CAPÍTULO X:
ACCIONES DESESPERADAS

POV: Agente Bilger

28 de Octubre de 2006; 17:02 Horas; Mercado de Chintadripet, Chennai, India

—¿Te encargas? ¿Tú te encargas? —pregunté incrédulamente, los otros dos clones habían cortado eficazmente la salida y el Connor jefe estaba sacando de una manera perversamente pausada un largo cuchillo de caza como el que habían utilizado para rebanarle el cuello al cadáver que había tirado en el piso—. ¿Un "Uno contra Uno"? ¡Vaya, y yo pensando que ya había visto de todo! —exclamé aparentemente irónico, tenía que ganar tiempo como fuera.

«Chobham, ¿Dónde demonios te has metido?» me impacienté al ver el brillo homicida de la mirada de Connor.

—No tenemos nada en contra de ti, Jacob. Sé que eres un tipo razonable, así que te doy una oportunidad —ofreció el clon jefe haciendo danzar en círculos amenazadoramente el cuchillo entre sus dedos—. Márchate de vuelta a Estados Unidos, olvídate de lo que te haya podido decir el chaval y diles que no le encontraste. Haz lo que se te da tan bien, mentir. Y podrás salir con vida de aquí —me ofreció extendiendo los brazos a lo ancho.

—Por favor, no —gimió Sanjog con lágrimas en los ojos—. No me deje con ellos.

—No te preocupes, no lo voy a permitir —le prometí después de tragar un poco de saliva con dificultad, asegurándome de ponerme entre medias.

—Algunas cosas nunca cambiarán, ¿verdad, hermanos? —exclamó el Connor del cuchillo ensangrentado mientras se afanaba en limpiarlo con la manga de su camisa.

—Jacob Bilger haciéndose el héroe por un desamparado huérfano con poderes —comentó el otro clon de la puerta, con una sonrisa burlona y riéndose entre dientes—. Otra vez la historia se repite, parece que está en tu Destino ver morir a todos los que quieres salvar.

—No soy el único, Michajl —me encaré con decisión—. ¿O acaso ya te has olvidado de Natasha?

Los dos clones dieron un respingo, injuriados y enfurecidos por el vil comentario que les había lanzado. Tal vez tenían el propósito de arrebatarme la vida en un pestañeo, pero los detuvo el sonido del cuchillo de caza golpeando con fuerza en la viga de madera de la pared, al ser lanzado con precisión por la mano del Connor jefe. Éste les hizo un gesto para frenarlos y a continuación hizo crujir los nudillos para desentumecerlos.

Preparándose para pelear.

—Dejádmelo a mí —exclamó ese Connor con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Qué te parece? ¿El que gane se queda con el chaval? —preguntó con sorna mientras avanzaba.

—Por mí, bien… ¡ouch! —logré decir antes de recibir un velocísimo derechazo que me hizo tambalearme. Logré despejarme justo a tiempo para esquivar otro golpe, esta vez uno de izquierda, y segundos después le ataqué con un directo que logró parar con la palma abierta de su mano. Lo mantuvo inmóvil a pulso durante unos instantes, enfrentando nuestras fuerzas a la par.

—¡Oh, vamos, Jacob! —me reprochó Connor en un tono sarcásticamente enternecedor, dobló su brazo en un ángulo de noventa grados con mi mano aferrada todavía, para intentar torcerme la muñeca y logró encajarme un cabezazo en la frente cuando no pude evitar soltar una exclamación ahogada de dolor—. Pensaba que valdría la pena pelear contigo. Pero eres toda una desilusión —espetó en el momento en el que caí de rodillas al suelo. Descargó otro puñetazo hacia abajo con saña cuando alcé la mirada, intentando enfocarle mejor.

—Chobham… —musité entre escupitajos de sangre, casi al borde de perder el conocimiento.

—¿Qué murmullas? ¡Ah, tu compañera! —se jactó Connor con el rostro salpicado de gotas de mi propia sangre—. Espero que no te hayas encariñado mucho con ella, Jacob. Mi hermano le lanzó su cuchillo antes de que lograra evaporarse —se puso en guardia inmediatamente, cuando me levanté enardecido por aquella pulla.

«¡No puede ser, sigue viva!» me convencí, intentando quitarme de la mente la imagen de Chobham en algún desamparado rincón desangrándose lentamente. Arremetí con un desesperado revés al torso de Connor, que él desvió con facilidad echándose a un lado. Michael estaba todavía en forma, mientras que yo apenas lograba tomar aire con regularidad. Se apartó de manera vacilona echándome una aviesa mirada al ver el efecto de su anterior comentario. Haciendo un breve descanso en el combate, tan solo unos instantes en los que pude recuperar el aliento. Connor había cometido un error al permitírmelo.

Cargué con rabia a por él, intentando propinarle un simple gancho con la izquierda, pero sabiendo que él me frenaría el golpe e intentaría retorcerme la muñeca de manera similar a como había hecho antes. Así que fallé a propósito, bajando el ángulo de mi brazo para golpear el aire vacío a su lado. Antes de que pudiera darse cuenta estaba demasiado cerca de él y su brazo derecho estaba inútilmente alzado delante de mí, al menos para intentar detenerme.

Nos dimos un porrazo sin sentido, como el de dos payasos haciendo gags en un circo, torso contra torso sin apenas hacernos daño real y sin que lograra derribarle al suelo. Ambos quedamos desprotegidos el uno frente al otro, perdiendo el sentido unos instantes. Aunque yo estaba más "curtido", a base de recibir muchos golpes, que el Connor original, y logré apresar su brazo derecho improvisadamente con una llave. Mientras mi aturdimiento era sustituido rápidamente por una ira acumulada y frenética, recordando el rostro de Chobham momentos antes de entrar en el edificio. Comencé a acribillarle el abdomen a base de una salva de golpes con mi puño libre. Un grito estremecedor y liberador brotó de mi garganta y el único pensamiento de hacer papilla el estómago de ese clon en particular, borró todo lo demás en mi cabeza.

Los otros dos clones tardaron unos instantes en reaccionar, al ver cómo estaba vapuleando a su hermano sin contemplaciones, casi sin creerse lo que estaban viendo. El último gancho que le propiné fue directo a la cara y logró hacerle rodar un poco por el suelo.

—¡Vamos, tengo de sobra para todos vosotros! —les reté haciendo un grosero gesto con el brazo, cuando se despegaron de la puerta. Desgraciadamente mi grito acababa de atraer a más clones que se acercaban por el pasillo, para salir en auxilio del clon sacudido.

—¡Cuidado! —avisó Sanjog inútilmente, encogiéndose en el rincón de la habitación.

«¡La madre que lo parió!"» me quedé con la garganta seca al ver a media docena de clones asomándose y escuchar el estrépito amortiguado de numerosas voces repetidas y pasos que procedían de todos los pisos inferiores. Eran demasiados.

—Esperad —prorrumpió el Connor que había derribado, después de recobrar el sentido. Se levantó inseguramente, poco a poco y recuperando el aire mientras se palpaba el castigado vientre. Ni un solo clon de Connor se atrevió a dar un paso más, aunque parecían ansiosos por hacerlo, como una jauría de lobos a punto de abatirse sobre una presa acorralada—. Eso ha estado mejor, Jacob —Connor se limpió un goterón de sangre que se escurría por su nariz y relamió con deleite su labio partido—. Empezaba a pensar que te habrías oxidado con la edad —esbozó una sonrisa abierta, con los dientes teñidos del rojo de su propia sangre.

Michael Connor me la tenía jurada desde hacía siete años, no es que quisiera verme muerto, quería verme derrotado antes que nada. Poseía un extraño sentido del orgullo propio, tan insólito como su sorprendente habilidad, que no aceptaba ser derrotado. Le había vencido la última vez que nos enfrentamos cara a cara, en las celdas de Primatech Paper después de que lograra dejar inconsciente al Haitiano y por poco le había matado en esa ocasión. Pero logró escaparse después de que le hubiera dado una buena somanta de palos y una vez se alejó de la Papelera Tejana desapareció entre sus innumerables copias con celeridad.

Ahora sus clones querían cobrarse esa venganza impagada, después de todo ese tiempo. Pero su retorcido sentido del honor le impedía machacarme todos a la vez, quería derrotarme de la misma manera en que nos enfrentamos. En igualdad de condiciones. Al menos lo que él consideraba igualdad.

El clon de Connor acometió con prudencia esta vez, propinando golpes secos y directos que fui parando como bien pude. Devolviendo los golpes en la misma proporción que él. Pero Connor no tenía experiencia en combatir de esa manera, a la defensiva. Intentó realizar una secuencia de dos golpes altos para después arremeter con uno bajo al vientre, pero esa jugada me la conocía muy bien, llevaba el sello de su maestro, Iván Spektor. Así que el último golpe no le sirvió de mucho cuando adelanté la pierna y le hice la zancadilla.

