Capítulo 10. Ebriedad

—Bill, ¿te falta mucho?

Tom aporreó con los nudillos por enésima vez la puerta del baño. Su hermano llevaba tres cuartos de hora allí metido, y hacía quince minutos que deberían estar en casa de Andreas.

—No, me estoy repasando con la plancha... —se escuchó desde el interior.

El guitarrista suspiró y apoyó la frente en el marco de la puerta.

Bostezó. Llevaba varios días sin poder dormir bien.

Y todo por culpa de esos malditos sueños.

Sí, había vuelto a soñar que se tiraba a su propio hermano. Y cada vez con una postura diferente, para más inri.

Empezaba a preguntarse si no habría sido mejor no enterarse nunca de las preferencias sexuales de Bill; entonces no sabría el por qué del estado depresivo de su hermano, pero al menos él no estaría dudando de las suyas.

Saber de la homosexualidad de Bill y su relación con David le habían confundido, eso era todo.

Tenía que serlo.

De pronto la puerta se abrió y Tom, que tenía una mano apoyada en ella, casi cayó hacia delante.

—¡Ya estoy! —anunció Bill saliendo al pasillo.

Tom se le quedó mirando. Bill llevaba el pelo completamente liso, y negro, pues ya no quedaba ni rastro de sus mechas rubias que durante tanto tiempo había llevado. Los ojos, perfectamente delineados con lápiz oscuro, y con un poco de sombra gris sobre los párpados, contrastaban con la blanca piel de su rostro. Iba vestido con una ceñida camiseta negra con el dibujo de un tribal blanco sobre el pecho, y unos vaqueros muy bajos de cintura, con sus bóxers también negros asomándose.

Bill alzó una ceja al sentirse tan observado.

—¿Qué...?

Tom reaccionó y desvió la mirada. Llevaba tantos días viendo a Bill con sus pintas de "andar por casa", que se le había casi olvidado lo arrebatador que lucía su hermano cuando se arreglaba.

—Nada. ¿Nos vamos?

Echaron a andar por el pasillo. Tom miró de reojo a su hermano un par de veces.

Vale, su hermano le parecía guapo, eso no podía negarlo.

«Me gusta Bill. Bill es como yo. Por lo tanto, me gusto yo.»

Satisfecho con lo que para él era una lógica aplastante, Tom decidió sacarse el tema de la cabeza como fuera. Aquella noche tenían una fiesta, y él, Tom Kaulitz, como siempre, iba a arrasar.

xXx

El camino hasta el piso de Andreas se hizo muy corto. Seguramente porque a esas horas ya no había apenas tráfico por la carretera. En la ciudad, sin embargo, sí que encontraron un poco de atasco.

Aparcaron el Cadillac en el aparcamiento privado del bloque de edificios donde Andreas vivía, gracias a que éste les había facilitado el código. De otro modo, les habría resultado bastante difícil encontrar un hueco para el enorme coche lo suficientemente cerca como para no correr el riesgo de ser reconocidos durante el camino.

Mientras subían por el ascensor, Tom miró fijamente a su hermano de nuevo. Bill no parecía triste, pero tampoco alegre. Estaba más bien ausente. En realidad estaba así desde su charla telefónica con Jost.

Una pequeña sacudida indicó que ya habían llegado a la planta correcta. Bill salió por delante de Tom y se dirigió a la puerta de entrada del piso de Andreas. Tocó el timbre. Desde el descansillo ya se oía el volumen de la música. Tom se colocó a su lado.

—Cuando te quieras marchar, sólo dímelo.

Bill se mostró algo sorprendido.

—¿Acabamos de llegar y ya hablas de irnos?

Tom se encogió de hombros.

—Sólo te digo que nos quedaremos el rato que tú quieras.

Bill le miró algo suspicaz. No es que le molestara que Tom se mostrara tan atento con él, pero al hacerlo le recordaba continuamente el por qué de esa actitud...

—Tom, no tienes por qué estar tan pendiente de mí. Estoy bien.

El guitarrista quiso replicar, pero en ese momento se abrió la puerta y apareció Andreas.

—¡Eyyy, ya era horaaa! —gritó a modo de bienvenida. Se notaba que ya iba "contento"—. Venga, pasad...

Los dos hermanos pasaron al interior del piso seguidos de cerca por el anfitrión. Tras cruzar un amplio recibidor entraron directamente en un salón que daba a la gran terraza donde se estaba desarrollando la fiesta. Gustav y Georg les vieron llegar a través de los cristales de la gran puerta corredera y entraron para saludarles.

