SNAPE'S POCIONES & BREBAJES
CAPITULO X
Un mes después, Harry estaba lo suficientemente recuperado como para ponerse en pie. Las marcas en su espalda, nalgas y piernas tardarían aún en desaparecer, pero lo harían con el tiempo y el ungüento que cada noche Severus le untaba pacientemente. La que había en el interior de su muslo derecho no lo haría nunca, pero Harry no hablaba de ella. Ni de quién se la había hecho.
Severus había decidido no presionarle. Harry no estaba muy hablador desde que había despertado. Y cada vez que Draco regresaba de Frankfurt, ahora cada fin de semana, el pocionista tenía que hacer verdaderos esfuerzos para detener sus ansias de saber por qué el ex Gryffindor había acabado marcado con las mismas iniciales que él mismo tenía en su propia piel.
Harry aprovechaba la menor oportunidad para pegarse a Severus. El pocionista le había permitido bajar al sótano con la condición de que permaneciera sentado y lejos de los calderos. Así que Harry preparaba y cortaba ingredientes mientras Severus trabajaba en las pociones. Básicamente, hacía lo mismo que había hecho al principio de trabajar en la botica. Incluso su silencio había vuelto. Severus estaba preocupado porque lo único que Harry hacía cuando estaban solos era abrazarse a él y dormir.
—Sabes que fingir que no ha sucedido nada, no es la solución, ¿verdad? —tentó Severus una noche.
Estaban en la cama, todavía vestidos. Harry estaba tumbado sobre Severus, abrazado a él como una lapa, mientras el pocionista fingía leer un libro mientras buscaba la manera de romper el silencio del joven.
—Vamos a tener que hablar de esto tarde o temprano, Harry —continuó Severus—. Necesito saber… —apretó los dientes durante unos segundos para seguir controlando la furia que bullía dentro de él desde hacía semanas—… qué pinta Lucius Malfoy en todo esto.
Harry se limitó a levantar la cabeza y a volverla hacia el otro lado sobre su pecho, acomodándose mejor.
—¿Por qué no dejas que te ayude?
La espalda de Harry se elevó bajo la mano de Severus, descendiendo después con un profundo suspiro.
—Ya lo has hecho —musitó el joven—. Además, él no tendrá una nueva oportunidad, porque estoy seguro de que jamás se atreverá a venir aquí.
Severus guardó silencio durante unos minutos.
—Así que piensas quedarte encerrado en esta casa por el resto de tu vida… —dijo.
Harry se encogió de hombros, como si esa posibilidad no le preocupara demasiado.
—¿Eres consciente de lo que esto está afectando a Draco también? Él sufrió este infierno durante dos largos años, Harry. Incluso estuvo a punto de morir. Pasó dos meses en San Mungo recuperándose de la última tortura a la que le sometió su padre. Pero, por algún motivo, Lucius no ha llegado tan lejos contigo. Y quiero saber por qué.
Harry se removió inquieto sobre el cuerpo de Severus. ¿Que no había llegado tan lejos con él? Se preguntó qué diablos le habría hecho entonces Malfoy a su hijo. Se levantó despacio de encima de Severus y se quedó sentado sobre sus rodillas, mirándole. Harry comprendía que le debía a Severus una explicación, pero ello no significaba que deseara dársela.
—No sabía lo de Malfoy —dijo—. Me refiero a Draco— aclaró.
Severus también se incorporó, sentándose para quedar frente a frente con el joven. Dejó el libro sobre la mesilla de noche.
—No tenías por qué. No es algo que Draco desee que se sepa.
Severus observó detenidamente el rostro de Harry. Parecía estar manteniendo una dura lucha interna, intentando decidir si confiarle o no el secreto que le atormentaba. El joven inclinó un poco la cabeza sobre su pecho y cerró los ojos unos momentos. Después levantó el rostro hacia Severus y clavó su mirada directamente en la del pocionista.
—Sé dónde está algo que él desea y que no estoy dispuesto a darle —declaró finalmente.
Severus tomó la mano de Harry y la entrelazó con la suya, animándole a continuar. Cuando lo hizo, su voz temblaba un poco.
