NdA: ¡Gracias por los comentarios!

Capítulo 10 Una Imperius en Downing Street

Harry no había abandonado las investigaciones sobre Yelka y le había pedido a Belby que mandara a un par de vigiles a preguntar en Knockturn Alley. No sabía qué esperar de aquel movimiento, pero cabía la posibilidad de descubrir algo. De momento, el informe que tenía delante indicaba que el número de goblins que de vez en cuando compraba objetos mágicos cuestionables y pociones e ingredientes ilegales por allí era mucho más alto de lo que había pensado. Los goblins rara vez respondían ante la justicia de los magos, solían apañarse entre ellos y por lo que parecía, el Departamento de Refuerzo de Ley Mágica no se había interesado mucho en ellos.

Alguien llamó a su puerta y Harry le dijo que pasara. Eran Chloe y Williamson.

-Jefe, ha pasado algo en el despacho de la ministra muggle –dijo ella.

-¿El qué? –preguntó Harry, alarmado.

-Los sensores mágicos que instalamos allí indican que alguien ha usado la Aparición y magia negra, posiblemente la Imperius.

Harry supo al instante que los Parásitos sólo podían tener dos planes: dar los primeros pasos para revelar la existencia de la magia al mundo muggle o prepararles una trampa.

-Chloe, dile a los BIM que necesitamos ser capaces de provocar un apagón en todo el país, especialmente en Londres. Quiero que estén pendientes de todas las cadenas de televisión y de Internet. Williamson, manda a dos vigiles a vigilar Downing Street y que nos informen si ven movimientos. Avisa también a Hermione Weasley y Marcus Belby y que llamen a todos los agentes disponibles. Nos vemos aquí dentro de diez minutos, rápido.

Mientras Chloe y Williamson hacían lo que les había dicho, él se fue rápidamente a los ascensores para ir a contárselo a Shacklebolt, el interlocutor más habitual de la ministra. La mente le iba a mil por hora, calculando todas las opciones. Era la primera vez desde que había empezado la guerra que podían ir por delante de los Parásitos y quería sacarle todo el partido posible.

-Cavan, ¿está Shacklebolt? –preguntó cuando llegó frente a su despacho.

-Lo pillas por los pelos, está a punto de irse a una reunión con la primera ministra.

Harry abrió mucho los ojos.

-¡Mierda!

Prácticamente se abalanzó sobre la puerta del despacho, abriéndola sin llamar, sin preguntar, y estuvo a punto de darse de bruces contra el suelo. En cuanto vio a Shacklebolt aún allí suspiró de alivio, sin importarle que el ministro lo estuviera mirando como si hubiera perdido el juicio.

-Harry, ¿qué ocurre?

Harry se tomó un segundo para recuperarse del infarto que le había dado al pensar que Shacklebolt podía haber ido directo a la trampa y le explicó todo lo que pasaba. El ministro se preocupó tanto como todos y, también como todos, pensó al momento en todas las posibilidades que se abrían ante ellos. El problema era que no disponían de demasiado tiempo para hacer planes. No podía ser casualidad que los Parásitos hubieran atacado a la ministra justo cuando iba a tener una reunión con Shacklebolt. Si éste no aparecía por Downing Street pronto, los Parásitos sospecharían que habían sido descubiertos y estarían alertados o, directamente, huirían; si aparecía, correría el riesgo de ser secuestrado, ya que no sabían realmente a qué se enfrentaban.

-Está bien, esto es lo que haremos. Williamson, consigue una dosis de multijugos ahora mismo. Kingsley, necesitamos uno de tus cabellos. Yo me lo tomaré, abriré la entrada y la mantendré abierta mientras finjo estar gritándole unas últimas instrucciones a Ca-Broderick. Mientras la entrada esté abierta, dos aurores entrarán en el despacho, ocultos bajo un hechizo de invisibilidad. Luego entraremos mi supuesta escolta y yo. No pueden haber mandado a más de tres o cuatro personas para atraparte, seguramente piensan caer sobre ti en cuanto cruces por el cuadro.

