¡Holi, personas!

HAY NUEVO CAPÍTULO. Lo que es obvio, ¿verdad? Lo estoy publicando, o sea.

Disfrutenlo mucho, mucho, así como yo cuando lo escribí y disfruten ese momento Elsanna, aunque sea sólo como hermanas en esta ocasión.


— ¿A dónde vas tan arreglada, mi niña? —preguntó Gerda al ver a Elsa.

La platinada había intentado pasar inadvertida para no tener que dar explicaciones, pero por lo visto al ama de llaves no se le escapaba una, y con lo cerca que estuvo de salir sin ser vista.

Nunca le mentía a su nana, no quería empezar ahora, pero tampoco quería hablar mucho de eso, sabía que ni siquiera a ella le agradaba Iduna, y quizá de contarle sólo lograra preocuparla o amargarle el día, sin contar que tal vez su intento fuera inútil. Si no tocaba el tema nadie preguntaría como le fue y en caso de que no acabaran bien podría fingir que nada pasó.

—No es nada importante, nana. Trataré de no tardar tanto.

— ¿Tu padre ya lo sabe? —decía al tiempo que secaba las manos en su delantal.

—En realidad no, y preferiría no tener que decirle.

Gerda arrugó las cejas, ahora que se estaban reconciliando Elsa salía sólo con el permiso de Agnarr, incluso cuando seguían peleados no iba a ningún lado sin su autorización, por eso le resultó tan sorpresivo que no quisiera avisarle, pero por otro lado, estaba en esa edad donde los jóvenes se vuelven rebeldes, quizá fuera eso.

—Sabes que al señor no le gusta que salgan sin avisar, Elsa.

—Lo sé, pero de verdad que no tardo. Por favor, guárdame este secreto, nana.

—Ay niña, yo no…

— ¡Por favor! —suplicó.

El pobre y amable corazón de la señora no pudo negarle nada, después de todo esa chiquilla era como una hija para ella y seguro tenía sus motivos para no querer decir a dónde iría, confiaba lo suficiente en el criterio de la muchacha como para saber que cualquier cosa que estuviera por hacer, no sería nada malo.

—De acuerdo, pero no tardes tanto. Mira que tu padre dijo que hoy volvería temprano del trabajo.

—Lo sé y sigo pensando que no debería trabajar todavía, pero es tan terco —Suspiró.

Gerda sonrió pensando que ella era exactamente igual al señor, aunque a veces no se diera cuenta.

—Suerte, niña.

—Nos vemos, nana.

Cuando al fin logró salir de la casa dio un largo respiro y tomó un taxi hasta el café dónde se citó con su madre. Justamente aceptó verse con ella en un café para no incomodar a nadie en casa y si no le era suficiente con la explicación que diera su madre no le gustaría que los demás supieran siquiera que la buscó. Esa mujer no pasaría su casa hasta que decidiera si merecía estar en su vida nuevamente o no.

Comenzó a buscar con la mirada y la encontró en una mesa en la orilla derecha bebiendo una taza de lo que supuso era café, le daba la impresión de que la taza se removía en sus manos más de la cuenta y la tranquilizó un poco saber que al menos no era la única nerviosa por aquella cita.

Respiró profundo por cuarta vez aquella mañana y se acercó a la mesa. Tuvo que pararse frente a ella para que su madre se diera cuenta de que estaba ahí.

La mujer la miró con una sonrisa nerviosa y se levantó sin saber muy bien cómo saludarla puesto que le daba la impresión de que un abrazo no sería lo indicado. Elsa extendió su mano facilitándole la decisión.

Una vez que ambas estuvieron sentadas permanecieron en silencio por unos minutos.

— ¿Qué va a ordenar? —preguntó una mesera interrumpiendo su silencio.

—Café frío, con leche descremada y dos de azúcar, por favor —dijo dándole su mejor sonrisa.

La chica asintió y se retiró dejándolas a solas nuevamente. Elsa no quiso permanecer más tiempo así, de modo que decidió abordar el tema cuanto antes porque al mal tiempo hay que darle prisa.

—Dijiste que si algún día quería escuchar la explicación de por qué me abandonaste podía llamarte.

—Eso dije —asintió —. Y me alegra que quieras escucharme.

Sorbió del café mientras seguía paseando la mirada entre su hija y la taza.

