DISCLAIMER: La serie y el manga Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki y compañía, yo solo tomo prestaditos a sus personajes para dar rienda suelta a mi imaginación.

Hola chicas como están, disculpen la tardanza, aquí les traigo un nuevo capi para endulzar la semana.

Antes que nada quiero agradecer a Val Rod, Vikiar, KiaraJareth, Dajannae8, Meiling55 por estar allí apoyándome, igualmente para todos los que les gusta este fanfic y lo leen aunque no dejan comentarios. Gracias x estar allí detrás. =)

Bueno respecto a este capi, me basé en uno de los episodios del anime cuando Candy vuelve al Hogar de Pony después de la tragedia de Anthony, por lo que conservé el nombre de algunos de los niños originales del orfanato.

Sin más bla, bla, bla les dejo con ustedes el capi nueve jejeje. Gracias por leer =)

Capitulo IX: De regreso al Hogar de Pony

El repentino alboroto de los niños fue lo que alertó a La Srta. Pony y a Sor María de la llegada de un visitante. Se apresuraron a asomarse a la ventana y descubrieron no sin sorprenderse que se trataba de Candy.

Con la intuición pedagógica que tenían producto de tantos años al servicio y cuidado de niños supieron al instante que le sucedía algo. A pesar de que la jovencita tratara de ocultarlo detrás de una sonrisa para no preocupar a los pequeños que le daban una calurosa bienvenida, algo andaba mal. Desde un principio notaron su tristeza.

Una vez que la algarabía de los niños se dispersó un poco, dejándola libre a Candy, ésta se acercó a ellas y no pudo disimular más su sufrimiento. Se arrojó en los brazos de la Srta. Pony y rompió a llorar.

-¡Candy!- exclamó la buena dama sorprendida y a la vez sumamente preocupada. Sor María quien estaba a un lado se acercó también alarmada por la pesadumbre de la niña.

-¡Mi pequeña que te sucedió, se portaron mal contigo en la casa de los Ardley!- preguntó acariciándole la cabeza que ella aún no levantaba del hombro de la Srta. Pony.

-Srta. Pony, Hermana María lo alejaron de mí- les contó entre sollozos.

-¡Al joven Anthony!- exclamaron las dos casi al unísono. Candy solo asintió.

- El chico que querías tanto. Sea lo que sea que haya sucedido la crueldad de estas personas no tiene límites. Tranquila cariño, Dios se encargará de darles un castigo y de poner las cosas en su lugar a su debido tiempo, solo confía- aconsejó la Srta. Pony sosteniéndole la pequeña cara pecosa entre las manos –Ahora vamos adentro, te sentirás mejor- añadió haciéndola pasar.

John, uno de los pequeñitos más amigos de Candy se acercó con cuidado de no molestar a la Hermana María.

-¿Hermana qué le pasa a Candy? ¿Está bien? - Preguntó preocupado. La joven monja sonrió al ver su consideración.

-Sí está bien, se repondrá. Por el momento solo se siente un poco mal pero eso es todo- respondió con naturalidad, al fin y al cabo estaba refiriéndose a la verdad – Ven John, ayúdame por favor a entrar el equipaje- le pidió. El pequeño John siempre caballeroso con gusto aceptó.


Una vez en la cocina, Candy en medio de su abatimiento le contó a sus madres con lujo de detalles todo lo ocurrido, indignándolas.

- Jamás debimos haber consentido que fueras allí. Por hacerte un bien solo terminamos causándote más daño- lamentó la Srta. Pony con enojo.

- No, ustedes no tienen culpa de nada, sé que me aman y sé que quieren lo mejor para mí – dijo Candy muy seguradel amor de sus madres -… Quizá todo esto ocurrió porque no está en el destino que Anthony y yo estemos juntos- añadió con tristeza.

- Eso solo el tiempo lo dirá Candy- opinó la bondadosa Hermana María aconsejándola – Ahora tienes que recuperarte pequeña y volver a sacar a flote toda esa maravillosa alegría que siempre te ha caracterizado. Nosotros estaremos aquí contigo en todo momento apoyándote-

- Muchas gracias- Candy proclamó sinceramente, decidiendo terminar con su vaso de cocoa. Estaba sumamente abatida pero no podía dejar de reconocer que la bebida estaba deliciosa -…yo intentaré estar mejor- comentó sin dejar de mirar el vaso ya vacío.

Poco después, Candy subió por la vetusta escalera de madera que llevaba al primer piso, llevando su equipaje para instalarlo en su antigua habitación.

