CAPÍTULO 10 – Las miradas narcisistas (escena guarra incluida)

La ventana con las cortinas totalmente corridas, tal y como se habían quedado la noche anterior, no frenaba en absoluto la luz de un sol que Londres hacía tiempo que no veía. John se removió entre las sábanas blancas, que eran increíblemente suaves, y se abrazaba a la almohada con fuerza. La cama estaba caliente y aquel día no tenía clase.

Se desperezó sin demasiado cuidado y golpeó una lámpara de pie negra que casi cae al suelo. Una lámpara que no era suya.

- ¿Cómo? – Se pregunta mirando alrededor.

Entonces pensó que, a plena luz del día, él en la cama de Sherlock parecía mucho más incriminatorio que la noche anterior. Se levantó de la cama a gran velocidad y miró alrededor, era extraño estar en su habitación cuando él no.

Sonrojado abrió la puerta con cuidado, mirando antes de salir por si hubiera alguien. Salió al pasillo y, tras entrar en su habitación, cerró la puerta con más fuerza de la que pretendía y soltó todo el aire que no sabía que había estado reteniendo.

"Vale" se dijo "esto no es lo normal."

Había llegado a un punto en el cual había que empezar a replantearse ciertas cosas. Había besado a Sherlock hace un tiempo, había disfrutado viendolo desnudo y ahora habían dormido juntos (en el sentido más casto de la palabra).

"Bien, sí, estupendo." Se regañó a sí mismo con una expresión devastadora.

Sherlock le parecía un gran y estupendo misterio. Era atractivo y provocador. Pero, ¿se había enamorado? Bueno, no. En realidad John se había divertido, y mucho, pero de ahí a querer pedirle matrimonio…

John sacudió su despeinada cabeza y se cambió de ropa para bajar al comedor a desayunar.

El salón estaba atestado de jóvenes hambrientos que se amontonaban en la cola con sus bandejas para satisfacer su insaciable apetito. John, cansado, se sentó junto a Erik y decidió esperar a que todo se calmara un poco.

- Tío, tienes un aspecto horrible. – Le dijo con la boca llena. – Estás hecho una mierda.

- Buenos días a ti también. – Ironizó el recién llegado.

- ¿Has tenido una mala noche? – Preguntó. - ¿O una muy buena?

- Vaya, Erik, hoy estás especialmente gracioso. – Se burló quitándole la manzana que tenía en su bandeja y pegándole un buen mordisco.

- ¿Qué te pasa, entonces? – Preguntó.

John hizo una pequeña pausa para decidir si podía o no confiar en Erik pero, ¿qué demonios? ¿Hace cuanto que eran amigos? Y él nunca había hecho algún gesto de desagrado hacia la gente a la que le gustaba las personas del mismo sexo.

Miró a ambos lados y se echó sobre la mesa para acercarse a su amigo.

- Erik, ¿puedo contarte una cosa? – Susurró. – Pero no se lo digas a nadie.

Éste, sorprendido, imitó el gesto y se puso serio.

- Sí.

- ¿Me lo prometes? – Insistió.

- Sí. – Aseguró el joven intrigado. - ¿Qué es?

- Estaba pensando en que, a lo mejor, soy bisexual.

Erik alzó una ceja.

- Pensaba que te habían detenido por ir borracho o habías embarazado a alguien. – Se burló el muchacho recostándose nuevamente sobre su silla de plástico.

- Erik, estoy hablando en serio.

- ¿No se te estará pegando lo gay de Sherlock? – Dijo el muchacho tomando una gran cucharada de cereales.

- ¿Cómo?

- Sí. Últimamente te juntas mucho con Sherlock y, ¿sabes? Se rumorean cosas sobre él. – Dijo con una sonrisa torcida.

John tragó saliva.

- ¿Qué tipo de cosas? – Preguntó.

- Ya sabes: cosas. – Repitió el joven alemán. – He oído que tiene bastante éxito con los hombres, ¿sabes? Que los tiene por docenas.

- Exagerado.

- Bueno, vale. Pero sabes a lo que me refiero, es un Don Juan versión gay.

