9. Decisiones
Aunque en aquellos momentos un tsunami hubiera invadido la hierba, adentrándose a través de las montañas; aunque un terremoto hubiera resquebrajado la tierra invitando a la lava interna a fluir al exterior; aunque un regimiento de rayos y violento granizo se hubiera esparcido sobre el terreno, arrasándolo, destruyéndolo, volatilizándolo… ninguna de estas cosas hubiera podido poner fin a la veloz cabalgata de Kerkaat.
El asesino espoleaba a su montura con frenesí. No necesitaba trazar ninguna ruta: únicamente tenía que ir en línea recta, lo más lejos posible de las distracciones del ejército oscuro, hasta llegar al objetivo que se divisaba claramente a lo lejos, cortando el cielo negro, iluminando las penumbras con dos luces semejantes a coágulos de sangre.
Shabranigudú…
"Laidanne…". Kerkaat volvió a espolear al caballo mestizo que montaba. No había distinguido la presencia de Ojo de Rubí al principio, en el ya lejano campamento. Ni siquiera había sido consciente de su aura malévola, de su horrible visión, que sumía el mundo en la más profunda desesperanza. No, lo primero que supo fue que Laidanne estaba allí, a lo lejos; de algún modo, su amuleto se lo había comunicado. Él lo había sentido en su interior: el grito de angustia de la muchacha, que pugnaba por ser libre, había resonado claramente en su cerebro; le pedía auxilio, le rogaba que la liberara del sufrimiento. Sin embargo, la elfa no había entrado en contacto con él directamente; de un modo vago, percibió la presencia de un lobo plateado con ambarinos ojos almendrados que había servido como vehículo de conexión entre él y la joven druida. No necesitaba cavilar acerca de dicha presencia, pues sabía muy bien quién era.
"Ya falta poco, Laidanne", volvió a repetirse, ateniéndose a esa certeza, "pronto, muy pronto… seré yo quien te salve a ti. Ten paciencia".
Sumido como estaba en el objetivo de llegar a su destino, casi se olvidó del mismo. Alzó los ojos negros y, entonces, sus facciones se desencajaron momentáneamente por la sorpresa.
─ Vaya, vaya… esto sí que no me lo esperaba ─ la estentórea voz sonaba como el gorgoteo de una garganta humana en su último estertor ─. Un humano loco viene sólo a desafiarme. Debo decir que admiro tu valor… o tu insensatez.
Y allí estaba él, una figura maléfica formada únicamente por halos de maldad y muerte, taladrándolo con sus corruptos rubíes, dejando entrever las formas etéreas de su dentadura al reír, y reír, y reír… Durante unos instantes, Kerkaat se quedó paralizado por el terror, intentando inconscientemente calmar a su montura, que se había encabritado poderosamente ante la visión del caudillo de la oscuridad.
El colgante volvió a brillar. El lobo regresó fugazmente a sus pensamientos. Aun por una décima de segundo fue consciente del apremio del animal, de la cruel agonía en la que se hallaba inmersa Laidanne. Casi pudo distinguir los acongojados ojos verdes de la muchacha, que se clavaban en su alma al igual que afiladas flechas. El asesino desechó el temor por completo, y el vacío que dejara tal emoción se vio sustituido por la ira con la rapidez de un relámpago. Descabalgó de su aterrorizado caballo, que emprendió una veloz huída en cuanto se vio libre y, asiendo su daga mágica de empuñadura de orihalcon, se encaró con la muerte.
─ Señor del mal ─ bramó con voz de barítono ─, he venido a enfrentarme a ti.
· · ·
─ Lina… Lina… no… ma-más despacio… basta… ¡No…!. ¡Para, por lo que más quieras!
─ ¿Quieres dejar de molestarme de una vez, idiota?. ¡No podemos ir a menos velocidad!
─ Podríamos haber cogido caballos… Kerkaat lo hizo. No hubiera supuesto ninguna dife… dife…
Gourry emitió un quedo gemido sin apartar los ojos del suelo, mientras sus piernas se agitaban al son de un desenfrenado baile, ansiosas por encontrar un asidero en tierra firme sobre el que combatir a la tenaz gravedad. Un gesto innecesario, a decir de Lina. La hechicera lo tenía fuertemente sujeto entre sus brazos y, aunque el espadachín pesaba por lo menos el doble que ella, antes se raparía al cero y haría flexiones desnuda que dejarlo caer. La maga negra no dejaba de aseverarle que no corría peligro, no había dejado de asegurarle tal cosa desde el primer viaje que ambos realizaran por los aires, años atrás. Pero su gallardo guardián no había logrado superar todavía el temor primario que le inspiraban las alturas.
Además, la gruesa cortina de lluvia, que no había cesado desde el crepúsculo avanzado, empeoraba las cosas, así como el hecho de tener que planear casi en una total oscuridad, sirviendo únicamente como guía aquellas dos antorchas que actuaban de globos oculares en Ojo de Rubí. Ni siquiera se divisaba el astro de la luna en la bóveda nocturna.
Lina suspiró largamente, invocando a la paciencia como tan pocas veces era capaz de hacer.
─ Grábatelo en ese cerebro de mosquito que tienes: es Ojo de Rubí, es el dios demonio de este mundo, un ser que posee la capacidad de reducir el mundo a cenizas. ¿Qué crees que haría con un solo hombre? Unos pocos minutos que perdamos cabalgando y Kerkaat es hombre muerto.
Gourry no replicó, pero la joven le escuchó emitir un quedo gruñido, como si reflexionara acerca de sus irrebatibles palabras buscando algo que no encajara en ellas. Lina lo ignoró, abriendo los ojos desmesuradamente.
Ya se encontraba lo suficientemente cerca de su abominable objetivo, el cual no cesaba en sus escalofriantes carcajadas, mirando, a sus pies, lo que a sus ojos debía de asemejarse a un temerario escarabajo. Pero no era ninguna clase de insecto lo que se enfrentaba a él, sino el asesino. Incluso Gourry cesó en sus temblores cuando dijo, en un susurro grave:
─ Ahí están ─ el espadachín tenía el don de señalar lo evidente ─. Ya hemos llegado.
La hechicera no respondió, atenta como estaba a serenarse y enterrar su miedo bajo las rocas de su valentía, si es que le restaba alguna. Sólo un hechizo podría, en aquellos momentos, acabar con un espíritu que, si bien tan sólo era la séptima parte de lo que una vez, antaño, se había alzado sobre el mundo, era considerablemente más fuerte gracias al manto de terror y guerra que se había cernido sobre el mundo desde su llegada. Pues, aun siendo el gobernante de las fuerzas del caos, Ojo de Rubí también era un demonio, y la tristeza, la desesperación y la congoja de la muerte eran para él como deliciosos manjares.
Ahora Lina se disponía a enfrentarse a una entidad cebada y en inestimables condiciones, al contrario que ella. Se había visto obligada a gastar su energía mágica contra el ejército que rodeara el campamento de Atlas, y ya no le quedaban fuerzas ni para convocar una Bola de Fuego con todo su potencial. Así pues, en tales instantes no poseía el poder suficiente para encauzar el Wise Disaster, la hecatombe de los Cinco Sabios, el conjuro prohibido.
"Pero debo intentarlo", se dijo, para fortalecer su ya mellada confianza, "aunque yo muera, aunque gaste todas mis energías… debo hacerlo".
Ya no tenía tiempo para pensar en nada más. Se encontraba a un escaso kilómetro de su enemigo.
Apresuró la marcha cuando la deidad oscura inició sus ataques contra Kerkaat.
· · ·
De repente, Kerkaat perdió toda noción de la realidad. Tan sólo recordaba haber observado, receloso, cómo Shabranigudú se iluminaba de forma progresiva, y cómo ese haz de luz restallaba sobre él como un látigo.
No había mejor símil que ofrecerle: era un látigo. El golpe le perforó la carne de la espalda, y el impacto lo hizo estremecerse hasta caer de rodillas en la espesura; sentía como si un millar de hormigas caníbales recorrieran su espalda, desollando su piel y devorándola lenta, muy lentamente. Su vista se nubló durante unos instantes. Nada deseaba más que derrumbarse sobre el césped, allí mismo, cerrar los ojos y abandonarse al nebuloso reino de la inconsciencia.
"Laidanne…"
El látigo lumínico de su rival chasqueó de nuevo en el vacío del aire, anunciándole con su resplandor una nueva acometida. Supo que tendría que empezar a moverse si quería salvar la vida, y eso hizo. Se apartó justo cuando la extremidad serpenteante se estrellaba en el suelo, en el punto en donde unas milésimas de segundo antes había estado su cabeza. Sus ojos negros se abrieron desmedidos al observar el profundo y humeante surco que el azote había abierto en la tierra.
─ Tienes reflejos, insecto ─ se burló Ojo de Rubí ─. Serás un gran entretenimiento antes de que destruya este patético plano y lo fusione con el caos.
Otra vez esa perversa risotada. Las humillantes palabras de la criatura deberían haber despertado en él aquel iracundo orgullo que le caracterizaba, pero todo lo que conseguían era envolverlo con pavor hasta el punto de desear salir corriendo. Más de una vez estuvo tentado de hacerlo, especialmente al rumiar la realidad de que la bestia sólo estaba jugando con él, entreteniéndose como si el humano fuera un muñeco en sus manos.
"Laidanne…"
Se incorporó, apretando los dientes con tal fuerza que le palpitó la vena de la sien. Aferró la empuñadura de su daga hasta que estuvo seguro de que las formas trenzadas de la misma se habían impreso en la palma de su mano casi con la potencia del fuego. El viento y la lluvia azotaban su rostro, pero el asesino sólo tenía ojos para su enemigo… no, su presa. No tenía por qué preocuparse: él era el mercenario, y Shabranigudú su siguiente contrato. Lucharía y vencería, como siempre, y obtendría su recompensa. La obtendría a ella. Se repitió tales palabras una y otra vez para conferirse valor.
─ Lucharé y venceré ─ gruñó con convicción, dando un paso hacia el llameante espíritu maligno e intentando ignorar la sensación dolorosamente ardiente que revestía su espalda ─. Lucharé y venceré, lucharé y venceré, lucharé y…
─… morirás ─ finalizó la frase el dios, como una nefasta sentencia. Reanudó sus ataques, pero en esta ocasión Kerkaat concentró sus cinco sentidos en la confrontación, dándolo todo de sí: la agilidad de sus huesos; la fortaleza de sus músculos; la agudeza de su visión aguileña; la meticulosidad de su astucia de asesino, la cual había moldeado a lo largo de los años como un metal maleable. En aquellos momentos, cualquier ser humano que le hubiera podido observar habría pensado que la recompensa depositada sobre su cabeza no era en absoluto desmerecida. El cazador, el depredador que albergaban sus instintos, salió a flote, deslumbrando con la ferocidad de su espíritu.
La daga del asesino consiguió seccionar con un corte limpio el refulgente tentáculo que lo acosaba. Kerkaat ni siquiera se dio cuenta de ello; continuó ejecutando su magistral danza, sosteniéndose sobre la delgada línea que alternaba lo artístico con lo letal; ora bailando, ora embistiendo.
Por desgracia, no se enfrentaba a un igual.
─ Ya me he cansado de este juego…
Daba la sensación de que las palabras de la poderosa deidad pertenecían a la formulación de un sortilegio arcano, pues en cuanto las hubo pronunciado surgieron de la tierra no uno, sino al menos diez látigos conformados por luminiscencia negra. Todos ellos rodearon a Kerkaat, apresándolo como un sinfín de dedos carentes de huesos. Esta vez, el asesino se vio obligado a volver en sí, lidiando contra la ofensiva como un felino enjaulado. Las desagradables prolongaciones lo apresaban, lo aplastaban arrebatándole el aliento. Pero él luchaba, aun cuando los tendones de su cuello se tensaran como rocas y la sangre le subiera al rostro hasta teñirlo de un intenso color rojo, él continuaba combatiendo.
"Laidanne…"
"Resiste, Kerkaat… te lo ruego, no puedes morir."
Tal vez, se dijo, en el umbral de la muerte las personas escuchan las voces que más desean oír. Las aflautadas y melodiosas palabras de la elfa resonaron en sus oídos como si la muchacha se encontrara a su lado.
Con un rugido que en nada tenía que envidiar al de los más fervorosos truenos, el asesino intentó liberarse, sin éxito. Tenía que ser libre, tenía que recuperar a la elfa, tenía que… que…
La conciencia huía de él, se esfumaba con sus últimas fuerzas.
─ ¡Lanza Elmekia!
