Gracias por los reviews, los alertas y favoritos.
Gracias por el review, Ross :D, también agradezco a Sara Génesis Laid-Back, que me comentó el capi en el grupo en Facebook.
Capítulo sin beteo así que, de antemano, disculpen cualquier error que se me haya escapado.
Disclaimer: La saga Crepúsculo pertenece a Stephenie Meyer, yo solamente me divierto con sus personajes, ya que me enamoré de ellos. Esta historia es una idea mía y ahora la comparto con ustedes.
Capítulo 10 — Ella y Yo
POV Edward
Entré en la habitación con cuidado de no hacer ruido. Alice seguía junto a Bella, estaba de pie al lado de su camilla, acariciando el pelo de su amiga.
— Sigue dormida — susurró.
— Kate cree que su mente se está protegiendo de lo sucedido, por eso no se despierta, además que su cuerpo está fatigado por lo sucedido, hay marcas de las manos de aquel infeliz en su cuerpo, ella, sin duda, intentó huir y él utilizó su fuerza para controlarla.
— Lo mataría si tuviera la oportunidad — dijo ella con rabia.
— Casi lo mato, si no es por Jasper que me detiene — le confesé.
— Saber de eso me hace muy feliz, espero que lo hayas dejado con muchas magulladuras — dijo en un susurro.
— Eso creo — le contesté.
Alice se quedó unos minutos más, pero decidió ir al apartamento de Bella recoger algo de ropa y sus productos de higiene personal. Sugerí que Jasper la acompañara, no quería que estuviese sola, pues sabía que todo lo sucedido la tenía muy afectada, y ella no puso oposición, señal de que realmente estaba conmocionada; mi amigo seguía en el hospital ayudando a Garrett a descubrir más cosas sobre James, salí brevemente de la habitación y lo llamé y expliqué la situación, algunos minutos después él y Alice se fueron dejándome a solas con mi Bella. Puse una silla que estaba arrinconada a la pared junto a la cabecera de su cama y viéndola dormir empecé a recordarme del momento en que ella entró en vida.
Era el año de 2013, tenía 22 años y llevaba cuatro años cursando la carrera de medicina en la universidad de Chicago, ya no vivía con mis padres, tenía mi propio apartamento cerca de la universidad, un regalo de ellos por mi aceptación en la escuela de medicina. Viví toda mi vida en Chicago, mis padres eran de una pequeña ciudad llamada Forks y cuando los dos fueron aceptos en la universidad de Chicago, él para cursar medicina, y mi madre pedagogía, ambos decidieron casarse y trasladarse para allí. Yo todavía no nacía cuando mis abuelos por parte de padre murieron en un accidente aéreo, los padres de mi madre, ya jubilados, y no soportando la lejanía de sus hijas, ya que mi tía Carmen, mayor que mi madre dos años ya vivía en Chicago, decidieron ir a vivir cerca de donde estaban sus hijas, así los lazos que los unían a Forks fueron deshechos, ya no habría motivos por lo que volver a la ciudad. Con el tiempo Carmen se casó con Eleazar Denali, lo conoció en su primer año del curso de medicina, puede sonar cliché pero la medicina está en mi sangre literalmente.
Tras algunos años de matrimonio Eleazar y Carmen tuvieron que asumir la responsabilidad de criar a la sobrina de Eleazar que se quedó huérfana a los 2 años de edad, y esta era Kate, los dos la adoptaron, mi tía en aquel entonces tenía 22 años y ya era madre de Tania que tenía cuatro años, según mi madre fue toda una confusión cuando me tía anunció que estaba embarazada a los dieciocho años, recién empezaba la universidad, pero ella y mi tío superaron las dificultades y lograron salir adelante. Kate en poco tiempo se aproximó de sus padres adoptivos y empezó a llamarlos padre y madre, Tania idolatraba su hermana menor. Algunos años después mis tíos e hijas se fueron a vivir en Seattle por una gran oportunidad de trabajo que recibieron, con mis padres y abuelos seguimos viviendo en Chicago y en las vacaciones íbamos a visitarlos o ellos lo hacían yendo a Chicago.