—Puntuales como siempre, ¿eh? —comentó Georg irónico.

—Díselo al que te enseñó a plancharte el pel... —Tom se interrumpió al ver que Bill, tras saludar rápidamente a sus compañeros de banda, salía ya a la terraza.

—Vaya, tu hermano tiene ganas de marcha —dijo Andreas, al ver que Bill iba directamente a la mesa donde estaba servido el alcohol.

—Eso parece... —murmuró el guitarrista, observando cómo Bill se servía un cubata mientras saludaba a los dos compañeros de piso de Andreas que estaban por allí.

—Venga, vamos. —Andreas colocó una mano en su espalda para empujar suavemente a Tom hacia el exterior—. Tengo que presentarte a un par de pivones que tiran de espalda... Pero me has de dejar al menos una para mí, ¿eh?

El comentario hizo sonreír a Tom, quien solamente asintió, al darse cuenta que él también tenía ganas de marcha. Pero de la buena.

xXx

La fiesta seguía su curso normal. Gente, música, baile y alcohol. Aunque no para todos. Como habían ido en su coche, Tom no podía beber alcohol. En su lugar, había tenido que conformarse con bebidas energéticas.

Pero el guitarrista no andaba precisamente falto de energía. Después de tantos días de abstinencia, estaba realmente caliente.

La afortunada aquella noche era una chica morena, con el pelo rizado recogido en una graciosa coleta alta, con los ojos castaños y las mejillas recubiertas de pecas. Su nombre era Helga. En realidad había sido la única que no se había casi desmayado cuando el guitarrista se le acercó para iniciar una conversación. Conversación que, por supuesto, había durado muy poco.

En ese momento estaban ambos en un rincón de la terraza, Tom con la espalda apoyada en la pared, y la chica pegada a él, besándose. La excitación del guitarrista ya era evidente, y la chica lo había notado, satisfecha.

Sin embargo, la atención de Tom estaba dividida. Por un lado estaba pendiente de su magreo con aquella chica, pero por el otro, no dejaba de echar miraditas al lado contrario de la terraza, donde estaba Bill.

Y siempre que miraba, veía a su hermano riendo con un cubata en los labios.

Incluso su casual acompañante también se había dado cuenta.

—Tu hermano está hoy muy "animado", ¿no...? —murmuró la chica al seguir su mirada en una ocasión.

—Sep... —musitó a modo de respuesta.

«No debería beber tanto...», pensaba Tom. «Pero si voy y le digo algo, se enfadará. Además, hemos venido precisamente para divertirnos. Pero...»

Una caricia muy íntima interrumpió sus pensamientos al mismo tiempo que se le escapaba un jadeo. Helga por fin se había atrevido a rozar su erección a través de la tela del pantalón.

—Tom... —susurró la chica, también muy excitada.

—Mmm...

Helga le lamió una oreja. Tom gimió al mismo tiempo que miraba de nuevo a Bill. Éste estaba charlando animadamente con un chico alto y pelirrojo que el guitarrista no conocía. No dejaba de sonreír, y de vez en cuando reía en voz alta de forma algo estridente. Era evidente que ya iba bastante pedo.

—Tom... ¿y si nos vamos a una habitación?

La petición le pilló por sorpresa, pues normalmente las chicas esperaban a que fuera él quien lo propusiera. Pero Helga parecía muy lanzada, y a Tom le entraron ganas de combrobar cuánto.

Sin embargo, le preocupaba Bill. El dejarle solo en la fiesta, con el pedo que llevaba, no le hacía ninguna gracia. Aunque por otro lado, solo no le dejaba, ya que cerca de él estaban Georg y Gustav, y un poco más al fondo Andreas, además del chico pelirrojo con el que parecía haber congeniado tan bien. Y no es que se fuera a ir muy lejos; si algo le pasaba a su hermano, seguro que se enteraría rápidamente.

«Tom, no tienes por qué estar tan pendiente de mí. Estoy bien.»

Además, eso mismo le había dicho su hermano. Así pues, decidió despreocuparse un rato y darle una alegría al cuerpo, que bien que la necesitaba.

—Vamos... —dijo simplemente.

Cogió de la mano a la chica y juntos atravesaron la terraza para volver al interior del piso. Tom ya había estado en suficientes cumpleaños/fiestas/celebraciones diversas en el piso de Andreas como para saber perfectamente dónde estaban las habitaciones que se podían emplear en caso de "emergencia".

