Capítulo 10: Una broma del destino.
Molly Weasley avivó el fuego de la chimenea mientras de su boca escapaba un suspiro. Aun no se acostumbraba a tener tanto silencio en su casa. Recordó el tiempo en que sus siete hijos eran pequeños y habían convivido en ruidosa armonía. Esos muros de piedra habían sido testigo de muchas escenas. La alegría por el nacimiento de su nieta Lilith o por el regreso de sus hijos gemelos y de su yerno. Pero eran las penas las que hacían que las pesadas vigas del techo amenazaran con derrumbarse encima de sus cabezas. La guerra le había arrebatado a tres hijos; unos chicos fuertes y sanos que ya no volvería a ver. Molly estaba segura de que si no hubiera sido por su inquebrantable fe, se encontraría en el mismo sitio que su esposo.
Arthur Weasley había envejecido mucho desde el comienzo de la guerra. Él mismo había combatido en la gran guerra, pero ver como uno a uno sus seis hijos se marchaban, vivir con la incertidumbre de si volverían o no, había acabado con él. Arthur era una sombra del hombre que fue. Solía sentarse en la butaca de su habitación, en el piso de arriba, y contemplar un paisaje que en su mente no cambiaba en absoluto. Tan solo la visita de su pequeña nieta lo distraía de su dolor. Le habría encantado tener la fe que tenía Molly, pero ya no estaba seguro de creer en un Dios que había sesgado la vida de tres de sus hijos.
Eran tiempos difíciles para la familia Weasley.
Sentada en la pequeña salita que había contigua a la cocina, la señora Weasley terminaba de darle los toques a un jersey azul cielo. Había comenzado su confección dos semanas antes, al enterarse de la buena nueva: Ginny y Harry iban a ser papás otra vez. Al menos esas noticias aplacaban a su maltrecho corazón. Necesitaban alegría, niños correteando por esa casa de nuevo. Sin embargo, una nube sobrevolaba el cielo de la pelirroja mujer. Su hijo Ron. Su último hijo por regresar del frente, y para ella el más especial de todos. Aunque una madre siempre tiende a querer a todos por igual. Pero Ron era especial, quizás porque era el que más se parecía a su padre. Volvió a suspirar en silencio mientras rezaba una oración.
Se ponía nerviosa tan solo con pensar en que le pasase algo. Entonces si que si su corazón se rompería para siempre.
Un suave golpeteo la puerta principal la interrumpió. Miró el reloj que había sobre la chimenea, eran casi las seis de la tarde. ¿Quién se presentaría a aquellas horas? Las amistades de los Weasley eran escasas esos días, y en todas las familias imperaba la misma tristeza por la perdida de los seres queridos. Ello se traducía en menos visitas sociales, de hecho, se reducían a los corrillos después de la misa de los domingos. La vida en uno de los valles de Surrey transcurría con tranquilidad. A pesar de ello, la señora Weasley dejó junto a su cestita el jersey de punto y se levantó. Llevaba puesto un delantal blanco encima de un vestido de color marrón chocolate, como sus ojos.
El corazón le martilleaba en el pecho, sin saber porqué.
El camino hacia la puerta de entrada se le hizo largo y angosto, esquivando una silla, un sofá o el mismo paragüero. Nunca había creído en premoniciones o pálpitos especiales. Pero en ese momento ella misma estaba experimentando uno. No había otra forma de expresarlo. Aguantó el impulso de llamar a su marido a gritos. Debía de pensar en su delicada salud y en el mutismo que lo embargaría si…
Pero Molly Weasley abrió la puerta y una desgarradora exclamación de sorpresa y gratitud salió de sus labios. Las lágrimas acudieron a sus ojos sin que ella hiciera nada por detenerlas. Era el momento que había estado esperando desde hacia más de seis años. Entre sollozos se abalanzó sobre el recién llegado y dejó que sus jóvenes brazos la sostuvieran e impidieran que cayera al suelo. Porque en el fondo era lo que Molly quería, arrodillarse en el suelo y darle las gracias a Dios, a la Virgen o a quien hubiera hecho posible el milagro que veía ante sus ojos.
- Ron… ¿de verdad eres tú, hijo mío? –preguntó con sus manos sobre las mejillas del pelirrojo. La mirada que le devolvían esos ojos tan azules como el cielo y el mar juntos, no dejaba lugar a dudas, pero… ¿y si era todo un sueño?
- ¿Tanto he cambiado, mamá? –Ron se encontraba con un nudo en la garganta, más emocionado de lo que pensaba admitir. Estar de nuevo entre los brazos de su madre le hacía sentir vivo y especial. Sonrió y con una mano corrió varias lágrimas del rostro de su madre.
- Estás muy delgaducho, cariño. –lo abrazó de nuevo con más fuerza.- Menos mal que has vuelto. Así podremos cuidar de ti como te mereces.
- En el frente nadie tiene tiempo de cocinar, mamá. Y aunque así fuera, nadie lo hace como tu. –suspiró aliviado por el acogimiento que estaba teniendo.- Yo también me alegro de haber vuelto, por fin.
- Pero pasa, pasa. No te quedes ahí en la puerta. Déjame que te vea bien. –pidió agarrando el rostro pecoso de su hijo entre sus regordetas manos.- No has cambiado mucho, tan solo la barba. Aunque tus ojos…ellos si que han cambiado. Hablan de sabiduría y de haber visto demasiadas cosas para una mente tan joven.
- Ya no soy un hombre joven, mamá. Eso si que es cierto. –admitió Ron con un deje de pesar.