Fue en el año de 2013 que mis padres cansados de vivir en una ciudad tan grande como Chicago, decidieron ir a vivir en un sitio más tranquilo y eligieron volver a Forks, mis abuelos por parte de madre ya habían muerto dos años antes, así que nada les prendía a Chicago, ni yo, que tenía mi vida independiente de ellos. En pocos meses mis padres encontraron una hermosa casa cercada por un bosque y la compraron, mi padre consiguió trabajo en el hospital de Forks, que según él, era la mejor manera para terminar sus años como médico. El traslado sucedió en mi periodo libre de clases, así que me fue con ellos para conocer la ciudad y descansar de los estudios. Forks era una ciudad pequeña y pintoresca, cercada por bosques en el medio de las montañas Olympic.
Cierto día volvía para la casa de mis padres tras llevarle a mi padre unos documentos que él había olvidado en casa, cuando me encontré con una vieja camioneta naranja aparcada junto al arcén, llovía a cantaros, yo apenas podía distinguir una pequeña figura vestida con un impermeable amarillo que miraba el motor del coche. Detuve el Mercedes de mi madre justo de tras de la camioneta, bajé del coche, abriendo el gran paraguas que traía en el banco trasero y me aproximé de la figura.
— ¿Puedo ayudar? — Pregunté, haciendo que la persona pegara un brinco, por lo visto la inspección del motor la tenía muy concentrada para no darse cuenta de mi presencia. — Lo siento no quise asustarte — me disculpé —, solamente vi el coche y pensé que, tal vez, pudiera ayudar en algo.
La figura se volvió despacio y casi me quedo sin aire al verla, era una chica, una hermosa chica de grandes ojos marrones, piel tan blanca que podría decir translucida, una oscura mecha de pelo mojado por la lluvia estaba pegada a su mejilla derecha, los labios carnosos estaban morados por el frio y la exposición a la lluvia. Ella me contemplaba con sus ojos marrones sin decir palabra, pero luego pareció volver a sí, dejándome escuchar su dulce voz.
— No hay problema, gracias por detenerte, creo que el motor se estropeó.
— En esta lluvia no vas conseguir arreglarlo.
— Lo sé, pero mi celular quedó sin batería y no podía llamar a nadie, resolví intentar antes de ponerme a caminar — explicó ella, abrazándose con los brazos, debía de llevar un buen tiempo bajo la lluvia, me aproximé y puse mi paraguas sobre ambos.
— Gracias — dijo sonrojándose.
— Por nada. Puedo dejarte a donde ibas — le ofrecí.
— No te conozco — soltó.
— Soy nuevo en la ciudad. — Ella asintió. — Edward, Edward Cullen — me presenté tendiéndole mi mano derecha, ella miró mi mano por algunos segundos, sopesando si debía o no darme la oportunidad.
— Bella, Bella Swan — dijo tomando mi mano, y entonces algo sucedió, una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo cuando nuestras pieles se tocaron y pareció que ella sintió lo mismo porque pegó otro brinco y me miró extrañada, separando su mano de la mía, para luego sonrojarse nuevamente.
— Es estática, por la lluvia — dije.
— Por supuesto.
— Entonces, ¿aceptas que te lleve?
Ella parecía recelosa.
— Soy hijo del nuevo médico del hospital — expliqué —, no soy ningún tipo de acosador.
— Y yo soy la hija del jefe de policía, así que si piensas en hacer algo, debes saber en dónde te estas metiendo — avisó con seriedad.
— Esto es un sí, entonces, no te preocupes, estás segura — contesté, intentando no reírme. — ¿Necesitas buscar algo dentro del coche? — Me certifiqué.
Ella asintió, bajó la tapa del motor y caminó hasta la puerta de la camioneta, quitó las llaves y tomó una mochila azul del asiento de acompañante. Caminamos hasta mi coche y yo le abrí la puerta para que se sentara.
— Voy a mojar todo el asiento — dijo, mirando el banco.
— No hay problema, es solamente agua — le contesté.
— Si tú lo dices — murmuró y entró en el coche.
— ¿A dónde vas? — Pregunté cuando me senté al volante.
— A mi casa. — Dijo simplemente y luego añadió: — sigue por la carretera, cinco quilómetros a frente hay una entrada a la izquierda.