La voz que había bramado lo que parecía ser un hechizo le sonaba de algo, pero en tales circunstancias lo único que era capaz de reconocer era el dolor agudo que invadió su cuerpo cuando los tentáculos cedieron su presión. Se sintió caer, y caer… caía al vacío en el cual deseaba sumergirse para no abandonarlo nunca… jamás….
Unos fuertes brazos lo sostuvieron con fuerza, al tiempo que lo zarandeaban con apremio. Aquél que habló entonces también le resultaba vagamente familiar:
─ Kerkaat ─ decía ─, Kerkaat, despierta… ¡Vamos! Lina, está a punto de desmayarse.
─ No se lo permitas, demonios ─ la respuesta femenina sonaba tajante ─. Bastantes problemas nos ha causado ya como para encima tener que ocuparnos de él medio moribundo.
─ Pero no reacciona. Por más que lo intento…
─ Espera, déjame a mí ─ escuchó cómo la desconocida carraspeaba y aspiraba aire, al tiempo que daba dos palmadas al aire en un sonido que se le antojó irreal ─. ¡Eh, Kerkaat, Laidanne está aquí!. ¿No la ves?. ¡Despierta, hombre!
La consciencia regresó a su cerebro con la efectividad de un cubo de agua fría. Se incorporó tan de repente que su cabeza chocó violentamente contra la del hombre que se inclinaba sobre él, provocándole un grito ahogado; pero el asesino ignoró completamente el dolor que comenzaba a emerger sobre sus ojos. Parpadeando, observó a su alrededor: Gourry se sostenía la dolorida frente con los dientes apretados; Lina sacudía la cabeza, resignada, para clavarla de inmediato en él, y luego, con gravedad, en la presencia maligna que se cernía sobre ellos. Ésta parecía esperar pacientemente, con un brillo casi divertido en sus pupilas.
Pero no vio a Laidanne.
─ Maldita seas ─ gruñó, dirigiéndose a Lina ─. Laidanne no está aquí. ¡Me has engañado!
─ Pero has vuelto en ti ─ se limitó a responder ella, encogiéndose de hombros ─. ¿No te parece una excelente táctica? Aunque la verdad, no creí que cayeras tan fácilmente, con esos aires de tipo listo que te das…
─ ¡Serás bruja, condenada hija de...!
─ ¿Habéis acabado?
─ La monstruosa voz tuvo la virtud de atajar toda clase de discusión. El trío de mortales depositó su mirada, cauta y evaluadora, en el dios demonio. Incluso Gourry parecía haberse olvidado de la enorme hinchazón que comenzaba a crecer en su cabeza, situando lentamente su mano en la empuñadura de su espada.
─ Lina Inverse… no ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos ─ habló el oscuro ─. Mis siervos me han mantenido informado de tus andanzas… sí, muy interesantes. ¿Estás dispuesta a utilizar ese gran conjuro del que tanto hablan? Siento una profunda curiosidad por verlo.
─ Entonces complaceré vuestros deseos, mi señor ─ respondió Lina en tono burlón. No obstante, el leve temblor que sacudió su cuerpo desmintió la seguridad de su afirmación.
─ ¿De veras? ─ Ojo de Rubí parecía poseer una necesidad vital de concluir sus frases con una carcajada ─. ¿Y a qué estás esperando, pequeña maga?
Lina no respondió. No mudó la mueca despreocupada de su semblante, pero el asesino pudo ver cómo su frente se perlaba en sudor. "¿Qué demonios le pasa?", las comisuras de los labios de Kerkaat temblaron con violenta impaciencia, "ella tiene la clave, puede usar ese gran hechizo. ¿Por qué no lo conjura, maldita sea?"
El dios mazoku pareció haber leído sus pensamientos.
─ No puedes invocarlo. ¿verdad? ─ Esta vez, Lina sí frunció el entrecejo, dejando traslucir su visible inquietud ─. Supongo que has agotado toda tu magia en la batalla… oh, espero que te haya gustado mi regalito. En fin, hechicera, si eres tan legendaria como dicen, sin duda encontrarás alguna manera de derrotarme. Vamos a ver quién consigue antes acabar con el otro.
La risa de Shabranigudú fue en esta ocasión sumamente satisfactoria, mientras de su cuerpo manaba una bola de energía oscura. A Kerkaat le dio un vuelco al corazón; según lo que le había contado Lina, un hechizo similar había enterrado en el olvido el mítico Bosque de Yanavar.
Lina, tratando de no amedrentarse, por lo que él pudo observar, se puso en posición. Gourry desenvainó su espada, apretando los labios hasta convertirlos en una severa línea que atravesaba su rostro. La esmeralda del colgante de Kerkaat se iluminó de nuevo, recordándole dolorosamente la tortura en la que se hallaba sumida la elfa.
"Laidanne…"
Decidido, el asesino tomó entre sus manos su preciada daga y se encaminó hacia el destino que lo aguardaba.
· · ·
Un gran lago. Sí, eso era lo que parecía Saillune: un límpido y refulgente lago a cuyas aguas llegaban, imparables, un sinfín de culebras negras, invadiendo la cristalina superficie por todos sus extremos y tiñéndolas de oscuridad.
Zelgadis sonrió irónico ante su inopinado ingenio. Empero, era una sonrisa de triste resignación: la Capital de la Magia Blanca estaba a punto de caer.
Nada de eso importaba ya. Frente a las altas y magníficas puertas de la urbe, cerradas a cal y canto, permanecían erguidos y en posición los soldados y magos supervivientes de la batalla, custodiados por los exangües clérigos en retaguardia. "La Guerra del Auge", la habían llamado: el Auge de los Espíritus. La quimera no estaba del todo de acuerdo con ese nombre, pues el concepto de espíritu era demasiado genérico; la vertiente benigna del mismo se hallaba ausente. El Auge de los Mazokus, debería ser.
Los restos de las defensas de Saillune, conformados en parte por los únicos supervivientes de las fuerzas zefirianas, que apenas alcanzaban los doscientos, no parecían reparar en la fortísima lluvia que se filtraba a través de la piel hasta calar no sólo los huesos, sino la misma alma. No. Los representantes de la humanidad permanecían altivos, orgullosos y con tales muestras de solemnidad que habrían hecho arrodillarse al más tozudo de los mortales. Aunque la ciudad cayera, nadie podría decir que pereció sin batallar.
La bravura de los guerreros se debía, en gran parte, a la bizarra e imponente figura del príncipe regente, cuya estatura en aquellos momentos parecía superar incluso la altura de las nubes tormentosas. Los relucientes ojos negros de Phillionel demostraban toda clase de emociones excepto el temor, y sus músculos se tensaban con la impaciencia de entrar en combate. Las tres siluetas que circundaban al gobernante alimentaban la estampa de fortaleza que él mismo encarnaba: el caballero zefiriano, sir Lorrick, tan hierático como siempre y haciendo gala de una prodigiosa semblanza con la imagen platónica de los héroes de los relatos juglarescos, cortaba la respiración a todo aquél que lo observaba; la hermosa heredera de Saillune, cuya serenidad y portentosa sabiduría contrastaban poderosamente con su juventud, confiriéndole en el momento decisivo una singular edad indefinida; la muchacha, ataviada con sus atuendos combativos albinos y empapados por la lluvia, era en aquel instante la efigie física de la Justicia. Y luego estaba él mismo, la enigmática quimera en cuyo fuero interno, imperturbable y gélidamente sosegado, no se advertían las desgracias de la guerra.
Y así era, realmente: no temía su destino. Él, el engendro cuyas maldecidas facciones le recordaban al asesino que una vez había sido cada vez que contemplaba su reflejo en un espejo; el verdugo, al servicio de un hechicero cuya virtud se había visto corrompida con los años hasta su postrera muerte, no encontraba una manera mejor de poner fin a su vida. Hacía ya tiempo que había perdido la esperanza de que Lina surgiera de la nada portando entre sus manos una milagrosa solución, tal y como era habitual en ella. Se increpó interiormente por haberlo esperado, con irritación; Lina no era la gran salvadora, ni la única que sabía actuar y les sacaba las castañas del fuego a los demás en las situaciones más peligrosas. Siempre se había valido por sí mismo, y esta vez no sería una excepción. "Además, tal vez ya esté muerta", pensó con fría amargura, "quizás los demonios ya han dado cuenta de ella y de Gourry, y también de Sylphiel…".
A su lado, Amelia lo miró con una animosa expresión que él le devolvió. Sólo aquello hacía que Zelgadis lamentara profundamente el sino al que se disponía a enfrentarse: el hecho de no volver a ver la inocente calidez de esa sonrisa, el brillo de aquellos ojos profundamente azules. No había mentido cuando le había asegurado que sir Lorrick sería un excelente esposo para ella. "Al menos, él hubiera sido capaz de hacerla feliz…"
Phillionel se encaró con los presentes, a su espalda, evaluándolos a todos con una penetrante mirada. Nadie vaciló ante ella.
─ Ha llegado el momento ─ anunció. Su ruda voz era el reflejo del arrojo, pues no cedió ni un solo instante ─. Es posible que el Reino de la Magia Blanca desaparezca en el olvido. Es muy probable que, al atravesar esas puertas, nos encontremos con una traicionera muerte, y no con la gloria que esperamos obtener. Así pues, no obligaré a ninguno de vosotros a luchar ahora, si no es ése vuestro deseo. No hay cobardía en marcharse ahora. ¿Qué decís?
Nadie respondió. Las expresiones de resolución de algunos flaquearon levemente, pero no se movieron.
─ Lucharemos ─ fue Amelia la que habló, con una invariable seguridad surgida de los ideales que orientaban su vida ─. Lucharemos, papá… No sólo eres mi padre, sino también mi futuro rey, el monarca de una ciudad que en este día será recordada por su valentía. Éste será el último acto heroico en nombre de la Justicia.
Zelgadis la admiró una vez más por sus férreas convicciones. Sin duda, ella también había perdido toda esperanza, pero no se permitía a sí misma derrumbarse. No ante su pueblo.
─ Será como decís, princesa Amelia ─ se atrevió a hablar uno de los soldados ─. Yo no pienso huir con el rabo entre las piernas mientras veo cómo mi gente se hunde en las sombras.
─ Ni yo ─ lo secundó otra voz ─. Esos demonios malnacidos no olvidarán este día. Lo juro por los dioses.
─ Por lo que parece, nadie está dispuesto a abandonar, hermano ─ un sonriente Christopher aferró con fuerza fraternal el hombro del regente.
─ Mi señora… ─ la voz dudosa de sir Lorrick tuvo el efecto de hacer que Zelgadis girara la cabeza hacia la escena de forma automática ─. Mi amor por vos no ha hecho otra cosa que florecer desde el día en que arribara a vuestro resplandeciente país. Al parecer, ya no importa vuestra respuesta en lo referente a mi petición… pero estaré con vos y os protegeré hasta el final. Lo juro por el honor que rige mi existencia.
¿Por qué diantre no podía liberarse de la sensación de que, en su interior, sus órganos vitales se comprimían hasta formar un amasijo doloroso? Zel escrutó la mirada de Amelia, pero no logró discernir la ambigua expresión de la muchacha.
─ No hay mejores protectores para un reino ─ alabó entonces Phillionel. Dándose la vuelta, con el negro mostacho coronando una amplia sonrisa, el Príncipe bramó ─ ¡Abrid las puertas!
Los portones de mármol blanco adornados por filigranas doradas y plateadas iniciaron su movimiento con teatral lentitud, estrellándose la lluvia contra la centelleante superficie. Los rugidos de la alfombra de mazokus que aguardaba en el exterior, al igual que la aterradora presencia de Ojo de Rubí en el horizonte, no amedrentaron a los héroes de Saillune.
─ ¡Victoria!
El grito de guerra se repitió sin descanso mientras los mortales se encaminaban a su última gran batalla.
· · ·
El viento agitaba su cabellera castaña hasta taparle la vista, pero no lo suficiente. "Realmente", pensó, no sin cierta ironía, "preferiría que me tapara los ojos del todo, así no tendría que contemplar esa asquerosa cara…"
Pero la horrible visión de Ojo de Rubí invadía sus sentidos como una atroz pesadilla.
─ ¿Qué te pasa, hechicera? ─ Otra vez ese terrible y putrefacto estertor que le servía de voz ─ ¿No te sientes con fuerzas suficientes como para enfrentarte a mí?
