TSUKIAKARI NI KAGE
(Sombras a la Luz de la Luna)
-por Jinsei no Maboroshi-
parte X
Fecha de publicación: 19 de febrero de 2007 - Corrección: Ogawa Saya.
-¡KEN! –gritó el líder, apenas ingresado a la casa. El aludido, sentado en silencio en el medio del sofá, hasta ese momento concentrado en su pasado, parpadeó regresando a la realidad, y miró con asombro a su amigo.
-¿Qué pasó? -inquirió extrañado.
-¡No lo puedo creer! –Tetsu se le acercó, tosiendo suavemente, pues el golpe estaba repercutiendo en su respirar-. ¡Ken! Yukki está...
-¿Qué pasó? ¡Está bien!
-¡No! ¡Está usando drogas! –dijo descreído. Se sentó en el sillón, y negó con su cabeza. el tan equilibrado Yukihiro, el poseedor de tanta fuente sabia en su interior, había caído en la perdición.
-¿Qué? –la culpa sangró por su interior, envenenándole con el sentimiento. No quería admitirlo.
-Estaba drogado...
-No, a lo mejor te pareció, Tetchan... tal vez estaba borracho. Él nunca toma, y cuando lo hace, se pone demasiado extraño –intentó mentirse a sí mismo. Nunca lo había visto ebrio antes.
-Vi las jeringas y la heroína en su mesa...
El guitarrista, cabizbajo, clavó su mirada en el suelo, procesando lo que acaba de escuchar. Cerró sus ojos con dolor. Apoyó sus codos en las rodillas, y llevó sus manos a la cabeza.
¿Cuánto más podría dañar a su amante? ¿Hasta dónde?
La revelación alcanzó su mente.
Hasta la misma muerte.
El pasado atacó una vez más su mente débil, y todas aquellas pequeñas escenas, los detalles de su amante, y sus juegos de palabras, emergieron de las profundidades de la memoria, y lo acometieron sin piedad. Toda la esencia de su compañero, la había consumido él, de igual forma que a él se la había arrebatado Rena. Una cadena perversa de salvadores y salvados que terminaba en la ruina de cada uno de ellos.
"Sólo no me mientas."
Un eco en su mente hizo virar sus pensamientos. La voz de su amante reverberaba en un infinito alcanzable, demostrándole su crueldad contra el japonés de cabellos largos.
Cabellos que extrañaba, cuando rozaban su piel con timidez ante besos delicados. Cabellos que añoraba, cuando acariciaba la nuca de su amante. Recuerdos que lo estaban atormentando.
Sus ideas se retorcían sin sentido en su mente, agobiándole en un golpe de máxima culpa.
Abrió sus ojos, y un brillo incontenible se tradujo en lágrimas que caían, por fin, al suelo.
-Lo voy a matar... lo voy a matar, Tetchan. Si Yukki no sale, sólo será por mi culpa... y no lo voy a resistir... –se arrepintió de haber deseado el dolor de su amante. Ya no le interesaba si sufría por él. Aquella noticia evidenciaba cuánto había devastado a su compañero, y ello no le generaba ninguna satisfacción. Prefería que le odiara, antes de saber que caía en el mayor error de su vida.
-¡Ken! –se le acercó, y le frotó la espalda, con preocupación. Irrefrenable, el alto japonés sujetó a su amigo, desbordando todos los sentimientos que siempre había reprimido, desahogando todas las necesidades de lloro que nunca había podido concretar. La culpa lo estaba masacrando, el dolor lo consumía, y la agonizante sensación de tener la capacidad de detener todo aquello, pero sin saber cómo, lo agobiaban.
-¡Lo voy a destruir yo solo! ¡Soy un animal! ¡Me dijo que nunca le mintiera! ¡Y lo hice! ¡Lo hice!
-¡Ken! ¡Ken! ¡Vamos a ayudarlo! –reconfortó el líder, sintiendo que un fragmento del antiguo Tetsu emergía nuevamente. Apreciar que su amigo le necesitaba era suficiente causa para continuar con su absurda vida. Era todo lo que precisaba: Ser necesario para alguien. Ser especial para alguien.
Ken, más calmo tras la liberación del llanto contenido, respiró profundamente, amenizando su dolor en apariencia, aunque éste continuaba latente en su interior, favoreciendo la lánguida e inminente destrucción de su estabilidad.
De repente, su celular sonó, arrancándole de su estado meditabundo y agotado.
Miró el visor con apatía. Era Ein. Atendió fastidiado.
-¡KEN! –escuchó un grito del otro lado del auricular. Había sido el extranjero, quien miraba desconcertado la situación que estaba viviendo.
-¿Ein? ¿Qué pasa? –el guitarrista respiró profundo, buscando componerse del reciente sollozo. Súbitamente, un sonido estridente del fondo de aquel ambiente le llamó la atención. Un retumbo a cuerdas rotas, y el golpe de objetos–. ¿Qué pasa? ¿Qué mierda es ese ruido? –frunció su ceño.
-¡ES YUKKI! ¡NO SÉ QUÉ LE OCURRE! ¡ESTÁ DESTRUYENDO EL ESTUDIO! ¡KEN! ¡VEN RÁPIDO! YO LOS ESTABA ESPERANDO Y VINO ESTE HISTÉRICO CON… ¡AY! ¡YUKKI! –había recibido una baqueta en la pierna, con velocidad y fuerza–. ¡MIERDA! KEN, VEN RÁPIDO.
Ken cerró el celular, y sin esperar, partió junto con Tetsu en su auto.
Ingresaron corriendo al estudio, hallando a Yukihiro alucinado, golpeando las guitarras y los bajos, destruyendo la batería, lanzando gritos e insultos a la vez que aporreaba sillas, y arrojaba la pequeña mesa con los sillones a cualquier lugar.
-¡YUKKI! ¡DETENTE! –gritó Ken, intentando acercarse a su amigo. Tetsu, detrás de éste, también intervino.
-¡Yukki! ¡Por favor! –acotó el bajista.
El japonés de largos cabellos, furioso, tomó una guitarra del suelo, ya destrozada, y se la arrojó, no atinándole a ninguno de los dos.
-¡NO BENGAN A HAZER KARIDAD, VASTARDOZ! ¡UZTEDEZ DOZ ZON LA MIZMA MIERDA! –les exclamó fuera de sí.
-¡Yukki! ¡Tranquilízate! ¡Hablemos! –sugirió el líder, con acento tranquilo, intentando poner bajo control la situación. A todo ello, un expectante y silencioso Ein miraba atónito el hecho, sin lograr comprender lo que sucedía realmente. Las circunstancias se le presentaban demasiado extrañas, demasiado inexplicables para las conjeturas que había obtenido en esas semanas de misterios entre sus dos compañeros. Una vez más, se disgustó por ser el sobrante, por ser el que siempre quedaba fuera de contexto.
-¡TU EZTAZ DE ZU LADUO! ¡ZIEMPRE LO EZTUBIZTE! ¡ZIENPRE DEFENDIENDO ZUS BISIOS! ¡TU ASEPTAVAS SU JUEGO! –continuaba gritando enfurecido. Tetsu frunció el ceño, y miró a Ken.
-¿De qué habla?
-¡No te hagas el imbézil, Tetsu! –contestó rápidamente el baterista, tomando un bajo en sus manos–. ¡Tú ziempre lo defendizte! ¡Ziempre azeptaste que se akostara con todas las putas que le vinieran en ganaz! *42.2
-¡Yukki, por favor, basta! ...me equivoqué... lo lamento, ¡me arrepiento! YUKKI, PERO POR FAVOR, ¡DETENTE! –le suplicó su amante, delante de Tetsu, quien miraba con honda compasión a su compañero extraviado en el delirio.
-¡Mentira! ¡Hijo de puta! ¡Todaz las nochez veníaz con el cabello húmedo, con markas ajenas, no soy idiota! Te bañabas antes de llegar a kasa porque sabíaz ke rekonocería el perfume de una muher. ¡MALDITO ZERDO ENVUZTERO! –le gritó con furia
Ein, hasta ese momento desconcertado, comprendió de súbito la situación, y se llevó una mano a la frente, en estado de sorpresa profunda.
De repente, todas las miradas, todos los comentarios que aquellos dos japoneses mantenían entre sí, tuvieron significado. Esos secretos, esos gestos y esas marcas. Movió su cabeza negando. Había destruido lo que justamente quería crear. Se había empeñado en ahondar la duda y la debilidad de Ken para apagar una relación que creía inerte, para poder ayudar a su amigo baterista. Pero todo había sido en vano. Todo había sido una gran equivocación, de la que se sintió sumamente culpable. Todo aquel problema, sólo porque nunca ninguno de los dos les había dicho la verdad.
-Yukki, yo... –intentó acotar inútilmente el guitarrista.
-¡BAZTA! ¡Deja de dezir esa mierda! ¡Todo ez mentira! ¡Todo lo ke pazó en estoz anioz! Sólo fui tu ezperimento. ¡BAZURA! ¡Te dije ke no me mintieraz, ke hicieras lo ke kisieras konmigo, pero en zilencio! ¡Y te empeñazte en mentir! ¡HIJO DE PUTA!
-¡No es mentira!
-¡KALLATE! –gritó exacerbado, arrojando el bajo que tenía en sus manos contra Ken, golpeándole con fuerza en el estómago, y derrumbándolo al suelo. Rápidamente, Tetsu actuó, interponiéndose entre ambos amantes, para evitar que se dañaran aún más.
