Segundo Arco: "Simple and Painful"

Capítulo 4. Detuned Piano

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"Palabras venenosas que se adhieren a su corazón como enredaderas espinosas. El presagio de un sacrificio futuro le es revelado por un monstruo vinculado a una joya maldita. En ese hogar no hay espacio para la esperanza, ya no más."

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"− Maestro, ¿puedo irme a dormir?"

Su pequeña y suave voz apenas rozó las paredes frías de la cúpula. Eran casi un suspiro penoso, un ruego en la oscuridad donde su luz parecía extinguirse, pálida y enferma, ante el poder que recorría su cuerpo como una maldición. Nooroo estaba sufriendo, sintiendo como horrorosas sensaciones se escurrían entre sus brazos y piernas, hasta llegar a sus alas, y dar vueltas en su cabeza.

Esa magia tan horrible que lo estaba inundando con cada pócima nueva que su portador le obligaba a tomar desde hace tiempo atrás comenzaba a formar torbellinos dentro de su pequeño pecho, dándole descargas dolorosas, provocándole ardor en los ojos, un calor impenetrable en su violeta piel que parecía querer prenderse en llamas.

La expresión de Gabriel no cambió. Su rostro impasible se mantuvo firme mientras sus ojos se tornaban más oscuros, llenos de ira y frustración que apenas cabían dentro de sus cuencas. Nooroo se sintió intimidado por esa aura llena de maldad contraída y sin más, le dio una mordida a la nuez ennegrecida que su amo le ofrecía.

Sus dientes castañearon y desde el fondo de su garganta rasguñada salió un chillido intenso que le llegó al fondo de su atormentada alma. Sin embargo, para los oídos de Gabriel, no era más que un sonido molesto.

"− ¡Nooroo, transfórmame!"


Las fauces furiosas del fuego consumían la madera de olivo con rabia insaciable. Parecía rugir como un dragón hambriento mientras avanzaba sin reparo entre las paredes del gran templo del techo del mundo, como si su valor fuese trascendental, aburrido, insulso. El lugar parecía gritar en busca de auxilio no para sí mismo, sino para sus hijos.

El suelo estaba empapado de sangre inquieta. Tan rojiza como el color en los ojos de la bestia que se abría paso entre los cuerpos arrojados sobre las baldosas de madera corroída, casi chamuscada. Su forma era nebulosa, opacada por la bruma humosa y negruzca que no dejaba entrever su terrible simetría. Sus pasos pesados se oyeron como tamborileos que hicieron retumbar todo el templo.

Se detuvo, interrumpido por la presencia de un alma solitaria que no debería encontrarse allí. Se volteó.

Adrien despertó con el rostro empapado de sudor y el cuerpo temblando de frío. Intentó incorporarse, pero el repentino dolor punzante en su cuello hizo que se quedara quieto, quejándose en silencio.

No estaba en su cama.

Poco a poco, su aturdida visión logró encontrarse con la razón por la que sus mejillas se sentían rígidas y mojadas. Frente a él, una cápsula metálica se mantenía firme y helada. De pronto, sintió ganas de vomitar.

No hizo más que voltearse y arrastrar su cuerpo a pocas tientas un par de pasos lejos. Su estómago revuelto se vació sobre el césped mojado, pequeñas y mortales arcadas lo hicieron temblar de pies a cabeza mientras el ardor en sus ojos rojos provocaba pequeñas lágrimas de impotencia. Se sentía asqueado, sucio y estúpido. Un breve sentimiento de ira lo llenó de pronto mientras trataba de controlar las nauseas que no lo dejaban respirar con normalidad.

Sintió una pequeña palmada en la espalda, lo suficiente fuerte para darle un poco de alivio y lo normalmente pequeña que solía ser.

"− Ya, ya. Tranquilo, cariño. –" La voz de Plagg llegó a su cabeza como un eco pesado. Una mala sensación lo invadió desde la punta de sus cabellos, como si su cabeza no pudiese encontrarse tranquila luego de percibir ese tono diferente en su kwami. – No te sobre esfuerces a ti mismo o terminarás muerto.