Los demás clones vociferaban enloquecidos para que se levantase y me apaleara, pero fue inútil por que ya le había conseguido agarrar de un brazo y del cuello, para inmovilizarle contra el suelo. Connor se agitaba desesperado con la mejilla aplastada y la otra mano tanteando inútilmente para alcanzarme, pero estaba perdiendo rápidamente las fuerzas cuando apreté enérgicamente su garganta con mis manos.

Una vez había intentado enseñarle a Chobham la diferencia entre acabar con una persona y disparar a una diana. Pero matar a ese clon con mis propias manos era muy diferente que dispararle con una pistola, noté como se le escapaba la vida y las fuerzas lentamente, con cada intento suyo de dar una bocanada. Hasta que finalmente llegó el crujido de su cuello y el silencio pavoroso de los otros clones que le acompañó.

Me levanté con dificultad del suelo, apartándome del cadáver y observando el lúgubre rostro de los clones, al ver que les había superado. Todos eran iguales. Idénticos. Todos serían vencidos si se enfrentaran contra mí en las mismas circunstancias. Esa era la realidad y sabía que Connor no sería capaz de admitirla. Uno de los clones pegó un bramido, un grito desgarrador de rabia que veló su mirada de sangre inyecta. Se lanzó en pos de mí para realizarme un placaje, pero pude agarrarle de los hombros y frenar su impetuoso avance.

—Se te olvida algo, Jacob —espetó ese clon, con el rostro agarrotado y encendido de cólera.

—¿El qué? —logré preguntar mientras estábamos brazo contra brazo en ese pulso.

—Vosotros me enseñasteis a jugar sucio —increpó con una sonrisa mezquina, cuando otros dos clones le ayudaron a empujar desde detrás, me desequilibré ante el impulso y perdí el pie en el suelo. El clon empezó a echarme para atrás, pero no para derribarme, sino en dirección a la ventana. Sólo me soltó cuando escuchamos el crujir de los cristales contra mi espalda al atravesarla, aunque eso no evitó que acabara cayendo también por el hueco del ventanal al que me había izado.

Tan sólo pude captar el brillo de más cristales rompiéndose, el silbido del aire al precipitarme desde el quinto piso y una imagen borrosa y confusa que era el mercado de Chintadripet visto mientras daba vertiginosas vueltas a la vez que caía. Cerré los ojos con fuerza para no ver el suelo aproximándose rápidamente, pero entonces…

—¡Splaasshh! —fue el sonido que escuché al precipitarme en medio de una masa de agua que amortiguó el brutal impacto. Agua que me caló de pies a cabeza e hizo que me quedara ensordecido y aturdido momentáneamente. La caída me dejó sin respiración unos segundos pero en cuanto noté que seguía vivo intenté salir a flote y abrir los ojos. Entonces supe qué era aquello que estaba notando mientras flotaba, el vaivén de las olas y el tirón de la resaca de alta mar. No había más que agua por todas partes, mar y mar hasta donde se perdía la vista. Me entró el pánico cuando algo inesperado se aferró con fuerza de mis hombros e intenté zafarme a porrazos para hundirlo.

—¡Para! ¡Bilger, para de una vez! ¡Me vas a ahogar! —exclamó una voz entre ahogadillas y esputos de agua, me paré al reconocerla aunque apenas podía verla en medio del oleaje.

—¿Chobham? ¡Estás viva! —logré mantenerme a flote con el rostro de mi compañera cerca de mi. Vi que afirmaba comedidamente con la cabeza, tomando aire mientras nadaba. Pero no pude hacer otra cosa que darle un abrazo con fuerza ante el alivio de saber que seguía con vida.

—¡Señor! ¡Me está apachurrando! —se quejó ella momentos después—. Tenemos que dirigirnos hacia la costa. Allí —señaló una borrosa silueta a lo lejos, cuando el oleaje lo permitía—. Antes de que nos hundamos.

—¿Dónde estamos? —intenté preguntar pero ella sólo me respondió agarrándome del cuello por la espalda como si de una socorrista se tratara y tirándome con fuerza al fondo del agua. Noté aquella sensación espeluznante que ya había experimentado en más de una ocasión junto a ella, mientras se me escapaba el aire de los pulmones en forma de una miríada de burbujas que se mezclaban con la espuma del mar. Todo daba vueltas y mas vueltas, para dentro y para fuera, como en el interior de una lavadora centrifugándose. Y en un instante fuimos proyectados, junto a una tonelada de agua marina que nos rodeaba, en medio de la arena de aquella lejana playa.

Sanos y a salvo.

—En Brasil —me respondió Chobham después de soltar una buchada de agua.

POV: Agente Chobham

28 de Octubre de 2006; 09:04 Horas; Belem, Provincia de Pará, Brasil

«Agua»

Clara, cristalina e insoportablemente fría. Es asombroso como la mente encuentra instintivamente la solución a un dilema que dura tan sólo un latido del corazón. No tenía ni idea de cómo lo había hecho, de cómo me había aferrado en el aire a Bilger cuando le había visto caer atravesando la ventana, de cómo había logrado desplazarnos a menos de cinco metros de estamparnos contra el sólido suelo de hormigón. Ni cómo había logrado recordar la playa que avisté en nuestra breve estancia en Brasil, en el último momento.

Aunque eso era lo de menos.

Lo que realmente no podía comprender era cómo había sabido que mi compañero acabaría siendo lanzado desde el quinto piso. Supe que me necesitaba en ese preciso momento. Ni antes, ni después. Había sido como si ya le hubiera visto antes, pero de manera diferente, estampado contra el pavimento y rodeado de un charco de sangre. No tenía sentido, ninguno. Pero innegablemente estábamos empapados, calados hasta los huesos, de aquella maravillosa agua de mar.

—¿Seguro que estamos en Brasil? —preguntó mareado Bilger, dando un traspié en la deleznable arena de la playa. Estaba casi desierta, al parecer el fuerte oleaje había izado la bandera roja, a excepción de un par de ancianos que daban un tranquilo paseo. Los cuales agitaron la cabeza incrédulamente al ver nuestro extraño naufragio y nuestra singular estampa. Le afirmé con dificultad a mi compañero mientras intentaba despojarme de la chaqueta que tenía pegada. Siempre sabía a dónde me desplazaba, aunque no fuera consciente antes de desplazarme. Casi siempre—. Debemos de volver de inmediato. Debemos evitar que Connor la encuentre —emitió Bilger mirando en todas direcciones, fijándose en los turistas del paseo marítimo que se paraban y nos señalaban indiscretamente, preguntándose qué clase de tarados se bañaban un día como hoy con toda la ropa puesta—. Si se hace con Pandora… —entonces su voz se convirtió en un susurro al fijarse en mí y en la sangre que empapaba la pegajosa chaqueta—. ¿Estás herida…?

—No —le paré cuando se acercó alarmado—. Esta sangre no es mía. Es de ese… Era de ese hombre —emití con un murmullo apagado, mientras se me aceleraba la respiración. Me había quedado en estado de shock cuando Michael Connor había atacado por detrás al sinvergüenza que estaba aprovechándose de Sanjog. Degollándole de lado a lado salvajemente—. Perdóname, Bilger. Me entró pánico y huí. ¡No podía pensar…! —intenté justificarme ante él por mi actuación, la manera tan cobarde en que le había dejado al descubierto. Pero todavía estaba tiritando al recordar el siniestro rostro del clon de Connor, justo unos segundos antes de que intentara atacarme a mí también.

—Vale, lo comprendo —contestó mi compañero, desviando el rostro de mi mirada—. Chobham, hay mucho trabajo que hacer y rapidito. Tenemos que ir de vuelta, no podemos permitir que Connor se lleve al Sanjog. No podemos —seguía mirando al mar embravecido, aunque el tono de voz que empleaba conmigo era un tanto seco. Daba la impresión de que estaba hablando en serio, pero era una locura todo lo que decía.

—¡¿Estás de broma?! ¡Había docenas de clones! —me opuse alzándole la voz, le agarré con firmeza del hombro para que me mirara de frente. No fue una buena idea—. ¡El lugar estaba repleto de Conn…! —apenas añadí más. Al verle mejor y de cerca el rostro pude apreciar la sarta de contusiones ocasionadas por la paliza que le había dado Connor. Aquello sólo logró que se incrementara mi sentimiento de culpa.