—Durante la guerra, Voldemort mató a muchos de mis amigos. A otros los hizo prisioneros. Una de esas personas estuvo en manos de Voldemort durante mucho tiempo. Pero ni yo, ni nadie de la Orden, los aurores o el resto de mis compañeros lo sospechábamos —Harry tomó aire antes de seguir—. Nunca más supimos de ella, así que creímos que había muerto. Muchas personas desaparecieron durante esa época…
Severus asintió, encerrando ahora la mano de Harry entre las suyas.
—Después de la guerra, después de esto —Harry levantó la muñeca donde llevaba el brazalete—, esa persona apareció un día en mi casa, en el Valle de Godric —esbozó una pequeña sonrisa—. ¡Dios! Fue como un milagro dentro de toda esta locura. No podía creer que estuviera viva.
El pocionista dejó que Harry se perdiera durante unos momentos en sus recuerdos. Después apretó cariñosamente su mano para que continuara.
—No venía sola —siguió hablando el joven—. Traía consigo un hermoso bebé de apenas tres meses.
Harry volvió a sonreír, como si ese recuerdo en especial despertara en él momentos felices a los que no estaba acostumbrado.
—Entonces, esa persona es una mujer… —tras dudar unos instantes, Harry asintió. Severus comprendió que no estaba muy dispuesto a revelar su identidad —. ¿Y qué tiene que ver esa mujer con Lucius?
Harry se mordió el labio antes de responder, poniendo un poquitín nervioso a Severus.
—No es por ella —explicó—, es por el niño. Sólo quiere al niño —Harry respiró profundamente antes de continuar hablando—. Malfoy ya sabía de su existencia. Supongo que imaginó que al terminar la guerra, ella intentaría contactar conmigo. Pero mi particular situación no me permitió protegerlos, como ella había esperado y yo hubiera querido. Así que decidimos que lo mejor para los dos era que abandonaran el país. De hecho, esa "fabulosa" asignación del Ministerio me ha permitido poder mantenerles durante todo este tiempo.
Severus soltó las manos de Harry y se frotó las sienes. De pronto su estómago se había convertido en un mar embravecido en el que la menestra de verduras y el pescado de la cena navegaban a la deriva. Cuatro besuqueos tontos, le había dicho Harry cuando le había sondeado sobre su experiencia en el terreno amoroso. Así que Severus jamás habría esperado tener que hacer esa pregunta. De hecho, no quería hacerla. Pero no le quedaba más remedio.
—Harry… —aquellos ojos verdes le miraron tan cálidos e inocentes que la marejada subió casi hasta su esófago—… ¿ese niño es tu hijo?
Harry le dirigió una mirada atónita y después pareció hasta enojado por la mera insinuación. Sus mejillas se arrebolaron mientras exclamaba:
—¡Claro que no! ¡Por el amor de Dios, es como mi hermana!
Después cerró abruptamente la boca, como si pensara que había hablado demasiado. De hecho, el cerebro de Severus hizo un pequeño "clic". Sólo había una persona que Harry pudiera considerar como una hermana y que, a la vez, había desparecido durante la guerra sin que llegaran a encontrarla, según las propias palabras de Dumbledore. No obstante, si Harry no quería pronunciar su nombre, él tampoco lo haría.
—Bien, creo que vas a tener que ser un poco más explícito, Harry —dijo, sin embargo—, porque sigo sin entender por qué Lucius puede tener algún interés en ese niño.
Harry dejó escapar un suspiro amargo.
—Porque cree que bajo su tutela y educación, ese niño le ayudará a recuperar el poder perdido. Que podrá hacer de él un nuevo Señor Oscuro.
Severus no fue consciente de que abrió y cerró la boca varias veces, negándose la comprensión de lo que Harry acababa de decir.
—El muy bastardo creyó que era una magnífica ironía que su hijo fuera el fruto de un mestizo y de una "sangre sucia". Y que, en un futuro no muy lejano, los orgullosos "sangre pura" que le seguían tuvieran que arrodillarse ante su heredero, una perfecta mezcla de lo que más despreciaban.
Y entonces Severus comprendió que su segunda conclusión también había sido errónea. Ese niño no era hijo de Lucius, sino del mismísimo Voldemort. El pocionista se encontró sin saber qué decir, completamente aturdido por aquella revelación.