John torció el gesto.

- No creo que sea así. – Le excusó. – No me parece de esos.

- Pues a mí me parece bastante atrevido, no sé. – Le dijo. – No me cuesta imaginármelo ligándose a un tío una noche y lléndose a su casa. Tampoco suele estar mucho por aquí de noche, ¿no? No me sorprendería que se fuera por ahí de fiesta a lugares extraños. Discotecas chungas y esas cosas...

Él frunció el ceño. No había pensado en eso y, la verdad, no le hacía mucha gracia.

- Sobre lo de ser bi, pregúntale a él. Seguro que sabe alguna forma de resolver tu duda. – Dijo mientras sonreía con picardía.

- Mejor no. – Podía imaginarse las burlas de Sherlock ante sus dudas. Probablemente le diría algo como "pues claro que te gustan los hombres." y se largaría. No, eso tenía que hacerse de otra manera.

- Pero tampoco debe ser muy difícil. – Dijo más para sí que para John. – Es fácil saber si te gustan los hombres o no. Cómprate una revista de gays y si te excita; duda resuelta.

- ¿Y ya está?

- ¿Qué más quieres?

John se encogió de hombros y Erik rio.

- No te está haciendo nada bien salir con ese tío, dentro de poco te veo en un bar de ambiente fumando a saber qué y ligándote a un par de maromos. – Dijo levantándose para dejar su bandeja en el carrito de limpieza. – Te van a poner mirando pa' Cuenca.*

- No seas imbécil.

- Era broma, era broma. – Rio el chico mientras se alejaba.


John Hamish Watson llevaba algo así como quince minutos en la misma, exactamente la misma, baldosa gris de aquel pequeño quiosco de barrio. Había ido allí pensando que habría poca gente y sería menos vergonzoso pero durante aquellos quince minutos habían entrado y salido una cantidad considerable de personas que habían pasado junto a él. Casi podía escuchar sus pensamientos juzgándolo y condenándolo frente a la sección de revistas eróticas y eso que ni siquiera había cogido una de ellas para ojearla.

Miró a su alrededor nervioso y volvió a las revistas. En algunas de ellas salían hombres en las portadas posando sin camiseta. Había de todo tipo: altos, bajos, rubios, morenos, negros, blancos, depilados, sin depilar,…

John tenía la cabeza hecha un lio y estaba empezando a tener sudores fríos.

¿Por qué dudaba? ¿Qué más daba? Debía haber cogido una cualquiera, la más barata, por ejemplo, y haber salido de la tienda con la cabeza bien alta. ¿A quién le importaba?

Cogió una con las letras de la portada blancas en la que salía un muchacho quitándose la camiseta y, después de pagarla, la metió dentro de su abrigo y salió de la tienda mirando el suelo en dirección a la residencia.

Bueno, al menos la había comprado.

Se sentía extraño mientras subía las escaleras con aquel peculiar artículo. ¿Qué habría dicho su padre si lo viera en aquella situación?

Al entrar en su habitación cerró la puerta y se sentó en la cama.

De todas formas, ¿cómo unas simples hojas con fotografías imprimidas a color podía ponerlo tan nervioso? No era la sociedad, se decía a sí mismo, no era la presión de grupo o algo. Era… era él, pensaba. John se había dicho a sí mismo que su sexualidad dependía de aquello. Si alguno de los hombres de aquella revista erótica le parecía atractivo o le excitaba lo más mínimo sería oficial; era bisexual.

Aunque, en el fondo, hasta él pensaba en lo ilógico del momento. Su vida no iba a cambiar tanto y si lo hacía era para mejor. ¡Por dios, bisexual! Sus horizontes se veían considerablemente expandidos. Y eso no podía se malo.

Se removió sobre la colcha y abrió la revista observando detenidamente cada detalle de cada foto. Hombres desnudos o semidesnudos de excesiva musculatura se mostraban ante él incitándole a las más perversas situaciones. Todos ellos lo miraban con ojos cómplices.