La señora Weasley suspiró y se apartó de mala gana del lado de su hijo.
- Voy a avisar a tu padre. –de camino hacia las escaleras, se detuvo y volvió a mirar al pelirrojo.- ¿Por qué no llamaste para decirnos que venías? Habríamos ido a recibirte al muelle.
- Quería que fuera una sorpresa. –contestó Ron dejando su pequeña maleta en un rincón y quitándose el abrigo y la bufanda. El pequeño salón estaba caldeado gracias al calor que salía de la chimenea del hogar.
- Y lo ha sido, cariño. Ya era hora de que esta guerra nos devolviera al hijo que faltaba. –cerró los ojos con fuerza.- Hemos perdido demasiado a cambio de nada. –esbozó una pequeña sonrisa forzada.
- Lo sé. –la tristeza también se dibujó en el rostro de Ron.- Y no sabes cuanto lo siento, mamá. ¿Cómo está papá?
- Bueno, depende del día. –la señora Weasley fijó sus ojos en el fuego.- Hay algunos mejores que otros. Todo esto le ha afectado mucho más que a mi. Se podría decir que ha terminado con él. Ya no es el mismo hombre que dejaste hace seis años, hijos. Aunque todos hemos cambiado.
- Ojalá hubiera estado aquí con vosotros para llorar sus pérdidas. –se sintió impotente, y durante una milésima de segundos, volvió a ser como un niño pequeño en busca de una explicación a algo que no la tenía. Al menos, no una explicación racional. Durante su estancia en el hospital de Carstairs, se había olvidado del dolor que reinaba en la casa de sus padres, en Surrey. También había evitado hablarle sobre ello a Hermione.
El nombre de la castaña se coló en su mente, pero no era momento para pensar en ella. Más tarde podría concentrarse en Hermione. Ahora solo contaban sus padres.
- No te aflijas, cariño. –la señora Weasley le puso una mano en el hombro, que apretó afectuosamente.- No sirve de nada, créeme. Avisaré a tu padre de que estás aquí.
- Subo contigo.
- Bien.
Subieron las escaleras lentamente, con la señora Weasley delante. La mujer tenía que hacer un esfuerzo por no detenerse en cada escalón y darse la vuelta para mirar a su hijo. Aun no se podía creer que de verdad estuviera allí. Sentía ganas de abrazarlo y no soltarlo hasta la mañana siguiente. Pero Ron ya no era un niño. Había regresado siendo todo un hombre; un hombre bueno, a pesar de toda la crueldad que había visto en el frente. Durante unos segundos temió lo que aquella noticia podría hacerle a su esposo. Arthur estaba muy débil y delicado. Los años le habían caído de golpe, pero Molly seguía aferrándose a su fe.
La habitación de sus padres no había cambiado nada durante esos seis años de ausencia. Las mismas cortinas, el mismo edredón y los mismos cojines, hasta los libros de la pequeña estantería eran los mismos. La única diferencia era el pequeño perrito que estaba sentado en el alfeizar de la ventana, frente a su padre. A él no lo conocía. Y una sensación similar recorrió su cuerpo cuando se concentró en la figura de su padre recortada contra la ventana. Estaba mucho más delgado y su tez era demasiado pálida para ser normal. El cabello que en su juventud había sido rojo y más tarde había pasado al blanco, ya no existía. El corazón de Ron se aceleró. Había dejado a un padre vivaz y fuerte, para luego encontrarse con un anciano. Volvió a pensar que durante su estancia en Carstairs no les había prestado la atención que se merecían. Hermione se había convertido en su mundo allí. Suspiró en silencio.
- Arthur, querido, tengo una sorpresa. –anunció la señora Weasley agarrando a su hijo de la mano. Era una caricia cálida y maternal. Aunque los gemelos también habían regresado de la guerra sanos y salvos, no habían querido instalarse de nuevo en Inglaterra. Algo que había roto también el corazón de Molly.
- Otro perro no, Molly. Parece que vamos a montar un refugio. –contestó el señor Weasley sin volverse. Una vieja manta de cuadros tapaba sus piernas para evitar que se congelasen. No había que olvidar que ya estaban en diciembre y pronto el valle se cubriría de nieve.- Dáselo a Lilith, estará más que encantada de tenerlo.
- No, tonto. No es ningún perro. –se soltó del agarre y corrió a abrazar a su esposo por los hombros. Con esfuerzo le dio la vuelta al sillón hasta ponerlo de cara a la puerta.- Es Ron.
- ¿Ron? ¿Nuestro Ron? –dijo el señor Weasley con los ojos muy abiertos y mirando alternativamente a su esposa y al pelirrojo. Las manos que descansaban sobre la manta de cuadros empezaron a temblarle, y hasta el perro alzó la cabeza para ver qué pasaba.
- Si, cariño, está aquí. Ha vuelto sano y salvo. –los ojos de la señora Weasley se volvieron a llenar de lágrimas. Pero eran lágrimas de felicidad, como ella insistiría en llamarlas más adelante.
- ¿Ron? –el pobre hombre se levantó con dificultad, sin quitar sus ojos en ningún momento del rostro de su hijo. Avanzó despacio, con la ayuda de su esposa y corrió al encuentro del pelirrojo, que se había quedado paralizado en el vano de la puerta.
- He vuelto, papá. –contestó Ron con el nudo en la garganta que le impedía decir nada más.
- ¡Ron, hijo mío! Has vuelto. –se abrazaron de manera intensa, intentando condensar los años de ausencia en un solo momento.