—No debíamos de habernos separado —recapacitó Bilger en voz alta, lo que ambos estábamos lamentando. Intenté pensar con algo de sensatez de nuevo, algo que mi compañero no compartía. Volver otra vez a la India era un suicidio, aunque acertara por pura chiripa en el mismo lugar en el que estuviera el chico, si todavía resultaba que estaba allí. Los clones nos matarían al segundo. No teníamos equipo, ni armas, ni apoyo para enfrentarnos contra los Connor. Eso sólo me dejaba una única posibilidad…

«Necesitamos ayuda» razoné mientras el viento ululante sacudía mi cabellera empapada. Empecé a rebuscar con impaciencia, entre los bolsillos de mi chaqueta, el móvil. Pensaba que lo encontraría completamente empapado e inservible, aunque tal vez podía aprovecharse todavía la tarjeta SIM, si la extraía. Pero al encontrarlo y ponerlo en marcha funcionaba a la perfección, si bien más lento por el brusco cambio de temperatura. Me despojé de la chaqueta dejando mi blusa empapada al amparo de la afilada y fría brisa, dándole golpecitos a la pantallita con inquietud creciente.

—Dime el número de la central, Bilger —le pedí mientras marcaba el código PIN, con la piel de gallina de los antebrazos al aire. Mi compañero se giró en seco al oírme y me miró fijamente como si estuviera aturullado. Tras unos segundos, recobró el sentido, se aproximó, me arrebató el móvil y delante de mis estupefactos ojos lo partió, haciendo un sonoro "Crac", por la mitad con ambas manos—. ¿Qué narices estás haciendo? —bramé con los ojos exorbitados, tiró una de las mitades bien lejos de la costa antes de que pudiera reaccionar.

—Nada de llamadas —decretó con rudeza en tanto que yo intentaba evitar que tirase el otro pedazo—. Ninguna —reiteró cuando me acabó cogiendo de los hombros y me lanzó a la arena de la playa, debajo suyo e inmovilizándome de brazos y piernas con celeridad y eficacia.

—¿Qué…? ¿Por qué? ¡Necesitamos refuerzos! ¡Bilger…! —articulé revolviéndome para quitarme de encima a mi compañero, pero él me aferró con firmeza la cabeza y con una expresión desapacible en su semblante, se aproximó a mí paulatinamente.

—Na-da de lla-ma-das a la cen-tral —deletreó Bilger adustamente en un susurro—. Te engañé. Te mentí completamente, Chobham. No hay informe de la misión, no hay órdenes de Bishop, ni vamos a reclutar a Sanjog. Nadie de La Compañía sabe que estábamos en la India, Chobham. Nadie —exclamó más templado mi compañero—. Si llamas a Hartsdale y les dices qué estamos haciendo, nos meterán una bala en la cabeza cuando regresemos. Nos considerarán traidores —un brillo de angustia relampagueó en sus ojos castaños.

—No entiendo… —musité con un barullo en mi cabeza.

—Molly necesita la ayuda de ese chico, no tenía otra opción —declaró Bilger pidiendo compasión con su mirada, antes de soltarme de los hombros y levantarse del arenoso suelo.

«¡Oh, Dios mío!» aquel enredo se había despejado. Mi compañero había salido del despacho de Robert Bishop, poco después de que les dejara a solas en la reunión, y me había dado instrucciones precisas y muy específicas. Echarme a descansar lo que quedaba noche porque al día siguiente nos esperaba una ardua misión al otro lado del globo. Y debíamos estar frescos para el viaje en avión desde Heathrow.

Me había tomado aquellas órdenes con toda la naturalidad del mundo, sin cuestionármelas en absoluto, porque Bilger parecía estar igual de resignado que yo. Confiaba en él y todo aquello me había parecido una misión de pura rutina. Pero ahora caía en la cuenta de un detalle fundamental.

Robert Bishop no me había hablado de la misión, en ningún momento.

—Si… —intenté incorporarme un poco del suelo, con la arena pegada en la espalda, antes de continuar—. Si nadie sabe que estábamos de misión en la India, ¿Dónde puñetas piensan que estamos? —exhorté enfurecida momentáneamente con mi compañero. Había abusado de mi confianza, desconsideradamente, sólo para usarme como medio de transporte hasta Reino Unido.

—Se supone que vas a estar unos días de permiso en el hogar de tus padres, en Frostburg —explicó mi coartada con minuciosa simpleza—. Yo, en cambio, estaré en una ficticia misión de vigilancia en pueblecito de Nuevo México. En el escritorio de nuestro despacho dejé el resumen de tu periodo de prueba, por duplicado. Una copia contiene mi visto bueno para tu ingreso definitivo y la otra es una petición para tu expulsión —mi compañero había planeado concienzudamente todos los detalles del plan, falsificando toda la documentación e incluyendo un posible chantaje descarado por si me negaba a hacer algo.

—Serás malnacido… —le maldije frunciendo los labios en una mueca furibunda—. ¿Por qué no me contaste la verdad? ¿Eh? —inquirí poniéndome delante suyo para que me viera el rostro.

—Quería evitar que te involucraras, por si nos pillaban —dijo Bilger, echándose las manos al rostro—. Si podías alegar que ignorabas mis planes, a lo mejor no te acusarían de nada —el semblante de mi compañero se ensombreció de una manera ominosa, y sus ojos castaños parecieron menguar bajo el peso del error que había cometido.

—Bueno, entonces, ¿Qué vamos a hacer? —pregunté sin vacilar ni un instante. Bilger me dirigió una mirada comedida, con el ceño arrugado de perplejidad—. ¿Qué? ¿Por qué me miras así? ¡No vamos a permitir que Connor se lleve al chaval! —accedí mirándole con arrojo. Mi compañero sonrió tímidamente al ver que mi enfado se había esfumado, sólo por el momento, y con una expresión reservada empezó a recapacitar sobre nuestra situación.

—Necesitamos ayuda —convino Bilger conmigo después de unos momentos con el rostro cabizbajo.

«¡Eso mismo te he estado diciendo todo el rato!» me encrespé mirándole con los ojos echando chispas.

—Pero ayuda de fuera de La Compañía —aclaró mi compañero al ver mi gesto airado—. Lo primero será cambiarnos de ropa y buscar un teléfono público. Aquí cerca está el piso franco que usamos la última vez. Si no recuerdo mal había algo de ropa que quizás podamos usar —exclamó poniéndose en movimiento inmediatamente, conmigo pisándole los talones.

—¿A qué te refieres con… ayuda de fuera? —pregunté ligeramente dudosa.

—Alguien que trabajó en La Compañía, hace un tiempo —me respondió parcamente Bilger dándome la espalda nuevamente y apresurando el paso.

«¿Trabajó?» di un pequeño respingo, incrédula. Mi compañero se amparó en un muro de taciturno silencio a medida que nos dirigíamos al piso franco, con la ropa chorreando gota a gota por la concurrida calzada. Si Bilger no quería esclarecerme la clase de ayuda que íbamos a conseguir, era por dos posibles razones. O bien intentaba protegerme, manteniéndome en la ignorancia hasta el último momento, como había hecho anteriormente. O tal vez sería un tipo de apoyo que yo me negaría en redondo a admitir si estaba avisada de antemano. No me gustaba ninguna de las dos opciones, pero intentar atosigarle con preguntas no funcionaría con él.

El piso franco estaba igual que como lo dejamos, acaso un poco más polvoriento. Los armarios tenían un buen surtido de ropa de varios años atrás, con un fuerte olor a naftalina contra las polillas, pero seca al menos. Y en el cuarto de baño, mi compañero encontró varias toallas viejas con las que secarnos. Entre tiritones, por habernos enfriado, y la oscuridad de la mañana nublada, empezamos a desvestirnos pausadamente.

Sonreí divertida con una pequeña carcajada, cuando Bilger un tanto avergonzado se dio la vuelta en el momento que me quité la blusa empapada y me quedé solamente en sujetador de tirantes.

—Ni que hubiera algo que no hayas visto ya, Jacob —me burlé maliciosamente girándome y mirándole por encima del hombro descaradamente.

—¿De qué se supone que estás hablando, Chobham? —preguntó intrigado mi compañero, tomando una toalla seca y frotándose el torso sembrado de cicatrices. Pero al intentar recordarlo una fuerte jaqueca me atravesó la cabeza con brusquedad, balbuceé algo en respuesta y perdí repentinamente el equilibrio desplomándome hacia delante—. ¿Otro terremoto? —Bilger me había cogido inmediatamente para mantenerme en pie, pero me costó recuperar el sentido de lo que estaba ocurriendo.

«No, era otro recuerdo falso» recapacité negándole con la cabeza. Pero me tuve que obligar a recordar lo que realmente sucedió, así que cerré los ojos y conté hasta cinco mentalmente como bien me enseñaron tiempo atrás para controlar mi poder.

«Uno» visualizo el recuerdo: El sonido de un cerrojo abriéndose y un susto repentino, acompañado de un extraño sentimiento de vergüenza y furia. Está mi compañero y estoy yo, pero todo lo demás se encuentra indefinido, impreciso.

«Dos» rememoro el lugar: Procurando no centrarme demasiado, sólo lo justo, lo necesario. Un hotel, el mismo en el que estuvimos hospedados, el mismo desde el que contemplé la playa en la que acabábamos de estar.