—¿Entiendes ahora por qué no podía acudir a nadie? —preguntó Harry suavemente—. Si a mí me han restringido la magia ¿qué crees que haría el Ministerio con el hijo de Voldemort? ¿Crees que se lo pensarían dos veces antes de hacerlo desaparecer junto a su madre? Después de todo, ella ya no existe para nadie. ¿Quién iba a enterarse?
Severus no habría podido describir muy bien lo que sentía en ese momento dentro de su pecho. No era muy bueno con las palabras si no se trataba de describir el proceso de elaboración de una poción o las cualidades de un determinado ingrediente. Expresar sentimientos jamás se le había dado demasiado bien. Y tampoco se le habían presentado muchas oportunidades para aprender el modo de hacerlo. Ahora le embargaba una emoción incómoda, porque no sabía cómo manejarla sin dejar de ser Severus Snape. Tal vez sólo fuera cuestión de aceptar que había un nuevo Severus latiendo bajo su piel. El que Harry había ido modelando entre silencios y besos. Maldito fuera por vaciarle de palabras sensatas y llenarle de la estúpida ternura que sentía cada vez que le miraba. Como ahora.
—Ven aquí —dijo en un tono mucho más seco del que pretendía.
Harry se abalanzó hacia sus brazos de todas formas, sin que pareciera importarle demasiado la forma en la que había sido hecha la invitación.
—¿Por qué tienes que ser tan estúpido? —murmuró, estrechando al joven contra su pecho—. Estoy seguro de que no te dieron un cerebro en condiciones. No hay otra forma de entenderlo.
Una risita suave sacudió el cuerpo de Harry, que se apretó un poco más contra él. Severus se preguntó cómo había podido vivir tanto tiempo sin esa calidez que le entibiaba cuerpo y alma.
—Lucius no volverá a ponerte la mano encima —afirmó—. Y tampoco a ese niño.
Severus sabía que Lucius jamás se atrevería a poner un pie en la botica. Sin embargo, el pocionista conocía perfectamente dónde encontrar a su antiguo compañero.
o.o.o.O.o.o.o
Lucius sonrió. Debería haber esperado aquella visita. Y ahora que tenía a Severus Snape frente a él, le incomodaba mucho menos de lo que había imaginado. Sin embargo, le molestó un poco tener que interrumpir su recién iniciada actividad. Con una sonora nalgada despidió al jovencito que había empezado a trabajar con bastante talento entre sus piernas, y se incorporó un poco sobre el colchón para enfrentar a su ex compañero, ex amigo y ex amante.
—¿Qué puedo hacer por ti, Severus? —sonrió maliciosamente—. ¿No crees que vas un poco demasiado vestido para este lugar?
Severus recogió una ornamentada túnica que yacía descuidadamente en el suelo y se la tiró a Malfoy.
—Ponte algo encima, Lucius —ordenó el pocionista despectivamente—. He venido a hablar contigo, no con tu polla.
Lucius sonrió burlonamente.
—Recuerdo que hubo un tiempo en que no tenías queja de mi polla, Severus.
—Y yo recuerdo que también hubo un tiempo en que pensaba que eras una persona. No un animal bastardo.
Lucius dejó escapar una risa suave, mientras se estiraba felinamente sobre el colchón, y apartaba con el pie la túnica que el pocionista le había tirado. Con ese movimiento, la larga melena plateada cayó sobre sus hombres de una forma elegantemente descuidada.
—¿Quieres que hablemos de bastardos, Severus? ¿De espías y traidores bastardos?
—Quiero que hablemos de cómo jamás volverás a acercarte a Harry Potter —respondió Severus duramente—. Lo mismo que te dije sobre tu hijo, vale para él.
Lucius frunció un poco los labios y musitó un "hummm" ronco y profundo. Casi un gruñido.
—Pero a él no me lo he tirado —dijo suavemente, en un falso tono conciliador. Después se lamió los labios de forma lasciva, en una clara provocación—. Aunque he tenido que hacer verdaderos esfuerzos para no acabar probando ese delicioso culito…
Seguramente las uñas ya no podían clavarse más profundamente en las palmas de las manos de Severus, en un probo esfuerzo por no ceder a la tentación de lanzarse directo a la yugular de Malfoy.
El rubio sonrió. Conocía demasiado bien a su ex compañero de militancia mortífaga como para no ver que estaba a punto de perder el temperamento. Y aunque por desgracia no tenía su varita a mano en ese momento, no pudo evitar provocarle una vez más.