Seguí sus indicaciones.
— Es la tercera casa de la calle — avisó cuando encontré la entrada hacia la izquierda, adentrado en una calle con pocas casas de un lado y el otro era todo tomado por una gran extensión de bosque.
— Estás entregue en tu casa, señorita Swan — dije deteniendo el coche delate de su hogar.
— Gracias, siento por el trabajo que vas a tener para secar el asiento — se disculpó.
— Mi trabajo será poco, considerando que si siguieras bajo la lluvia podrías haber contraído una neumonía — respondí.
— Te preocupas demasiado por la salud de una extraña — contestó.
— Son gajes del oficio — expliqué.
— ¿Eres médico? — Indagó mirándome con admiración.
— Todavía no, pero dentro de algunos años más terminaré la carrera.
— Felicitaciones, entonces. Quiero hacer enfermería — informó, con una mirada brillante y una sonrisa soñadora plantándose en sus labios. Era hermosa, naturalmente hermosa y eso me encantaba.
— Entonces seremos compañeros de profesión.
Ella asintió.
— Eso espero — musitó tímidamente.
— Yo también — dije sin percibir que no solamente pensaba.
Ella me miró algo sorprendida, pero luego sonreí.
— Gracias, nuevamente, Edward. Nos vemos — Dijo bajándose del coche.
— Por nada, cuídate.
Ella pone los ojos en blanco y sonriendo camina hacia la entrada de su casa. La miro caminar de espaldas a mí por algunos segundos más, luego doy partida en mi coche y vuelvo a mi casa pensado en la dueña de aquella hermosa mirada chocolate.
Una semana se pasó para que yo pudiese encontrarme con Bella nuevamente, y lo increíble, es que siendo Forks pequeña como es, no me la encontré allí, sino en Port Ángeles. Estaba en una librería intentado encontrar una lectura nueva para distraerme en mis últimas semanas de vacaciones, cuando la veo entrar en la tienda, llevaba una blusa blanca con escote en uve, pegada a su cuerpo, delineando su busto y cintura, y una falda larga color azul, el pelo, del que solamente había visto una mecha mojada, ahora estaba suelto, era marrón, con rizos suaves cayendo hasta la cintura, si antes ella ya me tenía prendado, que decir ahora que la veía en su esplendor total. La vi caminar mirando las repisas con atención, parecía que no veía nada más a su alrededor.
— Hola nuevamente, Bella — musité a sus espaldas, haciendo que se asustara.
— ¿Me vas a asustar cada vez que nos encontremos? — Cuestionó, volviéndose para mirarme de frente.
— Lo siento, es que cuando estás concentrada te apartas del mundo — le dije sonriendo.
— ¿Qué haces aquí? — Preguntó.
— Busco un libro para pasar el tiempo en mis últimas semanas de vacaciones. ¿Y tú?
— Solamente mirando a ver lo que encuentro.
— Entonces podremos mirar juntos — sugerí, ella asintió. — ¿Has venido en tu camioneta? — Pregunté, imaginando que tal vez el viejo automóvil no soportara un viaje tan largo.
— No, vine con una amiga, que está en una tienda de ropa calle abajo.
— ¿Por qué no te quedaste con ella?
— Ella sabe que siempre que salgo tengo que entrar en una librería y como ella no tiene paciencia para esperarme mientras miro todo con calma, me da mi tiempo, después nos reuniremos — explicó.
— Ah, entonces no te gusta salir de compras — afirmé.
— No para comprar ropas — aclaró —, mucho menos si es con Alice, que es incansable.
Empezamos a caminar mirando las repisas, comentando uno que otro libro, a ella le encantaba los clásicos de la literatura inglesa y hablaba con desenvoltura sobre sus libros preferidos, justificando las acciones de personajes como Heathcliff de Cumbres borrascosas. Según Bella, Catherine, era el origen de todo el problema, pues al traicionar sus propios sentimientos, prefiriendo a Linton en detrimento a Heathcliff, o sea, eligiendo una vida de lujos y no una vida sencilla pero llena del amor, ella hiere a Heathcliff profundamente y el dolor lo hace vivir para vengarse de todos a su alrededor que de alguna manera le causaron daños físicos o emocionales. Con su egoísmo Catherine sentenció dos vidas, la suya propia y la de su amado. Su interpretación de la obra y de sus personajes fue tan coherente y apasionada, que yo, que siempre culpé a Heathcliff por su maldad terminé por darle razón, era imposible no hacerlo, después de verla defendiendo su punto de vista de manera tan vehemente.