¿Para qué contestar? Ambos conocían la respuesta: la maldita batalla que el dios demonio había planeado sólo para ella ─ a Lina se le olvidaba con frecuencia sentirse halagada por ello ─ casi le había arrancado el potencial mágico de cuajo. Miró de soslayo a Gourry, cuyos pensamientos estaban velados por una insólita máscara mientras observaba a su enemigo, sujetando su espada en un pausado gesto. No miró al asesino, pero divisó su silueta inclinada sobre la hierba, tratando de mantenerse en pie; aun sin verlos, sentía los ojos oscuros del Kerkaat clavados en ella, instándola a atacar. La hechicera experimentó deseos de encararse con él y gritarle que no podía vencerle en su estado actual.
No obstante, no iba a permitir que Shabranigudú la creyera impotente.
─ Podría, si quisiera, reducirte a un amasijo de nauseabunda y débil energía negra, venerable señor. Y todavía me restarían fuerzas para patearte el trasero ─ era un farol, y nadie mejor que ella sabía cómo interpretarlos. Tal vez su empecinada arrogancia confundiera a la deidad y pudiera, entretanto, ganar tiempo. Sin embargo, todo lo que hizo Ojo de Rubí fue volver a estallar en alborozadas risas. Lina se preguntó, con un sobresalto, si el señor oscuro sería capaz de leerle el pensamiento.
─ Hablas mucho, pero haces poco, nimio gorgojo. A lo mejor eres tímida… supongo que tendré que empezar yo a romper el hielo.
No cabía duda de que Shabranigudú era capaz de romper el hielo con escalofriante eficacia. De repente, una oleada de dolor sacudió el cuerpo de la hechicera. Cayó al suelo entre espasmos y convulsiones, únicamente consciente del dolor. Percibió vagamente, como algo anclado en el subconsciente, la voz de Gourry invocando algo, seguramente su nombre, y el grito desafiante de Kerkaat. Luego, también les escuchó gritar a ellos. Ella también aullaba, por más que una parte de su mente la exhortara a detenerse, a conservar su dignidad. Pero la agonía era demasiado intensa.
De repente, la tortura cesó. Tratando de atrapar el aire que suplicaban sus pulmones, intentando en vano detener los espasmos de cada uno de los músculos de su cuerpo, Lina parpadeó para aclarar su cerebro y su visión. Sin duda, el ataque había durado escasos segundos, pero a ella se le había antojado una eternidad.
─ Me estás decepcionando… ─ escuchó decir al dios demonio, aburrido ─. ¿Realmente eres tú quien me ha destruido en dos ocasiones?. ¿No eres ninguna impostora?
Lina quiso replicarle con una respuesta ingeniosa, pero de sus cuerdas vocales surgió tan sólo un ronco susurro. "Maldita sea. Tengo… tengo… debo vencer"; únicamente su obstinado orgullo sirvió a su cuerpo como motor de avance. Se incorporó lentamente, observando a su alrededor por primera vez: Gourry y Kerkaat yacían desparramados sobre el suelo, como dos viejos e inservibles muñecos de trapo. Un aspecto similar debía de presentar ella, pero situó esa observación en segundo plano, posando la mirada en el macilento rostro del espadachín; en su mano, que asía con fiereza la espada intentando incorporarse.
La visión del guerrero tuvo la virtud de despertar su ira, y cualquiera que en el pasado se hubiera cruzado en el camino de Lina Inverse sabía que las ciudades estallaban en un millón de fragmentos bajo el peso de su cólera.
─ Condenado engendro de las sombras ─ le sorprendió escucharse decir esas ostentosas palabras. "No me reconozco…" ─, ya he tenido bastante… me has subestimado por última vez.
Cerró los ojos, aislándose de las influencias externas en la medida de lo posible, invocando a su escaso poder mágico, que parecía acurrucarse en las paredes de su espíritu, reacio a salir. "Pues vas a salir", ordenó Lina, imperiosa, "¡vas a salir!". Como un gatito asustado obligado a obedecer a su ama, la magia de la hechicera afluyó al exterior con cierta reticencia. Preparado el terreno, comenzó la formulación del único sortilegio en el que debía volcar su energía:
─ Nacidos de entre las brumas del tiempo y la sapiencia… ─ una voz interior le advirtió que se disponía a emplear, con apenas unas migajas de poder mágico, el conjuro que rivalizaba con el mismísimo Giga Slave, pero la desechó con rapidez. "Si no lo hago, si no lo intento… moriremos de todos modos".
─ Sería interesante comprobar hasta qué punto eres capaz de llegar, pero no voy a cometer el mismo error que antaño ─ informó Ojo de Rubí. En su espectral voz había cierto asomo de gravedad, pero apenas perceptible. Casi de inmediato, aun teniendo los ojos cerrados para envolverse en la calidez de su magia, Lina pudo sentir cómo el gran señor del mal se disponía a contraatacar. Se mordió el labio, consciente de que muy probablemente el ataque lograría traspasar la barrera protectora proporcionada por el hechizo. "No, no… espera un poco, sólo un poco más", imploró, a nadie en concreto.
Entonces escuchó gritar a Ojo de Rubí. No era un bramido de rabia, realmente, sino más bien un leve gruñido de alguien que intenta espantar alguna mosca. Se aventuró a abrir los ojos… y allí estaba Gourry, con el rostro demacrado y sudoroso de un convaleciente que acabara de superar una enfermedad, pero combatiendo a su enemigo con la misma agilidad y las elegantes florituras de siempre. La resolución brillaba en sus claros ojos; aun desde esa distancia, ella podía notarlo.
Gourry la miró fugazmente. Cualquier otro no se hubiera percatado de ese gesto, pero sí ella, demostrando en un segundo los fuertes lazos que los unían. Lina interpretó a la perfección esa sacudida de cabeza: "no pierdas más el tiempo, yo lo distraeré".
─ Haz tu trabajo, maga.
Casi cayéndose por la impresión, la voz ronca de Kerkaat sonó junto a su oído, y de inmediato la veloz sombra del asesino pasó a su lado, abalanzándose sobre su objetivo por el flanco opuesto al de su guardián. Lina experimentó una inmensa oleada de gratitud que tuvo el don de avivar su poder, y volvió a encerrarse a sí misma en su consciencia para entregarse en cuerpo y alma al sortilegio.
─ Nacidos de entre las brumas del tiempo y la sapiencia ─ repitió ─ nacido uno por el alba y otro por el día ─ el poder se manifestaba a su alrededor como un aura cuya fortaleza la aplastaba, la asfixiaba. "Voy a morir…", lo sabía, era consciente de ello. "Gourry, lo siento…". Nada importaba ya: Shabranigudú caería, el mundo viviría y ella sería recordada como una heroína. No estaba tan mal…
Pareció como si un montón de manos la agarraran por el pescuezo, cortando su respiración. Lina desligó instintivamente toda conexión con el hechizo, buscando el resuello, sujetándose a la vida. Cosa harto difícil, pues de repente tenía la sensación de que unas paredes invisibles se cerraban sobre ella, comprimiéndola hasta transformarla en un amasijo de carne y huesos. Una vez alejado el poder mágico, empero, recuperó lentamente el aliento vital.
Gourry gritó. Kerkaat bramó con rabia. Se arriesgó a alzar la vista y vio cómo espadachín y asesino volaban por los aires hasta estrellarse en la reblandecida tierra, junto a ella. Lina miraba a la deidad con los ojos desorbitados mientras el ente reía, se regocijaba por su pronta victoria.
─ Lo has intentado ─ dijo ─. Al menos me has divertido lo suficiente.
"No he podido… si hubiera encauzado el hechizo sólo unos segundos más… yo habría… todos habríamos…", la frustración le impedía pensar con claridad. Apretó los dientes hasta el punto de que sólo faltó que le estallaran en mil pedazos. Por mucho que se emperrara en luchar, sabía demasiado bien que había desaprovechado la única oportunidad de vencer. "¿Todo está perdido…?"
─ Destruiría tu patético mundo de inmediato si no fuera porque, de momento, me es imposible ─ la voz del ente sonó ciertamente irritada, y Lina, aun entre las brumas de la desesperación, lo advirtió con vivo interés. "¿Que no puede…?" ─ Pero al menos te quitaré de mi camino de una maldita vez. Es tu fin, Lina Inverse…
Sonriendo, Lina agradeció que al menos se despidiera de ella pronunciando su nombre. No tenía fuerzas ni para abandonarse a una risa histérica. Como mucho, echó una ojeada a sus dos compañeros, a su compañero. Kerkaat yacía desmayado, al parecer, pero Gourry la miraba con una férrea resistencia ante lo que estaba sucediendo pintada en sus apuestos rasgos. Sin embargo, Lina también advirtió en ellos… ¿qué?. ¿tristeza?. ¿frustración por algo que desea hacer, pero de cuyo tiempo no disponía? Pudo ver cómo el espadachín abría y cerraba la boca, al parecer buscando las palabras adecuadas para hablarle.
Lina acentuó su sonrisa. ¿Acaso importaba ya? El ataque del dios demonio aumentó su luminiscencia hasta transformarse en un letal hechizo conformado por oscuridad.
· · ·
Amelia estaba exhausta, mas sus ataques no suponían ninguna diferencia: era como intentar drenar el mar. Sentía cómo le ardían los músculos ─ ¿músculos?. ¿acaso le quedaba alguno? ─ por el esfuerzo. Las extremidades que le servían de brazos y piernas se desplazaban de forma automática, mecánica, sin obedecer a su inconsciente voluntad, aquella que la instaba a detenerse sobre la hierba y aspirar aire hasta que sus pulmones estallaran como lo haría una despedazada estrella.
Echó un vistazo. No vio a nadie, nadie que no fueran engendros, mazokus. Sir Lorrick había intentado mantenerse a su lado desde que empezara la batalla, pero el arrasador ejército enemigo había acabado por alejarlo de ella. Desde hacía ya varios minutos no escuchaba la atronadora y segura voz de su padre clamando a la Justicia, mientras empleaba el poder de sus ideales ─ los mismos que también ella abrazaba ─ concentrado en su puño. Ni un soldado, ni un mago… sólo hostiles criaturas por doquier.
"Zelgadis…"
Mas que a los demás, la muchacha no había dejado de buscar a la quimera con los ojos desorbitados. Lo mismo hizo entonces, sin verle. En su andadura, abriéndose camino entre las hostilidades, divisó una silueta inerte en el césped, y se dirigió a ella con premura. Un golpe en la espalda causado por uno de los demonios la lanzó bruscamente al suelo, impactando violentamente junto al objetivo al que se disponía a llegar. Incapaz de ver nada, adelantó cinco trémulos dedos y palpó un cuerpo endurecido y áspero, un cabello de resbaladizos y rígidos mechones platinos. Su visión se nubló por las lágrimas mientras apretaba los dientes en un vano intento por controlar los sollozos.
Se apresuró a alzar los ojos, acuosos por evitar que el llanto que ansiaba derramarse, y se encontró cara a cara con Xellos.
Él no se inmutaba, se limitaba a sonreír en su habitual alarde de gélida displicencia. A su alrededor, el ejército enemigo se detuvo, como hostigado por el poderío de su general.
─ Amelia… no sabes cómo lamento verte así ─ murmuró, chasqueando la lengua y sacudiendo ligeramente la cabeza. Algo de veracidad debían encerrar sus palabras, pues el sacerdote nunca mentía. No obstante, la verdad que expresaba no solía ser siempre la que uno creía.
─ ¿Por qué, Xellos? ─ La princesa experimentó un odio tal que se sorprendió sobremanera por ello. No quiso mirar al suelo, en el cual, gracias al fortuito golpe que la había enviado a su lado, yacía Zelgadis. No quiso comprobar si su inmovilidad se debía a que estaba inconsciente… o muerto ─. ¿Porque acaso hubieras querido acabar tú con nosotros?
─ Claro que no, mujer ─ ahí plantado, rascándose la cabeza con confuso nerviosismo y sin dejar vislumbrar los ojos violáceos, cualquiera hubiera podido afirmar que el demonio jamás había roto un plato ─. Es que nunca entenderé a los humanos. Desperdiciar vuestra existencia de ese modo, morir en un vano enfrentamiento… ¿Por qué?. ¿Por la gloria? No importará si el mundo es destruido. Realmente, me resulta poderosamente incomprensible.
Por primera vez desde que conociera a Xellos, Amelia acertó a creer que su ignorancia era genuina. Y también por primera vez reflexionó, con un escalofrío, que ni siquiera se le podía culpar por ello; él era un demonio, una criatura incapaz de experimentar otra cosa que no fueran emociones negativas: odio, ambición, tristeza… Tal era su naturaleza; para él no era algo malévolo, sino normal. De repente, fue como si la luz invadiera su conciencia, dotándola de sabiduría.