Con los nervios en el centro de su corazón, Adrien se alejó del kwami negro a rastras, encarándolo mientras retrocedía en una dirección diferente. El miedo lo azotó como una ventisca, recorriendo su cuerpo e internándose en su pecho.

"− ¿Quién eres? –" Su voz rasposa por el ardor en su garganta apenas fue un murmullo atolondrado y audible. El kwami abrió la boca para responder sin tomar muy en cuenta su acción, es más, sonrió. Adrien lo interrumpió aun sin haber comenzado a hablar. "− No eres Plagg, ¿quién eres?"

"− ¿Cómo que quién soy? −" Arqueó una de casi sus invisibles cejas. "− Me parece que estás muy alterado, cariño. Trata de tranquili…"

"− ¡Plagg jamás me diría «cariño»! ¡Él…−" Adrien casi se muerde la lengua mientras las palabras se enredaban unas con otras a causa de sus nervios. "− ¡Él vomitaría antes de llamarme de ese modo!"

Su respiración agitada se convirtió en el único ruido. Aquel impostor que se hacía llamar Plagg guardó silencio, con la misma sonrisa que inquietaba al corazón de Adrien, a quien la sensación de un mal presentimiento y el terror repentino infundido en su cuerpo limitaban sus pensamientos. Con la mente llena de una revelación tras otra, sentimientos encontrados que se inclinaban a la ira y a una profunda tristeza, Adrien olvidó incluso como caminar.

Todo en su cuerpo dolía. La mente se le estaba quemando como si se tratara de la madera de esa pesadilla extraña y el corazón…

Oh, su corazón…

Carcomido, luchando por no ser roto, uniendo los pedazos con una terquedad sangrante.

"− Je, je, je, je… −" Una vaga, pero traviesa risa hizo eco en las paredes de metal. La figura de Plagg comenzó a deformarse, tornándose azul en donde antes había pelaje negro y negro en donde solían estar los ojos verdes. Sus pupilas engrandecieron, convirtiéndose en orbes rojos y brillantes que resaltaban de toda aquella fisonomía. "− Me descubriste. ¡Que listo, que listo!"

La voz del kwami azul se distorsionó, llevándose los fragmentos que caracterizaban a Plagg para reemplazarlos por una voz suave y aguda.

Adrien se quedó quieto, observando embelesado el repentino cambio de gato a pavo real. El plumaje a las espaldas del kwami se asemejaba a la decoración del Miraculous de Le Paon. Tragó saliva.

"− Es imposible que estés aquí. −" Sentenció. "− Plagg dijo que tú…"

"− Plagg es un parlanchín que dice muchas cosas, tu lo sabes más que nadie, ¿a que sí? −" El kwami voló, rompiendo la distancia, casi rozando con su pequeña cara la punta de la nariz de Adrien, observándolo con un deje de fascinación mal disimulada. "− Asombroso. Esos ojos verdes, el cabello rubio… Incluso el olor de tu alma, todo es tan parecido a ella que quisiera llorar."

Sus palabras resultaron extrañas para Adrien. Hizo retroceder kwami con la mano, aun sintiendo que no debería siquiera tocarlo.

¿A qué se refería con eso? ¿De alguna manera conocería a su madre?

"− Tú…"

"− ¡Oh! Mi nombre es Duusu. Mucho gusto, cariño mío. Aunque yo ya te conocía."

"− ¿Me conocías? −" Pensó por un instante en el significado de esas palabras que, hasta ahora, eran las únicas que sentía lógicas. Pero, ¿por qué? "− Un momento, ¿tú eras parte de esos sueños extraños que he estado teniendo?"

Ante su pregunta, Duusu aplaudió con una pequeña sonrisa. Sino fuera por el aura extraña (casi perversa) que destilaba el ser, Adrien creería que no se trataba más que de un kwami cualquiera, pero tanto su presencia como su mera existencia eran casi imposibles según su propio conocimiento y el de Plagg.

