Yao fue llamado por el director de la escuela de Artes ¿Para qué? Anya no tenía la menor idea, pero Yao estaba algo consciente.

-Señor Wang Yao –dijo el director, un hombre de unos cuarenta años.-

-Dígame ¿Qué quería hablar conmigo? –dijo, más serio de lo normal.-

-Me llegó un rumor, supuse que era un rumor porque creerlo de usted es sorprendente, en los años que lleva trabajando aquí no me ha dado ninguna preocupación –hizo una pausa y tomó agua-: me dijeron que estás involucrado con una alumna.

Yao quedó frío, realmente no se imaginaba quien pudo haberlos delatado, sabía que los que sabían de su relación no harían nada en contra suya, entonces ¿Quién pudo haber sido? El chino no supo que responder. Supuso que si era tan valiente para decir que era verdad, pensó en lo que podía ocurrir con Anya si lo admitía. Trató de mentir, aunque siempre le había costado.

-No, señor director… Creo que lo que le han dicho no es verdad, probablemente se trata de otro –tenía mucho miedo mientras hablaba, quizás le habían dado pruebas concretas y no se lo había dicho.-

-Está bien, Yao –sonrió-: sabes que cualquier cosa debes comunicarnos inmediatamente, aquí se te dará todo el apoyo posible para resolver algún problema que se te presente.

Yao no confiaba del todo en lo que el director le decía, todos sabíamos lo que había pasado con Francis. El director evitaba tener problemas, mas porque era una Facultad de carácter internacional. Realmente, si él confesara algo alejarían a Anya de él, la llevarían a su país de origen y probablemente no podría volver a verla. El chino pensaba en este fatalista escenario mientras salía de la oficina del director, pensando en qué le diría a Anya… ¿Terminaría su relación luego de esto?

-Yao –interrumpió sus pensamientos una voz dulce y familiar.-

-Anya –dijo él, algo desanimado.-

-¿Qué fue lo que pasó?

-Hablemos esto después, en dos horas… Ya sabes donde ir.

La rusa asintió y se separó del chino caminando por los pasillos de esa gran escuela, según su horario ya no tendría más clases en ese día, por lo que fue a buscar a Gilbert, pero… ¿Estaría disponible para conversar con ella o estaría ocupado con Eli? Esa duda le hizo resignarse de buscar a su mejor amigo para hablar del tema, siguió caminando mirando al piso cuando chocó con alguien…

-Perdón –subió la mirada y se encontró con un chico rubio de anteojos.-

-No te preocupes –sonrió el gentil muchacho-: Te vez bastante deprimida…

Anya no se había dado cuenta que había chocado con Eduard, el mejor amigo de su hermana Katyusha que precisamente le comentó a ellos sobre la existencia de la Escuela de Artes en China. Pestañó un par de veces y sonrió animada, ambos se llevaban muy bien.

-¡Eduard, eres tú! –la rusa lo abrazó con alegría-: hace mucho tiempo que no te veía… ¿Por qué estabas tan desaparecido?

El muchacho se arregló los lentes y sonrió con un temple serio, correspondió al abrazo de la rusa y acarició su cabello.

-Te ves más grande, Anya… ¿Tienes algo que hacer ahora? Podríamos conversar…

-No, de hecho estaba pensando en salir, porque me quedé sin nada que hacer…

-¿Te parece si vamos a tomar un café en la plaza, querida Anya?

-Está bien –sonrió.-

Anya no se imaginó que estaría tanto rato conversando con el joven estonio, él había estado junto a ellos muchas veces en la infancia y adolescencia de Anya, fue una de las primeras parejas de su hermana Katyusha y probablemente la más importante… ¿Por qué no concretaron nada? Anya nunca lo comprendió del todo y siempre quiso que crearan algo lindo. Eduard era un muchacho muy inteligente, estaba casi todo el tiempo leyendo o escribiendo; era el hombre perfecto para Katyusha y una persona que animaba mucho a Anya.

Pasaron las horas y la rusa se percató de que tenía que ir a hablar con Yao para que le dijera qué había ocurrido anteriormente. Eduard, por cierto estaba en su último año en la Escuela, por lo cual no estudiaba casi nada y estaba casi todo el día conversando con los profesores de Literatura, por lo cual acompañó a Anya a la habitación de Yao.

-¿Qué debes hablar con tu profesor, Anya? –dijo el rubio algo intrigado.-

-Nada importante –rió la rusa queriendo evadir alguna explicación innecesaria.-

-¿Es eso cierto, cabello de sol? –sabía que no podía engañar a nadie, ni a sus hermanas, ni a Gilbert y menos a Eduard, que en cierto aspecto fue el hermano mayor que nunca tuvo.-

-Está bien, hay un tema relevante, pero realmente no te lo puedo mencionar ahora, siento que es ahora cuando todas las cosas pueden complicarse.

El rubio sonrió tratando de animar a la muchacha de ojos amatistas y se fue al piso de arriba de donde estaba la habitación de Yao, donde estaban todos los profesores de Letras, con los que solía conversar y tomar licor.

Tocó a la puerta de la habitación, ahora podía estar segura de que era la habitación de él, después de tantos errores.

-¿Quién es? –preguntó el chino algo cabizbajo.-

-Soy yo, Anya –dijo la rusa dulcemente.-

La puerta se abrió y Anya vi a un Yao que nunca había visto, se veía un poco demacrado y se le notaba que estaba preocupado ¿Por qué? Se preguntaba ella, tuvo fuertes ganas de abrazarlo pero sólo lo hizo luego de que él cerrara la puerta.

-¿Qué es lo que pasó, Yao? –se le notaba la angustia.-

-Alguien aparte de los que tenemos que saberlo, descubrió que tenemos una relación –suspiró.-

Anya se angustió y de sus ojos brotaron lágrimas a montones, sollozaba inquietantemente y eso al chino, le partía el corazón. Yao se arrodilló frente a ella y la abrazó colocando su cabeza en el vientre de ella, cerrando los ojos para imaginar que esto no estaba sucediendo… ¿A qué venía tanta angustia? Pues estaba claro que si bien él había mentido, pronto la verdad se sabría de una forma u otra.

-No me importa… -susurró la rusa.-

-A-Anya, aru… -dijo el chino sonrojándose un poco.-

-A mí me da igual lo que quieran hacer, si bien tengo que dejarte no lo voy a hacer, aunque deba dejar todo lo que he ganado, tú eres más importante que todo eso –suspiró pesadamente y se arrodilló frente al chino mirando sus ojos profundamente.-

-Anya –sus mejillas ardían violentamente.-

-No quiero alejarme de ti, Yao –la rusa se corrió el cabello que le cubría los ojos y miró al chino, las lágrimas volvían a brotar.-

-Por favor, pequeña… Deja de llorar –dijo entre un sollozo el menudo chino de cabello oscuro.-

-No me pidas algo que no puedo hacer, Wang Yao –abrazó sus rodillas y miró hacia el lado, realmente estaba preocupada.-

-Anya –dijo el chino, muy bajito.-

-Dime, Yao…

-¿Puedo recostarme en tus piernas, por un momento?

-Claro, hazlo –una débil sonrisa iluminó su rostro.-

El chino se recostó en las gruesas piernas de la rusa y ésta acarició su cabello por largo rato, desenredándolo y tocando con suavidad su rostro.