Una vez dentro de una habitación, Tom rodó la llave para asegurarse de que no serían molestados.

Apenas se dio la vuelta, se encontró con los labios de Helga.

—No me puedo creer que esté aquí contigo... —susurró la chica entre besos.

Tom no dijo nada. Nunca decía nada. Porque sabía que nada de lo que dijera en esos momentos sería lo que una chica desea escuchar.

Sin separar sus bocas, la agarró de la cintura y la tumbó con cuidado en la cama, quedando él encima.

Se dedicaron caricias febriles durante unos minutos. Tom apretaba su erección contra la pelvis de la chica, esperando algún gesto de ella que le animara a ir más allá. De pronto Helga hizo amago de querer quitarle la camiseta, Tom se dejó hacer y después él le quitó la suya, dejando a la vista un bonito sujetador negro de encaje.

«Tom, no tienes por qué estar tan pendiente de mí. Estoy bien.»

Tom se lanzó a sus pechos, besando la zona que quedaba al descubierto entre las dos copas. Helga rió suavemente y enterró una de sus manos entre sus rastas.

«Tom, no tienes por qué estar tan pendiente de mí. Estoy bien.»

El guitarrista se incorporó un poco e instó a la chica a hacer lo mismo. A continuación, y tras un rápido y estudiado movimiento, le desabrochó el sujetador con una sola mano.

«Tom, no tienes por qué estar tan pendiente de mí. Estoy bien.»

La prenda cayó por el lateral de la cama. Tom se tumbó de nuevo sobre Helga y la besó de nuevo en los labios.

«Vaya, tu hermano tiene ganas de marcha.»

«Tu hermano está hoy muy "animado", ¿no...?»

«Tom, no tienes por qué estar tan pendiente de mí. Estoy bien.»

«Mierda...»

Tom suspiró y se irguió levemente sobre la cama. Pues claro que tenía por qué estar pendiente de él. Era su hermano. Y era imposible concentrarse sabiendo que éste estaba a unos metros, completamente borracho y en compañía de un desconocido. Incluso su erección estaba desapareciendo por momentos...

—¿Qué pasa? —preguntó Helga, al notar que el mayor de los Kaulitz había detenido todos sus movimientos.

—Lo siento... Yo... ahora no puedo.

Tom se levantó y buscó su camiseta, la cual también había ido a parar al suelo. La recogió y se vistió de nuevo con ella.

—¿Cómo que "ahora" no puedes...? —insistió la chica, completamente descolocada.

—Estoy preocupado por mi hermano —respondió sincero—. Tú también le has visto, ¿no? Está borracho. No puedo dejarle solo.

—¿De verdad piensas que me voy a tragar eso? —replicó enfadada.

Entonces Tom también se molestó.

—Pues piensa lo que quieras...

Se dio la vuelta y se dirigió rápidamente hacia la puerta; en ese momento escuchó unos golpecitos. Sin esperar ni a que la chica se cubriera, la abrió, encontrándose cara a cara con Bill.

—Uy... pfff... —Bill soltó una risita y bajó la mano—. Perdona, no quería interrumpir...

Ahora que le veía de cerca, se hacía más evidente todavía que Bill había bebido demasiado. Su hermano parecía tener la sonrisa congelada en la cara, sus ojos no enfocaban bien y tampoco parecía muy seguro estando de pie.

—¿Qué pasa? —inquirió Tom, preocupado por si su gemelo no se encontraba bien y había ido a buscarlo por eso.

—Es que... —Bill desvió momentáneamente la vista hacia el interior de la habitación y vio a Helga sentada en la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho y con cara de muy malas pulgas. Soltó otra risita—. Es que se me han olvidado... ¿Me das uno...?

Un gesto de confusión cruzó la cara de Tom.

—¿Un qué?

Otra risita.

—¿Qué va ser, idiota...? Un condón...

Sin haber asimilado aún las palabras de su hermano, Tom vio cómo Bill miraba a su derecha, y al mirar en la misma dirección, descubrió al chico pelirrojo que había estado con él, esperando al final del pasillo.

Tom enrojeció al comprender de golpe las intenciones de su gemelo. Pero no sólo la ira le invadió por completo, también un sentimiento extraño de celos...

Cerró la puerta tras él con un golpe seco, y a continuación agarró a su hermano fuertemente de un brazo, acercando mucho sus rostros.