-¡Yukki! ¡Basta! ¡Por favor!
-¡NO! ¡Tú erez igual ke él! –un súbito mareo lo tomó desprevenido, provocando que su equilibrio fallara, y su respiración aumentara. Se sujetó rápidamente de la pared, y aquietó su carácter. Tetsu aprovechó aquel momento para mirar a Ein, y con una señal de mano, le indicó que se llevara al caído guitarrista.
Sin mediar palabras, el extranjero ayudó a su compañero caído, y salieron juntos hacia los pasillos exteriores del estudio.
Una vez solos, Tetsu se acercó al japonés de cabellos largos, quien respiraba profundamente, en un inútil intento de sujetarse a la realidad, a la pared, a ese mundo que se le desvanecía y se le confundía.
El bajista le sujetó de un brazo, y le permitió deslizarse hacia el suelo, hasta hacerle sentar, apoyando su espalda contra la pared. Su jadeo se amenizaba, y Tetsu, arrodillado a su costado, lo miró con lástima, con comprensión, perdonándole todas las incoherentes palabras dichas, porque sabía lo que su amigo estaba atravesando.
-Yukki, sé que estás en problemas, pero recuerda que aún soy un amigo...
-Mentira. Tú estáz kon él. Eres 'zu' amigo.
-También el tuyo –le sonrió con tristeza. El baterista cerró sus ojos, y apoyó su cabeza contra la pared, devastado. Demasiada confusión para su débil mente.
-¡Vette a la mierda! -su tono de voz se matizaba con un halo exhausto.
-¡De acuerdo! –no le negó con palabras, y lo abrazó preocupado, apreciando cómo Yukihiro comenzaba a llorar sin contención, sujetando el abrigo del líder, clavando sus finos dedos en la suave contextura del bajista, como si sus manos fueran garras.
Tetsu sabía que el joven necesitaba llorar, precisaba eliminar el dolor, la traición y el desengaño. Por eso, no le detuvo, y le apañó en silencio.
Bajó su vista hasta el suelo, observando el aún caído brazo derecho del japonés de largos cabellos. Notó con tristeza que el codo del que tanto Ken le había hablado sólo tenía marcas de agujas. No había más explicación para los vendajes allí.
-¿Ken? ¿Te encuentras bien? –el alemán, sentó a su golpeado compañero en un banco del pasillo. Éste, respiraba profundamente, tosiendo con levedad, ya que el golpe en su estómago le había arrebatado todo el aire.
-Eee... gracias.
-¡Ken! ¡Lo siento! ¡Lo siento! –se disculpó el extranjero, ubicándose al lado de su amigo. El error que había cometido era imperdonable.
-¡Cállate! ¿De qué hablas? ...mejor vayámonos de aquí. Es mejor dejarle el trabajo a Tetchan –silenció de inmediato al extranjero, y se incorporó, llevando una mano a sus costillas. El mestizo, sin más acotaciones, le ayudó a salir del edificio, y se dirigieron a un bar cercano.
Se habían sentado en una mesa alejada, y encargaron un par de tés. Ein interrumpió el profundo silencio que se había establecido entre ambos, explicándole las causas que le habían motivado para hacer lo que había hecho con su amigo guitarrista en pos de una relación que creía inexistente.
-¡¿QUÉ? –Ken lo miró con asombro.
-¡Lo siento! ¡Lo siento! Yo vi que Yukki tenía un mirar especial contigo. Y le dije que no se preocupara…yo iba a hacer que tú te alejaras de esa mujer a la que tan bien protegías en silencio... ¡mierda! –el mestizo le manifestó, divisando hacia un costado, apreciando la profunda culpa que le carcomía.
-¡No! –Ken llevó sus manos a la cabeza y apoyó sus codos en la mesa. ¿Cómo no lo había notado? ¿Cómo había caído en la trampa de Ein? ¿Cómo no había advertido que el bajista amigo, sólo tenía buenas intenciones, pero malos medios? El abatimiento, el error, y la estupidez.
-Yo no sabía... si quieres golpearme, está bien... Ken, pero yo no sabía... maldita sea, ¡por qué tanto misterio entre ustedes dos! ¡Par de imbéciles! –le vociferó culpable, enojado consigo mismo. Aceptaría su culpa en parte, pero reconocía que esos dos japoneses no habían confiado en él lo suficiente, tal vez, motivados por la fama de boca-floja que tenía. Y de repente, sintió que, quizás, toda la culpa verdaderamente era suya.
Ken lo observó tras un suspiro, y bajó la mirada hacia su taza de té. Ein no era el que más había fallado. Comprendió las buenas intenciones que habían incitado al bajista, pero el fatídico destino siempre jugaba con sus actores en la indigna comedia de la vida.
Dejó caer sus brazos sobre la mesa, y elevó su vista hasta toparse con la de Ein, quien esperaba insultos, y probablemente, un golpe. Ken escondió sus labios, y arqueó sus cejas por un segundo.
-Seee... somos un par de imbéciles.
-¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Ken! –golpeó la mesa con el puño. Su impotencia y su culpa gritaban por castigo, mas sólo recibía la triste mirada de su compañero.
-Ya está, Ein. No te culpes... -esbozó una simple sonrisa triste, que se desvaneció en un segundo.
-¿Y ahora qué hacemos? –se tranquilizó ante aquel gesto de liberación que su amigo había hecho para redimirle.
-No lo sé. Pero vamos a tener que hacer un gran esfuerzo, Ein.
-¿Mn? –lo miró curioso.
-Yukki toma drogas... –contempló su taza con fijación.
-¿Qué…? -sus ojos se abrieron incomprensibles. Él también conocía la profundidad de Yukihiro, y en qué manera éste miraba el mundo con ojos renovadores. Aquella actitud era desconcertante–. Pero... ¿desde cuándo?
-Creo... que desde que me echó de su apartamento...
-¡Ah! ¿Viviste con él en todo este tiempo? –lo observó curioso y negó con su cabeza, mordiendo su labio inferior. Allí estaba la evidencia destruida. Lo que más había querido proteger el guitarrista era aquel tímido japonés, que se quemaba en lenta ignición irreversible.
-Ajá. Por eso no te di la dirección... –suspiró. Ein lo avistó superado en asombro. Ahora todo tomaba una resignificación. Todas esas mañanas cuando llegaban juntos, todos los gestos, y las cómplices miradas en silencio.
-No. ¡Rayos…! -más culpabilidad atacó al mestizo.
-Necesito que me ayudes, Ein. Hay que socorrerlo a Yukki... si se puede...
-Por supuesto... Ken... -no dudó en responder, pero necesitó la excusa nuevamente, su alma latía en recriminación-… perdóname, yo sólo quería...`
-Lo sé. Tal vez fuimos nosotros. Teníamos que habértelo dicho... -Ken lo interrumpió, mirándolo un segundo, y se levantó de su asiento, vistiendo el abrigo de nuevo–. Me voy a caminar –se disculpó, y el mestizo sólo asintió con un gesto rápido de cabeza. Tiempo en soledad. Todos necesitaban de ello.
Ken caminó por la gran ciudad, perdiéndose entre las personas, sintiendo la gran diferencia de vidas. La fama y la soledad se contrastaban extrañamente con la simpleza de esas personas, que sólo buscaban entretener su existencia. Y por un instante, no le pareció banal. Aquellas personas podían sentir sin temores, podían vivir en su anonimato, y tener sus problemas sin que el mundo entero lo percibiera. Suspiró con tristeza, y alcanzando un banco en una desértica plaza, esperó con tranquilidad la caída de la noche, bajando la cantidad de cigarros en su paquete.
Y allí vio, pensativo en sus errores y en su pasado, cómo la imponente y malévola luna se asomaba entre las tinieblas, y le iluminaba con perversión. Le pareció que reía, que un rostro sonriente en esa pálida superficie celeste se dibujaba en irónica expresión.
El embrujo de la noche.
Todas las almas perdidas en el pasado, y ella, como única testigo de la verdad, olvidando con malevolencia.
Arrojó su cigarro al suelo, con fuerza, con rabia, con impotencia, y estirándose sobre la superficie de la dura madera del asiento, se recostó para dormir. El rocío del otoño mojaba su cabello con lentitud, y el frescor le arrebató un escalofrío. Giró un poco, y se durmió.
No quería regresar a lo de Tetsu, y saber la continuación de aquella tortura que él mismo había iniciado en su amante.
No quería regresar a lo de Rena, y ahogarse en sensaciones que sólo lo culpabilizaban.
No quería ir a ningún lugar que no le diera la tan deseada paz.
Y sólo la hallaba en ese cuarto simple donde, todas las noches, un japonés de calmada expresión le sonreía, y le marcaba la espalda entre suspiros. Un cuarto que parecía, se había cerrado para siempre.
Llevó una mano a su pecho. Se sintió un perro perdido, que en busca de una libertad inexistente, sólo había encontrado la inmensidad del mundo. Una infinitud cruda que le congelaban el alma, y en la cual, su amo ya no existía.
-Yukki... –susurró, escondiendo su rostro en la fría y dura madera.
Sólo quería la paz que había hallado, y que le había hecho olvidar algo de suma importancia.
Había olvidado la soledad.
Había olvidado la sensación que había padecido por mucho tiempo antes de conocer a su amante.
Finalmente, recordó lo que por años sabía que olvidaba.