"− ¡Correcto! Sí, siempre he estado allí cuidando tu sueño. Tenía muchas ganas de hablar contigo como ahora, Adrien. Eres un niño especial, tan, tan, tan especial…"

"− Creo que te estás confundiendo −" La actitud extraña del pequeño pavo real estaba inquietándolo. Comenzaba a preocuparse por la ausencia de… "− ¿En dónde está Plagg?"

"− No te preocupes, él nos está esperando."

Su respuesta no hizo más que engrandecer su preocupación. ¿Le habría pasado algo malo a su kwami? Porque Adrien no podía quitarse ese amargo sentimiento del pecho. Comenzó a incorporarse, sintiendo como sus piernas temblaban, entumecidas y un poco rígidas. Al principio le costó mantener el equilibrio, casi mareándose conforme se levantaba, evitando con la mirada la cápsula a menos de dos metros de su cuerpo que parecía llamarlo como un hechizo.

"− ¿Qué quieres decir con eso? −" La angustia en su pecho comenzaba a tornarse dolorosa. Miró en diferentes direcciones, intentando ubicarlo sin éxito. "− ¿Plagg? ¡Plagg!"

El rostro impasible de su madre lo volvía cada vez más difícil.

Llevo sus ojos a su mano derecha, justo sobre el dedo índice cuando un escalofrío se posó sobre este sin aviso. No había nada, el anillo del gato negro había desaparecido sin más. No recordaba habérselo quitado y sin embargo, su ausencia estaba marcada por el tacto frío de una absoluta nada.

Sin el anillo, Plagg…

Plagg…

"− Ya te dije, cariño. Nos está esperando. −" Duusu extendió su pequeña mano hacia él, pero bastó para hacerlo sentir intimidado. "− Esta conversación sólo nos incumbe a nosotros dos. Ese gato negro no está incluido. No tolero a los mentirosos como él."

"− ¿Mentiroso? −" Preguntó ofendido. "− Plagg puede ser todo, menos un mentiroso. Dime qué hiciste con él."

Duusu borró la sonrisa de su rostro tan pronto como la respuesta de Adrien llegó. Retiró su mano, que hasta ese momento había quedado ignorada por el humano y frunció el ceño con molestia.

"− Estás rodeado de hipócritas, Adrien. Personas que te ocultan cosas importantes frente a tus narices; fingen y mienten sin poder evitarlo porque es parte de su naturaleza mordaz. −" El gran salón se puso frío de repente, como si la temperatura hubiese descendido de golpe hasta cierto punto en el que Adrien pudo sentir su piel erizarse y su aliento entreverse como vapor. Todo pareció volverse más oscuro incluso y para su visión humana fue casi imposible distinguir las formas que tenía delante. Duusu emanó una luz azulada, casi como un destello pálido que cobraba fuerza poco a poco y se tornaba cada vez más fuerte y oscura. "− Tu padre es el rey de los embusteros, ¿no lo crees? Cubriéndote los ojos ante una verdad tan monstruosa como la que se oculta debajo de tus propios pies, desviando la mirada porque no soporta el peso de sus pecados y la decisión que marca un nuevo capítulo en este arco. Yo he venido a despertarte Adrien, porque hasta ahora haz estado durmiendo bajo el velo de una realidad simple y dolorosa."

No supo qué decir. Tampoco tuvo tiempo de pensarlo. Un libro repentinamente apareció frente a sus ojos, iluminando la penumbra con su brillo puro y casto. Las páginas corrieron con la misma rapidez de un parpadeo y entre ellas se abrió paso un capítulo en especial de aquel grimorio antiguo.

Miles de imágenes se desprendieron del papel y rodearon a Adrien con un nuevo brillo violáceo, pero frente a él se mantuvo el dibujo del poder absoluto. La imagen de un hombre siendo poseído por el poder de la creación y la destrucción que Adrien ya conocía. A cada uno de sus costados, letras en algún código extraño se alzaron.