—Será mejor que empieces antes de que me arrepienta y me vaya.

La muchacha que le tomó la orden regresó con su café y volvió a marcharse. Elsa tomó un trago esperando que Iduna comenzara de una vez con su relato.

—Cuando me fui de la casa para vivir con Hammer traté de ir a verte, de hablar contigo, pero estabas tan enojada que no quisiste ni verme y Agnarr tampoco quería que yo estuviera en su casa —rio amargamente —. A pesar de que no tenía la moral para decirme nada al respecto.

Supuso que el nombre mencionado debía ser el de su actual pareja, pero eso la tenía sin cuidado y, honestamente, hablarle de él no mejoraba nada, aunque por el momento había cosas más importantes en las que enfocarse así que lo dejó pasar.

—No recuerdo eso —dijo ignorando el último comentario.

—Eras muy pequeña.

Ninguna parecía querer mirar a la otra y permanecían con la cabeza gacha mirando su café, pero sin perder detalle de lo que se decían, atentas a cada palabra. Iduna esperando que su hija entendiera y Elsa buscando cualquier excusa para echarle en cara que ella tenía razón.

» Un mes después le ofrecieron un gran puesto fuera del país a Hammer y quería que yo fuera con él. No quería dejarte, de modo que volví a la casa y te pedí que me acompañaras, pero tú te negaste y me arrojaste tu muñeca cocinera.

— ¿Hice eso? —preguntó esta vez levantando la mirada.

Ella recordaba muchas cosas de su infancia, pero sin duda no algo como lo que su madre decía y no podía evitar pensar que quizá le estuviera mintiendo, después de todo, pasaron tan poco tiempo juntas que nada le aseguraba que fuera una persona sincera.

—Sí, me dejaste una cicatriz —dijo levantando su flequillo dejando a la vista una marca que debía de llevar ya varios años ahí —, pero si no quieres creerme a mí pregúntale a Gerda. Ella lo vio todo.

Su nana nunca lo mencionó.

Se mordió el labio y jugueteó con los dedos sin saber qué hacer o qué decir, aunque sus dudas duraron poco.

— ¿Y ya está? ¿Por eso te diste por vencida conmigo y decidiste no volver a verme?

— ¡Por supuesto que no! Traté de volver a verte, pero tu padre me dijo que no querías verme y que te diera tiempo. Así que pensé que cuando volviéramos de Alemania Hammer y yo, ya estarías más dispuesta a escucharme. Nunca pensé que nos quedaríamos tanto —Suspiró con una expresión tan triste —. Lamento no haberte llamado, Elsa, de verdad lo siento mucho. Pero te juro que al llegar lo primero que hice fue buscarte.

Su madre tomó la mano que tenía extendida sobre la mesa, sin embargo, ella no se sentía lista todavía para simplemente echarse a sus brazos, de modo que la apartó.

—Necesito pensar.

—Lo entiendo, no te voy presionar, pero si me necesitas siempre puedes contar conmigo.

—Tengo que irme —dijo Elsa levantándose del asiento y sacando dinero de su bolsa.

—No, por favor, déjame invitar a mí —pidió su madre.

Elsa dudó, pero al final decidió darle la primera oportunidad de hacer algo bueno por ella y asintió. No supo cómo despedirse así que se marchó sin decirle nada.

Decidió hablar con la única persona que estaría dispuesta a escucharla sin darle reclamos ni meterse tanto en el asunto.

Le mandó un mensaje diciendo que iría a su casa porque estaba alterada y no le gustaría que su nana la viera de ese modo y mucho menos Anna porque se la pasaría haciendo preguntas y lo único que conseguiría es ponerla más tensa y estresada.

Tomó un segundo taxi esta vez dirigiéndose a casa de su amigo, Hans seguro que sabría cómo distraerla o al menos la haría enojar lo suficiente para que olvidara momentáneamente el asunto, después de todo por alguna razón siempre lograba hacerla ver cosas que se le escapaban.

El pelirrojo la recibió en short y playera sin mangas con el cabello alborotado, al parecer despertar a medio día era muy temprano para él cuando era fin de semana.

— ¿Qué pasa? ¿Ni siquiera puedes esperar al lunes para verme?

—Hazte a un lado y déjame pasar.

Él no se movió, pero ensanchó su sonrisa.