Al entrar, un sentimiento de calidez le invadió el alma. Fue como abrir una puerta a un túnel del tiempo, hacia fechas donde había sido realmente feliz, jugando con los niños del hogar todo el día, junto a Annie, su mejor amiga. La emoción fue tal que hasta casi podía escuchar sus voces, sus risas aún retumbando en la memoria de la recámara.

Estaba otra vez en aquel lugar sencillo que un sinnúmero de veces había extrañado, que para ella era mágico a pesar de parecer a simple vista tan insignificante.

Los muebles seguían iguales, en los mismos lugares en que los había dejado. Su cómoda de caoba seguía junto a la ventana, un poco más allá estaba su pequeño catre, al lado su gran ropero que tenía ya una de las puertas desencajada y enfrente el escritorio. Era un lugar que Candy siempre guardaría dentro de su corazón. Era el sitio donde había empezado a soñar.

Se sentó en el pequeño catre sosteniendo su maleta blanca con ribetes rojos encima de sus piernas. Le quitó el seguro y extrajo de ella primeramente una cajita de galletas que había conservado para guardar dentro sus tesoros, aquellas pequeñas cosas que consideraba de mayor valor sentimental.

Retiró la tapa con cuidado para observar una vez más lo que había dentro.

En el fondo de la caja de latón reposaban el prendedor del misterioso Príncipe de la Colina, un escapulario que le había obsequiado la Hermana María en su décimo cumpleaños, la moneda de la promesa hecha con Anthony el día de su primera cita, unas fotos de él que había tomado a hurtadillas de un álbum familiar de los Ardley que había encontrado de casualidad y sus cartas. Candy apreciaba cada una de ellas, en especial la última puesto que allí expresaba con claridad todo lo que sentía por ella. Decía que en verdad la amaba.

- Anthony, amor mío…donde quiera que estés, espero que bien- dijo cerrando los ojos y apretando fuertemente esa carta junto a su corazón, elevando secretamente una plegaria, pidiéndole a Dios que lo cuidara y lo librara de cualquier peligro o amenaza - Yo… estaré bien, lograré ser fuerte para esperarte. No perderé la fe- se prometió a sí misma mientras una brillante lágrima iluminada por la luz del atardecer que se colaba por la ventana, caía presurosa por su mejilla.

Después de la partida de Anthony no había pasado un solo día en que no llorara por él.

Continuó desempacando y lo siguiente que sacó de la maleta fue un osito de felpa que asomó la cabeza entre la ropa. Era el que Anthony había ganado para ella en la feria la vez de la escapada nocturna. Lo observó con ternura. Recordó entonces haber visto a Anthony ya sin el yeso de su brazo, en el momento de la despedida en la estación de tren.

- Me alegra saber que ya estás sano amor - le susurró al peluche como si le estuviera hablando a él, luego lo acercó a su rostro y le dio un besito en la nariz. Había leído de algo llamado Telepatía, en los libros que Stear estudiaba de la Biblioteca, que era la habilidad de comunicarse con otra persona a través de la mente. Fuera como fuera, sabía que el amor era la energía más poderosa, por lo que con fe esperó que tal vez aquel beso Anthony lo sintiera donde quiera que se encontrara.


El hacer promesas es algo fácil pero cumplirlas es otra cosa. Candy no tardó en darse cuenta de ello. Estaba fallando en lo que les había prometido a sus madres y también a ella misma. El dolor del alma era algo que se le hacía difícil de controlar.

A pesar de todo lo fuerte que intentaba ser, los recuerdos afloraban a ella sin proponérselo. A cualquier hora, en cualquier lugar, la acechaban y terminaban apresándola en un profundo dolor que tomaba todo su ser, su corazón, y le llenaba de lágrimas los ojos.

Iban y volvían como lo hacen las mareas, mientras la mente de Candy era como un barco a la deriva en medio de un océano de desesperanza.

En cualquier momento le atacaban las ganas de llorar; ya fuera en plena comida consiguiendo preocupar a todo el mundo, cuando hacía las tareas del hogar o cuando elaboraba las manualidades que luego ayudaba a vender en el pueblo para ayudar a la subsistencia del Hogar de Pony. Lo cierto era que casi todo alrededor se lo recordaba. Un símbolo, un estampado, un dibujo o el sonido del silbar de un pajarito, y de repente su presente estaba envuelto de nuevo en las dulces memorias del pasado, alejándola a un mundo ajeno a la realidad, mientras aquellos tiempos en que habían sucedido le parecían ya muy lejanos.