—¿Te lo estás follando, Severus? ¿Está tan apretadito y caliente como presumo?
La varita del pocionista ya estaba en la garganta de Lucius antes de que éste lograra terminar la segunda frase.
—Vuelve a tocarle, aunque sólo sea un pelo, y estás muerto —amenazó Severus entre dientes.
A continuación estampó su puño en el rostro todavía sonriente de Lucius. El rubio emitió un aullido de dolor, llevándose las manos a la cara. Después miró con furia a Severus, quien ahora sí sonreía. El hijo de puta le había roto la nariz.
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Nordhausen era una ciudad de 45.000 habitantes, en el borde sur de las montañas Harz, en el estado de Turingia, Alemania. A Draco le había costado casi medio día llegar, porque en la oficina de correos del callejón mágico de Frankfurt no había forma de que se aclararan en indicarle la forma más sencilla de llegar a las Sierras de Harz. Finalmente, le enviaron a Nordhausen, que era la ciudad más cercana con una oficina de correos mágica a la que poder acceder vía chimenea. Severus no le había pedido que realizara aquella visita, pero Draco ahora sentía una especie de obligación moral de ayudar a Potter. Por tener un sádico exaltado y pederasta en lugar de un padre normal. La cuestión era que había decidido poner todo de su parte para que Potter pudiera volver a ser un mago en toda la extensión de la palabra. Los últimos fines de semana se había dedicado a traducir gran parte del libro de Schwarzen, buscando respuestas. También había devorado el libro de Cawalander y cuantos más Severus había logrado reunir gracias a la Profesora McGonagall y a la medibruja Rowell.
En la oficina de correos de Nordhausen, informaron a Draco de que lo más práctico para ascender al monte Brocken, la montaña más alta de las Sierras de Harz, era dirigirse a Wernigerode, donde podría tomar un tren a vapor que utilizaban los muggles, pero cuyos dos últimos vagones estaban especialmente encantados sólo para magos. Debía mostrar discretamente su varita al revisor que llevaba la gorra verde, no la roja, y éste le permitiría el acceso a los vagones especiales. Fueron lo suficientemente amables como para permitirle utilizar un traslador público que le dejó en la estación de Wernigerode. La mayoría de la gente con la que Draco se encontró allí eran excitados turistas muggles, emocionados por iniciar lo que se conocía como "La Subida de las Brujas", durante la que atravesarían fabulosos bosques, misteriosos páramos y corrientes acuáticas de origen natural que constituían el entorno ideal para avivar la imaginación y la inagotable fuente de historias y leyendas de las que se alimentaban los habitantes de la región. Que les suelten en plena noche en el Bosque Prohibido, pensó Draco con ironía mientras se acomodaba en uno de los vagones para magos, y conocerán lo que es emoción en estado puro.
El viaje hasta la estación de la cima fue muy agradable. El paisaje valía realmente la pena y Draco se sintió más relajado y tranquilo de lo que se había sentido en las últimas semanas. Durante el breve rato en el que se adormeció un poco, hasta le pareció encontrarse nuevamente en el Expreso de Hogwarts. Una vez en la estación, sacó de la mochila que llevaba consigo un grueso anorak y transformó su calzado en botas para la nieve. El revisor de la gorra verde le indicó a qué parte de la estación tenía que dirigirse para tomar un traslador hasta la Cueva del Unicornio, su destino final.
El clima en aquella zona era ya completamente invernal y cuando el traslador dejó a Draco en la cueva junto a otros tres magos y una bruja, no notó mucha diferencia con la temperatura del exterior. Draco no tenía ni idea de en qué parte de la cueva se encontraban exactamente, pero era evidente que en una zona que no era accesible para los muggles. Las estalagmitas del suelo habían sido modificadas de forma que dibujaban serpenteantes caminos que dirigían al visitante hacia diferentes puntos de la cueva, de manera que aquellos pasillos naturales se entrecruzaban hasta formar un complejo nudo de estrechas calles. Algunas de las estalactitas que colgaban del techo habían sido aprovechadas para señalizar dichas calles con números y letras. Draco y los otros magos que habían viajado con él tomaron la que se dirigía hacia el mostrador de Información. Draco hizo cola pacientemente, lamentando que su previsión no hubiera alcanzado para pensar en los guantes que guardaban uno de los cajones de su cómoda en Frankfurt. Se le estaban congelando las manos.