-Razón de más por la que no deberías hacerlo tú, Harry –objetó Shacklebolt-. Si hay una batalla, el objetivo de los Parásitos será tratar de huir llevándome con ellos. La persona que entre haciéndose pasar por mí es la persona que más riesgo corre de ser secuestrado y no tengo ninguna intención de perder a mi Jefe de Aurores.

-Yo tampoco tengo intención de dejar que me secuestren –replicó Harry, aunque por un momento fantaseó en llegar allí realmente y encontrarse en posición de luchar cara a cara contra los responsables de aquella aberración. En su imaginación casi pudo ver cómo hacía que la tierra se abriera de pura rabia para tragarse a todos esos desgraciados.

-No, Harry, es una orden –dijo Shacklebolt, con voz severa-. Manda a uno de tus hombres.

-Tiene razón, Harry –añadió Hermione, con expresión preocupada-. Una cosa es participar y otra es que tú mismo te pongas de cebo.

-No pasará nada.

-No, porque no vas a hacerlo –dijo Shacklebolt-. Si quieres ser el Jefe de Aurores, actúa como tal.

La única razón de que Harry no insistiera, asqueado ante la idea de mandar a uno de sus hombres en su lugar para algo así, fue que se dio cuenta de que Shacklebolt estaba hablando muy en serio y un Shacklebolt hablando en serio, sencillamente, tenía modos de efectivos de impedírselo. En realidad, era tan simple como negarle el permiso a hacerse pasar por él por la veritaserum: si Harry intentaba aun así tomarse la poción, Shacklebolt podía mandarlo arrestar en ese mismo instante.

Pero no había tiempo para discutir o para refunfuñar y Harry fue al siguiente paso. Al menos participaría, sería uno de los aurores invisibles de apoyo. Williamson, al traer la poción, aceptó la misión sin dudarlo y se bebió la poción de un trago. Un par de minutos después, tenía el aspecto de Shacklebolt y su túnica de auror había sido alterada para parecerse a las que solía llevar el ministro. Branstone, que era una auror experimentada, se dispuso a entrar la primera en la boca del lobo como supuesta escolta del ministro. Harry y McGuire entrarían tras ella, invisibles y Williamson sería el cuarto. Si todo salía bien, liberarían a la ministra del control de los Parásitos y capturarían tres o cuatro de esos cabrones. Si salía mal…

Prefería no pensarlo.

Cuando Branstone se dispuso a abrir la entrada mágica que conectaba con el despacho del primer ministro en Downing Street, Harry sintió el familiar, casi reconfortante subidón de adrenalina. La auror cruzó el cuadro sin vacilar y Harry lo hizo a continuación, atento a cualquier grito de alarma. En el despacho no parecía haber nadie excepto la ministra, quien le dedicó a Branstone una media sonrisa de bienvenida que casi parecía natural. Sólo un punto de vacío en sus ojos confirmaba las sospechas de todos de que estaba bajo la Imperius; si no hubieran ido sobre aviso probablemente no se habrían dado cuenta hasta que no hubiera sido demasiado tarde.

Williamson estaba ya entrando en el despacho también y nada más cruzarlo, Branstone alzó su varita.

-¡Homenum Revelio!

Varias cosas ocurrieron al mismo tiempo. La ministra se puso en pie, alarmada y confundida a la vez, como si no tuviera claro por qué se sentía alarmada. Tres siluetas oscuras se recortaron en el despacho, una de ellas prácticamente ya encima de Williamson. Harry sabía que él y McGuire también habían quedado al descubierto con el conjuro de Branstone, pero al contrario que ellos, los Parásitos no habían esperado encontrar a nadie invisible allí. En el segundo que necesitaron para asimilar la nueva afirmación, Harry tumbó al Parásito que estaba a punto de agarrar a Williamson y McGuire y Branstone atacaron a un segundo, que también cayó al suelo envuelto en fuertes cuerdas. Había un tercero que saltó hacia la ministra, quien chilló. Harry le lanzó un Expelliarmus no verbal, pero falló por un pelo y el Parásito agarró a la ministra y le puso la varita en la garganta.

-Quietos o la mato.

