Disclaimer: Todos los personajes son propiedad exclusiva de Rumiko Takahashi, exceptuando a otros originales de mi invención; ninguno basado en persona real o ficticia de ninguna otra obra literaria, cinematográfica, etc. Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia. Actúo sin ánimo de lucro.
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CAPÍTULO IX
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Permanecía de pie frente a la estrecha ventana de esa habitación de hotel; los ojos azules, profundos, agudos y álgidos como un corte de hielo, miraron astutamente a través del cristal apenas humedecido. Ninguna emoción cruzó por su rostro mientras veía a las personas salir a tientas de sus viviendas y los pequeños establecimientos donde horas antes habían encontrado refugio; todos ellos mirando al cielo como con temor de que, sólo con poner un pie afuera, pudieran invocar una tormenta de nuevo.
Y es que esa mañana, como muchas otras, el tiempo había sido engañoso: poco antes del medio día, la lluvia había cesado casi milagrosamente. Alborozados ante la perspectiva de volver a sus rutinarias actividades, cada hombre, mujer y niño se había ajustado las calzas y había salido a hacer sus correspondientes faenas. La tienda de Jolly Paid volvió a abrir sus puertas después de casi seis días de falto abastecimiento, las reservas de cereales y grano escasearon casi inmediatamente. El horno de la herrería volvió a arder y los animales —aquellos que a tiempo fueran resguardados—, se vieron libres de su antinatural encierro.
A pesar de ello, aún no había caído la tarde cuando la lluvia azotó nuevamente, más fiera e implacable que nunca. Sin embargo, y a pesar de que de esto habían pasado sólo una cuantas horas, la tormenta ya parecía menguar de nuevo, dejando atrás una suave y helada llovizna.
Esa vez nadie se confió.
Una sonrisa irónica curvó su boca y sus astutos ojos azules se entrecerraron mientras elevaba un corto y ancho vaso de vidrio a sus labios. Dio un largo trago y mantuvo el líquido dorado sobre la lengua con disfrute. Entonces, tras un apenas audible golpe, escuchó la puerta a sus espaldas abrirse; pero no se volvió.
—Todo está listo, monsieur —informó el recién llegado con una voz baja y grave—. Aunque no entiendo su urgencia por dejar este lugar. El clima podría cambiar de un momento a otro.
Con una complaciente y naturalmente seductora sonrisa, dejó la copa en la mesilla frente a la ventana y se giró.
—¿Desde cuando, Sébastien —se acercó a él con pasos lentos mientras desenrollaba las mangas que tenía subidas por los antebrazos—, he dejado que el clima sea un obstáculo para mí?
Su voz era suave y segura, no obstante, exudaba autoridad en cada sílaba.
—No creo que eso haya pasado, monsieur... —concedió el hombre con un ligero asentimiento—. Pero es la voluntad de Dios la que es obedecida, milord, no la vuestra. La lluvia no parará porque monsieur Galvant quiera salir en coche.
Tamaña insolencia para un sirviente, pensó éste irónicamente. Le regaló una sonrisa cínica.
—Bien, Sébastien; ya que no te fías de mi buen juicio, quizá sea mejor que te deje atrás. Me parece una noche espléndida para dar un paseo —caminó al enorme armario ligeramente inclinado que había junto a la puerta y sacó una chaqueta y una pesada y abrigadora capa negra, que echó descuidadamente sobre el respaldo de una silla—. Sé manejar el carro y no me vendría mal un poco de aire fresco, para variar. La lluvia ya me retuvo aquí más tiempo del que hubiera deseado, deberías entender mi urgencia por salir de este endemoniado lugar.
Sí. Para un hombre acostumbrado a hacer su voluntad más allá de toda conveniencia, o de la buena o mala disposición de la naturaleza, haber permanecido en una habitación de hotel por más de tres horas era ya bastante extraordinario. Sin embargo, se repitió, no estaba solo; y a pesar de su admirable condición física, Sébastien era ya demasiado mayor para exponerlo a semejantes condiciones. Tantos años de inquebrantable fidelidad le merecían cierta consideración. Y aún, detrás de esa fachada de indiferencia, Galvant sabía que el hombre nunca lo dejaría partir solo. Era demasiado leal para eso.
—Técnicamente aún no es de noche —refutó Sébastien calmadamente mientras lo veía inclinarse para pasar la chaqueta por su espalda con agilidad. Cuando lo vio tomar la capa, se acercó para quitársela de las manos con eficaz simpleza—. Usted sabe tan bien como yo que esta inexplicable excursión es cualquier cosa menos un paseo. Además, tampoco permitiría que mi señor viajara solo por esta zona. Sería terrible para mi reputación.
Una risa baja, conocedora y terriblemente masculina fue la única respuesta que recibió mientras ayudaba a ajustar la pesada tela sobre los hombros anchos de Galvant.
—Vaya golpe para tu ego. Dios no permita que pase semejante cosa —con una eficiencia que aún no lograba comprender, vio a Sébastien poner un alargado sombrero de paño sobre sus manos. ¿De dónde lo había sacado?
Pensando que nunca llegaría a entender los medios de ese hombre, se acomodó la prenda y cerró la parte delantera de la capa antes de caminar a la puerta. Escuchó los pasos ligeros y elegantes de su ayudante a su espalda mientras salía al estrecho pasillo de la posada. Bajaron por la galería en absoluto silencio; cuando llegaron a la planta baja, un mozo de no más de trece años se apresuró a atenderlos.
Sébastien le murmuró una orden baja, le entregó un pequeño talego y el chico salió corriendo.
—Aún no entiendo por qué vinimos a este lugar, monsieur —murmuró Sébastien tras de él, inclinándose ligeramente sobre su hombro izquierdo—. Hace años que no veníamos por estos rumbos, y nunca pareció ansioso de regresar, ¿qué ha cambiado?
En ese momento, por el rabillo del ojo, Galvant vio a la regordeta y hurañamente convenenciera dueña del establecimiento salir por una puerta que había detrás del mostrador; distinguió el movimiento de su mano, señal inequívoca de que deseaba acercarse a despedirlos, y claro, como era de esperar, recibir algún tipo de recompensa extra por su maravillosa hospitalidad. Cuando él no se volvió, la señal fue infinitamente más ostensible: la mujer levantó un seboso brazo, y lo que habría jurado que eran varios kilos de piel parecieron plegarse en una desagradable masa de carne en el ápex de su hombro, su boca saltona abierta como en un grito de guerra. Sin embargo, Galvant fingió no notarlo y tampoco se detuvo mientras el mismo chico menudo corría a su lado y les abría la puerta. El carro estaba listo afuera: los baúles habían sido cargados con anterioridad, gracias a Dios.
Así, práctico como era, dejó el lugar sin mayores formalidades; después de todo, estaba en un pequeño pueblo perdido en medio de la nada, muy lejos de la estirada sociedad londinense y sus estrictas y potencialmente absurdas normas de cortesía. Nadie lo criticaría por comportarse escandalosamente.
—Tu trabajo, Sébastien, es llevarme a donde deseo ir —murmuró en voz baja, agradeciendo internamente el aire frío y húmedo del exterior, mientras aguardaba delante del carro a que el mozo abriera la portezuela y la escalerilla bajara mecánicamente—. Olvídate de los porqués y haz lo que te digo; ya sabes a dónde llevarme.
No recibió ninguna réplica, pero tampoco la esperaba. Haciendo a un lado la capa, subió los escalones de hierro con eficiencia y se sentó tranquilo mientras Sébastien, haciendo un ligero mohín, cerraba la puerta con un chasquido suave. Escuchó el murmullo bajo de una corta conversación, e instantes después, percibió el ligero cambio en la inclinación del vehículo cuando su ayudante subió al asiento del conductor y tomó las riendas.
El movimiento aletargante del carro mientras tomaba la calle principal lo hizo sonreír y echar la cabeza hacia atrás mientras se quitaba el sombrero y lo ponía a su costado. Cerró los ojos e inspiró profundamente mientras imaginaba la tremenda confrontación que se avecinaba. Muchas cosas se habían dejado de lado en el pasado; ya era hora de poner cada pieza en su lugar.
Con una exhalación suave, se enderezó; miró la delgada y alargada ranura en la parte superior del carro, por la que podía ver la nuca canosa de su ayudante, y volvió el rostro hacia la ventanilla.
—Tensa bien esas riendas, Sébastien —no levantó la voz porque no lo necesitaba, aflojó los lazos que sujetaban la capa sobre sus hombros, los ojos fijos en un paisaje que no veía hacía años—. Vamos a visitar a un viejo amigo...
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—¡Depravado!
El grito resonó en sus oídos como un eco agudo; la imagen de un mojado y furioso Miroku cayendo de bruces sobre un charco fue lo que saludó a Kagome mientras se precipitaba por la puerta. Permaneció quieta, anonadada, mientras escuchaba al hombre maldecir groseramente. Sango permanecía de pie frente a él, mirándolo como si tuviera la esperanza de que sus ojos, agudos como un par de afiladas navajas, pudieran matarlo. Respiraba irregularmente, ajena y despreocupada del hecho de que la delicada llovizna humedeciera su rostro, o de que el lodo manchara irreversiblemente el ruedo de su costoso vestido. Siguió ahí, temblando de ira, con los rizos de su impresionante cabello pegados obstinadamente a las curvas arreboladas de sus mejillas.
Era una escena casi cómica. Escuchó la risa apenas contenida de Judd a sus espaldas.
—¡Sango! —exclamó con incredulidad.
Los ojos ardientes de su prima volaron hacia ella por un instante, y mientras señalaba al hombre caído acusadoramente, espetó:
—¡Este hombre es un aprovechado! —escupió las palabras como si fueran veneno mientras clavaba su afilada mirada en Miroku—. Estaba al pie de la escalerilla cuando se me acercó con el pretexto de ayudarme a bajar, ¡Dios sabe que ayudar es lo último que tenía en mente!
—Vaya una mierda —masculló mientras intentaba trabar sus botas en el suelo inestable para ponerse en pie. Una tarea bastante difícil, considerando las circunstancias. Cuando finalmente logró levantarse, alisó su ropa lo más dignamente que la deshonrosa situación se lo permitió—. No era la idea faltarle al respeto, milady —Sango tuvo la sensación de que casi había mordido la palabra antes de decirla—. Lamento que haya malinterpretado mis intenciones.
Tras un ademán de forzada deferencia se dio la vuelta y caminó hacia la escalinata del porche. Kagome lo vio ir hacia ella sin saber exactamente qué hacer. ¿Debía disculparse en nombre de su prima?
