¡Yo! Milagrosamente estoy de vuelta con un nuevo capítulo del fic. X'D en un comienzo había planeado que las actualizaciones fueran semanales, pero estoy en la recta final del semestre en la universidad y me sobrecargué de trabajo, por esa razón es que las publicaciones serán quincenales, espero me sepan comprender. TwT
Advertencias: Posible Ooc y algún horror ortográfico que se me pudo haber pasado por ahí. X'D
Agradecimientos a: gothikataisho6, ¡Me alegra que gustase el fic! Espero que esta actualización sea de tu agrado también. YolotzinTaisho, Que bueno que guste cómo va la historia, no sabes lo feliz que me hace saberlo w. Faby Sama. ¡Pienso igual! ¡Ellos debieron ser los protagonistas! Sesshomaru es uno de los personajes que mayor evolución emocional tuvo a lo largo de la historia y Kagome merecía algo mejor que ser el premio de consolación de Inubaka —Yo también le digo así X'D— por otra parte, gracias a ti por seguir esta historia, no sabes lo bonito que se siente cada vez que leo un comentario positivo del fic. ¡Espero te guste este capítulo también! Mican. ¡A mí también me alegra haberlo retomado! Es uno de los fics a los que ms cariño le tengo después de todo. Espero sea de tu agrado ésta nueva actualización. EunHye09.¡Lo prometido es deuda! En el capítulo anterior dije que no abandonaría esta vez, por lo que seguiré firme hasta el final. ¡No me pierdas la fe! X'D. Y por último pero no menos importante, princesssakura13 c. ¿Verdad que tardé demasiado? Ni yo misma creí que retomaría el proyecto, pero los milagros existen y aquí estoy. ¡Y no me pienso volver a ir! X'D Con respecto a tu pregunta, tengo algunas cosas en mente tanto para éste fic como para algunos otros que están rondándome la cabeza, pero primero me centraré en terminar éste antes de comenzar algo nuevo. Espero también que la actualización sea de tu agrado. :3
Ahora sí, con esto dicho, los agradecimientos hechos y también como compensación por el tiempo de retraso, ahí les dejo un capítulo más largo que los anteriores. Espero disfruten del nuevo capítulo de "El regreso".
Respuestas
Inesperadamente, el olor de la sangre derramada por Kagome encendió los instintos dormidos del ex yokai quien, gruñendo por lo bajo y con los ojos tiñéndose lentamente de rojo, empuñó a Bakusaiga a pesar de las quemaduras que recibía y se lanzó al ataque.
Cuando convirtieron a la miko en su objetivo, las bestias firmaron su sentencia de muerte.
De pie junto a los columpios del parque, Kagome intentaba vanamente tratar con reiki la sangrante herida de su brazo antes de ser descubierta por la criatura más pequeña; lamentablemente para ella, los zarpazos enemigos no le daban tregua para terminar su labor o siquiera para alzar un barrera de protección; eso hasta que "aquello" ocurrió.
Indefensa como estaba sin su arco o algún otro medio para protegerse, la joven miko se había visto en aprietos al terminar expuesta a un ataque directo de la criatura, sin embargo y para sorpresa suya, el embiste nunca llegó. Frente a ella, la bestia había retrocedido de un salto al percibir el peligroso ataque de Bakusaiga, que se llevó en el camino a varios árboles y una pequeña pileta recientemente instalada; al ver el rostro de Sesshomaru, Kagome no pudo evitar retroceder también.
Tan parecido a Inuyasha cuando perdía el control, Sesshomaru se mostraba frente a la miko con los ojos teñidos de rojo y los colmillos crecidos más allá de lo normal; en sus mejillas, las marcas —aunque disparejas— habían aparecido de repente junto a sus afiladas garras, confiriéndole un aire de peligrosidad que incluso a ella la hizo trastabillar. El gruñido gutural que oyó de parte del albino acompañado por los patrones indefinidos que usaba para arremeter contra las bestias, evidencio aquello que Kagome tanto temía: Sesshomaru había perdido el control.
Atacar, destrozar, destruir; eliminar al enemigo frente a él. Aquello era lo único que resonaba en la cabeza del ex yokai mientras que, importándole poco ya el ardor en sus manos, arremetía contra las bestias, ahora que ambas habían centrado su atención en él. Esquivando un zarpazo y recibiendo otro por la espalda, el albino solo gruñía guiado por el deseo de matar que lo impulsaba a seguir en pie a pesar de las heridas; su habilidad para razonar se había esfumado, prevaleciendo el instinto.
Kagome no pudo soportarlo.
Podía ver como el cuerpo de Sesshomaru era maltratado con cada zarpazo que recibía, pero él no parecía sentirlo; se estaba destruyendo. Incapaz de seguir viendo aquel sangriento espectáculo sin hacer nada, la joven miko hizo acopio de todo su valor mientras sujetaba su brazo herido; un par de segundos después y a pesar de la cojera debido a un corte que había recibido en uno de los tantos ataques de la bestia, la miko intentó acercarse.
La destrucción causada por Bakusaiga detuvo su marcha.
Frente a ella, Sesshomaru había lanzado un feroz ataque con su katana y se había llevado más de la mitad del brazo izquierdo de una de las criaturas junto a varios juegos que adornaban el parque, todo en cuestión de segundos. Kagome vio con terror como la bestia, probablemente presa de la desesperación al ver como el poder destructivo de Bakusaiga seguía carcomiendo su extremidad semi-amputada, se arrancaba el brazo desde la altura del hombro antes de salir huyendo, seguido de la bestia más pequeña.
Sesshomaru, sin embargo, no tenía la menor intención de dejarlos ir, es decir, ¿Cómo hacerlo, cuando la presa estaba frente a él?
Cual depredador al acecho y para terror de Kagome —que podía oír ya las sirenas de la policía acercándose al lugar—, Sesshomaru apretó a Bakusaiga entre sus manos, tensó las piernas y a punto estuvo de saltar; fue entonces que sucedió: una fuerte opresión en el pecho, la voz de su "otro yo" resonando en su cabeza y la repentina falta de aire deteniendo cualquier amago de movimiento; no tardó demasiado en colapsar.
Con una rodilla en tierra y aferrándose a Bakusaiga, el albino, dominado aún por sus instinto asesino, intentaba ponerse de pie y seguir luchando, pero su cuerpo no respondía más; había llegado al límite.
Kagome era consciente de lo peligroso que resultaba el acercarse a un yokai cuando se encontraba en el estado se Sesshomaru —incluso Inuyasha había intentado matarla al perder el control— y estaba aterrada por eso, sin embargo, cuando vio colapsar a al albino, sus pies se movieron solos.
Preocupada por la cantidad de yoki que emergía del cuerpo ajeno y la dificultad con la que respiraba, la joven miko hizo acopio de todo el valor que pudo reunir en escasos segundos y se acercó al caído ex yokai; el gruñido de advertencia que escapó de la garganta del albino no la hizo retroceder, tenía que hacer algo.
Sesshomaru, aún en su más primitivo estado, pudo identificar que la presencia frente a él no era peligrosa, pero no por ello dejó la cautela de lado. Herido como estaba era vulnerable a cualquier ataque por lo que emitió un gruñido de advertencia mientras se aferraba a Bakusaiga en un intento por ponerse de pie; las manos que sujetaron de repente sus mejillas lo sorprendieron tanto o más que la calidez que sintió emerger de ellas.
Era una locura. Sabía que aquello era una locura, pero la desesperación y la falta de tiempo no eran buenos consejeros, de ahí su imprudente accionar.
A riesgo de ser quemada, degollada, mordida, envenenada o lo que llegase primero, Kagome se arrodillo frente al caído ex yokai y, aprovechando que éste tenía las manos ocupadas en sostener a Bakusaiga, tomó con firmeza las mejillas ajenas, enfrentando su mirada chocolate con la rojiza del demonio; de alguna extraña manera y a pesar de lo intimidante que lucía en ese momento, Kagome supo que él no le haría daño. Con ésta certeza y a pesar del ardor en la piel que le provocaba el desbordante yoki que emergía del albino, Kagome optó por abandonar el agarre que mantenía en las mejillas ajenas sólo para atraer la cabeza de Sesshomaru hacia su pecho, envolviéndolo en un firme agarre; aquello, pensaba, era lo único que podía hacer por él.
—No puedes dejarme sola con todo esto, Sesshomaru… reacciona por favor…—Dijo la miko en lo que sonó más como un susurro desesperado— ¡Con un demonio, tienes que volver a mí!
Si bien aquellas palabras la sorprendieron incluso a ella que las había pronunciado, supo que el albino sintió lo mismo cuando percibió la tensión en él ante su férreo agarre. Camuflado entre gruñidos, la miko pudo oír el sonido que hizo la hoja de Bakusaiga al golpear el suelo; segundos después, tenía las garras de Sesshomaru clavadas en sus hombros —intentando zafarse de su agarre o sujetarse a ella con más fuerza, no lo sabía— pero no le importó, no después de sentir como el ex yokai se relajaba entre sus brazos, volviendo lentamente a la normalidad. Al cabo de un momento que se sintió eterno para ella y percibiendo como la respiración ajena se acompasaba al ritmo de sus propios latidos, Kagome se permitió exhalar un suspiro de alivio; todo había salido bien.