«Tres» ubico el momento exacto: ¿Antes de viajar a Marabá…? No, fue bastante antes. Pero poco antes de que nos entrevistáramos con el padre de María y poco después de conseguir habitación del hotel… Pero, ¿realmente estuvimos hospedados en ese hotel? No, no fue así. Ahí está el fallo, nunca llegamos a hospedarnos en ese hotel, buscamos la tumba de la madre de María Santos y ahí encontramos a Amaro agazapado detrás de una sepultura.

«Cuatro» intento buscar algún recuerdo con el que conectarlo, pero parece que no tiene sentido. No hay un antes ni un después de ese recuerdo del hotel. Como si fuera un sueño muy vívido, parece real, pero no lo es… ¿Entonces por qué tengo esa molesta sensación de que algo no encaja? El recuerdo del cementerio y de Amaro ocupa su lugar gradualmente.

«y Cinco» por puro reflejo, al ver que no es real, el recuerdo se desvanece. Como tantos otros anteriormente, ese dónde, cuándo y qué desaparecen de mi mente, aliviándome. Y abro los ojos lentamente, observando a mi compañero que me sostenía de los hombros con firmeza.

—Ya está todo bien —le aseguré con una amplia sonrisa plantada en mi rostro. Bilger no parecía muy convencido y me observaba con reserva. Unos instantes después reparé en la minúscula blusa empapada que tenía entre manos y que apenas me tapaba, mientras Bilger me mantenía aferrada de los hombros. Mi compañero me soltó inmediatamente y se volvió a girar de espaldas a mí, en cuanto empecé a mirarle completamente sonrojada. Deseando que me tragara la tierra en aquel mismo instante. Después de unos minutos de incómodo silencio abochornado, rompí finalmente el hielo. —¿Por qué encubres a Bishop? —mi compañero dejó momentáneamente de secarse.

—No sé de qué… —en su voz había un mínimo signo de ansiedad, tiró a un lado la toalla.

—No soy tan novata como piensas —repuse sin forzar el tono. Tenía cierta ventaja sobre el resto de principiantes. Me había criado desde pequeña oyendo historias y toda clase de cosas de La Compañía, conociendo en persona a varios de los Fundadores y conviviendo con mis padres, ambos los cuales habían trabajado en los entresijos más oscuros de sus actividades—. Sé lo que significa una "Operación Negra", Bilger —reclamé con aspereza, mirándole brevemente por encima del hombro. Una Operación Negra era algo parecido al Ratoncito Pérez o a Papá Noel en la jerga de La Compañía. Todo el mundo sabía en verdad lo que es, pero nadie lo comentaba en voz alta, ni por supuesto admitían haber llevado a cabo una.

Básicamente, una Operación Negra era cuando un mandamás de La Compañía, tal vez un miembro directivo de alto nivel o incluso un Fundador, daba instrucciones directas para realizar una misión a un agente sin utilizar los medios habituales.

Sin informes, ni transcripciones, ni órdenes oficiales.

—Molly lleva teniendo pesadillas desde hace unos meses y… —comentó confidencialmente Bilger—… ambos pensamos que Sanjog Iyer podía ayudarnos a encontrar respuestas acerca de quién le está metiendo esas pesadillas en sus sueños —explicó con aspereza en su voz.

—Y Bishop te ordenó que le llevaras a la central, ¿cierto? —articulé con ironía poniendo los ojos en blanco, mientras seguía secándome con presteza—. ¿Y si Sanjog Iyer se negaba a ir con nosotros? —me había ganado el derecho a hacerle preguntas después del embrollo en el que me había metido. Pero el largo y profundo silencio de mi compañero hizo que me temblaran las piernas antes de girarme para acusarle con la mirada. Casi no podía creerme lo que me estaba temiendo—. ¡¿Íbamos a secuestrarle a la fuerza?! ¡¿ESE ERA EL PLAN?! ¿Ahora raptamos niños pequeños? —le increpé con excesivo desprecio y asqueada de mí misma por formar parte.

—Créeme, Chobham —se lamentó mi compañero—. Todo lo que he hecho lo he realizado con la mejor intención…

«¡Esto nunca me lo habría esperado de ti, Bilger!» Bishop ya me había advertido acerca de cosas que pondrían a prueba mis límites. No me lo había tomado en broma y había aceptado imperturbable que haría lo que estuviera en mis manos para sobrevivir. Para formar parte de La Compañía. Pero acababa de darme de frente con un muro que no me esperaba.

—¿Y después de que Sanjog ayudara a Molly? —no sabía qué clase de morboso impulso me incitaba a reunir fuerzas para terminar la pregunta. Mas si cabe cuando me estaba intuyendo la verdad—. ¿Qué es lo que le iba suceder a él? —Bilger se giró taciturno y alzó la mirada antes de apartarla bruscamente. Su mirada había confirmado mis peores temores sobre Bishop. El pequeño Iyer sólo sería una molesta pieza que eliminar del tablero de juego una vez se arreglara el problema de Molly.

—No le iba a pasar nada malo. No, al menos conmigo —exclamó mi compañero abruptamente—. Bishop sabe bien que la única manera de convencer a alguien como Sanjog es enviar a un agente que quiera ayudarle. Ayudarle sinceramente —aclaró mi compañero con el tono de voz arrepentido.

—¿Así que aceptaste la misión para ponerle a salvo tu mismo? —concluí al darme cuenta de que habíamos podido llegar hasta él sin problemas. Bilger afirmó con tirantez volviéndose otra vez para secarse. Yo ya conocía aquella faceta de mi mentor. Sí, era capaz de arriesgarse para salvar la vida a Molly y acabar con un cabrón de primera como Henry Strauss, pero él no se veía capaz de cambiar la vida de un niño inocente por la de otro igual.

—Creo que estos son de tu talla —exclamó con la voz tomada Bilger. Pasándome a tientas un pantalón de chándal y una sudadera con capucha, junto a más ropa amontonada y arrugada, cuando me terminé de secar. Él ya se había terminado de vestir con una camisa tejana a cuadros y unos vaqueros anchos y comenzó a rebuscar en el entarimado. En el mismo lugar donde habíamos dejado la pistola y el resto de cosas—. En situaciones desesperadas —dijo en voz queda como para sí mismo cuando extrajo la semiautomática, mostrándomela mientras terminaba de ajustarme el amplio pantalón de chándal con la cinchas.

—¿Piensas que nos enfrentemos a todos esos clones, armados sólo con eso? —pregunté sin mucha confianza, mi compañero negó presuroso con la cabeza, revisando la munición y el estado del arma.

—No, esto es para protegernos —respondió Bilger con tranquilidad, entretanto seguía trasteando en el hueco.

—¿De quién? —pregunté mirándole con el ceño fruncido y cruzándome de brazos.

—De la persona a la que vamos a pedir ayuda —añadió sacando y contando unas pocas monedas sueltas del fondo.

POV: Agente Bilger

28 de Octubre de 2006; 10:07 Horas; Belem, Provincia de Pará, Brasil

Sentados ambos en el parque cercado de setos, rodeados a su vez de padres con sus pequeños vástagos pululando por los alrededores. La primera impresión que provocábamos es que estábamos totalmente fuera de lugar, en aquel banquillo debajo de ese apagado cielo cubierto de nubes. No se me había ocurrido otro sitio más cercano en el que reunirnos.

Malditas prisas.

De todas maneras aquel enclave seguramente era de su agrado, rodeado de gente y a plena luz del día, en vez de un oscuro callejón en el que temiera alguna clase de encerrona. Sí, seguramente le encantaba la ironía de la situación.

«Los sueños son algo increíble» recapacitaba mientras tamborileaba impaciente los dedos en torno a mi rodilla y mi compañera, inquieta, miraba alrededor examinando cada rincón del parque infantil. Pasado, presente y futuro al parecer se mezclaban en el mundo de los sueños. Sanjog había exclamado segundos antes de que Connor irrumpiera en la habitación: "Esto ya lo ha soñado alguien". Aquello sólo podía significar una cosa, que alguien capaz de ver el futuro había predicho nuestro encuentro en algún momento. No podía llegar a pensar siquiera el cuando, tal vez una semana antes o una década.

Pero era indudable que Sanjog Iyer tenía vía libre para acceder a todos esos sueños, ya fueran de traidores, héroes, políticos, conspiradores, profetas o asesinos. Un poder incalculable para cualquiera que quisiera desentrañar un secreto olvidado por todos. Por todos menos por los sueños. Sí. Tal vez la pesadilla de mi primera compañera, de Eve Willis, estuviera en estos precisos momentos siendo soñada por alguien. Tal vez estaba siendo recreada una vez más por la siguiente Pandora…

—Esto me da mala espina, Bilger —dijo una agorera y acertada Chobham, tal y como si acabara de leerme el pensamiento. Aquello hizo que algún arrinconado interruptor de mi cerebro se pusiera en marcha y recordara un detalle significativo de la persona a la que íbamos pedir ayuda.

