Capítulo 8
Las manos de Isabella temblaron mientras las alargaba para coger un jarrón de un armario que había por encima de su cabeza, mientras abría el grifo para llenarlo y mientras metía la rosa por la estrecha abertura, cogiendo la flor en una mano y usando la otra para guiar el tallo.
Había temblado mientras se duchaba y mientras se vestía, renunciando a su bata de felpa para ponerse un pijama de satén. Necesitaba ropa a su alrededor, protegién dola. Quería estar tapada en aquel momento, quería olvidarse de su cuerpo y de la forma en que él la había tocado, la forma en que la había hecho sentir.
Había pensado en tirar la rosa a la basura. Después de todo, ya estaba algo más que un poco arrugada y el gesto de dársela quedaba totalmente anulado por la forma en que la había abandonado. Y, sin embargo, al ser la rosa de su fantasía, no había podido deshacerse de ella. Si lo hiciera, podría convencerse a sí misma, de alguna manera, de que nunca había existido, de que se había imaginado el hecho de que se la hubiera llevado; una rosa de color rosa pálido. Tras negar con la cabeza, asombrada, llevó el jarrón a la repisa de la chimenea, haciéndole hueco entre una vela y un sujetalibros de metal con forma de gato.
Sin estar demasiado segura de cómo reanudar su vida normal en aquel momento, retrocedió, con los ojos todavía puestos en la flor, hasta que se dejó caer en el sofá de cuero que hacía juego con la silla en la que acababan de hacerlo. Le echó un vistazo a la silla, casi sin creérselo. Y, verdaderamente, podría nohaberlo creído si no tuviera la rosa como prueba. Podría haberse convencido a sí misma de que todo era un sueño caliente y salvaje. Una fantasía como las de su diario.
Dejando escapar un suspiro desolado, pensó: «¿Qué iba a hacer esta noche?». Ah, sí, acurrucarse con la gata y un libro. Pero ya no tenía esperanzas de concentrarse en un libro y la gata había desertado; no había visto a Izzy desde que Edward había aparecido. Bueno, parecía que no era posible continuar como si nada, hacer como si nada hubiera pasado. Por fin había dejado de temblar, pero le dolía el pecho con una intensidad abrasadora que conocía bien del pasado; corazón roto. Cerró los ojos, pero no fue suficiente para impedir que una lágrima cayera por su mejilla.
Una cosa era comprender que acostarse con él sería un error terrible, porque su corazón se vería implicado, porque iba a sentir esa horrible atracción emocional que había temido la noche anterior y porque había sabido, por los ojos de Edward, que no habían compartido nada más que sexo. Pero nunca se le había ocurrido, ni siquiera una vez, que se marcharía sin más, que ni siquiera la abrazaría durante un ratito, que ni siquiera hablarían después.
—Pero, ¿qué demonios esperabas? —musitó en voz alta, enfadada por su actitud dulce como el azúcar.Aparte de Monet y las rosas, ya sabía el tipo de hombre que era, sabía que no tenía que esperar la ternura y la intimidad que ansiaba; por eso lo había parado la noche anterior en la playa. Pero en ese momento había canjeado aquella ternura por sexo, por el acto, por un orgasmo, por la sensación de tenerlo dentro de ella. Claramente, había olvidado cuánto dolía cuando compartías eso, se acababa y el hombre se iba.
Edward dejó el Jeep en el camino de entrada y subió las escaleras hasta su casa rápidamente. No había querido dejarla exactamente, pero algo en su interior lo había obligado a hacerlo. Tenía un plan, un plan para demostrar que era merecedor de ella, pero nunca se molestó en buscar un final para el plan. Y, cuando aquella parte llegó, había sido incapaz de olvidar que todavía no era lo suficientemente bueno para ella, al menos en la mente de ella. Para ella, él era sólo un pintor de casas, un don nadie, y él concretamente no sería lo suficientemente bueno para ella si supiera quién era realmente. Así que, mientras ella estaba de pie, mirándolo, con los ojos tan cálidos y aterciopelados como el cielo de la noche, había notado cómo el viejo amargado que llevaba dentro se apoderaba de él, y se había marchado.
Tras entrar en el pequeño piso, no se molestó en encender ninguna luz. Simplemente fue al segundo dormitorio, que estaba vacío (la habitación que pensaba convertir en una oficina, si alguna vez se ponía a ello), y miró fijamente por las ventanas que se inclinaban alrededor de una pared para mirar al oscuro océano. Las mismas ventanas alineaban la pared de su propio dormitorio, pero a veces iba a aquella habitación buscando soledad. Le gustaba lo inhóspito de ella, la austeridad de las paredes desnudas y el suave y desnudo parqué bajo sus pies. Allí, las vistas eran lo único que importaba; daba la sensación de que, si salieras por la ventana, podrías caminar por el agua y seguir para siempre. Era un lienzo en movimiento, viviente, un Monet llevado a la vida.
Se pasó una mano por el pelo, con cada músculo en tensión. La pregunta volvió a retumbar en su interior. ¿Por qué narices se había marchado?
Y, entonces, notó cómo una respuesta horrible lo corroía.
¿Lo había hecho para herirla? ¿De la misma forma en que ella lo había herido al decir «nadie»?