"− El poder absoluto… Sé que mi padre quiere conseguirlo a través del Miraculous de Ladybug y Chat Noir. −" Las palabras salieron de su garganta sin pensar. "− También sé la razón tras su deseo, pero…"

"− Él quiere traer a tu madre a la vida. No hay una explicación más sencilla que esa."

"− Lo sé. Pero para que ella pueda volver, alguien más debe morir. Y yo… No puedo permitir que eso pase. No es correcto, por más que quiera tenerla de vuelta." – Apretó los puños con frustración, con la mirada baja y el corazón palpitando con lentitud.

La sonrisa de Duusu regresó junto a la risa que rebotó en el aire.

"− No puedes permitirlo porque no tienes opción, cariño. −" Su expresión se ensanchó cuando observó la mirada sorprendida que Adrien había levantado ante ella. "− No me digas, ¿ni siquiera se te ha pasado por la cabeza?"

"− ¿El qué…?"

"− Todo deseo tiene un sacrificio acorde; para traer a la vida a un ser querido, debe ofrendarse la existencia de otro con semejante importancia." – Sus palabras se tiñeron de veneno, aferrándose al niño frente a él, cuya mirada pareció romperse en un exacto sentimiento de aflicción con destellos de conmoción. Miró complacida como Adrien tuvo que dar dos pasos atrás para conservar el equilibrio. "−Tu padre planea sacrificarte para traer a su esposa de regreso."

Esa última frase remató en el pecho de Adrien. El corazón palpitante sólo aceleró su marcha con desesperación, temiendo que su dueño de repente colapsara en el suelo.

"− No. Eso no…"

"− Es por eso que vine a ti, Adrien. Para evitar ese sacrificio. – Duusu revoloteó a su alrededor, acercándose a su oído. "− No quiero que mueras."

"− Estás mintiendo."

"− Yo nunca miento, cariño. Odio a los mentirosos."

El peso de sus palabras continuaba desafiando su equilibrio. Adrien sólo podía mantener su mirada fija en la figura del poder absoluto mientras su mente comenzaba a encajar las piezas del rompecabezas con velocidad, a veces equivocándose en el proceso.

¿Es por eso que Gabriel era tan distante con él? ¿Esa era la razón por la que veía en sus ojos el atisbo de añoranza entremezclado con culpabilidad? Los abrazos cortos que se tornaban en distancias largas, las palabras frías que entumían su pobre alma, la ausencia marcada que se había apegado a él como una garrapata sedienta de su vitalidad. En ese momento, Adrien sintió como todo se apilaba alrededor de ese simple y doloroso motivo que, de un momento a otro, no parecía tan descabellado.

Todo deseo tiene un sacrificio acorde.

¿Él, quien había dado todo para verlo feliz de nuevo, aunque fuera con agendas absurdas y exigentes, calificaciones altas obtenidas a través de tantas madrugadas sacrificadas, iba a ser sacrificado?

"− No te creo. −" La esperanza a la que se había aferrado era sólo una pequeña y débil raíz en el suelo árido. "− Aun si es verdad que mi vida es el sacrificio a cambio de la de mi madre, mi padre… Él no debe saberlo."

"− Hablas como si estuvieras absolutamente seguro de ello, ¿no lo crees?" – Las dudas ya estaban allí, sólo hacia falta sembrarlas en el fondo de su humano corazón.

"− Tu también."

"− Eso es porque desde el primer momento en que Gabriel Agreste abrió el libro, yo estuve presente para comprender los anhelos que lo habían llevado a la desesperación. −" Las imágenes se deformaron, dando paso a la silueta de un hombre al que supo reconocer como su progenitor, proyectándose como una memoria. "− Su mente rígida se transformó cuando la magia apareció ante él y cuando supo que el poder absoluto podría devolverle aquello que más amaba, no lo pensó dos veces antes de aceptar cualquier condición que se le impusiese. Sin importar cuán dolorosa, cruel o devastadora que fuese."

