Capítulo 10-Puedo ser fiel...no soy como el.
El sábado, Lana se despertó hacia las tres de la madrugada y no pudo volver a dormirse. Una semana antes, más o menos a aquella hora, ella estaba de pie, al lado de Jennifer Morrison, formulando sus votos matrimoniales. Se preguntó qué había jurado con exactitud. Seguro Jennifer había jurado hacerle la vida miserable hasta la muerte.
El aire del dormitorio estaba cargado. Apartó las sábanas, se puso unas viejas zapatillas Crocs amarillas y salió al balcón. Las hojas de las palmeras chasqueaban al son de la brisa y el suave gorgoteo de la cascada llegó hasta ella desde la piscina. La tarde anterior, Fred le había dejado otro mensaje en el móvil. Estaba preocupado por ella. Lana deseó que la dejara tranquila o poder odiarlo. Bueno, en realidad lo odiaba con frecuencia, aunque eso no le hacía sentirse mejor.
El tintineo de unos cubitos de hielo interrumpió sus pensamientos y una voz llegó hasta ella en la oscuridad.
—Si vas a saltar, espera hasta mañana. Estoy demasiado borracha para manejar un cadáver esta noche.
Jennifer estaba sentada junto a las vidrieras de su dormitorio, a la izquierda de donde estaba ella. Calzaba unas deportivas viejas y tenía los pies apoyados en la barandilla. Con una copa en la mano y una sombra en forma de hoz cruzándole la cara, era la viva imagen de una mujer planteándose cuál de los siete pecados capitales cometería a continuación.
Lana sabía que todos los dormitorios de la parte de atrás de la casa daban a aquel balcón, pero nunca antes había visto allí a Jen.
—No tengo por qué saltar —contestó—. Estoy en la cima del mundo. —Apoyó la mano en la barandilla—. ¿Por qué no estás durmiendo?
—Porque ésta es la primera oportunidad que he tenido en toda la semana de beber con tranquilidad.
Jennifer contempló el pijama de su esposa, que estaba a años luz de las camisolas vaporosas y los diminutos bodysque solían ponerse sus amigas para complacerla. De todos modos, a la rubia no pensaba desaprobar los cómodos pantaloncitos estampados con labios rosas y amarillos de estilo pop de Lana
Mientras contemplaba los bien trabajados hombros de Jennifer y la suave curvatura de su cintura, Lana tuvo la sensación de que faltaba algo, aunque no supo qué.
—¿Alguien te ha dicho que bebes demasiado?
—Me plantearé dejar la bebida cuando nos divorciemos. —Bebió otro sorbo—. ¿Qué hacías metiendo la nariz en mi despacho el miércoles por la mañana?
Ella ya se había preguntado cuánto tardaría Chaz en delatarla.
—Curiosear. ¿Tú qué crees?
—Quiero que me devuelvas la cámara de vídeo.
Lana deslizó el pulgar por una zona áspera de la barandilla.
—Te la devolveré. Ya le he encargado a Aaron que me compre una.
—¿Para qué?
—Para pasar el rato.
Jen dejó su copa en el suelo.
—Aparte de llevarte mis cosas, ¿qué más estabas haciendo allí?
Lana se preguntó hasta qué punto contarle la verdad y, al final, decidió soltársela sin tapujos.
—Tenía que averiguar si el espectáculo de reencuentro era verdad o producto de tu imaginación. Encontré el guión, pero la caja estaba cerrada a cal y canto. Aunque, de todas formas, tampoco lo habría leído.
La rubia se levantó de la silla y se le acercó con parsimonia.
—Deberías habérmelo pedido. La confianza es la base de un buen matrimonio, Lana. Me siento herida y traicionada.
—No es verdad. Y no pienso participar en un espectáculo de reencuentro. Nunca. Estoy harta de estar encasillada. Quiero papeles que me apasionen. Volver a representar a Regina sería la peor decisión profesional que podría tomar. Y tú odias a Emma, así que no sé por qué te empeñas en ese proyecto. Bueno, sí que lo sé, y siento que estés arruinada, pero yo no sabotearé mi carrera para ayudarte a solucionar tus problemas financieros.