O al menos eso pensó durante los primeros veinte segundos, que fue el tiempo exacto que le tomó a la policía llegar al lugar.
Alarmada por lo cerca que se oían las voces y los autos; Kagome se separó de Sesshomaru y tuvo que reprimir el nuevo suspiro de alivio que pugnó por salir de entre sus labios al ver como los orbes de éste habían recobrado su dorado habitual. De momento, sin embargo, lo más importante era encontrar una forma de escapar.
Aturdido como estaba, el ex yokai casi podía jurar que había oído su cuerpo crujir cuando la miko tiró de su brazo sin la menor consideración por su deplorable estado; habría gruñido de no ser por la preocupación y la urgencia que vio en el rostro de la joven azabache mientras lo jalaba con insistencia. Instintivamente supo que no era momento de replicar por lo que, forzando su cuerpo a moverse una vez más y reprimiendo el gruñido que quiso escapar de su boca al sentir como Bakusaiga le quemaba la mano antes de guardarla en su funda, Sesshomaru siguió a la miko o al menos lo intentó; lamentablemente, sus piernas no compartían la misma intención que él.
Kagome detuvo sus pasos claramente alarmada al sentir un repentino tirón en el brazo que sujetaba a Sesshomaru; el albino había caído. Desesperada al ver una patrulla estacionada en la "escena del crimen", la miko tiró nuevamente del brazo ajeno en un vano intento por moverlo; el albino trataba, pero sus piernas no podían sostenerlo.
La azabache se sintió perdida.
Con Sesshomaru en ese estado, los policías no tardarían en atraparlos, les harían preguntas, los culparían por los desastres y la muerte del joven cuyo cadáver permanecía en medio del parque, los encerraría en prisión y nunca, jamás volverían al Sengoku; era su fin.
Desesperada como estaba, Kagome no reparó el automóvil negro que se cruzó entre las patrullas y ellos, hasta que lo tuvo delante. Asombrada, vio como desde el asiento del conductor Inugami le indicaba subir rápidamente al vehículo, señalándole la puerta que daba acceso a los asientos posteriores; sin más opciones a la mano —era ir con él o terminar en prisión— la miko sacó fuerza de donde no tenía y tanto ella como Sesshomaru se lanzaron al interior del coche. Segundos después y sin esperar a que más patrullas llegasen, Inugami pisó a fondo el acelerador y abandonaron el lugar.
Por alguna extraña razón, ningún vehículo oficial pudo darles alcance; de momento, estaban a salvo.
Si alguien le hubiese dicho al oficial Takigawa Aoshi que su noche terminaría de manera tan extraña, no habría aceptado cubrir el turno de su compañero, es decir… ¿Quién en su sano juicio habría accedido? Él no, por supuesto; para mala fortuna suya, no tenía la menor idea de lo que le esperaba cuando accedió a hacerle ese favor a su buen amigo.
Su noche tranquila —y hasta cierto punto, aburrida— se había visto perturbada de repente por los alaridos de una jovencita que, cubierta de sangre, había contado una inverosímil historia sobre bestias, samuráis modernos y sacerdotisas en pijama; el joven oficial no pudo evitar pensar que la muchacha había perdido el juicio, sin embargo, la expresión de pánico en el rostro de la castaña lo hizo reconsiderar la situación.
Habría preferido no seguir a la chica.
A una cuadra del parque, la patrulla se vio fuertemente remecida por lo que pareció ser la onda de choque de una bomba. Alarmado, el muchacho intentó bajar del auto, pero la aterrada mujer no se lo permitió; segundos después comprendería la razón: un par de perros enormes —porque se negaba a aceptar que fueran otra cosa— habían saltado sobre el capot de la patrulla antes de seguir su camino, dejando sendas manchas de sangre tanto allí, como en el parabrisas; y aquello solo había sido el principio.
Llegados a la zona del crimen acompañados solo por la tenue iluminación de las luces propias del parque —la sirena se había averiado con la onda de choque— y habiendo pedido ya refuerzos, el joven oficial quedó mudo de asombro al ver el sangriento y destrozado escenario frente a él, pero sobre todo, se vio incapaz de pronunciar palabra al notar cómo, en medio de todo el caos y la destrucción del lugar, una joven azabache abrazaba con firmeza el cuerpo mal herido de un hombre completamente albino.
Para cuando los refuerzos llegaron —y con ellos el ruido de las sirenas— Takigawa vio como la pareja se separaba e intentaban huir. Instintivamente trató de detenerlos pero, de manera repentina, su arma hizo "combustión espontánea" y quedó inutilizable. Segundos después y salido de la nada, un auto apareció en escena llevándose a la pareja en el interior.
Lo más extraño, sin embargo, vino después.
Con los refuerzos listos para seguir al auto fugitivo, las patrullas emprendieron su marcha; no habían terminado de salir del parque cuando los motores de algunos autos se fundieron y algunas llantas explotaron, provocando accidentes entre una y otra patrulla, impidiendo así la persecución.
Más extraño aún fue ver como, por escasos segundos, las llamaradas de los autos iluminaban la silueta de un hombre encapuchado, sin embargo, antes de que el pobre oficial pudiese pronunciar palabra alguna, él —o ella, no podía estar seguro— había desaparecido.
Definitivamente una noche extraña, si le permitían opinar; nunca más volvería a cubrir a su compañero.
"Exhausta" aquella era la primera palabra que venía a la cabeza de Sesshomaru al ver cómo, a pesar de tener sus propias heridas y estar notoriamente agotada, la miko gastaba lo que le quedaba de reiki en detener el sangrado de las suyas. ¿Que estaba mal con esa mujer? Cualquier otro humano e incluso un yokai, habría priorizado su propia recuperación antes que la de cualquiera, pero no, ella tenía que actuar diferente.
Corrección, ella no actuaba diferente, era diferente.
Si alguien le hubiese dicho años atrás que terminaría tomando bajo su cuidado a una pequeña humana, habría sonreído de aquella manera tan siniestra que aterrorizaba a Jaken, para después matar al insolente desdichado que había osado siquiera sugerir aquello; hoy, convertido en humano y siendo salvado en más de una ocasión por otra humana —una miko, para empeorar su patética situación— tendría que tragarse sus prejuicios.
Entre lagunas mentales que le permitían visiones fugases de lo que hiciese durante la reciente batalla, Sesshomaru recordaba el hecho de haber percibido la sangre de la miko durante la lucha y, luego de eso… nada, solo instinto y deseo de matar a quien se había atrevido a dañarla.
El poder que llegó de golpe a su cuerpo humano, terminó por acabar con la poca cordura que le quedaba.
Cual lava volcánica, la sangre demoniaca que poseía de nacimiento corría acelerada por sus venas, estremeciéndolo por completo mientras luchaba y dotándolo a su vez de aquel inmensurable poder que le fue arrebatado al llegar a través del pozo; su poder estaba de regreso, pero su habilidad para razonar se había esfumado.
Los golpes, los cortes, las quemaduras, no los sentía en absoluto pues tenía un solo objetivo en mente: destrozar al enemigo frente a él. Dominado por su instinto, Sesshomaru no detuvo sus ataques, incluso después de escuchar como un eco lejano la voz de su "otro yo" pidiéndole que parara; evidentemente aquello no ocurrió.
Con el deseo de matar latiéndole en las venas, el ex yokai recordaba vagamente arremetido contra las bestias empuñando a Bakusaiga, cuando lo sintió: el flujo desbordante de poder fue cerrado de golpe por el yokai en su cabeza antes de que su cuerpo colapsase por completo y, dada la condición actual en la que se encontraba, con temblores y punzadas azotando a momentos su cuerpo, aquello había sido lo mejor. De no haber detenido el desbordante poder que escapaba a raudales de su cuerpo, probablemente habría muerto pues la carga era demasiada para que la frágil estructura de un cuerpo humano la soportase y eso, incluso él dentro de su molestia y frustración, lo comprendía.
Muy para disgusto del ex yokai, "su otro yo" le había salvado la vida.
Aunque no todo el crédito era de él.
A diferencia de las confusas memorias que guardaba de su transformación, Sesshomaru recordaba vívidamente el momento en que su corazón —al menos por una fracción de segundo— se detuvo. La opresión en su pecho había sido lo suficientemente intensa como para quitarle el aliento y hacerlo caer al suelo de rodillas, incluso estando fuera de control; su "otro yo" había aprovechado ese pequeño lapso de tiempo para —de alguna extraña manera— cortar el flujo desmedido de poder que impulsaba sus movimientos, pero aquello no era suficiente, al menos no cuando el instinto superaba su capacidad de razonar.
Fue ella quien logró frenarlo.
Envuelto como estaba por el olor de la sangre y totalmente a la defensiva debido a su estado, Sesshomaru había sentido el impulso primigenio de atacarla cuando percibió su cercanía, pero ello no le dio tiempo de reaccionar. De repente, sintió las manos ajenas en sus mejillas y no pudo evitar gruñir ante la calidez que se desprendía de ellas; fue sin embargo lo ocurrido luego y las palabras que la miko le dijese mientras abrazaba su lastimado cuerpo, lo que terminó de descolocarlo.
"Vuelve a mi" había dicho ella mientras lo envolvía en un férreo pero cálido agarre; no supo si fueron esas palabras, el reiki que desprendía de ella o si su otro yo había tenido algo que ver con eso, pero la cordura lentamente volvió a él.
