Capítulo
9
Cuatro figuras caminaban por el camino de piedra y cemento que conducía al cementerio de Midgar, ocultos bajo sus paraguas, protegiéndose de la intensa lluvia que desde hacía varíos días había tenido lugar en la ciudad, convirtiendo el cielo en una capota gris repleta de nubes oscuras.
La niña iba con un vestido negro y unas medias blancas, zapatitos de charol, también negros. Su cabello castaño, que le llegaba un poco por debajo de los hombros, estaba suelto, formando finas ondas y adornado con una cinta negra. Su carita, que en otros días, había estado iluminada por la inocencia y felicidad propias de su edad, ahora estaba apagada. Sus ojos verdes, llenos de lágrimas. Todavía era demasiado joven para comprender la complejidad de lo que estaba ocurriendo a su alrededor, sin embargo, era lo suficientemente madura y humana para sentir el dolor que sentía en aquellos instantes.
Tomando su mano, caminaba su padre. Su figura era imponente, atractivo en sus 40 años. Llevaba un frondoso bigote castaño oscuro y el pelo, del mismo color, peinado hacia atrás. Ocultaba sus ojos marrones a través de unas gafas redondas. Su esmoquin negro era pulcro, liso, sin ninguna imperfección. Su rictus se había tornado severo, cargado de tristeza.
Y, a ambos lados del padre y su hija, iban sus escoltas. Uno de ellos, el mayor, tenía el cabello negro y largo, hasta los hombros. Sus ojos azules brillaban con serenidad y también, con cierta tristeza y nostalgia. Iba al lado del padre, ya que era su escolta personal. Acompañando a la niña, estaba el otro guardaespaldas, más joven. Rubio y de ojos azules, bastante atractivo. Pero toda la belleza de su rostro se veía distorsionada por un gran sentimiento de pena y también de cierta culpabilidad. Una culpabilidad impuesta.
Llegaron al nicho donde ya esperaban el sacerdote y Elmyra, el ama de llaves. Se secaba las lágrimas con un pequeño pañuelo, ya que no sólo había perdido a la mujer que le había dado un trabajo veinte años atrás. También había perdido a su mejor amiga.
El padre saludó con una ligera cabezada a su ama de llaves, quien le devolvió el gesto, poniéndose cerca de ellos.
-Comencemos - dijo el sacerdote, mientras se preparaba para llevar a cabo su oración.
-Papá - susurró la niña, tirando levemente de la gabardina de su padre para llamar su atención. -¿Por qué no ha venido nadie más a despedir a mamá? Cuando hacíamos fiestas en casa, venía mucha gente. - comentó.
-Verás, hija -dijo su padre, agachándose a su lado y pasándole una mano protectora por su mejilla - a partir de ahora debes comprender que, muchas veces, las personas sólo están en los momentos de felicidad y unos pocos se quedan en la desdicha. Esos pocos son los que importan de verdad, ¿lo entiendes?
La niña asintió con la cabeza lentamente. Su padre se irguió, mientras continuaban escuchando el sepelio.
-Despidamos, pues, a nuestra querida esposa, madre, amiga y compañera, Ifalna. - concluyó el sacerdote, guardando silencio.
La primera en acercarse al nicho, donde ya reposaba el ataúd de Ifalna, fue el ama de llaves, quien respondía al nombre de Elmyra. Con un pequeño sollozo, dejó caer una rosa blanca sobre el ataúd.
"Adiós Ifalna. Echaré de menos nuestros secretos, nuestras risas. Gracias por ser mi amiga." Sorbiéndose la nariz, se hizo unos pasos para atrás, dejando espacio a los demás.
El siguiente fue Zack. Era el mayor de los guardaespaldas, de pelo moreno. Dejó caer unos claveles blancos sobre el ataúd, con rostro compungido.
"Adiós, señora Ifalna. Sé que ya habrá llegado al cielo. Usted era una mujer muy buena. Descanse en paz."
-Aeris, ve a despedirte de mamá. - murmuró Faremis , dándole un pequeño empujón a su hija, que sostenía entre sus brazos un ramo pequeño de rosas blancas y rojas.