—Oh Elsa, ¿qué diría tu padre si te viera entrando a la casa de un chico que vive solo?

Esta rodó los ojos, pero sonrió y lo empujó pasando por su lado y viendo el desastre que tenía por todos lados.

—Eres un asco, Hans.

—Es sólo un pequeño desorden, no exageres —dijo yendo a la cocina.

Elsa se dejó caer en el sofá libre de ropa o restos de comida y dejó la bolsa en sus piernas por miedo a que se ensuciara de alguna porquería en el piso o en los muebles.

El chico regresó con una botella de tequila y dos vasitos que dejó sobre la mesa de centro tirando al piso la ropa del sillón para poder sentarse frente a la rubia platinada.

Supuso que el alcohol haría falta cuando vio su expresión en la puerta, parecía nerviosa o asustada, quizá con tantas cosas en la cabeza que le estaría siendo muy difícil enfocarse en una sola.

—Yo no bebo.

—Hoy sí lo haces —dijo sirviendo el líquido en ambos vasos.

Elsa lo miró hastiada, sin embargo, trató de beberlo sintiendo ese sabor tan fuerte quemando su garganta. Hizo muecas y tosió incluso antes de terminarlo.

—Vaya, de verdad que no sabes beber —comentó él pasándose como agua el trago.

Sirvió otros dos vasos ante la cara de asco de su amiga.

—No quiero más.

Él no hizo caso a sus palabras y dejó el vaso frente a ella.

—Cuéntame qué te sucedió.

Se quedó callada un segundo contemplando el tequila, de un segundo a otro ya lo había desaparecido del mismo modo que él sólo que con menos genialidad.

—Hablé con mi madre —dijo, al fin y procedió a relatarle toda la historia.

Le contó de todo lo que ella había dicho y de las dudas que tenía acerca de la veracidad en sus palabras y del miedo que le daba comprobar si era cierto todo aquello porque, de ser así, todo este tiempo odiándola habría sido injustificado, aunque no del todo considerando que al irse no se contactó en ningún momento, pero la diferencia es que ahora quizá sí había intentado acercarse y al no recordarlo la alejó más.

Hans no sabía qué decirle para hacerla sentir mejor así que simplemente trató de ver el lado bueno y continuó sirviendo vaso tras vaso de alcohol. Elsa ya no se quejaba ni se negaba a beber, lo tomaba con la misma facilidad que él mientras sus mejillas iban tornándose carmesí.

En casa el ama de llaves miraba constantemente la puerta esperando que su niña volviera antes que el padre, pero para su desgracia las horas pasaron hasta que la primera estrella apareció en el cielo y Agnarr llegó del trabajo a hora temprana, justo a tiempo para la cena que solía compartir con sus dos hijas.

Anna apareció enseguida dándole la bienvenida con un efusivo abrazo y Gerda se escondió en la cocina ocupándose de la comida para que no se le preguntara nada acerca del paradero de la hija mayor, comenzaba a sentir culpa por no haber preguntado dónde estaría y simplemente limitarse a asegurar que guardaría su secreto respecto a la salida. Si le llegaba a pasar algo malo por su descuido no se lo perdonaría ni ella ni Agnarr.

Llegaron las nueve de la noche y el único lugar vacío en la mesa era el de Elsa por lo que cuando el ama de llaves apareció con la comida le impidió que se fuera.

— ¿Podrías decir a Elsa que baje?

Antes de que pudiera decir algo la pecosa habló.

—Ella no está, papá. Fui a buscarla hace rato y su habitación está vacía, pensé que te había pedido permiso para salir.

Agnarr se rascó la barbilla, pensativo, recordando si quizá le había avisado y él, en sus asuntos, terminó olvidándolo.

—No. No me dijo nada, ¿a ti sí? —preguntó dirigiéndose a Gerda que seguía de pie sin decir nada.

—Sí… Me dijo que estaría con una amiga —mintió —. Ya no debe tardar.

—Oh, de acuerdo. Tengo que recordarle que debe pedir permiso y no sólo avisar —dijo para sí mismo —. Puedes retirarte.

La mujer asintió y llegando a la cocina lo primero que hizo fue marcar el número de la platinada, pero la llamada saltó a buzón de inmediato comenzando a preocuparla pues no solía llevar el celular sin carga y siempre se comunicaba, ella era una buena niña y estaba consciente de todas las reglas de su casa, nunca las cuestionaba y se limitaba en acatarlas.