- He vuelto, papá.
- He pensado mucho en ti estos años, hijo.
- Yo también me he acordado de vosotros. –le dio un beso en la mejilla a su padre, gesto no hacia desde que era un niño pequeño.- Te quiero, papá.
- Oh, hijo mío, yo también te quiero. –alzó la cabeza para mirarle a los ojos.- Al principio creí que eras un espejismo, o un sueño. Pero estás aquí, puedo tocarte, así que estás aquí de verdad. –su rostro estaba surcado de pequeñas lágrimas.
- Oh, queridos, esto es muy emocionante. –balbuceó la señora Weasley.
- Ven aquí, mamá. –Ron hizo extensivo su abrazo a la pequeña mujer y así permanecieron durante unos minutos. Era algo que necesitaban los tres. Las lágrimas de la señora Weasley eran mayores que las de su esposo y mojaban la chaqueta de Ron.
- Ojalá pudiera retener este momento para siempre.
- No llores, Molly. –le susurró su esposo.
- Pero si tú también estás llorando, Arthur. –repuso ella dándole un golpecito cariñoso en el pecho.
- Es una buena razón para llorar, papá, después de tantas desgracias. –intervino Ron, que también luchaba por el contra sus propias ganas de echarse a llorar.
- Tienes razón, hijo. Ya no tienes que volver, ¿verdad? –había miedo en su mirada y eso conmovió profundamente al pelirrojo.
- No, papá. Ya he saldado mi deuda con la patria.
Se quedaron mirándose unos segundos, por lo que la señora Weasley aprovechó para desasirse del abrazo de los dos hombres de su vida, los dos pilares que le quedaban. Se limpió las lágrimas con un pañuelito de tela blanco y respiró hondo.
- Voy a ponerme a hacer la cena enseguida. Tienes que recuperar el buen color, hijo mío. Estás muy delgaducho. –dijo antes de darse la vuelta y marcharse por la puerta hasta llegar a la cocina, que estaba en el piso de abajo.
- Ten por seguro que vaciará toda la despensa. –le avisó el señor Weasley a su hijo. Se apartó él también y fue a sentarse de nuevo en su sillón junto a la ventana. Estaba muy bajo de defensas y mantenerse en pie mucho tiempo le costaba. Ron lo siguió y se sentó en el alfeizar junto al perrito, que dormitaba.
- Perfecto, me gusta hacerla feliz. Además, tengo hambre; en el frente no es que tuviéramos mucho tiempo para comer. Y luego en el hospital casi todo eran nutrientes sin apenas sabor.
- ¿De verdad ya estás bien?
- Si, papá. Estoy totalmente recuperado, aunque tengo que seguir ejercitando la pierna y llevar este bastón los primeros meses, pero es un mal menor. –sonrió el pelirrojo.
- Te veo muy feliz, Ron. –observó su padre. Conocía muy bien a su hijo; no en vano, como la señora Weasley decía, era el que más se parecía a él de todos sus hijos.
- Es que lo soy, papá. –dijo sin poder contenerse.
- Me alegro. –le palmeó la rodilla buena.- Necesitamos recuperar la dicha. –sentenció con solemnidad. Un cambio se había producido en él mismo en tan solo diez minutos. Sus mejillas tenían algo de color y había brillo en sus ojos azules.
- Lo haremos, papá. Esta guerra ya nos ha quitado demasiado, lo se. Sin embargo, a mi también me ha dado algo. El mejor regalo que podía esperar.
- ¿Una mujer? ¿Una buena mujer?
- Más que eso. A la persona con la que espero pasar el esto de mi vida. -hablar de Hermione con su padre era más fácil de lo que Ron había pensado.
- ¿Por qué no la has traído contigo?
- Porque aun no la conozco.
Ante el semblante confuso del señor Weasley, Ron le costó su historia. Como se había enamorado de una completa desconocida a través de sus cartas, como esperaba la llegada de sus cartas, como ella había conseguido sacarlo de su burbuja de tristeza hasta ir a parar a un campo de esperanza. Le dolía el corazón al saberse tan cerca y al mismo tiempo tan lejos de ella. El señor Weasley vio el brillo en la mirada de su hijo, la cadencia de su voz cuando hablaba de esa mujer que le había cambiado la vida. Era lo mismo que él experimentaba por su mujer. Habían pasado casi cuarenta años desde que se casó con Molly, pero cada día la quería más. Y eso era lo que siempre había deseado para sus hijos.
Ron se despidió de su padre media hora después y subió a su antigua habitación en el ático. Hacía tiempo que no pisaba aquel suelo, y al encender la luz de la bombilla del techo, se dio cuenta de que nada había cambiado. Después de un viaje des tres días a través de El Canal de la Mancha estaba agotado, más que agotado. Pero habían sido las emociones las que lo habían atravesado. Se quitó la chaqueta y la lanzó contra la cama. Por mucho que quisiera tumbarse y descansar antes de la cena, había algo que deseaba mucho más. Buscó papel y lápiz en los cajones del pequeño escritorio que había en un rincón. Apoyó el bastón contra la pared y tomó asiento.
2 de diciembre de 1945
Otery Hall, Surrey
Inglaterra.
Mi amada Hermione,
Ya he vuelto, estoy en casa.
Se acabó el frente y la guerra. Adiós al hospital y a la convalecencia. Ya solo quedan los recuerdos y los fantasmas que acechan por la noche. Pero yo tengo la especial suerte de contar con una magnífica hada de cabellos castaños y rizados que me llena de luz cuando más oscuro creo estar.