Pensar tanto a veces le causaba insomnio y por las mañanas se levantaba con un gran dolor en el pecho, agitada, llorosa. A menudo tenía pesadillas acerca de Anthony, en ellas lo perdía de diferentes maneras, desaparecía y no lo podía volver a encontrar o fallecía. La desesperación entonces era tal que casi le quitaba la respiración, por lo que agradecía profundamente cuando abría los ojos dándose cuenta de que todo había sido un sueño. Pero aún así le parecía irreal el no tenerlo a su lado, el que los hubieran separado de esa forma ella.

En esas ocasiones la almohada era su mejor confidente, se abrazada fuertemente a ella, al suave algodón y pasaba largas horas entre sumida entre lágrimas.

Todos los días le escribía a la dirección que Stear había conseguido pero esas cartas nunca recibían respuesta. Era penoso para todos verla correr esperanzada al buzón todas las mañanas y no encontrar ninguna misiva proveniente de la ciudad de New York para ella.

La Srta. Pony y la Hermana María se estaban acostumbrando ya a ver su cara de decepción, además conocían de sus malas noches, de las veces que lloraba a escondidas y estaban preocupadas por la forma en que podían incidir esto en su estado de salud, puesto que ya empezaba a lucir pálida, delgada y ojerosa. Decidieron entonces hablar con ella y aconsejarla más seriamente para que volviera a retomar las ganas de vivir y pudiera curarse pronto del alma. Candy les aseguró que pondría todo su esfuerzo para lograrlo esa vez, aunque lo que en realidad anhelaba por más que alguien se ofreciera a estar a su lado, era estar sola. Por ello buscaba refugiarse en la tranquilidad de su cuarto o en la altura de un árbol. Ignorando de esta manera sin premeditarlo a los niños que extrañaban a la revoltosa, alegre y cantarina amiga que servía de ejemplo a seguir. Se ganó así la burla de muchos de ellos que ya estaban hartándose de verla siempre triste y apartada, y los que no la conocían o no la recordaban por ser demasiado pequeños cuando ella había dejado el Hogar de Pony se sentían decepcionados (aunque a esa edad no supieran bien el significado de esa palabra) de que no fuera para nada la heroína de leyenda que los chicos mayores habían contado.

Obtuvo la antipatía de uno en especial. Un chico nuevo llamado Jimmy, quien por ser uno de los más grandes, en el poco tiempo que llevaba en el orfanato ya había conseguido ser respetado y reconocido como el jefe. Dicho niño vio amenazado entonces su puesto con la llegada de Candy, aparte de que le enfadaba verla "hacerse la sufrida" como él mismo decía, decidiendo sin miramientos hacerle la vida imposible.

Le aventaba cosas, le ponía tachuelas en las sillas, se escondía en los rincones para hacerla asustar y luego salía corriendo, hasta que un día Candy se hartó y pensó en darle un buen halón de orejas como lección pero terminó descubriendo por parte de sus madres toda la verdad sobre él. Jimmy era un ser igual de sufrido que ella, había perdido a su madre hacía poco quedándose solo en el mundo.

-Yo… yo lo vi llorar la otra noche en el patio- comentó Candy reflexionando con pena sobre la situación.

"No eres la única que sufre en el mundo" le había gritado en una ocasión y tenía toda la razón. Candy sintió que su comportamiento había sido frívolo y egoísta al encerrarse en su dolor, sabiendo que tenía niños a su alrededor a los que servirles de ejemplo, a quienes debía cuidar. Cerró los ojos agradeciendo a Dios después de todo de que Anthony estuviera vivo y a salvo aunque fuera lejos de allí y hubiera la posibilidad de volver a verlo, por más remota que fuera, en cambio el pequeño Jimmy no tendría la oportunidad de volver a ver el rostro de su mamá nunca más. Candy se sintió muy triste por ello, y de allí en adelante se propuso no volver a juzgar a las personas sin conocer antes su historia.

Se dijo que tenía que conversar con Jimmy para dejarle saber que tenía su apoyo. Al día siguiente lo retó a aun duelo en el que el primero en subir a lo alto del Padre Árbol, conocedor de todos los secretos, ganaría la máxima jerarquía del Orfelinato.

Candy le dio ventaja para que corriera porque sabía que al final de todo iba a ganar, era mayor y veloz.

Los dos llegaron al lugar acordado y subieron con esfuerzo al tronco del roble. Pero Candy alcanzó la copa más rápido.

- Me ganaste - escuchó que el niño le decía con pesar desde unos metros más abajo, Candy le ofreció la mano para ayudarle a subir, supo que era el momento de conversar con él. Aplicó entonces toda la psicología infantil que se le daba tan natural para hacerle conocer que era su amiga, no un rival y así poder ganar su respeto. También le hizo entender que por más que se sintiera triste no estaba solo, que ella le entendía y que le brindaría una mano cuando la necesitara.