Tal vez por eso no había parado de decirle que no hablara. La emoción que desbordaba su dulce voz lo había hecho parecer... más real, lahabía hecho parecer más real, no sólo la hermosa hija del hombre que había arruinado a su familia. De repente, no había querido oírla decir su nombre, no había querido permitirse creer ni por un segundo que era algo más para ella que un don nadie. Mientras siguiera siendo un don nadie para Isabella Swan, sus sentimientos no tenían que preocuparle. Pero, si eso cambiaba, si no seguía creyendo eso... las cosas se complicaban muchísimo más de lo que ya lo estaban.
Porque otra pregunta perduraba en su mente y no podía bloquearla. Si había querido herirla, ¿era sólo porque ella había dicho que no era «nadie»? ¿O era también por sus padres, por el pasado? Lo que había pasado entre sus familias no era culpa de ella, pero, ¿había querido, por alguna razón, herirla porque los Swan habían herido a los Cullen?
Apretó los puños con frustración y deseó poder ver más que un rayo de luz de vez en cuando cruzando el agua; quería algo que lo distrajera de aquella confusión, algo que lo relajara. ¿Cuál era el problema, de todas formas? ¿Por qué estaba tan jodidamente tenso? ¿Qué más había querido, aparte de seducirla?
Había obtenido lo que ansiaba desde el momento en que se conocieron, y había sido espectacular. Deseaba que hubiera durado más, pero, cuando ella había llegado al orgasmo, cuando él había visto ese dulce éxtasis bañar su cara, apoderarse de su cuerpo, lo había llevado demasiado lejos. Y, cuando ella había susurrado en su oído que quería hacer que él también llegara... lo había conseguido.
Aun así, aunque le hubiera dicho la noche anterior que quería sexo con sentido, no lo habría querido con él,no si supiera quién era. Además, ¿se esperaba de él que creyera que ella quería una relación larga y estable con un pintor de casas? No, no iba a suceder. Ni en un millón de años. Maldita sea, había tenido todos los motivos para irse, todos los motivos para tomarlo como lo que realmente era: sexo ocasional.
Dejó escapar un largo suspiro. «Ah, mierda».
Quizás quería sentirlo más como una especie de venganza, más como «tú me hieres, yo te lo devuelvo», pero no le satisfacía de esa forma. ¿Por qué cada cosa que hacía con aquella mujer lo dejaba lleno de remordimiento?
En un impulso, fue al armario de la habitación vacía, abrió la puerta corrediza y estiró de una cadena que iluminó el interior. Allí guardaba pintura de sobras, botes de colores sueltos que se habían abierto para un trabajo, pero no se habían usado todos.
Sus ojos se desviaron hacia un pequeño contenedor de rosa espuma de mar (uno de los preferidos en Florida, el mismo color con el que estaba pintando la casa de Isabella) y, debajo, un bote más grande de caramelo tostado. Eran los tipos equivocados de pintura, pero probablemente podía hacer que funcionaran.
Tras dejar la habitación, se dirigió al armario de su dormitorio, encendiendo luces por el camino. Alargando la mano para llegar al estante más alto, empujó anuarios del instituto y una caja de pinturas viejas para encontrar un juego antiguo de pinceles que su madre le había regalado cuando cumplió once años. En aquel momento, había actuado como si fuera un regalo aburrido (todos sus amigos estaban allí para la tarta y el helado, y tenía una reputación que mantener), pero, en secreto, le habían gustado y los había usado. Sin embargo, los malditos ahora eran muy viejos, quizás se desintegraran en cuando los tocara.
No obstante, sabiendo que pasarían horas antes de que se sintiera lo suficientemente cansado como para dormir, y aún desesperado por algún tipo de distracción de lo que le había hecho a Isabella, abrió el estuche y volvió a la habitación vacía.
Todavía no eran las cinco de la mañana del lunes cuando el teléfono sonó, despertando a Edward de su sueño. Sacó una mano bruscamente de debajo de la almohada y buscó el inalámbrico.
-¿Sí?
—Edwardy, soy yo. —Rosalie.
—¿Qué demonios...?
—Estamos en el hospital.
El pánico lo invadió.
—¿Está bien Jazzy?
—Jazzy está perfectamente —dijo ella, y una capa de alivio lo cubrió, incluso mientras añadía—: Es papá. Tenía algún tipo de ataque, le costaba respirar. Ahora lo están mirando. ¿Puedes venir?
Joder.
—¿Qué hospital?
—Morgan Plant. Estamos en urgencias.
Veinte minutos después, entró en la sala de urgencias sintiéndose como una mierda. Jazzy corrió a saludarlo. Llevaba un pantalón de pijama de algodón y una camiseta desteñida de los Bucaneros de Tampa Bay, y tenía los ojos rojos y las mejillas sucias por las lágrimas. Edward le dio un abrazo.
—Se pondrá bien, Jazzy. No te preocupes, ¿de acuerdo?
Jazzy asintió con valentía y Edward se volvió a sentir admirado de lo mucho que su hermano confiaba en su palabra, incluso en un momento como aquél, cuando él no tenía ni idea de si su padre iba a estar bien.
Rosalie se levantó de una silla de la sala de espera.
—Acaban de pasar los médicos. —Sonaba preocupada—. Dicen que es insuficiencia cardiaca.
Él parpadeó; había dado por hecho que el viejo se lo estaba imaginando.
—¿Insuficiencia cardiaca? —Todavía rodeaba el hombro de Jazzy con el brazo.
—Dicen que se le está acumulando sangre en las vías de los pulmones al corazón y que está congestionándole los pulmones. Pero puede que no sea tan malo como suena; dicen que normalmente se puede controlar con fármacos.
Él asintió, algo estupefacto ante lo que había esperado que fuera una falsa alarma.