Aun así, me siento incompleto, por que no estás aquí conmigo.
Necesito sentir tus labios contra los míos, el perfume de tu piel contra mi rostro y el brillo de tus ojos acariciando los míos. Pero sobretodo, necesito escuchar de tu boca las palabras que provocaran mi muerte y harán que suba al cielo. Necesito que me digas que me amas, que nada de lo que ha ocurrido durante estos meses ha sido un sueño. No quiero más bromas del destino.
Miro el cielo a través de la ventana y no siento nada. Nada en absoluto. Porque le has robado el brillo incandescente a las estrellas. Porque la luna ya no es suficiente para alumbrar el camino que me llevará hasta tu corazón.
Me derrito de amor con solo pensar en ti, en tu nombre, en tu rostro.
Eres el regalo que llevo esperando toda mi vida.
Te quiero, Hermione.
Mantén los ojos abiertos, es probable que la próxima carta te la recite en persona.
Completamente tuyo,
Ron.
Posdata: te amo.
Al terminar la carta y guardarla en un sobre, Ron sintió como un peso se aflojaba en su pecho. Había sido un día muy especial en todos los sentidos y estaba satisfecho consigo mismo. Volvió a mirar por la ventana, tal y como había puesto en la carta, y alzó sus ojos azules al oscuro cielo. Esa noche no habría luna que guiara el camino de las almas perdidas. Una intensa negrura se extendía por todo el valle. Pero eso a Ron ya no le importaba. Estaba en casa, con los suyos, y pronto también podría estrechar a Hermione entre sus brazos. Con ese pensamiento, dejó el sobre encima del escritorio y se levantó para cambiarse de camisa y chaqueta. Por la mañana pronto, bajaría a la oficina de correos y la echaría al buzón sin falta. Esperaba recibir noticias de Hermione muy pronto. Quizás podrían pasar el día de Navidad juntos. No había nada que Ron desease más.
- ¡Ron, la cena está lista! –gritó la señora Weasley desde el piso de abajo.
- ¡Ya voy, mamá! –contestó Ron de manera risueña. Por un momento había sido como volver a la niñez.
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A la mañana siguiente, Ron se encaminó hacia la casa de su hermana y su cuñado, en una de las colinas del valle. RoseHill Cottage estaba lo suficientemente cerca como para visitar a los señores Weasley con asiduidad, pero también convenientemente alejada para que la joven familia tuviera sus momentos de privacidad. Ron subía la cuesta final, renqueando por el dolor en su pierna herida. El doctor Snape ya le había advertido de que los días de lluvia o de frío extremo serían los peores para la articulación. Pero Ron no se rendía fácilmente. Siempre había sido un luchador.
Había pasado una fabulosa noche, dormido en su vieja cama y desterrando a sus viejos fantasmas fuera de su mente. La tranquilidad de saberse en casa, sano y salvo, con los suyos, había ayudado a aliviar esa carga que presentarían para siempre los soldados supervivientes. El por qué ellos habían sobrevivido y sus compañeros, amigos y familiares no, era un sentimiento que no los abandonaría nunca. La guerra se había revelado como una autentica ruleta rusa; nunca sabías cual sería tu último momento en la tierra. Pero Ron se apresuró a borrar esos pensamientos de su mente y disfrutar del paisaje tranquilo, silencioso y encantador que se veía hasta más allá del horizonte.
Se acercaba a la cerca que rodeaba el jardín de la casa de su hermana cuando escuchó unas risas que provenían de la zona de atrás. De seguro su incansable sobrina de cinco años estaba aprovechando la nieve para jugar con su progenitor. Ginny no hablaba de otra cosa en sus cartas, de lo bien que se había adaptado Lilith a tener un padre cerca de ella. Con un suspiro cansado, desechó la oportunidad de unirse en el juego. Antes tendría que sentarse y descansar un rato. Avanzó sin apenas hacer ruido, dejando sus pisadas en la nieve como único testigo.
Ginny atendió la puerta enseguida. No estaba haciendo gran cosa. Por las mañanas, tenía que luchar contra las ganas de vomitar y contra el calor sofocante si se ponía muy cerca de la chimenea o el frío absorbente si se sentaba muy lejos. Aun tenía que bajar al pueblo para visitar al doctor, pero con el tiempo tan caprichoso, se había resistido. Llevaba puesto un sencillo vestido de paño en color azul marino, que hacía destacar el pequeño bultito que se adivinaba en su cintura.
- ¡Ron! –su sorpresa fue mayúscula, pero enseguida se repuso y se lanzó a los brazos de su hermano.- ¿Por qué no nos avisaste de que volvías?
- Porque quería que fuera una sorpresa. –Ron intentaba mantener el equilibrio, tarea sumamente difícil entre su pierna maltrecha y el peso de su hermana sobre su cuerpo. Sin embargo, supo apreciar la calidez que emanaba del abrazo de Ginny y lo bendecido que se sentía por estar allí con ella.
- Lo es, claro que lo es. –Ginny se apresuró a hacerse a un lado y dejar pasar a su hermano. Cerró la puerta, dejando fuera el implacable viento de la montaña.- Por fin vamos a pasar una Navidad toda la familia reunida. ¡Qué alegría!
Ninguno de los dos apostilló que sería lo que quedaba de la familia. Habría roto el bonito momento compartido por los dos hermanos.
- Si, es un milagro poder estar aquí. –dijo Ron en su lugar.