La niña caminó lentamente, observando el ataúd desde arriba. Le causó una gran impresión, desagradable y triste a la vez. El corazón se le encogió y sus ojos se le llenaron de lágrimas. Comenzó a temblar. ¿Cómo iba a ser su vida sin su madre a partir de ahora? Sintió sobre su hombro una cálida mano y miró hacia arriba, encontrándose con unos ojos azules. Eran los del escolta de su madre y también, el suyo, Cloud. Pero él no era solo su escolta; se había convertido en su mejor amigo. Y él sentía un profundo cariño hacia la niña.
-Déjale las flores - dijo el rubio, con suavidad - estoy seguro de que le gustarán.
-¿No se van a estropear con la lluvia y la tierra? - preguntó la niña, en voz baja.
-No. Una vez que las dejes ahí, viajarán al cielo, junto con mamá. Te lo prometo - le explicó el guardaespaldas, intentando tranquilizarla.
La niña dejó caer las flores sobre el ataúd, sollozando mientras se abrazaba a las piernas de Cloud, quien pasaba sus manos por su cabello, ante la profunda mirada de desaprobación del señor Gast.
"Adiós, mami. Te quiero mucho y no te voy a olvidar. Espero que en el cielo los angelitos te quieran tanto como yo. Ojalá algún día puedas volver para darme un abrazo…"
Gast se acercó a su hija Aeris tirando de ella y llevándosela consigo, separándola del guardaespaldas.
-Vamos. Es hora de volver a casa. - dijo, dejando que Aeris caminara unos pasos por delante de ellos. Entonces, se giró hacia Cloud. -Si todo esto está pasando, es por tu culpa. - sentenció, en un susurro, con todo el desprecio del mundo.
Cloud sintió su corazón encogerse dolorosamente. Sabía que su agonía solo acababa de comenzar.
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-¿Por qué no has ido al entierro? - preguntó Gast, sirviéndose una copa de vino en su despacho, bajo la atenta mirada de Sephiroth. Todavía no se había quitado la ropa con la que había acudido al funeral y, tras tres largos días sin dormir, el cansancio acusaba su rostro con fuerza.
-No tengo una explicación que valga. - respondió el de pelo plateado, con simpleza.
Faremis dio un largo sorbo a su copa mientras miraba por la ventana, con su mente muy lejos de allí.
-¿Ya han ejecutado a Rogan? - preguntó, sin mirarlo.
-Sí. La sentencia se ha cumplido anoche. Supongo que…ya no tienes nada de qué preocuparte - añadió Sephiroth, cruzándose de brazos.
Faremis volvió a dar un trago.
-Todavía no puedo estar tranquilo del todo. No sé que es lo que va a pasar de ahora en adelante.
-¿Qué piensas hacer con Aeris?
Gast lo miró fijamente, con frialdad.
-¿A qué viene esa pregunta?
-Nunca has tenido instinto paternal. La niña se ha criado entre empleados, básicamente. ¿Qué vas a hacer ahora que Ifalna no está?
El hombre se tomó su tiempo para contestar.
-Aún no lo he pensado. Pero…creo…creo que lo mejor es que Aeris esté lejos de aquí. De todo. No … no voy a poder con la situación. - admitió Faremis.
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-¿Puedo pasar? - preguntó Cloud, asomándose un poco por el marco de la puerta. Se encontró a Aeris sentada en el suelo de su habitación, con Nanaki tumbado a su lado, ambos observando una fotografía de la señora Ifalna.
-Sí. Ven. Estamos hablando con mamá - respondió la pequeña, con inocencia.
-Entonces…¿será buena idea que yo esté aquí? - preguntó el rubio, con cierta timidez. No sabía si era apropiado romper ese momento íntimo para la niña.
-Sí, claro que lo es. Estoy segura de que mamá te apreciaba mucho.
Asintiendo lentamente con la cabeza, Cloud se sentó al lado de la pequeña, estirando las piernas. Ambos se mantuvieron en silencio, aunque no era un silencio incómodo, sino todo lo contrario. Parecían estar bien en la compañía del otro.
-Cloud…tu mamá…¿también está en el cielo? ¿O está en la Tierra? - preguntó la pequeña, mirándolo fijamente.
-Ella está en el cielo. Se fue…hace unos años.
-¿Y tú también sentiste como que alguien te apretaba mucho el corazón y no podías dejar de llorar? - inquirió la pequeña.
-Sí. Fue muy triste que mi madre se fuera al cielo. Pero… ¿quieres saber una cosa?
Aeris asintió con la poca energía que quedaba en ella.