La humana lo había salvado una vez más.
Sentados en los asientos posteriores de lo que la miko había llamado "automóvil" y viendo ahora como ella se esmeraba en detener el sangrado de sus heridas a pesar de estar ella misma lastimada, Sesshomaru no pudo evitar detenerse a observarla. Su mirada detalló las facciones del rostro ajeno, notando la palidez de éste —probablemente por la pérdida de sangre y reiki—, descendió luego por el cuello de la azabache y, al bajar un poco más, pudo observar los jirones de tela que quedaban en los hombros de ella y como la sangre aún brotaba de los cortes que sus propias garras le habían realizado; por alguna razón que desconocía, sintió una opresión en el pecho al ver las heridas provocadas por él.
Concentrada como estaba en la labor de curar, o al menos detener el sangrado de las heridas de Sesshomaru, Kagome tardó un poco en notar el escrutinio visual al que era sometida; de no haber sido por el casi imperceptible gruñido que oyó del albino, ella no se habría percatado. Curiosa por aquella reacción y en un intento de distraerse para no ceder ante el cansancio y la fatiga que azotaba su cuerpo, la miko levantó la mirada y se encontró con lo dorados orbes ajenos mirando fijamente las heridas en sus hombros; Kagome no tuvo que pensar mucho para saber —o al menos hacerse una idea— lo que pasaba por la cabeza del ex yokai.
—No es grave, puedes estar tranquilo.
Con aquellas simples palabras de por medio y luego de dedicarle una pequeña sonrisa al albino, la miko centró su atención en los cortes que intentaba sanar pues, si bien la velocidad de curación de Sesshomaru estaba un poco por encima de la media después de su "despertar", no era suficiente. La última transformación duró apenas unos minutos —diez a lo mucho— y luego había regresado a su forma humana; las heridas pequeñas sanaron mientras estaba en su forma yokai, pero los cortes más profundos, ahora que era humano una vez más, sangraban demasiado, de ahí que se estuviese esforzando en detener la hemorragia.
Evidentemente, la miko había olvidado que ella misma estaba herida y que su fuente de poder era limitada; no tardó demasiado en colapsar.
Sesshomaru, que ya esperaba algo así debido al imprudente accionar de la mujer, se limitó a sostenerla en brazos cuando la vio caer hacia adelante. Percibió entonces la misma calidez en ella que logró sacarlo de aquel estado de "locura" en el que había entrado y no pudo evitar fruncir el entrecejo ¿Por qué aquella sensación le era tan familiar? ¿Qué había de diferente en ella, para que lograse traerlo de vuelta? ¿Era la calidez que sentía provocada por su reiki?
Demasiadas preguntas y ninguna respuesta coherente; aquello comenzaba a ser frustrante, tanto o más que la molestia que sentía en el pecho cada vez que veía los hombros heridos de la miko.
—Ella estará bien, Sesshomaru-san. Las heridas no parecen graves, si perdió el conocimiento es debido al cansancio.
La voz de Inugami, que había permanecido en silencio hasta ese momento, reverberó en el interior del vehículo, alertando al albino; de manera inconsciente y en lo que fue un gesto de protección netamente instintivo, Sesshomaru atrajo a la miko hacia su pecho, afianzando el agarre en ella mientras su afilada mirada se clavaba en el sujeto a través del espejo retrovisor.
Aun estando herido y a pesar de haber sido salvado por él, Sesshomaru no se permitía bajar la guardia, no con alguien tan sospechoso.
Inugami, por su parte, se limitó a sonreír ligeramente ante la actitud protectora del albino que había podido apreciar a través del espejo; segundos después y luego del cambio de luz del semáforo, devolvió la mirada al frente y retomó la marcha sobre la autopista con dirección a la montaña. Necesitaba tratar las heridas de ambos después de todo.
En lo que fue un largo, tenso y silencioso camino, el automóvil de Inugami alcanzó su destino, adentrándose en la barrera que protegía la montaña y a los yokai que allí residían; un par de minutos después, Sesshomaru estaba bajando del vehículo con Kagome en brazos, negándose a cederla a Inugami a pesar de que él a duras penas podía mantenerse en pie.
Sentado frente al futón en el que la noche anterior él había estado y con la espalda apoyada en la pared, Sesshomaru permanecía inmóvil mientras se aferraba a Bakusaiga en un intento por calmar los temblores de su propio cuerpo. Simultáneamente y haciendo un esfuerzo considerable por no ceder ante el cansancio, el albino observaba sin perder detalle a Inugami mientras éste trataba las heridas de la miko; no le agradaba la idea de que ese sujeto la curase, pero no tenían a quien más recurrir y él, por su parte, no poseía los conocimientos necesarios para tratarla. Estaba de manos atadas.
Al cabo de minutos —que le parecieron horas al ex yokai debido al estado de su lastimado cuerpo—, Inugami terminó de tratar a Kagome, dejándola descansar bajo el abrigo de gruesas cobijas. Sesshomaru tuvo que reprimir el inesperado suspiro de alivio que pugnó por escapar de entre sus labios al verla respirar de manera lenta pero constante; ella estaba a salvo.
Un poco más relajado pero manteniéndose siempre con la guardia en alto, Sesshomaru se permitió respirar un poco, a pesar de las heridas que presentaba. Ciertamente la miko había hecho un buen trabajo al cerrar sus heridas con reiki y eso, sumado a su regeneración por encima de la media, le permitía ciertas libertades en cuanto la cantidad de desgaste que podía soportar, aunque tampoco era demasiado, o su cuerpo no estaría sacudiéndose con espasmos en ese momento.
Kagome, en cambio, era un asunto diferente.
Esa mujer…¿Cuan imprudente podía llegar a ser? Bastaba con verla allí, frente a él —pálida por la pérdida de sangre y reiki—, para saber que estaba al límite de sus fuerzas. ¿Por qué llegaba a tales extremos por él? ¿Se debía acaso a que era —muy para su pesar— el hermano mayor del híbrido? ¿Le tenía lástima por su limitada condición actual? No lo entendía; el accionar de aquella mujer terca, torpe, infantil, orgullosa y testaruda, simplemente carecía de lógica para él.
Sin embargo, no podía dejar de cuidarla. Y como deseaba hacerlo.
Él, Sesshomaru, quería dejar de preocuparse por esa imprudente humana, pero por alguna extraña y desconocida razón, desde que cursasen el pozo hacía ya casi tres días, no había podido dejar de protegerla.
Ni de observarla.
Ni de tocarla, sobre todo eso.
Reprimiendo una maldición entre dientes, el albino se aferró de manera inconsciente a Bakusaiga; tenía que dejar de perder el tiempo y encontrar una forma de volver pronto a su época o perdería la cabeza.
—Kagome-san estará bien; un poco de descanso y se repondrá.
La voz de Inugami, por segunda vez esa noche, trajo de vuelta al ex yokai, que sólo entonces notó cuan fuerte se aferraba su espada mientras mantenía la vista fija en el rostro sereno de la miko, gesto que el sujeto probablemente interpretó como preocupación por la azabache.
No pudo evitar fruncir el entrecejo al notar que, efectivamente, el sospechoso sujeto estaba en lo cierto.
Inugami, por su parte, tuvo que reprimir un pequeño suspiro mientras negaba levemente con la cabeza; el ex yokai no confiaba en él y no podía culparlo.
—Usted debería descansar también, Sesshomaru-san.—Recomendó el azabache, mientras terminaba de recoger los implementos que había usado para tratar a la joven—. Después de lo ocurrido hoy, su cuerpo lo agradecerá.
—No es necesario.
—La forma en que tensa el cuerpo mientras se aferra a su katana, incluso estando sentado, no dice lo mismo. —Replicó el hombre de apariencia mayor, dirigiéndole una breve mirada al albino—. No insistiré en curarlo si así lo desea, pero al menos debería descansar.
Sesshomaru no respondió, en lugar de eso, afianzó el agarre que mantenía sobre la funda de Bakusaiga y devolvió la mirada hacia la miko que yacía inconsciente a tan solo unos pasos de su posición; dormir no era una opción aceptable, al menos no cuando estaban a merced de un sujeto tan sospechoso como Inugami.
El ex yokai se negó a descansar.
La noche, que se perfilaba larga para el albino que permanecía en vela, era interrumpida a penas por los ruidos propios de la montaña y ocasionalmente por Inugami, que venía a cambiar el paño húmedo que descansaba en la frente de la miko; ella seguía inconsciente, pero la palidez de su rostro había disminuido.
Sesshomaru, por su parte, apretaba los dientes en un intento por no ceder ante los temblores que azotaban su cuerpo a intervalos cada vez más cortos. El dolor intenso de sus músculos tampoco ayudaba a mantenerse calmado, tampoco el letargo del sueño que amenazaba con arrastrarlo; estaba al límite y lo sabía, pero se negaba a ceder.
El ruido producido por una taza al deslizarse sobre el suelo captó inmediatamente su atención; frente a él, una infusión de dulce aroma y pálido verdor era dejada por el dueño de la cabaña, quien le dedicó una simple inclinación de cabeza.
"Ayudará con el dolor y los escalofríos" había dicho Inugami antes de desaparecer una vez más, sin embargo, no tardó mucho en regresar; lo que traía en las manos esta vez eran un par de cobertores; el primero para la miko y el segundo —Sesshomaru supuso al ver que lo dejaba junto a la taza— para él.