—Quisiera consultar un antiguo tratado germano en el que se menciona un ritual de renovación de magia —pidió Draco cuando llegó su turno—. Está ligado a la Noche de Walpurgis.
La bruja que atendía el mostrador llevaba un grueso gorro de lana y unas voluminosas orejeras por encima de éste que le daban un aspecto bastante cómico. La bufanda que rodeaba su cuello alcanzaba a casi cubrir su boca. Draco se preguntó si le habría oído.
—Su solicitud —pidió, no obstante, la bruja alargando una mano enguantada.
Draco abrió su mochila y le entregó el pergamino convenientemente sellado que le permitiría consultar cualquier libro, tratado o escrito de aquella biblioteca, y que había tramitado a través de la universidad de Frankfurt. Todo era siempre mucho más fácil si había una universidad que respaldaba cualquier solicitud.
—¿Conoce el autor? —preguntó a continuación la bruja.
—No —respondió Draco, frotándose con energía las manos—, pero si llevan un registro de consultas, probablemente uno de los últimos en hacerlo haya sido Karsten Schwarzen.
La bruja agitó su varita y las páginas de un voluminoso libro que reposaba en la mesa frente ella empezaron a pasar a toda velocidad. Se detuvieron abruptamente y la bruja resiguió con un dedo una numerosa lista de nombres escritos en tinta azul.
—Pasillo 23, sección C —recitó en tono monótono, mientras agitaba nuevamente su varita—. El bibliotecario de esa sección lo manejará por usted porque es uno de nuestros pergaminos más antiguos y no les está permitido tocarlo a los visitantes. ¿Su nombre?
—Draco Malfoy —la bruja agitó nuevamente la varita y Draco pudo ver como su nombre se añadía a la lista que pendía de un título escrito en rojo—. Er… ¿qué título debo darle al bibliotecario? —preguntó.
—Él ya tiene su nombre y petición. Diríjase al pasillo 23, sección C, por favor —reiteró la bruja en el mismo tono cansino, un poco amortiguado por la bufanda de lana.
Draco dio las gracias y tras salir de la fila, miró a su alrededor para localizar el pasillo 23. Estaba en el otro extremo de la cueva. Hundió las manos hasta el fondo de los bolsillos de su anorak y se encaminó hacia allí. Como le había dicho la bruja del mostrador de Información, el bibliotecario de aquel pasillo ya le estaba esperando. Su indumentaria era bastante similar a la de la bruja con la que había hablado. El mago le llevó hasta una zona que quedaba oculta tras una voluminosa roca, a los pies de la cual parecía morir el camino que Draco había seguido pero que, sin embargo, ocultaba un sala de medianas dimensiones cuya luz provenía de un sinfín de antorchas colgadas en las paredes, en la que se dispersaban varias mesas de trabajo, iluminadas a su vez por pequeñas lámparas que flotaban encima de cada una de ellas. Muchas estaban ya ocupadas por magos y brujas que consultaban escritos que parecían bastante antiguos. Algunos de ellos estaban utilizando unos guantes blancos. El bibliotecario le llevó hasta una de las mesas vacías.
—Espere aquí, por favor.
Diez minutos después, el bibliotecario apareció con un rollo de pergamino flotando frente a él, que después extendió cuidadosamente sobre la mesa con su varita.
—No puede tocarlo —le advirtió a Draco—. Cuando necesite leer el reverso, llámeme. Pero no lo toque.
Draco tuvo que aceptar que el pergamino verdaderamente parecía a punto de deshacerse.
—¿Puedo copiarlo? —preguntó.
El mago sacó de su bolsillo un pergamino que Draco reconoció como el permiso que había entregado a la bruja de Información. Después de consultarlo el bibliotecario dijo:
—A mano —señaló tintero y pluma encima de la mesa—. Ninguno de los documentos que tenemos en esta sección soportaría un hechizo de duplicación.
Draco observó el texto, manteniendo sus manos a prudente distancia del viejo pergamino. Parecía bastante más largo de lo que aparecía en el libro de Schwarzen. Sacó hojas de pergamino en blanco que previsoramente había metido en su mochila y, resignado, mojó la pluma en el tintero.