Sentía la necesidad de correr al comedor y contarle toda la verdad al señor, pero no se atrevía. Decidió que esperaría sólo un rato más y si no aparecía le diría la verdad.

Elsa llegó una hora después encontrando a su nana en el sofá, le pareció extraño puesto que solía dormirse temprano, pero decidió no darle importancia e iba a pasar de largo cuando escuchó su voz, sobresaltándose.

—Elsa.

—Nana, no hagas eso —dijo volteando a verla.

— ¿Qué horas de llegar son estas? ¿Sabes lo preocupada que estaba? Tuve que mentirle a tu padre para que no hiciera un escándalo —la regañó.

La chica se había dado una ducha en casa de Hans, además de tomarse un tiempo para que el alcohol se fuera de su cuerpo y llevaba un chicle de menta para tratar de enmascarar el olor, sin embargo, los efectos que vienen después, como ese horrible malestar estomacal y el dolor de cabeza seguían ahí haciendo que cada palabra del ama de llaves le fuera muy dolorosa. Trató de disimular y lo hizo casi a la perfección, cualquier otra persona habría pasado por alto su desliz con el alcohol ya que no lo notaría, pero Gerda no era cualquiera.

— ¿Estuviste bebiendo? —le preguntó de súbito.

—Nana…

—Dime la verdad —advirtió.

—Sólo un poco.

— ¿Por qué hiciste eso, Elsa? Sabes que no puedes hacerlo y mucho menos a tu edad.

— ¡Lo sé, nana! —dijo algo exasperada, pero sin levantar la voz.

Se sentó en el sillón y al ver su expresión, el ama de llaves hizo lo mismo.

— ¿Qué sucedió?

— ¿Es verdad que mamá trató de hablar conmigo poco después de irse de la casa?

Gerda se quedó callada un momento, de inmediato supo que había estado hablando con la señora Iduna.

— ¿Ella te dio alcohol?

—Por favor, respóndeme…

La mujer suspiró con pesar y asintió.

—Es verdad, tú no querías saber nada de ella y tu padre le dijo que te diera tiempo.

Elsa lloró. Era cierto, estuvo rechazando a su madre y odiándola cuando la única culpable era ella. Nunca hubiera aceptado irse con ellos, pero al menos hubiera podido escuchar.

Era tan terca que no escuchó a su padre, ahora también había estado equivocada sobre su madre.

Su nana la abrazó y se quedó con ella hasta muy entrada la noche, cuando por fin cesaron las lágrimas y Elsa comenzaba a dormitar en su regazo. Se incorporaron y la acompañó hasta su habitación donde se encerró y siguió llorando un rato más antes de quedarse dormida sin molestarse en cambiar su ropa por el pijama.

Al día siguiente decidió quedarse en cama, después de todo era domingo y no tenía nada qué hacer ni ganas de inventarse algo. Recibió un mensaje de Hans.

«¿Cómo estás, Els?»

No lo respondió. Dejó el celular en la cama y se dio vuelta envuelta entre las cobijas, fijando su vista en la ventana que Gerda abrió esa mañana argumentando que necesitaba entrar algo de aire a ese lugar o resultaría asfixiante.

Anna iba subiendo las escaleras junto a Kristoff, ambos desayunaron junto al padre de las chicas antes de que se fuera a trabajar, no sin antes advertirle al rubio que Gerda los tendría vigilados. Como ella no quería estar vigilada decidió que sacaría su cámara y se irían a dar una vuelta para tomar fotos.

Cuando pasaron junto a la puerta de Elsa se quedó mirando por un segundo antes de entrar en su propia habitación.

—No he visto a Elsa hoy —comentó el chico de pie al lado de la cama.

—Yo tampoco…

La pelirroja apenas había tomado su cámara y la sostenía distraídamente mientras pensaba en su hermanastra. Ayer no estuvo en la cena y hoy tampoco la vio en todo el desayuno. No era algo normal en ella dormir hasta tarde, de modo que suponía que despierta sí debía estar.

— ¿No deberías ir a verla mejor? En lugar de salir, ya sabes, quizá necesita de alguien.

Anna suspiró.

—Si es así, desde luego que no es a mí a quién necesita.