Harry se detuvo y alzó la mano para que sus aurores hicieran lo mismo.

-Quietos.

-Por favor –gimió ella-. Por favor…

El Parásito hundió la varita un poco más en el cuello de la ministra. Era un hombre muy joven, quizás veintidós o veintitrés años como mucho, de pelo rubio muy corto, orejas de soplillo y acento de Northfolk. A Harry no le sonaba de nada, pero se dio cuenta de que si bien estaba un poco nervioso, también estaba tratando de mantener el control.

-Bajad las varitas. Vamos, bajadlas.

-Usa la cabeza –dijo Harry, sin dejar de apuntarle-. Si la matas, te capturaremos. Y no creas que te llevaremos a Azkaban. Te borraremos la memoria y lo arreglaremos todo para que parezca que la has matado al estilo muggle. Pasarás el resto de tu vida en una cárcel muggle, sin saber siquiera que puedes hacer magia y todos tus parientes muggles se pasarán su vida muertos de vergüenza sabiendo que están emparentados con el primer asesino de un primer ministro que ha tenido la historia de este país. Suelta a la ministra, no empeores las cosas. Todavía tienes una oportunidad de salir bien librado de esta.

Por un momento, pareció que se lo estaba pensando, pero luego movió bruscamente la cabeza.

-No, no, soltad las varitas o…

Esta vez no pudo terminar su amenaza, pues puso los ojos en blanco y cayó al suelo desmadejadamente, como una marioneta sin cuerdas. Un instante después, Hermione se hizo visible a su lado y le sonrió a Harry. Él le devolvió la sonrisa.

-Ya era hora.


Draco observó a los cinco Parásitos detenidos mientras Harry le explicaba, con orgullo, lo que había pasado.

-…Y entonces pensamos "oye, si estos tres no vuelven, quizás manden a alguien a ver qué ha pasado". Así que dejamos a tres aurores en el despacho, cubiertos por un hechizo de invisibilidad, y efectivamente, al cabo de unos diez o quince minutos llegaron dos más. –Harry esbozó una sonrisa satisfecha que contenía una pizca de malicia dirigida a los Parásitos y Draco tuvo ganas de abalanzarse sobre él y besarlo, pero se contentó con dedicarles a los nuevos prisioneros una mirada que esperaba que dejara meridianamente claro cuánto se alegraba de que fueran a pasar el próximo siglo en Azkaban-. Todavía tenemos a tres aurores apostados en el despacho, pero imagino que no serán tan idiotas como mandar a un tercer grupo.

No era de extrañar que estuviera tan contento. La idea de mantener monitorizado el despacho de la ministra muggle había sido suya y eso les había permitido ir por una vez por delante de los Parásitos. Y no sólo eso, sino que habían impedido un golpe realmente duro. La desaparición de Shacklebolt habría hecho mucho daño en la estabilidad del mundo mágico. ¿Quién podría haberlo sustituido? Normalmente en esos casos el cargo del ministro pasaba al Jefe de Aurores hasta las siguientes elecciones, pero Draco estaba bastante seguro de que Harry habría rehusado. Y entonces, ¿qué? ¿Arthur Weasley? Era un hombre honrado, aceptablemente competente, pero no era un líder y nunca lo sería, y menos aún en tiempos de guerra.

-Esta noche se impone una celebración.

Harry esbozó un pequeño gesto de disculpa.

-No sé cuándo terminaré hoy, ya sabes cómo se pone esto cuando hay un golpe de los Parásitos.

Draco asintió, consciente de su error.

-Cuando podamos. ¿Qué ha pasado con la ministra muggle?

-De momento la hemos liberado de la Imperius y le hemos asignado un par de vigiles para que la protejan. También hemos reforzado la seguridad de su casa y de su despacho. La verdad es que nos podrían causar serios problemas si lograran ponerla bajo su control… Hemos tenido suerte de que le lanzaran la Imperius allí y no en su casa, así hemos podido saber a qué atenernos.

Draco los observó de nuevo. No reconocía a ninguno de ellos, pero sí sabía una cosa.

-Dos de ellos tienen magia robada, el rubio de pelo corto y la mujer.