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Harry se mostraba relativamente tranquilo desde que había confesado su secreto a Severus. Sus heridas habían sanado completamente y muchas de las cicatrices que le habían dejado casi habían desaparecido totalmente. Si Severus había pensado que Harry se recluiría en la botica, escamado por la última experiencia, se había equivocado. Es más, era el propio Severus quien se sentía reticente a dejarle salir sin su compañía, aunque sólo fuera para ir hasta la esquina a buscar un cucharón. Pero Harry todavía guardaba otro pequeño secreto. Y Severus lo había descubierto cuando el joven le había pedido que le acompañara a su antiguo apartamento para recoger las cosas que no había llegado ni siquiera a empaquetar.
—Necesito que busques una cosa por mí —le había dicho a Severus, tras recorrer con la mirada el desastroso salón—. Perdí mi pendiente —había añadido mostrándole después el minúsculo agujero vacío en el lóbulo de la oreja. El pequeño desgarro que se había producido por los primeros golpes de Lucius, que habían hecho saltar el pendiente, ya había sanado.
—Te compraré otro —había respondido Severus, poco dispuesto a perder el tiempo.
—Lo necesito —había insistido Harry—. Es un traslador especial. Ella lo hizo para mí después del primer intento de agresión de Malfoy. ¿Cómo crees que he logrado escapar de él hasta ahora?
Severus le había mirado, perplejo.
—¿Y dónde te lleva?
—A San Mungo —había respondido el joven tranquilamente—. O a casa, dependiendo de la parte que toque.
Al menos, ahora Severus ya sabía cómo se las había arreglado Harry para desaparecer de San Mungo. Y también por qué no había podido hacerlo la última vez que Lucius le había atrapado. Harry volvía a llevar su pendiente y Severus lo había hechizado para que no pudiera desprenderse de su oreja bajo ningún concepto. Lo había probado un par de veces y Harry había aparecido en San Mungo y en casa sin ningún problema. El pocionista había sentido una emoción muy especial cuando había comprobado que el traslador le llevaba directamente a la vivienda encima de la botica, reconociendo su hogar también como el de Harry.
Mucho más tranquilo, Severus dejaba a Harry ir y venir a su antojo, tratando de no perder los nervios cada vez que, por alguna razón, el joven se retrasaba. En poco menos de un mes sería Navidad, y Harry andaba como loco recorriendo el Callejón Diagon, aprovechando cada rato que tenía libre para comprar y llenar la casa de todos los elementos navideños que Severus jamás se habría molestado en adquirir o echar de menos. Harry había decorado la tienda con guirnaldas; había colocado un abeto junto a la chimenea del salón-comedor, y se había pasado la noche del sábado decorándolo, compartiendo entusiasmo con Blaise, mientras Severus y Draco se limitaban a observarles cómodamente sentados en sus respectivos sillones. Había repartido ramos de acebo por toda la casa, incluso había colocado uno en la mesa del sótano, donde solía abrir el correo y cortar ingredientes. Severus había decidido armarse de paciencia y morderse la lengua. Aunque en su fuero interno reconocía que no le disgustaba.
El pocionista no estaba muy seguro de si era el dichoso ambiente navideño, lo mimoso que se había levantado Harry aquella mañana, la fabulosa mamada que le había hecho en la ducha y él le había retribuido, o que el beicon estaba especialmente crujiente y el té tenía aquel punto perfecto de fuerza y acidez que a él le gustaba.
O simplemente era que, por primera vez en su vida, saboreaba la presencia de alguien a su lado que quería preocuparse de que ese té fuera perfecto.
Cada vez que Harry salía del sótano para atender a algún cliente, Severus le seguía con la mirada sin poder evitarlo. Y las manos se le calentaban con el recuerdo del suave tacto de sus nalgas. Y en su boca, a pesar del desayuno, le parecía saborear todavía la dulce corrida de Harry. Semen dulce a base de pasteles, helados y esos azucarados refrescos muggles que tanto le gustaban.
Cerca del mediodía Severus estaba tan duro como la varita con la que limpiaba el caldero que acababa de vaciar. Y se maldecía por ser incapaz de controlar una simple función física, que Harry no contribuía en modo alguno a relajar con sus continuos toqueteos cada vez que se acercaba a él con algún pretexto.