Como estaban las cosas, no podía emitir un juicio. Quizá él merecía el golpe; o quizá no.
Tras un corto debate mental, se limitó a hacerse a un lado. En ese momento miró a Sango, que mantenía la mirada fija en la espalda ancha de Miroku, y distinguió —o creyó distinguir—, un destello de algo muy diferente a la llameante furia que había irradiado segundos antes. Una sombra extraña cubría su semblante y Kagome no se vio capaz de darle nombre. Sin embargo, cualquier sospecha de emoción desapareció antes de que tuviera tiempo de analizarla.
Como impulsada por un resorte, bajó rápidamente las escaleras y se acercó a su prima. Tomándola del brazo, habló con suavidad:
—Sango... —no recibió respuesta; la muchacha permanecía quieta, el rostro totalmente impávido. Sin embargo, un ligero cambio en la corriente de aire la hizo estremecer, y fue repentinamente consciente del frío del exterior—. Vamos dentro. Está haciendo aire...
Moviéndose con oscilaciones tensas y mecánicas, se dejó guiar por el toque delicado de Kagome. Cuando llegaron a la puerta principal, recién pareció darse cuenta de que tanto Judd como su tía habían presenciado su vergonzosa rabieta. Sintió que las mejillas le ardían mientras sonreía vacilante al joven médico, que devolvió su gesto con una sonrisa ancha y un coqueto guiño. Entonces sus ojos verdosos se encontraron con la expresión indescifrable de su tía y sintió que la más profunda vergüenza la atenazaba. No se había comportado como una señorita lo haría: con el decoro que su alcurnia ameritaba. Todos esos largos años de instrucción habían tenido como meta precisamente eso: enseñarle a contener sus emociones, a veces, por más primitivas que éstas fueran.
Era orgullosa y testaruda, nunca había sido ni sería considerada el ideal de una esposa aristocrática; tenía un carácter fuerte, una mente rápida y una lengua aún más rápida, no una combinación muy apreciada por la elitista comunidad masculina a la que estaba acostumbrada. Esa era la principal razón de que a sus veintiún años, después de haber pasado su presentación bastantes primaveras antes, continuara soltera. Aún así, refrenando incluso su propia naturaleza, había estado dispuesta a hacer un último intento. Debía honrar a la familia y encontrar un buen esposo, sin embargo, sus actitudes altaneras no le sumaban muchos puntos. Para ella, el éxito de Kagome tras su presentación había sido un duro golpe; ver a los jóvenes herederos de las más nobles familias de Inglaterra casi arrojarse a los pies de su prima con la boca inundada de palabras de amor, tributos a su belleza y las más frívolas promesas imaginables la había contagiado de una envidia que por momentos se le antojaba bastante insana. Perteneciendo ambas a la misma familia, tanto su hermosura como sus fortunas eran equiparables; sin embargo, había marcadas diferencias para las que los jóvenes pretendientes no estaban nada ciegos. La innata dulzura y tierna condescendencia de Kagome, al lado del altanero descaro y la impulsiva elocuencia de Sango.
Un estremecimiento le agitó los hombros mientras recordaba la firme convicción que se había formado. Lo había intentado, se repitió con furia; realmente lo había intentado, y todo estaba saliendo bien...
Sin embargo, Miroku de Alcount parecía haber nacido con un don especial: la inherente capacidad de echar por tierra su voluntad y la convicción de comportarse como una dama. Desde el mismo instante en que lo había conocido, fue consciente de la vanidad de sus esfuerzos: nunca podría cambiar lo que era.
Levantó sus afligidos ojos grisáceos para mirar a su tía cuando sintió que ésta le tomaba la barbilla con suavidad. Contrario a cualquier cosa que hubiera esperado, lo que vio en la profundidad de sus ojos plateados no fue vergüenza o reprobación. Fue una emoción más cálida e infinitamente más consoladora. El tímido asomo de una sonrisa le iluminó el rostro levemente mientras tomaba entre sus manos los dedos delgados de Eliana y les daba un cariñoso apretón.
A su lado, Kagome sonreía. Sólo en ese momento fue consciente de un hecho en el que debería haber reparado desde un inicio. Se volvió hacia el carro, que ya era llevado a la parte trasera del complejo por el cochero y uno de los lacayos.
Frunció el ceño, pero no dijo nada. Se volvió hacia su prima y su madre; Judd estaba murmurando algo al oído de Eliana y Sango permanecía a un lado, con la vista clavada en el piso.
En un momento dado, sus miradas se encontraron, y Sango supo exactamente cuál era su inquietud.
—Si tienes hambre, podemos pasar a cenar —ofreció Kagome con un ademán amable.
—No; hemos almorzado tarde en el pueblo, gracias —declinó con suavidad y se volvió a su tía—. En verdad lamento lo que ha pasado..., sé que no te agradan los espectáculos.
—Menudo espectáculo, con sólo tres espectadores —sonrió Judd, quitándole importancia al asunto. Sango exhaló agradecida y le dedicó una sonrisa franca. Los ojos de él brillaban con travesura, suspiró y rodeó los hombros de Eliana suavemente—. Bueno, milady, es bueno que haga algo de ejercicio, pero ya ha estado mucho tiempo fuera de la cama —miró a Kagome con una sonrisa—. Nos disculparán, señoritas, pero voy a llevar a milady a su habitación —tras un asentimiento, sujetó cuidadosamente la mano de la mujer mientras mantenía el otro brazo a su alrededor y la conducía suavemente a través de la galería. Cuando ya estaban algo alejados, Kagome le escuchó murmurar—: Ah, pero esa cena se veía riquísima, ¿no creé?, deberíamos llevarnos un poco y tomarla allá mientras le cuento una de esas historias normandas que tanto le gustan, ¿le agrada la idea? ¡Genial!
—Es encantador —comentó Sango en voz baja cuando vieron a la pareja desaparecer tras una de las puertas laterales.
La muchacha asintió sin decir palabra. Conocía de primera mano la habilidad de Judd para relajar tensiones y temperar los ánimos. Cuando estuvieron solas, la habitación se volvió incómodamente silenciosa; de pronto, Kagome sintió la necesidad de hablar.
—Ven, vamos a mi habitación —murmuró mientras echaba a andar por el recibidor, de reojo vio a un sirviente apresurarse a cerrar la puerta a sus espaldas—, ¿Por qué Aidan no vino contigo?
—Dijo que quería quedarse un poco más, que tenía que hacer algunos encargos. Ya sabes cómo es Aidan, nunca dice a dónde va, dónde se queda o por qué.
La joven sólo asintió calladamente.
—¿Se divirtieron?
—Tanto como uno puede divertirse en un pueblo tan pequeño; pero sí, salir de este lugar fue un alivio después de tantos días.
—Ya veo —fue todo lo que pudo contestar; después de todo, ella misma se había negado esa libertad, recluyéndose en su habitación tan testarudamente.
El resto de la platica mientras subían las escaleras fue completamente intrascendental; limitándose a preguntas y respuestas cortas y rápidas cada vez más espaciadas. Para cuando llegaron y cruzaron la enorme puerta blanca, lo hicieron ya en completo silencio.
Kagome se sentía como una extraña y no le agradaba esa sensación. Vio a Sango caminar lentamente hasta la ventana y remover delicadamente las cortinas sin hacer apenas ruido.
—Discúlpame —le escuchó murmurar—. Arruiné tu cena.
—Oh, no —musitó rápidamente—. No tenía hambre, en realidad.
La respuesta fue seca y forzada. El silencio se cernió sobre ellas inexorablemente y Kagome comenzó a sentirse incómoda. Intentó decir algo más; abrió los labios para hacerlo pero ninguna palabra brotó de su garganta. Era una situación tan estresante la que ambas vivían en ese momento. Desde siempre, jamás se habían separado a menos que las circunstancias lo ameritaran; por eso el alejamiento que habían sufrido los últimos días las había afectado más profundamente que ningún otro.
—Sango —su voz fue apenas un murmullo, pero supo que la había escuchado por el ligero movimiento de sus hombros. Caminó lentamente hacia ella y continuó—; creo que te debo una disculpa por cómo me he comportado estos días...
En ese momento, Sango se volvió hacia ella y Kagome sintió el impacto de su mirada desolada como un puño de hierro en la boca del estómago.
—Oh, yo me he comportado pésimamente. Desde que vine aquí me di cuenta del aprecio que sientes por ese hombre, el conde... —un sonrojo levísimo le tiñó los pómulos—, aún así no cesé de atacarlo, a pesar de que les había salvado a tía Eliana y a ti. Fui muy intransigente. Entiendo que mi compañía no fuera la más agradable.
Por un instante, Kagome se sintió completamente incapaz de hilar dos palabras que parecieran coherentes. Esos días, cuando había rechazado la compañía de Sango, lo había hecho porque sentía la necesidad de estar sola. Al parecer, ella había interpretado su negativa como un indicio de que la culpaba; nunca se le ocurrió que pudiera pensar así, pero ahora le parecía bastante lógico que la chica hubiera llegado a esa conclusión.
—Sólo estabas preocupada por nosotras —respondió suavemente, mirándola con ternura y comprensión—, lo que sucedió entre el conde y yo no fue culpa tuya; nunca se me ocurrió semejante cosa. Lamento que mi actitud te haya hecho pensar así. Creías que Inuyasha era un peligro para nosotras y quisiste protegernos, ahora sabes que no es necesario —sintió que un nudo se formaba en su garganta mientras evocaba el preciso momento en que los ojos dorados de Inuyasha la miraron con algo que fácilmente podría ser confundido con el dolor. Cuando volvió a hablar, su voz fue como un susurro—. Él nunca nos haría daño.
—Eres muy buena, Kagome. Siempre intentas excusarme... —respondió Sango trémulamente y bajó la vista, incapaz de seguir mirándola—. Dices que sólo quería protegerte, pero puede que eso no sea del todo cierto.
—¿Cómo dices? —murmuró apenas, sorprendida.
Tensamente, Sango encogió los hombros y suspiró.
—No es algo que me enorgullezca —respondió con timidez—. Cuando llegué y me contaste lo que había pasado, cómo había sido contigo, cómo te había cuidado..., la verdad es que me sentí algo celosa.
Kagome no pudo decir nada; su mente había quedado completamente en blanco. Sus traslúcidos ojos plateados miraron a Sango con incredulidad.
—¿Celosa? —aún el sonido de esa palabra le parecía extraño.
Sango se mordió el labio y retorció la falda de su vestido entre los dedos. El silencio cayó sobre ellas pesadamente. Pasaron un par de minutos antes de que Kagome tomara el brazo de Sango y la alejara de la ventana para llevarla hasta la cama. Se sentaron calladamente.