Otro escalofrío sacudió su cuerpo.
La mujer acarició la espalda de su esposo, en busca del estímulo, pero éste se acurrucó un poco más sobre el borde. La rechazaba, odiaba sus caricias y sus manos, que no eran más que superficies marmóreas en un simulacro de calidez.
Megumi, insistente, se subía al cuerpo de su esposo, y comenzaba a besarle con pasión, pero éste sólo dejaba que aquello sucediera, si aún a pesar de su rechazo, la mujer insistía.
Besó los labios inmóviles de su esposo, y se detuvo con cierta molestia.
-¿Hyde?
-¿Mn?
-¿Qué te pasa?
-¿Mn? –entre la oscuridad de la noche, mitigada levemente por la luz lunar, Hyde observó a su esposa sobre él, imponente, como un cazador sobre su presa exótica, irguiendo su rostro con soberbia.
-¿No quieres hacerlo?
-No. Estoy cansando –comentó con vergüenza, y se movió a un lado, tratando evadir el cuerpo femenino. La mujer, reconociendo ese rechazo, se hizo a un costado.
-¡Siempre estás cansado! –voz llena de ironía, con aquel dejo de sarcasmo que tanto odiaba Hyde.
-Y tú siempre la misma perra... –su tono había emergido con lentitud, denotando su acento osakeño, lleno de desprecio.
Megumi suspiró. Siempre sus peleas nocturnas comenzaban de esa forma. A veces terminaban en discusiones fuertes, y otras, en sexo violento.
Se estaba cansando de aquella actitud.
Miró a su esposo con odio, y tras un largo silencio, manifestó sus palabras.
-¿Por qué no te buscas una mujer?
-¿Eh? –levantó una ceja, girándose, para observarla con desconcierto.
-Sí. Búscate una amante. A ver si con ello, alegras tu vida, y la mía... –su mordacidad era evidente en aquel extraño consejo.
-Es un absurdo... –volvió tomar su posición inicial, acurrucándose en el borde de la cama, alejándose lo más posible de aquel ente vivo.
-Tú eres el absurdo. ¿Por qué mierda me pediste casarme contigo?
-... –no acotó al respecto. Sólo el temor a la soledad le había impulsado a tal error, tal vez, matizado con el deseo de alejar a Tetsu de su lado, con el único fin de salvarle, de no ahogarle en su oscuridad, en unas tinieblas que no le pertenecían. Hacía muchos años que no lo veía, ni siquiera, escuchaba de él en el medio. Suspiró nostálgico.
-Búscate un amante...
-Luego andarás reclamando... –sonrió irónico.
-Bah. Mientras seas un buen padre...
-... –volvió a exhalar. Ni siquiera podía con eso. No le interesaba un amante, no le interesaba ser padre, ni siquiera la música. Sólo le cautivaba la paz, la que parecía nunca existir en su vida.
Ambos, en el silencio, se ubicaron en los bordes de la cama, y con la sensación del vacío, la mejor representación del desamparo, se durmieron. Descubrieron finalmente, que el matrimonio no alejaba a la soledad.
Lo comprendieron demasiado tarde.
Ken se levantó del sillón, el lugar que se transformaba en su cama cuando pasaba la noche en la casa de su amigo. Se reclinó sobre el respaldo, y estiró su adolorida espalda. Estornudó.
Llevaba más de una semana con aquel estado gripal, producto de haber dormido una noche en la intemperie. La enfermedad lo condenaba a pasar el día entero recostado, con sensación afiebrada por todo el cuerpo, con el mareo en sus movimientos y el infaltable dolor de la culpa en su mente, recordándole lo que había sido, lo que fue y lo que sería su vida de ahí en adelante.
Se levantó del sofá con dificultad, y arropándose en las mantas, fue hasta la cocina. Puso agua a calentar, y entre pañuelos y estornudos, tomó un té con miel. No quería moverse de la silla, y apoyó su cabeza sobre la fría mesa. Se sentía mal. Recordó las pocas veces que había enfermado en esos siete años de tan profunda y sincera relación, y cómo su amigo le había cuidado en esos inusuales episodios. Cuidados que le habían ayudado a recuperarse demasiado rápido.
Extrañó una vez más la presencia de su amante, e incluso la de Rena.
Cerró sus ojos, y la imagen de un gato apareció en su mente. También la añoró.
Su gata Elizabeth se había extraviado hacía más de ocho años, cuando escapó de su antiguo departamento en plena época de celo. A partir de entonces, se había prometido a sí mismo no tener más compañías felinas, porque las adoraba, y sufría con su pérdida.
Otra reminiscencia se infiltró por su línea de pensamiento.
El recuerdo de aquella noche de invierno, cuando Yukihiro le había preguntado si deseaba volver a tener un gato, le atracó en su estado febril.
Evocó aquel mirar preocupado de su amante, quien le había descubierto: Ken había decidido cerrarse ante nuevas mascotas sólo por el temor a perderlas. Recordó las caricias que el baterista le había entregado junto a su sonrisa suave, con el fin de reanimarle. Y entre el mareo y la fiebre, aquel recuerdo se esfumó en el más reciente, con un Yukihiro drogado, mirándole con odio, gritándole, insultándole, y arrojándole un bajo destruido.
Su amante era poseedor de una fuerza que le superaba el triple. Recapituló aquel empujón, con el inmediato golpe en su mejilla, aquella noche de sexo amargo, cuando el engaño se había hecho demasiado evidente. ¡Le había dolido tanto! En alma y cuerpo. Sólo contemplaba la foto de su traición, reflejada en el lloro de su amante. Suspiró.
-¿Ken? ¿Te sientes bien? –Tetsu se acercó al alto japonés, quien estaba tirado sobre la mesa, abriendo con dificultad los ojos.
-Seee... –su voz mostraba el desánimo que padecía.
-Tienes mucha fiebre –el bajista había apoyado su mano en la mejilla de su amigo, y comprobó la alta temperatura de éste, contrastándola con la de su propia frente–. Ven, descansa en mi cama –le ayudó a incorporarse, y llevándolo a su habitación, le recostó en su lecho. Le tapó con las mantas, como si de un niño se tratase, y se ubicó a su lado. Ken miraba la ventana, por la que se filtraban los rayos lunares, ingresando al onírico estado de descanso, intensificado por el hechizo de aquel jardín. Y Tetsu lo percibió: Ken pronto caería en el embrujo de ese solitario sauce, que días tras día le rasgaba el alma al bajista. Serían ahora dos meditabundos seres perdidos. Dos más, en la gran ciudad.
-Tetchan –le miró, y éste, con una suave sonrisa, le correspondió.
-¿Mn?
-¿Lo sacaremos?
-Seguro –le susurró animado. Y Ken, en ese instante, sintió una brisa de alivio. El Tetsu que siempre había conocido emergió de aquella oscuridad, en tan radiante sonrisa.
Tetsu acomodó las mantas un poco más, y abandonó la habitación, permitiéndole a su amigo reposar verdaderamente.
Caminó hacia la cocina y tras limpiar la taza que su colega había dejado allí, se preparó el té que todas las madrugadas solía tomar, producto de la costumbre del insomnio.
Miró el reloj: 4.38 a.m.
Su dolor había pasado a segundo plano, y lo único que le interesaba era poder recuperar a sus dos amigos. Suspiró. Tal vez lo que podría hacer para regresar a Yukihiro a su antiguo equilibrio, era reiniciar el grupo.
Exhaló con mayor profundidad.
Aquello representaba volver a verse con su propio dolor. Pero se resignó. ¡Si a final de cuentas, aquello había terminado muchos años atrás!
Entre pensamientos, dudas y recuerdos, quedó dormido sobre la mesa.
Semanas pasaron de aquel enfrentamiento entre Ken y Yukihiro en los estudios de ASOA. Ein, de comportamiento más grave, se había hecho cargo de la composición y el arreglo de las canciones que hasta ese momento habían surgido. Extrañamente, cada tanto, Yukihiro aparecía por los estudios, y manteniendo aquella tensa situación con Ken, ensayaban nuevas producciones, que no eran más que meras excusas por continuar con una 'normalidad' inexistente. Las canciones, como las letras y las melodías, carecían de esencia. Eran productos de la necesidad que el representante les insuflaba. No eran creaciones artísticas, sino mercantileras.
Aún así, el mestizo se encargaba de ellas, y con un porte responsable, del cual sus amigos habían creído que carecía, había tomado el papel de líder temporal. Ni Yukihiro, que siempre se ausentaba, ni Ken, demasiado desequilibrado emocionalmente para trabajos tan dedicados, eran capaces de ejecutar todo con el orden minucioso que sorprendentemente había adquirido el desfachatado extranjero.
Y así, entre ausencias y rechazos, Ken pasaba su vida en la casa de Tetsu, en la de Rena, y trabajaba en el estudio de ASOA.
La figura de su antiguo amante se deformaba con el correr de los días, y su enflaquecido cuerpo ya denotaba los estragos de las adicciones. Sabía que usaba las drogas más fuertes del mercado, combinándolas con alcohol y cigarrillos. Miles de intentos por hablar con él a solas se veían frustrados por los instantáneos momentos de cólera del baterista. No podían intercambiar una palabra que no fuera meramente profesional, sin que la violencia en insultos explotara. Y aquella tensión lastimaba con profundidad a Ken.