Jennifer pasó junto a ella y asomó la cabeza en su dormitorio.
—Entonces supongo que eso es todo, ¿no?
—Por supuesto.
—Está bien.
Deslizó la mano por el marco de la puerta, como si examinara el estado de la madera, pero ella no se tragaba su fácil rendición.
—Lo digo en serio.
—Ya lo he captado. —Jennifer se volvió hacia ella—. Y yo que creía que intentabas husmear en mi vida amorosa…
—Estás casada conmigo, ¿recuerdas? Tú no tienes una vida amorosa que no sea yo.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Lana deseó no haberlas pronunciado. Acababa de abrir una puerta de diez metros de ancho para que Jennifer hurgara en el tema que ella más deseaba evitar.
—Me voy a la cama —dijo.
—No tan deprisa.
Jen le acarició el brazo antes de que ella entrara en el dormitorio, y fue entonces cuando Lana cayó en la cuenta del origen de la extraña sensación de que a Jen le faltaba algo.
—¡Tú ya no fumas!
—¿De dónde has sacado esa idea? —La soltó y fue a coger su copa.
Ella ya había notado antes que Jennifer olía a jabón y cítricos, pero hasta aquel preciso momento no había llegado a la conclusión lógica. Aunque sólo llevaban juntas siete días, ¿cómo podía haber pasado por alto algo tan obvio?
—Siempre hablas de los cigarrillos, pero no te he visto fumar ni uno.
—Claro que sí. —Jen se dejó caer en la silla—. Fumo continuamente. Justo antes de que salieras al balcón, acababa de terminarme uno.
—No, no es verdad. Ya no hueles a humo y en ninguno de los patéticos besos tuyos que he tenido que soportar he notado el sabor a tabaco. En la época de once upon a time, besarte era como lamer un cenicero me arrepentí de haber dejado de fumar yo para someterte a la misma tortura, pero ahora… Seguro que has dejado de fumar.
Morrison se encogió de hombros.
—Está bien, me has atrapado. He dejado de fumar, pero sólo porque lo de la bebida se me ha ido de las manos y no puedo manejar más de una adicción a la vez. —Se llevó la copa a los labios.
Al menos era consciente de su problema. Incluso por las mañanas, siempre llevaba una copa en la mano y la noche anterior había bebido vino durante la cena. Claro que ella también había bebido vino, pero ésa había sido la única bebida alcohólica que ella había tomado en todo el día. Al contrario de la rubia que era un barril sin fondo.
—¿Cuándo dejaste de fumar?
Jennifer murmuró algo que ella no logró descifrar.
—¿Qué?
—He dicho que hace dos años.
—¡dos años! —Eso la enfureció—. ¿Por qué no podías, simplemente, decir que habías dejado de fumar? ¿Por qué tienes que andar siempre con esos jueguecitos mentales rubia del demonio?
—Porque me gustan.
Lana la conocía y no la conocía, y se sentía agotada de tener que estar siempre en guardia.
—Estoy cansada. Ya hablaremos por la mañana.
—¿Eres consciente de que no podemos seguir así durante mucho tiempo?
Ella simuló que no le había entendido.
—Ninguna de las dos ha matado a la otra todavía, ¿no? Yo diría que lo estamos haciendo bastante bien.
—Ahora eres tú quien está jugando. —Los cubitos de su bebida tintinearon cuando la dejó en el suelo y se levantó de la silla—. Tienes que admitir que he sido paciente.
—Sólo llevamos casadas una semana.
—Exacto. Toda una semana sin sexo.
—Eres una enferma.
Lana se volvió hacia el dormitorio, pero Jen la detuvo otra vez.