- Ahora empiezo a entender por qué todos te admiran Candy- le dijo Jimmy con una sonrisa, una vez que se hubo sentado a su lado en una alta rama.

El don mágico de Candy que hacía que todos los que la conocían la estimaran había funcionado una vez más.

La charla fue amena, para cuando bajaron porque la Srta. Pony y la Hermana María casi se infartan de verlos allí arriba, ya eran amigos y camaradas, aparte habían hecho un trato de que Candy sería la gran jefe y él el jefe suplente en caso de que ella por algún motivo o razón tuviera que ausentarse.

A partir de ese día volvió algo de paz al corazón de Candy y también empezó a nevar.


Un día a principios de ese invierno después de recibir la correspondencia, Candy subió a su habitación a leer la enviada para ella.

Dorothy le escribió contándole las últimas noticias de Lakewood, de que todos andaban de cabeza por una nueva fusión de compañías que había llegado a concretarse, constituyendo un nuevo triunfo para la familia Ardley pero una mayor responsabilidad para la Sra. Elroy, una de sus principales ejecutivas, quien en esos días lucía totalmente estresada y de mal carácter, también de cómo hacía falta su presencia en aquel lugar, que sin ella y Anthony parecía completamente marchito. Además le contó otra buena nueva, que se iba a casar pronto y no cabía de alegría,que todo le parecía un sueño, también le habló de cuanto la extrañaba y por último que ella y Pierre querían que fuera su madrina de bodas.

Candy estaba sumamente contenta por su amiga, porque había encontrado la felicidad que se merecía. La entendía perfectamente, sabía como debía estar de feliz y lamentaba no poder estar a su lado compartiendo esos momentos. Respecto a la petición no estaba segura de si aceptaría, no sabía si para entonces su corazón estaría lo suficiente preparado para presenciar un juramento de amor eterno cuando el de ella le había sido robado, pero se dijo que aún le quedarían dos meses para pensarlo por lo que decidió postergar el asunto.

Siguió entonces revisando la otra carta que estaba a su nombre y descubrió que era una invitación de Tom, su gran amigo quien había crecido junto a ella y Annie en el hogar y había tenido la suerte de ser adoptado por un adinerado hacendado bonachón. Tom la invitaba a un rodeo en su granja.

Candy pensó que era el motivo perfecto para divertirse un rato y olvidarse de las preocupaciones, enseguida tomó lápiz y papel para contestar su invitación, aceptando. Luego bajó contenta a decirles a sus madres y propuso llevar a todos los niños, quienes se emocionaron al oírla.

La Srta. Pony y la Hermana María al principio no estuvieron de acuerdo, pero al observarla tan animada, tan predispuesta, ya que se ofreció a conseguir como llevarlos y todo, no pudieron decir que no. Estaban complacidas de verla recuperar su vitalidad habitual. Al final de cuentas accedieron.


La reunión en la casa de Tom fue genial, las caritas de los niños rebosaban de alegría con cada uno de los números preparados por Tom y su padre. Hubo mucha comida, buena música y hasta payasos.

Lo mejor para Candy fue cuando Tom le dijo que le tenía una sorpresa y ante sus ojos expectantes vio aparecer a Stear y a Archie de detrás de un árbol contentos de volver a verla.

Candy que no se lo esperaba, se emocionó y corrió a abrazarlos. Stear le sobó la cabeza con ternura y Archie le dio un sonoro beso en la mejilla haciéndola sonreír.

- Te extrañamos gatita - dijo sosteniéndole el pequeño rostro entre sus manos.

- No sabes la alegría que nos da volver a verte Candy- dijo Stear con sinceridad, admirando una vez más esos ojos verdes brillosos que tanto le gustaban.

- Estaba preocupada por ustedes- comentó Candy- solos en la mansión a merced de crueldad de la tía abuela, pero me alegra saber que están bien chicos. Yo también los extrañé muchísimo-

Los tres chicos comenzaron a caminar por el gran jardín de la casona de Tom mientras conversaban, llevando uno de cada brazo a Candy.

-¿Y que has hecho todo este tiempo sin nosotros pequeña, te has portado bien?- inquirió Archie

- Claro que sí, quien me crees que soy- bromeó Candy

- Como me hacía falta escuchar tu risa, no podíamos esperar a arreglar el auto para venir a verte- confesó Stear.

- Sí, solo que este pelmazo no se apuraba- acusó Archie pegándole una palmada de mofa en la nuca a su hermano.