—Lo más probable es que no venga a la cita —opiné en voz alta. No tenía ni idea de si había dado resultado la llamada. El teléfono al que había marcado podría ser erróneo, o lo habría cogido la persona equivocada. Sea como fuere al descolgar el auricular sólo logré captar un silencio sobrecogedor al otro lado del cable y solté deprisa y corriendo el lugar y la hora de la cita sin esperar a una contestación—. Esto, Chobham. ¿Recuerdas lo que te expliqué acerca de evitar que te leyeran la mente? —mi compañera fue abriendo más y más los ojos a medida que terminaba la pregunta.

—¿Un… un telépata? —tartamudeó brevemente Chobham, parpadeando confusa—. Necesitamos ayuda, no que nos lea la mente un entrometido telépata.

—Tenlo por seguro, puede hacer más cosas que leer la mente —comenté intentando suavizarlo con una vaga sonrisa. Pero una voz a nuestras espaldas hizo que una descarga de adrenalina cruzara todo mi cuerpo y que mi compañera girara bruscamente el rostro.

—¿Qué le dijo una marioneta a otra marioneta? —exclamó en portugués un hombre de unos treinta años con un cigarrillo arrugado consumido casi hasta la boquilla, examiné brevemente su indumentaria y su singular actitud pero volvió a repetir la pregunta una vez más—. ¿Qué le dijo una marioneta a otra marioneta? —su voz denotaba nerviosismo al tirar la colilla y aplastarla con la suela de los zapatos.

Entonces me acordé de dónde me sonaba aquella charada de frase, la había escuchado en la última reunión del consejo directivo de La Compañía al que había acudido…

—Eehh… —dudé un poco al incorporarme del banquillo, e intentando recordar cómo se respondería en portugués—. Oye, Tronco, creo que tienes la cabeza llena de serrín —mi compañera se levantó para plantarle cara al recién llegado, ahora que acababa de presentarse.

—Siento el chiste ridículo, no tiene ni pizca de gracia. Pero tenía que asegurarme de que era usted en realidad —exclamó limpiándose rápidamente la mano sucia sobre la chaqueta para saludarnos al tiempo que se rascaba el cogote ordinariamente con la otra. —Es extraño volverle a ver, cara a cara, agente Bilger —añadió en un inglés muy poco refinado. Chobham enarcó una ceja despectivamente y soltó un leve silbido al verle que soltaba un asqueroso escupitajo al suelo.

—También a mi me lo parece —empecé a sentir una opresión creciente en el cráneo como si acabara de salir de un lugar donde hubiera demasiado ruido—. Cuando haya dejado de intentar sondearnos, quizá quiera hablar —pronuncié en inglés pacientemente, en cambio Chobham no acusó los efectos. Aunque su expresión se volvió más severa, a la vez que se colocaba detrás de mí discretamente como si mi mero resguardo pudiera disuadir el poder de su mente.

—Sólo era por costumbre. No se lo tomen a mal, agentes —dijo en portugués cuando la presión se desvaneció de mi mente—. Han venido solos, eso ha sido muy osado por su parte. Ummm… —se quedó pensativamente a mitad del gesto de encenderse otro pitillo de tabaco negro, contemplando a Chobham—. Ella se teletransporta y usted ha traído un calibre 0,45 con silenciador que lleva a su espalda, bajo los pantalones. Mala combinación, se mire como se mire —enumeró en inglés y cabeceó negativamente echándose el cigarrillo a los labios—. También he captado otras imágenes, un poco confusas en verdad, mezcladas con incoherencias. A su compañera le pasa algo raro en la cabeza, mucho ruido blanco y recuerdos fluctuando constantemente —dijo en portugués volviendo de nuevo la atención sobre mi.

—¿Y de mí? ¿Ha captado algo? —le reté mirándole fijamente.

—Sabe muy bien que no —torció el gesto en una mueca desdeñosa—. Ni un sólo pensamiento y ni una emoción.

«Entrenamiento anti-telepatas, ¿recuerda?» pensé a sabiendas de que me oiría. Vaciar la mente y templar los ánimos eran las dos máximas para enfrentarse a alguien que podía volver los pensamientos en contra tuya.

—No sé qué pensará, pero ya no formo parte de La Compañía, agente Bilger —repuso dando una profunda calada.

—Entonces, ¿por qué ha venido? —pregunté maliciosamente, se cruzó nerviosamente de brazos y me dirigió una mirada bastante malintencionada.

—Las personas que conocen mi número de teléfono y dónde vivo, se pueden contar con los dedos de una mano —exclamó irritadamente, con una expresión de fastidio en el rostro—. Quiero saber quién demonios dentro de La Compañía le ha dicho cómo localizarme para tener unas cuantas palabras a solas.

«Tan sólo necesito un poco de su ayuda, por favor» tenía que tener especial cuidado en el modo en el que le "hablaba". Un pensamiento un poco desconsiderado, sólo una pizca casi nimia, y acabaríamos Chobham y yo muertos en alguna cala de Brasil con nuestros cadáveres pudriéndose al sol.

—Si intenta sacarme esa información a la fuerza, puede que nunca sepa dónde la obtuve —dije en portugués, esperando que su sentido común le llevara a no considerarnos una amenaza seria. Una repentina punzada en mi mente me arremetió con fuerza y un pensamiento me vino involuntariamente a la memoria.

—¡Ah! ¡Ya veo! Bishop. —articuló con sorna y una sonrisa cínica se esbozó en sus labios. La imagen de Bishop y yo preparando los detalles de la misión en la India ya estaban fluyendo a su mente—. ¡Maldito cerdo cuatrojos manipulador! —imprecó con desprecio, aunque no era quien me había dado su número de teléfono, lo sabía. Y también sabía que había perdido su oportunidad, no me volvería a pillar con la guardia baja—. Están en medio de un buen marrón, agentes. "Bobby" Bishop a menudo manda asesinar a los agentes que fallan en sus Operaciones Negras. Lo siento por ustedes.

—¡No tiene porque ser tan…! —Chobham había prorrumpido groseramente en la discusión, con uno de sus inesperados arranques.

—Cierra la boca cuando estén hablando los mayores, jovencita —le avisó quitando un poco de ceniza al pitillo, mi compañera parecía bastante impresionada al percibir su poder irrumpiendo en su mente—. La próxima vez que quieras insultarme no me andaré con vulgares palabras y te enviaré directamente a algún lugar bien lejos —Chobham cerró los labios y apretó la mandíbula enfurecida, pero al menos había logrado que nuestro visitante creyera que mandaba en aquella conversación.

—Necesitamos armas, fusiles de asalto y pistolas, granadas de humo o aturdidoras. Equipo antidisturbios en general y si es posible un par de chalecos antibalas de los buenos —expuse firmemente, viendo que se rascaba detrás de la oreja sin ningún disimulo.

—¿Es que me ha visto cara de supermercado, agente Bilger? —preguntó encogiéndose de hombros con los brazos extendidos de manera burlona.

—Sé que puede conseguir todo eso y más, sin apenas esfuerzo —comenté sin poner especial énfasis en la urgencia de todo aquello. No debía de desvelarle en ningún momento de que su ayuda era nuestra única baza. Si cometía ese error, ya podía decir adiós a cualquier cooperación por su parte. Sostuvimos la mirada retadoramente unos momentos, mientras empezaba a replanteárselo seriamente.

—¿Para qué quieren tantas armas? ¿Van a montar una especie de gue…? —inquirió en inglés con una expresión evaluadora. Antes de que pudiera finalizar la frase su mirada se posó en Chobham brevemente—. ¿Koniev? ¿Piensan enfrentarse contra Michajl Koniev? ¿Ustedes dos solos? —preguntó en portugués presa de la sorpresa al captar los pensamientos de mi compañera—. Retiro lo de que sean unos tipos osados. ¡Es evidente que están como una cabra! —desvió la mirada repentinamente hacia Chobham y negando repetidamente con el dedo dijo—. No, no, no. Mantén esa boquita bien cerrada.

«¿Hacemos un trato?» pensé a medias amenazadoramente, a medias impaciente.

—Mi recuerdo de su número de teléfono a cambio de las armas —le propuse.

«Hay algo que me está ocultando, agente Bilger, ¿verdad?» ese pensamiento, que no era mío, se filtró en mi mente con la fuerza de un río crecido a punto de desbordarse.

—¡Vaya, vaya! —el rostro bronceado por el sol se perfiló en una sonrisa al volverse otra vez hacia mi compañera, antes de decir una única palabra muy comprometedora—. Pandora.

«¡Oh, mierda!» me lamenté resignadamente, dirigiéndole una furibunda mirada a mi compañera.