—¿Por qué...? —su voz se apagó antes de terminar la pregunta.
—Él apenas te había conocido y ya había arriesgado su vida por ti; por ustedes. Las trajo a su casa y cuidó de ambas aún cuando no era su responsabilidad —bajó la mirada y negó avergonzadamente—. Cuando yo llegué, me recibiste eufórica. Estabas feliz; sonreías, a pesar del trauma que habías vivido pocos días antes. Era gracias a él; yo lo sabía, pero no podía entenderlo. Todo el tiempo había creído que era la peor persona del mundo; no podía comprender que fuera distinto. Creo que lo tomé algo... personal. Y entre más lo defendías, menos comprendía yo cómo un hombre con su reputación podía hacer algo noble. Me di cuenta de que lo que había entre ustedes era mucho más serio de lo que había imaginado y eso me asustó —al ver el temor en la mirada de su prima, sonrió comprensivamente—. No necesitabas decirme nada. No sabía qué había pasado, pero cuando te vi, cuando te escuché hablar de él, cuando lo defendiste tan fieramente..., crecimos juntas, Kagome, como hermanas; no hay muchas cosas que puedas ocultarme —respiró profundamente y suspiró—. Ese día estaba empezando a dudar de lo que te había dicho, iba a retractarme, pero entonces él entró en la habitación y todo lo demás pasó demasiado rápido; ni siquiera lo recuerdo muy bien. En cuanto lo vi, supe que nos había oído. La mirada que había en sus ojos... —meneó la cabeza apesadumbradamente—. Él sintió dolor, Kagome. Quiso ocultarlo, pero lo sintió, y fue profundo.
Kagome percibió en su voz un pesar, una angustia mucho más aguda de lo que aparentaba a simple vista. Sango tenía algo por dentro, algo que le estaba pesando.
—No, está bien. Ese día... tenías razón. Mi comportamiento no fue correcto, yo...
—Kagome —la interrumpió la joven suavemente—, en ese momento, cuando Inuyasha nos encontró, me sentí como una criminal. La mirada en sus ojos hablaba de muchas cosas, esperanzas, sueños rotos. Me sentí culpable, como si hubiera tomado algo muy valioso entre las manos y lo hubiera arrojado al suelo. Tú sufriste cuando él se alejó, yo lo veía; y esas veces, cuando intentaba acercarme a ti y tú me rechazabas, pensaba que me culpabas porque yo también lo hacía.
—No, Sango; no es así. Yo no me alejé de ti. Me alejé de todos; y lo hice porque...
Porque no podía soportar que aún en compañía de otros, se seguía sintiendo sola. La verdad estalló en su cabeza tan abruptamente que se sintió mareada. No tenía sentido seguir negando las cosas. De algún modo, en algún momento, Inuyasha había llegado a convertirse en alguien indispensable para ella.
—Necesitaba tiempo para pensar —murmuró, aún afectada por la fuerza del inefable conocimiento—. Nunca te he culpado, Sango.
—No me gustaría pensar que lo que he causado no tiene solución —insistió. Kagome suspiró cansinamente—. Debes hablar con él. Todo pasará, lo sé. Un hombre que mira a una mujer como él lo hace contigo es capaz de aceptar cualquier cosa.
—¿Como él me mira? —repitió confusa.
La risa que Sango emitió fue suave y a Kagome le pareció ligeramente amarga.
—Como cualquier mujer desearía ser mirada —respondió, cansada.
Como yo desearía que me miraran...
Por un momento, ninguna de las dos dijo nada. Cuando Kagome habló, su voz le pareció ronca incluso a ella misma.
—En mi vida me han mirado de muchas formas, Sango, y pocas de ellas me han sentado bien.—comenzó lentamente—. Los hombres me miran, pero lo único que ven es la oportunidad de ampliar sus fortunas o hacerse de una; no soy más que un trofeo, jamás han pensado en mí como una persona a la que pudieran amar. Para ellos, todo lo que soy más allá de mi cuerpo o mi apellido es irrelevante —su sonrisa fue amarga cuando concluyó—: El tiempo me ha enseñado a no valorar la mirada de un hombre.
Sango sacudió la cabeza con negación.
—No todos son así —defendió calmadamente—. Inuyasha menos que nadie. Incluso un hombre tan frío como Athur; he visto su rostro iluminarse con un cariño especial cuando está contigo.
La seriedad de Kagome fluctuó rápidamente y se desvaneció; se levantó de la cama y se alejó un poco, dándole la espalda.
—Ha pasado más de una semana desde que estamos aquí. Aidan le mandó un mensaje el mismo día que llegó, y aún no recibimos respuesta. Entiendo que un oficio puede atrasarse, pero hace mucho que Arthur debió haber vuelto de París. Ni una nota; nada. Su prometida casi fue asesinada y él no se ha molestado en responder el mensaje. No se me ocurre una forma lógica de excusar eso.
Sango la miró sin saber qué decir.
—Él es un hombre muy ocupado, Kagome —pero su voz tenía impresa menos convicción de la que hubiera deseado.
—Desde luego —murmuró con una sonrisa seca—. No soy tonta, Sango. Arthur no es el hombre perfecto que hemos querido creer. Sé que me quiere —concedió con suavidad—. Pero no me ama más de lo que yo lo amo.
Finalmente había dado voz al objeto de su inquietud. Sin embargo, más allá del primer doloroso impulso, experimentó una sensación de profunda y liberadora serenidad. Después de tantos meses de aparentar, de querer engañarse creyendo que Arthur era el hombre que la haría feliz, podía reconocer que su alma esta suplicando por algo más.
—Aún puedes cambiar de opinión —escuchó que decía Sango a sus espaldas.
—¿Cómo? —murmuró con incredulidad, volviéndose quizá con demasiada rapidez. Su prima estaba sonrojada y la miraba fijamente; sus ojos relucían particularmente brillantes.
—He dicho que aún puedes cambiar de opinión —se levantó de la cama y se acercó a ella—. He visto cómo te mira el conde. Si tú quisieras...
—¡No! —después de que la palabra abandonara su boca, se arrepintió de su brusquedad. Respirando pausadamente, cerró los ojos para tranquilizarse y suspiró—. No sé que te ha llevado a creer que entre el conde y yo podría haber algo, pero...
—Tú lo quieres.
No fue una pregunta. Fue una sentencia. Y Kagome no podía entender el súbito cambio de actitud de su prima.
—Por supuesto que no —masculló mientras le daba la espalda—. Hace unos días estabas convencida de que no podía haber hombre peor que Inuyasha en el mundo —la miró con una acusación que sólo intentaba ocultar la irrefrenable e inconcebible dicha que la había embargado cuando Sango la obligó a pensar en esa escandalosa posibilidad—. Inuyasha es un hombre muy atractivo. Puede que me sienta algo impresionada; después de todo él me salvó. Le tengo simpatía, pero nada más.
La sonrisa cálida y conocedora de Sango le dio a entender que no podía engañarla.
—Lo que hay entre ustedes no es una pasión efímera. Sus ojos te miran con tanto ardor, que no entiendo cómo no te han prendido fuego.
Kagome sintió que su rostro llameaba y evadió la mirada inquisidora de su prima. ¿Acaso Sango había sido muy perceptiva, o simplemente ellos habían sido demasiado obvios?. ¿Quién más se habría dado cuenta?
—Lo que más me llamó la atención... —la muchacha continuó con tono conspirador—, es que tú lo miras del mismo modo.
El jadeo avergonzado que Kagome emitió lo dijo todo.
—No es... —tartamudeó nerviosamente—. Yo no pretendía...
—Está bien —Sango le tomó una mano delicadamente—. No te estoy acusando de nada. Debo decir que al principio estaba algo asustada —sonrió con suavidad—. No niego lo que dije antes; reconozco que tenía algo de celos, pero más allá de lo que yo pudiera sentir, temí que pudieras echar por la borda tu relación con Arthur; estaba segura de que lord Inuyasha no era bueno para ti, creo que una parte de mí aún no termina de convencerse; sin embargo, eres diferente desde que estás en Warwick. Algo en ese hombre te hizo cambiar; y tengo la sensación de que tú también has cambiado algo en él.
—Ni siquiera me habla, Sango —su voz tenía una nota de desesperación—. ¿Cómo puedo acercarme a él si rehuye cada vez que entro a una habitación? —se pasó una mano por el cabello—. ¿Cómo puedo hacerlo si manda a un sirviente a que averigüe si voy a bajar a cenar con tal de irse para no tener que verme?
—Detrás de esa fachada de indiferencia hay mucho más de lo que crees, Kagome. Ese hombre guarda sentimientos muy profundos por ti, pero creo que ni él mismo se ha dado cuenta.
—¿Por qué piensas eso? —el temor en su voz casi divirtió a Sango.
—Estos días que estuviste alejada, tuve oportunidad de apreciarlo mejor —explicó tranquilamente—. Se comportaba diferente cada vez que entrabas en la habitación; te trataba con frialdad pero sus ojos ardían mientras te miraba cuando pensaba que nadie se daba cuenta —sonrió ante el escepticismo de Kagome y continuó—. Sólo que entonces comenzó a evitarte y tú terminaste recluyéndote en esta habitación.
—Él decidió que fuera de ese modo —habló suavemente, sin pensar realmente lo que estaba diciendo—. No me quiere a su lado y lo respeto; ha sido mi culpa que malinterpretara las cosas.
Cuando Sango la miró con sorpresa, se dio cuenta de que había revelado más de lo conveniente.
—¿Hubo algo que pudiera malinterpretar?
Kagome quiso negarlo, pero el furioso carmesí que sintió que cubría su rostro habría desmentido cualquier palabra.
—Realmente ya no importa. Mientras no decida nada, soy una mujer comprometida —evadió rápidamente—. No importa qué tan bueno o malo sea Arthur, es el hombre que he escogido y le debo respeto. En el caso que decidiera romper el compromiso, lo haría por el convencimiento de que Arthur no puede hacerme feliz, no por la esperanza de iniciar algún tipo de relación con Inuyasha.
Asintiendo suavemente, Sango respondió.
—Estos días me he dado cuenta de cosas en las que no había pensado antes. He sentido tu angustia y tu desolación como si fueran mías; y mi actitud cuando llegué aquí no te ayudó en nada. Creo que podrías haber encontrado algo hermoso en este lugar, pero no podría vivir conmigo misma sabiendo que contribuí a que desdeñaras algo que te podría dar la felicidad que siempre has buscado, y que cada día me convenzo más de que ni siquiera Arthur es capaz de darte.