—También creen que podría ser un síntoma de otra cosa. Cardio... miopatía, creo.
Dejó escapar un suspiro y abrió más los ojos.
—¿Y qué narices es eso?
—Tiene que ver con la falta de nutrición —explicó y, después, bajó la voz—. En el caso de papá, creen que podría ser un resultado del alcohol.
—Ah —dijo, ladeando la cabeza. Por un minuto, casi había empezado a sentir pena por el viejo, pero aquello cambiaba las cosas, en cierto modo. El alcoholismo de su padre les había costado a todos más de lo que Edward podría calcular jamás; ahora probablemente también le costaría a su padre lo que le quedaba de salud. No le sorprendía, en realidad llevaba años esperando aquello; solamente esperaba que fuera el hígado, no el corazón. Pero intentó no ser demasiado cínico o, al menos, no dejarlo ver, por Jazzy y Rosalie.
Una hora más tarde, habló con los médicos, que volvieron a explicar todo lo que Rosalie le había dicho, pero de forma más detallada. Sin embargo, todo lo que escuchó en realidad fue que a partir de ese momento su padre iba a tener facturas médicas de las que preocuparse. El modesto sueldo que ganaba en la tienda de cebos en la que trabajaba a tiempo parcial no iba a reducirlas, como tampoco el miserable seguro que proporcionaba el empleo. Y tendría médicos, citas y medicinas, y ocuparse de todo aquello iba a recaer, en su mayor parte, en Rosalie. Edward tenía que dirigir una empresa, una empresa que los mantenía a todos y, como Rosalie no trabajaba para estar con Jazzy, tenía más tiempo para encargarse de tareas tan desagradables.
Cuando los médicos se fueron, tras decir que su padre tendría que pasar la noche en observación para hacerle algunas pruebas, además de estabilizarlo y comenzar la medicación, Edward se giró hacia su hermana y habló suavemente.
—Intentaré ayudar un poco más de lo habitual, Rose.
Pero ella se limitó a negar con la cabeza.
—Ayudas más que suficiente, Edward, de diferentes formas.
Se refería a dinero. Y a cuidar de la casa. Él suspiró y asintió ligeramente.
—¿Estaréis bien si no me quedo?
—Sí. Vete. Sé que tienes trabajo por hacer.
—Muy bien —dijo y, después, miró a Jazzy—. Tengo que irme, colega. Pero, escucha, ¿qué te parece si hoy acabo pronto de trabajar, vamos al puerto deportivo y vemos cómo traen el pescado? Después iremos a por una pizza a Post Corner.
Los ojos de Jazzy se encendieron. Le encantaba observar las barcas que salían durante el día volviendo con la pesca. Y Post Corner Pizza era uno de sus sitios favoritos desde que eran niños.
—¡Genial!
—Todavía nos quedaremos un rato —dijo Rosalie—, pero me aseguraré de estar en casa esta tarde.
Mientras Edward se dirigía hacia la puerta, ella lo cogió por la muñeca.
—¿Qué? Tengo que irme pitando si quiero llevar a Jazzy a tiempo para que vea el pescado.
Ella se puso de puntillas y le plantó un pequeño beso en la mejilla. A veces lo hacía, se volvía toda bondadosa con él, pero él sólo ponía los ojos en blanco. No le gustaba el melodrama.
—Y eso, ¿por qué?
—Sólo para que sepas que no siempre eres un mal tío.
Volvió a poner los ojos en blanco y dijo:
—Caramba, gracias. —Pero le daba la impresión de que su expresión mostraba algo más dulce de lo que pretendía—. Tengo que irme —le dijo, y se dirigió hacia la puerta.
Como había decidido que sería un día corto, tenía que ir a casa y cambiarse, ir a casa de Isabella y pintar todo lo posible. Mientras conducía, pensaba en lo que acababa de pasar; otro pequeño desastre en sus vidas, otro pequeño tornado que los azotaba y aún estaba por ver si derribaba algo.
«Maldito Charlie Swan», pensó, dejando que una rabia conocida se formara en su interior mientras se dirigía a su piso. Sin el engaño de Charlie, su padre nunca se habría convertido en el alcohólico inútil que era hoy en día. Su padre no tendría cardiomiopatía ni insuficiencia cardiaca. Jazzy tendría una vida normal y Rosalie habría ido a la universidad, y todos habrían vivido más como lo hacía Isabella.
Mierda. No había pretendido volver a enfadarse por aquello. Pero olvidarlo entonces era imposible. Para cuando estuvo de nuevo en la furgoneta de camino a Bayview Drive, apretaba los dientes con frustración por toda su maldita vida y por el hombre que había hecho que diera un giro.
Edward estaba teniendo un día terrible. Por supuesto, era lógico, teniendo en cuenta la forma en que había empezado, pero nada había ido bien tampoco desde que había llega do a casa de Isabella. Para empezar, había derramado medio bote de concha crudo en la parte trasera de su furgoneta, lo que, aparte de malgastar pintura, había causado un lío infernal. Había recogido todo lo que había podido con una tela protectora, pero tendría que hacer un trabajo mejor más tarde. Después, había tropezado con su maldita escalera y casi se rompe el tobillo. Más tarde, la primera vez que quiso beber agua se dio cuenta de que no había llevado nada porque su viaje al hospital le había estropeado su rutina normal de por la mañana; pero no quería pedírsela a Isabella.