Kristoff entendió enseguida a lo que se refería y prefirió no decir nada. Salieron al pasillo topándose con Gerda quien llevaba una charola con comida, seguramente para Elsa.

Bajaron, todavía escuchando a sus espaldas el golpeteo en la puerta, pero lo que no se oía era una respuesta. En unos minutos estaban fuera y caminaban sin rumbo observando todo en los alrededores. En especial Anna que no dejaba de tomar fotografías a diestra y siniestra sin importar si el blanco era una persona, un animal o una simple planta.

— ¿No te parece que son demasiadas fotos?

—No lo creo —sonrió ella —. Nunca son suficientes.

—Sigo pensando que deberías haberte quedado a ver cómo está Elsa.

—Kristoff —suspiró —. Ya te dije que no me necesita a mí.

—Creo que no estás siendo la misma Anna de siempre. ¿Ocurre algo contigo?

—No es así, sólo que… Mira, Rapunzel me hizo ver que Elsa no hace nada por mí, nunca trata de levantar mi ánimo e incluso se encarga de arruinarlo. No tengo que seguir ahí para alguien que me hace daño.

— ¡Vaya tontería! Eres tú, Anna. Si en todos estos años no te has dado por vencida y sigues tratando de llevarte bien con ella, ¿Por qué cambias de idea justo cuando están más cercanas que nunca? —Se cruzó de brazos, molesto —. O al menos eso fue lo que dijiste.

Ya no avanzaban, se detuvieron en una esquina de la acera antes de cruzar por el camino de peatones, ahora el semáforo estaba en verde y tendrían que esperar a que volviera a cambiar si querían continuar.

— ¿Por qué pareces tan enojado? Tú también te alejaste de ella.

—No es verdad. Ella se alejó de mí, es diferente. Pero nunca la dejaría sola si supiera que algo anda mal y debe andar algo realmente mal como para que ni siquiera salga de su habitación.

— ¡Ay basta! No quiero más sermones. Sé que algo pasa, pero… Elsa no es una persona muy abierta y si no ha salido es porque quizá quiera su espacio, ¿no lo has pensado?

El rubio iba a replicar, balbuceó un poco antes de quedarse callado. No tenía defensa para responder a eso porque era bastante probable que tuviera razón.

Caminaron en silencio un buen tramo, Anna había dejado de tomar fotos y él se sentía algo azorado por defender tan fervientemente a la platinada y para colmo, de su hermana.

— ¿Te gusta Elsa?

— ¿Qué? —exclamó con la cara roja.

¿La había defendido a tal punto que Anna creía que le gustaba?

— ¿Qué si…

—Te escuché, Anna —De nuevo se habían detenido en la acera —. Es que no puedo creer que pienses que me gusta. Admito que es muy guapa, pero no la veo de esa forma.

—No te culparía si te gustara, sabes.

—No me gusta.

—De acuerdo, te creo.

—Gracias.

—Creo que debo volver —comentó —. Intentaré ver si Elsa quiere verme.

Eso lo hizo sonreír, después de todo la chica fue su amiga y le seguía importando sin importar que no hablaran ya. Prefería verla siendo tan cruel como siempre a ni siquiera saber qué le sucedía.

Dieron vuelta llegando a la casa de la que no había lograron alejarse ni diez metros. Kristoff se despidió de ella en la puerta y le dijo que cualquier cosa le avisara.

La bandeja que Gerda había llevado seguía fuera de la puerta con toda la comida intacta y Anna se preocupó. Tocó una, dos, tres veces sin obtener respuesta.

—Elsa, soy Anna. Abre, por favor.

Siguió tocando, pero no escuchó un sólo ruido proveniente del interior, era como si se hubiera escabullido cuando nadie veía, pero la conocía lo suficiente como para saber que jamás sería capaz de hacer algo como aquello, o al menos no sin su influencia.

—Si no abres la puerta voy a abrirla yo misma.

Siguió sin escuchar sonido alguno, no le quedó más opción que ir a su habitación y sacar unas ganzúas que utilizó diestramente en correr el cerrojo. La puerta cedió con un clic y al empujarla vio como Elsa levantaba el rostro y volvía a envolverlo entre las sábanas.

Dejó la puerta cerrada y se acercó a la cama sentándose a su lado, dudando entre tocarla o no hacerlo. Al final lo hizo, y una vez que se aseguró de que nada pasaría, habló.