La silueta de Gabriel comenzó a desvanecerse con brusquedad hasta extinguirse por completo junto a las luces moradas. Nuevamente, sólo quedó la brillosa esencia de Duusu iluminando ahora el rostro de Adrien.

"− Yo…"

"− Tu conoces la verdadera naturaleza de tu padre, Adrien. Un hombre que no necesita contemplaciones para pasar sobre quien deba de pasar para obtener sus deseos. Tú no eres la excepción; sólo eres un medio. El medio para traer a Emilie de vuelta.

"− Basta. −" La cabeza comenzó a darle vueltas.

"− Te está mintiendo, Adrien. No sólo acerca de esto."

"− ¡No me interesa! ¡Cállate! −" Se tomó los cabellos con dolor. Un pitido agudo se clavó en el centro de su cabeza y llegó hasta sus sienes, extendiéndose más allá.

"− ¿No te interesa saber qué fue de tu madre antes de su muerte?"

"− ¿Qué? −" Se incorporó fugazmente, pero Duusu ya había desaparecido, al igual que el dolor de cabeza que parecía haberse disipado como si nunca hubiese existido. − ¿Duusu? ¡Oye!"

La oscuridad volvió a llenarlo por completo con su abrumador silencio.

Entonces despertó.

Tomó una bocanada profunda de aire y sus pulmones gritaron de alegría. Adrien sintió la espalda adolorida y la cabeza pegada contra la superficie rugosa del césped en donde se encontraba recostado. Su vista tardó en enfocarse, distinguiendo un pequeño manchón negruzco que volaba frente a él mientras parecía entornar su nombre simultaneas veces. Sus brazos se movieron automáticamente, ayudándolo a incorporarse bajo la mirada preocupada de Plagg que veía a su portador abrumado, totalmente pálido y asustado.

"− ¡Ya era hora, chico! −" Se le acercó lo suficiente para palmarle una mejilla, intentando ayudarlo con el aturdimiento. La piel de Adrien estaba fría, su rostro hecho un desastre por las lágrimas secas de un llanto que casi le había parecido eterno. "− Estaba comenzando a pensar que tendría que sacarte de aquí a rastras."

"− ¿Plagg? ¿Eres tú?"

"− ¿Pues quién más es tan tonto como para seguirte hasta aquí? ¡Claro que soy yo!"

Adrien levantó su mano derecha, observando el anillo plateado que descansaba en su índice. Soltó un suspiro, pero la angustia latente en su cuerpo continuaba allí, presente. A pesar de que no parecían haber rastros de Duusu en el lugar, Adrien no se sentía seguro acerca de que fuese completamente un sueño.

Eso era lo peor.

Caminó hacia la salida con pasos lentos, tomándose el tiempo para volver a reconectarse con cada parte motora de su cuerpo. Se sentía perdido, como un niño alejado de su hogar. Plagg lo siguió en silencio sin más comentarios, observando de reojo a la cápsula que Adrien había ignorado a pesar de haber llorado toda la noche por su contenido.

No tuvo la valentía de preguntar por qué.


Adrien cerró la puerta del cuarto de control con cuidado antes de darse la vuelta. La penumbra de la noche se había disipado y la luz fría de la mañana apenas iluminaba el recibidor, pero fue suficiente para ver el desastre que se había montado en el centro de las escaleras, aquellas donde se encontraban esparcidos pedazos de vidrio y madera destrozados, nadando entre escalones y descendiendo hasta el suelo donde se hallaba parado.

El retrato del aniversario luctuoso de su madre se encontraba hecho añicos sobre el piso de baldosas relucientes.

Observó las piezas desordenadas que llegaban hasta sus pies como un camino de espinas. Adrien pensó, muy dentro de sí mismo, que era una ironía poco encantadora. No hizo más que avanzar a través del trayecto libre, subiendo los peldaños fríos cuya temperatura se fundía con la planta de sus pies. Se arrodilló frente al marco destrozado, aquel que parecía haber sido desprendido de la pared con rabia animalesca. Sobre la pared relucía el espacio vacío que había dejado la ausencia del retrato, ahora no era más que un hueco cualquiera cuyo significado había sido arrancado sin previo aviso.