-¡Oye de que te quejas, si tú ni siquiera colaboraste!- reclamó Stear enojándose, pero Candy enseguida intercedió par mediar.

Alto, alto!- dijo en medio de los dos tratando de mantenerlos separados - Chicos me alegro de que estén aquí en el pueblo, que tal si nos divertimos, ¿bien? –

- Ok- acordaron ambos sonriéndole, felices de observar otra vez esa alegría contagiosa y de ver esas mejillas arreboladas.

- Y bien… ¿Quién quiere bailar?- preguntó Candy encogiéndose de hombros con timidez. Respuesta no le faltó porque sus dos paladines al mismo tiempo levantaron la mano empujándose el uno al otro.

-¡Yo. Yo, yo!-

Candy se rió con gracia. Ese día tuvo que turnarse para bailar con uno y otro, incluyendo a Tom el anfitrión, quien parecía un trompo al sonido de la música. Candy se divirtió tanto como hacia tiempo no recordaba, dejó a un lado todas sus penas y al atardecer terminó cansada pero con una grata sensación en el alma de haber vuelto a traer a tierra su espíritu joven y feliz.

Ya para finalizar la fiesta, Tom decidió dar su demostración del rodeo. Todo iba bien hasta entonces. Candy inclusive había sido capaz de soportar los comentarios indiferentes y machistas del papá de Tom acerca de la ausencia de Anthony, de cómo le haría bien conocer el mundo, mujeres y demás experiencias que le convertirían en un hombre a carta cabal. Tuvo que hacerse la fuerte, fingir que no le dolían sus palabras, disimular y mirar hacia otro lado para que su boca se guardara de protestar su desacuerdo.

Tom que sabía de la situación le había pedido disculpas sinceramente por la imprudencia de su padre. Ella solo le sonrió, asintiéndole con la cabeza, para que supiera que todo estaba bien.

Pero las cosas comenzaron a cambiar de tonalidad cuando se dio inicio a la demostración y vio a Tom montarse en un caballo salvaje para tratar de domarlo con su maestría. Entonces sin poder evitarlo la máquina de sus recuerdos empezó a funcionar, a asociarlo con Anthony, con el día en que resultó ganador del concurso del pueblo y con el día de la cacería donde había sufrido el accidente, en que dijera el doctor que se había salvado de milagro.

Sintió como el corazón se le comenzaba a acelerar debido a los nervios, mientras una angustia incontrolable le subía por el pecho, la opresión de pensar en aquello que podía haber pasado fue el límite, no pudo seguir mirando. Temía que algo ocurriera si lo seguía haciendo, temía ver a Anthony caer una vez más.

Se le escapó en un grito de los labios el nombre de su amado, provocando que todos voltearan a verla extrañados. Se sintió entonces avergonzada y se alejó corriendo del lugar.

Los chicos la llamaron preocupados al igual que los niños. Stear quiso ir detrás pero Tom que se había bajado del caballo lo detuvo.

- Déjenla… debemos dejar que se aleje un rato, apuesto a que ella quiere estar sola en estos momentos- Tom la conocía. No por nada se habían criado casi como hermanos.

Candy corrió y corrió hasta llegar bajo la sombra de un gran árbol de ramas frondosas y acogedoras que le recordó al de la cima de su colina. Aquel roble centenario que todo lo sabía, donde ella solía llorar sus penas, pidiéndole secretamente un consejo aunque no le contestara, siempre el silencio de su soledad le daba una respuesta.

Candy lloró todo lo que se había estado guardando durante días, sabía que si seguía así terminaría por enfermar pero era inevitable no pensar en Anthony, en recordarlo, en rememorar sus abrazos, sus caricias, sus besos, en anhelarlo a su lado y no tenerlo, en las ganas de escuchar su voz.

Lloró por ese cruel castigo injusto al que les habían sometido, de impotencia por ser demasiado joven para poder hacer algo. Lloró hasta desahogarse, hasta sentirse mejor. Más calmada yacía entre sollozos abrazada a la corteza del árbol, cuando percibió a alguien detrás de ella. Pero apenas se volteaba cubriéndose los ojos de la luz del atardecer para identificar quien era, cuando reconoció una voz que llevaba tiempo en no oír.

- ¿Qué pasa Candy, por qué lloras?-

-¿Albert…?- exclamó ella sorprendida de ver a su amigo, quien había sido su héroe salvador la vez en que había caído de la cascada. Sin pensarlo dos veces se aferró a él en busca de consuelo – Oh Albert tanto tiempo sin verte... Es Anthony… se lo han llevado…se lo han llevado muy lejos- le contó. Albert guardó silencio un momento mientras le acariciaba el cabello.