De hecho, esperaba que no estuviera en casa, ya que no sabía cómo actuar con ella. Era sumamente consciente de que la última vez que la había visto, ella había estado maravillosamente desnuda y encima de él, y el recuerdo había despertado algo en su interior; pero había sido sólo sexo, ¿verdad? Además, la cosa con su padre aquella mañana y el haberse vuelto a enfadar con el padre de ella lo tenían en un estado de ánimo que no era muy propicio como para ser especialmente amable con nadie en aquel momento. Sólo esperaba poder convencerse de que debía estar de mejor humor para cuando recogiera a Jazzy aquella tarde.
Sin embargo, para cuando fueron las once, con el sol del verano de Florida brillando, necesitaba beber. Y podía ir corriendo al 7-Eleven, pero no quería perder tiempo, ya que se iba a ir temprano. Podía recurrir a usar la casa exterior, pero beber agua no purificada en aquella zona era como beber arena. Había alcanzado a ver brevemente a Isabella a través de las ventanas más bajas aquel día, y daba la casualidad de que sabía que estaba en la cocina en aquel momento, así que, al final, pensó: «Qué narices, le pediré un vaso de agua helada. E intentaré controlar mi humor. No aludiré al viernes por la noche y, con un poco de suerte, ella tampoco lo hará». De cualquier forma, se dio cuenta de que tenía curiosidad por descubrir cómo reaccionaba al verlo. Sabía, por supuesto, que probablemente se había sentido herida cuando se marchó; suponía que aquello era lo que había pretendido, por más estúpido que hubiera sido. Pero no pensaba que ella quisiera hablar de ello.
Después de bajar por la escalera, llamó a la misma puerta trasera por la que la había llevado la otra noche, la misma puerta por la que había entrado sin que ella lo supiera en varias ocasiones. Cuando ella abrió, pareció asombrada, aunque él no sabía a quién más podía haber esperado en su puerta trasera.
—Hola —dijo ella en voz baja. No llegó a sonreír. No llegó a fruncir el ceño. Sonaba tensa.
—Hola. —Cambió el peso de un pie al otro, un poco desconcertado por lo guapa que era. No haberla visto en unos días había atenuado su recuerdo—. Oye, me he olvidado el refrigerador y hace un calor horrible ahí fuera. ¿Puedes darme un vaso de agua?
Ella asintió en silencio y caminó, descalza, por la zona del desayuno hasta la cocina. Edward la siguió, advirtiendo los shorts vaqueros que resaltaban sus piernas bronceadas y la ajustada camiseta que le abrazaba los pechos y le recordó lo magníficos que eran con nada abrazándolos excepto sus manos.
Llenó un vaso de agua helada y se lo pasó por encima de la encimera.
—Voy a estar trabajando arriba, así que dejaré la puerta de atrás sin cerrar. Si quieres más, puedes servirte tú mismo.
—De acuerdo. Gracias.
Entonces, permanecieron mirándose el uno al otro, como un flashback de todas las veces que se habían mirado a los ojos, hasta que unos alfileres de deseo comenzaron a hormiguear por la columna vertebral de Edward. Mierda.
No quería aquello, no quería seguir deseándola. Pero, ¿había pensado de verdad que una vez sería suficiente?
¿Había pensado que sofocaría el calor que crecía en su interior cada vez que estaba cerca de ella?
Quizás lo pensara. Quizás se había convencido a sí mismo de que el calor era sólo seducción, alguna forma de conquistarla, pero, como había comenzado a entender en la playa, había más que eso. Una parte de él pensó en alargar la mano hacia ella, tomarla allí mismo, en la encimera de la cocina. Pero otra parte de él pensó en Charlie. Y en el palacio de la princesa. Y en todas las razones por las que estaba enfadado aquel día. En cierto modo, verla había calmado aquello, haciendo hueco al deseo, pero, por otro lado, lo había agitado, lo hacía sentir volátil, peligroso.
—¿Cómo... va la pintura? —ella cometió el error de preguntar, en el incómodo silencio.
—Fatal, la verdad. No sé quién plantó esos árboles tan cerca de la casa —señaló por encima del hombro al extremo oeste—, pero no sé cómo demonios voy a pintar ahí. —De hecho, era la cosa más reciente que le había cabreado y sabía que progresaría poco alrededor de los árboles antes de que fuera hora de recoger a Jazzy.
Ella tragó saliva, parecía nerviosa, pero su respuesta sonó más fuerte de lo que él podría haber esperado.
—Mira, viste el sitio antes de aceptar el trabajo. Sé que hubo un malentendido con el muro, pero esos árboles estaban ahí cuando le diste a Sue tu presupuesto.
Maldita sea, se la estaba devolviendo. Y no tenía una respuesta inteligente, ya que ella tenía razón. Se acabó el vaso de agua y lo dejó sobre la encimera.
—Lo siento —murmuró.
Justo entonces, algo le hizo cosquillas en los tobillos y echó un vistazo hacia abajo para ver la esponjosa gata blanca de Isabella restregándose contra él. Se movió para huir del maldito bicho, pero lo siguió, trazando un camino alrededor de una pierna.
—Para ya, gata.
—Sólo está siendo cariñosa.
—Es un incordio.
Pareciendo más enfadada aún por el insulto a la gata que por sus quejas de los árboles, se inclinó para recoger a la bola blanca de pelo en sus brazos.
—Ten cuidado, Izzy —dijo, mientras lo miraba con furia—. Puede que el hombre malo te dé una patada.
—Oye —dijo, totalmente indignado para entonces—, simplemente no me gustan los gatos. Y no necesito que uno se me cuelgue de todas partes.