—Chobham, por lo que más quieras, deja de pensar de una vez —musité entre dientes, mientras nuestra contraparte sonreía de oreja a oreja.

—Lo siento —murmuró mi compañera tan bajito que apenas fue un susurro.

—Acepto el trato, les daré lo que quieren —afirmó enérgicamente tirando la colilla encendida bien lejos con un brusco gesto de la mano.

—Necesitaremos todo eso… —comenté tras reponerme de aquel inesperado resultado.

—…antes de un hora. Lo sé —finalizó la frase dándonos la espalda y alejándose descaradamente a paso lento para salir del parque.

«Esperen tranquilamente sentados. Volveré más tarde» nos ordenó directamente al cerebro, haciendo que asentásemos el trasero en el banquillo sin apenas darnos cuenta. Nos cruzamos, Chobham y yo, una mirada resignada al ver que seguíamos con vida.

—Ha salido mejor de lo esperado —comentó ella minutos después con la voz ronca, todavía turbada por habérsele escapado varios pensamientos inoportunos.

«Sí, DEMASIADO bien» recapacité un poco sorprendido por el giro en la conversación. Robert Bishop había sido el principal causante de que abandonara La Compañía. La rivalidad que siempre habían mantenido era bien conocida por todos los Fundadores. Así que, el hecho de que aceptara colaborar con nosotros después de enterarse que estábamos recibiendo órdenes suyas, no me entraba en la cabeza para nada.

Palpé el frío acero de mi pistola con aprensión esta vez, sin atreverme siquiera a sacarla de la funda. Normalmente solía confiar en mis facultades para enfrentarme a los "especiales", y un telépata no dejaba de ser un ser humano más. Por muy grande que fuera su poder, una bala es una bala. Pero no podía evitar pensar que un arma de fuego de poco podía valer realmente contra alguien capaz de obligarme a usarla contra mi compañera.

Tan sólo debía de valerse del asesino que habitaba en mí.

POV: Agente Chobham

28 de Octubre de 2006; 11:00 Horas; Belem, Provincia de Pará, Brasil

—Tal vez sea una encerrona, Chobham —exclamó Bilger con su acostumbrado talante negativo, cuando las campanadas de una iglesia cercana repicaron en aquella mañana nublada de Brasil. Había transcurrido casi por completo el plazo que le habíamos dado al telépata y las dudas de mi compañero no hacían más que acrecentarse. Yo no pensaba que pudiera tratarse de una mala treta.

El telépata había penetrado en mi mente tan fácilmente como un cuchillo en la mantequilla y me había sacado a relucir las imágenes de los cuadros que auguraban mi muerte. Pero, por alguna razón que no lograba entender, había experimentado una sensación de cálida compasión y espontánea esperanza que emanaba de su mente. No la sensación de fría hostilidad manipuladora de sus palabras.

Una pelota de goma fue rodando hasta nuestros pies, después de que un grupo de niños que estaban jugando dieran un mal chute. La recogí y se la ofrecí gentilmente al chaval que se acercaba. Pero éste apenas tomó entre sus manos la pelota empezó a hablarle a mi compañero de una manera vivaracha en portugués.

Capté al final de su cháchara que le llamaba "agente Bilger" y de nuevo percibí aquellas magnánimas emociones que me habían invadido con anterioridad, pero no sabía de dónde manaban esta vez. Bilger se levantó inmediatamente, cuando el muchacho terminó su plática y me guiñaba un ojo de manera divertida antes de volver con los demás chicos que jugaban despreocupadamente en el parque.

—Tenemos que ir al muelle, dice que nos estará esperando allí —dijo sin más, poniéndose en movimiento.

—¿Ha enviado a ese chico a decírnoslo? —le pregunté a Bilger un poco confusa.

—Más o menos —contestó, carente de ambages, mi compañero. Anduvimos un rato por las avenidas hasta que, un poco antes de llegar a los muelles, un mendigo nos hizo señales para que nos acercáramos. Llevaba puesta una andrajosa gabardina que hacía la función de abrigo e improvisada colcha para dormir al raso junto a los cartones. Pues las mangas se habían deshecho tiempo atrás y lucía varios agujeros. Sin decir ni una palabra indicó hacia el norte del paseo marítimo y asintió firmemente con el rostro—. Vamos, apresúrate, es por ahí —exclamó mi compañero poco después de depositar unas monedas en el platillo del mendigo, cuando dejó de señalar y le tendió la mano en señal de limosna.

—¿Qué está ocurriendo aquí? —pregunté rezagándome unos segundos al contemplar como el mendigo daba un extraño respingo de sorpresa al verme frente suyo.

—Vale, no he sido del todo sincero contigo —dijo mi compañero apresurando el paso y yo tuve que ponerme rápidamente a su altura—. Nunca solía presentarse de esta manera, con más de uno —le miré enarcando una ceja particularmente inquisitiva y elocuente—. La persona a la que he llamado no es un vulgar telépata del tres al cuarto, Chobham. Su especialidad como Fundadora era la manipulación, la proyección de conciencias y la sugestión hipnótica. Es difícil explicarlo en pocas palabras, pero ella estaba dentro de ese mendigo, así como en el chico del parque y en el cerdo repugnante que se ha presentado a la cita.

—¿Una Fundadora? —me había frenado de sopetón al escucharle. No sólo me había impresionado descubrir el verdadero alcance del poder de nuestro misterioso colaborador, sino también su género y su antiguo escalafón en La Compañía.

—Ex-Fundadora —puntualizó Bilger, agarrándome suavemente del hombro para que reaccionara—. Por si no lo sabías, los telépatas más excepcionales del mundo, son mujeres. Y ella es una de las mejores de todas.

«¡Con razón pudo haber abandonado La Compañía!» nadie en su sano juicio le cerraría la puerta de salida. Los Fundadores eran los más poderosos, ya fueran por sus conocimientos, por sus "dones" o por su experiencia. Eran respetados y temidos por igual en toda la organización. Había escuchado historias desde que era pequeña, sin que mis padres se enteraran, acerca de la Fundación. De cómo decidieron unirse todos ellos para salvar el mundo de un gran mal, que combatieron y derrotaron. Y por lo que tenía entendido el número de Fundadores había decrecido considerablemente en el transcurso de los últimos treinta años.

—Así que controla a la gente a distancia —exclamé mientras nos adentrábamos en los muelles y dejábamos la seguridad del concurrido paseo marítimo.

—Dicho de un modo vulgar, sí —Bilger hizo una pausa y miró en derredor el inmenso emplazamiento desierto en el que nos encontrábamos—. No puede obligar a nadie a hacer algo que jamás haría de plena voluntad. Pero, aparte de ese límite, puede aprovecharse de lo peor de cada persona. Consigue que la gente obedezca sin cuestionarse siquiera lo que están haciendo, como si creyeran que fueran ideas o pensamientos que surgieran de si mismos. O también puede obligar a las personas a enfrentarse a la conciencia de sus actos y…

—Ummm, agente Bilger, va a lograr que me ruborice —irrumpió una voz femenina con un suave ronroneo seductor, acompañada del sonido de unos diminutos tacones de las sandalias de playa. Habría jurado que un segundo antes no había nadie en el corredor por el cual se aparecía—. ¿Qué le parece? Me sienta como un traje hecho a medida, ¿a que sí? —preguntó en un inglés del que capté un característico acento californiano, mientras ella daba una grácil vuelta sobre si misma para mostrarnos su físico.

El "envoltorio" que había tomado prestado únicamente podía describirse como abrumadoramente perturbador. Largas piernas, esbeltas y firmes, de nadadora que terminaban en unos marcados shorts vaqueros y una fina blusa blanca anudada por encima del abdomen, que dejaba entrever los tirantes del bikini de playa, sobre la que caían una espesa cabellera de intenso y artificial color pelirrojo. Por si eso fuera poco espectacular, sus ojos verdes resaltaban más sobre la piel tenuemente bronceada. Y la brillante sonrisa con que nos brindó segundos después, dejó ligeramente absorto a mi compañero.

Carraspeé discretamente un par de veces, con una amarga pizca de envidia en la garganta, cuando las pupilas de Bilger se dilataron involuntariamente y sus ojos se abrieron de par en par ante la curvilínea figura. Y mi compañero recuperó el control de los músculos de su mandíbula.

—Recuerdo muy bien su predilección por las pelirrojas —comentó respetuoso mi compañero, reponiéndose del encontronazo. La Ex-Fundadora ensanchó su nacarada sonrisa todavía más y le guiñó un ojo descaradamente.

—Seguidme, por favor. He encontrado un verdadero filón para ustedes —nos llamó con un juguetón gesto de su delicada mano, mientras caminaba contoneando las caderas delante nuestro. Me costaba encontrar algo reconocible en su conducta, aparte del hecho de que nos conociera. El niño se había comportado de manera infantil, el mendigo casi nos había ignorado por completo y el primer anfitrión había mostrado un carácter notoriamente grosero. Simplemente, parecía que la personalidad del individuo que utilizaba de intermediario permanecía manifiesta.