- Lo amas mucho verdad- inquirió con suavidad

- Desde el día en que lo conocí – Candy no dudó en responder – y sé que él también me ama, debe estar sufriendo al igual que yo. No es justo – lloriqueó. Entonces él la tomó de los hombros para mirarla cara a cara.

- No siempre la vida es justa Candy. Anthony te ha dado amor y ternura y esperanza... – le dijo calmadamente, como el buen consejero que era. Escuchar sus palabras le llenaba de paz a Candy -... ¿No crees que es justo que tú le devuelvas un poco de esa esperanza? -

Candy lo observó sin comprender, entonces él le tomó el rostro entre las manos.

- Cree en él pequeña, cree en ti y en el amor que se tienen, no puedes encerrarte en un mar de tristezas, en lugar de eso trata de encontrar el camino hacia él. No te rindas y trata de superar esta prueba. Si actúas con esfuerzo y valor el destino lo reconocerá y puede que hasta les permita estar juntos. Sé fuerte Candy-

- Albert...- dijo ella abrazándose a él una vez más, agradecida de tenerlo como amigo, al tiempo que escuchaba unas voces llamarla.

- Te buscan tus amigos, debo irme ya- dijo Albert despidiéndose de ella.

- Cuando te volveré a ver- le preguntó Candy al verlo alejarse con su mochila de trotamundos a cuestas.

- Cuando vuelvas a sonreír- le gritó haciéndole de la mano sin voltear, al tiempo que se perdía de vista al bajar una colina.

- Gracias Albert- dijo ella en un susurro para sí, había logrado que se sintiera bien del todo –Espero que a donde quiera que vayas todo te salga bien – le deseó.

Tom y Stear llegaron a verla.

- Candy nos tenías muy preocupados, te estamos buscando desde hace casi una hora- le reclamó Stear agitado colocándose las manos en las rodillas del cansancio.

- Lo siento Candy, debí suponer que no te gustaría ver jinetes cabalgando sobre caballos salvajes- se excusó Tom enseguida.

- Tranquilo Tom, no es tu culpa que yo sea un manojo de nervios- se disculpó ella poniéndole una mano sobre el hombro –Tu fiesta ha estado de lo más genial- le dijo con sinceridad y buen ánimo.

-¿Te sientes bien?- preguntó Stear, ella asintió animadamente

-Volvamos a la fiesta ¿sí?- propuso.


Antes de irse Stear y Archie le comentaron que tenían planeado volver a Inglaterra, a estudiar. Candy se sintió adolorida al principio sabiendo que los perdería a ellos también, pero entonces le propusieron llevarla.

- Recuerda que ahora eres una Ardley- le dijeron, haciéndole hincapié de que se tomará un tiempo para pensarlo, que igual regresarían por su respuesta dentro de un mes y medio. Ella dijo que lo meditaría, aunque sabía que en el fondo su amor por los niños del Hogar de Pony podía más y al final terminaría decidiendo no irse, por mucho que entonces le pareciera atractiva la idea de conocer aquel país lejano que solo en sus sueños había imaginado poder llegar.

Caminando hacia el auto que los llevaría de vuelta a Lakewood, charlaron un poco sobre Anthony, pero no tenían informaciones específicas sino solo vagos rumores, lo que escuchaban detrás de las puertas o de los sirvientes, o lo que conseguían sacarle al chofer después de algún soborno.

Que no se podía concentrar bien en las clases, que siempre le llamaban la atención, que ahora pertenecía al equipo de futbol. En fin la tía abuela estaba empeñada en guardar celosamente su secreto.

- Pero si de algo estamos seguro es que él se encuentra bien, tenlo por hecho Candy, sé que algún día va a regresar- le dijo Archie.

- De todas maneras nosotros no desistimos en enviarle cartas. Con Archie hemos llegado a la conclusión de que se las confiscan y por eso no puede responder, pero continuaremos intentándolo, a lo mejor uno de estos días logramos comunicarnos- comentó Stear con optimismo – ¿Y que hay de ti Candy, también le escribes? No desistas puede que las lea-

-No desistiré- contestó ella con firmeza – Jamás lo haré-

- Esa es mi Candy- dijo Archie tomándole la mano antes de subir al auto - Volveremos por ti gatita, pórtate bien hasta entonces-

- Adiós Candy- dijo Stear luego de ingresar y sacar la cabeza por la ventana. Ella los despidió animada. En cuanto el carro desapareció por el camino sintió una opresión en el corazón. Pero se dijo que ya no lloraría más, sería fuerte como les había prometido a Albert, a la Srta. Pony y a la hermana María.