Podía ver todo tipo de peinados y cortes de barba pero todos y cada uno de ellos compartían una cualidad común; la altanería. Sus sonrisas torcidas, sus ojos juguetones y sus músculos exageradamente formados le sugerían vanidad y narcisismo.

John torció el gesto atónito al ver como ninguno de aquellos cuerpos de gimnasio le hacían reaccionar de ninguna forma especial.

Una página doble se abría ante él mostrándole a un joven con un látigo y algo parecido a unos calzoncillos de cuero.

John observó detenidamente la foto sin sentir el más mínimo de atracción hacia aquél hombre. Dejó la revista a su lado y recostó la espalda sobre la pared.

Quizá, se dijo, era porque no parecían de verdad. Esos hombres teóricamente perfectos, esos apolos coronados por la sociedad, no eran a sus ojos más que cascarones vacíos. No parecían reales, eran la cara de la vanidad en una realidad inconsistente. ¿Dónde estaba su carácter?

En el caso de Sherlock era un joven con gracia. Él no era, sin duda, una belleza llamativa pero su mirada, su pelo, su forma de andar y de hablar… él era la fuerza en sí misma. Eso era lo que le daba encanto, era la atracción que podía ejercer sobre los demás por su carácter. Aquellos modelos le parecían maniquíes.

John suspiró y cerró los ojos. Oh, lo podía ver demasiado bien. Las blancas piernas del gabacho se extendían, infinitas, ante él; el torso desnudo parecía de mármol; los brazos, fuertes, se colocaban en jarra; los labios, torcidos en una sonrisa pícara, eran rojos y estaban entre abiertos; los ojos rasgados de algún color sin nombre lo miraban con una ceja alzada; las loca melena se rizaba con donaire y rebeldía, tan negra como era.

John tuvo que morderse el labio inferior ante aquella imagen. La intangible figura, desde la oscuridad de su cabeza, llevó sus dos manos, antes acomodadas sobre su cadera, hacia la cabellera para pasarse los dedos por el pelo y peinarlo hacia atrás. Sus músculos se contraían y las sombras se desplazaban, como acariciándole la piel, sobre todo su etéreo cuerpo.

Un escalofrío demasiado placentero viajó por los nervios de John que, embelesado por su propia imaginación, no pudo hacer otra cosa que suspirar y abandonarse a la situación.

Los dedos de su mano llegaron, vagos, hasta su pantalón y empezaron a acariciarse por encima de la tela. Un cosquilleo de anticipación viajó hasta el sur de su cuerpo mientras el insustancial ser paseaba sus ojos caprichosos sobre el cuerpo del galeno sonriendo con complicidad.

- John. – Susurró la inaudible voz del joven barítono haciéndole estremecerse por aquel sensual tono de excitación.

Sus manos abrieron el pantalón y se introdujeron para seguir su labor sobre la ropa interior, solo un poco más cerca. Los dedos acariciaron el juguetón miembro y ejercieron presión sobre él, haciéndole ronronear suavemente. La mano libre subió la camiseta se acarició el estómago haciendo que su rubia capa de vello se erizara, después empezó a bajar el pantalón junto a la ropa interior. Se recostó, tras desnudarse completamente de cintura para abajo, y cerró los ojos con abandono.

Los fríos dedos de su mano rodearon el pene con suavidad y empezaron un movimiento lento y perezoso. John cogió aire y retuvo un momento mientras curvaba casi imperceptiblemente la espalda. El agarre subía y bajaba por toda la longitud del tronco mientras se mordía la lengua sin apartar los ojos de los de la fantástica ilusión.

Casi parecía real cuando imaginó los largos dedos de su amigo acariciarle la pierna y subir sin vergüenza alguna hacia la rodilla y el muslo. Un suave apretón de la ficticia mano en la cara interna de la extremidad le hizo apretar la mandíbula. La velocidad de su mano aumentó y la sonrisa de la etérea figura parecía demasiado sexy incuso para él. Los dedos acariciaron la punta y, remolón, John se encogió un poco en su asiento cerrando los ojos con fuerza.

Un suspiro se le escapó cuando la mano decidió apretar un poco más, ir un poco más rápido, hacer la experiencia un poco más placentera.