Kagome tampoco podía engañarse. Desde que había llegado a Warwick, desde que Inuyasha la besó por primera vez, se había cuestionado infinidad de veces si podría vivir con una fría cortesía y una pasión vaga con Arthur o con cualquier otro hombre después de haber experimentado el ardor irrefrenable de Inuyasha. La perspectiva que le dio la conclusión a la que llegó no fue muy alentadora. El calor de una débil flama dejaría fría a quien ha experimentado el hervor de una hoguera.
Kagome no sabía qué pensar. Para ella, el cambio que se había efectuado en la opinión de Sango no podía ser más extraordinario. Hacía menos de una semana había atacado a Inuyasha tan incisivamente, que ahora le costaba creer que estuviera abogando por él.
—¿Por qué haces esto? —cuestionó más abruptamente de lo que hubiera querido—. ¿Por qué me confundes?
—Sólo quiero que pienses en tus opciones antes de tomar una decisión impulsiva —intentó que su voz sonara conciliadora—. Puede que Inuyasha no sea el mejor de los hombres, de hecho, dudo que lo sea; pero he visto su dolor casi tan claramente como el tuyo, a pesar de los esfuerzos de ambos por ocultarlo. No te estoy diciendo que dejes a Arthur; esa es una decisión que debes tomar tú sola. Es un buen hombre y ambas lo sabemos; pero por lo menos debes hablar con Inuyasha y aclarar las cosas. Aidan y él decidieron que permaneceríamos aquí hasta que estuvieran seguros de que ya no corrían peligro. Podrían ser días, o semanas; quizá más tiempo. ¿Cuánto más puedes soportar esta situación, Kagome?
Kagome fijó sus ojos en ella, pero realmente no la veía. Su mente evaluó en lo que pareció un segundo las posibilidades que Sango le había planteado. Pensó en el momento más íntimo que había compartido con Arthur: un beso completamente casto en los jardines del castillo de Abingdon. Entonces recordó el modo en que la sola mirada de Inuyasha le había estremecido el cuerpo, el modo en que sus labios habían robado de los suyos todos sus secretos. Tenía razón. No sabía cuánto tiempo tendrían que permanecer ahí; cada día que pasaba, la tensión entre ellos iba en aumento. Debía hacer algo al respecto.
—Creo... —se humedeció los labios trémulamente—, que voy a hablar con él.
Sango asintió con una sonrisa suave.
—Es bueno poder platicar como antes —musitó.
En ese momento, Kagome la miró a los ojos y la atrajo con fuerza dentro de un abrazo agradecido.
—Lamento que nos distanciáramos. No volverá a pasar.
—Nunca —concedió Sango, también abrazándola fuertemente.
Con un suspiro, la joven morena se soltó e instintivamente tocó sus mejillas y su cabello.
—Te ves preciosa —sonrió Sango. Kagome enrojeció y se apresuró a bajar las manos.
—Sí, bueno... —evadió nerviosamente—. Ni siquiera sé dónde está...
—Rara vez ha salido de su estudio desde que se distanciaron. No se me ocurre otro lugar donde pueda estar.
Tras un rápido asentimiento, Kagome se encaminó a la puerta; tomó el pomo entre las manos y se giró para mirar a su prima con cariño.
—Gracias por todo, Sango. De verdad.
Esperó a verla asentir y salió de la habitación. Una vez afuera, cerró los ojos, inspiró profundamente y se dio valor. No sabía exactamente qué iba a decir, confiaba en simplemente abrir su corazón y dejarle tomar la decisión correcta. De la respuesta que diera Inuyasha, dependerían muchas cosas.
Una súbita euforia al embargó y caminó apresuradamente por el corredor, llegó al pie de la escalera y descendió lo más rápido que pudo sin correr. Las damas nunca corrían, aunque en ese momento se sentía tentada a ignorar esa regla.
Llegó a la galería principal y se detuvo. Aguzó el oído y el rumor de una conversación le llegó a poco. Caminó por el pasillo más allá de las escaleras y se detuvo frente a las enormes puertas; suspiró, sonrió nerviosamente y levantó un puño para llamar con suavidad.
Sin embargo, antes de que pudiera golpear, una frase a medio terminar llamó su atención.
—Lady Kagome podría ser más una ayuda que un contratiempo. Es más fácil proteger a alguien que es consciente de todos los riesgos y prefiere cooperar con nosotros, en lugar de desafiarnos constantemente.
¿Miroku?, pensó Kagome, sin comprender.
Un bufido.
—No necesito su cooperación. Esa mocita testaruda hará lo que se le diga, cuando se le diga. No necesito que quiera hacer las cosas. Lo que haga falta ser hecho, se hará; lo quiera ella o no.
—Pero la engañaste.
Kagome se sintió mareada. ¿Engañarla?. No comprendía y tampoco estaba segura de querer hacerlo. ¿Qué estaba escuchando?
En medio de su confusión, ni siquiera fue consciente de varios fragmentos de la conversación. Las frases se convirtieron en palabras desunidas sin ninguna coherencia. Cuando pudo enfocarse de nuevo, sólo recibió un nuevo golpe.
—Sabes que nunca te perdonará haberle ocultado lo de su madre; puede que de lady Eliana lo entienda, después de todo, una mujer tiene su orgullo; pero tú lo has dicho: la chica es una tozuda. Si cree que podría haber manejado la situación, nada la hará cambiar de parecer. Puede que aún no sea demasiado tarde; si le dices la verdad de la forma correcta, puede que incluso se lo tome bastante bien.
Lo siguiente que escuchó quedaría grabado en su memoria por el resto de su vida como el instante más infinitamente doloroso. Las palabras corrieron dentro de su cabeza en una carrera furiosa y descontrolada.
—Le hemos ocultado demasiadas cosas, yo principalmente.
—Tú, Inuyasha... —musitó pálida, temblorosa—. Tú...
—Ella no volvería a confiar en mí. ¿Quieres que le diga que puede haber un loco afuera, esperando la primera oportunidad para cortarle el cuello? ¿Crees que podrá entenderlo?
—No... —apretó su garganta para contener un gemido de dolor—. No lo entiendo...
—¿Quieres que le diga que esa noche podían haberla matado, que probablemente ese era su objetivo desde el principio? ¿Que apenas llegué a tiempo para evitar que fuera ultrajada, pero no lo suficientemente rápido para evitar que su madre sí lo fuera?
Algo dentro de ella se rompió tan absolutamente, que estuvo segura de que jamás se volvería a sentir completa. Sus rodillas amenazaban con flaquear de un momento a otro y todo su mundo pareció tambalearse sin que ella pudiera hacer algo para detenerlo.
—¿Cómo demonios crees que alguien puede tomarse bien algo así?
Se llevó una mano al pecho y sintió el vertiginoso palpitar de su corazón; los ojos se le inundaron de lágrimas mientras el conocimiento se iba abriendo paso en su cabeza.
—No serás tú quien decida cuándo debe saber la verdad. La conozco mucho mejor que tú, he pasado con ella el tiempo suficiente para saber que no está lista. La destruiría saber lo que realmente ocurrió esa noche y el motivo por el que le hemos mentido. No; aún no debe saber la verdad. No lo entendería.
Apoyó la frente sobre la puerta, sintiéndose agotada tanto física como mentalmente. La cabeza empezó a dolerle, sentía que todo giraba a su alrededor.
Tú no me conoces, Inuyasha, pensó Kagome mientras ahogaba un gemido. No me conoces en lo absoluto.
Él no la estaba protegiendo. La única razón por la que no le había dicho nada era que no confiaba en ella. Nadie confiaba en ella.
Pero yo sí confié en ti..., a pesar de todo, confié en ti. ¿Por qué...?
Sintió la salada humedad quemándole las mejillas y un peso de hierro asentarse en su corazón. Realmente lo había hecho...
Necesitaba salir de ese lugar; su instinto de supervivencia la impulsó y de pronto se encontró corriendo desesperadamente. Quiso escapar, pero no importaba cuánto se alejara, porque el eco de las palabras de Inuyasha la perseguía. No escuchaba nada más, sus sentidos habían sido bloqueados por el dolor.
No fue consciente del momento en que atravesó las puertas o bajó las escaleras del porche; sólo de la sensación de alivio que la embargó cuando la llovizna helada le bañó el rostro. Entonces se estremeció con una sensación quizá mucho más profunda, mucho más primitiva.
Su cuerpo percibió el peligro mucho antes que su entumecida consciencia. En ese momento, tan repentinamente que la mareó, todo el color y ruido del mundo parecieron volver de un solo golpe. Sólo entonces fue consciente del grito horrorizado de un hombre y el golpeteo constante del herraje de los caballos.
Gritó. O por lo menos creyó haber gritado.
La parte más instintiva de ella quiso apartarse, pero la más lógica asentó que ya no había tiempo.
Los siguientes segundos de su vida pasaron demasiado rápido, o quizá demasiado lento. De un modo u otro, ella no fue consciente de nada. Oyó el relincho de los caballos en el mismo momento en que lo que parecía ser todo el peso de su cuerpo caía dolorosamente sobre su cadera derecha. Después de eso, el mundo que antes había girado con descontrol pareció volver a la calma lentamente y ella se quedó ahí; tumbada bajo la llovizna álgida.
No supo cuánto tiempo exactamente permaneció ahí. Podrían haber sido horas y ni siquiera lo habría notado. Temblaba, pero no sentía frío; sus hombros se agitaban convulsivamente y su respiración salía en cortos y ahogados jadeos.
—¡Dios Santo! —exclamó una voz grave y profunda cerca de ella. Instantes después, un par de anchas y masculinas manos tomaban sus hombros y exploraban sus brazos inquietamente—. Eso estuvo muy cerca, ma chérie.
Kagome parpadeó confusamente. Con la caída, el moño que sujetaba su cabello se había soltado y ahora éste, húmedo por la lluvia, se pegaba obstinadamente a los contornos de su rostro. Sintió unos dedos ásperos y aún tan gentiles tomar sus mejillas con delicadeza. Sus párpados temblaron y movió los ojos nerviosamente antes de que el aturdimiento desapareciera y fuera capaz de enfocar algo.
Cuando lo hizo, se encontró mirando dentro de los ojos más azules que había visto en su vida.
En el instante en que sus miradas se encontraron, todo pareció detenerse a su alrededor. Él la observaba con una expresión extraña, como embelesada; y ella lo miraba a él como si nunca hubiera visto a un hombre en toda su vida.