-Sí, nos lo ha dicho Keen, él también puede notarlo como tú –contestó, refiriéndose a un joven auror cuyo padre trabajaba como medimago en Azkaban.

Hermione se reunió con ellos en ese momento.

-Hola, Draco –le saludó, con una breve sonrisa. Desde que Harry les había contado lo del ritual de Samhein, Hermione estaba mucho más relajada cerca de él, lo miraba como con más aprecio. Además, Shacklebolt había terminado rechazando la idea de los collares, así que ya no discutían por aquel asunto-. ¿Has visto la pesca que hemos hecho?

Él sonrió también. Habían capturado grupos más numerosos de Parásitos en otras ocasiones, pero nunca de un modo tan fácil. Y mejor aún, dejando a esos cabrones como idiotas. Era probablemente la victoria más satisfactoria que habían tenido en esa guerra hasta el momento.

-No está nada mal. ¿Se sabe algo de ellos?

-Estamos investigando –contestaron ella y Harry, a la vez.

Harry le explicó que tenían identificados a dos de los tres magos auténticos; dos de ellos eran sangremuggles británicos. El otro, probablemente senegalés. Chloe Segal llegó con una auror jovencita y se llevó a uno de los detenidos con magia robada para el interrogatorio. Harry le preguntó si quería ayudar a interrogar al senegalés, aprovechando que hablaba francés y wolof y Draco aceptó de mil amores.

Los aurores no se andaban con chiquitas y antes de empezar el interrogatorio obligaron al Parásito a tomar veritaserum. El hechizo de confidencialidad aún bloqueaba la información más importante, pero al menos con la veritaserum no tenían que pasarse tres horas para que esos cabrones dieran sus nombres. Aquel tipo, Ahmed Konte, tenía cuarenta años y había llegado a Inglaterra unos días antes del final de la Cuarentena, como muchos otros Parásitos extranjeros. No era realmente de Senegal, sino de Malí, pero pertenecía a la etnia wolof, como los otros detenidos, y Draco sabía que en aquella parte de África, al menos entre magos, la etnia importaba muchas veces más que las nacionalidades impuestas por los muggles blancos de la época.

-¿Por qué trabajas para ella? –Silencio absoluto; el hechizo de confidencialidad le ayudaba a no contestar-. ¿Te gusta trabajar para ella?

-Me da lo mismo, es un trabajo.

-¿Matar niños es igual que trabajar en el ministerio o cultivar campos?

-No –dijo, sin la más mínima expresión. Ese era el inconveniente del veritaserum, no dejaba ver las emociones que latían en las respuestas.

-¿Qué puedes decirme de Elizabeth Grudge?

-No me gustan sus perros, aunque sean soninké.

Draco frunció las cejas, sorprendido. Los soninké no eran ninguna raza de perros, eran otra etnia africana, minoritaria en Senegal. Que él supiera no había tensiones entre ellos y los wolof. Draco le explicó todo eso a Harry, casi seguro de que era importante aunque no supieran por qué.

-¿Quiénes son los perros de Grudge? –le preguntó directamente a Konte

-Son komo. –Draco no reconoció la palabra en wolof y le preguntó cuál sería su significado más aproximado en francés-. Esclavos.

-¿Esclavos? -¿Había esclavos auténticos aún en Senegal? A Draco le sonaba vagamente algo sobre los soninké y la esclavitud, pero no estaba seguro-. ¿Cómo han terminado siendo esclavos de una mujer blanca?

-Fue su marido quien los esclavizó, ella los heredó cuando murió. El marido hizo una magia muy poderosa con esos soninké y se convirtió en el amo de sus voluntades y de sus almas.

Konte había dicho todo esto en francés y Harry lo había entendido casi todo, pero aun así Draco se lo repitió en inglés para que no se le escapara ningún detalle. Aquello era muy extraño y posiblemente, muy importante. Hasta el momento todo indicaba que Roderick Grudge había sido squib, eso parecía confirmado. ¿Habría usado una poción con esos soninké? Draco sabía de la existencia de varias pociones que podían tener los efectos de una Imperius, incluso los filtros de amor suponían una forma de manipulación mental.