— Aquí estás tú, Bella — escuché decir una voz cantarina tras nosotros.
— Hola, Alice — contestó Bella girándose hacia la voz.
— Hola — saludó la chica mirándome, ella era bajita, tenía el pelo negro liso cayendo a la altura del mentón y los ojos azules eran vivaces.
— Hola — retribuí.
— Alice, te presento a Edward, fue él quien me ayudó cuando mi coche se estropeó la semana pasada. Edward, ella es Alice, mi mejor amiga — nos presentó.
— Mucho gusto, Edward… — dijo la chica, utilizando un tono interrogativo y alargando mi nombre con la intención de que le dijese mi apellido.
— Cullen — completé. — El gusto es mío, Alice… — le seguí el juego.
— Brandon — contestó sonriéndome. — Un momento, Cullen es el apellido del nuevo médico del hospital de Forks.
— Es mi padre — le digo.
— Bella, ¿cómo se te olvidas decirme eso?
— Lo siento, Alice, no pensé que te fuera interesar este detalle.
— Es que conocí el doctor Cullen hace dos semanas, mi padre trabaja con él — explicó Alice.
— ¿Tu padre también es médico? — Le pregunté.
— Sí, es cirujano ortopedista en el hospital.
— ¿Y tú también deseas seguir la misma carrera?
— No, lo mío es la enfermería, así como Bella — dijo mirando su amiga con una sonrisa cómplice. Bueno, por qué no continuamos esta charla tomando un capuchino — sugirió.
— Buena idea — concordé.
— No tienes por qué acompañarnos, Edward — empezó a decir Bella —, debes tener asuntos propios a los que resolver.
— No tengo nada por hacer ahora, me encantaría conversar con ustedes — le contesté.
Pagamos por los libros que escogimos, ella llevó un ejemplar de Villette, escrito por Charlotte Brontë, hermana de la autora de Cumbres Borrascosas, y yo compré Cien años de soledad de Gabriel Garcia Marques. Salimos de la librería y nos dirigimos a un café justo enfrente a la tienda de libros, ordenamos nuestros cafés y nos acomodamos en una mesita para cuatro.
— Disculpe preguntar, Edward, pero ¿cuántos años tienes? — Quiso saber Alice.
— Veintidós ¿Y ustedes?
— Dieciocho.
Asentí, por lo menos ella ya era mayor de edad, pensé aliviado.
— ¿A qué universidad piensan asistir? — Inquirí.
— La de Seattle — respondió Bella.
— Mi hermano mayor ya está allí, y nos ayudará a adaptarnos — explicó Alice.
Charlamos por casi cuarenta minutos, con Alice ocupando gran parte de la charla, lo que no me importaba porque sus ocurrencias eran divertidas y nos hacía reír a Bella y a mí. Yo aprovechaba la oportunidad para mirar a Bella, ella sonreía con naturalidad y cada vez que nuestras miradas se encontraban ella desviaba la suya con el rostro sonrojado.
— Bella, todavía tengo que recoger un encargo que hizo mi madre en la tienda de tejidos al otro lado de la ciudad — empezó a decir Alice —, probablemente voy a tardar algún tiempo ya que planeo mirar algunos tejidos para mí también, sé que me acompañarías, pero también sé que lo haces por mí y que lo odias, así que decidí ser buena hoy y a librarte de ésa.
— Alice, vine contigo — le señaló Bella.
— Y puedes volver con Edward. ¿Verdad, Edward? — Indagó guiñándome un ojo.
Esa chica ya estaba en mi lista de personas favoritas.
— Por supuesto — contesté mirando a Bella.
— Entonces todo arreglado — zanjó Alice. — Bueno, les dejo porque todavía tengo que manejar algún tiempo hacia la tienda y no quiero coger mucho tránsito.