—¿Tú te has vuelto loco? —preguntó en voz baja pero enfurecida.

Bill alzó una ceja, confundido. Ya no sonreía.

—¿Perdona...?

Tom miró de nuevo al pelirrojo. Estaba lejos, pero no lo suficiente. Sin soltar a Bill, le empujó hasta la cocina, donde sabía que no encontrarían a nadie.

—¿Pero qué haces...? —exclamó Bill—. ¡Suéltame...!

Tras comprobar que la puerta de la cocina estaba bien cerrada, Tom soltó a Bill y se encaró con él.

—¿Se puede saber qué pretendes?

Bill alzó otra vez la ceja, al mismo tiempo que sonreía de forma traviesa.

—¿De verdad quieres que te lo explique...?

Tom se llevó las manos a la cabeza, en claro gesto de nerviosismo.

—¡Bill, por el amor de dios! ¡Aunque no haya cámaras, no puedes irte con un tío en una fiesta con tanta gente!

El cantante se cruzó de brazos.

—¿Por qué no...?

—¡¿Por qué no?! ¡¿Por qué no?! ¡Maldita sea, Bill, pero si tú eres el primero que decidió ser discreto!

—Pero no es justo. —Bill se puso de morros. En otras circunstancias, a Tom le habría resultado hasta gracioso—. ¿Por qué tú puedes montártelo con la tipa de turno en una habitación y yo no...?

—Aaahhh... —Tom suspiró, hastiado—. Da igual, déjalo. Total, estás demasiado borracho para intentar hacerte razonar ahora.

—No estoy borracho... —replicó Bill. Sin embargo, la propia evidencia le hizo estallar en risas—. Bueno, puede que un poco... jajaja.

—Mira, nos vamos a casa.

—¿Qué...? ¡No...!

—No, ni poco. Vamos, despidámonos de Andreas.

Tom abrió la puerta de la cocina y salió al pasillo en dirección a la terraza. Localizó a Andreas enseguida.

—Andreas, Bill y yo nos vamos —anunció brevemente.

—¿Eh? ¿Tan pronto...?

—Sí. Bill está muy borracho, y prefiero llevármelo a casa antes de que haga alguna tontería.

—Bueno, la verdad es que sí que se le ve... "raro"... —asintió Andreas mirando extrañado detrás de Tom.

El guitarrista se dio la vuelta y comprendió el por qué de la mirada de Andreas.

«La madre que le parió...»

Bill se estaba despidiendo de su pelirrojo de forma muy "cariñosa"... El cantante había rodeado al chico por el cuello y parecía a punto de besarle. ¡Incluso estaba poniendo morritos!

—¡Ves, si ya te digo yo que va pedo! —le dijo a Andreas, apurado. Empezó a caminar hacia atrás, despidiéndose de su amigo con un gesto—. ¡Adiós, Andreas!

—Adiós... —se despidió Andreas. De pronto cayó en la cuenta de algo—. ¡Oye! ¡¿Y mi regalo...?!

Pero Tom ya no le oía. Sin detenerse, agarró a su hermano con un brazo rodeando su cuello y lo alejó sin miramientos del pelirrojo de las narices, a quien dedicó una mirada fugaz pero fulminante.

—¡Eh...! —se quejó Bill, pero sólo atinó a seguir a su gemelo pasillo arriba.

Salieron del piso de Andreas y se metieron en el ascensor. Entonces Tom soltó a Bill mientras buscaba las llaves del Cadillac en su bolsillo. Bill le miraba y se reía solo.

—Más te vale que de aquí a casa se te haya pasado un poco la borrachera... —masculló el guitarrista observando a su gemelo—. Porque como mamá esté despierta y te vea así, nos capa a los dos...

Bill simplemente siguió riendo.

xXx

Pero el trayecto de quince minutos no bastó para que a Bill se le despejaran las ideas. Más bien, parecía que su borrachera había alcanzado su punto álgido.

Afortunadamente Simone y Gordon ya estaban acostados. Tom tuvo que taparle la boca a Bill mientras entraban para asegurarse de que se estuviera callado.

Tom optó por llevar a Bill al baño de la planta baja, el que estaba más alejado de la habitación de los dos adultos. En ese estado, no podía simplemente dejar a Bill en su habitación e irse él a la suya. Antes tenía que hacer algo para aclarar la mente de su gemelo.