Había compuesto canciones para Yukihiro, en un absurdo intento de acercársele, pero nada funcionaba, pues cada vez que la guardia del baterista se hallaba baja, bastaba una mirada hacia Ken para advertir los vestigios de las noches que continuaba compartiendo el guitarrista con aquella mujer de la fotografía, y frente a aquellas evidencias marcadas en la piel, volvía a construir todas las barrera de odio con las que se rodeaba para no volver a caer en las trampas del alto japonés.
Y es que el desfachatado nipón, se empecinaba en no dejarla. Una necesidad y una culpa mixturadas en karma se lo impedían.
Por más consejos que Tetsu le diera al respecto, Ken estaba imposibilitado. Tan sólo verla, le hacía desistir de la idea, y el compartir las noches con la única que le abría un paraíso personal, reforzaban tal noción.
De esta forma, el guitarrista se hallaba encerrado en su propia celda, atado a unas cadenas que él mismo se había formado, paredes que había creado a su alrededor, y que no había percibido hasta que la altura fue lo suficientemente grande como para que el escape resultara imposible. Una cesación de libertad que no le daba paz. Todo lo contrario a lo que tanto había insistido en su vida.
Y sumido en tales pensamientos, Ken estaba sentado frente al televisor.
Al igual que Yukihiro, solía faltar más veces de la cuenta al estudio de grabación.
Tetsu salió de su cuarto, con ropa oscura y anchos lentes negros. Ken, percibiendo su presencia, le miró con curiosidad.
-¿Ah? ¿Tetchan? ¿¡Vas a salir! ¡Eso es novedoso! –sonrió en un intento de broma.
-Eee... ya hay muchos deprimidos en esta casa como para uno más –rió con suavidad, siendo apañado por su amigo ante la broma.
-Ey, en serio. ¿Qué vas hacer? ¿¡No me digas que irás a tu productora y comenzarás a programar un nuevo CD! –exclamó con ánimo.
-¡Eh! No tan deprisa. Sólo voy a tomar aire. Es una linda tarde de primavera.
-Es cierto –murmuró, observando por la ventana del salón–. ¡Ya es primavera!
-Ajá.
-¿Sólo vas a salir? –insistió, no muy seguro de su amigo.
-Sí. ¡Hace varios años salí una tarde como ésta, y surgió el tetsu69 con aquellas variaciones que tú tanto odias! –le reprochó con cariño.
-¡Oye! ¡Yo no odio tus composiciones! ¡Sólo que no te quedaba ese tono! ¡Tu voz no sirve para eso! –se defendió. El tema nunca acabaría. El fino oído de Ken no podía entender el desahogo a través de esos gritos en la música.
-¡Bien! ¡No empieces! –le sonrió, haciendo un gesto con su mano, para detener el tema -sólo iré a dar una vuelta. Tal vez se me ocurra algo...
Ken lo miró extrañado. El bajista atravesó la puerta de salida, y simplemente caminó hacia la plaza donde años atrás había sido obligado a emerger de su profundo pozo, por Tamori.
Suspiró.
Ojalá ese día encontrara la solución para él, para Ken y para Yukihiro.
La pequeña regresó del colegio, entusiasta por haber terminado el primer año, y haber sido una excepcional alumna en japonés. Su hiragana *36 era perfecto, y en poco tiempo, impulsada por su necesidad de mejorar aquella canción escrita, por entender las de Tetsu, por saber leer las entrevistas de revistas viejas donde aparecía un muy joven bajista como líder de una banda musical, había logrado aumentar su vocabulario y sus kanjis, para asombro de todos en el colegio.
-¡TADAIMA! –gritó la pequeña, al ingresar a su casa tras ser dejada por la madre de una compañera que vivían por la zona y la recogía para llevarla.
-¡Okaeri! ¡Linda! –sonrió su madre, que estaba en el salón escribiendo papeles, leyendo y haciendo anotaciones.
La pequeña dejó su mochila azul sobre el sillón, y Megumi la observó con resignación. Había querido que su hija llevara la típica mochila roja, pero la pequeña, sabiendo de la aversión que su padre le profería a tal elemento, había elegido la azul, y su madre, en un intento de 'normalizar' la rareza, había discutido fuertemente con Hyde, quien le obligó a darle la libertad de escoger a la pequeña. Una reacción que a Megumi le desconcertó, pues a Hyde no le importaba nada de su propia hija, pero sin embargo, a veces, discutían por su causa. No lo tomó a mayores, y dejó que la pequeña seleccionara esa mochila. Tal vez el tiempo le haría cambiar de opinión.
-¡Mama! ¿Qué estás haciendo? –se sentó en el suelo, observando los papeles esparcidos por la baja mesa.
-Leyendo para un contrato.
-¿De?
-¡Para modelo! –sonrió, quería que su hija le admirara, y que tal vez, eligiera su camino.
-Mmmnn –observó con rareza los papeles, desconfiando. A su padre no le gustaba que su madre se exhibiera de esa forma.
-¿Qué pasa, linda? ¿No te gusta?
-A papa...
-¡Deja de nombrar al ese infeliz! ¡Quiero que algo te guste por ti misma! ¿Acaso no te gusta modelar? Si te veo que lo haces cuando escuchas...
-No. Mama. Bailo. A mí me gusta la música.
-Lo dices por tu padre.
-Y tú quieres que diga modelaje por ti... –le replicó. Hyde había bajado las escaleras y se había quedado escuchando la conversación, cuando vio cómo Megumi abofeteó a su hija. Aquella contestación había enfurecido a su madre, porque era la esencia viva del ser al que día tras día odiaba con mayor ahínco. Hyde sonrió con un leve orgullo emergido de su interior, que degustó por un segundo, pero se dirigió a Megumi, y le sujetó la muñeca, pues ella ya había alzado su mano en un segundo intento por abofetear a su hija.
-¡Basta! ¡No le pegues! –su mirada se clavó en la de la mujer, quien impotente, arrebató su brazo, para desprenderse del contacto.
-¿Y ahora vienes a actuar tu papel? –le respondió irónica. La pequeña niña, se había quedado paralizada contemplando el suelo, conteniendo el lloro, como si eso detuviera el inminente caos que sus padres ocasionarían. No le importaba el golpe, sólo que no gritaran, que no se insultaran...
-Vengo a detenerte... deseas que la niña sea lo que tú quieres. ¿No entiendes que eso es lo peor que puede hacer una madre? –la avistó con rabia.
-Já. ¿Tú? ¿Aconsejándome? ¡Al menos estoy presente!
-¡Agobiando! Obligando a que sea lo que no quiere.
-¿Yo? ¡Ella está cansada de hacer todo para ti, para que le mires! ¡Tú le estás obligando a ser de una forma que no quiere!
-¡Y tú no le das libertad! ¡Que haga lo que quiera!
-No lo puedo creer –Megumi extendió sus brazos y los dejó caer a sus costados, haciendo un sonido hueco cuando sus palmas chocaron con su cadera, en un gesto de incredulidad–. ¿Y ahora eres el padre ejemplar? -Hyde suspiró molesto, y apuntó su artillería pesada.
-¡¿Por qué no te vas a acostarte con otros, como la puta insaciable que eres, y dejas en paz a la niña? Ella no tiene la culpa de que tú...
Megumi no le dejó terminar la frase, y lo abofeteó con fuerza, marcando el rostro de Hyde, quien enfurecido, la empujó hacia el suelo.
La niña comenzó a llorar, gritando para que se detuvieran.
Siempre era lo mismo. El maltrato verbal se traducía a violencia física en pocos segundos, y cada vez que aquella situación se repetía en el cerrado cuarto de sus padres, los gritos allí presentes le generaban escalofríos. Ella siempre se asustaba. No quería más esa vida, deseaba detenerla.
Hyde avanzó sobre Megumi, pero su mano fue detenida por la pequeña, que con el rostro lloroso, le gritaba en tono de súplica.
-¡No, Haido! ¡Por favor! ¡No dañes a mama! Si quieres lastimar a alguien, ¡házmelo a mí! ¡Ya estoy acostumbrada! –sus palabras emergieron sin pensar.
Tanto Megumi como Hyde parpadearon sorprendidos, mirando atónitos a la niña. El cantante, aflojó su tensión, y la contempló con asombro. Las lágrimas de su pequeña caían sin contención, haciéndole evocar antiguas angustias, fantasmales manos que en diferente modo, le dañaban de esa misma forma. Sintió un poco de culpa. Él era el reflejo de lo que tanto había odiado.
Megumi, incorporada del suelo, miró a Hyde con abominación. Lo que había gritado su hija lo había mal interpretado.
-¡Hijo de puta! ¿¡Qué le has hecho a la niña! ¿Le golpeaste? ¡BASTARDO! –gritó colérica, y sujetó a la pequeña entre sus brazos.
-Yo no le hice nada –súbitamente regresó a su apatía, y las miró con desdén.
-¿Qué acabas de decir? –le inquirió irónica a su marido.
-¡MAMA! -intervino la joven, notó que sus palabras habían empeorado la situación.
-¡Cállate! ¡Esto es demasiado Hyde! ¡Te voy a denunciar!