El futuro estaba en sus manos, lo que podía pasar ahora dependía de ella, así como el volver a encontrar a Anthony si este no podía hacerlo.

Pensó en que se las ingeniaría para ir a New York, reuniría del dinero que obtenía de las mesadas que le otorgaban sus madres por la colaboración en la elaboración de las manualidades, pero llegaría a New York así fuera lo último que hiciera, no importaba cuanto tiempo tardaba o si tenía que buscarlo en todos los colegios de la ciudad pero lo encontraría. No perdería la esperanza ni la fe. Sabía que así se podían mover montañas.


Las semanas pasaron y Candy volvió a acoplarse a la rutina del hogar de niños. Los días aunque todos iguales se le pasaban ocupados entre controlarles las tareas a los más pequeños, la ayuda en los quehaceres hogareños, la elaboración de manualidades y dulces para la venta y los deberes personales diarios.

A menudo a sus madres no les agradaba que trabajara tanto pero ella insistía en ayudar, aunque en el fondo lo que la motivaba era mantener su mente alejada de Anthony y el dolor.

Cuando nevaba muy fuerte y no podían salir, se sentaba junto con los niños frente a la chimenea para contarles historias de príncipes y princesas, de reinos lejanos, de héroes legendarios, de hadas, brujas, duendes y dragones donde al final predominaba la bondad y el amor eterno, donde siempre había finales felices, nunca separación. Y en esas historias el protagonista siempre era él.

Al narrarlas sin proponérselo lo describía, en su apariencia física, en su forma de actuar, en sus maneras de proceder. Los niños ya se habían acostumbrado a ello.

Un tarde al anochecer les estaba contando la historia de la "Reina de las Nieves", aquella donde dos enamorados son obligados a separarse por un hechizo de una malvada reina con corazón de hielo, quien se lleva al apuesto joven a un castillo en los confines de la tierra, en las nieves eternas del Polo Norte.

Los niños la escuchaban con atención mientras contaba el cuento, haciendo mímicas y caras, cambiando las voces con cada personaje, atrapándolos completamente en la tensión del asunto. En un momento cuando estaba describiendo a la aterradora reina, inspirada íntegramente en el recuerdo de la tía abuela Ardley, en sus defectos más notorios e imperfecciones...

- Sus ojos eran dos pedazos de noche oscura, sin vida, como pozos insondables…y sumamente crueles. Reflejarse en ellos era como ver a través de un cristal sombrío que te podía volver una estatua de escarcha…-

Los pequeños oyentes estaban tan abstraídos en la historia que ninguno reparó en la falta de Jimmy y en las travesuras que podía hacer.

El diablillo aprovechó la mejor escena de suspenso para apagar la luz de súbito haciendo gritar a todo el mundo

-¡Miren a la ventana, allí está es la Reina de las Nieves!- gritó para colmo provocando que se desatara el pandemónium.

Hubo caída de sillas, empujones, pisoteos y no podía faltar el llanto. En vano Candy intentó calmarlos en la oscuridad pero nadie la escuchó, malhumorada fue hasta el interruptor y lo encendió de nuevo.

-¡Jimmy!- lo regaño - ¡Malcriado!-

Pero este solo atinó por encogerse de hombros poniendo una cara de falso angelito, sin poder aguantarse la risa.

Candy calmó entonces a los pequeños que habían resultado heridos, y se dio cuenta al mirar el reloj que ya era tiempo de merendar e ir a dormir.

En las noches ella los arropaba y procuraba de vigilar que todo estuviera bien en las habitaciones.

Esa misma noche cuando se disponía a apagar la luz de la habitación de las niñas escuchó una burla:

- Como siempre Millie tiene miedo de que venga el cuco y se la lleve jajaja, oye pequeña mocosa llorona, puede que en estos mismos momentos esté debajo de tu cama- se mofó una de las niñas más grandes con respecto a una de las más pequeñas, quien aún le tenía miedo a la oscuridad.

- No es cierto- se defendió la niñita con orgullo – El cuco no existe, no existe- al tiempo que se tapaba los oídos para no escucharlas, estaba a punto de llorar.

- Ya basta niñas- Candy interrumpió terminante –Que ganan con hacer sentir mal a alguien menor que ustedes, no se crean las sabelotodo, ¿acaso nunca tuvieron miedo de algo cuando eran pequeñas?- las cuestionó. Ninguna de las niñas dijo nada, le tenían respeto.