—Bueno, entonces tal vez deberías buscar agua en otra parte, ya que la gata vive aquí y tú no.
—Perfecto, joder—replicó. Harto de todo, se giró y se fue airado hacia la puerta trasera.
—¿Por qué me odias tanto?
Las palabras lo atravesaron y lo dejaron clavado en el sitio. Asombrado, se giró lentamente para mirarla.
—¿Qué?
—Ya me has oído. —Esta vez habló con voz más baja, aunque sus ojos lo apuñalaban—. ¿Por qué me odias?
Podía haberle dicho cualquier cosa, podía haberle dicho que tenía un día horrible, pero que no era nada personal. Sin embargo, suponía que ella tenía toda la razón al preguntar, y que él no tenía ninguna razón auténtica para seguir ocultando la verdad.
—No te odio a ti. Odio a tu padre.
Ladeó la cabeza, claramente estupefacta.
—¿A mi padre? ¿Por qué?
Él respiró hondo e intentó pensar por dónde debía empezar.
—Mi padre es Carlisle Cullen. —Esperó hasta ver reconocimiento en sus ojos, pero no sucedió, así que continuó—. Cuando tú y yo éramos niños, nuestros padres eran socios comerciales. ¿Double A Construction? ¿Ahora Swan Builders? ¿Te suena?
Sus preciosos ojos azules se abrieron mucho y su mandíbula cayó mientras bajaba rápidamente la gata al suelo.
—¿Eres Edward? ¿Ese Edward?
—El mismo.
Parecía casi muda.
—Yo... me acuerdo de ti. Simplemente... no até cabos. Supongo que entonces no sabía el apellido de tu padre. Sólo lo conocía como Carlisle.
Durante un momento, Edward no supo por qué le estaba contando quién era, pero, ahora que se había acostado con ella, ahora que él sabía sus secretos, quizás algo había comenzado a inquietarle, haciendo que se preguntara cómo reaccionaría ella, si lo tratara con desdén. Sin embargo, todo lo que veía en sus ojos era una conmoción comprensible.
—Pero todavía no sé —dijo— por qué odias a mi padre.
Entonces le tocaba a Edward ladear la cabeza, confuso.
—Por lo que hizo. Porque le robó la mitad de la empresa a mi padre.
Isabella juntó las cejas.
—¿Robó? ¿De qué estás hablando?
¿No lo sabía? Bueno, demonios, claro que no. Era una niña. De repente se sintió como un tonto, al dar por hecho que ella conocería los detalles.
—Sí —dijo él—. Eso es lo que ocurrió.
Ella se puso tensa.
—No sé qué quieres decir. Mi padre compró la parte de tu padre.
—Isabella, tu padre le pidió al mío que firmara unos papeles, pero le mintió acerca de lo que ponía. Charlie afirmó que necesitaba la firma de mi padre en algunas cosas para operaciones comerciales rutinarias, y mi padre firmó, pero en realidad estaba cediendo por escrito su parte de Double A Construction.
Edward había sido testigo de todo él mismo. Su padre se había estado regodeando en la depresión por la muerte de su esposa y Charlie había aparecido en la casa con los papeles que cambiarían su vida.
Isabella contuvo la respiración; parecía estar a la defensiva.
—Entonces yo era una niña, pero una cosa que sé es que tu padre recibió una cantidad de dinero razonable por su mitad de la empresa. Una vez me encontré con los pa peles, mientras revisaba unos archivos antiguos cuando empecé a trabajar para mi padre, y le pregunté a Sue de qué iba la cosa. Ella todavía no trabajaba para Swan cuando pasó, pero sabía que eran de la compra de acciones.
—Mi padre no quería dinero. Quería su mitad de lo que había construido. Era todo lo que tenía, todo lo que teníamos,después de que mi madre muriera, y Charlie se lo arrebató.
Ella negó con la cabeza inútilmente.
—Estoy segura de que te equivocas, Edward. No puedo discutirlo con precisión, porque no conozco los hechos, pero estoy segura de que mi padre no le arrebató nada al tuyo.
Edward se limitó a suspirar.
—Puedes creer lo que quieras. —Entonces, se giró y salió por la puerta.
Isabella se apoyó en la encimera para estabilizarse y, después, bajó la mirada hacia Isadora, que estaba lamiéndose la pata y pasándosela por el hocico.
—La verdad es que eres una traidora por lo que a él respecta —dijo. Después de todo, Izzy raras veces se frotaba contra los tobillos de ella,pero Edward Cullen entraba por la puerta y la gata enseguida estaba encima de él—. Y tampoco sé qué ves en él.
«O qué veo yo en él, para el caso».
Pero la verdad era que lo sabía. Monet. La rosa. El océano. Caricias tiernas y sentimientos innombrables en sus ojos. Aunque fuera pequeño, aquello era lo que la mantenía aferrada a sus sentimientos por él.
La acusación que acababa de hacer hacía que le girara la cabeza.
Había comenzado la conversación al decidir que era más digno parecer calmada y no afectada que despotricar sobre su último encuentro, pero él había aplastado rápidamente su dignidad. No podía creer que hubiera sido tan osada como para preguntarle por qué la odiaba, pero durante el fin de semana había tenido tiempo para volver a analizar todo lo que había pasado, y aquélla había sido la única conclusión real que podía extraer. Lo que no había esperado era la noticia de que fuera el mismo Edward que recordaba de cuando era niña. El Edward por el que había perdido la cabeza.