— ¡Alice! — Exclamó Bella mirándola sugestivamente, su mirada claramente decía: "¿cómo eres capaz de hacerme eso?"
— Te llamó por la noche, Bella — le dijo la chica mientras la abrazaba, haciendo oídos sordos a su exclamación. — Fue un placer, Edward — dijo tendiéndome su pequeña mano.
— Igualmente, Alice.
Ella se fue y nos quedamos a solas, Bella me miraba constreñida, por lo obvio que resultó las intenciones de su amiga.
— No te preocupes, quería estar a solas contigo — le revelé.
Ella se puso roja, pero me sonrió.
— Si no tienes prisa por volver, podríamos caminar por el parque un poco — sugerí.
— Es una buena idea — contestó.
Fuimos al parque que no quedaba muy lejos de donde estábamos, con cinco minutos de caminata llegamos a él. En el lugar había muchas familias haciendo picnic, niños jugaban a la pelota, otros alimentaban los patos en el lago.
Caminamos algunos minutos en silencio, cuando encontré un banco apartado de la gente, la invité a sentarse.
— Sabes, estoy muy feliz de que tengas dieciocho años — empecé a decirle —, pensé que tuvieras dieciséis o diecisiete.
— ¿Por qué?
— No sé decirlo, pero el hecho que estuvieras empapada por el agua de la lluvia con aquella gran capa envolviéndote, cubriendo tu cuerpo, hizo con que evaluase mal y también está que no utilizas maquillaje, eso te hace ver más joven. — Concluí.
— No — negó ella con la cabeza sonriéndome —, ¿por qué estás feliz de que tenga dieciocho?
Me reí con ella por mi equívoco de interpretación a su cuestionamiento. Controlándome y mirándola fijamente a los ojos le contesté:
— Pues que me alivia la consciencia saber que estoy interesando por una chica mayor de edad.
Ella puso los ojos en blanco y enseguida sus mejillas se volvieron rojas, era adorable.
— No dejé de pensar en ti desde el día en que nos conocimos — continué a decir —, pasé toda la semana esperando a que nos encontráramos por la ciudad, pero no sucedió, no podía ir a tu casa, pues no tenía ninguna disculpa para aparecerme en tu puerta y mira lo que sucede, siendo Forks tan pequeña, nos encontramos en Port Ángeles, que es mucho más grande.
— También pasé toda la semana pensando en ti — musitó ella, alegrándome.
Una mecha de su pelo cayó en la lateral de su rostro y yo erguí mi mano para ponerla detrás de su oreja, la sentí contener el aliento al toque de mi piel con la suya, ella me miraba con los ojos vidriosos, los labios rosados entreabiertos, una clara invitación, que yo acepté al instante; aproximé mi rostro al suyo y rocé nuestros labios en una caricia suave, sentí su aliento en mi boca cuando ella suspiró; delicadamente empecé a besarla, ella me correspondió, sus labios eran suaves y sabían a ella, sí, a ella porque el sabor era único. Con mi lengua toqué sus labios suavemente y ella abrió su boca dándome permiso para profundizar el beso, y fue ahí que algo ocurrió, nos volvemos feroces, hambrientos por más, nos besábamos en tal sincronía que era como si lleváramos toda la vida haciéndolo y solamente nos apartamos cuando el aire empezó a escasear.
— OWWW... — Jadeé.
— Eso fue increíble — jadeó ella a su vez.
— Sin duda, nena.
Nos miramos y sin más que decir nos reímos, sin en ningún momento apartar nuestras miradas, que contemplaban el rostro del otro. No sé lo que ella veía en mi rostro, pero imagino que debía de ser una réplica de lo que yo veía en el suyo, pupilas dilatadas y brillantes, labios rojos y húmedos por los besos que compartimos, no resistí a esta imagen y la envolví en mis brazos, tomando nuevamente sus labios con los míos, y así fue como todo empezó.
Por fin empezamos a descubrir algo sobre el pasado de nuestra pareja y lo seguiremos descubriendo ;)
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Saludos llenos de cariño, ¡gracias por leerme! Hasta el próximo domingo ;)
Jane Bells