—¿Comemos aquí? —preguntó Harry asomando la cabeza por la puerta del sótano.
Severus asintió, mientras empezaba a preparar el caldero que acaba de limpiar para la poción que empezaría a fabricar tan punto terminaran de comer. Harry apareció a los cinco minutos con una gran bandeja que Severus había encantado para que flotara permanentemente. Harry sólo tenía que empujarla ligeramente con la mano para hacerla avanzar. De esa forma no tenía que subir y bajar escaleras, cargando varias veces la bandeja para poder llevar al sótano todo lo que necesitaba.
El inconfundible aroma de arroz al curry con pollo hizo que el estómago de Severus protestara y él se apresurara con los preparativos que estaba realizando para poder comer cuanto antes. Harry dejó la bandeja flotando junto a la mesa y se acercó a él, colocándose a su espalda y rodeándole con sus brazos. Severus oyó el pequeño suspiro de satisfacción y sonrió.
—¿Vienes a comer? —preguntó Harry.
Severus se giró dentro de su abrazo y encaró el sonriente rostro del joven.
—¿Arroz al curry? —dijo frunciendo el ceño— El curry me repite.
Harry hizo una pequeña mueca.
—Te repite porque abusas —y entonces lo notó. La sonrisa en su rostro se amplió de forma maliciosa—. ¿Pero qué tenemos aquí?
Severus gruñó cuando la mano de Harry acarició su erección por encima de los pantalones, presionándola ligeramente.
—¿Quieres darme el postre antes que el primer plato? —preguntó en tono juguetón.
Severus le calló con un beso mucho más ansioso y demandante de lo que él mismo había pretendido. Harry gimió en su boca de puro gozo, levantando un poco una pierna en una clara insinuación para que le alzara. Severus no se hizo rogar. Harry apresó el cuerpo del pocionista con brazos y piernas mientras ambos seguían enzarzados en un intenso intercambio de saliva, con mucha lengua y dientes que mordían sin lastimar. Severus notó la erección de Harry creciendo con rapidez contra su estómago, mientras las caderas del joven se mecían en un vaivén suave que él mismo impulsaba oprimiendo su delicioso trasero.
—Definitivamente, el postre primero —gruñó Severus mientras llevaba a Harry hacia la mesa.
El joven soltó una risita suave que excitó la piel del cuello del pocionista, para entretenerse a continuación lamiéndola y besándola, provocando que Severus diera un brusco empujón a la bandeja que flotaba junto a la mesa y la mandara a la otra punta de la habitación. Las palabras de Lucius volaron a su mente ¿Está tan apretadito y caliente como presumo? Severus sintió que sus testículos se tensaban de forma dolorosa.
—Necesito más que tu mano o tu boca, Harry —jadeó dejando al joven otra vez de pies en el suelo.
No era así como había previsto la primera vez con Harry, pero su cuerpo entero ardía de necesidad. Casi no podía controlar la fuerza devastadora del deseo que se había apoderado de él, después de haber estado incubándolo toda la mañana.
—Pero me conformaré con lo que me des —aseguró casi sin aire.
Harry le miró con tal intensidad que hizo que el estómago de Severus subiera y bajara en una pequeña montaña rusa. El rostro sofocado y la expresión ansiosa del joven hablaban de una necesidad tan poderosa como la suya. Harry hizo un pequeño movimiento hacia adelante con sus caderas y Severus llevó las manos hasta el cierre de su pantalón. Desabrochó y bajó la prenda por sus blancas y delgadas piernas, sin poder abandonar las luminosas pupilas verdes que le devolvían una mirada ávida y expectante. Severus le besó entonces con un anhelo feroz, hambriento de sus labios, del azucarado sabor de su boca. Harry olía a su jabón de hierbas aromáticas y Severus respiró la frescura de ese aroma a lo largo de toda su garganta, haciéndole gemir con cada pequeño mordisco, regando su piel de pellizcos tenues y excitantes. Arrebujó con rapidez la camisa de Harry para poder seguir por su pecho y descender lamiendo hasta el pequeño ombligo. Jadeante, acarició las suaves nalgas de Harry, acunándolas en sus manos mientras se deleitaba en la ardorosa agitación que exhibía el cuerpo del joven. Jugó con los tiernos labios de Harry una vez más, antes de hundir el rostro en su cuello y llenarse nuevamente de su olor, de su piel caliente y del seductor sonido de los acuciantes gemidos que él le provocaba.