Y como no iba a ponerse a esas horas a preparar café, optó por la polivalente ducha fría.

Dejó a Bill sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared, y abrió el grifo del agua. Rogó por que si el ruido despertaba a su madre o a Gordon, no bajaran a comprobar que eran ellos...

Se giró de nuevo hacia su hermano, quien no dejaba de sonreír mirando hacia un punto indefinido de la pared, como si estuviera pensando o recordando algo. Se agachó junto a él, y entonces Bill le miró a los ojos.

—Siento haberte interrumpido... —dijo sin perder la sonrisa.

Pero era una sonrisa extraña. A Tom no le gustó un pelo. Tratando de no pensar en nada, agarró la camiseta de su hermano y tiró de ella hacia arriba.

—No te preocupes. Igualmente habíamos parado.

La camiseta salió y Bill se quedó con el torso desnudo.

—¿Eh...? ¿Y eso...?

—Ahora no importa...

Por un momento Tom contempló la posibilidad de desnudarle del todo, pero rápidamente pensó que lo mejor sería mojarle sólo la cabeza. Entre los extraños sueños que había estado teniendo, y el ataque de celos de hacía un rato, creyó conveniente no contemplar a su hermano como su madre les trajo al mundo. Por si las moscas.

Colocó las manos bajo sus hombros con la intención de ayudarle a ponerse en pie.

—Va, levanta, que te voy a refrescar las id...

Tom se quedó paralizado al notar la mano de su gemelo apretar sobre la tela de su pantalón, justo en la zona de la entrepierna.

—¡Bill! ¡¿Qué haces...?! —jadeó.

Rápidamente llevó una de sus manos a la de Bill para que le soltara, pero lo único que consiguió fue que su gemelo apretara más fuerte. Abrió mucho los ojos.

—¡Bill!

—Me sabe mal que te hayas quedado con las ganas por mi culpa... —dijo el moreno con tono meloso.

—Te he dicho antes que... ¡ah!

Otro apretón y Tom sintió que se le cortaba la respiración. Apoyó su mano izquierda en la pared del baño, justo encima del hombro de Bill, y con la otra mano trató por segunda vez de soltar la de su hermano de su entrepierna, sin conseguirlo. Y es que, de nuevo, había olvidado que Bill era más fuerte de lo que parecía.

Cuando estaba apunto de usar también la mano izquierda para "liberarse", Bill le cogió de la camiseta con su mano libre con un movimiento brusco, obligándole a seguir apoyándose en la pared si no quería caer de bruces sobre su hermano.

—¡Bill! —le llamó enfadado de nuevo. Por suerte el ruido de la ducha amortiguaba el volumen de su voz—. ¡¿Qué coño estás haciendo?!

El cantante, antes de responder, acercó sus labios al oído de su gemelo.

—Sólo déjame compensarte... —susurró con un tono de voz que hizo que a Tom se le erizaran todos los pelos del cuerpo—. Quédate quieto...

—Te he dicho... que... no tienes que compensarme nada... —repitió con dificultad.

Sin embargo, Tom se dio cuenta de que, a pesar de sus palabras, su cuerpo había obedecido a Bill.

«Oh, no...»

El guitarrista cerró los ojos al notar la fresca mano de Bill introducirse en sus anchos pantalones, encontrando rápidamente el camino hacia el interior de sus bóxers.

«¿Qué estoy haciendo?», se recriminó. «¡Tengo que pararle!»

Pero su cuerpo estaba completamente paralizado, expectante, y para colmo de males... excitado.

Bill sonrió más ampliamente aún cuando finalmente sostuvo el miembro de su gemelo en su mano y comprobó que ya estaba completamente erecto, y no tardó en empezar a acariciarlo suavemente de arriba abajo.

En ese momento, Tom se rindió. Relajó todos sus músculos y apoyó la frente en el hombro de Bill, a la vez que exhalaba un gemido ahogado, el primero de todos los que seguirían. Bill, al notar que su hermano ya no ponía resistencia, soltó su camiseta y la llevó a su propio sexo, con la intención de darse placer él mismo a la vez que a su hermano.

Durante varios minutos, en el baño sólo se escucharon los jadeos de ambos, camuflados por el sonido de la ducha. Tom fue el primero en correrse. La mente se le quedó en blanco durante unos segundos, y cuando volvió en sí, alzó la cabeza para mirar por primera vez a su hermano a los ojos desde que habían empezado con aquello. Pero los ojos de Bill estaban cerrados. Tenía la cabeza echada hacia atrás, y los labios húmedos y entreabiertos.