- Sherlock… - Musitó cuando se imaginó al galo frente a él, arrodillado, mirándolo masturbarse. Imaginó, también, sus pupilas dilatadas y su mirada con un deje de deseo mientras su pecho, tan alterado como el suyo propio, subía y bajaba por la respiración descontrolada y podía, casi, escuchar el latido de su corazón alterado.

Su libido, descontrolado, se estremecía imaginando todo aquello y, deseoso de más, le hacía llevar su otra mano hasta su entrepierna para acompañar el movimiento.

John notaba sus mejillas arder, su vello erizarse y su orgasmo amenazando con llegar. La mano izquierda le acariciaba los testículos y el muslo mientras la otra subía y bajaba con energía por su excitado miembro. Aumentó un poco más la velocidad y se le entrecortó la respiración. El ambiente estaba demasiado cargado, la temperatura había aumentado varios grados.

- Dios… ummm – Ronroneó cuando decidió centrar toda su atención en la punta, brindándose la más cálida de las sensaciones. Millones de descargas eléctricas viajaban por todo su cuerpo y el sudor empezaba ya a caerle por la espalda. – aah…

Su espalda se arqueó un poco más y aquellos ojos invisibles brillaban dentro de su cabeza con demasiado deseo como para no suspirar.

- John. – Musitaba el fantasma con la voz ronca por el deseo y las ganas. – Más rápido…

Ese cosquilleo tan significativo le hizo soltar un gemido que, pensó, había sonado demasiado alto.

- John, por favor. – Ronroneó con malicia la intangible figura apoyando ambas manos sobre sus piernas e inclinándose, excitado, sobre el derrotado cuerpo del galeno. – John, lo estás deseando… córrete para mí.

Un último movimiento le arrancó de lo más hondo de su ser un gemido ahogado. El semen caliente le mancó las manos mientras el inigualable placer del orgasmo le recorría todo el cuerpo., llegando a cada célula, a cada átomo de su cuerpo. Abrió los ojos con pereza intentando recobrar el aliento y, por desgracia, la figura imposible desapareció sin piedad dejándole lugar a una realidad más perturbadora.

John se miró hacia abajo viendo el desastre en el cual su ropa se había convertido pero no pudo pensar en otra cosa que no fuera el orgasmo que acababa de tener. Suspiró con fuerza y se incorporó en la cama.

- Dios mío… - Murmuró mientras se limpiaba los restos de su lujuriosa acto.

"Bueno", pensó, "parece que soy bisexual". Al menos estaba claro que Sherlock le resultaba atractivo y, considerándolo mejor, aquello no podía ser nada bueno. Era su amigo, nunca era bueno que te gustara tu amigo. Torció el gesto resignado mientras se colocó los pantalones con desgana.

Al día siguiente, recordó, se irían a la casa de los padres de Sherlock.


Quise haber actualizado el domingo pero el día anterior me fui a casa de mi abuela, allá por el norte, y he estado estos días incomunicada y pasando frío llendo de bar en bar, inflándome a coca cola zero y trufas de chocolate (lo que sufre una). Así que, después de tres horas de coche, lo primero que he hecho al llegar a mi casa es actualizar (en soy tan mala, ¿no?) :(

¡Este es mi regalo de navidad! (os regalo sexo, soy una mala influencia)

Emmm, ¿os a gustado? La verdad es que me cuesta escribir estas cosas. Quiero que sea sexi y que sea excitante pero, al mismo tiempo, me estoy censurando a mi misma diciéndome "no pongas esto" o "no hagas lo otro". Creo que me reprimo a mi misma cuando escribo… se me da mejor leer XDD

Bueno, estaré esperando vuestra opinión y veremos que pasa cuando estén en la mansión Holmes XDD

PD: No se cuando actualizaré porque el siguiente capítulo no lo tengo escrito... pero no creo que pase de una semana (lo siento, he hecho lo que nunca quise hacer: no daros fecha para la actualización).

PD2: ¡Feliz navidad y próspero año nuevo!

PD3: ¿me dejais comentarios? :'(