(Para Lara)
— ¿Y qué te parece esta, Sansa? —Alla Tyrell movió la seda myriense para que Sansa la pudiese ver mejor desde su puesto cerca de la ventana. Era verde y con detalles tan preciosos que en otra vida Sansa estaría emocionada de tocarla. La frotó entre los dedos con una expresión pensativa, buscando las palabras para hacerle saber a las demás damas de Margaery lo mucho que le gustaba.
— Es preciosa, Lady Margaery lucirá espléndida en ella —Alla y Elinor y las demás explotaron en risitas y oohs y aahs al pasar la seda entre ellas. En otra vida Sansa se habría unido feliz a aquella reunión ¿por qué la habría invitado Margaery? Ni ella ni su abuela estaban allí y Sansa temía no ser suficiente para toda una tarde de aquello.
Afortunadamente, Alla se olvidó de ella, consultado con Lady Merryweather sobre los tipos de ruedos que el vestido de boda debía tener. Sansa no había podido elegir su propio vestido de bodas, ni el color ni las sedas ni la capa habían sido elegidas por ellas, pero ¿de qué servía pensar en eso? Ya estaba casada y si hubiese elegido el vestido no lo habría de poder mirar igual que hacía con el que se puso.
Al término de la tarde fue libre de pasear por los jardines sin escolta, Tyrion creía que nadie le haría nada por ser una Lannister ahora y Sansa no quiso discutir con él, le gustaba ese poquito de libertad que experimentaba al estar casada con Tyrion. Sin guardias a su espalda podía ir a pedir pasteles de limón a la cocina y pasar toda una tarde intercambiando besos con Margaery. «Ya no. Su boda se acerca».
Cada vez más veces podía pasear por los jardines sin que Margaery la jalase debajo de un árbol para probar sus labios y dejar recorrer sus manos por su cabello. Sansa sabía que solo era porque Margaery estaba muy ocupada y no porque se había aburrido de ella… o eso era lo que se decía en las noches ¿cómo podía estar segura? Margaery era elegante y mayor todo lo que Sansa deseaba ser y lo que nunca sería.
—¿Nunca te habían besado? —había susurrado Margaery sorprendida la primera vez, tomando un mechón de su cabello, torciéndolo y haciéndole cosquillas a Sansa. Ella no se había reído, sino que había negado con la cabeza, casi tímida. Sus labios estaban hinchados y le cosquilleaban cuando Margaery volvió a hablar— Es una pena, tus labios son para ser besados.
Sansa recordaba cada momento de aquello. El viento susurrando entre las hojas, el suave vestido de Margaery, más revelador de lo que ella se pondría nunca, pero más encantados que ella misma; su cabello castaño, la curvatura de su mandíbula y todos esos pequeños detalles que se quedaban con ella en las noches.
«Te quiero solo para mí», recordaba haber pensado la última vez. Las palabras no salían nunca de su boca, pero esperaba que Margaery supiese. Joffrey era un monstruo, pero era el Rey y le podía ofrecer lo que ella más anhelaba, ¿qué tenía Sansa? «La ejecución de mi padre en mis sueños y un apellido que odio». Sabía que sus reuniones cesarían luego de la boda, sin embargo, en un rincón de su mente, negociaba la posibilidad de ofrecerle Invernalia, ¿le bastaría una fortaleza vacía y semi destruida? «Ella quiere todo el reino, pero yo no le puedo ofrecer más que mi afecto».
Dio una última mirada a los jardines, buscando, y regresó al castillo.
