca, provocando que se ladeara, entreabriendo los labios para recibirla, Rey se detuvo y le contempló desde allí. Admirándole.
Bajó sus labios hasta su mentón y le dio un suave beso antes de levantarse mientras él se quedaba en la bañera.
-Dejo la compra y subo en seguida.- Susurró con una cadencia que a Kylo se le erizó cada resquicio de piel.
-No tardes demasiado… No hagas que baje a buscarte.
Y le sonrió como respuesta, marchándose hasta el piso de abajo mientras Kylo se hundía una última vez, antes de destapar la tina y salir de allí, secándose con una toalla que atrapó del estante más cercano.
Rey empezó a colocar la compra en su respectivo lugar, apartando los preservativos que luego se llevaría arriba, a su habitación. Estaba ansiosa y con una sensación de anticipación golpeándole el estómago hasta que su teléfono vibró, llamando su atención. Desbloqueó la pantalla y tuvo que apoyarse en la encimera ante aquel mensaje del laboratorio, concretamente de su superior, que golpeó su cabeza.
Se había quedado bloqueada, enganchada en la cocina con el teléfono en la mano, los ojos desorbitados y la mandíbula desencajada mientras sus ojos se llenaban de lágrimas lentamente.
El tiempo pasaba y Rey no conseguía reunir el valor para moverse hasta que una voz susurrante atacó su oído con un siseo que le provocó un leve respingo.
-Te dije que no me hicieras bajar a por ti…- Su lengua se plasmó con sensualidad a lo largo de su cuello, surcando su trapecio hasta llegar a su oído.- Voy a hacértelo pagar, pequeña.- Y mordió con suavidad, intentando captar su atención… Hasta que él captó algo, deteniendo sus caricias en ella.- ¿Rey?- Abrazó su cintura desde su espalda, aferrándola a la silla.- ¿Qué pasa, pequeña? ¿Por qué estás tan triste?
Ella sencillamente alzó el teléfono, dejándoselo a la altura de sus ojos. Kylo leyó el pequeño texto y tragó saliva antes de abrazar más a su pequeña. Sintiéndose terriblemente ruin al alegrarse por lo que acababa de leer y, a la vez, condenadamente enfadado.