—Use el cobertor por favor, la noche es bastante fría en esta montaña.
Pero él no lo hizo. En lugar de ello, y manteniéndose firme a base de fuerza de voluntad, el ex yokai se mostró impávido ante los comentarios y peticiones del azabache; Inugami sólo negó con la cabeza y prosiguió con la labor de revisar a Kagome.
Un par de horas después y luego de cambiar nuevamente el paño que descansaba en la frente de la joven azabache, Inugami se permitió exhalar un pequeño suspiro; Sesshomaru no había perdido de vista sus movimientos y la sensación de ser observado constantemente no resultaba para nada cómoda.
—Sesshomaru-san, ¿Hay algo que quiera preguntarme?
Muchas cosas en realidad, pero el ex yokai no estaba dispuesto a mostrarse ansioso; la cautela iba más acorde con él.
Y razones de sobra tenía para ser cauteloso con Inugami.
Recordaba todavía el momento en que habían llegado a la cabaña. El "automóvil" —o así llamaba la miko a la cosa con ruedas— se había estacionado frente a la pequeña vivienda del mayor y él, en su prisa por sacar a la azabache para que fuese sanada, había dejado a Bakusaiga dentro del vehículo; ver como Inugami tomaba la katana sin el menor problema lo había perturbado una vez más.
Si bien hubo una ocasión anterior en la que el sujeto tomó a Bakusaiga, luego de meditarlo apropiadamente Sesshomaru llegó a la conclusión de que aquello pudo ser posible debido a que en esa oportunidad, Inugami había tomado su katana desde la funda —su propia experiencia respaldaba esa idea— esta vez, sin embargo, fue diferente.
Quizá por la prisa que llevaban, Inugami tomó descuidadamente a Bakusaiga por la empuñadura…y la katana no lo quemó.
Sesshomaru no iba a desaprovechar la oportunidad para descubrir la razón de ello.
—¿Por qué no te rechaza la espada?
—¿Perdón?
—Sabes a lo que me refiero.
Sí, sabía perfectamente lo que el ex yokai quería decir, pero eso no hacía más fácil abordar el tema.
Horas atrás y mientras el albino sacaba en brazos a la miko del auto, Inugami había cometido el error de sujetar a Bakusaiga sin el menor cuidado a pesar de lo cargada de yoki que se encontraba luego de ser usada por Sesshomaru; a diferencia de la primera vez, que tuvo la precaución de tomarla por la funda, con las prisas había olvidado hacer lo mismo.
Era ingenuo pensar que Sesshomaru, siendo tan perceptivo como era incluso en su forma humana, dejaría pasar algo así.
Resignado ante un desliz tan garrafal como el que había cometido, Inugami exhalo un pequeño suspiro antes de sentarse frente al ex yokai para comenzar con las explicaciones; era eso, o enfrentar la furia del señor de las tierras del Oeste.
Evidentemente no quería eso.
—Desciendo de una familia de monjes y sacerdotisas, Sesshomaru-san. —Empezó él; la ceja levemente alzada del albino le hizo saber que debía explicarse mejor—. Aunque no lo parezca debido a mi apariencia, poseo reiki al igual que Kagome-san, y si bien mi poder no es tan grande como el suyo, puedo reprimir al menos por unos instantes el yoki que Bakusaiga emana. Es por eso que la espada no me lastima; si la sostuviese por más de tres minutos, sin embargo, también me quemaría.
—¿Cómo lo hago yo?
—Bien… eso puede ser un poco difícil. —Respondió el azabache, reprimiendo el suspiro que pugnaba por escapar de sus labios—. Ciertamente está atrapado en un cuerpo humano, pero su esencia sigue siendo la de un demonio. Es decir, usted no posee reiki; lo que se mantiene sellado es una fuerte carga de yoki que se libera a momentos, supongo yo, por estímulos externos.
—¿Alguna forma de controlarlo?
—Tanto el yoki como el reiki son energías, por lo que teóricamente es posible. —Explicó Inugami—. El procedimiento, sin embargo, y las consecuencias que esto puede tener para su cuerpo, escapa de mi conocimiento.
—Bakusaiga.
—La katana lo rechaza debido a la fluctuación intermitente de su energía. —Prosiguió el azabache—. Como habrá notado hoy, a pesar de su apariencia, el yoki que originalmente le pertenecía permanece dormido dentro de ese cuerpo humano; cada vez que toca a Bakusaiga, la energía demoniaca pugna por liberarse pero el sello y las limitaciones propias de su nuevo cuerpo la reprimen. Es precisamente ese conflicto, ese choque constante de poder, lo que provoca el rechazo inmediato; mientras no encuentre un equilibrio apropiado entre su lado yokai y la nueva faceta humana que posee, temo que no podrá blandir la katana con libertad.
Sesshomaru optó por el silencio.
Sentado frente al azabache, el albino se tomó un momento de silencio para meditar la información que acababa de recibir. Lo dicho por Inugami tenía sentido y explicaba más de una duda que había surgido en su cabeza desde que despertase dentro del pozo convertido en humano, sin embargo, el hecho de que Inugami tuviera en su poder aquella valiosa información era lo que planteaba la pregunta más grande que se había hecho hasta ese momento.
—¿Quién eres en realidad?
Contrariamente a lo que Sesshomaru deseaba, él no dijo nada más. Inugami se limitó a sonreír ligeramente antes de levantarse del suelo, dedicándole una leve inclinación de cabeza antes de dirigirse a la dormida miko; segundos después y dejando más preguntas que respuestas a su paso, el hombre abandonó la habitación con la excusa de ir a buscar paños limpios.
Si bien había saciado su curiosidad en algunos aspectos, Sesshomaru no pudo evitar sentirse frustrado. El sujeto sabía más de lo que había logrado sacarle, de eso estaba seguro.
En silencio junto al pequeño riachuelo que pasaba cerca de la cabaña y mientras enjuagaba los paños, Inugami se permitió exhalar el suspiro que venía conteniendo desde hace horas; el interrogatorio había sido más intenso de lo esperado.
Con paciencia y como quien no quiere terminar su tarea —en realidad no quería enfrentar la afilada mirada del ex yokai, al menos de momento—, Inugami demoró un poco en terminar de enjuagar los paños para luego llenar con agua el cuenco vacío que había traído consigo; la joven azabache se encontraba mejor, por lo que podía tomarse algunos minutos para relajarse después de todo el ajetreo nocturno por el que había pasado.
Agotado, golpeó levemente sus propios hombros en lo que fu un intento tosco de masaje, pero que le brindo el pequeño alivio que sus cansados músculos necesitaban. Cerró los ojos, disfrutó brevemente de la fría brisa que circundaba el lugar y luego, cuando por fin se sintió un poco más relajado, posó la mirada en el cielo nocturno antes de pronunciar palabra.
No estaba solo y desde hace rato ya que lo sabía.
—A pesar de su condición humana, él podría percibir su presencia si permanece aquí mucho tiempo. —Dijo al fin, en lo que fue más un susurro a la nada—. Ellos están bien, sanarán con un poco de descanso.
La respuesta a sus palabras, tal y como ya suponía, nunca llego, en lugar de eso, pudo distinguir apenas entre el espesor del bosque, la silueta encapuchada de un hombre que permanecía oculto en las sombras; no se había equivocado después de todo.
Con voz calma pero con cierto matiz de reproche en la voz, Inugami volvió a dirigirse a su misterioso invitado nocturno; sabía que él no se marcharía hasta obtener las respuestas que deseaba.
—Agradezco que nos ayudase a huir, pero no debió intervenir. —Añadió Inugami, al cabo de unos segundos de silencio—. Fue muy insensato de su parte.
—¿Lo dice la persona que los rescato de la policía?
La voz de su interlocutor, aunque grave, destiló cierto matiz de ironía que el azabache pudo captar inmediatamente y, aunque no podía ver su rostro en ese momento, podía imaginar con facilidad la sonrisa ladeada que debía tener en los labios; Inugami no pudo evitar sonreir también.
—Es mi deber cuidar de ellos, por si lo ha olvidado. —Dijo al fin, mientras se alistaba para volver.
—No iba a dejar que los atrapasen.
—Quizá debía ser así.
—Sabes bien que no.
—Lo regañará si se entera de su intervención.
—No lo sabrá si no se lo dices.
Un cansado suspiro fue lo único que Inugami pudo ofrecer como respuesta al encapuchado; estaba en lo cierto después de todo.
Dejando que la sonrisa volviese a sus labios una vez más, Inugami terminó de alistarse; segundos después y luego de dejar unas palabras al aire, retomó su marcha hacia el interior de la cabaña.
—Ya sabe cómo se encuentran, debe marcharse ahora.
Cuando Inugami dio un último vistazo antes de adentrarse a la cabaña, la silueta había desaparecido sin dejar rastro; segundos después, estaba dentro.
Cerrando la puerta tras de sí, Inugami dejó el cuenco a un lado antes de cerrar la puerta. Acto seguido y tratando de hacer el menor ruido posible, cambió el paño de Kagome por uno limpio; minutos después y con mayor sigilo que antes, se acercó al ex yokai y lo cubrió con el cobertor que permanecía doblado a un costado del albino.
Por fin se había dormido; eso era un buen comienzo.