—No lo digo para alardear, sólo quiero que lo sepas. No espero tener sexo durante una primera cita, aunque en general suela ocurrir así siempre caen todas. Como máximo, en la segunda.
—Fascinante. Por desgracia para ti, yo creo en establecer primero una relación. Además, el matrimonio se fundamenta en el compromiso y yo estoy dispuesta a comprometerme.
—¿Qué tipo de compromiso?
Lana fingió reflexionar.
—Tendré sexo contigo… después de nuestra cuarta cita.
—¿Y cómo defines exactamente la palabra «cita»?
La morena sacudió la mano con ligereza.
—¡Bueno, lo sabré en cuanto lo vea!
—Seguro que sí. —Jennifer deslizó el dedo pulgar por su brazo desnudo—. Sinceramente, no estoy muy preocupada. Las dos sabemos que no tardarás mucho en ceder.
—¿Por tu impresionante atractivo sexual con las mujeres?
—Pues sí, pero también porque, seamos sinceras, tú estás a punto.
—¿Eso crees?
—Querida, eres un orgasmo esperando ocurrir.
Lana sintió un hormigueo en la piel.
—¿De verdad?
—Llevas divorciada un año, y el Perdedores medio marica, así que no me convencerás de que fuera gran cosa como amante.
Ella, de una forma predecible y patética, salió en defensa de Fred.
—Pues era un gran amante. Amable y considerado.
—¡Qué aburrimiento!
—¡Cómo no, tenías que decir algo sarcástico!
—Por suerte para ti, yo no soy amable ni considerada. —Deslizó el dedo por la parte interior del codo de Lana mientras la miraba fijamente a los ojos—. A mí me gusta el sexo duro y sucio. ¿O acaso la idea de tener sexo con una mujer experimentada asusta a nuestra pequeña Regina?
Lana se apartó de Jennifer.
—¿Qué mujer experimentada? Yo lo único que veo aquí es a una chiquilla con un cuerpo grande.
—¡Deja ya de joder, Lana! He renunciado a muchas cosas por ti, pero no pienso renunciar al sexo.
Ella hacía tiempo que sabía que sólo podría evitar esta cuestión durante cierto tiempo. Si no le daba a Jennifer lo que quería, la rubia no sentiría el menor remordimiento en buscar a alguien que se lo diera que según sabia había varias haciendo cola. Lana odiaba sentirse atrapada.
—¡Deja tú de joder! —replicó—. Las dos sabemos que la probabilidad de que seas fiel es menor que el saldo de tu cuenta.
—Yo no soy Fred Di Blasio.
—Desde luego, pero Fred sólo me engañó con una mujer, mientras que tú lo harías con miles. —Dirigió su dedo índice a las facciones casi infantiles de Jennifer—. Ya me han humillado públicamente una vez y, llámame susceptible, pero no quiero que vuelva a ocurrirme.
—Yo puedo serle fiel a una mujer durante seis meses —Jennifer deslizó la mirada a sus pechos—si es lo bastante buena en la cama para mantener mi interés.
La estaba provocando de una forma deliberada, pero aquellas palabras le hirieron de tal forma que su respuesta sarcástica no sonó nada sarcástica:
—Entonces, es obvio que tenemos un problema.
Morrison frunció el ceño.
—¡Eh, que yo soy La única que puede humillarte! Si lo haces tú misma, entonces no tiene ninguna gracia.
Lana odió que ella hubiera vislumbrado, incluso durante un breve instante, su baja autoestima.
—Me aseguraré de que no vuelva a ocurrir —dijo.
Jennifer parecía enojada.
—No puedo creer que permitas que aquel imbécil, estúpido y perdedor te hundiera de esta manera. El problema es suyo, no tuyo.
—Ya lo sé.
—No creo que lo sepas. su matrimonio se derrumbó por culpa de su carácter, no del tuyo. Los tipos como Fred siempre andan detrás de la mujer que consideran más fuerte, y el Perdedorha decidido que en este momento ésa es Jade.