- ¿Quieres un café o una taza de té? ¿O un chocolate caliente? Estaba haciendo uno para Lilith. –le informó su hermana mientras caminaba hacia la cocina, en la parte trasera de la casa. El color había vuelto a las mejillas de Ginny y, de repente, se sentía llena de energía.
- Un chocolate me irá bien. –Ron se sentó en una silla junto a la mesa de la cocina, contento por poder descansar al fin la rodilla.- ¿Dónde está esa traviesa sobrina mía?
- Estaba arriba con Pig, aunque creo que ahora está en el jardín. A saber tú que estará haciendo. Seguramente acabar con mi poca paciencia. Desde que regresó Harry está muy descontrolada. Y como él no le niega nada…me tocan a mi los dramas.
- ¿Harry está trabajando?
- Si. Recuperó su empleo con el señor Sloughorn. –dijo Ginny acercándole una taza de chocolate y sentándose junto a él.- Ya sabes que siempre le ha tenido en gran estima.
- Me alegro. –bajó su cabeza pelirroja para extasiarse con el olor entre dulce y amargo del chocolate.
- ¿Piensas volver a trabajar?
- Si. No ahora mismo, porque acabo de volver. –Ron levantó la cabeza y le sonrió a su hermana. A cada lado de sus ojos se formaron unas pequeñas arruguitas que antes de la guerra no estaban.- Pero eventualmente si que quiero volver a trabajar.
- ¿En tu antiguo trabajo?
- No. Creo que el abogado que había en mi murió en la guerra. –afirmó Ron con un suspiro.
- No digas eso, Ron. –Ginny alargó una mano por encima de la mesa para tocar la de su hermano.- ¿Entonces?
- Te va a parecer una locura, pero…quiero escribir un libro.
- Oh, eso si que es una sorpresa. –la pelirroja apoyó la espalda contra el respaldo de su silla.- ¿Y ya sabes sobre qué?
- Si. Sobre un soldado que se enamora mientras se recupera de sus heridas de guerra. –sus ojos brillaron al proyectarlo de viva voz.- Que encuentra el consuelo que necesita en las cartas de una desconocida.
- ¡Ron, vas a escribir tu historia con Hermione! –exclamó Ginny sorprendiendo a Ron.
- Si, yo…-sus mejillas se tiñeron de rojo.- Un momento. ¿Cómo sabes que ella se llama Hermione?
- Oh, es que estuvo aquí. Hermione vino a buscarte.
Ron se puso en pie enseguida, impelido por el fuerte latido de su corazón. Se llevó una mano a los labios mientras se paseaba de un lado a otro. Hermione había estado allí, había ido a buscarlo. ¿Por qué el destino no había querido reunirlos en ese instante?
- ¿Cuándo estuvo aquí?
- Hace tres días. Si hubiésemos sabido que ibas a volver…-Ginny sonaba compungida.- Pero no lo sabíamos.
- ¿Sabes hacia donde se marchó? –en sus ojos azules aun había un atisbo de esperanza.
- Supongo que regresó a su casa. –Ginny se levantó y se reunió con su hermano junto a la ventana.- Ron, es una mujer encantadora y muy guapa. Al principio estaba un poco nerviosa, por eso de que ella es duquesa y tal, pero enseguida se me pasó. Es muy normal.
El último comentario hizo reír al pelirrojo, pero enseguida volvió a su semblante reflexivo.
- Estuvo aquí mientras yo regresaba.
- Está muy enamorada de ti, Ron. No se qué le decías en esas cartas pero… Ella te ama de verdad, hermanito. No la dejes escapar.
- No pienso hacerlo. –le aseguró Ron con convicción.- Voy a ir a buscarla. Mañana mismo si es posible salgo hacia el norte.
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Mientras, en la cabeza de Hermione aun resonaban las palabras de Draco pronunciadas desde el otro lado del hilo telefónico. Tal vez el rubio tenía razón y había sido una locura embarcarse en un trasbordador hacia la costa de Francia. Pero estaba desesperada y no sabía qué hacer. Tan solo podía pensar en que pronto llegaría la Navidad y quería tener a Ron a su lado. El proceso que siguió a esa decisión fue acelerado. Cormac, el chofer, se había negado a dejarla viajar sola, así que también había subido él abordo con el coche. En Londres hubo de comprar algo de ropa para la travesía de tres días y ahora esas bolsas descansaban en su camarote de primera clase. Era en lo único que no había transigido. Por lo demás, no le importaba compartir la cubierta con el resto de pasajeros.
La brisa del mar acariciaba su níveo rostro mientras los últimos rayos de sol se escondían en el horizonte. El mar azul y embravecido hacia que la travesía fuera más fácil, incluso ligera, a pesar del vaivén de las olas contra la quilla. Hermione respiró hondo, sintiendo como su corazón galopaba dentro de su pecho. Siempre había sido una persona prudente, cauta. Lo que había hecho estaba fuera de toda conducta racional. Pero si algo había aprendido en los últimos meses, era que el amor no tenía nada de racional.
- ¿Viaja usted sola? –dijo una voz amable a sus espaldas.
Hermione se dio la vuelta para encontrarse con una mujer de mediana edad. Iba vestida de manera sencilla, pero limpia. Entre sus manos sostenía un pañuelo que había sido demasiadas veces apretujado. Sus ojos azules la miraban sin vida, pero en sus labios había una sonrisa sincera, aunque algo cansada. En cualquier otra circunstancia, Hermione no habría reparado en su presencia, pero la guerra lo había cambiado todo.