—Je ne peux pas croire ceci! Nous l'écrasons presque! —oyó que alguien exclamaba con un ligero acento francés. Registró las palabras muy vagamente.
Sintió unos dedos largos explotar la longitud de su cuello y acariciar su nuca. Por extraño que pareciera, ese ligero roce logró tranquilizarla lo suficiente para que dejara de temblar.
—¿Está bien?, ¿Le duele algo...?
¿Que si le dolía algo? Por supuesto que le dolía. Sintió que sus ojos anegaban. Su rostro se frunció en una mueca desesperada que hablaba de un pesar demasiado profundo para ser solamente físico.
—Dígame, ¿qué le duele? —preguntó, inquieto.
El corazón...
Estuvo apunto de decirlo. Sintió el gusto acerbo de las palabras sobre la lengua, pero apretó los dientes y se contuvo a tiempo. Se llevó una mano al pecho y gimió. En ese momento, vio el entendimiento brillar en los ojos profundos del hombre.
—Monsieu Galvant —oyó de nuevo al desconocido—, ¿La dama está herida?
Pero el hombre, ese al que llamaba Galvant, no respondió. Miró las puertas abiertas de la entrada durante un momento y luego se volvió hacia ella.
—Voy a llevarla adentro. Alguien se ocupará de usted.
En ese instante, lo que menos necesitaba era regresar a ese lugar. Todo su cuerpo volvió a temblar y el poco color que había vuelto a su rostro se drenó de nuevo. Él pareció notar su inquietud porque, lo que fuera que estaba apunto de decir, murió en su garganta antes de pronunciar palabra.
Soltándose de ella un momento, desanudó los lazos que sujetaban la enorme capa sobre sus hombros y se la quitó.
—Sube al carro, Sébastien —ordenó gravemente mientras rodeaba el cuerpo tembloroso de ella con le pesada tela. Una sensación extraña la embargó cuando sintió el calor de él que aún conservaba cercándola. Un suave y masculino aroma a sándalo la rodeó por completo. Suspiró.
—No voy a lastimarla —murmuró mientras la acercaba a su cuerpo. Cuando había dado la orden a su acompañante, su voz había sonado dura. Sin embargo, cuando se dirigió a ella lo hizo con una calma y una entonación tan suave que Kagome casi se encogió sobre sí misma.
Un segundo después, los brazos del hombre se deslizaron tras su espalda y por debajo de sus rodillas; la atrajo contra su pecho y la levantó. Ella instintivamente se acurrucó contra su calor; no quiso oponerse, pero tampoco creía ser capaz de hacerlo. Estaba completamente exhausta; no sólo físicamente.
Apenas fue consciente de nada mientras el hombre la llevaba al interior del carro. Lo único que percibía era la fuerza de los músculos de sus brazos moviéndose bajo y contra su cuerpo.
Sintió que él se sentaba en uno de los asientos laterales y la acomodaba sobre sus rodillas. Todo su calor pareció rodearla y reconfortarla.
—Da un rodeo a la propiedad, Sébastian —ordenó con voz grave junto a su oído. Kagome sintió que la apretaba con más fuerza contra su cuerpo cuando el carro empezó a moverse—. Ahora puede tranquilizarse, ma chérie.
Oh, infiel seductor. Incluso en un momento como ese, los encantos masculinos de aquel hombre parecían estar al acecho. Todo en él exudaba sensualidad; sin embargo, Kagome descubrió con sorpresa que en ella no despertaba absolutamente nada. Sintió una mano áspera limpiar las lágrimas sobre sus mejillas y sólo en ese momento se percató de que aún estaba llorando.
No debía estar ahí, se repitió una y otra vez. Debía haberse negado; nunca debió permitir que ese hombre la subiera a su carro.
En ese momento, las palabras de Inuyasha volvieron a resonar dentro de su cabeza.
¿Quieres que le diga que puede haber un loco afuera, esperando la primera oportunidad para cortarle el cuello?
¿Y si ese hombre era...?
Un terror salvaje reemplazó el cálido letargo en que se había sumido. Todos sus sentidos se agudizaron ante el peligro y su cuerpo se estremeció por completo.
—No... —jadeando aterradamente—. Déjeme...
—¿Cómo dice? —musitó apenas con una sonrisa. En los ojos de ella brillaba un temor que no esperaba ni comprendía. Cuando percibió que ella intentaba alejarse de él, la apretó contra su cuerpo obstinadamente; ya no sonreía—. ¿Qué sucede?
Ella volvió a intentar separarse, pero Galvant la presionó con más fuerza aún. Su reacción sólo confirmó las sospechas de ella.
Intentando controlar su respiración, exigió:
—Detenga el carro.
Pero él no lo hizo. Se limitó a mirarla como si creyera que había enloquecido.
—Está muy alterada. Debería...
—¡Dije que detenga el carro!
Para ese momento, el pánico la había dominado completamente. Retorció su cuerpo en ángulos dolorosos en un intento por desembarazarse de sus fuertes brazos; cuando no fue capaz de hacerlo, comenzó a golpearlo con todas sus fuerzas.
—¡Hey, ma fille! —exclamó él, azorado—. ¡Cuidado con esas manos!
—¡No! —bramó histéricamente—. ¡No!, ¡Suélteme!, ¡Déjeme salir!, ¡Déjeme bajar!
Lo golpeó como una fiera. Él era un hombre grande y muy fuerte. Si quería hacerse con ella, no tendría la fuerza para detenerlo. Esa certeza fue tan aterradora que le dio una fuerza inesperada.
—¡Suélteme, bellaco! —proyectando el codo hacia adelante con todas sus fuerzas, lo golpeó en el rostro.
Con un jadeo ahogado, él la soltó. Kagome se precipitó sobre la portezuela, tomó la manija y la abrió; la única idea que tenía clara era que debía escapar; no era consciente del peligro que corría mientras daba un paso para bajar del carro. El aire frío la golpeó de lleno y toda ella se estremeció, entonces se dio cuenta de que la capa había caído sus hombros por su brusquedad.
Su cuerpo perdió el balance y se inclinó al frente. Estaba apunto de caer cuando un poderoso brazo le rodeó la cintura y la arrastró hacia atrás. La rudeza del movimiento la dejó aturdida y lo siguiente que supo fue que tenía la espalda presionada contra el largo de uno de los asientos y que su captor estaba sobre ella, apretándola con su propio cuerpo.
Apenas podía respirar.
—No vuelvas a intentar algo así, ma chérie —masculló, jadeante—. Si lo que querías era volver sólo tenías que pedirlo —ella lo miró con los ojos muy abiertos. Él estaba tan agitado que ni siquiera parecía notar que la estaba tuteando. Sólo en ese momento se dio cuenta de que el carro apenas estaba deteniéndose—. Ahora voy a soltarte, pero debes prometer que no harás algo estúpido otra vez; no deberías intentar bajar de un coche en movimiento, a menos que quieras terminar bajo sus ruedas. Ahora, ¿prometes que serás una buena chica, o debo dejarte sí todo el camino de regreso? —cuando ella masculló un rudo asentimiento, él la miró burlonamente—. ¿Significa eso que podrás comportarte como la dama que aparentas ser?
La afrenta fue tan inesperada que Kagome enmudeció por completo. No fue capaz de replicar, ni siquiera cuando él se levantó de encima de ella. Se irguió sobre el asiento con toda la dignidad de la que fue capaz y le dirigió una mirada aguda.
—¿Todo bien, monsieur? —se escuchó la profunda voz francesa.
Galvant se inclinó y cerró la portezuela con un golpe grave. Se sentó delante de Kagome con un ceño profundo.
—Llévanos de regreso, Sébastien —se volvió a mirarla fijamente—. La dama está... indispuesta.
Momentos después, el coche estaba de nuevo en marcha. El silencio que cayó sobre ellos fue tan denso que podría haberse cortado con un cuchillo.
Él la miraba fijamente. Sus ojos inquisidores la recorrieron en silenciosa evaluación.
Ella se sentía insultada. En ese instante, un inquietante conocimiento se abrió paso en su cabeza. Lo miró con los ojos muy abiertos y la voz le tembló ligeramente; se humedeció las labios secos y cobró valor.
—Ese hombre... —farfulló con la voz ronca; su garganta se sentía áspera, así que trago, pero la sensación de sequedad permanecía. Mordió su labio inquietamente—, lo llamó Galvant. ¿Usted...?
No se atrevió a terminar. El desconocido dio un asentimiento firme.
—Me han llamado por muchos nombres, milady. Bellaco fue uno recurrente durante la guerra —respondió con tranquilidad—. Muchos enemigos me llamaron así, pero nunca esperé que una dama lo hiciera —aguardó tranquilo y se complació al ver el profundo y avergonzado sonrojo que cubría las mejillas de ella—. Sin embargo, mis padres me llamaron Galvant. Gal Cavendish. Quizá le plazca usar ese nombre de ahora en adelante; siempre creí que sonaba un poco más... aristocrático.
La burla en sus palabras no podía ser más evidente; sin embargo, ella no pudo forzarse a replicar. Ahí estaba, mojada, agitada e histérica. Había golpeado, arañado y casi arrastrado consigo fuera del carro a lord Galvant Cavendish, marqués de Worcester y demasiados otros títulos para enumerarlos. Esa certeza la golpeó como un puño.
¡Había llamado bellaco a uno de los hombres más honrados, nobles y poderosos de Inglaterra!
En ese mismo instante, tuvo muchas ganas de mascullar algo grosero. Lo miró reticente a través del espesor de sus pestañas. Tenía una marca roja en la mejilla izquierda, que debía doler bastante; sin embargo, no se quejó ni hizo intento de frotar la carne lastimada. Sólo permaneció ahí, viéndola a través de sus penetrantes ojos azules.
—Ya que usted sabe quién soy, milady, y que las bases de la cortesía residen en la reciprocidad, me gustaría conocer su nombre también.
Deseó tener la fuerza para contestar, pero su lengua, como el resto de su cuerpo, parecía poseer voluntad propia. Una voluntad que se negaba a cooperar con ella.
—Veo que no se siente muy comunicativa, pero está bien —murmuró con una sonrisa arrolladora—. Parece que vamos llegando.
Kagome se giró apresuradamente y reconoció los entornos del castillo. ¿Cómo habían llegado tan rápido?, ¿Habría pasado tanto tiempo?
Él pareció entender todas sus dudas, porque comentó.
—No pudimos alejarnos mucho antes de que su... indisposición nos forzara regresar.
Ella lo miró como si quisiera quemarlo vivo.
