La vida de Arthur pasó de ser tediosa y aburrida a ser agitada y emocionante cuando la joven Elizabeth ocupó el trono.
Al comienzo de su reinado, la política exterior de Elizabeth se caracterizó por su cautelosa relación con Felipe II de España, que habría ofrecido casarse con ella en 1559 y sus problemáticas relaciones con Escocia y Francia, se encontraba en guerra con este último debido a que su hermanastra María había decidido apoyar a su marido Felipe en la guerra casi continua en la que se hallaban inmersas España y Francia desde 1522
-Esa reina nada más causó problemas- gruñó Inglaterra molesto
-Calma Arthur…-le dijo la reina tratando de ocultarle su preocupación a su nación- Todo estará bien…
-Yo sé, my Lady…-respondió él- ¿Sabes que sería maravilloso? Que el Wine Bastard y el Tomato Bastard se mataran mutuamente Hahaha
La suave risa de Elizabeth se escuchó haciendo sonreír al ojiverde. Pero, como si las cosas no estuvieran lo suficientemente mal, la reina de Escocia, María Estuardo estaba casada con Francisco II de Francia y pretendía adueñarse del trono inglés.
-Si de verdad crees que tu reina puede quitarle el trono a Elizabeth, eres más idiota de lo que pensé…-le espetó el rubio a su hermano mayor
-Deja de ladrar, bunny, no te va…-le dijo el pelirrojo- creo que entre el gato francés y yo podemos quitarles el trono…
-¡You bloody bastard!-exclamó el menor antes de lanzarse encima de Scott. Los puños, las patadas y los gemidos de dolor atrajeron la atención de los guardias quienes los separaron.
Rodeados por la amenaza francesa, Elizabeth y Felipe se vieron forzados a unir fuerzas pese a sus diferencias religiosas. Ambos lograron que se firmara un tratado en el que Inglaterra cedía uno de sus fuertes y Francia prometía retirar el apoyo a Escocia.
Esto provocó que España se distanciara completamente de Inglaterra dándole a Arthur un gran alivio.
-Te odio…-gruñí el inglés fulminando a Francis con la mirada mientras firmaba- Bien, un problema menos… ahora solo falta que mi estúpido hermano deje de molestar y ya…
-Tenemos otro problema Arthur-le dijo Elizabeth algo preocupada pues el Parlamento, apoyado por María Estuardo, le exigían que se casara.
-Sobre mi cadáver te casarás con algún indigno-gruñó Arthur cruzándose de brazos y un suave sonrojo apareció en sus mejillas- Estarás bien…
Sin embargo, sin hijos que le sucedieran, la reina tenía dos herederas lógicas: María Estuardo y Catherine Grey. Para Elizabeth, ninguna era candidata.
-No pienso dejarte en manos de alguna de ellas, te lo garantizo-comentó Elizabeth tomando las manos de Arthur como tendía a hacerlo logrando que el rubio se sonrojara-Vales mucho para mí… no puedo simplemente dejarte…
-No diga eso alteza…-Inglaterra desvió la mirada- Sé que seré una gran nación pero…
-Sabes que no es por eso… Arthy-le dijo con cariño logrando que las orejas de la nación se pusieran coloradas cuando de pronto entró un mensajero anunciando que Catherine había muerto y que María Estuardo había huido de Escocia por sus problemas maritales y había entrado a Inglaterra- ¡Sáquenla!
-No no, my lady, déjala que se quede…-comentó el rubio con una sonrisa maligna- y espero que mis ciudadanos le hagan la vida de cuadritos
-Eres malo hehe-rió la joven dedicándole a su nación una sonrisa traviesa
-Pero así me quieres…-dijo Arthur devolviéndole la sonrisa.
España presionaba los intereses ingleses pues tenía el apoyo de Portugal y por si fuera poco, era bien sabido que el país ibérico estaba recibiendo enormes cantidades de oro del nuevo mundo.
-Nuestra situación económica es precaria…-comentó Elizabeth- No tenemos dinero para financiar una guerra directa contra Antonio y Felipe…
-No te preocupes… tengo una idea, Bess…-comentó Arthur y antes de que la reina pudiera decir algo, él dijo solo una palabra- Piratería…
Era algo arriesgado, pero la situación lo ameritaba, es por ello que Elizabeth le otorgó el permiso a su nación para que lo hiciera pero le dijo que debía usar un nombre falso para que no lo descubrieran.
-¿Qué tal Francis Drake?-le propuso ella mientras Inglaterra se preparaba para partir. La indignación de la nación no se hizo esperar
-¡No pienso llamarme igual que el Wine Bastard! ¡Sobre my bloody cadáver!-exclamó el ojiverde pero la reina le dijo que por ello era un nombre perfecto, porque nunca sospecharían de él- Eres muy lista, Bess…
Así pues, después de una larga investigación, Arthur se dio cuenta de que el área del nuevo mundo que daba hacia el Pacífico, estaba muy desprotegida. Ese era su objetivo…
El 13 de diciembre de 1557, Inglaterra se despidió de su reina con un suave beso en la mano prometiendo traerle tesoros dignos de ella. Elizabeth le deseó buena suerte y el ojiverde partió con 5 barcos.
-Muy bien, bola de inútiles, los quiero a todos listos para el abordaje-gritó el capitán Kirkland caminando con autoridad en la cubierta- Espero que den su mejor esfuerzo, malditas cucarachas o los volveré comida de tiburones…
En su viaje por el océano Atlántico fue muy tranquilo, no encontraron muchos problemas, y con alguien que había vivido casi 1000 años observando los movimientos del mar, era imposible que no lograran su cometido.
Arthur era lo bastante temerario para intentar pasar por el estrecho de Magallanes al sur del continente americano, uno de los lugares más peligrosos de los mares. Toda su tripulación le decía que estaba loco y que se amotinarían para no cruzar pero Inglaterra no se dejó intimidar y cruzaron.
De pronto estaban en el océano Pacífico, agarrando a los españoles por sorpresa. Los ibéricos de los barcos más cercanos al estrecho no pudieron hacer nada, los ingleses les habían salido de la nada y los derrotaron sin esfuerzo.
El rubio de los ojos verdes disfrutaba enormemente ver los pedazos de un barco español flotando en el agua, sabía que Antonio tardaría en reaccionar y para cuando lo hiciera, ya sería tarde.
Rápidamente, comenzó el saqueo. Los galeones españoles caían a sus pies igual que las ciudades indefensas, la sed de oro y plata comenzó a carcomer el alma de los británicos quienes deseaban más y más.
La codicia era lo único que estaba en las mentes de sus tripulantes y en la suya cuando se encontró con el barco más rico de los mares. Era el galeón más grande y poderoso de toda la flota española.
Antonio no dejaría que una joya de ese calibre navegara sola por las costas cercanas a Panamá. Arthur suspiró, ese era el gran premio y su perro guardián era nada menos que el castaño en persona.
España no sabía lo que se le avecinaba…
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