De hecho, se estaba empezando a acordar de que había sido el primero, el primerísimo chico que había despertado algún tipo de conciencia o interés femenino en ella, aunque fuera afecto infantil.
Recordaba un picnic de la empresa en el que había estado jugando en un tiovivo ella sola y se había caído torpemente en la mugre. El hijo mayor de Carlisle se había acercado, con una pelota de baloncesto gastada debajo del brazo, para ver si estaba bien, si necesitaba que fuera a buscar a su madre. Ella estaba bien, pero muerta de vergüenza, especialmente cuando le había sacudido la suciedad del culo de sus shorts rojos.
—Será mejor que tengas más cuidado —le dijo y, después, se fue paseando tranquilamente hasta una cancha de baloncesto vacía, y empezó a lanzar.
—¿Puedo mirar? —preguntó ella, después de ir tímidamente tras él.
Él se encogió de hombros y dijo:
—Claro.
Ella se sentó, con las piernas cruzadas a lo indio, en la hierba, al borde del cemento, y absorbió cada movimiento que él hacía, con su cuerpo larguirucho, que ya mostraba las primeras insinuaciones de músculos debajo de una piel bronceada y suave cada vez que saltaba o corría para hacer un lanzamiento. Lo había creído un dios.
Lo siguió a cierta distancia durante el resto del día y, cuando el picnic terminó con un gran partido de softball para los adultos, Edward también jugó. Cada vez que se adelantaba para batear, le miraba con la adoración de una niña.
Dejó escapar un fuerte suspiro, sin poder llegar a creer que se hubiera acostado recientemente con el mismo tipo. Sexo sin sentido. El sexo de extraños. Aunque no fueran extraños exactamente, como ella había pensado. Y ella no había querido que siguieran siendo extraños cuando se había acabado. A su pesar, en aquel momento quería mucho más de él, sexual y emocionalmente.
Sintió el extraño impulso de salir y decirle que sentía lo que fuera que había pasado entre sus padres y, de hecho, fue hasta medio camino de la puerta antes de detenerse. Ella no lo había hecho, después de todo, y ni siquiera sabía si había algo que sentir,en realidad. Además, era un imbécil. Un imbécil que todavía le retorcía el corazón cada vez que se le venía a la mente, pero un imbécil de todas formas. Incluso cuando había estado despotricando sobre sus árboles, lo deseaba, deseaba conocer la misma plenitud de tenerlo dentro de ella. Deseaba conocer la misma pasión, el mismo calor que desataba en ella sin ni siquiera intentarlo. ¿Qué clase de tonta era ella?
«Monet».
Obviamente era la clase de tonta que daba demasiada importancia a una mención de pintores impresionistas.
«Me gusta la forma en que pueden coger cualquier cosa y hacerla más bonita de lo que es en realidad».
A su pesar, el recuerdo de sus palabras devolvió algo de su fe en la bondad inherente de Edward. Tenía que estar allí, ¿verdad? «¿Verdad?».
Tras avanzar hasta el teléfono que había sobre la encimera de la cocina, Isabella marcó el número de la oficina de su padre y se giró para apoyarse en la encimera, con el auricular bajo la oreja.
—Charlie Swan —respondió.
—Hola, papá.
—Isabella, querida. ¿A qué debo el placer? ¿Buscas otro compañero para comer hoy?
Un vistazo rápido al reloj mostró que era casi mediodía.
—Eh... no. En realidad, le estaba dando vueltas a algo de hace mucho tiempo y esperaba que pudieras aclarármelo.
—¿De qué se trata?
—¿Recuerdas cuando compraste la parte de la empresa de Carlisle Cullen?
—Por supuesto. Fue el día que nació Swan Builders.
—¿Cómo sucedió aquello? Quiero decir, ¿por qué compraste la parte de Carlisle?
—¿Por qué lo preguntas?
—La verdad es que no hay ningún motivo —dijo vagamente y, después, atribuyó un suceso de hacía años a la semana anterior—. Es sólo que me encontré con los papeles de la compra total de acciones el otro día en unos archivos antiguos y me picó la curiosidad.
—Bueno —comenzó Charlie con un suspiró—, la verdad es que fue una situación muy triste y complicada. La esposa de Carlisle acababa de morir. ¿Te acuerdas de eso?
—Sí. —Había sido su primer funeral.
—Después de aquello, Carlisle... se vino abajo. Simple mente no pudo sobrellevarlo. Y dejó de trabajar por completo. Tenía que recogerle las pelotas caídas y mantener las mías en el aire al mismo tiempo. Le hablé de ello en repetidas ocasiones, pero bebía mucho y ya no le importaba el negocio. Le di varios meses, esperando que se esforzara, pero no cambió nada. Fui a su casa cada semana para hablar de negocios, tener sus aportaciones, intentar que se volviera a implicar en la empresa, pero no supuso ninguna diferencia. Mientras tanto, se seguía llevando la mitad de los beneficios y yo me estaba deslomando. No parecía justo y yo no le veía fin a la situación. No llegaba a casa hasta las diez o las once cada noche. Apenas te veía a ti y mis horarios estaban volviendo loca a tu pobre madre.
—Así que le ofreciste comprar su parte —facilitó Isabella.
—Sí —dijo Charlie—. Más de una vez, de hecho. Pero él parecía no oírme o me prometía repetidamente que las cosas iban a cambiar, sin resultados. Al final, sentí que no tenía más remedio que hacer algo drástico.
—¿Qué hiciste?