- Si, voy a buscar a mi prometido.
- Es bonito comprobar que esta guerra no nos ha quitado también el amor. –hizo una pausa y levantó la cabeza para mirar hacia el mar infinito que se extendía en el horizonte.- Yo voy a visitar la tumba de mi hijo Cedric.
- Oh, no sabe cuanto lo siento.
- Gracias, querida. –la mujer se apoyó en la baranda, aferrándola con fuerza. Seguramente para no caer de la pena que la consumía.- Tenía solo veintiún años. El disgusto por su muerte se llevó a mi marido a la tumba también. Ahora solo estoy yo con mis recuerdos.
- Lo siento mucho. –Hermione no sabía que otro consuelo podía ofrecerle a aquella mujer.- Ha debido de sufrir lo impensable.
- Así es. –dijo la mujer con la voz más calmada.- Pero no te aflijas por mi, querida. Siempre hay otros que han sufrido todavía más. Yo estoy en paz con mis recuerdos.
- Es usted un ejemplo. –una congoja se había instalado en su pecho y apretaba a su corazón.
- Gracias, pero ese es un cumplido que no creo merecer. En mi caso hay centenares, sino miles de madres que han sufrido como yo. –suspiró.- No se porqué, pero cuando estalla una guerra, las mujeres somos las que más sufrimos, incluso cuando tenemos prohibido ir al frente de batalla.
Hermione guardó silencio, no queriendo despertar más pensamientos tristes en aquella mujer.
- Pero hábleme de su prometido. ¿Es muy apuesto? –le preguntó con una nueva sonrisa.
- Oh, si, mucho. Lleva ya bastante tiempo recuperándose de sus heridas. Pero confío en que pronto le den el alta y lo pueda al fin conocer. –entusiasmada como estaba de poder hablar de Ron con otra persona, Hermione no se dio cuenta de su error hasta que fue demasiado tarde.
- ¿No conoce a su prometido? –no había escándalo en su tono de voz, sino más bien curiosidad.
- No. –las mejillas de Hermione se tiñeron de rojo escarlata.
- Pues parece muy enamorada. –afirmó con la melancolía bañando sus ojos.
- Es que lo estoy. –se mordió el labio inferior.- Lo cierto es que le he mentido. Ron no es mi prometido. Ni siquiera lo conozco en persona, solo por carta. Durante más de tres meses hemos estado carteándonos y…lo quiero. Por eso vengo a buscarlo. –bajó la cabeza algo avergonzada por un comportamiento que estaba tan fuera de lugar en una sociedad como en la que ella se movía.
- Me alegro mucho por usted, querida.
- ¿No le parece extraño? –preguntó Hermione levantando la cabeza para mirar a la mujer.
- El amor nunca es extraño, sino los ojos que lo miran.
- Tiene usted razón. –convino Hermione sintiéndose algo estúpida.
- Mucha suerte, querida. –la mujer le puso una mano en el brazo.- Espero que sea muy feliz.
Hermione vio como la mujer se alejaba de ella con un paso lento y pausada. Sintió mucha pena y tristeza por aquella mujer que lo había perdido todo por culpa de la guerra. Aun así, no dejaba de impresionarla la entereza con la que había hablado. Tenía razón. Las mujeres siempre eran las que más sufrían en una guerra. Aunque a ella no le había hecho ninguna guerra para sufrir en su vida. Ron era la primera ventana que se le había abierto, el primer rayo de luz que la había cegado.
El mundo tal y como lo conocía hacia cinco años, había dejado de existir.
Inglaterra ya no era el mismo país.
Hermione no era la misma mujer que había aceptado con resignación un futuro convenido y sin amor.
- ¡Espere! –gritó. Las palabras salieron de su boca antes de que la idea se estableciera en el cerebro. Se movió con rapidez por el gastado suelo de madera del barco.- Espere, señora…
- Diggory. Eleanor Diggory. –dijo la mujer, que se dirigía a su compartimento de tercera clase.
- Señora Diggory, ¿por qué no viene conmigo a mi camarote? Estará más abrigada. –ofreció Hermione, con su hermoso rostro arrebolado y el cabello azotado por el viento.
- Oh, no, querida. No se preocupe por mi. –la señora Diggory volvió a ponerle la mano en el brazo.- No es tan malo como piensa. Aunque hay menos camaradería de la que una podría pensar. Supongo que el destino…es la razón. La mayoría de los que estamos allí abajo vamos a ver a nuestros muertos.
- Por favor, venga conmigo a mi camarote. –insistió Hermione.
- De verdad que no es necesario, querida.
- No me rechace, por favor.
- No me conoce.
- Usted tampoco me conoce a mi. Puede que por fuera seamos diferentes, pero por dentro… Venga conmigo, por favor.
- No se…
- Creo que nos podemos hacer compañía la una a la otra. Mandaremos a alguien a buscar sus cosas.
- Pero estaremos muy estrechas, queridas.
- No. Mi camarote es grande.
- ¿Viaja usted en primera clase?
- Si. –admitió Hermione con algo de pesar.- No se preocupe por nada. Yo solucionaré lo que haya que solucionar.
- Pero…yo no tengo dinero para pagar mi estancia en primera clase y…-se inclinó para señalar su vestimenta-…no voy vestida para estar allí.
- Eso no es ningún problema. Ya le he dicho que yo solucionaré lo que haya que solucionar.
- ¿Quién es usted, querida? ¿Cuál es su nombre?
- Hermione Granger.