Y ahora, para suplicio de mi compañero, era evidente que la marioneta que estaba empleando le miraba de reojo comiéndole literalmente con los ojos. La Ex-Fundadora se detuvo delante de un contenedor y agachándose con coquetería se acercó al candado que lo cerraba.

—Aquí es, agentes. Espero recordar bien cuál era la combinación —musitó con un deje de reproche para si misma, cuando empezó a manipular la gruesa cadena.

«¿Una telépata con mala memoria?» me pregunté dejando apoyar mi peso en el contenedor contiguo.

—La edad no perdona a nadie —comentó en murmullos respondiéndome a muda pregunta. Aunque la observación parecía completamente fuera de lugar, escuchada en los labios de una mujer que apenas tendría seis años más que yo. Con un pequeño chasquido abrió ambas puertas del habitáculo internándose seguidamente de lleno en la oscuridad—. Como dijo no-sé-quién hace mucho: Hágase la luz. —exclamó divertida la Ex-Fundadora cuando se prendieron las luces de dos tubos fluorescentes que estaban situadas en el techo.

—¡La leche que me…! —exhorté tapándome la boca cuando vi el interior. Mi veterano compañero había acertado de lleno al confiar en las facultades de la telépata. Bajo la fría luz que proporcionaban varias baterías de coche apiladas se encontraba todo un arsenal de armas, junto a varios bultos tendidos sobre cajas de madera.

—Tenéis pistolas de varios calibres, fusiles de asalto, ametralladoras, munición como para parar un tren, granadas y demás cosas que hacen boom. Nunca me ha gustado usarlas, prefiero mis propias armas —dijo ella con voz monótona, cruzándose de brazos sobre su destapada cintura. Bilger se acercó a uno de los bultos y extrajo otro similar de una mochila, revelando que era un paquete embalado de droga. Le pidió explicaciones con la mirada meneando el ladrillo plastificado—. Este refugio es el almacén privado de un narcotraficante de heroína, aunque últimamente estaba… "diversificando" el negocio y se dedicaba al contrabando de armas calientes.

«Adaptarse o morir» pensé entrando en el minúsculo recinto y examinando de cerca toda la mercancía. La Ex-Fundadora asintió al comentario tal y como si lo hubiera exclamado en voz alta.

—¿Y no crees que echará en falta las armas que nos llevemos? —inquirió Bilger comprobando raudamente el estado de un fusil AK-47 y dándose por satisfecho.

—No, hace media hora su socio, y antiguo amigo, le voló la tapa de los sesos cuando se enteró que se acostaba con su mujer —dijo con toda naturalidad y una franqueza que nos dejó rezagados unos instantes—. Es una lástima que su socio no sepa dónde se encuentra esta droga, sus compradores se pondrán muy furiosos cuando acudan a la cita que tienen el próximo viernes… ¡Oh, sí! Muy furiosos —añadió con un tonillo juguetón y desvergonzado. Mi compañero soltó una carcajada antes de volver a hablar con mejor humor del que nunca le había visto.

—La vieja Némesis repartiendo Justicia como siempre —sonrió soltando el arma con cuidado y mirándola abiertamente al rostro—. Veo que sigues en "activo", después de tantos años.

—La jubilación es muy aburrida —exhaló un fingido suspiro de tedio.

«Demasiado tiempo libre» me vino de su mente, segundos después. Aunque Bilger también dio signos de haber recibido el mismo mensaje.

—Todo esto nos vendrá perfectamente, gracias —comentó mi compañero sacando algunos fardos de estupefacientes de la mochila—. Aunque me estoy preguntando, ¿por qué ha aceptado tan fácilmente ayudarnos? ¿Cuáles son sus verdaderos motivos? —Bilger se había plantado cara a cara, frente a ella.

—No creo que ayudaros a enfrentaros a Koniev sea un gesto muy altruista, ¿cierto? —se miró con vanidad las uñas y arrugó el ceño compungida cuando se fijó en una uña rota—. Lo que planeáis hacer es un suicidio, aunque saquéis con vida al chico de las garras del clonador, el problema más grave es el resto de tipos que van tras el sonámbulo —se giró confiadamente para mirarme a los ojos.

—¿De qué otros está hablando? —pregunté curiosa observando cómo mi compañero se había puesto en guardia.

—Sólo digo lo que se rumorea entre los telépatas —exclamó con vaguedad, como si apenas le afectara. Pero Bilger tenía la expresión tensa y concentrada.

—¿Cuáles son esos rumores? —preguntó mi compañero con voz estrangulada. La Ex-Fundadora se tomó su tiempo antes de contestarle.

—Ese chico está pagando las consecuencias de no haber controlado su "don" —afirmó ella con ardor—. Ha entrado en tantos sueños, ha intentado ayudar a tantas personas. Que sin poder evitarlo ha tropezado con quien no debía.

«¿William Martin?» la Ex-Fundadora cabeceó afirmativamente al oírme ese indiscreto pensamiento.

—No sé cómo se llama realmente, pero sin lugar a dudas esa persona va detrás del Proyecto Pandora —comentó ella con impaciencia—. Los Fundadores, todos nosotros, juramos guardar el secreto de Pandora. Yo misma me encargué de que nadie más supiera la verdad acerca de ella. Así que la única explicación que se me ocurre es que vuestro enemigo debió de conocer a su antecesor y que algún sueño que le envió el chaval le ha revelado la aparición de otra más.

—¿Piensas que hubo alguna manifestación anterior a Pandora? —preguntó Bilger con una exhalación entrecortada.

—Antes de que usted la descubriera, agente Bilger, le habría dicho que no. Había oído historias antiguas, pero nunca lo habría creído posible. En cambio, hoy en día todo parece posible —exclamó de una manera maliciosa, casi en un susurro silbante. A su vez, mi compañero bajó la vista al suelo, como avergonzado—. Nos habría sido casi imposible localizarla sin su ayuda, la hubiéramos ignorado completamente. Un poder sin igual, completamente desapercibido a plena vista. Creo… creo que de alguna manera nos estaba vedada para nosotros, oculta a pesar de todos nuestros poderes. Sólo uno de los vuestros podía llegar a comprender las señales para encontrarla —le señaló con el dedo índice endureciendo el tono mientras hablaba.

—Uno de los míos —musitó Bilger, antes de alzar el rostro con firmeza.

—Sí, supongo que está en vuestro instinto anhelar el poder —dio la impresión de que se había perdido en sus cavilaciones durante unos segundos—. No se culpe por lo que ocurrió, agente Bilger. Arthur Petrelli tenía toda la razón, intentamos jugar a ser dioses al usar a Pandora de esa manera. Y ahora la misma historia de hace treinta años se está repitiendo. Otro Apocalipsis se aproxima…

—¿El Fin del Mundo? —intervine abruptamente, la telépata alzó una ceja en una expresión curiosa y a continuación Bilger y ella intercambiaron una significativa mirada.

—Novata —explicó sobriamente mi compañero, ante lo cual la Ex-Fundadora se encogió de hombros con resignación.

«¡¿Pero de qué vais?!» me sulfuré repentinamente por el comentario.

—Apocalipsis significa Revelación, jovencita, no Destrucción —terció la telépata sencillamente—. Hace treinta años un grupo de personas, normales y especiales, salvamos el mundo. Pero no de un gran mal, sino de nosotros mismos. Estábamos enfrascados en una lucha sin cuartel, sin bandos, ni lealtades. Un enfrentamiento que nos habría llevado a descubrirnos ante el mundo —una serie de flashes se sucedieron en mi conciencia, recuerdos proyectados desde su mente que se aceleraban en velocidad y que apenas podía captar nítidamente. Vi a Kaito Nakamura a punto de rebanarle el cuello a un joven un Robert Bishop con cabello; a Daniel Linderman y a Arthur Petrelli en medio de una sangrienta guerra en una jungla desconocida; a Ángela Petrelli apuntando con un revolver a un Charles Deveaux que estaba en pie sin bastón y seguidamente una progresión velocísima de imágenes, asesinatos, gritos y demás horrores, que me obligaron a cerrar los párpados para no desmayarme—. Pero uno de nosotros vio que podíamos cambiar el mundo si nos uníamos en una meta común. Así que hicimos un acuerdo, una tregua, bien mirado de otra manera —tan sólo había transcurrido un pestañeo, pero me encontraba como si acabara de correr una maratón, con el corazón a tope de pulsaciones—. El mundo siguió sin conocer la existencia de la gente con poderes, cambiamos el futuro que debía de haber sido. Y nos comprometimos a mantener ese juramento.