─ Acabo de darme cuenta ─ ahí, arrodillada en el suelo, temblando por la fatiga y con las silenciosas lágrimas aguardando el momento de escapar, Amelia se sentía mucho más alta y poderosa que el temible y desconcertante mazoku ─. No me das miedo, Xellos. Me das lástima.
Xellos enarcó una ceja, obviamente divertido ante sus palabras. Ella se apresuró a continuar:
─ Nosotros, los humanos… puede que no seamos inmortales, y que nuestro potencial no sea ni el más leve reflejo del tuyo ─ la joven apretó los puños ─. Pero somos capaces de defendernos ante la adversidad. Si nos invade la tristeza, tenemos poder para transformarla en alegría; si nos sumimos en la depresión, podemos salir a flote gracias al amor. En cambio tú… vosotros… no poseéis defensas ante el rencor y la ira que anida en vuestros corazones. Y eso siempre nos hará más fuertes.
El demonio soltó una risita, completamente inmune a la disertación de la muchacha. Pero cuando se disponía a responder, alguien más le interrumpió.
─ N-no malgastes tus fuerzas con alguien como él… Amelia ─ aun débil, la voz masculina pareció ensalzarse sobre el campo de batalla con toda su magnificencia. Amelia casi se sintió desfallecer por el alivio cuando vio, a su lado, a un tembloroso Zelgadis incorporarse lentamente. Alrededor de su sien, a pesar de su fortaleza, se advertía un coágulo de sangre que lo obligaba a entrecerrar el ojo derecho; pero él pareció no reparar en ese detalle. La cólera que dirigió a Xellos hizo creer a Amelia que la experimentada por ella hacía tan solo unos instantes no había sido más que un fútil enfado infantil, al lado de la suya ─. Excelente… moriré descargando sobre ti toda mi ira. Definitivamente es una buena muerte.
─ ¿Eso quieres? ─ Los ojos de Xellos se entreabrieron ─. Si me permites aconsejarte, Zel…
─ No se te ocurra darme consejos, maldito.
─… si me permites aconsejarte, yo que tú me buscaría a otro rival. Verás, tengo órdenes de no hacer nada. Ya sabes, si moviera una mano… oh, más bien un dedo, serías destruido ─ lo dijo sin dar muestras de arrogancia, como una mera exposición de hechos ─ y todo resultaría ser demasiado fácil.
─ ¿Por qué te complace causar tanto dolor, Xellos? ─ Inquirió Amelia en una pregunta absurda, no obstante observando a su compañero de reojo. Zel parecía hacer esfuerzos por concentrarse en encauzar su magia.
─ Amelia… no deberías olvidar que os ofrecí la posibilidad de rendiros ─ el sacerdote suspiró, perezoso ─. Pero tú, como siempre, tenías que subir ahí a hacer tus posturitas y a negarte en redondo. Todo podría haber acabado ya… ésta ha sido vuestra elección. Recuérdalo bien.
─ ¡No te saldrás con la tuya!. ¡Me has causado demasiados problemas como para que pueda olvidarlos! ─ El amargo grito de Zelgadis penetró hasta el interior de la joven, desgarrando su alma.
─ Bueno, puesto que ninguno de los dos me escucha… ─ si no lo conociera, Amelia pensaría que el pesar de Xellos era incuestionable… pero tales cavilaciones quedaron ahogadas por el terror que le produjo el leve movimiento que el mazoku comenzó a trazar en el aire, con su báculo ─… supongo que voy a tener que defenderme.
─ ¡Zel! ─ Chilló Amelia, aferrándose a los brazos de la quimera, que ya comenzaban canalizar una portentosa cantidad de energía. Con un gruñido de rabia, apartó a la princesa de un empellón, y ésta se vio lanzada a más de un metro de él, cayendo al suelo sin posibilidad de recuperar el equilibrio.
─ Apelo a la fuente de los espíritus… ─ comenzó el hechicero. Sus ojos oscuros llameaban hasta el punto de que sus pupilas daban la sensación de derretirse, de fundirse como la cera. Xellos continuaba moviendo su bastón con escalofriante parsimonia.
─ ¡Ya basta Zel! ─ Imploró Amelia, clavándose las crispadas uñas en la carne del brazo sobre el cual se apoyaba.
Los mazokus circundantes, recibida una silenciosa orden, colmaron los oídos de la muchacha con espantosos rugidos al tiempo que se abalanzaban sobre sus presas.
─… que viajan por los siglos de los siglos.
─ Detente, Zel… ¡Detente!
─ Apelo a la Eterna Llama Azul…
─ No… no…
Los labios de Xellos se contorsionaron. Un extraño brillo rojizo cubrió la superficie del bastón al tiempo que los demonios concentraban sus propios ataques oscuros. La garganta de una sollozante Amelia parecía tener vida propia:
─ Basta… basta… ─ no… no podría permitir que le arrebataran de ese modo a otra persona importante en su vida. Cerró los ojos con fuerza, implorando para que todo acabase de una vez, impotente al saber que no podía hacer nada por detener la escena ─. BASTA-BASTA-BASTA… ¡¡BASTA!!
El prolongado sonido de un cuerno acalló todo alarido.
· · ·
Era sorprendente cómo, en el momento de la muerte, el tiempo parecía ir despacio, muy despacio. Lina era consciente de muchas cosas ─ además de aquella pertinaz parte de sí que la instaba una y otra vez a continuar luchando ─: de la esfera maldita que aumentaba su tamaño en manos de Ojo de Rubí, de la sensación dolorosa de sus huesos, la inflamación de sus músculos, una acariciadora gota de sudor que le caía por la frente hasta el oído; su respiración irregular, la de Kerkaat, la de Gourry… los ojos verde azulados del guerrero, su amplia sonrisa franca y sincera, sus robustos brazos cubiertos por innumerables cicatrices, su voz dulce, afable, que le aseguraba que siempre permanecería a su lado.
"Siempre…"
─ Muere.
Shabranigudú culminó su poder. Lina sonreía, contemplando cómo Gourry le sustraía una albóndiga de su almuerzo. El dios demonio gritó en su regocijo. Una partida de orcos les atacaban en los lindes de un verde bosque primaveral y Gourry se situaba frente a ella para protegerla con su vida, si era necesario. Shabranigudú alzó sus deformes garras, presto a lanzar su destructora magia. Lina vencía a Fibrizo, celebraban la postrera victoria, y ahí estaba él, sus amigos. Siempre juntos, siempre imbatibles.
"Siempre…"
Ojo de Rubí aulló en un alborozado grito victorioso.
El prolongado sonido de un cuerno acalló todo alarido.
· · ·
La muchacha de sedoso y largo cabello negro, empapado y completamente adherido a su rostro, desmontó de su caballo. Sus ojos verdes reflejaban tristeza ante el aterrador espectáculo. Sus manos se crisparon en torno al mango de su esférico cetro conformado por planchas de centelleante cristal, confiriéndose el valor y la firmeza que, sabía, iba a necesitar.
Dos figuras se unieron a ella: un grácil elfo de baja estatura y largo cabello oscuro, cuyos ojos color miel enfocaban, desorbitados, el horror de la contienda. La mano que portaba el arco de madera de abedul tembló, y no precisamente por el frío de la lluvia. La otra silueta era alta y majestuosa, ataviada con una impecable túnica blanca. El hecho de que su espesa cabellera rubia pareciera más un mar de fuego y que sus ojos fueran realmente como oro fundido negaba su condición de humano. Eso, y los colmillos que mostraron sus labios al entreabrirse por la furia, dejando escapar un tenue hilillo de humo.
─ El mal se propaga en nuestro mundo… ─ habló el individuo alto, con una enigmática calma que encubría su cólera. La muchacha de cabellos negros se limitó a asentir, asumiendo una hierática postura.
─ Sairaag… mi ciudad natal también padeció algo similar. Pero no… ─ la joven esbozó una triste sonrisa ─. Al menos los míos murieron rápidamente. Pero ellos… ellos están sufriendo.
─ ¿Te parece bien que entremos en acción, hermana? ─ Inquirió el elfo con voz grave. Ella asintió, dedicando miradas afectuosas a sus dos acompañantes, comenzando por el espléndido sujeto de mirada áurea.
─ Milgazia… pase lo que pase, quiero agradecerte la ayuda que nos has prestado ─ la humana suspiró, posando sus ojos en el elfo ─. A los dos.
─ No tienes que agradecernos nada, Sylphiel ─ respondió el llamado Milgazia, con una tenue sonrisa. El elfo, por su parte, asintió, dando fe de sus palabras.
Esbozando una imperceptible sonrisa, asiendo con firmeza su ornamentada arma e ignorando los embates de su capa negra al entrar en contacto con la feroz tempestad, Sylphiel habló:
─ Haz sonar el cuerno, Thurandil.
El elfo hizo realidad su petición de inmediato. Tras ellos, al abrigo de la colina sobre la que se alzaban, una alfombra blanquinegra de numerosos individuos envió al cielo poderosos gritos de coraje. Sylphiel observó, sobrecogida, la magnificencia del ejército, casi sin poder creerse que prácticamente ella sola hubiera sido capaz de traerlo hasta las puertas de Saillune. La sección negra de las tropas se adelantó cuando el sonido del cuerno, como un pájaro esperanzador que emprendiera el vuelo engullendo la congoja, se elevó en las alturas, revelándose como miles y miles de elfos que, aferrando sus arcos y concentrándose en la realización de sus sortilegios, se disponían a enfrentarse a la muerte. La mitad albina, por su parte, permaneció anclada en la tierra, envolviéndose lentamente con una progresiva luz que brillaba con fiereza. Cuando ésta se hubo esfumado, los abundantes efectivos humanos ataviados con mantos nacarados habían desaparecido.
Y en su lugar, tiñendo el cielo carente de luz como un esplendoroso mar áureo y negro, sobrevolaba las sombras una imperecedera hueste de dragones.
A su lado, Milgazia emitió un estremecedor rugido que nada tenía de humano, al tiempo que él también se envolvía en un potente fulgor blanquecino. Su forma humanoide dio paso, con prontitud hipnótica, a la de un curtido y fastuoso dragón dorado. El poderoso batir de sus alas cortaba el espacio y la lluvia, arrojando agua en todas direcciones mientras iniciaba la marcha guiando a su pueblo.
Una vez desaparecidos sus dos camaradas, la suma sacerdotisa tragó saliva y, frunciendo el ceño con férrea decisión, montó sobre su caballo y emprendió un veloz galope.
Debía llevar a cabo su misión, pero no podía hacerlo sola.
· · ·
─ ¡Maestro!
Apartándose los ondulados y mojados mechones de la frente, Parelish se abrió paso entre los atónitos hechiceros, mercenarios y granjeros, que habían detenido su labor de reconstrucción del campamento al primer sonido del estremecedor cuerno y al divisar, en el horizonte, la centelleante mancha luminosa que rodeaba la capital, chocando contra el mar negro como dos nubes tormentosas. El joven mago localizó a Sar Vanion, al fin, plantado en medio del caos, como todos los demás, y similar a una estatua de mármol de rojos y empapados atuendos.
─ Maestro ─ repitió al hallarse a su lado, ya más tranquilo ─, por fin os encuentro. ¿Habéis visto…? ─ se detuvo. "Necio, claro que lo ha visto. Todos lo están mirando como si se avecinara el fin del mundo". Se aclaró la garganta, dispuesto a rectificar ─ ¿Qué debemos hacer? No distingo muy bien lo que es… pero me aventuraría a afirmar que son dragones. ¿No opináis lo mismo, maestro?. ¿Se… señor?
Atónito, Parelish desencajó la mandíbula cuando, de improviso, el cuerpo de Sar Vanion comenzó a agitarse por sutiles risas, las cuales desembocaron, finalmente, en estentóreas carcajadas. Quienes los circundaban desviaron la mirada del horizonte para posarla en el excéntrico hechicero. "Ya está… se ha vuelto loco", reflexionó Parelish con los ojos desorbitados, "siempre lo ha estado, pero esta vez ha sido la definitiva. ¿No enloquecen todos los genios?"
─ Ma… maestro, por favor… ─ Parelish adelantó sus trémulos dedos y dio un suave tirón a la amplia manga de la túnica del vicepresidente, y éste, de improviso, sustituyó sus risotadas por la misma expresión seria y estática que tuviera antes, con una rapidez tal que Parelish dio un respingo.
─ Parece que, después de todo, hoy no vamos a morir ─ musitó entonces para sí el mago rojo.
─ ¿Co… cómo? ─ Inquirió, aprensivo, su pupilo. Sar Vanion lo miró, parpadeando como si se percatara por primera vez de su presencia. Entonces esbozó una amplia y picaresca sonrisa al tiempo que palmeaba la espalda del muchacho reiteradas veces.