—Bueno, no me siento orgulloso de ello, cariño, pero la verdad es que lo obligué a que me cediera por escrito su mitad de la empresa. No fue difícil; siempre estaba borracho. Yo tomé un préstamo y le di un valor de mercado justo, para que no se sintiera como si yo lo hubiera engañado. Era lo mejor que podía hacer en aquel momento, yo no podía continuar como estaba.
Isabella permaneció en silencio cuando él dejó de hablar. Podía ver su perspectiva de las cosas y se alegraba de que hubiera sido sincero con ella, pero también podía entender por qué Edward sentía rencor.
—¿Sigues ahí?
—Sí, papá, sigo aquí.
—Comprendes por qué tuve que tomar esa decisión, ¿verdad?
—Sí, supongo.
—Entonces, ¿por qué estás tan callada?
«Porque hirió a los hijos de Carlisle de tal manera que lo siguen sintiendo veinte años después». Pero estaba segura de que su padre no había pensado en eso. Era un hombre de negocios consumado, y no lo culpaba por ello. Tampoco iba a decirle que estaba en contacto con Edward Cullen; era demasiado complicado y no le veía sentido.
—Por nada —dijo finalmente—. Sólo estoy un poco sorprendida. No sabía lo que había pasado.
—Yo no quería que sucediera de esa forma. Casi me mata tener que hacer las cosas así. Después de todo, Carlisle y yo éramos amigos.
—¿Tienes idea de lo que sucedió con Carlisle? —preguntó ella—. ¿O con sus hijos? ¿Lo sabes?
—No —dijo, con voz un poco arrepentida—. Perdimos el contacto.
—¿Qué os sirvo, chicos? —La camarera morena sonrió coquetamente a Jazzy y Edward. Llevaba una camiseta ancha metida en los shorts, pero Jazzy podía notar sus curvas. Tenía unos ojos grandes y brillantes, y sus abultados labios, pintados de un color entre el rosa y el rojo, le daban el impulso de tocarlos. Él le devolvió la sonrisa, pero se aseguró de no decir nada.
—Una pizza grande con pepperoni y extra de queso —pidió Edward—, y una jarra de Coca-Cola.
Cuando se hubo marchado, Edward dijo:
—Era una barracuda enorme, ¿eh, Jazzy? —Acababan de volver del puerto deportivo y todos los barcos habían conseguido buena pesca aquel día, pero el MistyII había llevado una barracuda tan alta como el hombre que la había pescado.
—Una grande —asintió Jazzy, pero dejó que su mirada cayera hacia el mantel de cuadros.
Enfrente de él, Edward suspiró.
—¿Aún estás deprimido, colega?
—Supongo. —El pescado y hasta la camarera habían distraído su mente del viaje al hospital de aquella mañana, pero sólo por breves espacios de tiempo. Cada vez que pensaba que se había librado de ello, volvía. Seguía recordando el frenético viaje hasta el apartamento de su papá en la oscuridad, y el viaje incluso más frenético al hospital, con horribles ruidos de resuello provenientes del asiento de atrás, mientras Rosalie seguía diciendo:
—Aguanta, papá, llegaremos pronto. Aguanta. —Jazzy odiaba los hospitales, desde siempre, desde que se había hecho daño cuando era pequeño.
—Escúchame, Jazzy —dijo Edward con firmeza, así que alzó la vista. Edward tenía los ojos más fuertes que cualquiera que conociera y mirarlos siempre lo hacía sentirse seguro; lo envolvían como un abrazo—. Sé que esta mañana has pasado miedo, pero ahora todo está bien. No quiero que pienses en eso, ¿de acuerdo? Piensa en cosas mejores. Cuento contigo para eso, lo sabes.
No, no lo sabía.
—¿Qué quieres decir?
Edward ladeó la cabeza.
—De alguna forma, cuento contigo para ser feliz. Si no eres feliz, yo no soy feliz.
«No eres feliz de todas formas, Edward», pensó, pero no lo dijo, ya que Edward pensaba que era un secreto. Pero las palabras de su hermano le hicieron sentir importante, porque si algo podía hacerle feliz, quería hacerlo. Intentó apartar los pensamientos de aquella mañana y pensar en cosas mejores, como Edward había dicho. La camarera morena y sus labios como brillantes nubes. Mary Alice Brandon y sus delicados dedos.
La camarera llegó con dos vasos y una jarra de refresco. Se inclinó sobre la mesa para colocar los menús detrás del servilletero y él volvió a advertir sus curvas, una especie de paisaje viviente ante sus ojos.
Cuando se hubo marchado, habló en voz baja.
—¿Te parece bonita? —Quizá pudiera entrar en una conversación que lo ayudara de alguna manera con Alice.
Edward echó un vistazo.
—Es agradable de ver. ¿Por qué?
Él negó con la cabeza.
—Sólo me lo preguntaba.
De vez en cuando, Edward sacaba el tema de las chicas, le decía que si alguna vez tenía alguna duda o quería preguntarle cualquier cosa, podía hacerlo; pero, hasta aquel momento, nunca lo había hecho y, de repente, le daba demasiada vergüenza hacerlo.
—¿Seguro? —preguntó Edward.
Aquélla era la oportunidad, pero simplemente no pudo aprovecharla.
—Sí —dijo, y sirvió Coca-Cola en ambos vasos.
—Oye, después de cenar, iremos al puente Sand Key, si quieres. —Siempre había delfines alrededor del puente, especialmente al anochecer.