Miró un momento hacia abajo, comprobando que Bill seguía dándose placer, y luego regresó la vista a sus labios. En ese momento le parecían tan apetecibles...

Sin pararse a pensar en lo que estaba haciendo, acercó lentamente sus bocas. Tenía ya los labios de Bill a escasos milímetros, cuando éste llegó al éxtasis, y pronunció un más que conocido nombre...

—David...

Tom abrió mucho los ojos, regresando a la realidad de golpe. Se levantó como pudo y dio un par de pasos hacia atrás, sin dejar de mirar a su hermano, quien se había quedado en la misma posición, tardando aún varios segundos en abrir los ojos.

Cuando lo hizo, su mirada desenfocada se clavó en Tom.

El guitarrista abrió la boca, aunque en realidad no sabía qué iba a decir exactamente, pero Bill inesperadamente sonrió y se le adelantó.

—¿Te ha gustado...?

«Genial. Sigue borracho como una cuba...», pensó, aunque en el fondo agradecía que así fuera. Después de lo que acababa de suceder, aún no estaba preparado para hablar con un Bill sobrio.

Sin esperar respuesta, Bill se levantó, algo tambaleante. Tom le agarró de un codo para ayudarle. El vocalista se dirigió al lavabo que tenían a un lado y se lavó las manos, manchadas ambas de semen. Cuando terminó, empezó a secárselas con una toalla, cuando de pronto su cuerpo se encogió bruscamente. El muchacho se llevó una mano al estómago, y un segundo después, se dio la vuelta y empezó a vomitar en el retrete.

—¡Bill! —exclamó Tom, asustado.

Se colocó rápidamente a su lado y con cuidado le ayudó a retirarse el cabello de la cara. Las arcadas eran violentas y las lágrimas no tardaron en agolparse en los ojos de Bill.

—Tranquilo... —musitó Tom—. Con todo el alcohol que habías tomado, esto es lo mejor...

Por fin las arcadas cesaron y Bill pudo incorporarse. Tiró de la cadena mientras Tom le ofrecía una toalla mojada con la que se refrescó la cara. Luego se enjuagó la boca en el lavabo.

Tom aprovechó para cerrar el grifo de la ducha, pues ya no era necesaria. Cuando se giró de nuevo hacia su hermano, éste le estaba mirando. Ya no tenía la vista desenfocada, pero estaba muy pálido y aún se tambaleaba.

—No me encuentro bien... —gimió en voz baja.

—Lo sé... —Tom se colocó justo enfrente de él—. Te ayudo a acostarte, ¿vale?

—Vale...

Tom rodeó a Bill por la cintura con un brazo para asegurarse que por el camino no se cayera de bruces, y juntos se dirigieron a su habitación.

Una vez en ella, Bill se sentó en su cama, y torpemente trató de quitarse los estrechos vaqueros. A Tom no le quedó más remedio que ayudarle. Después le tendió su pijama y Bill se vistió con él.

—Yo también me voy a dormir... —anunció el guitarrista—. Si necesitas algo, estoy aquí al lado...

Bill le miró compungido.

—No, no te vayas... Quédate conmigo...

Tom le miró con el ceño fruncido.

—¿Qué?

—No me encuentro bien... —repitió Bill.

—Ya lo sé... ¿Pero qué más quieres que haga? —preguntó Tom.

—Cuando de pequeños uno de los dos estaba enfermo, el otro se quedaba a dormir con él...

—Pero tú no estás enfermo, tú lo que estás es borracho perdido... —replicó el guitarrista.

—Por favor, Tomi...

Tom suspiró y puso los ojos en blanco. Entre el apelativo y ese tono infantil, era imposible negarse...

—Está bien, me pongo el pijama y vuelvo.

Bill sonrió levemente y se tumbó.

Tom hizo lo que había dicho, pero al regresar a la habitación de Bill, se encontró con que su hermano ya estaba dormido. Aún así, cumplió y se metió en la cama con él.

Mientras se acomodaba, no podía dejar de mirar a Bill y pensar en lo que habían hecho en el baño. Pero tampoco podía dejar de recordar el nombre que su gemelo había pronunciado al llegar al final.

Estuvo desvelado durante varias horas, meditando sobre todo lo que había pasado y sentido en las últimas semanas, y, justo antes de dormirse, Tom tomó una decisión.