─ Bueno, Parelish, cuando todo esto acabe me tienes que invitar a una cena ─ dijo con voz alegre, comenzando a caminar y arrastrando consigo al joven ─. Echo de menos mis alocadas juergas de juventud, y como mínimo me lo debes por todo lo que te he enseñado…
─ Maestro, por favor… tenemos… tenemos que hacer algo con respecto a… ─ Parelish señaló, inseguro, la masa dorada que se abalanzaba sobre Saillune. Sar Vanion lo imitó, en apariencia aburrido.
─ Ah, sí, las lagartijas aladas… bueno, muchacho. ¿y a dónde crees que me dirijo si no?. ¿crees que estoy paseando por aquí como si esto fuera un parque?. ¡Demonios, no! ─ El mago se detuvo, y Parelish observó, sorprendido, que se hallaban frente a dos de los caballos supervivientes del asedio al campamento. El hechicero rojo se apresuró a montar sobre uno de ellos y, mientras lo hacía, los demás magos y soldados se reunieron en torno a él ─. Maldita sea, esos condenados engendros han agotado casi todas mis fuerzas. En fin…
─ ¡Sar Vanion! ─ Era la voz severa de Brenkan la que se alzaba sobre las demás. El mostacho del calvo hechicero azul se agitaba presa de la furia ─. ¿Qué crees que estás haciendo? Tenemos órdenes de permanecer aquí. Baderkar no tolerará…
─ Puedes decirle al idiota de Baderkar que se meta sus tolerancias por cierta zona que tiene situada al final de la espalda ─ lo atajó Sar Vanion, sus ojos dorados reluciendo peligrosamente. Brenkan, tragando saliva, se vio obligado a retroceder un paso ─. Y ya de paso, que se afeite. Esa estúpida barba no le sienta demasiado bien. Además, olvidas que soy YO quien comanda aquí. En fin, muchacho. ¿vienes o no? ─ Agregó bruscamente, dirigiéndose a Parelish.
─ ¿A… adónde, maestro?
─ ¿Adónde va a ser?. ¡Pues a la batalla, obviamente! Apostaría mis atuendos a que la moza y su guardaespaldas siguen vivos, y hasta mi ropa interior... bueno, eso sólo si me la jugara con alguna hermosa muchachita ─ añadió, pensativo ─. En fin, ahora que parece que la balanza se inclina un poco más a nuestro favor... ¿no estás dispuesto a darlo todo por este mundo, chaval?. ¡Y esto va por todos! ─ La dura y despreciativa mirada de Sar Vanion recorrió a los presentes, que bajaron la vista y carraspearon con embarazo ─. Para limitaros a ordenar de nuevo este sitio bien valía que os hubiérais quedado en vuestras granjas como unos niños buenos: allí tenéis estiércol de sobra que limpiar. ¿no?
Parelish, boquiabierto ante la larga arenga, modificó rápidamente su expresión por una radiante sonrisa. "Estará loco, pero es el loco más inteligente que he conocido jamás". El muchacho, apaciblemente, subió sobre la otra montura, ignorando las quejas, menos firmes en esta ocasión, de Baderkar.
─ ¿Preparado? ─ Inquirió el maestro. El discípulo, por su parte, acentuó su sonrisa, brillando sus claros ojos azules.
─ Nunca lo he estado más.
Sin más que añadir, Sar Vanion espoleó a su jamelgo e inició una rápida galopada. Parelish se apresuró a seguirlo mientras, a su espalda, los gritos de ánimo y júbilo de los supervivientes, que no dudaron un instante en prepararse para seguir el mismo camino que los dos valerosos magos, ahogaban las débiles protestas de Brenkan.
· · ·
Amelia se sintió desfallecer cuando el imponente ejército de dragones cubrió el cielo negro con un manto de oro y azabache reluciente. Vio cómo, en tierra firme, los elfos canalizaban su portentosa magia y abatían uno a uno a los sorprendidos mazokus. Por más que lo intentara, no podía apartar los ojos de la visión, la mismísima estampa de la esperanza. De repente, el alivio la sacudió con viveza, provocando que sus obstinadas lágrimas se derramaran al fin. Pero en esta ocasión no eran lágrimas de congoja, sino de alegría. "Sylphiel", pensó, incapaz de dejar de llorar, "Sylphiel… ¡gracias!".
De improviso, recordó lo que estaba sucediendo antes de la aparición de los benignos refuerzos, y se incorporó de un salto. Sin embargo, los demonios que otrora se abalanzaran sobre ella y Zelgadis ahora miraban en torno a sí, notablemente confusos y asustados y únicamente controlados por la visión de su imponente caudillo; Xellos también observaba la escena, pero de una forma tan imperturbable que cualquiera hubiera podido afirmar que ya se lo esperaba. Con un suspiro de alivio, observó que la magia del hechizo de la quimera disminuía, contemplando él también con los ojos como platos el giro radical que habían dado los acontecimientos.
La joven se acercó a él, recuperando poco a poco el control sobre sí misma, y se arrodilló a su lado.
─ Zelgadis ─ inquirió con voz suave, situando sus manos sobre su hombro ─. Zel… ¿estás bien?
El aludido la miró, parpadeando y saliendo por fin de las ensoñaciones causadas por la visión que colmaba sus pupilas. Finalmente, suspiró, aliviado al reconocer a la princesa.
─ Sí… sí, lo estoy ─ musitó él. Sus ojos zafirinos brillaron con una luz de disculpa ─. Amelia, lo siento. Nunca debí… no tenía por qué empujarte de ese modo. Perdí el control…
Súbitamente, incapaz de contener sus impulsos, Amelia se abalanzó sobre él, abrazándolo con fuerza y hundiendo el lloroso rostro en su hombro. La quimera permaneció hermética en un principio, aturdida ante el suceso, pero poco a poco sus brazos, mecánicos, correspondieron a su gesto, rodeando la espalda de la muchacha. Pese al caos del momento, pese a la certeza de la multitud de enemigos que los rodeaban y pese a la maligna presencia de Xellos, de la cual continuaba siendo consciente en demasía, Amelia sintió que podría haberse quedado así… para siempre.
─ No tienes por qué disculparte ─ susurró entonces ella. "Por favor, no quiero… no quiero soltarlo nunca", pensó, aferrándose a Zelgadis, quien en ningún momento dio muestras de desear apartarla de él ─. Estás bien, y eso es lo que importa. Tenemos que luchar, Zel. Estoy harta de sufrir.
─ ¿Echas de menos adoptar heroicas posturitas en nombre de la Justicia? ─ Musitó él tras soltar una débil risita, con aquella voz calmosa que siempre conseguía proporcionar paz al impetuoso espíritu de la princesa. De improviso, la joven sintió cómo una de sus manos ascendía hasta situarse sobre su cabeza, acariciándole el cabello. Amelia se estremeció bajo su contacto ─. Lucharemos.
Necesitaba mirarle a los ojos, y por ello cedió con sumo pesar a su abrazo, indagando en sus rasgadas pupilas oscuras. Él sonreía con nerviosismo, aunque también con profundo afecto, pero no consiguió dilucidar nada más en su escrutinio.
─ Bueno, chicos, de veras que lamento estropear este momento, pero…
La pareja dio un respingo. Zelgadis, apretando los dientes, adelantó su brazo frente a Amelia para protegerla, al tiempo que situaba una mano sobre la empuñadura de su espada; un acto inconsciente, reflexionó Amelia, pues no le serviría de nada contra Xellos. Éste, aún mostrando su inalterable máscara de confusa inocencia, se rascó la cabeza esbozando una modesta sonrisa.
Las numerosas oleadas de fortaleza y esperanza, que habían vuelto a crecer desmesuradamente con la visión de los refuerzos, estallaron en Amelia, quien se incorporó señalando a Xellos, con el puño de su otra mano apretado fuertemente y una amplia sonrisa dibujada en el rostro. Sus ojos azules relucían con la llama de la templanza. Por el rabillo del ojo le pareció ver que una gruesa gota de sudor resbalaba por la sien de Zelgadis.
─ Xellos, has intentado confundirme con tus astutas tretas, aprovechándote del dolor y del sufrimiento de esta guerra ─ parafraseó la joven. Esa brisa oportuna que parecía acompañarla siempre en tales ocasiones sopló sobre el terreno, agitando su capa ─. ¡Pero se acabó, esta vez me vengaré! Vale… no sé cómo… ¡pero te puedo asegurar que hoy no moriré!. ¡La Justicia te estrujará con su implacable mano y te…!
─ Vamos, no os pongáis así ─ interrumpió Xellos la perorata, restándole importancia ─. De veras que me gustaría seguir charlando contigo acerca de manos gigantes que estrujan al personal, Amelia, pero como has podido observar se ha producido un importante giro en los acontecimientos, y me temo que voy a tener que irme…
─ ¡No escaparás, miserable! ─ graznó Zel, pero recuperando su cracterística frialdad y ni de lejos tan fuera de sí como antes.
─ Zel, ya sé que estás ansioso por morir a mis manos… una actitud harto extraña, por cierto… pero de veras que lo siento. Supongo que deberías agradecer a los abnegados dragones que tu insensato intento de suicidio no haya surtido efecto ─ el sacerdote acentuó su candorosa sonrisa y agitó la mano enguantada en señal de despedida ─. ¡Adios! ─ Antes de que ninguno de ellos pudiera siquiera parpadear, el demonio desapareció, y su ejército se desperdigó en respuesta a algún mudo mandato, dispuesto a enfrentarse a los enemigos más peligrosos.
Zelgadis y Amelia intercambiaron una mirada grave, muy conscientes de que tenían que actuar con rapidez. "Además", la muchacha se mordió el labio, "no hay rastro de mi padre, ni de mi tío, ni de sir Lorrick…", parpadeó, sorprendida por haberse acordado de él, "es un caballero leal y honorable y no me gustaría verle morir, sólo eso".
─ Amelia, tenemos que movernos ─ dijo entonces Zel, sacándola de sus pensamientos y recuperando el gélido control sobre sus emociones ─. Pese a lo ocurrido, no estamos fuera de peligro.
─ Cierto, pero… ─ Amelia miró en torno a sí, angustiada ─. Estoy agotada. ¿Qué podemos hacer nosotros?
De improviso, un destello de luz iluminó un amplio perímetro del campo de batalla, provocando un sinfín de graznidos agónicos procedentes de los demonios. Sobrecogidos, Zelgadis y Amelia se cubrieron los ojos con los brazos ante el fogonazo, y cuando éste cesó, una figura montada a caballo se adelantó hacia ellos. "¿Una diosa?", pensó Amelia. Al menos, la imponente imagen, iluminada por el hechizo y portando un centro igual de extraordinario, se asemejaba a alguna clase de deidad. Pero pasado el efecto del sortilegio se reveló la realidad de la silueta, y la muchacha emitió un suave grito ahogado.
─ ¡Sylphiel! ─ Exclamó, en su lugar, Zelgadis. La muchacha de grandes y ansiosos ojos verdes desmontó, corrió hasta sus amigos y, con suspiros y sollozos de alivio, los estrechó entre sus brazos.
─ Gracias… gracias a los dioses que estáis bien… ─ musitó la sacerdotisa, y Amelia correspondió al gesto, sonriendo.
─ Nosotros también nos alegramos de verte, Sylphiel. Durante unos horribles momentos creímos que… que…
Sylphiel se separó de ellos, y entonces, adoptando una máscara severa, situó sus manos sobre los hombros de Amelia y la miró a los ojos. Ésta parpadeó, desconcertada.
─ Basta. Estamos todos bien, y eso es lo que importa ─ atajó, con su voz firme pero paradójicamente suave ─. Amelia, te estaba buscando. Ahora, más que nunca, te necesito.
─ ¿Que me necesitas?. ¿por qué? ─ Inquirió Amelia, atónita. A su lado, Zelgadis frunció el ceño. Sylphiel suspiró largamente, cerrando los ojos, y después volvió a depositarlos en su amiga.
─ Porque los shinzoku han despertado ─ informó ─, pero necesito tu ayuda para invocarlos.
· · ·
Lina abrió los ojos de par en par, lo único que podía ya mover de su cuerpo, y se sorprendió al descubrir que seguía viva. "¿Qué demonios…?" Ella también había escuchado el sonido del cuerno, pero tan lejano y onírico que parecía surgir de un sueño. Lo que más la sorprendía, empero, era el hecho de que Shabranigudú rugiera de rabia.
─ Esos malditos insectos… ¿y creen que un puñado de dragones y elfos cambiará el resultado de la batalla?