—Genial —dijo Jazzy, sonriendo. Por fin se estaba quitando de la cabeza el hospital, y hablar de delfines era más fácil que hablar de chicas, en cualquier caso.
Isabella yacía en la cama aquella noche, sin poder dormir, y su mente creó una elaborada fantasía. Intentó fingir que el hombre de la fantasía tenía la misma cara atractiva, pero borrosa, de todas las demás fantasías, pero era mentira. Tenía la cara de Edward. Y, si era sincera consigo misma, aquella fantasía en concreto probablemente había nacido de su encuentro en la playa.
Suspirando, apartó las sábanas y avanzó por la oscuridad, bajando por el vestíbulo hasta su oficina, donde en cendió la lámpara del escritorio. Tras sacar el libro rojo de la estantería, agarró un bolígrafo azul y se acomodó en la silla en la que siempre se acurrucaba cuando hacía una entrada en el diario.
Una parte de ella odiaba el hecho de que fuera a escribir aquello, porque no trataba sólo sobre sexo y fantasía; también trataba sobre él y significaba que estaba creando un documento permanente sobre él en un sitio que, hasta entonces, había considerado una indulgencia que dependía nada más que de su mente, su imaginación. Pero quizás aquello la ayudara a sacarse a Edward Cullen de dentro. Derramar la fantasía en la página y acabar con aquello.
Estoy tumbada en una playa privada de prístina arena blanca y altísimas palmeras, en la que cientos de conchas marinas son arrastradas hacia la orilla, intactas. Las algas se mueven con la brisa, protegiendo las dunas. Descanso en la arena, con un vistoso pareo anudado a mis caderas y una viva flor de la isla adornando mi cabello; nada más. El sol me calienta los pechos, las piernas, la cara.
El sol es tan brillante que al principio sólo veo la silueta de un hombre emergiendo mojado y desnudo del océano, caminando hacia mí. Cuando se acerca, distingo piel aceitunada, labios carnosos y unos ojos oscuros misteriosos que me miran como si pretendieran devorarme. El agua gotea por su largo y oscuro cabello y deja su piel marcada.
Sus ojos nunca abandonan los míos mientras se acerca a mí y, después, se deja caer suavemente en sus rodillas, a horcajadas sobre mis piernas. Se inclina hacia adelante para cubrirme los pechos con unas manos grandes y bronceadas y el fuego hace que me arquee mientras los acaricia, con movimientos lentos, fluidos y hábiles. El suave ritmo resuena por mi cuerpo.
Tras volver a incorporarse, aparta osadamente mi pareo y desliza dos dedos dentro de mí, donde ya estoy húmeda para él. Me sacude la sensación de tener sólo aquella parte de él dentro de mí, aunque veo su deslumbrante y prominente erección. Empuja sus dedos una vez, dos veces, tres veces; entonces, aplica suavemente la humedad que hay en ellos en uno de mis pezones, dejando que yo tiemble ante el completo erotismo de ver cómo lo lame.
—Ponte a cuatro patas—dicec on voz oscura y dominante.
Hago lo que me dice, dándome cuenta de que la marea está empezando a subir a nuestro alrededor, lentamente. Me baña los dedos, que están cerca del agua suavemente, y se marcha lentamente.
Tras levantarme el pareo, coloca las manos en mis caderas y me penetra, rápida, dura y suavemente. Grito ante el intenso placer y él comienza a entrar y salir mientras el agua vuelve a subir, alrededor de mis manos y mis rodillas.
Sus empujes se van volviendo más potentes y me van debilitando. Grito con cada uno, sintiéndolos en la punta de los dedos de las manos y los pies mientras el torrente de agua sube más y más, fluyendo hasta mis muñecas, rompiendo contra mis pantorrillas mientras él se empuja contra mí.
—Móntame—dice.
Entonces, estamos sentados en la espuma, con su maravillosa excitación aún dentro de mí, y me muevo sobre él mientras las olas rompen a nuestro alrededor y el agua cae entre nuestros cuerpos. Mi pareo cuelga, empapado, de mis caderas, retorciéndose en la corriente, y sus mojadas manos se deslizan por mis pechos y mi trasero, empujándome cada vez más cerca del éxtasis. Ambos llegamos a la vez al orgasmo mientras una ola rompe contra nosotros, fuerte y frenéticamente, y grito mientras las oleadas de mi interior rompen con igual violencia. Después, rodamos por la espuma, besándonos frenéticamente, con los miembros entrelazados, el pelo goteando y los cuerpos empapados.
Y, entonces, todo se queda milagrosamente tranquilo, como en el ojo de un huracán, y él me abraza fuerte mientras nos tumbamos en la suave arena blanca. Miro a mi alrededor para ver que la marea no está cerca, aún sigue a metros y horas de nosotros.
Después de cerrar el diario rojo con un suspiro y deslizarlo de nuevo en la estantería, Isabella se mordió el labio. Todavía seguía deseando haber escrito algo más original (un tipo diferente de hombre, un lugar diferente) en vez de otra versión más de su dios del océano, un hombre que había saltado literalmente de la página hasta su vida. De hecho, ¿no había sido su voz la que había oído mientras escribía su fantasía? «Móntame». Sonaba como algo que él diría y, aunque normalmente no le gustaba la idea de una orden así, sabía que, si él lo decía, probablemente la excitaría.
Su cuerpo palpitó con más deseo aún que cuando se había levantado de la cama y tenía la sensación de que aquello no había hecho nada para sacarle a Edward de dentro. Si acaso, probablemente lo deseaba aún más.