—Quizá sea mejor para usted, milord —farfulló con rabia—. No quisiera que se desviara de su destino por mí. Es tarde y seguramente hay algún otro lugar donde debería estar.
En ese momento, el carro se detenía frente a la entrada principal.
—¿Debo interpretar eso como que no le agrada mi compañía?
No parecía ofendido y esa constante sonrisa verdaderamente estaba comenzando a irritarla. Sin esperar respuesta, él se levantó del asiento y abrió la portezuela antes de bajar. Cuando Kagome se asomó para descender, él le ofreció su mano y ella la rechazó. Sin embargo, en el momento en que pisó el primer peldaño de la escalerilla, un aguijonazo de dolor le recorrió el muslo en toda su longitud hasta detenerse en su cadera y estancarse ahí con intermitentes punzadas.
Jadeó cuando su pierna fue incapaz de sostener su peso y cayó hacia el frente. Los largos y poderosos brazos de Gal se prensaron alrededor de ella y la sostuvieron pegada a su cuerpo.
—¿Está bien, ma chérie?
El apelativo cariñoso la sorprendió incluso más que la genuina preocupación en su voz. En ese momento, no podría estar enojada con él aunque lo deseara.
—Estoy bien —murmuró en voz muy baja; puso los brazos contra su pecho e intentó alejarse, pero ese simple movimiento le provocó un agudo dolor—. ¡No!
Su grito detuvo a Gal en el mismo instante en que se disponía a tomarla en brazos. La miró consternado.
—Sólo... sólo ayúdeme a subir, ¿de acuerdo?
No hizo falta que dijera más. Pasando uno de sus fuertes brazos al rededor de su cintura, la ayudó a dar unos pasos. Lentamente y con mucho cuidado, ambos subieron los escalones del porche. Ni siquiera tuvieron que llamar antes de que la puerta se abriera y una joven doncella los hiciera entrar, al tiempo que les preguntaba a ambos si se encontraban bien. Galvant le pidió que llevara un par de vasos de licor caliente y la joven se apresuró por una de las salidas laterales.
Estaban atravesando la galería cuando el sonido de unos pasos fuertes —unos que ella conocía muy bien—, se hicieran escuchar sobre todo lo demás. Levantó sus ojos, casi traslúcidos, y miró al hombre fija, valientemente. Ya no iba a huir.
Inuyasha caminó hacia ellos con pasos largos; la expresión en su rostro hablaba de una furia que a duras penas podía contener. Cuando llegó hasta ellos, apenas le dedicó una mirada antes de ordenar:
—Ve a tu habitación, Kagome. Ya hablaremos más tarde.
Furiosa por su autoritarismo, abrió la boca para replicar. Pero entonces comprendió que no valía la pena. Si conocía a alguien cuya testarudez podía rivalizar con la de ella, ése era Inuyasha. En ese momento, sintió que la mano amplia de Galvant se posaba sobre su hombro; un toque que pretendía inspirarle tranquilidad.
Tras dirigirle al hombre una mirada agradecida y un ademán, pasó a un lado de Inuyasha y caminó hacia las escaleras. El dolor en la cadera no disminuía, pero intentó andar con la mayor dignidad posible.
Sango, que había llegado tras Inuyasha unos momentos antes, se apresuró a su lado con preocupación. Una ligera inclinación en su caminar había delatado su dolor y los ojos grisáceos de su prima la miraban consternadamente mientras la ayudaba a subir las escaleras.
Los hombres permanecieron mirándose, con sus alturas aproximadas, desafiantemente.
—¡Milord! —exclamó un joven mozo cuando apareció corriendo por la puerta—. Los caballos están listos. Puede salir cuando quiera.
—Ya no hará falta, Al —miró a Galvant con ojos centelleantes—. La señorita volvió a casa.
Por un momento, el chico pareció confuso.
—Muy bien, milord —farfulló finalmente e hizo una reverencia antes de desaparecer por donde había venido.
En ese mismo instante, la doncella volvía a la galería con dos vasos de Rioja caliente. Le ofreció uno a Gal y, viendo que Kagome no estaba, se volvió a su patrón. Inuyasha la despidió con un ademán y la chica se fue corriendo. Cuando estuvieron solos, los puños de Inuyasha se apretaron y miró al hombre como si quisiera asesinarlo.
—¿Qué mierda creías que estabas haciendo? —espetó.
Galvant se encogió de hombros.
—Vaya una forma de saludar —respondió con sorna. Cuando Inuyasha no le siguió el juego, explicó—: Milady estaba alterada y la llevé en mi carro a dar una vuelta para que se relajara —respondió con simpleza, como si rescatar damiselas fuera algo de todos los días.
Pero una respuesta ambigua como esa no conformaría a un hombre como Inuyasha.
—Sabes que no es eso lo que quiero saber —masculló—. ¿Qué demonios haces aquí, Cavendish?
Gal revolvió el licor y bebió un sorbo tranquilamente.
—¿Me creerías si te dijera que estaba de paso? —murmuró con una sonrisa condescendiente.
—No.
—¿Me creerías si te dijera cualquier otra cosa?
—No.
—Bien —se encogió de hombros tranquilamente—. Entonces no veo por qué molestarme. Sólo digamos que vine a visitar a un viejo amigo.
—Que no debo ser yo, desde luego —murmuró, burlón—. Tú y yo somos cualquier cosa, menos amigos.
—Hubo un tiempo en que lo fuimos —farfulló—. Y veo que los años han hecho un desastre con tus modales. No es muy cortés dejar a las visitas esperando en la galería.
—Tú no eres bien recibido aquí —espetó a través de los dientes apretados.
En ese momento, la afabilidad en los ojos azules de Galvant desapareció. Su rostro se tornó mortalmente serio.
—Dejamos muchas cosas pendientes, Inuyasha. Hubo un tiempo en que fuimos amigos, y yo he venido a honrar esa amistad.
Inuyasha resopló y murmuró algo grosero mientras le daba la espalda y caminaba hacia el estudio. Necesitaba una copa.
—Debiste honrarla en su momento y eso pasó hace mucho; no sé qué te hace pensar que pueda querer o necesitar algo de ti.
Galvant ignoró el comentario mientras entraba en la habitación detrás de él.
—No puedo asegurar que lo quieras, pero sí que lo necesitas, Inuyasha. No quedamos en los mejores términos, pero nunca he sido un hombre cobarde y creo que es tiempo de enmendar mis errores. Sólo quiero ayudar.
Inuyasha sirvió y apuró un trago de Rumbullion. Entonces se sirvió otro.
—No me importa lo que digas. Quiero que te mantengas alejado de Warwick; ya no eres bienvenido en este lugar y eso sólo lo decidiste tú.
Para ese momento, Galvant comenzaba a perder la paciencia.
—¿Qué querías que pensara? —masculló—. Después de todo lo que pasó, no eres el único que sufrió, Inuyasha. Quizá precipité las cosas, pero ¿qué más podía hacer?
—Yo no tuve la culpa, Gal. Te lo dije muchas veces y no me creíste. Lo que pasó entonces tuvo menos que ver conmigo de lo que crees.
—¡Maldita sea, McLonney! —estalló—.Tú eras el único que... —se interrumpió y pasó las manos por su cabello, intentando controlar su respiración—. No he venido a esto, Inuyasha. No he venido a pelear.
—Entonces has perdido tu tiempo —sentenció con frialdad—. Creíste algo que no debías creer y nuestra amistad pagó el precio. No hay más.
Los hombros de Gal se hundieron imperceptiblemente. Estaba perdiendo la batalla, y era un hombre a quien no le gustaba perder.
—Por lo que veo —murmuró—, el tiempo ha hecho algo más que deteriorar tus modales. Te ha convertido en un necio arrogante que no atiende a razones.
—¡No tienes derecho a criticarme! —estalló, furioso—. No sabes nada de mí, nunca lo hiciste. De lo contrario no me habrías condenado de ese modo.
—¡Vaya por Dios! —exclamó, casi elevando los brazos al cielo—. ¿Vas a seguir con eso?
Inuyasha gruñó algo ininteligible y caminó hacia la ventana, llevando la copa nuevamente llena con él.
—Por lo visto, hay algo que sí no ha cambiado, y es el hecho de que aún no sabes tratar a una mujer.
La brusquedad con que se volvió fue amenazadora. Sus ojos dorados refulgieron como dos afiladas hojas y se clavaron en Galvant furiosamente.
—No sé qué le habrás hecho a esa joven, pero el estado en que salió de aquí casi le cuesta la vida —si llegó a sorprenderse por la gama de emociones que cruzaron el rostro del hombre ante su declaración, no dio muestras de ello—. Llegó corriendo de la nada y terminó justo frente a mi carro. Sébastien apenas frenó a tiempo, pero si se salvó fue sólo porque tropezó y cayó hacia un lado. Se ha calmado un poco, Inuyasha, pero esa chica no está bien.
La connotación de sus palabras hizo que algo dentro de Inuyasha se estremeciera por completo. La garganta se le secó y tragó saliva con dificultad.
Podían haber pasado muchos años desde que se habían distanciado, pero aún Galvant pudo leer en sus ojos que ese era el último lugar donde deseaba estar.
—Quizá deberías ir con ella —murmuró calmadamente—. Necesita que alguien la apoye.
Inuyasha ni siquiera respondió. Dejó la copa sobre el bar y caminó hacia la puerta sin mirarlo una sola vez.
Estaba bastante seguro de lo que había afectado a Kagome tan profundamente.
Después de hablar con Miroku por un buen rato; ambos salían del estudio y entraban por la galería mientras Sango bajaba las escaleras. La joven los había mirado de uno al otro alternadamente y, poco a poco, sus ojos se iban tiñendo de consternación.
Cuando le preguntó dónde estaba Kagome, Inuyasha supo que algo andaba muy mal.
Una fuerte presión se formó en su pecho mientras subía las escaleras apresuradamente. Se podía hacer una buena idea de lo que estaba pasando. Si Kagome había ido a buscarlo, era muy probable que hubiera escuchado su conversación con Miroku.
Maldijo su indiscreción audiblemente mientras caminaba por el corredor. Cuando estuvo frente a la puerta blanca, no se detuvo a llamar.
La encontró sentada sobre la colcha rosada de la cama, de espaldas a él. Sango atravesaba la habitación con una mantilla mientras una doncella salía del baño apresuradamente. Ambas se congelaron cuando él entró en la habitación.
—Salgan —ordenó con la voz grave. Las mujeres se miraron entre sí y vacilaron—. ¡Salgan!