¡Dragones y elfos! Ahora lo entendía todo. El cuerno era un heraldo del ejército del bien. Pero ya era inútil, incluso Lina se daba cuenta de ello. Ojo de Rubí había detenido su ataque sorprendido ante el suceso, pero en cuanto su curiosidad se esfumara reanudaría su misión de ver muertos a los tres pequeños parásitos que tenía delante. Era tan frustrante… todavía recordaba lo que había dicho el dios: de momento no podía destruir el mundo. ¿Por qué?. ¿Carecía de fuerza para ello? "¡Maldita sea! Ojalá me sobrara el tiempo para descubrirlo…"
Los dos rubíes llameantes se posaron de nuevo en Lina, recuperando la sonrisa retorcida en sus deformes labios. Ella todavía encontró fuerzas para estremecerse.
─ ¿Por dónde íbamos...?
Esta vez, ningún ejército milagroso aparecería allende las colinas. "Es el fin…". La maga negra cerró los ojos, resignándose muy en contra de su voluntad.
─ ¡¡LAIDANNE!!
El grito prolongado de angustia y rabia tuvo el efecto de hacer que abriera de nuevo los ojos. Escuchó cómo un pesado cuerpo se arrastraba a su lado y, sacando fuerzas de no sabía dónde, giró la cabeza para averiguar de quién se trataba. Era Kerkaart. "Por supuesto, ese necio…" El asesino, con los dientes tan apretados que hubieran podido seccionar cualquier trozo de hierro entre ellos, se arrastraba hacia el aterrador dios. Se sujetaba con fuerza uno de los brazos, por lo que Lina dedujo que estaba partido, y por la manera con la que su estómago subía y bajaba en movimientos entrecortados la maga negra también adivinó que tenía varias costillas destrozadas. Sin embargo, el individuo parecía ya incapaz de sentir dolor, o así lo demostraban sus ojos, con las pupilas embotadas en una expresión febril que sólo ansiaba muerte, muerte para el torturador de Laidanne.
─ ¡¡LAIDANNE!! ─ repitió. Parecía imposible que pudiera gritar más, pero eso hizo ─. No te rindas… sé que estás ahí. Recuerda quién eres, lo que eres. Recuerda tu libertad, cuando viajábamos juntos e imparables, sin nadie que pudiera detenerlos….
─ Kerkaat… ¡ya basta, es inútil! ─ La voz de Gourry sonó débil al intentar detener el insensato humano. "Aunque en estos momentos está demostrando tener mucha más valentía que nosotros…" Shabranigudú, entretenido con los inservibles intentos del asesino, sólo reía, una y otra vez, mientras el palpitante orbe de materia negra esperaba su turno para destruir.
─ ¿Es que quieres alargar tu tortura, demente humano? ─ El señor de la muerte se dispuso a lanzar su ataque, visiblemente impaciente ─. No admitiré más distracciones… serás el primero en morir.
─ ¡¡LAIDANNE!! ─ El alarido se alzó hasta el punto de que superó el sonoro fragor de la bruna energía ─. ¡¡REACCIONA, LAIDANNE!! ¡¡¡LAIDANNE!!!
La esmeralda adosada al colgante de Kerkaat se iluminó con una luminiscencia que rivalizaba incluso con la del dios demonio. Éste, sorprendido, detuvo su ataque, temblando incontroladamente. Sin ni siquiera darse cuenta, Lina se incorporó entre espasmos, apoyándose débilmente en el césped sobre sus codos y observando, con aterradora fascinación, la escena que comenzaba a desarrollarse ante sus ojos. Por primera vez, las pupilas rojas de Ojo de Rubí no sólo brillaban de ira… sino también de miedo.
─ ¡¿Qué ocurre?! ─ Bramó la criatura, apretando los afilados dientes, crispando sus monstruosas manos, palpitando entre ellas aquella magia que destruiría el mundo sin remisión ─. No… ¡No! No es posible que… ¡tú ya no existes!. ¡Acabaste conmigo, pero yo también te destruí!!. ¡¡Desaparece de una vez!!
Otra vez ese grito, ese estertor multiplicado por diez en la dureza de la cólera. De repente, la presencia oscura comenzó a difuminarse lenta, muy lentamente. Y, en el centro de la misma, hizo a su aparición, de forma paulatina, una silueta humanoide.
El cabello cobrizo se agitaba violentamente. Dos luces verdes alimentaron la penumbra.
Laidanne…
─ No es posible… ─ escuchó Lina musitar a su guardián, incrédulo, mientras se sostenía en la tierra sobre su espada como si le fuera la vida en ello ─. No puede ser…
La elfa no advirtió la presencia del guerrero, ni la de Lina. Tenía su atormentada mirada, hundida en un rostro cadavérico y desnutrido, fija en Kerkaat, crispando sus manos sobre el aire como si la rodeara una celda de invisible piedra. El asesino ni siquiera se había movido. Lina no acertaba a adivinar la oleada de emociones que seguramente lo invadía.
"Kerkaat", habló Laidanne. La muchacha sólo movió los labios, pero su desfallecida voz parecía resonar en el cerebro de la hechicera, y, a juzgar por las miradas embobadas de sus compañeros, también ellos la percibían. "Kerkaat, esto tiene que acabar… no seré libre si no os apresuráis".
─ Apresurarnos… ─ Lina nunca supo dónde encontró fuerzas para hablar, pero sus palabras sonaban temblorosas debido a la rabia. Estaba harta; de su impotencia, de esta guerra, de no poder acabar con el maldito malnacido de Ojo de Rubí. Estaba harta de ser para él poco más que un insecto ─. ¿Y cómo sugieres que nos apresuremos, si puede saberse? No tengo fuerzas, sólo yo tenía la clave para derrotarle y la he desaprovechado. ¡¿CÓMO esperas que actuemos?!
Si Laidanne la escuchó, hizo caso omiso de ella. Sus pupilas almendradas permanecían enlazadas con los negros vórtices del asesino en una especie de conexión mística. Entonces, de repente, su presencia volvió a difuminarse, y con un espantoso berrido la silueta de la deidad comenzó a hacerse tangible otra vez.
─ ¡¡Laidanne!! ─ Gritó Kerkaat, adelantando su brazo ileso hacia ella ─. Laidanne… no… ¡¡NO!!
"Kerkaat, el colgante", las palabras de la elfa esta vez apenas si fueron descifrables mientras sus ojos esmeraldinos se desorbitaban por el terror y sus hombros se convulsionaban por la agonía. "El colgante… ¡Feäntor!"
Laidanne desapareció tras emitir un horrible alarido de dolor y sujetarse la cabeza con sus temblorosas manos. Ojo de Rubí volvió, y con más fiereza que nunca, a juzgar por el odio que destellaba en su mirada.
─ Se acabó… ─ rugió la bestia.
La esfera destructiva no se hizo más de rogar, y fue lanzada hacia su objetivo.
Sorprendentemente, Lina no la advirtió. Las últimas palabras de Laidanne habían sonado como una especie de mecanismo de acción, pues de improviso sintió cómo el colgante del asesino la llamaba, la invocaba… la esmeralda refulgía, fascinadora, ejerciendo atracción sobre ella con toda la fuerza de un poderoso imán.
─ ¡Lina! ─ Apenas si fue consciente de la presencia de Gourry, el cual la rodeaba con sus poderosos brazos para aislarla de la hecatombe que, sabía, los haría desaparecer como a una nube de cenizas. Pero la maga negra dedicaba su atención al colgante, a la presencia lobuna que dormitaba en su interior. Sí… las pesadillas durante el tiempo que tuvo la joya en su poder, las mismas que a la postre experimentara Kerkaat, las palabras de Laidanne… ahora lo comprendía todo.
"Vive, y regresa cuando estés preparada."
La esfera negra se abalanzaba sobre su presa, hechicera, guerrero y asesino, con deliberada lentitud. Kerkaat permanecía, como un cadáver andante, anclado en la tierra, cabizbajo y vencido.
"Feäntor…"
De improviso, Lina se liberó del protector abrazo de su compañero, e ignorando los angustiosos gritos de éste, corrió veloz hacia el asesino. Jamás pensó que pudiera albergar tantas reservas de energía, ocultas en lo más recóndito de su ser, pero así era. Realizó los escasos metros que la separaban de Kerkaat haciendo aspavientos con las manos, para aislarse de la feroz tormenta negra que se acercaba inexorable. Se derrumbó, más que agacharse, junto al humano, mientras la magia oscura se desplazaba ya sólo a unos centímetros de distancia, abriendo sus negras fauces y dispuesta a devorar.
De un tirón, Lina arrebató el colgante del cuello del extraviado Kerkaat y lo aferró entre sus manos, cerrando los ojos con fuerza.
Un destello…
Todo se sucedió a la vez, a una velocidad vertiginosa, en un instante, en una imagen. Un mar de luz bañó el lugar, perdiendo Lina conciencia de dónde se hallaba durante unos segundos; o minutos, o años… Cuando la realidad volvió a su cauce normal, el colgante se había volatilizado, aferrando sus manos el aire.
Y en su lugar, frente a ella, aguardaba la presencia irreal de un lobo plateado de ojos ambarinos.
Pero eso no era todo, observó con creciente asombro. La esfera negra de energía se había detenido, incapaz de continuar su ineludible movimiento. No hubiera podido seguir su curso, empero, pues lo que parecía ser un enorme espíritu draconiano bloqueaba el maligno poder como un hilo de fuego que abrazara con fuerza una pelota negra.
"Lina Inverse… has sobrevivido".
Aunque la voz sonaba atemporal y carente de subjetividad, la hechicera supo de inmediato que procedía del lobo. Ella depositó sus ojos castaños en él y, durante unos instantes, cortó toda conexión con la realidad; ahora sólo existían ella, el lobo y un gran vacío imperecedero. Él la miraba con sus ojos penetrantes, centelleantes, mientras caminaba hasta ella con movimientos pausados y elegantes. Cuando estuvo a su lado, Lina, lejos de sentir miedo, acarició su suave pelaje, una sonrisa apacible pintada en su rostro sin que ni siquiera se percatara de ello. Fue entonces cuando, de algún modo, supo quién era el animal, supo percibir su poderío, la longevidad de su existencia; la luz del saber se abrió paso en su cerebro de inmediato, sacudiéndola en el proceso un fortísimo estado de shock.
─ ¿Por qué…? ─ Se escuchó decir la hechicera ─. Todo esto… has estado con nosotros desde el principio. ¿no es así? Tú… ─ la joven tragó saliva con visible esfuerzo, antes de aventurarse a expresar en voz alta la certeza que anidaba en su cerebro ─: tú eres… Ceiphid. ¿verdad? O al menos, una porción de su antigua esencia… ─ "Pero no, no es posible; sólo conozco una reencarnación de Ceiphid, y es mi propia hermana. Pero, a fin de cuentas… ¿quién es capaz de afirmar lo que es posible y lo que no…?" Recordó entonces las incrédulas palabras de Ojo de Rubí segundos antes de que apareciera Laidanne. "Tú ya no existes…" De modo que no se refería a la elfa, sino a su legendario opositor…
Durante unos instantes, las pupilas del lobo destellaron con cierta tristeza, pero ésta duró tan poco que Lina creyó habérselo imaginado.
"Soy… lo que soy, y lo que haya podido ser, o lo que seré, ya no importa", Lina parpadeó, desconcertada ante la oración carente de sentido. "Mi primer combate contra mi émulo estuvo a punto de acabar con mi vida; empero, encontré fuerzas para refugiarme en el colgante, para conservar mis energías… hasta hoy", el lobo parecía hacer caso omiso a la mirada turbada de Lina, "Estoy aquí para ayudarte. Posees el poder para derrotar al señor oscuro, pero no las fuerzas. Yo te las prestaré."
─ El conjuro de los cinco sabios… ─ musitó ella tras unos instantes de silencio; luego, retomando el hilo de la conversación, prosiguió ─: tu fortaleza no es la que fuera hace milenios, pero de algún modo, en Yanavar, conseguiste mitificar el poder de Ojo de Rubí, y por eso no puede destruir este mundo. Al menos, temporalmente. No ha podido hacerlo desde que se enfrentara a ti… ─ experimentó unas efímeras ganas de reír; todo este tiempo había pensado que el dios demonio deseaba ganar fuerzas para destruirla a ella antes que arriesgarse, e incluso Gobran y Xellos lo habían dado a entender en su momento… pero al final resultó ser todo un farol; uno en el que no habría caído de no ser ella tan egocéntrica. "Supongo que me está bien empleado…" Continuó hablando en un susurro cargado de incredulidad ─: Sólo gracias a ti, este mundo ha podido prolongar su existencia. ¿Tanta es tu fuerza…? ─ De repente, parpadeando, recordó el inmenso dragón llameante que detuviera el asolador ataque de su enemigo. "¿Será un hechizo convocado por Feäntor?. ¿Será una muestra de su poder…?"