Lana perdió el control.
—¡Claro que es Jade! ¡Ella lo tiene todo! Es guapa, una gran actriz, y en cuanto a generosidad, ella no se queda en las simples palabras. Jade está por ahí salvando vidas. Gracias a ella, ahora mismo muchas niñas asiáticas están asistiendo a la escuela en vez de verse obligadas a vender sus cuerpos a los pervertidos sexuales. Es probable que, cualquier día de estos, a Jade le concedan el Nobel de la Paz. Además, se lo merecerá. Resulta algo difícil competir con ella.
—Estoy seguro de que Fred está empezando a darse cuenta de ese hecho.
Todas las emociones que ella había intentado controlar salieron a la superficie.
—¡Yo también me preocupo por los demás!
Jennifer parpadeó un par de veces confundida.
—Sí, claro.
—¡Claro que me preocupo! Sé que hay sufrimiento en el mundo, lo sé y haré algo al respecto. —Lana se dijo a sí misma que se callara, pero las palabras seguían brotando de su boca—. Iré a Africa. En cuanto pueda organizarlo. Conseguiré suministros médicos, víveres y los llevaré a Africa.
Jennifer inclinó la cabeza a un lado. Se produjo una larga pausa y, cuando por fin habló, se mostró inusualmente amable.
—¿No crees que eso es un poco… frío? ¿Utilizar la desgracia de ciertas personas como ardid publicitario?
Lana hundió la cara en las manos. Su esposa tenía razón y ella se aborreció a sí misma.
—¡Oh, Dios mío, qué horrible soy!
Jennifer la tomo por los hombros y la giró hacia ella.
—Por fin me caso, y lo hago con la mujer más loca de Los Ángeles.
Lana se sentía avergonzada y no confió en la compasión que ella le mostraba.
—Siempre has tenido un gusto espantoso en cuanto a mujeres.
— Reconozco que mis gustos son muy superficiales. —Le levantó la barbilla con el dedo—. Aunque comprendo y simpatizo con tu vergonzosa crisis nerviosa, volvamos a las cuestiones más apremiantes.
—No.
—Mientras lleves mi anillo falso, te prometo que no te engañaré.
—Tus promesas no tienen valor. En cuanto hayas superado el reto, acecharás a una nueva presa. Y las dos lo sabemos.
—Estás equivocada. Vamos, Lana, afloja. Ya no aguanto, estoy muy caliente.
—Necesito más tiempo para adaptarme a la idea de convertirme en tu puta.
—Permite que te ayude a acelerar el proceso —repuso Jennifer, y de pronto la besó en la boca.
Aquel beso era real, sin fotógrafos al acecho ni directores preparados para gritar «¡Corten!». Lana se dispuso a apartarse, pero entonces se dio cuenta de que no sentía la necesidad de hacerlo. Se trataba de su compañera de reparto, Jennifer Morrison. Ella sabía lo golfa que era, lo poco que significaban sus besos, y eso mantenía sus expectativas bajas y cómodas.
Jen le introdujo la lengua en una sensual exploración, lana solto un gemido que se perdió en la boca de la rubia quien no le daba tregua. Había aprendido a dar unos besos increíbles y ella echaba de menos la intimidad con alguien más de lo que estaba dispuesto a admitir. Lana le rodeó los hombros con los brazos. La rubia sabía a noches oscuras y vientos peligrosos, a traición de juventud y abandono cruel. Pero como la conocía tan bien y estaba empezando a confiar en sí misma, no se sintió emocionalmente en peligro. Jennifer quería utilizarla. Pues bien, ella también la utilizaría. Sólo durante unos instantes. El tiempo que durara aquel beso.
Jen le apoyó una mano en la parte baja de la espalda para unir sus caderas. Sus cuerpos estaban juntos y lana pudo sentir los pezones endurecidos de su esposa y ella iba a decirle que no, y ese poder le dio la libertad de permitirse disfrutar del momento.