- Usted pertenece a la aristocracia.
- Soy la duquesa de Ashbourne.
- Oh, pero…-la señora Diggory enseguida retiró su mano del brazo de Hermione.- Señora, no…no puedo aceptar su oferta. Yo…
- ¿Va a tratarme de forma diferente? Por favor, señora Diggory, estamos juntas en esto.
- Lo sé, pero…
- Pronto descubrirá que no soy una duquesa convencional. Y que solo hago uso de mi rango si es estrictamente necesario. Por lo demás, soy casi como usted, un alma atormentada en busca de paz. –dijo Hermione añadiendo una sonrisa al final.
- Es triste ver como los jóvenes pierden la esperanza.
- Viaje conmigo, por favor. Mi camarote es muy amplio, hay sitio de sobra para las dos. Y así nos haremos compañía mutuamente. –repitió la castaña.- Usted me hablará de su hijo y yo le hablaré de mi Ron.
- Es usted muy convincente. Y además, tengo que reconocer que la travesía en tercera clase es muy fría y precaria para esta época del año. Gasté todos mis ahorros para poder embarcar, pero era la única forma de llorar sobre el cuerpo de mi Cedric. –admitió la señora Diggory.
- No se hable más. –agarró a la mujer del brazo.- Y cuando lleguemos a puerto mi cochero nos llevará hasta el cementerio donde se encuentra su hijo.
- Es usted demasiado generosa conmigo. No se como podré pagárselo. –dijo la señora Diggory sumamente emocionada.
- La guerra saca lo peor de los hombres, pero en algunos casos nos sirve para darnos cuenta del bien que pueden hacer los pequeños gestos. –dijo Hermione mientras caminaban hacia la zona de los camarotes de primera clase. Era un trasbordador pequeño, con tan solo seis camarotes.
- Es usted un ángel.
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A partir de ese momento, la travesía fue mucho más llevadera para las dos mujeres. Hermione pudo admitir por fin el miedo que sentía al conocer a Ron en persona. Era algo que no le había revelado a nadie y que llevaba muy arraigado en el corazón. ¿Qué sucedería si, después de todo, no le gustaba a Ron? ¿O si el pelirrojo cambiaba de opinión? Su historia había sido demasiado bonita para tener un final feliz. Hermione no dejaba de repetírselo todos los días. Además, ella no era el tipo de mujer que creía en los cuentos de hadas.
La señora Diggory se encargó de tranquilizarla, de hacerla ver que los nervios eran normales. Actuó como una madre para con la castaña. La escuchó con paciencia, suspiró al conocer el contenido de las cartas del pelirrojo, sonrió cuando Hermione se quedaba mirando al vacío con sus ojos de enamorada. Y cuando al cabo de tres días llegaron a la costa de Francia, las dos mujeres habían entrelazada un vínculo que iba mucho más allá de la sangre. Eran el consuelo mutuo dentro de la desesperación y la incertidumbre.
En el cementerio donde se encontraba la tumba de Cedric Diggory, su madre se vino abajo. También Hermione estuvo a punto de desmoronarse. Nunca antes se había sentido tan desolada como rodeada por las miles de tumbas que bordeaban la colina y desaparecían en el horizonte. Todas aquellas vidas sesgadas, todos aquellos sueños que no se harían realidad, todas aquellas familias que habían sido privadas de la presencia de un familiar. Sus ojos ambarinos se llenaron de lágrimas, y entre el recuerdo por todos los caídos, encontró unos minutos para llorar también por Víktor.
Nunca había estado enamorada de Víktor, nunca lo había amado, pero nunca le había deseado ningún mal.
- Era un chico tan guapo…y tan bueno. –sollozaba la señora Diggory frente a la tumba de su único hijo.
Hermione dejó de pensar en Víktor y se arrodilló a su lado, hasta rodearla por los hombros mientras la sostenía en su agonía. Nuevamente sentía ese nudo en el corazón.
- Era mi único hijo. –la señora Diggory se llevó el pañuelo a las mejillas para sofocar las lágrimas.- No pude tener más después de él, pero no nos importó.
- Estoy segura de que fue un niño afortunado. –respondió Hermione comprensivamente.
- Teníamos poco ¿sabe? Pero a él no le faltó de nada, nunca.
Hermione se mantuvo en silencio de nuevo.
- Me…me gustaría… Tengo ganas de ir a gritarle a quien provocó esta guerra. ¿Por qué se llevó a mi niño? ¿Por qué me quitó a mi bebé? –la señora Diggory se echó a llorar de nuevo.
- Shh, shh, tranquila, querida.
- Quería estudiar medicina, desde pequeño lo sabía. Porque quería ayudar a las personas, y se le daba muy bien. Pero ahora…ahora…
- Ahora ya no sufre.
- Siempre he pensado que los vivos lo llevamos peor que los muertos.
- Probablemente, querida. A los vivos nos acechan los recuerdos y las necesidades.
- Era un chico tan guapo. –sollozó una vez más la señora Diggory.
- Tranquila. –la arrulló la castaña.- Tranquila.
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En el hospital de campaña de Carstairs, Hermione sintió que se moría de miedo y que los nervios la amordazaban por un momento. Ya podía decir aquello de que estaba respirando el mismo aire que Ron. Era una tontería, lo sabía, pero… Meneó la cabeza, mejor no pensar en ello y concentrarse en las sucesivas tiendas de campaña que se arremolinaban delante de ella. La señora Diggory, respuesta de su visita al cementerio donde se encontraba la tumba de su hijo, apretó el brazo de Hermione en señal de aliento. Se miraron la una a la otra. Era el momento de la verdad. La razón por la que la castaña había cruzado el Canal de la Mancha se encontraba allí, delante de ella.