La joven moza se precipitó hacia la puerta, pero Sango permaneció en su lugar; miró a Kagome y sus ojos respondieron a una pregunta tácita. Tras un asentimiento, salió también de la habitación.
Cuando estuvieron solos, el silencio sólo fue roto por la agitada respiración de Kagome.
Después de una breve vacilación, Inuyasha se le acercó y tocó su hombro. Kagome respingó, y olvidando el dolor en su cadera, se levanto tan apresuradamente que perdió el balance. Él la sujetó con fuerza y ella cayó contra los músculos duros de su pecho. Sus brazos se cerraron alrededor de la joven como una abrazadera de hierro forjado. Así de fuertes y así de cálidos. Cuando pensó en lo cerca que había estado de perderla, su cuerpo, enorme en su longitud, se estremeció. La apretó tan fuertemente que Kagome se quejó.
Sintió la pesada respiración de él en su oído y sintió que un escalofrío le recorría la columna. Jadeó e intentó apartarse, pero sólo consiguió que él la apretara más fuerte contra su cuerpo.
—Tienes que escucharme, princesa... —murmuró; su aliento cálido rozándole la mejilla le alteró el pulso.
Hacía muchos días que no la llamaba de ese modo y Kagome descubrió que había extrañado ese pequeño detalle como ningún otro. Cuando recordó lo que le había oído decir esa tarde en el estudio, se estremeció y toda ella comenzó a temblar.
—Ya te escuché bastante... —masculló con rabia, revolviéndose en su abrazo para obligarlo a soltarla. Sin embargo, él sólo la sostuvo firmemente.
Inuyasha suspiró con pesadez.
—Sí, supongo que sí... —murmuró y frotó su mejilla contra la de ella—. Lo hice por tu bien, Kagome. Tu madre tampoco quiso que lo supieras; sólo deseamos ahorrarte este dolor...
—¡No! —sollozó ella, forzando sus brazos contra su pecho para obligarlo a soltarla. Cuando lo hizo, dio un paso hacia atrás, tambaleante—. ¡No me dijeron nada porque nunca han confiado en mí!, ¡Nunca lo han hecho!
—Kagome —se acercó a ella para tomarle los hombros con las manos, pero ella volvió a retroceder, mirándolo a través de sus ojos anegados de lágrimas.
—¡Es así!, ¡Siempre ha sido así! —farfulló entre sollozos incontenibles. Inuyasha sintió cada lágrima que resbalaba por su mejilla como una estocada directa en su corazón—. Yo debía estar con ella... pero no me dejaron... no me dejaron... ¡Dios, debe haber sufrido tanto!
Cubrió su rostro con las manos y sollozó tan desgarradoramente, que Inuyasha juró que nunca volvería a ser el mismo después de esa noche. Su dolor lo dejaría marcado por el resto de su vida.
—No, Kagome —murmuró mientras se acercaba y la tomaba en sus brazos nuevamente—. Ella es una mujer muy fuerte. La más fuerte que he conocido, después de ti —tomó su mejilla con una mano y le apretó el rostro contra su pecho—. Creímos que estábamos protegiéndote. Ahora veo que estábamos equivocados. Debimos decírtelo todo desde el principio...
Sus palabras deberían haberla tranquilizado; sin embargo, su llanto se hizo más profundo. Cada dolorido sollozo era un nuevo golpe para él.
—Tú no crees que soy fuerte, Inuyasha, ¿por qué me mientes...?
Esas palabras fueron para él como vinagre sobre una herida abierta. ¿Por qué le mentía?
Porque no sabes hacer otra cosa...
En ese momento, fue más consciente que nunca de que, desde el mismo instante en que ella llegó a su vida, todo lo que había salido de su boca habían sido mentiras. Una tras otra; y cada una más dolorosa que la anterior. Sin embargo, había algo en lo que sí había sido sincero...
—Sí eres fuerte —murmuro, besando su cabello de ébano—. Eres hermosa. Eres honesta; tienes el corazón más noble de todos... y me encantas.
En ese momento, Kagome lo miró; apenas pudo decir nada cuando le vio inclinar el rostro hacia ella. Lo siguiente que supo fue que sus labios fuertes se movían sobre los suyos con una cálida maestría. No pudo protestar cuando él forzó su lengua dentro de su boca y la acarició con ella, moviéndola de las formas más pecaminosas posibles. Sintió que le tomaba el rostro y la inclinaba para cambiar el ángulo mientras llegaba tan profundo como podía. Sus rodillas comenzaron a temblar, pero ella sospechaba que la razón no era precisamente su debilidad física. Entonces, lenta y cuidadosamente, aún saboreándola, él se retiró de su boca y le lamió el labio inferior con suavidad.
—También eres la cosa más dulce que he probado... —murmuró sensualmente contra sus labios y ella se bebió su aliento—; y lo más tierno cuando te sonrojas de ese modo...
Ella sabía de qué modo. Lo sentía.
—Pero no confías en mí —murmuró, mirándolo con dolor—. Después de todo..., has venido a menospreciarme; igual que todos los demás.
Él se alejó un poco de ella, confundido. ¿Qué estaba diciendo?
—Ningún hombre me ha tomado nunca en serio —musitó—. Siempre me han dejado a un lado; nunca me dicen las cosas importantes porque piensan que no voy a entender..., pero yo sí entiendo... —sollozó—. Sí lo entiendo, son ellos los que no me comprenden a mí. Tú tampoco lo haces...
—Oh, princesa... —barbotó con voz trémula—. No es así; yo nunca te he menospreciado, jamás lo haría.
—¡Pero me dejaste a un lado! —exclamó, llena de dolor, mientras se apartaba de él—. Me dejaste como todos lo hacen siempre; no confías en mí, no me creíste capaz de... ¡Es mi madre!, ¡Yo tenía derecho a saber, debía estar con ella!
Inuyasha no sabía qué hacer. Miroku había tenido razón: debió decirle la verdad a Kagome desde el principio. Ahora había erigido una barrera en torno a ella y no sabía como tirarla abajo. Había descubierto, de la peor manera, cuál era su debilidad. Aunque quizá fuera algo que debió saber desde el principio.
—Tú sabías que yo te veía diferente —aseguró—. Por eso te duele creer que soy como todos los demás, que no te valoro.
—Creía que me veías diferente —puntualizó entre lágrimas—. Todos estos días he estado aquí, culpándome por haber lastimado al único hombre que me había tomado en serio, y ahora me doy cuenta de la verdad..., por supuesto que me duele.
Ninguno de sus intentos estaba dando resultado; Inuyasha apretó los dientes y dio un paso hacia ella, la miró con una rabia nacida de la impotencia y masculló:
—No hay más verdad —la miró ardientemente y ella se estremeció— que ésta.
Un segundo después ella se encontró encerrada en la dureza de sus brazos, que la sujetaban y alzaban hacia su boca. No fue un beso dulce como el anterior; esta vez, la boca de él no solamente daba; también exigía. Su lengua se abría paso sobre la suya y la acariciaba son una rudeza indecorosa mientras sus manos asían sus caderas y la apretaban con fuerza contra su cuerpo. La humedad del vestido de ella refrescando la carne dura de él a través de la tela.
Sólo entonces Kagome fue consciente de que él realmente ya no estaba sujetándola, y de que era ella quien se aferraba a su cuello con desesperación. Un primitivo instinto se abrió paso en su interior mientras la angustiosa necesidad de pegarse lo más físicamente posible a él la abrumaba. Sus dedos se movían sobre ella con una impetuosidad carnal, masajeándole las caderas con fuerza y apretándolas sin pudor alguno contra la muestra más física de su excitación.
En ese momento, ella lo odió. Lo odió y se lo demostró, besándolo con toda la pasión de la que era capaz. Enloqueciéndolo.
Enamorándolo.
Entonces, cuando sintió que sus manos indagadoras subían para tomar sus senos en ellas, se alejó.
—No voy a ser una de tus rameras —masculló, jadeante. Esperaba que tuviera el atrevimiento de tocarla con el descaro que había imaginado; sin embargo, las manos de él pasaron sin detenerse sobre su pecho y se ahuecaron sobre sus mejillas.
—Nunca esperaría que lo fueras —contestó con una sonrisa tierna. Se acercó a ella para besarla, y cuando Kagome retrocedió, tomó su cadera con una mano para pegarla a su cuerpo. La rudeza del movimiento la hizo jadear, repentinamente consciente de un dolor que antes había olvidado. Él la miró con los ojos muy abiertos—. Kagome...
Las lágrimas volvieron a sus ojos y él le acarició las mejillas todavía húmedas mientras ella se apoyaba contra su cuerpo.
—Dios, lo siento. No pensé...
—Estoy cansada —musitó apenas. Ese mismo dolor le había recordado lo agotada que estaba.
Inuyasha sabía que no hablaba sólo de un cansancio físico. Le acarició el cabello con ternura y la abrazó.
Se sintió miserable.
Cuando todos sus intentos habían fracasado, había probado persuadirla con la que sabía su debilidad. Ella esa completamente vulnerable a él. La había seducido como sólo lo haría un canalla.
—Perdóname, Kagome —musitó muy suave contra su cuello mientras le acariciaba la espalda con una mano y la cadera herida con la otra—. Perdóname por todo. Estos días me he comportado como un idiota contigo y no tenías la culpa de nada.
No quiso pensar en lo que había causado su distanciamiento. Ni él ni mucho menos ella deseaba pensar en Arthur.
Kagome no respondió; sólo se apretó más dentro de su abrazo. En ese momento, sintió que él la soltaba.
Las fuertes manos de Inuyasha tomaron los delgados lazos que ataban el frente del vestido de ella y los soltaron. Uno a uno, todos los delicados nudos de deshicieron y él tomó la fina tela que cubría sus hombros para bajarla con suavidad. La miró y se dio cuenta de que ella permanecía con los ojos cerrados. Sus párpados temblaban ligeramente mientras él removía la pesada y húmeda vestimenta de su cuerpo. Se inclinó para besar la curva de su cuello con dulzura mientras sus manos acariciaban la curva de sus brazos. El rumor de la tela arrugándose en el piso cargó la habitación de un aire íntimamente erótico.
Aún cuando sintió el frescor sobre la piel expuesta, apenas cubierta por una delgada combinación, no abrió los ojos. Sintió que él la alzaba en brazos y la depositaba sobre la cama con una delicadeza que, bien sabía, sólo tenía con ella.
Fue hasta que sintió la gruesa tela de las sábanas cubrirla que abrió los ojos y lo miró. La ternura que descubrió en los orbes dorados de él le cortó el aliento. Antes de que tuviera tiempo de pensar, se encontró rogando.