—Oye Elsa, estaba preocupada. Todos lo estamos. ¿Qué sucede?

Ella no respondió, pero se podía oír cómo sollozaba.

—Si no quieres hablar, lo entiendo. ¿Puedes asentir o negar con la cabeza?

La vio asentir.

— ¿Quieres hablar?

Negó.

— ¿Quieres que me vaya?

Se quedó quieta un largo rato, pero al final volvió a negar.

— ¿Puedo recostarme contigo?

Asintió.

Anna se quitó los zapatos y se metió entre las cobijas abrazándola y quedando de frente a ella. Permanecieron así hasta que Elsa descubrió la mitad de su rostro. Tenía los ojos rojos de tanto llorar al igual que las mejillas.

—Lamento ser tan cruel, Anna. Tal vez tú tampoco lo merezcas.

— ¿A qué te refieres?

No entendía a qué venían las disculpas, pero algo dentro de ella se sintió bien al escuchar esa disculpa pues todo lo que quería desde niña no era otra cosa que agradarle, ser hermanas no sólo a causa de su padre sino también debido al cariño.

—Que no tengo motivos para ser mala contigo. Nunca he tenido motivos para ser mala con nadie y aun así… Soy horrible.

—Elsa, tú no eres horrible. Sólo eres una persona difícil de entender —dijo abrazándola más fuerte —. Yo creo, que estabas asustada y tu única manera de protegerte fue tratando mal a todo el mundo.

—Creo que simplemente soy una perra.

— ¡Claro que no! ¿Por qué estás hablando así de ti?

Elsa se mordió el labio. Había dejado de llorar, pero seguía inquieta, pensando en todo lo sucedido con su padre y con su mamá, se daba cuenta que quizá en el pasado era demasiado joven para entender las razones que llevaron a ambos a separarse y estar con personas diferentes, que nunca tuvo motivos reales para sentirse abandonada porque, a fin de cuentas, Anna se lo repitió muchas veces: su padre seguía con ella, y ahora notaba que también su madre quería estarlo, que cometió un error, pero cualquiera tiene derecho a equivocarse.

—Hablé con mamá.

No se le pasó por alto que la había llamado "mamá" en lugar de usar su nombre de pila. Pero el hecho de que hubiera permanecido en cama desde ayer no le daba buena espina.

— ¿Y cómo te fue?

—Me di cuenta de que llevo diez años juzgándola de manera equivocada. Siempre quiso acercarse y yo no la dejé... Alejo a todas las personas; A mamá, a papá, a Kristoff, incluso a ti.

—Eso no es verdad, tu mamá sigue esperándote, y sabes que a papá y a mí siempre nos tendrás aquí —Sonrió —. Y Kristoff te sigue queriendo mucho. Fue él quien me persuadió de venir y hablar contigo.

— ¿Tú no querías estar aquí? —preguntó levantando un poco más la vista.

—No es eso. Sólo creí que no querrías que estuviera.

Elsa asintió. Entendía ese sentimiento porque ella le había dado razones para pensar que no la quería cerca y normalmente sería así. Hoy simplemente era un día extraño y ni siquiera podría asegurar que mañana la trataría del mismo modo.

—Hoy sí, quédate aquí.

No lo pensó dos veces y se acomodó mejor a su lado bajo las cobijas, ambas muy juntas disfrutando de la compañía de la otra, pues tenían la vaga idea de que no habría otro momento similar en mucho tiempo.


Respuestas a los reviews.

miguel-puentedejesus: ¡Gracias por seguir leyendo! La verdad espero que todo lo que sigue sea de tu agrado también.

Runcatrun: Lo sé, con Ariel fue muy cruel, me preguntó por qué fue así, hum. ¡Me alegra tanto que te agrade Anna! Ya no tienes que esperar más, en parte fue tu comentario quien me hizo decir: Sí, lo edito ahora mismo y lo subo. Disfruta, saludos :3

Chat'de'Lune: jaja oye, no hay apocalipsis en este fanfic y la madre en realidad no es malvada, creo yo. "Se viene lo mejor" era por la escena del final porque al fin están acercándose más. Igual no me hagas mucho caso, a veces lo digo porque me emociono yo sola. ¡Gracias por tomarte la molestia de comentar tus impresiones y eso!