-¿A quiénes? ¿¡A tus clientes! –le sonrió divertido. Nunca Megumi le había sido infiel, o al menos, eso nunca le había importado, y lejos de sentir el interés por ello, simplemente gustaba de torturarle de esa forma, porque cobraba con aquello todas las veces que Megumi le había obligado a acostarse con ella, a tener sexo como animales, sin preguntarle, sin incitarle, meramente en silencio, rodearlo sin conectarse con él. Y Hyde despreciaba esa manera, porque aún tenía en su mente y cuerpo los vestigios de las pocas veces que lo había hecho con su antiguo amante, quien con sus suaves manos, su sonrisa, y sus palabras tiernas, le hacían llegar a extremos montañosos, a sensaciones revitalizadoras, a esa única vez cuando creyó sentir que finalmente, el tatuaje de su espalda rasgaría su piel, emergiendo verdaderas alas. Esa sensación era la que había atesorado, y permanentemente vivía en ese recuerdo, odiando y repudiando la ruin vileza que Megumi le hacia vivir todas las noches.
-¡Suficiente! –Megumi salió apresurada del hogar, llevando consigo a su hija, para dirigirse a la comisaría más cercana. No sabía con exactitud qué quería, solamente tenía patente el quiebre de su orgullo, evidenciándole su propia incapacidad de dominar a esa bestia salvaje en que se había transformado su marido.
Subió a la pequeña al auto, y se fue en dirección a la delegación más próxima. Quería atar a Hyde de alguna forma, y que se sometiera al papel que debía. Sus pensamientos de odios se mixturaban con las palabras agresivas de su esposo en un remolino de dudas y verdades.
-Mama... –intervino la pequeña, con miedo. Megumi le miró con la mueca de odio que mantenía en sus pensamientos, haciendo que la chiquilla rompiera en llanto ante tan cruenta expresión facial. Comprendiendo su accionar, detuvo el auto, ablandó su semblante, y acarició a su hija hasta que se calmó. Megumi también olvidaba a su unigénita, en una forma más perversa que su marido.
-Ya, ya, linda. No llores.
-No hagas nada malo contra papa...
-¡Te golpeó!
-¡No! ¡Fuiste tú! –le dijo con trémula voz. Megumi parpadeó sorprendida y herida.
-Perdóname, linda. Es... que...
-Papa nunca me pegó.
-Pero tú dijiste que te dañaba...
-Me lastima, pero nunca me pegó.
-¿Mn? –su madre la avistó incrédula.
-Yo quiero agradarle... pero sólo me rechaza. Si soporto eso, puedo aguantar cualquier dolor –acotó con una asombrosa profundidad que asustó a la joven mujer. Tragó con dificultad. ¡Qué confesión tan dura a tan tierna edad!
-Bien –suspiró, viendo cómo la pequeña sonreía con tristeza y con un leve gusto de satisfacción por haber detenido lo que su madre quería.
Para calmarse, Megumi respiró profundo, y volvió a encender el vehículo, conduciéndolo hacia la compañía que la requería como modelo, para aceptar el contrato sin mayores rodeos. Necesitaba salir de esa casa, porque era una tortura la permanencia en ella.
Condujo en silencio, mientras pensaba en su pasado con Hyde, y en cómo habían cambiado las cosas. Quizás su percepción del presente le engañaba con la impresión de una metamorfosis, mas lo que en realidad había acontecido con ellos era que se habían resignado al vacío de aquella relación. Se habían percatado del error cuando fue demasiado tarde. Nada había cambiado verdaderamente, sólo que nunca habían querido ver con ojos atentos.
Ella había aceptado el casamiento sin ilusión, sólo a través de ese orgullo de cazadora, y motivada por ese sentimiento ruin, no podía pedir a cambio un equilibrio en su familia.
Hyde nunca se le había mostrado diferente.
Miró a su hija con tristeza. La pequeña era una gran equivocación. Le hubiera gustado haberle dado una bella familia. Pero inspiró con estoicismo. Ahora debían continuar su camino andado, porque el tiempo no regresaba. Nada.
-¿Mama?
-¿Mn?
-¿A dónde vamos?
-A donde voy a trabajar pronto.
-¿Y queda lejos?
-Más o menos. Está en las cercanías de la zona residencial de Tokyou.
-Mn. ¿Es lindo?
-Tiene un bello parque. Te dejaré allí si me prometes no moverte y no hablar con extraños. El edificio de la compañía está a tres calles de allí y es muy aburrido para una niña como tú.
-¡Sí! Me gustan los parques –sonrió sin muchas ganas.
-Sí. Como a tu padre –refunfuñó resignada.
Yukihiro escondía su cabeza en la almohada, conteniendo la furia. Quería dejar de necesitar aquellas medicinas, pero no podía pasar un día sin ellas. La dependencia física que había generado había llegado a su límite.
Los recuerdos de su infancia, sus padres, y todo lo vivido en su adultez, se mezclaban con ilusiones, con obligaciones y con irrealidades. El dolor punzaba su pecho, y el miedo atacaba su personalidad.
La angustia le aceleraba la respiración, y su extenuación a tal situación le hacían añorar el regreso de la paz que disfrutaba con su amante en los primeros años de relación.
No pudiendo luchar más contra aquello, entre odios y reproches que iban y venían a su mente, se incorporó de la cama, y se dirigió al salón. Necesitaba la paz, el olvido, la inconsciencia.
Rápidamente abrió la jeringa, y pinchando el frasco que contenía la droga, la suministró a su torrente sanguíneo, allí, en donde los aguijonzazos diarios habían generado una sucesión de cicatrices. Miró hacia el techo, sintiendo el ingreso de la armonía en su cuerpo, y tras parpadear un par de veces, su respiración se tranquilizó.
Se sentó en el sillón del salón, mirando la ventana que revelaba la silenciosa ciudad.
Madrugada: la hora de los amantes ardientes, la hora de la traición al ingenuo, la hora de la tortura para el desengañado.
-¡Ey! ¿Yukki? ¿Estás bien? –giró su cabeza, ya no tan sorprendido de aquella voz que siempre aparecía en sus delirios.
-Te dije que te fueras –le contestó a la imagen sentada a su lado.
-¿Cómo quieres que me vaya, si tú eres mi paraíso? –la figura difuminada del alto japonés se inclinó sobre el tímido japonés, y le besó.
-¡Bobo! –le recriminó con cariño, dejando su cabeza apoyada sobre los muslos de su amante, quien acariciaba el largo cabello del baterista, peinándolo.
-¿Sabes, Yukki? Sería bueno que te cortaras el pelo –le sugirió.
-¿Mn? Pero siempre te ha gustado así –le divisó con pesadez. Ya no controlaba sus párpados.
-Córtatelo bien al ras. Te quedaría mejor.
-Lo haré, si lo quieres –suspiró con esfuerzo, y cerró sus ojos.
Yukihiro cayó del sillón, quedando derrumbado sobre la alfombra, en medio de la madrugada, en medio de la soledad de su apartamento.
La pequeña, tal como dijo su madre, se quedó toda la tarde sentada en un banco de la arboleda. El lugar presentaba una inmensa belleza engrandecida por el majestuoso y brillante lago artificial sobre cuya superficie el sol centellaba con gentil resplandor. Astuta como su padre, había elegido un banco retirado de los bordes del parque, transitado asiduamente, y tomando el privilegiado lugar, donde la tranquilidad y una bella visión del lago se juntaban estratégicamente, se dejó embelesar por la perfección de ese universo que se le mostraba tan sereno.
Sacó de su bolsillo la letra que había compuesto, y la releyó. Tenía tachados algunos kanas *43, que ella misma había corregido. Sólo le faltaba la música y la entonación. Suspiró. ¡Le faltaba tanto! Era la canción para su padre. Pero ¿cómo haría si no sabía dar música, si no sabía cantar más allá de las entonaciones de Tetsu69? Sopló, y guardó la carta.
Se mantuvo contemplando el lago un instante más.
-¡Ah! ¡Qué sorpresa! ¡Y yo creía que éste era mi lugar secreto! –una voz amable tras sus espaldas, le llamó la atención. Por un santiamén, creyó reconocerla, y con sorpresa, se giró, para observar a un oscuro hombre que le sonreía con tristeza. Lo miró de arriba hacia abajo. Vestía de negro, y su cabello, largo, descuidado y de color desteñido, mostraba el desgaste de los años.
-¿Este es su lugar secreto? –le preguntó inocente. El hombre le sonrió.
-Eee. Me gusta venir aquí por la tranquilidad y la linda vista del lago –señaló con su mano el ángulo que más le embelesaba. La niña se movió a un costado del asiento, y miró hacia el suelo aún pensativa–. ¡Ah! ¿Me puedo sentar? –cuestionó ante la actitud de invitación de la chiquilla.
-Sí. Pero no le diga a mi mama.
-¿Eh? –se ubicó al lado de la infante, observándola curioso. Aquella niña se le hacía conocida, sin poder determinar la causa-. ¿Por qué?
-Porque no quiere que hable con desconocidos.
-¡Ah! ¿¡Desconocidos! ¡Ah! ¡Sou! –sonrió divertido ante la idea. Por un instante le agradó la sensación de ser un completo desconocido.
Permanecieron en silencio. La niña miraba de soslayo la figura enigmática a su lateral, apreciando la calidez que lentamente su alma degustaba, percibiendo cómo ese amable señor la generaba con su silencioso porte y suave mueca.
Éste, advirtiendo aquella actitud, sonreía divertido, observando directamente a la niña, quien se sonrojaba vergonzosa por la indiscreción de su soslayada mirada insistente. Tetsu contempló la tez de la infante, su cabello y el rostro, que a pesar de que le recordaban a alguien, no supo determinar. Los años le habían borrado los detalles.