- Que tal tú Adri- inquirió Candy señalando a la niña que había estado burlándose de Millie frente a las demás - Sé que le tienes miedo a los payasos, por eso es que estuviste escondida en el baño durante casi toda la fiesta de Tom la última vez, por qué no les cuentas- le desafió. Las otras niñas comenzaron enseguida a burlarse, y a la aludida solo le restó bajar la cabeza.

- No te gusta que se burlen de ti ¿verdad?- agregó Candy

- Lo siento Srta. Candy- dijo la niña arrepentida

- Todos tenemos defectos y miedos Adri, no es bueno hablar de los demás sin reconocer los nuestros, ahora por qué mejor no le pides disculpas a Millie-

Adri y sus amigas se acercaron hasta la cama de la pequeña y le ofrecieron disculpas.

- Lo sentimos mucho Millie, no lo volveremos a hacer-

- Disculpas aceptadas- dijo Millie ya bien arropadita. Al descuido le brindó un guiño de ojo a Candy como agradecimiento.

Cuando ya todas se hubieron acostado, hubo apagado la luz y antes de salir, Candy se acercó a la camita de la pequeña Millie, quien le inspiraba una inmensa ternura. Por ser la más jovencita de las niñas, las mayores querían abusar de ella pero era valiente a pesar de todo y se les enfrentaba, le recordaba un poco a ella misma. Verificó que estuviera bien arropada y cuando ya se iba sintió una manito salir de debajo del edredón y agarrarle de la pijama.

-Candy- dijo en un susurró soñoliento para no despertar a las demás - ¿De verdad no hay nada debajo de mi cama?- preguntó con carita triste. Candy solo sonrió.

- Si sirve para tranquilizarte, déjame revisar-le dijo, Candy se agachó para demostrarle que no debía tener miedo.

- No. Absolutamente nada, todo está seguro en Nunca Jamás- le dijo sonriendo, refiriéndose a la tierra de los niños perdidos, lugar con el que le gustaba comparar el Hogar de Pony. La niña se alegró y le extendió los brazitos. Candy se acercó y correspondió el abrazo. Aprovechó entonces para arreglarle nuevamente el edredón para que no sintiera frío.

- El príncipe volverá- le dijo entonces la pequeña tomándola desprevenida.

- Qué dijiste-

El príncipe volverá por ti Candy. Lo he soñado, los vi juntos a los dos cerca de un lago muy bonito…y muy pegaditos-

- Que dices- Candy se puso roja, pero le causó gracia su comentario - Ojalá los ángeles te oigan- le susurró y Millie respondió con una sonrisa.

-Que así sea-


El tiempo siguió su curso implacable y llegaron los primeros días de Diciembre, pronto sería Navidad. Por este motivo Candy junto a la Hermana María trabajaban con más ahínco en la preparación de dulces, puesto que por esas fechas recibían pedidos de las escuelas aledañas.

Aquella fría mañana la Srta. Pony había acudido a una reunión organizada por el Alcalde del lugar, quien valoraba la labor que se hacía en el orfanato y la Hermana María había salido a comprar unos ingredientes faltantes, por lo que Candy se quedó por unas cuantas horas a cargo de todo.

-¡Jefe!- le escuchaba decir a Jimmy desde fuera de la ventana -¡Míreme Jefe!- puedo dar darme vueltas de cabeza y sin manos.

- Eso es excelente, pero ten cuidado Jimmy por favor- recomendó Candy viéndolo correr junto a los otros niños por el jardín. Movió la cabeza y siguió batiendo claras de huevo en un bol. Oir las risas de los chiquillos le alegraba la mañana.

Escuchó también el ruido de un carruaje acercarse por el camino cercano y un momento después lo vio pasar de largo, en ningún momento se detuvo a pensar quien podría ir allí, pero no pasaron muchos segundos de ello cuando algunos de los niños ingresaron en la cocina en tropel.

-Alguien viene en dirección hacia acá Candy, un hombre- le dijo Jhon

-¿Un hombre?, que raro, no esperamos visitas- dijo Candy limpiándose las manos en el delantal, mientras trataba de mirar por la ventana pero no alcanzó a ver nada.

-¡Un tipo jefe y viene derechito hacia acá!- entró gritando entonces Jimmy. Candy ya se estaba poniendo nerviosa, que debía hacer, que debía brindarle al huésped si no estaba preparada.

Millie entonces le tocó la espalda haciendo que Candy volteara a mirarla.

-Yo creo que es él Candy, es el príncipe que ha venido a buscarte-

Candy la miró extrañada, que estaba diciendo, más no pudo evitar que una llama de esperanza se encendiera en su corazón y éste se comenzara a agitar.

Armándose de fe y valor salió a ver quien era.


Continuará...

(Les prometo que Candy dejará de sufrir pronto)