—Quédate —murmuró, soñolienta—. Quédate, Inuyasha...
Inevitablemente, sintió que sus ojos se cerraban. La única respuesta que recibió de él fue un casto beso sobre el dorso de la mano derecha.
Un extraño vacío se instaló en su pecho cuando pensó que no importaba cuánto intentara, o cuán atraído él se sintiera por ella; siempre habría una barrera que los mantendría alejados. Sintió que el calor de él la abandonaba y el frío se extendió sobre ella como una segunda manta. Quiso volver a abrir los ojos; verlo una vez más antes de que se fuera, pero no encontró la fuerza para hacerlo. La delgada luz de la lámpara que penetraba a través de sus párpados se apagó y todo en la habitación se sumió en la oscuridad. Sabía que él se iría. Lo sabía y lo temía. En ese momento se dio cuenta de hasta qué punto lo necesitaba; a pesar de todos sus errores, a pesar de cualquier cosa. Supo que esa tarde, Sango había tenido razón.
Lo quería.
Volvió el rostro contra la almohada y sollozó. Su cuerpo de encogió instintivamente, como si toda ella intentara proteger a su corazón. En ese momento, cuando se sentía más fría que nunca, una mano cálida se deslizó por ella y un pecho fuerte se pegó a su espalda. Con un jadeo, se giró. Escondió la cara en el pecho amplio y cálido de él y lo abrazó con todas sus fuerzas mientras curvada su cuerpo a su alrededor, necesitando estar lo más cerca posible; fundirse en él para que nunca volviera a dejarla. Gimió llorosa mientras los brazos de Inuyasha la rodeaban, envolviéndola con toda su fuerza y su calor. Los labios firmes le besaron los párpados humedecidos por las lágrimas y ella murmuró un delicado gracias.
El cuerpo de él ahuyentó todo su frío y su temor; y Kagome se abrazó a él como nunca había abrazado a nadie. Lo abrazó con sus brazos y con su alma; pero lo más importante de todo, fue que esa noche ella lo abrazó con su corazón.
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Autora:
Ah, este capítulo cruzó todos los límites de lo permitido, pero la verdad es que fue una odisea escribirlo. Si creyera en el destino, juraría que estuvo en contra de este capítulo desde el principio, y es que tuve todos los problemas imaginables para hacerlo. No voy a entrar en detalles, sólo les diré que la situación familiar se volvió estresante; estuve muy apática durante varios días y, cuando por fin decidía escribir —que me la pasaba todo el día en ello, por si acaso—, era para al final decidir cortar todo el trabajo que había hecho. Sí, en definitiva fue todo muy estresante.
En fin, dejando a un lado todos mis problemas personales que a nadie le importan, vayamos con las ideas principales de esta actualización.
Primero, ya apareció mi amado Gal . La verdad es que es un personaje maravilloso con el que me he encariñado mucho; su papel en esta historia será fundamental.
Segundo, eso que ha pasado con Sango..., digamos que lo trataremos de a poco en los siguientes capítulos.
Tercero, obviamente que no iba a matar a Kagome, si es la protagonista. Sin embargo, debemos admitir que debía tener cierta reacción cuando se enterara de la verdad, y si una emoción pasiva no va con el personaje, mucho menos con la verdad de la que se entera.
Cuarto, la confrontación con Inuyasha. Sí, fue algo cursi, pero la chica estaba muy vulnerable emocionalmente. Ya sabía que sus sentimientos por Inuyasha eran fuertes, pero no se dio cuenta de hasta qué punto era importante para él hasta que se sintió traicionada. Ya saben, eso de que 'sabes cuánto quieres a alguien en la medida en que te haga sufrir'. No una perspectiva alentadora, pero es verdad. Digo, ¿cómo te hace sufrir así alguien que no te importa un carajo?
Y bueno, después del drama que fue escribir esto, me siento bastante contenta con el resultado. No se pueden quejar de haber esperado, la actualización puede ser lo que quieran, pero es la más larga de todas —casi treinta páginas con fuente del 10— :)
Con respecto a que dejara lo del 'atropellamiento' casi hasta la mitad es porque... bueno, ustedes ya me conocen. En este fic nada es al azar; jamás pondría a Kagome convenientemente detrás de la puerta para que escuchara sin ninguna razón. Sería algo extraño decir que la chica estaba en el comedor y de repente aparece en la puerta del estudio y se entera de todo, es ilógico; además ya saben que los juegos con el tiempo son una característica bastante particular de mi forma de escribir. Nunca empiezo nada en el punto exacto donde lo he dejado, a veces me atraso como en este capitulo, o a veces me adelanto, como en el capítulo anterior. Cabe señalar que lo que yo hago es —a riesgo de parecer redundante—, jugar con el tiempo de la historia, no empleo los famosos 'POV', que lo que hacen realmente es dar un vistazo desde diferente perspectiva de la misma escena —en la mayoría de los casos—. En realidad, lo que yo hago es dar justificación a la escena, como ocurre con este capítulo: la escena donde Kagome baja a hablar con Inuyasha justifica la escena anterior donde ella escuchaba y salía huyendo. Además de la diferencia de que los POV están narrados en primera persona. En fin, sólo era una aclaración. Antes de tratar el tema de Kagome y su atropellamiento debía mover algunas piezas que justificaran ese hecho.
Agradezco infinitamente a todas las que mandaron sus comentarios; aquí están en el orden en que lo hicieron: Jimena—chan (vaya, esa es una forma curiosa de describir a Inuyasha, jejeje. Tienes razón, el temor que él siente es fuerte, pero con los incentivos correctos podemos hacer que salga de su caparazón. Aunque falte todavía un poco, valdrá la pena), StarFive (muchísimas gracias por todo el apoyo, en verdad me hacía falta porque estaba algo desmoralizada. Gracias por eso del público, no importa cuánto sea, agradezco todos los comentarios que me hagan porque es un honor saber que mi trabajo le está gustando a alguien), Mary1416 (¿si Kouga aparecerá?, supongo que podría darle un papel pequeño (jajaja), pero la verdad es que ya tengo en mente quien le haga de entrometido entre Inuyasha y Kagome; siento que la personalidad de Kouga no va con el personaje y quedaría demasiado OOC, quiero decir, es casi imposible escribir un fic —no digamos un AU— sin que los personajes aparezcan algo OOC, pero en este caso sería algo excesivo. De cualquier modo, gracias por el comentario, espero que el capitulo te gustara), dyelbi (muchas gracias por todos los ánimos, prometo que no dejaré de escribir, gracias por el comentario, espero que el capítulo te haya gustado), lorena (oh, sí; ese final no fue muy agradable de leer porque deja muchas cosas flotando sin explicación, pero todas ellas se dan en este capítulo, por cierto, no te apures, que Inuyasha y Kagome no volverán a pelearse en un buen rato, decidí que los voy a dejar descansar. Gracias por leer), Nadja—chan (pues ya ves que no se murió, espero que te gustara la actualización), Miyu Sparks (a ti no te agradezco porque estoy enojada contigo —XD, nah, broma—. En serio, gracias por todo el apoyo; ya me estoy poniendo las pilas para nuestro proyecto, a ver cómo queda. Gracias por leer y ojalá no haya habido algún párrafo tedioso que te saltaras), Kikyo—dono (desde luego que ninguna de las dos podría vivir de escribir novelas, y claro que sería una forma algo boba de morirnos de hambre; espero que te gustara el capítulo, y gracias por todo el apoyo que me brindaste, has de saber que ahora ya me siento mucho mejor, creo que incluso podría empezar a escribir el capítulo 10 ahora mismo :D), NoR—cHaN (muchísimas gracias por el comentario; como ves, no la lastimé mucho, sólo una cadera magullada —y eso que fue por la caída—), Marlene (muchas gracias por comentar, nos vemos en el siguiente capítulo), Ninde Black (es genial que te haya gustado, y eso de que Inu corra..., hagamos de cuenta que corrió mucho cuando descubrió que Kagome no estaba XD ¡Gracias por leer!), Athen—Maiden (te agradezco el comentario, linda, aunque hace varios días que no sé nada de ti, te me has desaparecido; en fin, nos leemos pronto :3), Kagome019 (sí, yo te entiendo. Gracias por leer y comentar, tu apoyo es muy importante para mí. Por cierto, ya vi el mail, pero eso lo platicamos después, ¿ne?, ¡estuvo precioso!, gracias), Lex (jejeje, eso de Arce—sama se me antojó algo extraño, no me lo esperaba. Gracias por el comentario y los buenos deseos), —ivekag— (que gusto que el fic te agrade :), ahora ya sabemos lo que pasó, nos leemos en el siguiente capítulo), Gomenita (sí, ya me tomé un tiempo para descansar —todas mis semanas de apatía—. Ahora me siento con mucha energía, vamos a ver si tengo pronto el siguiente capítulo), ame—chan (no la maté, pero me dieron ganas, jejeje. Ah, me gusta la tragedia, pero no sé... Nos leemos y gracias por el comentario)
Ah, que notas de autora más largas. En fin, muchas gracias también a todas las personas que leen y por alguna razón no postean, espero que el capítulo les gustara también.
Como dato extra, Miyu Sparks y yo estamos pensando en escribir un fic juntas. Tenemos la mayor parte de la trama —que es muy buena, la verdad—, y planeamos cómo dividir el trabajo. Sé que había dicho que no haría historias simultáneas y ahora vengo con una traducción al inglés de PP y una nueva historia en la que sería co—escritora, pero hay que tomar en cuenta que la carga de trabajo no es la misma. Después de todo, es mucho más difícil escribir un sólo capítulo de PP en español que hacer la traducción al inglés y la responsabilidad de este nuevo fic sería compartida. Voy a aprovechar que mi inspiración volvió en todo su esplendor para dedicarme de lleno a ambas historias.
Un beso y nos leemos después.
Arce.
Aclaraciones:
Respecto al comentario que hice de Sango sobre 'la vanidad de sus esfuerzos', me refiero a la palabra como la cualidad de 'vano', algo inútil, insustancial, no hablo de la vanidad como la cualidad de 'vanidoso'.
Otro detalle; una amiga estaba leyendo esto y dijo algo que me escandalizó. Dijo 'Galvánt'... sé que por la entonación hispana solemos acentuar la última sílaba cuando se trata de palabras no acentuadas de otro idioma que no estamos acostumbrados a usar, y lo entiendo; sólo aclaro que en este caso la pronunciación es "Gálvant". Y es que el otro suena demasiado al apellido español Galván; esa no es la entonación que quiero que se le de al nombre.