Jennifer curvó la mano sobre su trasero y le dio una fuerte mordida a sus labios, cosa que hizo que se excitara mas. ¡Si al menos aquella mujer que olía tan bien, le hacía sentirse tan bien y besaba tan bien no fuera Jennifer Morrison!
La noche y la tenue luz del dormitorio de Lana transformaron los ojos verdes de su esposa en un manto grisáceo.
—¡Te deseo tanto! —murmuró Jennifer.—ya no puedo aguantar mas, te necesito encima de mi—
Un escalofrío oscuro y erótico recorrió el cuerpo de Lana quien comenzó a empujar levemente a la rubia hacia el colchón, pero se vieron interrumpidas por una explosión de luz blanca y azul.
Jen levantó la cabeza de golpe.
—¡Mierda!
Lana tardó unos instantes en reaccionar. Cuando procesó el hecho de que la repentina luz procedía del flashde una cámara, Jennifer ya había entrado en acción. Pasó las piernas por encima de la barandilla del balcón y saltó al techo del porche de la planta baja. Ella dio un respingo y se inclinó por encima de la barandilla.
—¡Para! Pero ¿qué haces?
La rubia no le hizo caso y avanzó como pudo por el tejado, como james bond o su doble habían hecho docenas de veces en otras tantas películas. El fogonazo del flashhabía surgido de un árbol de gran tamaño que alcanzaba el jardín por encima del muro medianero.
—¡Te vas a romper el cuello y quedare viuda! —gritó Lana.
Jennifer se deslizó por el borde del tejado del porche quedando suspendida, durante un instante, de los dedos de las manos y, a continuación, se dejó caer al suelo.
Las luces de seguridad de la parte posterior de la casa se encendieron. Jen se puso de pie, atravesó el jardín a todo correr y desapareció detrás de unas cañas de bambú.
Segundos después, su cabeza y sus hombros aparecieron mientras escalaba el alto muro de piedra que separaba su propiedad de la de su vecino.
¡Menuda estupidez! Lana bajó las escaleras a toda velocidad y salió corriendo al jardín, que estaba iluminado como si fuera mediodía. La idea de que un instante tan íntimo fuera expuesto al mundo le producía náuseas. Corrió por el sendero hasta el muro mientras sus Crocs le raspaban los talones. El muro se elevaba más de medio metro por encima de su cabeza, pero encontró puntos de apoyo en las piedras y empezó a escalarlo. Un borde afilado le hizo un rasguño en la espinilla. Al final, subió lo suficiente para apoyar los brazos en el borde y ver lo que ocurría al otro lado.
El jardín del vecino era más grande y despejado que el de Jennifer.
Tenía los arbustos bien podados, una piscina rectangular y una pista de tenis. Las luces de seguridad de aquel jardín también se habían encendido, y Lana vio a Jennifer corriendo por el césped, persiguiendo a un hombre que sujetaba algo que sólo podía ser una cámara fotográfica. Seguramente, había subido al árbol para fotografiarlas con una película de alta velocidad y el flashdebía haberse dispararado por accidente.
¿Cuántas fotografías debía de haber tomado antes de delatarse a sí mismo?
El paparazzile llevaba mucha ventaja, pero La rubia era terca y no se rendía. Saltó por encima de una hilera de arbustos. El fotógrafo llegó a un espacio abierto cubierto de césped. Era bajo y enjuto y Lana no lo reconoció. Entonces desapareció detrás de una caseta.
Una mujer salió de la casa principal. Gracias a las luces del jardín, Lana vio que tenía el pelo largo y claro e iba vestida con un camisón de seda melocotón. La mujer bajó a toda prisa los escalones de contorno semicircular que conducían al jardín, lo que no parecía el acto más inteligente con un intruso merodeando por allí. Cuando entró en un círculo de luz, Lana se dio cuenta de dos cosas a la vez.
La mujer era Rory Keene… y llevaba un arma.
Continuara...