"− Chico…−" Plagg voló frente a él, con las orejas gachas y la mirada tristona clavándose en su persona. Adrien le sonrió.

"− Es mejor que nos vayamos mientras todos piensan que estoy dormido."


Cuando Adrien dijo que se irían a la habitación, Plagg creyó que el chico iría directamente a la cama, al baño o incluso al sofá. A llorar, reflexionar, lo que fuese mientras pudiese cuidarlo de cerca. Sin embargo, aquello no sucedió. Adrien ignoró la puerta de su dormitorio y siguió de largo hasta el nuevo salón de música donde se había instalado el piano. A pesar de ser casi de mañana, las cortinas prohibían el paso a las primeras luces matutinas, por lo que el lugar se encontraba turbio y, aunque no era difícil ver más allá para los humanos, la sensación de oscuridad no daba buena espina. El único chico se sentó sobre el banquillo frente al gran instrumento negro y sus yemas rozaron las teclas desnudas; el recuerdo fugaz de un día de ensueño se reflejó en su mente como un espejo y la melodía simplemente corrió a través de todas su fibras y cartílagos, como una descarga eléctrica.

Tocar sintiéndose libre.

Sin embargo, esa acuosa, casi intangible libertad se desvanecía en el lamento único, desgarrado y, a veces un tanto dramático, de su herido corazón. Punzadas que retumbaban a la par de una canción desconocida, que no existía. Porque así se sentía Adrien, solo y perdido en la lejanía de un sueño vacío y gris, que a veces arrojaba destellos de luz, embriagadora e hipnotizante, que se extinguía tan pronto como el tacto de sus dedos amenazaba con inmiscuirse en el aire que la rodeaba.

El sonido de una lacrimosa sinfonía se arrastraba como polvo en la habitación, tomando impulso del aire que sus pulmones liberaban mientras la rigidez de sus dedos y la frialdad de su pecho se convertían en una manta abrigadora para su alma.

Dolía.

Oh, como dolía.

Ese dolor que se sentía tan ajeno y que sin embargo se había convertido en tan suyo. Ese pesar que no le correspondía pero que se había apegado a sus arterias. La sangre no fluía al cerebro, entonces el corazón se encargó de trabajar sin él.

Un sonido chirriante se balanceó de tecla en tecla, como un lamento colérico que destruía todo lo bueno, todo lo dormido para dejarlo despierto.

Adrien se alejó del piano al mismo tiempo en que este se derrumbaba contra el suelo como si sus patas fueran estalactitas. Las teclas volaron para impactarse en las baldosas, de una manera tan irreal que Adrien tuvo que parpadear dos veces antes de escuchar el grito de Nathalie llamándolo ante el gran estruendo.

Un susurro casi inaudible se filtró y acarició sus tímpanos.

"− No necesitas nada de la mujer que 51-13 23-33-35-43-29-49-27."

23-29-23-15 51-27
15-49-13-35-15-51-45-51-25
49 35-27


¿Holaaaaaa? ¿Alguien sigue aquí?

Antes que nada: una disculpa. Esta vez el periodo de actualización tardó más y en parte fue mi culpa por no manejar bien mis horarios.

En fin, aquí está el cuarto capítulo y vamos avanzando. Cambié el formato de la historia un poco en cuanto a extensión y diálogos porque me preocupaba que a algunos no se les presente cuando están hablando y cuando no. Ahora el capítulo es un poco más corto para que la lectura no sea tediosa o aburrida, mi miedo más grande xd.

Recuerden, todo a su tiempo. :D

Ya estamos cerca de acabar este arco para entrar a mi favorito (ahre todos son mis favoritos pero el que sigue… UFFFF) (mejor no ando prometiendo nada jaja)

Bueno, eso es todo por mi parte. Nos vemos en mayo, antes de la temporada de exámenes finales para que no se me vaya de las manos la actualización.

¡Gracias por leer!