Las quemaduras, la pérdida de sangre, la transformación en sí o el derroche excesivo de poder en un cuerpo que no era adecuado para contenerlo; cual fuere el motivo, Sesshomaru no pudo ganarle la batalla al sueño. Lentamente y mientras el silencio lo adormecía, pudo sentir como las fuerzas abandonaron su cuerpo hasta que, en un determinado momento y a pesar de la resistencia que puso, cayó rendido al mundo de los sueños.
Más temprano que tarde, se vio en medio de aquel espacio infinito. Esta vez, sin embargo, estaba preparado; luego de procesar la información recibida, tenía un par de preguntas que hacerle a su molesto "otro yo". Si ya había caído víctima del cansancio y no podía despertar —lo había intentado un par de veces sin resultado positivo—, aprovecharía cada segundo que permaneciese en ese extraño y onírico mundo.
Tan solo instantes después y casi como si lo hubiese llamado con el pensamiento, la silueta de su "otro yo" fue tomando forma de entre la bruma hasta materializarse frente a él; había llegado el momento de obtener respuestas.
—Y yo que esperaba sorprenderte… estás mejorando, Sessho. —Dijo el yokai, deteniéndose frente al albino—. ¿Querías hablar conmigo entonces? ¿Es sobre lo que ocurrió con tus poderes hoy?
—En parte.
—Tan comunicativo como siempre… —Replicó el yokai, negando levemente con la cabeza—. No se cómo te aguanta Kagome, en serio.
Un grave gruñido fue lo único que Sesshomaru dio como respuesta, aunque fue quizá la forma en que frunció el entrecejo ante la mención de la miko, lo que envió un claro mensaje a su contraparte yokai; no estaba para bromas.
—Estás preocupado. —Afirmó su "otro yo"—. Más por ella que por ti, según veo.
Aunque probablemente el mensaje no había sido captado correctamente, es decir, ¿Cómo podría preocuparse más por ella que por su precaria situación? Era ridículo pensar aquello; su prioridad era recuperar los poderes que había perdido para luego, buscar y destruir al enmascarado que se atrevió a atacarlo en un momento de debilidad.
Kagome era solo el medio que tenía para volver al Sengoku, nada más. O al menos de eso trataba de convencerse desde que notó el extraño impulso que sentía por protegerla; para su desgracia, la labor de auto-convencimiento estaba fallando estrepitosamente.
Sesshomaru no pudo evitar gruñir; estaba preocupado por la miko.
—Debiste sentirlo también, ¿Cierto? —Cuestionó de repente el yokai, captando la atención del albino; supo al momento de ver la inusitada seriedad en el rostro ajeno, que las bromas serían dejadas de lado—. No fue coincidencia que tu transformación se desvaneciese cuando ella te tocó. De manera inconsciente, Kagome empleó su reiki para sellar el flujo de yoki que desbordaba tu cuerpo.
—¿No fuiste tú?
—Me gustaría tomar todo el crédito, pero no. —Respondió su "otro yo"— Si bien pude inmovilizarte al cortar momentáneamente el flujo de yoki que emanaba de ti, con eso solo conseguí darle a Kagome la oportunidad de actuar, fue ella quien deshizo tu transformación a tiempo.
—¿Por eso colapsó?
—Sí, y es por eso que no puedes perder el control de nuevo. —Advirtió el yokai con severidad—. ¿Sabes cuánto reiki tomaste de ella para volver a la normalidad?
No, no lo sabía, pero podía hacerse una idea al recordar la palidez de su rostro mientras la llevaba en brazos al interior de la cabaña. Sesshomaru tensó la mandíbula y apretó los puños ante la sorpresiva opresión que sintió en el pecho al revivir aquello; la miko estaba mortalmente fría al tacto cuando la cargó.
—Veo que eres consciente del daño. —Dijo el yokai al cabo de unos minutos de silencio; Sesshomaru se vio sorprendido ante la mirada que el yokai le dedicó pero que no alcanzó a descifrar—. Ella estará bien ahora, por lo que puedes estar tranquilo. Sin embargo, en caso de que llegues a perder el control una vez más, todo el trabajo recaerá en Kagome y eso será realmente perjudicial para ella. Podrías llegar a matarla.
—¿Qué hay de ti?
—Lamentablemente, yo no podré ayudarte de nuevo.
—¿Por qué?
—Es cada vez más difícil aparecer frente a ti por mi propia cuenta. —Explicó el demonio—. Si bien soy el contenedor de tu energía demoniaca, sigo siendo solamente eso: energía; con consciencia propia, evidentemente, pero energía al fin y al cabo. El tiempo que puedo mantener ésta forma física para hablar contigo es limitado, incluso dentro de tu subconsciente. Prestarte poder en batalla lo es aún más, por eso el ataque de Bakusaiga es menos destructivo de lo que debería. Odio admitirlo, Sessho, pero sigo siendo una parte de ti; no puedo hacer mucho en el mundo exterior sin que me invoques voluntariamente.
—¿Invocarte?
—Solo cuando sea estrictamente necesario blandir a Bakusaiga. —Respondió el yokai; la ceja levemente alzada de Sesshomaru le indicó que debía seguir hablando—. No importa cuánto poder permanezca sellado dentro de ti, Sessho, eres humano ahora y el yoki es nocivo para tu salud. A diferencia del reiki, que sirve para sanar y proteger, la energía demoniaca solo destruye; de emplearla con demasiada frecuencia, tu cuerpo colapsaría.
—¿Puedo usar yoki, incluso con éste patético cuerpo humano?
—¿Escuchaste algo de lo que acabo de decir?—Replicó el yokai, entre cansado y exasperado.
Sabía que su contraparte humana no se rendiría hasta obtener respuestas, después de todo, ambos conformaban una misma entidad. Tenía que ceder.
—Con el entrenamiento adecuado puedes estabilizar tu yoki, mas no liberarlo de forma física. —Dijo al fin, al cabo de unos segundos—. Al menos no sin un catalizador.
—¿Catalizador?
—Un medio que regule el paso del yoki a tu cuerpo. —Explicó su "otro yo"—. La espada es un buen ejemplo, pero como bien dijo Inugami, mientras no seas capaz de regular tu energía demoniaca, no podrás tocarla. Y aún si lo lograses y Bakusaiga dejase de quemarte las manos, no será más que una espada común mientras no logres invocarme.
—¿Cómo lo hago?
—Mi nombre es la clave.
—¿Tu nombre?
—¿No creerás que también me llamo Sesshomaru, cierto? —Cuestionó el yokai, entre divertido e "indignado"— ¡Vamos! ¡Eso no es original!
El gruñido que resonó en la infinita estancia hizo evidente para el demonio que su contraparte humana no estaba de humor para aguantar sus pequeñas bromas.
—Ya, no me gruñas, que aquí el perro soy yo. —Bromeó su "otro yo" al cabo de unos segundos, curvando los labios en una ligera sonrisa; Sesshomaru no pudo evitar fruncir el entrecejo al ver su propio rostro sonriendo con tanta naturalidad. Aquello era demasiado extraño—. Alégrate un poco, hombre, que cuando seas capaz de invocarme, podrás transformarte. Eso sí, no debes excederte con el tiempo o ese cuerpo humano que tienes no lo soportará.
—¿Volveré a ser un yokai?
—No por mucho, me temo. —Contestó el yokai—. Como habrás notado hoy, la transformación tiene un límite de tiempo antes de que tu cuerpo se sature de yoki y comience a fallar; de exceder ese límite, podrías morir. Consciente de eso… ¿Está dispuesto a intentarlo?
—Tomaré el riesgo.
Firme, directo y sin el menor atisbo de duda, así fue la respuesta de Sesshomaru. Si había una forma de poder enfrentar al enmascarado por sus propios medios, la tomaría; su orgullo como guerrero estaba juego.
Al ver la determinación en el rostro de su contraparte humana, el yokai no pudo evitar sonreír; ahora todo dependía de él.
—No me queda mucho tiempo, Sessho. —Dijo el demonio, consciente del pasar de los minutos—. Si hay algo más que quieras saber…
—¿Por qué ahora y no antes?
Aquella duda había estado molestando al ex yokai desde que la conversación se tronó tan reveladora en ciertos aspectos. Bien podría su otro yo haberle dicho todo eso durante su primer encuentro, pero había esperado hasta después de que perdiese el control —y que lastimase a la miko— para hablar.
Si el yokai pretendía que él protegiese a la sacerdotisa —porque esa impresión tenía desde que su molesta voz apareció en su cabeza— ¿Por qué no le había advertido antes que todo eso ocurriría?
—Porque hay cosas que deben experimentarse de primera mano para comprenderlas. —Explicó el yokai, con una sutil pero comprensiva sonrisa hacia su contraparte humana—. La angustia, la frustración, el dolor, el descontrol y las consecuencias que este último puede acarrear tanto para ti como para ella… no había forma de que entendieses todo eso sin haberlo vivido, Sessho. Necesitabas sentirlo en carne propia; además, ¿Me habrías creído si te lo decía?
No, definitivamente no; en lugar de eso, le habría dado un par de golpes por atreverse siquiera a sugerir que él, Sesshomaru, podría experimentar tales sentimientos y emociones al ver en peligro a otra humana que no fuese Rin, e incluso si se refiriese a ella, no lo aceptaría abiertamente; aquello iba contra su propia naturaleza, por eso lo frustraba tanto.