Olvidó el tema, y continuó avistándola. Era bella. Muy bella. Sus ojos café, redondeados, mostraban una chispa de curiosidad y vivacidad que siempre estaba presente en los infantes. Sin embargo, esa mirada se matizaba por una tristeza que aumentaba el extraño halo de misterio que rodeaba a la pequeña. Su cabellera, larga hasta los hombros, se movía con delicadeza ante la brisa, rozándole las mejillas blancas, la nariz pequeña, y sus labios anchos. Extrañamente, parpadeaba seguidas veces, producto de un tic causado por los nervios que aquel mutismo había germinado en la infante.
Ante la tensa situación, la niña prefirió interrumpir el silencio.
-¿Señor?
-¿Mn? –se miraron mutuamente. A pesar de no poder distinguirle los ojos, la pequeña niña podía sentirse a gusto con ese ser. Lo misterioso y lo oscuro no le atemorizaban, pues su padre le había obligado a superar aquellos miedos en sus intentos infructuosos por acercársele.
-¿Cómo se llama?
-¡Ah! Es un secreto.
-¿¡Secreto! –lo observó con el ceño fruncido. Tetsu rió. Aquel gesto en una niña le resultó sumamente gracioso.
-Ajá.
-¿Por qué?
-Porque no sé tu nombre.
-¡Pues no lo sabrá hasta que usted no me diga el suyo!
-¡Ah! ¡Qué astuta! –rió nuevamente, sorprendido de que a tan tierna edad, una niña tuviera aquella estrategia.
-¿Y cuántos años tiene?
-Muchos.
-¿Cuántos? –insistió la infanta.
-¿Cuántos tienes tú?
-¡Yo cinco, y pronto cumplo seis! –afirmó con algarabía. Tetsu se sorprendió una vez más. La madurez de su comportamiento y la sofisticación del lenguaje que usaba la pequeña, le habían hecho sospechar una edad mayor. Era una verdadera rareza.
-¿Y tan pequeña, aquí sola?
-Es que... mi mama se fue a trabajar a un edificio cerca de aquí, y como me aburro en ese lugar, prefirió dejarme en el parque... ¡a mí me gustan mucho!
-Seee... a mí también.
-¿Le gustan los parques como éste? –lo miró con un fulgor inocente en sus ojos. Tetsu le sonrió, embelesado por aquel brillo.
-Sí. Mucho.
-¡Ah! ¡Como a mi papa! –sonrió, y llevó su mano a su bolsillo, entristeciendo su rostro. Tetsu advirtió aquel cambio, y la contempló con curiosidad.
-¿Qué pasa?
-Es que... mi papa...
-¿Mn?
-Me gustaría tanto venir con mi papa a este lugar... –Tetsu tomó una actitud grave, y parpadeó por un segundo. Pensó que tal vez, aquel hombre habría muerto. Pero la niña no había usado el pasado. El detalle le dio coraje para preguntar.
-¿Y por qué no vienen?
-Es que... mi papa... mi papa...
-¿Tu papa?
-Me odia.
-¿¡Ah! –sus ojos se abrieron con asombro, expresión que la pequeña no advirtió por causa de los lentes–. ¿Por qué dices eso? ¡Los padres nunca odian a sus hijitas, y menos a niñas tan bonitas como tú! –le apoyó la mano sobre el hombro, y la pequeña le sonrió con tristeza, con un brillo que realzó su mirada, y dándole el perfil a su interlocutor, divisó el lago.
-Quisiera que mi papa me dijera eso... pero él no me quiere.
-Tal vez trabaja mucho y no tiene todo el tiempo para compartir contigo…
-Trabaja en casa, y siempre está encerrado en su cuarto. Papa no quiere que me acerque a él. Siempre me echa –dejó escapar una lágrima, que enterneció a Tetsu, y empujando suavemente el hombro de la niña, le permitió apoyarse sobre su cintura, a la cual la infante se aferró conteniendo el lloro–. Mi papa nunca haría esto... –susurró con dolor, ahogando su voz en el liviano abrigo del extraño, percibiendo el suave aroma delicado. Un aroma juvenil.
-Linda. La vida de los adultos es fea –comentó, buscando ayudar a la pequeña. Él también sufría su pérdida de inocencia, el también padeció el haber crecido, y aunque se empeñaba en no ser un adulto por completo, algo profundo en él había cambiado con los años. La ingenuidad, en parte, la había perdido, y se conmovió que una pequeña tan tierna, ya comenzara a sentir la fría realidad. Anheló proteger esa pureza que él había abandonado hacía tanto tiempo. Suspiró. Le hablaría con la verdad-. Nos obligan a no creer en las cosas... y a veces, cuando las creemos, nos las destruyen.
-¿Ah? –la niña, aspirando levemente su nariz, alzó su vista para ver al extraño. Sus palabras habían tomado el matiz que ella conocía por excelencia en la voz de las personas: el dolor. Lo observó con curiosidad, preguntándole en el silencio.
-Tal vez tu papa sufre la realidad...
-¿Y qué puedo hacer para que no le duela?
-... –la miró, buscando una respuesta inexistente. Él mismo permanentemente cavilaba remedios inútiles para detener su propio dolor. Negó con su cabeza, acariciando la de la niña cuya expresión le conmovía en lo más profundo-. No lo sé –la pequeña bajó su mirada, y alejándose un poco del adulto, se sentó erguida, regresando su vista al lago. Tetsu tomó actitud similar. Se mantuvieron en silencio, cada uno pensando en soledad.
-Yo aún tengo una esperanza –manifestó con tristeza. El bajista la miró, girando su rostro.
-¿Mn?
-Yo aún creo que puedo acercarme a Papa.
-¡Ah! ¿Y cómo? –su tono de voz se mostró sinceramente interesado en aquella idea. Quizás, sin darse cuenta, la respuesta de su propio mal la podía tener una niña.
-Es un secreto –su voz tembló.
-¡Ay! ¡No! ¡Yo quiero saber! –rezongó con tono infantil, haciendo que la pequeña lo mirara en extraña actitud–. ¡Por favor! ¡Déjame saber! –el rostro oculto del bajista se inclinó ante la niña, dejando que su largo cabello cayera hacia su costado, con los labios torcidos en una súplica caprichosa y tierna. La infanta rió, negando con su cabeza.
-¡Ah! ¡Usted parece un niño! –Tetsu parpadeó, y le sonrió agradeciendo en silencio el cumplido. Aquello era bueno. Y más viniendo de una.
-¿Pero no me vas a decir? –potenciado por aquel comentario, se arrodilló frente a la pequeña, y la miró, dejando su boca entreabierta y uniendo sus manos en un gesto de rezo, volvió a insistir–. ¡Por favor! ¡Quiero saber! ¿Me dejas? ¡Te lo suplico!
-¡De acuerdo! –comentó riendo, sonrojada. Era la primera vez que veía en un adulto la actitud de un niño, y le sorprendió. Su vida en la soledad de su casa, y su imposibilidad de hacer amigos, la habían alejado de la infancia, y se sentía como una niña debiendo comportarse como adulta. Había crecido entre problemas, entre gritos e insultos de sus padres, entre deseos y rechazos, haciéndole madurar más de lo que su verdadera edad le exigía. Comprendió muy joven el dolor de la existencia, pero aún su inocencia le permitía creer en canciones que hablaban de mundos mejores, y donde los sueños aún podían hacerse realidad.
-¿Y? –Tetsu la miró fijamente, a través de sus lentes, orante frente a ella.
-Mi esperanza... es... es... ¡ay! ¡Me da vergüenza! –comentó, llevando sus manos a las mejillas, para calmar el rubor que emergía.
-¡Vamos, vamos! ¡Sin vergüenza! –le sonrió confortándola, sintiendo que en ese instante, él regresaba a ser niño, y que las palabras de esa chiquilla serían un conjuro que le daría la magia necesaria para revertir el tiempo y permanecer en el mundo de las ilusiones.
-¡Es-una-canción! –respondió con asombrosa velocidad, y ocultó su rostro con las manos. Tetsu parpadeó, y su sonrisa se desvaneció. Había sido sólo un engaño. No había magia, no había mundo de ilusiones, no había esa esperanza. Al menos no para él. El trabajaba con las canciones y ninguna de ellas le había dado el secreto de la aceptación. Suspiró, y forzó otra sonrisa. Sólo se concentraría en salvar la ilusión de la pequeña, porque el mundo de la realidad, a él, le habían despedazado de forma tan brutal, que ni siquiera aquellas palabras le parecían mágicas. En realidad, para él, la magia había dejado de existir.
-¡Ah! ¡Una canción! ¿Y me la puedes cantar? –regresó al banco, sentándose con tranquilidad. La niña, superando su momento de timidez, descubrió su rostro y le miró con tristeza.
-Ése es el problema.
-¿Mn? ¿Cuál?
-No tiene música, ni sé cómo cantarla. Mi papa no me quiere enseñar –regresó a su desánimo inicial.
-¡Ah! ¿Y tu papa sabe?
-Más o menos –Hyde siempre le había obligado a mentir sobre él. No quería que sus fans utilizaran a la pequeña para acercársele. Y acostumbrada a aquella treta, la niña continuó con la invención que su padre le había enseñado–. No canta, pero toca el piano.
-¡Ah! ¡Difícil!
-Eeee –afirmó sin convicción.
-¿Y por qué no quiere enseñarte?
-No lo sé. Él no me soporta, creo que es eso.