"No fui yo quien trajo a Vulabazard", respondió entonces el lobo, leyendo sus pensamientos. Al escuchar su afirmación, al llegar a sus oídos tal nombre, a Lina le dio un vuelco al corazón. Atónita, regresó a la realidad, y volvió a ser consciente del caos que asolaba el entorno, los gritos de rabia de Ojo de Rubí mientras luchaba contra la esencia espiritual de la gran serpiente de fuego. "El dios dragón del fuego…" Los ojos desorbitados de Kerkaat se alternaban, incrédulos, entre el lobo y el dragón, y Gourry, a su lado, le decía algo. Le decía…
─ ¡Lina! ─ Chilló el espadachín. A juzgar por su tono, había estado intentando establecer comunicación con ella desde hacía mucho, mucho tiempo ─. Estamos salvados, Lina. Mira… ¡mira a tu alrededor! ─ Exasperado, Gourry la agarró por los hombros y la zarandeó con rudeza, al tiempo que la instaba a observar en torno a sí, a su espalda. Y ella obedeció, como en un sueño.
Una delgada línea de demonios menores ─ sin duda convocados por su señor ante lo inesperado de la situación ─ cercaba el terreno, se agitaba y emitía gruñidos guturales mientras batallaban… luchaban contra… contra…
─ ¡Vamos Lina, es tu oportunidad!. ¡No te quedes ahí parada! ─ Gritó con severa voz grave una quimera de cabellera color platino y pétrea piel azul grisácea, la cual danzaba en un elegante baile mientras su espada, iluminada la hoja por una brillante luminiscencia rúbea, destrozaba a sus enemigos. Junto a él, demostrando igual fortaleza luchaban otros dos hombres: una figura corpulenta y alta, que movía sin descanso su imparable puño mientras invocaba a la Justicia, y que la hechicera reconoció como Phillionel; al otro hombre, un solemne individuo de rizos negros y armadura metálica que luchaba fieramente con su espada al tiempo que clamaba "¡por la princesa!" ─ o al menos eso le pareció escuchar ─ no lo reconoció.
Junto a ella, muy alejada de los tres sujetos, una bola de luz azulada amplificó su potencial hasta mandar al infierno a varios demonios y, gracias al resplandor del sortilegio, también pudo distinguir otro par de siluetas.
─ ¿Lo ves, Parelish? ─ Escuchó decir a una, con una voz despreocupada y una alegre risotada, mientras se aproximaba a ella. "Sar Vanion. No… no puedo creerlo". La joven se hallaba sumergida en una especie de entelequia ─. Te dije que seguía con vida. Me debes diez monedas de plata, chico.
─ No… no hemos apostado nada, maestro…
─ ¡Vaya, moza, veo que seguís ilesa! ─ Exclamó el atractivo mago, esbozando una encantadora sonrisa y haciendo caso omiso a su discípulo ─. Supuse que no moriríais tan pronto. En fin… creo que a estas alturas ya deberías estar luchando, y no mirándome ahí, embobada.
─ Lina… ¿estás bien? ─ Gourry la miraba, preocupado. De repente, la aludida comenzó a temblar. Tenía que estallar, tenía que desahogarse de algún modo… y lo hizo golpeando la cabeza del espadachín con el puño.
─ ¡¿Cómo voy a estar bien, cerebro de medusa?! Primero el lobo, luego el dios dragón del fuego y ahora ellos… ¡Es demasiada información de golpe! ─ Lina creyó advertir una tenue emoción de diversión en la presencia onírica de Feäntor ─ todo lo contrario a la mirada relampagueante de Gourry mientras se sujetaba la cabeza, resentido ─que aguardaba pacientemente, suceso que sólo consiguió avivar su ira. Shabranigudú parecía haberse olvidado ya de los pequeños seres a los que pretendía eliminar, dedicándose en cuerpo y alma a su ígneo contrincante, que aplastaba el poder de la bola de luz negra con incuestionable poderío. Kerkaat, aturdido, parecía hallarse en otro lugar, perdido en sus pensamientos ─. Pero no lo entiendo… ¿cómo puede haber aquí un dios dragón?. ¿Cómo ha despertado…?
─ No sólo hay uno, moza ─ explicó Sar Vanion, invocando, como quien no quiere la cosa una bola de fuego y destrozando, sin echarle siquiera un vistazo, a uno de los mazoku que en aquéllos momentos se abalanzaba sobre ellos. Parelish, jadeando a causa del cansancio, dividía su atención entre el combate y la conversación ─. Los shinzoku han despertado, y han sido invocados por esas dos jóvenes sacerdotisas. Desconozco por qué no pueden materializarse en el plano físico sin ayuda, pero…
─ ¿Sacerdotisas? ─ Le interrumpió el magullado Gourry, ignorando su propio agotamiento y la breve mirada cortante del mago rojo, que decía a las claras que no le gustaba que le interrumpieran ─. ¿Podrían ser…?
Por toda respuesta, Sar Vanion hizo un lacónico gesto con la cabeza, señalando algo.
Y allí estaban. A lo lejos, protegidas por una potente barrera mágica de forma esférica, permanecían arrodilladas dos presencias. Aun en la distancia, Lina pudo reconocer la silueta de lacio y largo cabello negro de Sylphiel, y las níveas ropas de Amelia. Ambas muchachas, aisladas de la realidad, se concentraban en aferrar el cetro que Lina reconoció como aquél que Sylphiel empleara en la batalla contra el clon de Rezo.
De repente, sintió una oleada de alivio y grata felicidad. Sus amigos, todos, estaban vivos. Y la estaban ayudando, depositando su fe en ella. Como antaño hicieran…
─ Los dioses dragón de la tierra y el cielo están presentes ─ prosiguió tranquilamente Sar Vanion ─, pero no es Ojo de Rubí su contrincante. Me temo que el Amo de las Bestias y el Señor del Mar Profundo estarán muy ocupados allá, en el Plano Astral…
Lina pensó súbitamente en Xellos. El sacerdote no había hecho acto de presencia, y tal vez por hallarse su señor inmerso en la batalla contra un shinzoku no tenía potestad para intervenir. "Mejor, no quiero verle la cara a ese despreciable hijo de…"
─ Los dioses no matarán a la deidad maligna, mi señora ─ atajó Parelish los pensamientos de la maga, severo ─. Sois vos quien tiene que destruirle. Los Señores Oscuros están luchando, la barrera ha cedido. Ahora, es débil.
"Sólo yo… si recupero mis fuerzas", Lina volvió a depositar sus ojos en el espíritu de Feäntor; parecía que para el lobo el tiempo carecía de significado.
─ Lina ─ Gourry se incorporó. Para la hechicera, la franca y habitual sonrisa del espadachín, aquélla que hacía tanto tiempo que no veía, resultó ser como un reconfortante tónico ─, yo voy a luchar. Pero asegúrate de acabar para siempre con ese maldito demonio… apenas me quedan fuerzas ─ el guerrero desenvainó su espada con la decisión reflejada en sus rasgos. Las comisuras de sus labios temblaron levemente por el esfuerzo, pero su seguridad no flaqueó ni por un instante.
"Mis amigos… todos están aquí para escudarme. Todos luchan y creen en mí. Y Gourry también…"
De improviso, un furibundo Kerkaat se incorporó, como si a su espíritu se le hubiera antojado regresar de aquel solitario e infructuoso viaje astral; sus ojos negros abiertos de par en par taladraron, enloquecidos, a una anonadada Lina.
─ ¡¿Pero a qué demonios esperas, maga?! ─ Con un suspiro, el asesino relajó el gesto con notable esfuerzo ─. Te dije… te dije que si salvabas a Laidanne te seguiría hasta el mismísimo infierno, Lina. Y lo cumpliré. No te quepa la menor duda.
Al recordar a la elfa, Lina tragó saliva y miró a Feäntor. Éste, comprendiendo su indecisión, volvió a colmar su cabeza con sus palabras.
"Laidanne no morirá. Me he asegurado de ello; siempre he sido su guardián".
"Laidanne sigue ahí… y yo debo salvarla. No… nosotros."
Vulabazard rugió, comenzando a ceder terreno de nuevo al poder de un concentrado Shabranigudú. El tiempo se agotaba.
Lina se incorporó lentamente ante los expectantes presentes, pero ella sólo tenía ojos para el lobo.
─ Está bien, Feäntor ─ dijo en un quedo susurro ─, préstame tu poder.
Si los animales sonreían, el lobo acababa de hacerlo.
"Sea así…"
De nuevo, todo desapareció a su alrededor: Ojo de Rubí, Sar Vanion, Parelish, el asesino, el combate… sus amigos… Gourry… Estaba sola, nuevamente en una nada irreal, flotando con la única compañía de Feäntor. Y entonces, tan de improviso como había surgido el nuevo escenario, sintió cómo la fuerza penetraba en ella, atravesando los poros de su piel, sus dedos, sus extremidades… La fuerza, el vigor, la sacudía con violentos estremecimientos, filtrándose a través de ella igual que el humo que se desprende de una chimenea. Se sintió renacer, como si hubiera descansado largo tiempo en un perpetuo estado de sopor. La magia volvía a palpitar en su interior, ansiosa por encontrar una vía de escape.
La maga negra abrió los ojos y los posó en Feäntor, cuya presencia empezaba ya a difuminarse. Supo entonces que el lobo moriría, ya considerablemente debilitado tras su primera confrontación con su ancestral rival; supo que, con su valerosa muestra de generosidad, desaparecía para siempre. De improviso, Lina sintió ganas de llorar.
El espíritu la observaba, plácido, mientras se perdía en el olvido.
"Feantor…", pensó Lina, sin necesidad de mover los labios. Sabía que el espíritu la escuchaba, uno de los últimos vestigios del gran Ceiphid que, finalmente, expiraba. Aun así, los ojos dorados del animal la observaban con perenne afecto. "Feäntor… yo…"
"Cuida de Laidanne"
Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Lina sin que pudiera hacer nada por contenerlas, al tiempo que asentía a la última petición del espíritu.
"Gracias…"
Feäntor se desvaneció…
… y la realidad volvió a ella.
Tanto Gourry como Kerkaat y los dos magos habían desaparecido, sumándose a la batalla. La hechicera fue consciente de la presencia del guerrero sin necesidad de verla, luchando codo con codo junto a Zelgadis y el asesino, a quien también escuchaba. Percibía la magia emanar de Amelia y Sylphiel, en la distancia; la presencia de los dioses dragón, la impotencia de Ojo de Rubí…
Lina abrió los ojos, avivando con resolución la llama de poder en ellos como si lanzara nuevas brasas a esa eterna incandescencia: la esencia de su espíritu. Se incorporó de un salto y se encaró con su enemigo.
─ ¡¡Shabranigudú!! ─ Bramó. La oscura deidad encontró tiempo para hacerle caso, pero esta vez no rió; nunca más volvería a hacerlo.
─ ¿Sigues vivo, insecto?. ¿Todavía tienes ganas de desaparecer?
─ No ─ respondió Lina sonriendo serenamente, eliminado todo miedo, todo temor. Volvía a ser fuerte, volvía a tener su magia; y los pilares de su existencia, sus amigos, el hombre al que amaba, permanecían a su lado, tal y como ocurriera en el pasado ─, pero tú ─ prosiguió entonces ─ morirás.
Lina cerró los ojos, apelando al poder de la inagotable fuente de la magia, cuyas aguas se agitaban temblorosas al sentir que alguien las invocaba; apelando al flujo de poder de su reverdecido espíritu; apelando a la sapiencia de los cinco sabios, aquéllos ensalzados en la historia, la leyenda y el mito… y comenzó su formulación:
─ Nacidos de entre las brumas del tiempo y la sapiencia; nacido uno por el alba y otro por el día; nacidos tres por el atardecer y uno más con el ocaso; con el anochecer de las eras concluyen. Las cinco luces en el mito, los magnos cirios del saber. Loado sea lo sabio que se torna en cataclismo, pues yo invoco su poder.
La bola de luz, de todos los colores y ninguno, brilló entre sus manos, absorbiendo todo fulgor y palpitando como si fuera un ente con vida propia. Quizá fuera así, realmente, pues la joven maga podía percibir las memorias de los grandes sabios en la energía que se comenzaba a liberar, obstinada. Era consciente de los alaridos desesperados de su antagonista, que intentaba invocar cualquier cosa que pudiera impedir su irrevocable desaparición, pero ella lo ignoró. Lina se alzó, emprendiendo un vuelo sobre las alas de la sabiduría y el poder, alzándose para grabar a fuego su nombre en el cielo y en el discurrir del tiempo.