El yokai tuvo que hacer un esfuerzo por no reír al ver el cada vez más notorio entrecejo fruncido de su contraparte humana; a veces podía ser tan terco…
—Vamos, quita esa cara de amargado, que los humanos si se arrugan cuando fruncen el ceño tan seguido. —Bromeó el yokai, en un intento por captar la atención del albino—. Tienes frente a ti todas las pistas que necesitas para resolver el misterio, Sessho. Cuando menos lo esperes, tendrás todas las respuestas que necesitas.
Dicho esto y sin darle opción al ex yokai de hacer más preguntas, la figura del demonio comenzó a desvanecerse lentamente hasta ser tragada por la espesa bruma que se formó a su alrededor; segundos después, Sesshomaru también desapareció.
Con energía renovada, pero sintiéndose adolorida cada vez que realizaba algún movimiento brusco, Kagome abrió perezosamente los ojos al sentir los rayos de sol que se filtraban por la ventana de la habitación. Perdida aún en el limbo del mundo de Morfeo y el de las criaturas conscientes, la joven miko se incorporó con cuidado sobre el futón en el que descansaba y se frotó los ojos con el dorso de su diestra en un intento por espabilarse; no tardó demasiado en notar que aquella no era su habitación.
Desconcertada, la sacerdotisa se tomó un par de segundos para recorrer con la mirada el lugar e intentar recordar lo ocurrido para que terminase en esa habitación; fue entonces —al sentir el pinchazo en su hombro derecho cuando intentó moverse— que las memorias de la noche anterior llegaron una tras otra.
Los "hombres lobo" que los emboscaron, el chico asesinado, la policía acercándose cada vez más, Inugami llegando a su rescate, pero sobre todo, un Sesshomaru fuera de control fue lo que vino a su cabeza; Kagome se incorporó de golpe sobre el futón al recordar al albino. ¿Qué había pasado con él?
—No debería moverse de forma tan imprudente, Kagome-san. Sus heridas podrían abrirse.
La voz de quien Kagome reconoció como el hombre que los había salvado ya varias veces, reverberó en la pequeña habitación y, aunque apacible al oído, la miko pudo percibir cierto reproche en su tono de voz. Aquello sin embargo, no podía importarle menos, al menos no en ese momento; necesitaba saber que había sido de su albino acompañante.
—¿Qué pasó con Sesshomaru? —Cuestionó la castaña, sorprendiéndose por lo rasposo que sonó su propia voz—. ¿Pero qué…?
—Antes de preocuparse por él, debería preocuparse por usted, señorita. —Replicó el mayor, mientras dejaba un cuenco de agua limpia en el pequeño mueble junto al futón—. Han pasado cuatro días desde que cayó inconsciente y aunque ha tenido suero intravenoso para nutrirla, no es lo mismo que una comida en condi…
—¡¿Cuatro días?!
La voz de la joven miko, estridente como cada vez que era sorprendida, resonó fuerte y clara en toda la cabaña; aquello la había tomado con la guardia completamente baja. ¿Cuatro días? ¿En verdad había estado inconsciente por tanto tiempo? Hasta donde recordaba, sus heridas no eran tan graves, entonces… ¿Por qué?
—Perdió mucho reiki durante la batalla, Kagome-san. —Dijo Inugami, adivinando la línea de pensamiento de la joven—. De ser otra persona, probablemente habría tardado más en recuperarse; para ser sincero, estoy sorprendido de que despertase tan pronto.
—¿Perdí tanto reiki al curar a Sesshomaru? —Cuestionó la miko, claramente confundida. Hasta donde recordaba, sólo había detenido el sangrado de algunas heridas; era imposible haber perdido tanta energía en eso.
—Bien… sobre eso… —Respondió el mayor, pensando a su vez en las palabras adecuadas para simplificar el tema.
No tuvo demasiado tiempo para pensar, lamentablemente; el golpe de yoki que inundó la habitación le quitó toda oportunidad.
Alarmada por lo extremadamente familiar que le resultó aquella energía, la joven miko se incorporó de golpe a pesar del dolor que sus heridas —aunque medianamente cerradas— le provocaban y se dirjió a la salida de la cabaña; aquello no podía estar pasando de nuevo. Sesshomaru no podía ni debía perder el control. Tras ella, alcanzó a oír que Inugami trataba de detenerla, pero no ero Kagome no escuchó más; su prioridad en ese momento era detener al ex yokai antes de que terminase por colapsar como la última vez.
Una vez fuera de la cabaña, dirigió la mirada hacia el cercano lugar de donde provenía el desbordante flujo de yoki; lo último que esperaba Kagome era ver a Sesshomaru en posición de loto, con los ojos cerrados y completamente concentrado en algo más allá de su comprensión, mientras era rodeado por una fina capa de energía verduzca.
La pobre y desorientada miko no supo cómo reaccionar y lo único que atinó a hacer, fue llamar al albino por su nombre. ¿Qué demonios había pasado en esos tres días que estuvo inconsciente?
—¿Sesshomaru? —Cuestionó la azabache, acercándose con cautela al ex yokai— ¿Qué estás…?
—Despertaste.
La voz grave y desprovista de emoción que resonó en sus oídos dio a entender a Kagome que su "cuñado" estaba en pleno uso de sus facultades, entonces… ¿Por qué había tanto yoki rodeándolo?
—¿Quieres explicarme lo que está pasando?
—Entrenamiento.
Tan escueto como siempre en sus respuestas, Sesshomaru se limitó a esa simple palabra antes de retomar la rutina de meditación que había optado por tomar los últimos días.
A sabiendas de que la miko tardaría en despertar y sin la menor intención de dejarla en ese lugar con Inugami, el ex yokai había optado por instalarse durante horas en el patio frente a la pequeña cabaña —nunca demasiado lejos— sólo para sumergirse en la meditación, tomando esto como una alternativa para estabilizar los residuos de yoki que aún permanecían en su cuerpo después de su transformación; el hecho de que la intensidad de las quemaduras que le provocaba Bakusaiga fuese disminuyendo, era un indicio de que iba por buen camino.
Eso claro, hasta que la joven azabache despertó; era difícil mantener la concentración con ella mirando insistentemente su espalda.
Tentado a exhalar un cansado suspiro pero reprimiendo aquello detrás de sus inmutables facciones, Sesshomaru abrió por fin los ojos, relajó levemente su postura y se dignó a mirar la joven; no contó con el breve pero intenso pinchazo que sintió en el pecho al verla de pie frente a él.
El color había vuelto al rostro femenino, sus heridas —aunque frescas todavía— no representaban más peligro; la miko estaba a salvo… y él se sentía extremadamente aliviado por ello.
Quizá por eso no pudo evitar que, una vez de pie frente a ella, su diestra fuese a parar al mentón de la miko.
Quizá por eso no pudo evitar acariciar la base de sus labios con los dedos, a penas tuvo la oportunidad.
Quizá por eso no pudo evitar tocarla.
Y quizá, solo quizá, fue debido a eso que aquellas palabras escaparon de su boca antes de poder razonarlas siquiera.
—Estarás bien a partir de ahora.
La joven sacerdotisa no supo de que sorprenderse primero, si del hecho de que Sesshomaru —siendo como era— la tocase de esa forma tan "delicada" o de las palabras que éste le dijese después de acariciarla; cual fuere la razón, Kagome no pudo evitar que sus mejillas se tiñesen de un intenso carmín que perduró incluso después de que el albino la soltase.
Aquello había sido inesperado, demasiado para su inestable corazón. Sesshomaru, por su parte, se mostraba tan inexpresivo como de costumbre, aunque Kagome podía jurar que por un efímero momento había notado un matiz distinto en su mirada mientras le hablaba. ¿Habrían sido ideas suyas solamente?
El mal disimulado carraspeo de Inugami hizo notoria su presencia en el lugar, captando la atención de ambos; las reacciones no se hicieron esperar. Sesshomaru, mostrándose impasible como de costumbre a pesar de lo recientemente ocurrido, se limitó simplemente a mirar al recién llegado mientras que ella, siendo como era, solo atinó a bajar la mirada con las mejillas en extremo sonrojadas.
Inugami lo había visto todo y aunque no fue nada realmente comprometedor como lo que su pobre hermano menor tuvo que presenciar, Kagome no pudo evitar sentirse avergonzada; las cosas estaban saliéndosele de las manos.
De no haber ido en contra de su propia naturaleza, Sesshomaru habría rodado los ojos.
La miko era demasiado evidente, o al menos para él era extrañamente fácil saber lo que pensaba; y no sabía cómo sentirse respecto a eso. Ciertamente había actuado sin pensar al momento en que la azabache estuvo en su rango de alcance, y las palabras —aunque simples— que le dijese, lo sorprendieron incluso a él mismo, pero comparado a lo que entre ellos ocurrió en su habitación tres días atrás antes del ataque, una simple caricia no era nada.
O al menos de eso trataba de converse el mismo; evidentemente y por enésima vez desde que cursasen el pozo, su nivel de auto-convencimiento estaba cayendo en picada. Al desviar la mirada hacia la miko pudo notar como jugueteaba con los dedos mientras mantenía la vista clavada en el suelo, claramente incómoda
No pudo evitar gruñir por lo bajo. La mujer le estaba "contagiando" su incomodidad; tenía que hacer algo.