-Ellas no se van del todo. Siguen aquí entre nosotros, aunque no las veamos. Podrás hablar con mamá siempre que quieras.
-¿De verdad? - preguntó la pequeña, con cierta esperanza en sus ojos verdes.
-Yo lo hago - respondió Cloud, con una sonrisa.
-¿Y cómo se hace? - dijo ella.
-Cuando quieras hablar con ella, simplemente cierra los ojos y piensa en lo que quieres decirle. Ella te escuchará y te responderá. Inténtalo. - la animó el rubio.
Acto seguido, la pequeña cerró los ojos y su gesto se tornó concentrado. Tras un tiempo en silencio, abrió los ojos y su rostro se iluminó.
-¡Es cierto! - musitó - He escuchado la voz de mamá.
-Hazlo siempre que quieras.
-Gracias, Cloud -dijo Aeris, abrazándolo. - Tú…no te vas a ir, ¿verdad? - preguntó, temblorosa.
-No. Yo voy a estar siempre aquí, contigo. Soy tu amigo, ¿no?
-Sí… - la pequeña se acurrucó contra él - Voy a echar de menos a mamá - admitió, con una lágrima corriendo por su mejilla - Mucho…
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Los días pasaron lentamente en casa de los Faremis. La ausencia de la señora Ifalna era bastante notable y la distancia entre Aeris y su padre se estaba haciendo imperceptiblemente mayor con el paso del tiempo.
Aeris lo buscaba en su despacho para sentarse cerca de él, pero Gast siempre le decía que estaba ocupado. Se conformaba con pasarle una mano por el pelo y decirle que la quería, aunque sabía que no era suficiente. Sin embargo, ¿cómo iba él a consolar a otros si no era capaz de consolarse a sí mismo?
Igual que pasaron los días, pasaron los meses. Mientras que la relación entre Gast y su hija estaba difuminándose sin darse cuenta, la amistad entre Cloud y Aeris era cada vez más fuerte. Se pasaban prácticamente el día juntos y Cloud se había convertido en ese hermano mayor que Aeris nunca había tenido. Iban juntos a la escuela, al parque, a jugar con Nanaki. Hacían juntos los deberes y jugaban juntos. Ahora era Cloud quien le leía cuentos antes de irse a dormir y, con la ayuda de Elmyra, la cuidaban cuando estaba enferma. También Zack pasaba tiempo con ella, pero no era la misma amistad que con Cloud. Y Sephiroth…bueno. Él era más feliz cuanto más alejado estuviese de Aeris.
No obstante, Faremis sabía que la situación era insostenible. Él era el padre de la pequeña, no aquel… maldito guardaespaldas. Pero él no era capaz de cuidar a Aeris. No lograba empatizar con ella y ver más allá de sus problemas. Por tanto, había tomado una decisión.
Cuando Aeris llegó del colegio, Gast ya estaba esperándola con unos papeles en la mano.
-¡Papi! - dijo Aeris, abrazándose a sus rodillas. - Ya sabes que queda un mes para que cumpla 10 años, lo sabes, ¿verdad papi?
-Sí, me lo dices todos los días, cariño - respondió Faremis, algo cansado.
Sabiendo Cloud que no era del agrado de Faremis su presencia, se ausentó. Las primeras semanas tras la muerte de la señora Ifalna, el señor Gast se había encargado de hacerlo sentir culpable todos y cada uno de los días. Le reprochaba su falta de actuación, el no haber hecho más por su esposa. Después, los reproches se convirtieron en silencios incómodos y miradas cargadas de desprecio. Gracias a la intervención de su hermano Zack, Cloud aún conservaba su puesto de trabajo. Pero parecía que el precio por conservarlo era el mayor de los desprecios.
-Aeris, escucha…tengo que darte una noticia - dijo Gast, agachándose hasta quedar a la altura de la pequeña.
-¿Una noticia? - preguntó la niña, que comenzaba a sentirse nerviosa. Desde la muerte de su madre, no le gustaba la palabra "noticia".
-Sí… verás. He tomado una decisión que creo que es lo mejor para ti.
-¿De qué se trata, papá?
-Te he inscrito en un … internado, en Iciclos. - contestó su padre.
-¿Un internado? - repitió la niña, temblorosa. - Pero, papi, yo… yo estoy bien aquí y no quiero irme y…
-Es lo mejor para ti, Aeris. Escucha, podrás aprender cosas nuevas y un idioma y además, conocerás nuevos amigos. Es bueno que estés un tiempo fuera y vivas cosas distintas.