Y concluyó el sortilegio:
─ ¡¡WISE DISASTER!!
El ensordecedor estruendo de los poderes desatados ahogó el rugido de Ojo de Rubí, el cual, en esta ocasión, fue un alarido del más puro pánico. Lina lo escuchó, amplificando su sonrisa; le había derrotado, le había ganado por tercera vez, y el envilecido ente del caótico señor de la oscuridad jamás volvería a burlarse de ella. "Le he derrotado… es el fin…"
Un minuto, dos minutos, tres minutos…
La luminiscencia se prolongó lo que a Lina le parecieron horas y, poco a poco, fue difuminándose hasta desaparecer. En el espacio que había albergado a la tenebrosa deidad ya sólo quedaba un enorme cráter ennegrecido y humeante, la huella de la fuerza de una hechicera que, a partir de ese momento, pasaría a ser leyenda. Y no sólo ella, sino todos aquellos sin los cuales jamás habría obtenido la victoria.
Como hostigados por un aterrador látigo, el ejército demoníaco se esfumó como el humo, y lo mismo hicieron los shinzoku; creyó advertir cómo los ópalos de fuego de Vulabazardla observaban con cálido respeto antes de retirarse a su hogar astral. Sólo ella y los escasos combatientes quedaron en el campo de batalla, exhaustos, mientras, a lo lejos, el burbujeante mar oscuro que rodeara Saillune también comenzaba a desvanecerse, como si jamás hubiera existido. Como una pesadilla que, al fin, concluía.
"Se acabó…"
Pasados varios interminables segundos, realmente acabó por verificar la certeza de ese pensamiento. Como un muñeco de trapo, gastadas nuevamente sus fuerzas, Lina se derrumbó sobre el suelo, incapaz ya de moverse.
"Se acabó de verdad…"
No advirtió el halo oscuro que comenzaba a materializarse justo a su lado.
· · ·
Kerkaat golpeaba con fuerza el césped, fuera de sí, mientras unas involuntarias lágrimas resbalaban por sus mejillas. Aporreó el suelo, sumido en su sufrimiento e ignorante al mareante dolor de su brazo partido, al tiempo que reflexionaba acerca de su fracaso. "Laidanne… no…"
─ No he podido salvarla ─ gritó, enfurecido, sin cesar en sus golpes dementes ─. ¡No he podido, no he podido, no he podido, no he podido…!
Derrotado, exhausto, Kerkaat cesó en su locura, inclinándose sobre sí mismo y sollozando como jamás en su fría existencia lo había hecho, contrayendo los músculos de su rostro y permitiendo que el demonio de su interior tomara de nuevo control sobre él, arruyándolo en la oscuridad. Fue entonces cuando lo sintió… y alzó los ojos.
Una forma esbelta caía del cielo, desnuda y rodeada únicamente de varios haces de luz. Planeaba lánguidamente sobre el cielo, llegando hasta él con extraña lentitud. Una cabellera cobriza se agitaba en su caída, y el asesino abrió los ojos de par en par al darse cuenta de que era ella... "Es ella…" Con movimientos raudos, Kerkaat tomó entre sus brazos la figura humanoide, que parecía intacta y pura, sin ningún tipo de magulladura excepto por su extrema delgadez. La joven elfa parecía dormir, sumida en un estado letárgico, y él la zarandeó con delicadeza trémula.
─ Laidanne… ─ musitó ─. Laidanne… despierta.
La muchacha se resistió en un principio, pero finalmente abrió los ojos verdes, embotados por el sueño, y los clavó en aquél que la protegía entre sus brazos. Sus pupilas parpadearon sin reconocerle durante unos instantes, pero luego se abrieron de par en par, surgiendo de ellos unas lágrimas silenciosas.
─ Kerkaat… ─ susurró, con aquélla maravillosa voz musical que el asesino jamás creyó que volvería a escuchar ─. Estás aquí…
El asesino acarició su mejilla con ternura. Entre sus brazos estaba lo que más valoraba en su vida, aquello que, tiempo atrás, había cometido el error de dejar escapar. Pero jamás volvería a hacerlo. Kerkaat estrechó a Laidanne entre sus brazos, aspirando el perfume de su sedoso y ondulado cabello, mientras ella reía con melodiosos sollozos, correspondiendo a su abrazo.
─ Lo siento… ─ fue todo lo que él fue capaz de expresar en voz alta.
Y entonces supo que los dioses, en su fugaz aparición, le habían obsequiado con aquello que llevaba largo tiempo buscando, pero que jamás había conseguido encontrar:
Redención…
· · ·
Jadeando, embargado por un cansancio como jamás había experimentado, Gourry cayó en la hierba, sonriendo. Lina lo había logrado, lo había conseguido una vez más. El espadachín sonrió, sintiendo un acceso de orgullo. "Es un error enfrentarse a ella… yo lo sé bastante bien". Lo pensó en un tono desenfadado, y alzó la vista para clavar sus ojos agotados, pero alegres, en la lejana figura de Lina.
Su expresión se borró con la rapidez de un rayo al advertir la forma oscura que comenzaba a surgir al lado de la hechicera, una nube conformada por tinieblas que amenazaba con acabar con la vida de la joven… con la existencia de la muchacha a la que ansiaba proteger por encima de todas las cosas, incluyendo su propia vida.
"No", Gourry apretó los dientes, olvidándose del cansancio, del dolor, relampagueando sus ojos por la furia. "No… Lina… no lo permitiré. ¡No pienso hacerlo!"
Comenzó a correr hacia ella.
· · ·
Lina abrió los ojos, aterrada. Un halo de oscuridad… "¡No!. ¿Por qué? Shabranigudú ya ha sido destruido… ¡No puede ser cierto!"
Y tenía razón, en parte, pues la presencia que se presentó ante ella no era la del dios demonio, sino la de una criatura de piel azul oscuro y cabellera rubia nacarada, que la observaba con unos ojos rojos rebosantes de cólera. La mitad de su cuerpo era contorsionada oscuridad que se retorcía sobre sí misma, incapaz de responder a la voluntad del mazoku. Lina reaccionó igual que si un ejército de clones de su hermana se dispusiera a torturarla.
─ Es… esperaba este momento ─ el demonio soltó una risa, entrecortada tanto por la excitación como por el dolor. Parecía un demente… o realmente lo era ─. H… he intentado sobrevivir… sólo con las esperanzas de que llegara este día…
"Gobran…"
─ Has destruido a mi señor ─ la demoníaca voz del espíritu maligno temblaba de cólera, rivalizando con el dolor que lo atenazaba y que le hacía apretar los dientes mientras su falso rostro sudaba copiosamente ─. Pero tú sucumbirás ─ anunció ─. ¡¡MORIRÁS!!
Lina no podía moverse. Observó, impotente, cómo el brazo del espectro se transformaba en una especie de espada conformada por tinieblas, alzándola para asestarle una estocada mortífera. Escuchó en la lejanía los angustiosos gritos de sus amigos, que intentaban correr contra el tiempo y salvar la vida de su compañera. "No, no puedo morir así… ¡no puedo!"
Bajó la espada, y Lina cerró los ojos de forma instintiva.
La espada cortó carne y huesos, y la sangre salpicó el rostro de la maga negra. Una sangre que no era suya. Un alarido entrecortado y agónico resonó en sus oídos y, al reconocer el timbre familiar, Lina creyó, en aquel instante, que se hundía irremisiblemente en la oscuridad para no salir a flote nunca jamás. Abrió los ojos hasta que sólo faltó que se desencajaran de sus órbitas.
Gourry, a modo de escudo, se había situado frente a ella. La hechicera sólo alcanzaba a ver la espalda del guerrero, atravesada por la afilada hoja oscura desde su pecho, empañando de rojo su larga cabellera rubia. Los dedos exangües del espadachín soltaron su propia arma, la cual cayó en el suelo con asombrosa lentitud.
Con el apagado choque del arma en el césped, su vista se nubló, y cayó en los inciertos terrenos de la inconsciencia…
· · ·
Cuando recuperó el conocimiento, los sucesos acontecidos antes de desmayarse regresaron a su cerebro con la rapidez de un rayo. De hecho, no se habían ido.
"Gourry…"
"¡Mi señora!", la voz preocupada le sonaba lejana, como perteneciente a otro universo, a un mundo paralelo, "¡mi señora, habéis despertado!". Lina abrió los ojos, reconociendo el difuso rostro como el de un criado, pero no sabía de dónde, o al servicio de quién estaba. Escuchó los ecos de unas pisadas que se escabullían fuera de la estancia, probablemente las de otro sirviente. "Creí… creí que… afortunadamente, la vil criatura que os hizo esto ya está muerta, vuestros amigos dieron cuenta de ella. No temáis. Traeré un poco de agua".
"Gourry…"
Lina sujetó por un brazo al individuo, aunque tenía la sensación de que su propia mano pertenecía a la voluntad de otra persona. Lo aferró con toda la fuerza de la que fue capaz.
─ Gourry… ¿dónde… dónde está él? ─ se escuchó susurrar. El sujeto arqueó las cejas en un gesto que se le antojó acongojado, compasivo, y bajó los ojos. Pero Lina le zarandeó violentamente ─. ¡Responde! Gourry… tiene que… tiene que estar bien…
─ Mi señora… el guerrero… el guerrero está siendo atendido en estos instantes, está agonizando…─ esta vez, la voz del criado sí llegó hasta ella muy cercana, dolorosamente cercana. El hombre suspiró, y sus siguientes palabras abrazaron a Lina con toda la fuerza de una montaña, oprimiéndola, arrebatándole las fuerzas y extinguiendo definitivamente esa llama de luz en sus ojos que, después de todo, no era eterna ─: Me temo… que no verá un nuevo amanecer.
Continuará...
Aclaraciones del autor:
¡Hola de nuevo! Al final he incumplido mi propósito de tardar un poco más en publicar los capítulos, pero bueno... supongo que no os importará demasiado xD. En fin, espero que os haya gustado mi sorpresita final :p (vale, vale, era broma… n-no… ¡bajad los bates! xD). La verdad es que este capítulo es el que más me ha traído de cabeza de todos los que he escrito; en primer lugar, porque tenía demasiadas cosas que narrar: la batalla de Saillune, la llegada de Sylphiel, la muerte de Shabranigudú, la reaparición de Feäntor… y lo ocurrido con Gourry, por supuesto. Corría el riesgo de relatarlo todo demasiado rápido, y no quería que quedase insustancial después de lo sucedido a lo largo de la historia… de ahí la magnitud del capítulo. Ésta es otra cosa que no me convence: el desequilibrio que hay entre los primeros capítulos (antes de la resurrección de Ojo de Rubí) y los posteriores; seguramente, si volviera a escribirlo añadiría mucho más material en dichos primeros episodios. Al final he quedado medianamente satisfecha, pero en fin… vosotros tenéis la última palabra. ;)
Como curiosidad decir que quizás, en la escena de la aparición de Sylphiel, os estaréis preguntando: "¿por qué los dragones llegaron como humanos y luego se transformaron el dragones?. ¿No hubiera sido más lógico que llegaran desde Kataart volando en forma de reptiles, que es lo que son?" Y la respuesta es… sí, es verdad, pero quería que quedara espectacular, que de repente lo que parecía ser un ejército de humanos diera paso a miles de efectivos de dragones y los lectores exclamaran "ohhh" (ejem… aunque dudo que hayáis hecho eso). Simple y llanamente xDD.
En fin, aun así la verdad es que hay muchas escenas que se me quedaron en el tintero. Me abstendré de comentarlas, porque es muy posible que las utilice en futuros fics (de hecho, una de ellas es ideal para el que viene a continuación de éste).
¡Y esto es todo! Una cuestión… dije que el siguiente capítulo sería el último, pero… debido a su longitud (que supera con creces la de éste, sí xD) he decidido dividirlo en dos. Sin embargo, y como lo relatado en ambos no puede ir separado, he decidido lo siguiente: el primero de ellos lo publicaré en una semana, como siempre, pero el segundo lo podréis leer justamente al día siguiente. Los comentarios de ambos episodios los pondré al final del epílogo. Hago esto para no desarmonizar aún más el fanfic con capítulos excesivamente largos y no cansaros demasiado. Así pues… hasta la próxima. ;)
¡Saludos!
Neyade Tinúviel
Druida Gris, Zahorí y Aprendiz de Mago