—¿Qué deseas, anciano? —Cuestionó Sesshomaru, en un intento por dejar de lado la reciente escena.
Aquello pareció hacer reaccionar al azabache, quien parpadeó un par de veces antes de poder pronunciar palabra; Kagome no pudo si no agradecer en silencio el hecho de que el orgulloso albino junto a ella desviase el tema de la conversación hacia otro lado.
—Sí. Me distraje, perdón. —Se excusó el mayor, al cabo de unos segundos en que la afilada mirada de Sesshomaru no se apartó de él—. En realidad, quería darles esto.
Frente a ellos, dos bolsas fueron extendidas a penas el azabache terminó de hablar. Curiosa, la miko tomó ambos paquetes he inspeccionó el contenido, dado que Sesshomaru se había limitado a observar solamente; no esperaba toparse con aquello.
Dentro de las bolsas y perfectamente doblados se encontraban dos conjuntos de ropa —chaqueta y pantalón—, ambos en color negro con austeros detalles blancos que se distinguían entre la intensidad del más fuerte. A simple vista, Kagome podía jurar que eran simples prendas deportivas.
—Son trajes especiales. —Explicó el mayor, adivinando la dirección que tomaban los pensamientos de la joven—. Están hechas con pelaje de ratas de fuego, lo que las hace más resistentes que una tela promedio; les serán de utilidad cada vez que deban luchar.
—Un momento. —Replicó la miko, dejando brevemente de revisar las prendas—. Si estos trajes fueron tejidos con pelaje de ratas de fuego ¿No deberían ser de color rojo?
—En ésta época, Kagome-san, ni siquiera los trajes yokai se salvan de la industria textil. —Respondió el mayor, riendo ligeramente—. Un traje rojo sería demasiado llamativo al momento de luchar; el negro será más adecuado para pasar desapercibido, créame.
Optando por un momento de silencio mientras asentía a las palabras del mayor, Kagome se tomó aquellos segundos para estudiar a consciencia la apariencia. Ciertamente no distaba de una prenda usual de la época, es más, casi podría jurar que eran muy actuales.
—Se ven bastante modernos. —Alcanzó a susurrar la joven, más para sí que para sus acompañantes.
—Tenían que serlos. —Fue la simple respuesta del azabache—. La idea es que puedan llevarlos consigo la mayor parte del tiempo, en caso de que alguna batalla surgiese de manera inesperada; un traje de sacerdotisa habría sido demasiado llamativo en estos días.
—Viéndolo desde esa perspectiva, es verdad. —Concedió la azabache, sonriendo ligeramente—. Muchas gracias por todo, Inugami-san. Estamos en deuda con usted.
—No tiene que agradecer, Kagome-san. —Respondió el mayor, sonriendo también a la joven— Siempre que ayudarlos esté en mis manos, lo haré con gusto.
Aquellas palabras, aunque alentadoras dado el momento que atravesaban recordaron a Kagome la duda inicial que había surgido en ella mientras curaba a Sesshomaru luego de su transformación; dada la hora a la que ocurrió todo, era imposible decir que el azabache estaba dando un simple paseo por el parque con su auto, entonces… ¿Cómo se había enterado Inugami de que necesitaban ayuda esa noche?
Tentada estuvo por preguntar, pero la voz grave de Sesshomaru detuvo cualquier intención que tuviese de hacerlo. ¿Acaso había escuchado bien?
—Partiremos ahora.
—Espera, Sesshomaru. —Pidió la azabache—. Aún hay algo que quisiera preguntarle a Inugami-san y…
Pero él no la escuchó. Haciendo caso omiso de sus palabras como cada vez que se encontraban por casualidad en el Sengoku, Sesshomaru se adelantó algunos pasos e intercambió un par de escuetas palabras con Inugami mientras que ella, completamente perdida, sólo atinaba a mirar de un lado a otro sin entender nada; aquello terminó por frustrarla y sacó a relucir su explosivo carácter.
¿Tanto le costaba a ese engreído tomarse un par de segundos para explicarle la situación? ¡Odiaba sentirse ignorada!
—Pueden marcharse ahora si lo cree conveniente, pero considero que deberían cambiarse antes de partir. —Sugirió el azabache, reprimiendo una nerviosa sonrisa al percibir el aura creciente de la sacerdotisa—. Sus prendas actuales no quedaron precisamente intactas después de la batalla.
—No es necesario.
—Sesshomaru… ¿Podrías explicarme lo que ocurre? —Cuestionó la azabache, haciendo uso de toda su paciencia; evidentemente, él no le contestó—. ¡Respóndeme cuando te hablo, grosero!
Inugami, quien se debatía entre intervenir en la repentinamente tensa situación o mantenerse callado para salvaguardar su integridad física, dirigió la mirada hacia el impasible rostro del albino, que se mostraba indiferente ante el arrebato de la joven; pudieron ser ideas suyas solamente, pero el azabache casi podía jurar que aquello resultaba divertido para el joven Lord de las tierras del Oeste.
—Necesitaremos un yokai. —Fue lo único que dijo Sesshomaru.
Evidentemente, la joven e impetuosa miko no estaba dispuesta a tolerar la indiferente actitud del Lord, o al menos esa impresión tuvo Inugami al ver como la azabache recriminaba un par de cosas al albino sin medir la peligrosidad del asunto y olvidando al parecer el bochorno inicial que tuviese cuando los encontró "conversando" minutos atrás; el azabache no supo decir si ella era demasiado impetuosa o imprudente.
Para fortuna de todos, el yokai alado que el azabache llamó apenas el Lord solicitó uno, no tardó demasiado en aparecer.
Kagome, entre cansada y exasperada al no obtener respuesta alguna de su "cuñado", exhaló un cansado suspiro mientras negaba levemente con la cabeza; la migraña que amenazaba con aparecer desde temprano por la mañana no era algo que le resultase agradable.
Resignada a quedarse sin respuestas —al menos de momento— la joven sacerdotisa estuvo a punto de dejar zanjado el asunto, cuando sintió de repente como Sesshomaru, en un rápido e inesperado movimiento, la alzaba en peso y se la echaba al hombro como si se tratase de un simple costal.
Kagome enrojeció tanto por la cólera como por la vergüenza, ¿Cómo se atrevía a hacerle eso? ¡Ella no era una niña para ser tratada como tal!
—¡¿Qué demonios crees que haces?! —Exclamó la joven, forcejeando por bajarse del hombro masculino—. ¡Sesshomaru! ¡Bájame en este preciso momento!
Pero él no la escuchó; en lugar de eso y a pesar de los golpes que recibía en la espalda, el albino caminó impasible hasta donde, tan solo segundos antes, el yokai alado llamado por Inugami acababa de aterrizar; Sesshomaru no dudó en deshacerse del "bulto" que llevaba en el hombro y dejó a la miko sobre la criatura.
Kagome, por su parte y apenas logró estabilizarse sobre las mullidas plumas de la criatura, se incorporó sobre ella en un intento por encarar al desconsiderado albino que había salvado; no evitar enrojecer hasta las orejas al encontrarlo allí, de pie entre sus piernas y con su rostro extremadamente cerca al haberse levantado tan de repente.
La ira dio paso a la vergüenza al percibir su cercanía y como los dorados orbes ajenos se clavaban en los suyos; fueron las palabras que Sesshomaru dijese, sin embargo, lo que rompió el "encanto mágico" que por unos escasos segundos pareció envolverlos.
—Cuatro días.
Kagome tardó un par de segundos en comprender el significado de aquella escueta frase, pero cuando lo hizo, el entendimiento fue casi tan duro como un golpe físico: habían pasado cuatro días desde que ella cayó inconsciente, cuatro largos días en los que madre debía estar desesperada por noticias suyas.
La joven sacerdotisa no pudo evitar el nudo que se formó en su garganta; su madre debía estar en extremo preocupada por su repentina desaparición.
Consciente de que la miko había captado el mensaje, Sesshomaru se alejó de ella; segundos después y en un ágil movimiento, el albino había montado ya sobre la criatura, sosteniendo desde detrás de la sacerdotisa las cuerdas con las que podía mantenerse —y mantenerla— firme sobre el yokai; lo último que necesitaban era un nuevo accidente.
Una vez listos y con los trajes dados por Inugami, seguros en el regazo de la azabache, solo quedaba volver al templo Higurashi.
—Sesshomaru-san… —Llamó Inugami, antes de que la criatura alzara vuelo; la mirada del albino sobre él le dio a entender que podía continuar—. Sobre nuestra conversación en la cabaña…
—La tendré en cuenta.
Dicho esto y sin esperar a que la miko entre sus brazos comenzase con sus parloteos y reclamos o que al azabache se le ocurriese hablar de más frente a ella, el albino hizo arreó a la criatura y ésta no tardó en comenzase a elevarse por los aires.
Era momento de volver a "casa".
Cuando Sota le comentó a Naomi que había visto la noche anterior a Kagome salir de la casa en compañía de Sesshomaru, supo que algo no iba bien; los noticieros matutinos no tardaron en comprobar aquella sospecha.