Bien, tal vez aquel no fuera el escenario perfecto, pero no por ello Severus iba a dejar que se le fuera de las manos.
—Apóyate en la mesa —susurró.
Harry se dio la vuelta y afirmó sus manos sobre la vieja madera. Sintió como Severus acariciaba sus nalgas y después deslizaba un dedo entre ellas. Su cuerpo dio una pequeña sacudida y, sin querer, volcó el tintero que había sobre la mesa. La voz del pocionista, ronca y profunda, susurró junto a su oído, erizándole los pelos de la nuca.
—El ano es una zona sensorial muy placentera —Severus frotó lenta y agradablemente su dedo sobre la fruncida entrada—. Y puede ser estimulado de muchas formas…
Harry tragó con fuerza mientras sus manos trataban de encontrar un punto de apoyo que le permitiera deshacerse de los pantalones que le impedían abrir más las piernas.
—Pero es conveniente enseñarle a relajarse, porque está preparado para dejar salir; no para dejar entrar —Severus no pudo reprimir un pequeño jadeo cuando su pene rozó la suave piel de una de las nalgas de Harry, de las que trataba de mantenerse apartado por el momento—. Además, la pared del recto es muy delgada y puede desgarrarse con facilidad.
—¿Vas… mierda… vas a recitarme la jodida teoría? —gimió Harry, extendiéndose un poco más sobre la mesa y empinando su culo todo lo que pudo cuando ese dedo empezó a acariciar en círculos y después a golpear suavemente.
Severus decidió que besos, lamidas y succiones quedarían para la comodidad de la cama. Alcanzó un tarro de la estantería que estaba a sus espaldas y hundió su dedo en él
—¿Estás relajado? —preguntó empezaba a introducir la punta en el apretado ano de Harry.
—Relajado dice… —gruñó el joven, ansioso, meneando su trasero.
—Empuja hacia fuera.
Harry extendió los brazos y se agarró al borde de la mesa, jadeando contra la superficie de madera mientras Severus le acariciaba y le distendía. Y de pronto ya no había dedos delgados y flexibles, sino algo bastante más grueso y duro deslizándose despacio dentro de él.
—Empuja, Harry… —jadeó Severus— Merlín bendito…
Se inclinó sobre el joven y recorrió a besos toda marca que todavía quedaba en su espalda. Su mano buscó la erguida dureza de su compañero y la envolvió con firmes y rápidas caricias que hicieron sollozar a Harry de placer.
—Tan caliente y apretado —gruñó mientras buscaba una de las manos todavía agarradas al borde de la mesa y la entrelazaba con la suya—. Dioses, Harry… no sabes cuánto he deseado esto…
El joven levantó un poco la cabeza y Severus pudo ver su sofocado rostro, la piel teñida por un intenso rubor que bajaba hasta su cuello. Tenía los ojos fuertemente cerrados y respiraba a pequeños resuellos que morían convertidos en suaves gemidos. Harry no tardó en correrse en la experta mano que le acariciaba, haciendo que Severus gruñera por derramarse dentro de él.
—¡Dioses benditos!
Levantó el cuerpo de Harry de la mesa y lo abrazó contra su pecho mientras el joven alzaba la mano que no tenía unida a la del pocionista para enterrarla en el pelo de Severus y recibir la cálida emanación dentro de él segundos después.
Durante unos momentos no se movieron. Severus sostuvo el tibio cuerpo de su amante contra el suyo, llenando su rostro de pequeños besos mientras Harry seguía acariciando su nunca, relajado y feliz. Hasta que su estómago rugió. Ambos rieron. Severus salió cuidadosamente del joven y antes de que pudiera preguntarle si todo había ido bien para él, Harry le miró seriamente y dijo:
—¿Te das cuenta de nunca más podremos mirar esta mesa de la misma manera? —después sonrió con aire romántico—. Ahora, cada vez que me siente para abrir el correo o cortar ingredientes, recordaré que me follaste aquí por primera vez.
Hay que joderse, pensó Severus mientras recibía un mimoso abrazo de Harry, o empiezo a pensar en cambiar esta mesa o acepto el riesgo de pasarme el día empalmado entre calderos…
Continuará...