-¿Recuerdas los informes de los aurores que fueron a capturar a Grudge a su casa? –dijo Harry-. Dicen que había allí cuatro o cinco magos de raza negra que lucharon como si no sintieran miedo de nada, como kamikazes.

Draco se dijo a sí mismo que ya investigaría lo que significaba esa palabra después.

-Podría ser su… ¿guardia personal?

Harry asintió.

-Eso estaba pensando. Roderick Grudge quizás era un squib, pero está claro que nunca perdió el contacto con el mundo mágico. Quizás quiso crearse una guardia personal para protegerse de magos con prejuicios de sangre o quizás quiso demostrar que un squib podía esclavizar a magos, una especie de gesto de venganza.

Tenía lógica... Draco se giró de nuevo hacia Konte, que aguardaba la siguiente pregunta con expresión ausente. Otra cosa que Draco había descubierto era que el hechizo de confidencialidad del prisionero no ocultaba la información sobre el marido de Elizabeth, al menos no hasta los extremos que ocultaba la de la propia Elizabeth.

-¿Cuántos esclavos creó Roderick Grudge?

-Ninguno.

Draco lo miró, descolocado por esa respuesta.

-¿Qué quieres decir?

-Ellos ya eran esclavos, son komo. Es lo que son.

La confusión se prolongó por un instante, pero luego Draco empezó a comprender lo que pasaba. Ya fuera literal o metafóricamente, aquellos soninké de los que hablaba Konte habían nacido esclavos. Quizás tenían un amo o quizás era el nombre de su casta, recuerdo de otros tiempos en los que la esclavitud era real.

-¿Cuántos komos convirtió Grudge en sus esclavos? –preguntó Draco.

-No lo sé, entre veinte y treinta. Los más pequeños debían de ser niños de cinco o seis años, son los perros que ahora tienen unos veinticinco años.

-¿Todo esto pasó hace veinte años?

-Más o menos, sí.

-¿Son todos soninké?

-Sí.

-¿De Senegal?

-No, también de Mali y de Mauritania.

Draco sintió deseos de pasarse las manos por el pelo, pero se controló porque era un gesto muy poco elegante. Una cosa sí tenía clara: necesitaban contarle todo aquello a los ministerios de magia de esos tres países. Aunque ese tipo de esclavitud mágica fuera un crimen relativamente habitual en el África subsahariana aquello no quería decir que las autoridades miraran hacia otro lado. Probablemente investigarían y con suerte, podrían encontrar algo que a ellos les fuera útil en su guerra contra los Parásitos.

-Así que la guardia personal de Grudge son de la etnia soninké y han sido esclavizados mágicamente –dijo Shacklebolt, cuando se lo contaron a él-. Los Parásitos wolof, sin embargo, se han unido a ella voluntariamente.

-Y entre esos wolof hay algunos muggles que han trabajado como mercenarios en varias guerras muggles africanas, aunque es posible que a día de hoy todos tengan ya magia robada –añadió Harry.

-Entendido… Hablaré con los tres ministerios en cuanto podamos contactar con ellos por Red Flú.

Siempre era útil conocer al enemigo y Draco se alegraba de haber ayudado a encontrar ese pequeño filón de información. Harry ya había dado órdenes para que en los días siguientes se volviera a interrogar a todos los prisioneros wolof de Azkaban y les preguntaran sobre el marido de Grudge. En lo que a la guerra se refería pocas veces habían podido llevar la iniciativa y a todos les había sentado bien. La única queja de Draco era que, lamentablemente, no podían ver a los Parásitos por un agujerito.


Medea se cruzó de brazos, apenas conteniendo su desprecio.

-Gran plan, desde luego.

Elizabeth apretó los labios, sin saber si estaba con quién estaba más enfadada: con esos magos asquerosos que habían echado a perder el plan de Musket, con el propio general por su fracaso, con Medea por la actitud hostil que estaba tomando ante los soldados.