-¡Ay! ¡No digas tal cosa!
-¡Es la verdad! –apoyó su mano sobre el bolsillo del pantalón, asegurándose una vez más que el papel se hallaba allí mismo. Tetsu la miró con pena. Ayudar a la pequeña, no le iba a costar nada.
-Mn. Yo no soy bueno en la música, pero te puedo ayudar a practicarla con la guitarra... si quieres... –comentó no muy seguro. Tal vez la chiquilla podría ser ayudada por Ken. Sonrió divertido ante la imagen tierna de la niña y la de su amigo, con una guitarra de por medio.
-Gracias... pero...
-¿Pero?
-Mi papa no quiere...
-¿No quiere qué?
-Que me enseñen...
-¿¡Ah! ¡Pero él no te enseña! –comentó fastidiado e indignado.
-Me dijo que buscara un profesor, pero al que quiero, él lo odia.
-¿Mn? -la contempló con curiosidad.
-Es un chico muy lindo... –se sonrojó.
-¡Ah! ¡Entendí! –sonrió risueño, codeando despacio a la pequeña, quien aumentó su rubor, retribuyéndole con suaves manotadas que propinaba sobre el brazo de Tetsu.
-¡Basta! ¡Basta! ¡No! ¡No! ¡No es lo que usted cree!
-¡Ah! ¿No? –le dio derecho a réplica.
-Es un chico que mi mama me dijo que hace tiempo desapareció.
-¿Mn? ¿Cómo que desapareció?
-Sí. Nunca lo vi por TV... –miró apenada el suelo.
-¡Ah! ¿Era famoso?
-Creo que sí...
-¿Y quién era? –le sonrió curioso.
-No creo que usted lo conozca.
-A ver, dime...
-¡Tetsuuuu! –la niña sonrió con fulgor, y el bajista la observó pasmado por un instante, creyendo que le había llamado por el nombre, mas luego ablandó su gesto en ternura y agradecimiento. Nadie nunca había expresado su alias con tanta emoción, con tal alargamiento vocálico.
-¡Are! *24 ¿Tetsu? ¿Te gusta Tetsu? –inquirió gratificado. Sintió que por fin, alguien se acordaba de él, para alguien aún seguía siendo especial, aunque ese alguien fuera una mera niña.
-¡KYA! ¿¡Lo conoces!
-Ehh... digamos que sí.
-¡Ah! ¡Escuchaste sus canciones!
-Eee...
-¡KYA! ¡Soy feliz! –gritó. Tetsu sonrió divertido por la simpleza. No había duda, quería proteger esa ingenuidad, la pureza que le permitía a una niña ser feliz con tan poco.
-¡Bueno! ¡Bueno! ¡Tranquilízate! –le acarició la espalda, y la chiquilla regresó a su comportamiento anterior, pero con un brillo especial en su rostro. Nadie en el colegio conocía a su ídolo japonés. Todo el mundo se había olvidado del cantante. El hecho de encontrar a un hombre que dijera conocerle, le llenaba de alegría–. Y bien, ¿tú querías que Tetsu te enseñara?
-Ajá, pero papa me lo negó.
-Bueno... habrá pensado que es muy costoso contratar a un famoso de profesor... ¿no lo crees? –le sugirió con cariño.
-Lo hubiera creído si mi papa no tuviera dinero... -Tetsu la observó con curiosidad-. Pero...
-¿Mn?
-Pero a papa no le gusta su música. Creo que le duele.
-¡Ah! Pero está bien que no le guste. No todos tienen los mismos gustos –comentó ameno, intentando defender aquel anónimo hombre que la niña se empecinaba en sufrirlo, pero se detuvo de súbito, y la miró con el ceño fruncido, oculto por los lentes–. ¿Qué dijiste? ¿Le duele?
-Eeee –divisó hacia un costado. Debía mentir, como su padre le había dicho, pero no pudo cavilar excusa al respecto, y simplemente calló. Tetsu pensó en el silencio, y comprendió.
-Bueno... tal vez tu papa sienta el dolor y la soledad con algunas canciones... –la niña abrió sus ojos, y contempló fijamente al hombre. Ella percibía el dolor de su padre en cada canción que éste ejecutaba y nunca, a excepción de ella, había hallado a otra persona que pudiera distinguir el sentimiento de los autores en la música. Todas las personas escuchaban con alegría, canciones tristes, con tanta superficialidad que había obligado a la pequeña a creerse demasiado extraña como para ser normal, y en aquella reflexión, se había recluido. No podía relacionarse con otros niños, ni siquiera con adultos, porque nadie la entendía, sólo creía que su padre la comprendería, como ella a él, el día que se pudieran reunir verdaderamente. Miró con sorpresa al hombre a su costado: aquello representaba sólo una cosa: ese oscuro individuo, podía percibir como ella.
-¡Ah! Usted tiene magia, ¿verdad?
-¿Eh? –parpadeó sorprendido–. ¿Qué... qué dices?
-Yo también lo sé.
-Etto... ¿qué?
-¡Venga! –sujetó el abrigo de su interlocutor, y lo empujó hacia su estatura, hablándole con disimulo, cerca del oído, y ocultado sus labios con la mano–. Es un secreto: yo también lo puedo sentir.
-¿Qué cosa?
-El dolor.
-¿Ah? -Tetsu la miró con asombro.¿Cómo una niña podía advertir, a tan tierna edad, la verdadera significación del dolor? ¡Cuánta crueldad la realidad le mostraba una vez más!
-Sí. Mi papa sufre, y lo escucho en sus canciones.
-¿Canciones?
-En el piano... claro –acotó rápidamente, reprochándose el desliz.
-¡Ah! Tu padre es muy sensible por lo que puedo ver.
-Tal vez.
-¿Ves? Quizás por eso tu papa se entristece al escuchar las canciones de Tetsu.
-Mmn. Tal vez –especuló ensimismada. Quizás Tetsu no habría lastimado a su padre, sino que éste percibía el dolor a través de las canciones de su ídolo. Tal vez, eso explicaba por qué su padre odiaba las canciones. También aquello justificaba la magia que ella poseía, esa capacidad innata de encontrar el dolor en el cantante que escuchara, tal vez, porque lo había heredado de su padre.
-Quizás por eso no quiere contratarlo para que te enseñe –sonrió divertido de la situación. Un pianista empleándolo a él para enseñarle a su hija, lo que seguramente ese misterioso hombre sabría con mayor perfección.
-Igual, yo quisiera que Tetsu me enseñara... –susurró, levantando sus hombros en un intento de esconder su vergüenza–… sé cantar como él.
-¿¡Ah! ¿En serio? –la miró curioso, parpadeando, sintiendo un orgullo exótico. Era bueno escuchar los halagos inocentes de la niña como un mero 'desconocido'. De esa forma oculta, él recibía la verdad, sin el temor de la grosería por parte de la pequeña–. ¿Me puedes cantar? –su tono de voz viró en infante nuevamente.
-¡No! ¡Me da vergüenza! –escondió su rostro entre sus manos otra vez.
-¡Vamos! ¡Porfaaaa! ¡Porfaaaa! –le suplicó, sujetando la manga del abrigo de la pequeña, moviéndolo de un lado a otro.
-No, no quiero. ¡No es no! -determinó de súbito, y el bajista la avistó con sorpresa, soltándola. Una pequeña adulta, una niña que entre su infantilidad comenzaba a asomar la determinación del adulto. Una rareza.
-¡LINDA! ¿¡DÓNDE ESTÁS! –una voz se elevó en la lejanía y la pequeña miró con pena a su amigo.
-¡Ah! ¡Es mama! –se levantó de inmediato. Tetsu la observó con un dejo de abatimiento. Se había sentido muy bien estando cerca de su pequeña compañera, y la despedida cercana, el abandono reiterado de otro ser, le lastimaban una vez más. Sólo una pequeña dama desconocida, y ya le punzaba. Suspiró resignado. ¡Cuán sensible había quedado!
-¡Que pena! Me gustaría tanto hablar más contigo –acarició la mejilla de la niña con el dorso de su mano. Ésta, sorprendida de la suavidad de la piel de aquel oscuro hombre, la tomó entre sus manos. Las observó con extrañeza. Eran tersas y cálidas, aún para los días frescos de primavera. Ella tampoco quería que aquel encuentro desapareciera en el tiempo. Lo miró con determinación.
-¿Usted no regresará al parque?
-¿Eh? –se sujetó a una tenue esperanza. Una esperanza que la pequeña le había insuflado, sin percatarse.
-Mi mamá va a trabajar aquí cerca, todos los días. Yo estoy de vacaciones, y en casa, mi papa está encerrado en su cuarto. Yo me aburro mucho. Si usted quiere, nos podemos ver todos los días –le sonrió con suspicacia, con la intención de un secreto pacto.
-¿Tú quieres? –le preguntó dudoso. La esperanza emergía.
-¡Claro! Usted es una buena persona. Pero en secreto, ¿sí? –liberó la mano de Tetsu, y cerrando su propio puño, le enseñó al bajista su meñique estirado. El japonés, reconociendo aquel gesto, hizo igual movimiento, enlazando sus meñiques. La señal de la promesa. Lo iría a cumplir, costara lo que costara, sólo por proteger esa inocencia. Le sonrió agradecido. Bajó su vista hasta sus propios pantalones, recordando que su aspecto ya no era el del jovial Tetsu de antaño, sino un apagado y oscurecido ser creado por el abandono. Curioso por no haber notado la intimidación de la pequeña ante su imagen, le inquirió con sorpresa antes que se despidieran.