Aeris lo miró con los ojos muy abiertos, aguantando las ganas de llorar. Ella no quería irse, no quería irse a ninguna parte. Eso significaba estar lejos de su padre, de Cloud, Elmyra, Zack, Nanaki e incluso Sephiroth, que se había acostumbrado a su presencia. Y ella no quería sentirse lejos de quienes consideraba su familia, no después de que mamá se hubiera ido al cielo, después de haberse sentido tan sola y conseguir sentirse arropada por los demás. No quería irse.
-Yo no me quiero ir… -musitó Aeris.
-¿Cómo dices?
-¡QUE NO ME QUIERO IR! - chilló la niña, dando un pisotón en el suelo y clavando sus ojos verdes en los de su padre. Acto seguido, se marchó corriendo, dejando a su padre sin palabras.
Se encerró en su cuarto, tiró la mochila a un lado y se lanzó boca abajo en la cama, ahogando un grito en la almohada. No iba a irse de casa, ni a dejar atrás a su familia. ¡No quería! Y su padre iba a tener que aceptarlo.
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Habían pasado unas horas cuando Aeris se despertó. A través de la ventana, pudo ver que estaba atardeciendo. Se había dado cuenta de que no había hecho los deberes, pero por suerte, eran para dentro de dos días. Aunque, si supuestamente iba a marcharse, eso ya no importaría…
Se sentó de rodillas en la cama y observó su uniforme de la escuela, desordenado. Se amasó un poco los cabellos y, con lentitud, se cambió de ropa, totalmente en silencio, bajo la atenta mirada de Nanaki, que no emitió ningún sonido para no romper la quietud del ambiente.
Cuando se hubo cambiado de ropa, decidió ser responsable y sacó de su mochila el cuaderno y los lápices y comenzó a hacer su redacción. Sintió que sus tripas rugían del hambre, ya que ni siquiera había almorzado. Pero estaba en huelga de hambre hasta que se solucionase ese asunto del internado.
Escuchó que la puerta se abría, pero hizo un considerable esfuerzo para que sus ojos no viajasen de su cuaderno a la puerta. Quería parecer seria y enfadada con la situación.
-¿Sigues enfadada? - preguntó su padre, con voz preocupada. Al ver que la niña no contestaba, decidió continuar - Sé que no quieres irte a un internado y que todo esto ha sido una sorpresa para ti. Pero… es lo mejor para ti. Te irás en unos días.
La niña se mantuvo en silencio, pero al escuchar aquellas últimas palabras sintió que se le formaba un nudo aún más fuerte en su garganta.
-Ya te he inscrito así que… no hay marcha atrás. - añadió Faremis, marchándose en silencio.
Aeris sintió una lágrima caer por su mejilla.
"No hay marcha atrás…".
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Cloud se sentía profundamente frustrado. Dio la que sería la vigésimo cuarta vuelta sobre si mismo en la cama, molesto.
"Un internado" pensó "¿Cómo no se me había ocurrido antes? Ya estaba tardando en escurrir el bulto y deshacerse de su hija."
Aeris se iba. Se iba a ir a un internado y no volvería a verla más. Estaba seguro de ello. Gast Faremis se había esforzado en quitarse cualquier responsabilidad que tuviera para con ella de encima y había terminado consiguiéndolo.
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-¿Ya se lo has dicho? - preguntó Sephiroth, cruzándose de brazos y clavando sus ojos verdes en Faremis, quien asintió lentamente con la cabeza.
-Antes de ayer. No le ha sentado nada bien. Pero…es lo mejor. Aunque no he vuelto a recibir llamadas, ni siquiera una amenaza… siento que es mejor que Aeris esté lejos de esta casa. Admito que…no sé lidiar con esta situación.
-Nunca has sabido lidiar con ninguna. - puntualizó Sephiroth, haciendo caso omiso a la mirada molesta de su jefe - Pero…reconozco que es una buena idea que Aeris se vaya.
No soportaba a aquella niña, así que Sephiroth no podía estar más contento.
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El domingo llegó. La mañana de aquel octubre era fría y nublada.
Aeris se había despertado incluso antes de lo habitual, pero se había mantenido boca arriba en su cama, con las manos entrelazadas, mirando a la nada. Aquel sería su último día en aquella casa antes de irse al internado.