-Habría sido un buen plan si vuestros hombres se hubieran asegurado de que el despacho estaba limpio –replicó Musket fríamente-. No era yo quien tenía que tener presente que los magos podrían haber tenido sensores en el despacho. ¿Cómo quieren que elabore planes efectivos cuando no me dan toda la información necesaria?

-Yo dejé claro que no era una buena idea.

-¿Secuestrar a ese ministro de magia del que hablan no era una buena idea?

-Ya basta –dijo Elizabeth, perdiendo la paciencia-. ¡Esto ha sido un error escandaloso y me da igual quién ha sido el responsable! ¡No puede volver a pasar!

Alguien llamó a la puerta de su despacho y entró sin esperar una respuesta. Sólo Anne haría algo así y Elizabeth no se sorprendió al verla. Elizabeth se dio cuenta de que ya no escondía la prótesis plateada que habían fabricado para ella, aunque sabía que Anne jamás le perdonaría al mocoso de los Malfoy lo que había hecho.

-Se os oye por toda la granja.

-Este maldito desastre… -dijo Elizabeth como explicación, casi escupiendo las palabras.

-Ha sido un fallo –accedió el general-, pero al menos sólo uno de los detenidos es ex militar. No creo que se imaginen que estamos reclutando soldados y ex soldados; aún conservamos un as en la manga.

-Olvidaros de estrategias y tonterías –dijo Anne-. Necesitamos más donantes. Eso es lo importante.

-Cavensham y su grupo todavía no han perfeccionado su hechizo –le recordó Medea.

-Y quizás puedan hacerlo o quizás no. Mientras esperamos no tenemos por qué quedarnos sentados mano sobre mano.

Elizabeth sabía que Anne tenía razón, pero no podía olvidar tan fácilmente su última derrota. Estaba harta de ver cómo sus planes se estropeaban en el último momento. Estaban ganando la guerra, cualquiera podía verlo, pero las victorias que conseguían arañar eran minúsculas. Y la pérdida de Tambourine había sido muy dura: no tenían ningún mecánico mágico tan habilidoso como él. Cuánto lamentaba haber usado su carta de Azkaban tan pronto. Tendría que haber esperado hasta que hubiera dentro alguien a quien realmente valiera la pena rescatar.

-Si les atacamos directamente, en menos de cinco minutos tendremos a medio mundo mágico encima –dijo Medea.

-Pues nos llevaremos a todos los que podamos en sólo tres minutos.


Los días en los que había actividad de los Parásitos siempre se hacían largos, incluso en el caso de una clara aunque pequeña victoria como aquella. Había que interrogar a los detenidos y también a los parientes que dichos detenidos, si eran británicos. Aurores, vigiles y expertos en Legeremancia iban y venían de un lado a otro. Draco había pasado horas ayudando con los interrogatorios y ya pasadas las ocho, Harry y Hermione fueron a buscarle para decirle que iban a ir a cenar al Caldero.

Mientras les acompañaba, Draco descubrió que la intención de Harry había sido conseguir algo para cenar en el propio ministerio y comérselo mientras seguía trabajando, y que Hermione se lo había quitado de la cabeza, convenciéndole de que les vendría bien cambiar un poco de aires durante un rato. Draco tuvo que darle la razón: cenar en el Caldero les relajaría más que hacerlo en el ministerio.

-¿Podremos cenar a estas horas?

-Sí, a Hannah no le importará prepararnos algo…

Había una docena de personas más en el pub y dos de ellas se acercaron a saludar a Harry y felicitarlo por las detenciones de aquel día. Otros le sonrieron desde sus mesas. A Draco le había preocupado en su momento que el mundo mágico le hubiera vuelto un poco la espalda a Harry a causa de su relación con él y le gustaba ver esas muestras de que no era así. No, la mayoría de la gente seguía adorándolo a pesar de todo.

-Felicidades a los tres, chicos –dijo Hannah, sonriente, acercándose a ellos-. Pero no me digáis que no habéis cenado aún…

-Culpables –contestó Harry-. ¿Qué tienes por ahí?

-Me queda pastel de carne. Y puedo freíros unos cuantos aros de cebolla.

-Perfecto.