Sin importar el canal que sintonizase, todas las televisoras estaban transmitiendo la misma noticia: el horrendo asesinato del joven degollado en el parque. La mujer supo, sin embargo y quizá más por su instinto de madre que por la propia lógica, que tanto Kagome como Sesshomaru habían estado involucrados en el incidente; no pudo hacer nada contra la opresión que sintió en el pecho al pensar en su joven hija.
Cuatro días después y luego de pasar por la dolorosa incertidumbre de saber si ella estaba con bien o no, la mujer pudo respirar tranquila; Kagome estaba de vuelta.
No importó en ese momento lo maltrecha que se veía la azabache o los jirones en los que se habían convertido las prendas que llevaba puesta, la señora Higurashi, el anciano monje y el joven hermano de la miko la habían envuelto en un firme abrazo, demasiado para ser un simple recibimiento; Sesshomaru supo inmediatamente que algo había ocurrido en el lapso de cuatro días que estuvieron ausentes.
La respuesta no tardó en llegar a sus oídos, apenas pusieron un pie en la sala: asesinatos.
Uno tras otro —comenzando por el joven que no pudieron salvar—, habían comenzado a ocurrir en la ciudad, llegando incluso hasta el tope de tres víctimas en una noche, y todas bajo el mismo patrón: degollamiento.
Para la miko no hizo falta más que ver los noticieros en la televisión y oír los relatos aterrados que los testigos daban a los reporteros, para saber que aquellas criaturas antropomorfas eran las responsables de todo eso. Sesshomaru, que hasta entonces y luego de un desayuno en condiciones —que aceptó a regañadientes, cabe decir—, había permanecido en silencio observando la "caja con imágenes" solo para llegar a la misma conclusión que la sacerdotisa: durante las noches que estuvieron fuera, las criaturas se habían dedicado a cazar.
Aquello dejaba una sola pregunta reverberando en cabezas: ¿Por qué sólo de noche?
Sin ellos para evitar que hubiese más víctimas, las criaturas podrían haber atacado durante el día, pero no, se limitaban a cazar de noche únicamente; la situación era extraña, tanto o más que el hecho de que al menos una de aquellas bestias —según palabras de Sesshomaru— portaba vestigios de una máscara en el rostro.
Definitivamente la perla —o el enmascarado— debían de tener mucho que ver en ese asunto. En su situación actual, sin embargo, y dadas las condiciones en las que las criaturas hacían su aparición, no les quedaba más opción que esperar hasta la noche para poder actuar. Kagome optó por aprovechar el tiempo.
Luego de un reconfortante baño —que buena falta le hacía después de cuatro días de haber estado inconsciente— había optado por buscar a Sesshomaru para preguntarle sobre la conversación que Inugami mencionó, tuvieron en la cabaña mientras ella estuvo fuera. Además de eso, sentía curiosidad sobre el inusual entrenamiento que venía realizando para controlar su yoki, por lo que decidió enfrentarlo.
Lamentablemente para ella, cuando ingresó a la habitación del albino al no obtener respuesta desde el interior, lo que se encontró fue al joven de cabellos plateados profundamente dormido; por alguna extraña razón, no tuvo el corazón para despertarlo.
Tan silenciosamente como había entrado a la habitación y luego de dejar en la cómoda junto a la cama las prendas que Inugami había designado para él, Kagome abandonó la estancia; ya después, con ambos descansados, podría ponerse al corriente de lo ocurrido mientras estuvo inconsciente.
No supo cuántas horas pasaron exactamente, pero Sesshomaru no pudo evitar incorporarse de golpe sobre la cama al notar como los últimos rayos de sol ingresaban por la ventana de la habitación; ¿Cómo había podido dormir tanto?
Ciertamente el baño que tomase antes de recostarse en la cama había sido relajante y eso, sumado a la dramática reducción que tuvieron sus horas de sueño durante los últimos cuatro días —no durmió casi nada en realidad debido a que no confiaba en Inugami—, lograron derribarlo, pero de ahí a caer dormido tan profundamente… aquello estaba mal, muy mal; con la perla oculta, el enmascarado al asecho y dos criaturas salvajes asesinando a diestra y siniestra en los alrededores, no podía bajar la guardia de esa manera. Aquello podría costarles la vida.
¿"Costarles"?¿En verdad él había dicho "costarles"? ¿En qué momento acogió a la miko y su familia bajo su protección? Eso no tenía sentido.
Aturdido como estaba —probablemente por haber dormido tantas horas seguidas— Sesshomaru optó por dejar de lado aquello que consideraba había sido un simple desliz producto del exceso de descanso; su prioridad era el entrenamiento.
Con esa determinación en mente y sin la menor intención de seguir perdiendo el tiempo, el Lord de las tierras del Oeste se incorporó de la cama y se dirjió a la salida de la habitación, solo entonces notó las prendas que descansaban sobre la cómoda junto a la cama; la miko había estado ahí, a su lado, viéndolo dormir y él no lo había notado.
Sesshomaru no pudo evitar gruñir por lo bajo, entre frustrado y fastidiado; la situación comenzaba a superarlo.
En silencio y sólo como medida preventiva, el albino optó por usar al menos la chaqueta; si Inugami no mentía, aquella prenda sería de utilidad. Curiosamente, la oportunidad de probarla llegó más pronto de lo esperado.
El Lord no había terminado de dar dado un paso fuera de la habitación, cuando lo sintió: la misma explosión de yoki y las mismas presencias; las criaturas habían aparecido una vez más y estaban cerca, muy cerca.
No dudó un segundo en tomar a Bakusaiga y salir en busca de sus presas.
La joven azabache apenas tuvo tiempo suficiente para tomar su arco y un par de flechas cuando vio pasar a Sesshomaru frente a ella; las palabras no hicieron falta. En silencio y dándole una mirada de disculpa a su madre, hermano y abuelo, la joven vistió la chaqueta cedida por Inugami y, con sus armas al hombro, siguió al ex yokai.
Una vez más, era momento de luchar; ¿El escenario? Su propia casa, o dicho de la manera correcta, el bosque que la rodeaba.
Kagome supo que algo había cambiado en Sesshomaru durante los últimos cuatro días cuando el alcanzarlo, le tomó más de lo esperado. Podía sentir su presencia, pero a diferencia de las batallas anteriores, el albino era más rápido y más preciso en sus movimientos, por lo que seguirle el paso resultaba difícil, especialmente ahora que la noche había caído.
Para cuando la miko logró llegar al campo de batalla, la lucha había comenzado.
De pie en medio de dos criaturas que lo rodeaban, Sesshomaru vio con cierta satisfacción que Bakusaiga no lastimaba tanto sus manos como el primer día; el entrenamiento estaba dando resultados. Aquello sin embargo, no era suficiente pues tal y como había dicho su "otro yo" durante su última conversación que tuviesen cuatro días atrás, Bakusaiga pasaba a ser una katana más del montón si no podía infundirle su energía demoniaca y, ante éste pensamiento, no pudo evitar gruñir.
El primer corte en su hombro derecho no se hizo esperar y tampoco un segundo; ciertamente él había entrenado durante cuatro días, pero en ese mismo lapso de tiempo, las criaturas se habían vuelto más ágiles también. Aquello, sin embargo, no lo detendría; jamás había caído dos veces frente a un mismo enemigo y esa no sería la primera vez.
Con esa determinación en mente, el orgulloso Lord de las tierras del Oeste, aún en su forma humana, se lanzó a la batalla una vez más. No estaba dispuesto a perder.
Kagome sabía que la terquedad y el orgullo era un rasgo familiar en la familia de Inuyasha pero siempre que creyó que, de entre todos, Sesshomaru era el más centrado; después de ver la temeridad con que el albino se lanzó al ataque, comenzaba a dudar que aquello fuese cierto.
Reprimiendo la maldición que pugnó por salir de entre sus labios al ver como Sesshomaru esquivaba a duras penas un nuevo zarpazo, la joven miko lanzó una de sus escazas flechas sagradas hacia una de las criaturas; la mirada afilada que recibió del albino por su intervención fue inesperada.
De pie en el mismo lugar y con los brazos aún extendidos después de lanzar la flecha, Kagome no pudo hacer más que permanecer allí, inmóvil y con la mirada fija en el orgulloso guerrero que se ponía de pie una vez más para seguir luchando; de alguna extraña manera, en el breve momento en que esos dorados orbes se encontraron con los suyos, la joven azabache pudo comprender perfectamente el mensaje implícito en ellos: "No intervengas, esta es mi pelea".
Y a ella le fue imposible contradecirlo.
Conforme con aquella reacción y asegurándose de que la mujer permaneciese a salvo dentro del campo de protección que ella misma había creado, Sesshomaru se lanzó a la batalla una vez más.
Porque en lo que era el colmo de la ironía para él, estando ahí, físicamente limitado, exahusto y con todas las de perder en una pelea de dos bestias contra un solo hombre, había logrado revelar parte del misterio; tenía por fin entre los labios la llave para liberar su poder.
—Responde a mi llamado, Yako.
Fin del capítulo
Y hasta aquí con éste capítulo que espero, haya sido de su agrado, queridos lectores. Como dije al comienzo, la actualización será quincenal —o al menos eso espero— aunque siempre que pueda, intentaré publicar antes.
Con esto dicho, solo me queda agradecerles por seguir allí, al pie del cañón. Así que esto va con mucho cariño para todos los que aguantan mis prolongadas ausencias. X'D
Ahora sí, me despido.
¡Hasta la próxima! :3