Miró hacia un lado y se encontró con un triste Nanaki, que la miraba cabizbajo. Él también se había despertado temprano aquella mañana. Con una débil sonrisa, la niña salió de la cama y se arrodilló frente al perro, pasándole una mano por la cabeza con todo el cariño del mundo.
-Tranquilo, Nanaki. Volveré, estoy segura. Pero, ¡te echaré mucho de menos! - dijo, abrazándose al cuello del animal y cerrando los ojos.
Un tiempo después, Elmyra fue a despertarla, aunque se sorprendió al encontrársela ya levantada.
-¿Cómo ha dormido mi niña? - preguntó la mujer, con una dulce sonrisa.
-Bien, Elmy - contestó ella, con voz débil.
Se sentó en el tocador y dejó que Elmyra le peinase los cabellos, ambas sintiéndose en una paz sin precedentes. La mujer le hizo una bonita coleta y quiso adornársela con un lazo rosa. Sin embargo, la niña la detuvo.
-No, espera, Elmy. Pónme este, mejor - dijo la niña, señalando un lazo verde oscuro. Era uno que le había regalado su madre poco antes de morir y quería llevarlo puesto en aquel día.
-Está bien - concedió la mujer, con ternura. Hizo el lazo y puso sus manos sobre los hombros de la pequeña. - ¡Te voy a echar mucho de menos, mi niña! Espero que tú a mi también.
Girándose, la pequeña Aeris sonrió.
-¡Claro que sí, Elmy! Eres como mi segunda mami. - dijo la pequeña, abrazándola por la cintura. Elmyra sonrió y, aguantándose las lágrimas, acarició el pelo de la niña. No quería que aquel día hubiesen lágrimas. Aeris tenía que recordarla como siempre, con una sonrisa.
Bajaron juntas las escaleras. En el vestíbulo, ya esperaban Zack, Cloud, Sephiroth y Gast.
-Despídete, Aeris. Ya es hora de irnos - avisó su padre, mirándola fijamente. La pequeña asintió con la cabeza. Se acercó a Sephiroth, el cual se tensó un poco, por si acaso la niña fuese a abrazarlo. Sin embargo, la pequeña se limitó a pararse frente a él.
-Adiós, Sephiroth. ¡Espero que nos veamos pronto! - dijo, con una sonrisa. El hombre de pelo plateado simplemente asintió. Estaba deseando que se marchase.
La niña caminó unos pasos y se acercó a Zack, el cual se agachó frente a ella y le puso una mano en la cabeza.
-Pequeña - dijo, con una sonrisa.
-Adiós, Zack, te echaré de menos - dijo la niña, con cariño, mientras lo abrazaba con fuerza.
-Yo también a ti. Pórtate bien en el internado. - dijo el moreno, sacudiéndole el pelo con simpatía.
Entonces, Aeris se acercó a Cloud. Los dos se miraron con tristeza, ya que no querían separarse el uno del otro. Se habían vuelto amigos inseparables. Pero en sus miradas también había cariño, ya que en el fondo, confiaban en que se volverían a ver pronto. El rubio se agachó hasta quedar a su altura.
-Te echaré de menos, Aeris. No olvides que eres mi mejor amiga, ¿eh?
-Yo también te echaré de menos, Cloud. Y nunca olvidaré que eres mi mejor amigo - dijo la pequeña, estrechándose en un fuerte abrazo con su guardaespaldas. Sin embargo, Gast los separó al instante.
Cloud quería darle un detalle a la pequeña, algo que lo hiciera recordarlo siempre que lo viera. Sin embargo, para cuando se acordó, ya Gast había subido a la pequeña en el coche y habían arrancado la marcha. Sin pensarlo dos veces, el rubio salió corriendo tras ellos ante la estupefacta mirada de los demás.
-¡Aeris! - gritó Cloud.
La niña, al escuchar su nombre, se desabrochó el cinturón y se asomó por la ventanilla del coche. Ella también quería decirle algo a Cloud, algo que se le había olvidado decirle.
-¡Cloud! ¡Cloud, no me olvides nunca! ¡No me olvides nunca! - dijo la pequeña, sin poder evitar sus lágrimas.
Sin embargo, Cloud no pudo alcanzar el coche y se detuvo, exhausto, aunque sin dejar de mirar el punto por el que Aeris estaba desapareciendo.
"No te voy a olvidar nunca."