Mientras esperaban a que les llegara la comida Harry, que había escrito dos docenas de informes y llevaba las manos bastante sucias de tinta, se fue al cuarto de baño a lavárselas y Draco se quedó charlando con Hermione, a quien le había indignado tremendamente saber que los Grudge habían esclavizado de por vida a tantos magos y no paraba de hacerle preguntas sobre Senegal y las distintas etnias de la zona que Draco no podía contestar.

Hannah no tardó demasiado en llevarles la cena, que a pesar de su sencillez plebeya tenía buena pinta. Harry aún no había vuelto y Draco decidió acercarse al baño y asegurarse de que todo iba bien. Por regla general respetaba mucho la intimidad de los cuartos de baño, pero estaban en guerra contra un enemigo que tendía a secuestrar a la gente en los momentos menos pensados, así que un poco de ligera paranoia estaba justificada. Lo peor que podía pasar era que Harry y él tuvieran un diálogo un poco embarazoso a través de la puerta de uno de los retretes.

Para ir a los baños había que entrar en una especie de pasillo lateral y cuando Draco estaba a punto de girar por ahí escuchó una voz desconocida de hombre que le hizo detenerse en seco.

-…lo mucho que le admiro, señor Potter, le aseguro que me encantaría poder conocerle mejor.

Draco entrecerró los ojos. Uno de esos desvergonzados admiradores de Harry que no se contentaba con admirar de lejos, ¿eh?

-Te lo agradezco, Caius, pero como imagino que sabrás, estoy saliendo con Draco Malfoy, así que voy a tener que rechazar tu oferta.

-Oh, vamos, señor Potter… Le aseguro que…

- Caius –dijo Harry, con algo más de severidad-. Creo que lo he dejado claro.

Draco ya no pudo aguantar más y dobló la esquina para verle la cara a ese personajillo. Los dos giraron la cabeza hacia él; el tal Caius resultó ser un veinteañero rubio, con un bigote en forma de hilillo bajo su nariz chata. La idea de que Harry pudiera querer tocar a una cosa tan ridícula resultaba casi hilarante.

-Sí, Caius. Creo que lo ha dejado claro. Así que ¿por qué no nos haces un favor a todos y te largas ya? Seguro que ya ha pasado tu hora de ir a dormir.

El idiota ese tuvo el buen juicio de ponerse rojo como un tomate y seguir su consejo. Draco lo vio salir, conteniendo el impulso de lanzarle algún conjuro humillante, sólo por principios. Después se giró hacia Harry, quien meneó la cabeza.

-Se me ha echado encima cuando salía del baño.

Draco no tenía intención alguna de sentir celos de alguien con ese bigote, así que se limitó a tenderle la mano a Harry.

-Espero que tus otros admiradores tengan algo más de clase –dijo, echando a andar hacia la mesa en la que la habían dejado a Hermione.

Harry dio un resoplido.

-Si yo te contara… -Le dirigió una mirada de reojo y una sonrisa-. Pero me alegra que te tomes bien esas cosas.

Draco hizo una mueca despectiva.

-Por favor… Como si nuestro amigo Caius pudiera preocuparme…

Harry meneó negativamente la cabeza.

-Ni él ni nadie, Draco. –Lo dijo sin ningún énfasis especial, como si fuera una verdad eterna y sabida, pero Draco tuvo que reprimir una sonrisa de oreja a oreja-. Y menos personas que sólo quieren estar conmigo porque se creen que soy como un héroe de película.

Habían llegado a la mesa y Hermione los observaba con curiosidad.

-No me digas que han intentado ligar contigo en el baño. –Mientras se sentaba, Harry hizo una mueca que era respuesta suficiente-. Oh, Señor… Son incansables.

-Es porque se van renovando –dijo Harry, empezando a comer-. Aunque los más críos podrían buscarse un ídolo de su edad, la verdad.

Era un tema tonto, pero bienvenido tras la tensión del día… y en previsión de la noche que les esperaba. Draco agradeció la oportunidad de comer algo caliente y de reírse con anécdotas sobre los admiradores más estrambóticos de Harry. Quizás la próxima vez que atacaran los Parásitos no tendrían tanta suerte.