Durante una fracción de segundo, lo ocurrido en los últimos tres meses pasó por su mente a la velocidad de un rayo. Las cartas de Ron, sus cartas propias, la forma en que Ron la hacia sentir, el deseo que encendía su piel anhelando tocar la de él…
Dio un paso al frente y entró en la primera tienda de campaña. Aquello distaba mucho de lo que era un hospital de verdad, pero el ambiente era claramente festivo y afable. Cientos de muchachos y hombres hablaban los unos con los otros, algunos caminaban por dificultad entre las camillas alineadas en el suelo. Existía un vínculo de camaradería difícil de explicar. Hermione vio a una enfermera que pasaba por su lado y en ella vio la oportunidad que había estado esperando.
- Perdone, estoy buscando a un paciente. –dijo con la voz insegura y el corazón martilleándole en el pecho.
- Yo no me ocupo de eso. –contestó una mujer con uniforme blanco de la cruz roja. Se puso a doblar una toalla.- Tiene que ir en busca de la enfermera jefe, Madame Maxime.
- ¿Dónde puedo encontrarla?
- Vaya de nuevo hacia la entrada y gire a la derecha. Ella es quien tiene los informes de todos los que han estado aquí. Le dirá donde puede encontrar a su pariente. –dijo de forma apresurada antes de marcharse por entre los improvisados pasillos hechos con las camillas.
- Gracias. –Hermione se volvió hacia donde estaba la señora Diggory con el rostro en tensión.
- ¿Qué ha pasado? No parecía muy simpática. –frunció el ceño y miró en la dirección por donde había desaparecido la susodicha.
- Ella no puede ayudarnos. He de buscar a una tal Madame Maxime.
- ¿Puedo ayudarla en algo? –dijo una nueva enfermera, aunque de rostro jovial y sonrisa amable.- He escuchado que busca a Madame Maxime, pero ella no se encuentra en estos momentos en el hospital. Ha ido a buscar provisiones a París.
- Oh, ese si que es un contratiempo que no esperaba. Espero que usted si que pueda ayudarme. Estoy buscando a un paciente, pero no lo he visto en esta sala. –dijo Hermione una vez más.
- Bueno, puedo decir que conozco a todos los hombres que hay aquí. –explicó la enfermera riendo.- Dígame el nombre de la persona a la que busca y a ver si tenemos suerte.
- Ron Weasley. –balbuceó la castaña.
- Oh, vaya, lo siento mucho. –el semblante de la enfermera se ensombreció.
- ¿Por qué? ¿Le ha ocurrido algo? ¿Está bien? –en la mente de Hermione habían saltado todas las alarmas posibles.
- No, no. –la enfermera enseguida la acercó a una silla para que tomara asiento.- Yo no quería alarmarla. A Ron le dieron el alta hace cuatro días y regresó a su casa, en Inglaterra.
- No puede ser. Si venimos de allí y…-el corazón de Hermione se tranquilizó, pero el alma se le cayó a los pies.
- Seguramente él llegó cuando nosotras partimos en el barco. –explicó acertadamente la señora Diggory.
- ¿Qué relación tiene usted con Ron? –quiso saber la enfermera.
- Es su prometida. –se apresuró a contestar la señora Diggory mientras rodeaba los hombros de Hermione con un brazo, tal y como la castaña había hecho con ella en el cementerio.
- ¿Hermione? –inquirió la enfermera abriendo mucho sus ojos castaños.
- ¿Cómo sabe mi nombre?
- Oh, Dios mío. ¡Qué emocionante! –se llevó una al corazón y comenzó a dar saltitos de alegría.- ¡Seamus, Seamus! –se dio la vuelta hasta llegar a un pequeño habitáculo compuesto por dos camas.- ¡Seamus!
- ¿Por qué me conoce? –preguntó Hermione desconcertada mirando a todos lados.
- ¡Seamus, no adivinarías quién está aquí! –habló la enfermera al hombre que había tendido sobre una de las camas. Los ojos de él la observaban divertido.
- ¿El rey Jorge?
- No, tonto. –ella le dio un toquecito cariñoso en la pierna.- Hermione. Ha venido Hermione.
- ¿La Hermione de Ron? –el hombre se enderezó en su cama.
- ¿Por qué parece conocerme todo el mundo? –exigió saber la castaña poniéndose de pie.
- Porque Ron no dejaba de hablar y suspirar por ti. –los ojos azules del hombre se posaron en la figura de Hermione.- Te lo digo yo, que era su compañero de cubículo.
- Ha venido a buscarlo. Pero ya le he dicho que el doctor Snape le dio el alta. –explicó la enfermera Hannah.
- Primero iba a ver a sus padres y a su hermana, después quería ir a buscarte. –le transmitió Seamus.
- ¿No es romántico? –preguntó Hannah con una sonrisa.
- Si, querida, mucho. –convino la señora Diggory, aunque de manera más comedida.
Hermione no podía pensar en nada más que aquello había sido una broma del destino. Cuando al fin pensaba que conocería a Ron, que olería su piel y sabría el sabor de sus labios, se encontraba con un nuevo portazo. Se dejó caer en la silla más cercana, ligeramente derrotada. Tenía ganas de echarse a llorar, sobretodo de impotencia.
¿Dónde estaría Ron?
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