-¿No te asusté con esta apariencia? –le interrogó insistente, señalando sus negras ropas, sus anteojos que le cubrían parte del rostro, y su cabello desteñido, descuidado. La niña rió con sinceridad.
-Ja ja ja. Mi padre usa demonios y sangre en su ropa, y no les temo –Tetsu parpadeó sorprendido por la contestación. Reconoció en ese anónimo hombre la figura del músico abatido y frustrado que oscurecido por el dolor, sólo se hundía en la soledad. Muchos de sus amigos músicos habían caído en aquella depresión–. ¡Pero no le digas a mi mama! –recalcó nuevamente la pequeña.
-Sí, ya sé. No quiere que hables con 'desconocidos' –marcó aquella palabra con énfasis, agraciado por la idea. La niña salió corriendo, regalándole una última sonrisa y un gesto con la mano. Tetsu le correspondió con igual expresión. Mutuamente reconocieron la calidez del otro.
Finalmente solo, Tetsu fijó su vista en el lago, y suspiró liberado.
Se sintió bien.
Aquella migaja de especialidad, de sentirse apreciado por un ser tan pequeño y tierno como aquella misteriosa damita, le habían alegrado el día.
Se levantó con entusiasmo, y se dirigió de regreso a su hogar. Sorpresivamente, la necesidad de componer mechó su espíritu inactivo por meses. Una idea sutil comenzó a revolotear por su mente.
Aún nada en concreto, pero la idea tomaría forma con el tiempo.
Ken estaba sentado en el sofá, mirando con desánimo el televisor. Había recibido el llamado de Ein para preguntarle detalles de algunas canciones, que decidió posponer. No tenía ánimos para lidiar con las notas y las entonaciones.
Un suave sonido le distrajo por un instante, y reconoció, sorprendido, a Tetsu, quien ingresaba a la casa, sacándose los anteojos y el liviano abrigo que tenía, con una sonrisa radiante.
-¿¡Ah! ¿Y esa felicidad de golpe? ¡Tetchan! ¡Me dijiste que ibas al parque, no al burdel! –bromeó divertido. Tetsu cambió su gesto, y frunció su ceño rápidamente, mirándolo con reprobación.
-¡Oye! –se limitó a increparle, no queriendo herir su ánimo. Cualquier broma al respecto sabía que le iría afectar. Olvidó el comentario, y esbozó nuevamente la sonrisa, caminando hacia la cocina. Ken, indagador, se dirigió al mismo lugar, sentándose en la silla.
-¡Oye, Tetchan! ¡Realmente quiero saber a qué se debe ese cambio! ¡Yo quiero una!
-¡No! ¡Es sólo mía! –le contestó tras un guiño de ojo, remangándose la camisa, y poniéndose un delantal, comenzó a preparar la cena.
-¿¡Ah! ¡Oye! ¡Oye! ¡Espera! ¿¡Escuché bien! ¡Me muero de la intriga! –Ken, sorprendido por aquel gesto, por ese súbito encuentro con el antiguo Tetsu, apoyó un codo sobre la mesa, y lo miró con astucia.
-Me encontré una personita muy especial en el parque.
-Mmnn... ¡ya decía yo que no ibas al parque!
-¡Keeeen! –le reprendió, arrojándole un delantal por la cabeza. Ken tomó dicha vestimenta y la miró con reprobación, mas no tuvo otra opción que ponérsela, para ayudar a su amigo ante la mirada insistente de éste.
-¿Y bien? ¿Qué clase de 'personita?
-Encontré a una niña... –sacó las verduras y tras lavarlas, le entregó unas cuantas a su amigo, quien escuchaba el relato cortándolas.
-¡Ay! ¡Tetchan! ¡No creí que te volvieras tan perverso! –bromeó astuto, recibiendo un golpe rápido en la cabeza, sin fuerza, pero con la suficiente como para hacerle picar–. ¡Ay! ¡Ay! ¡No seas así! ¡Tetchan! ¡Es una broma! ¡Sólo eso!
-¡Cállate! ¡Déjame terminar! –acotó, resignado al eterno humor picaresco del alto japonés–. La niña quiere aprender música con Tetsu –sus ojos brillaron un instante, mientras limpiaba las demás verduras.
-¿Contigo?
-No sabe que soy yo.
-¿¡Ah!
-Sí. No me reconoció por los lentes. Parece ser una niña con muchos problemas en la casa. ¿Y sabes? Si los padres le dejan, le pediré que venga...
-¡Ay! ¡Tetsu! ¿¡No te alcanzan tus problemas que buscas ajenos! –su voz, resignada, sonó sin mucha convicción. La idea de un infante por los alrededores le incomodó. Su relación con los pequeños nunca había sido buena. Recordó a su amante, con su innata habilidad al respecto. Suspiró.
-¡Ken! Es una niña muy tierna...
-Seee... como todos: ¡tiernos hasta que te saturan las pelotas! *35.2
-¡No digas eso de la pequeña damita!
-¿Damita? –le miró con la boca torcida, levantando una ceja.
-Es que... es tan madura para su edad... –miró con un gesto ameno sus propias manos. Recordó la pequeña mano, y su meñique extendido. Sonrió como hacía años no lo hacía. Una energía renovó su espíritu en tan simple gesto. Se sintió especial para alguien. Eso, era la mejor medicina.
-¡Por favor! ¡Tetchan! ¿Madura? ¿Qué edad tiene?
-Cinco.
-¡Já! ¿¡Madura! ¡Sólo a ti se te puede ocurrir tal cosa! –negó con su cabeza resignado a las alocadas ideas de su amigo.
-Escribió una canción para su padre...
-Me alegro –respondió rápidamente, sin mostrar interés en el tema, cortando con dificultad los pepinos.
-¡Keeen! –le codeó con fuerza, haciendo que el corte que en un principio intentaba ser prolijo, terminara en una rebanada grotesca.
-¡Oye! ¡Mira lo que haces!
-¡Escucha lo que digo!
-¡Bah! ¡Tetchan! A ti lo que te hace falta es tener tus propios hijos. Andas siempre buscando niños ajenos... –le manifestó sin cuidado, y Tetsu lo miró en silencio, torciendo su boca hacia un costado. Él era un niño aún para ser padre. Él no quería. No le dio importancia, y continuó con el lavado de verduras, en silencio.
Ken notó que aquel comentario había acallado de súbito a su amigo, y se sintió culpable. Lo conocía demasiado.
-¡Bueno, a ver! ¡Anda! Cuéntame. Le escribió una canción al padre, ¿y? –Tetsu le sonrió. Ken era un buen amigo, un burdo, grosero y obsceno japonés con un gran corazón.
-Y quería que Tetsu le enseñara a cantarla y darle música...
-Ajá. ¿Y qué piensas hacer?
-Eso.
-¿Seguro? –lo avistó con desconfianza. Sospechó una mirada extraña que su camarada le dirigía.
-Bueno... tu podrías ayudar, ¿no crees?
-¡Ah! ¡TEEEETCHAAAAN! –le gritó con el ceño fruncido, ofendido–. ¡No soy niñera! y no me voy a pasar los días dándole música a una canción mala...
-¡Oye! ¿Tú qué sabes si es mala?
-¿La leíste?
-No. Aún no.
-¡Tetchan! ¿Qué pretendes de una niña de cinco años? No va a ser Basho *44
-De esta niña de cinco años, creo que puede llegar a ser más.
-¡Ay! –miró hacia el techo, rendido–. ¡Rayos! ¡Tú y tus delirios!
-Tiene magia.
-¡Ay! ¡Tetchan! ¡El encierro te ha fermentado el cerebro!
Tetsu rió divertido.
Esperaría el momento adecuado para proponerle a la pequeña aquella decisión tomada. Hasta tanto, sería su compañero de parque. Pasarían las tardes juntos, haciéndose mutua compañía. Tarde o temprano, la niña, con aquel carácter que había demostrado, podría convencer al padre de que le permitiera aprender de su mano. Y con gusto Tetsu lo haría.
Súbitamente, la vida se le presentó con un extraño sentido: Proteger la inocencia, y enseñar la pureza de la música. Su vida había cambiado en su simple momento, contemplando el lago, en aquel bendito parque, que sin notarlo, sin haberse percatado antes, tenía magia. La magia de salvarle en cada oportunidad.
Una única y especial magia.
~Continuará~
Notas:
-Já: esta expresión tiene que ver con una exhalación de incredulidad, más que una risa. Me olvidé de aclararlo en la secuela anterior, pero por las dudas...
-Eee: es el equivalente de 'hai' pero informal (afirmación: sí)
-Mn: es el típico sonido informal de afirmación (muchos lo escriben 'un'). Cuando es alargado, implica el de duda, y el de interrogación estará acompañado por sus correspondientes signos.
42.2) Voy a hacer más sutiles estas variaciones, porque, si no, es difícil de leer. Por otro lado, Yukihiro se refiere a las charlas que compartió con Tetsu en el Tsukiakari ni Jinsei, cuando el bajista restaba importancia al accionar libertino de Ken, mientras Yukihiro lo aborrecía.
43) Kana: símbolos que representan el silabario japonés (hiragana + katakana = kana)
44) Basho, Oku: escritor de poesía haiku japonés. (Haiku: poesía corta japonesa)
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