—Como has escuchado, Chobham, el comienzo de La Compañía no tiene mucho de honorable —observó mi compañero alternando la miraba entre nosotras dos.

—Lo cual me recuerda que uno de mis antiguos socios me ha vendido —expresó la Ex-Fundadora agudamente.

«Es lo que ocurre al mezclar las manzanas buenas con las malas, todas se echan a perder» comentó telepáticamente mientras se acercaba a mi compañero. Pero él retrocedió un paso prudentemente.

—Tenemos un trato, agente Bilger, ¿o no? —en su voz no había ningún signo de informalidad ni desparpajo, era bastante más seco. Durante unos segundos estuvo escudriñando el rostro de mi compañero como si viera a través del cráneo, hasta que reaccionó—. Cree que también pienso apoderarme de Pandora —parecía sinceramente ofendida.

—Fue usted quien dijo que llegaría el día en el que el mundo conocería la existencia de la gente con poderes. Sólo me limito a repetir sus palabras —se defendió Bilger ante el rostro enardecido de la telépata.

—Sí, así es. Pero eso será cuando el mundo esté preparado para ese cambio. Ni antes, ni después. Hace treinta años no era el momento, el mundo estaba dividido en dos, nos habrían usado como animales para su absurda guerra fría. Nos habrían explotado, amaestrado, investigado y sacrificado sin la menor duda —respondió ella con una firmeza férrea en sus palabras—. Cuando abandoné La Compañía, dejé atrás esa red de mentiras y ansias de poder, que usted teme. La abandoné porque nos convertimos en lo quisimos evitar. No, no quiero encontrar a Pandora, ni siquiera para destruirla. Y se lo aseguro, no pienso interferir en los planes de Linderman y Petrelli para Nueva York… Sí, sé lo de Nueva York, agente Bilger. Y ahora, déjeme coger ese recuerdo de una vez para que me marche —se acercó con la mano extendida, los dedos índice, pulgar y corazón tendidos hacia su frente. Mi compañero dio la impresión de que iba a forcejear durante un segundo, pero después se dejó palpar cerrando los ojos—. No se resista, o será peor —le advirtió cuando Bilger apretó el entrecejo en una expresión de concentración, para momentos después soltarle de su agarre—. Vale, ha sido Ángela Petrelli, no me lo esperaba de ella —exclamó francamente sorprendida.

«¡El mayor temor de tu compañero es que le traiciones!» aquella advertencia se escuchó en mi mente con la intensidad de un alarido de auxilio, la telépata ni se molestó en mirarme para ver mi expresión de alarma. «Os estáis ocultando el uno al otro muchas cosas. Cosas peligrosas»

Bilger dijo algo con una voz tan sofocada que pareció que se asfixiaba, tras recuperarse de la intrusión mental, repitió lo que había dicho.

—Aun no me ha contestado la pregunta —dio una bocanada y centró la vista en mí durante un momento—. ¿Por qué nos ayuda? Después de todo lo que le hizo Bishop… —la Ex-Fundadora le silenció poniéndole un dedo en los labios.

—Llevo más de cincuenta años leyendo la mente a la gente. ¿Y sabe a qué conclusión he llegado después de tanto tiempo? —dejó la pregunta en el aire sostenida por la respiración contenida de los tres. Mientras ella disimuladamente rozaba la mejilla de mi compañero, tanteando juguetonamente con los dedos el cuello. Bilger y yo no teníamos ni la más remota idea de lo que diría, pero la tensión en el ambiente era casi palpable—. No son los pensamientos los que definen a las personas, sino sus actos. Usted tenía mi teléfono y mi dirección, una baza que cualquier otro habría empleado como último recurso para salvar su propio pellejo. Pero, en vez de ello, están a punto de meterse en medio de un campo de batalla para salvar a un crío que no se merece ser salvado.

—Necesitamos al chico para encontrar a Pan… —comenzó a decir mi compañero, pero fue interrumpido cuando la telépata le aferró del cuello con la otra mano y se acercó un paso.

—No, no, no, no —exclamó rápida y cadenciosamente, acercando muy próximo su rostro al de mi compañero. Casi a punto de que sus labios se rozaran con los de él. Cuando volvió a hablar su voz era pura voluptuosidad—. No me mienta, por favor. Ya sabe que mentir a un telépata como yo es inútil, una pérdida absoluta de tiempo —ronroneó, mientras las yemas de sus dedos estaban describiendo pequeños círculos en torno a la sensible piel de su cuello.

Antes de que se diera cuenta ella ya había retrocedido un paso, pero mi compañero se había quedado mirando fijamente sus ojos, embelesado, como un pez atrapado en un anzuelo.

«¡Hombres!» me bufé al verle de esa compostura.

Ella soltó una breve carcajada.

—No necesita a Sanjog Iyer para encontrarla. No, quiere salvarle porque se cree responsable de lo que le ha ocurrido. Es muy noble por su parte —susurró con dulzura y arrogancia la telépata—. Noble y estúpido. Pero me ha recordado cuando comencé en La Compañía, entonces sí queríamos hacer las cosas bien —tras decir esas palabras percibí un zumbido y la sensación de que aquel contenedor encogía de tamaño claustrofóbicamente y de pronto ya no estaba al lado de la salida.

—¿Qué ha ocurrido? —me di la vuelta para contemplar a mi compañero. Bilger también estaba un poco desconcertado y miró alrededor con ofuscación y a continuación a su muñeca en busca de su rolex, que había dejado en la India. Chasqueó la lengua disconformemente. Habíamos perdido diez minutos de tiempo.

—¡Mierda! ¡Odio que hagan eso! —se quejó Bilger al ver que la Ex-Fundadora acababa de hacer mutis.

Rápidamente empezamos a preparar las armas, sacando fardos de heroína de una recia mochila y metiendo las armas que Bilger iba escogiendo con tino.

—Los MAC-10 llevan silenciador, olvídate de los Kaláshnikov, necesitaremos pasar desapercibidos el máximo de tiempo para enfrentarnos a Koniev. Toma, esta es una Beretta —añadió tendiéndome una semiautomática de esmalte plateado. Examiné con ojo crítico la empuñadura y la sostuve apuntando para comprobar su peso y el equilibro. Mi compañero se volvió y continuó con la labor, por mi parte rebusqué entre los cargadores y encontré el silenciador que le acompañaba—. Es una 9mm, como la Heckler que usabas, pero no tendremos tiempo para comprobar si está muy deteriorada, así que tal vez se te atasque…

«Mientras no me estalle en las narices» pensé terminando de ajustar el silenciador, deslizando la corredera con un diminuto chasquido, seguidamente retiré el cargador dejando la bala en la recamara. Y con presteza añadí otra bala más al cargador, fijándome que eran de punta hueca.

—Si te ocurre, no pierdas los nervios y asegura el percutor antes de nada —Bilger alzó el rostro y me miró desaprobadoramente al verme hacer ese truco. Él me había enseñado que era mucho mejor no forzar la recámara con una bala extra.

Le señalé con la mirada los dos chalecos antibalas que estaban tendidos junto a un lanzagranadas desmontado de 40mm, entretanto yo iba metiendo más cosas en la mochila.

«¿Qué será eso tan peligroso que me oculta?» reconsideré con cuidado las "palabras" de la telépata.

—El Proyecto Pandora es una persona, ¿verdad? —pregunté sin lograr contener mi curiosidad. Bilger se dio la vuelta sosteniendo dos granadas de fragmentación, una en cada mano, y con una expresión entre perpleja y molesta en el semblante—. Hablabais como si fuera una mujer —añadí cuando las metió en la bolsa.

—No era una mujer, era un poder —recalcó mi compañero en el tiempo pasado—. Pandora era el nombre en clave de ese poder. Cuando comenzamos, le poníamos nombre en clave a los nuevos poderes que íbamos descubriendo: Hermes, Zeus, Hades, Thor, Hecatónquiros, Prometeo, Quetzal, Cronos, etcétera… cosas así de dioses y demás mitología. Pero dejamos de hacerlo cuando nos fuimos quedando sin nombres que ponerles —él intentaba mantener su rostro fuera de mi escrutinio mientras hablaba.

—Ya veo, por eso me preguntaste en Cork si el doctor Strauss había hablado con alguien recientemente —bajé la voz poco a poco, al darme cuenta del gesto apesadumbrado que tenía mi compañero. Me costaba imaginarme el porqué pero, evidentemente, para mi compañero Pandora no había sido sólo un poder más.

—Encontramos un único caso —comentó Bilger a secas—. Así que hablar de ella se acabó convirtiendo en lo mismo que hablar de su "don". No sé de dónde obtuvo Strauss la tercera muestra, pero la fuente debe ser otra Pandora. Supongo que el doctor Chandra Suresh pudo haberle ayudado a encontrar otro caso idéntico. Es lo único que se me ocurre que pudo hacer —mi compañero hablaba de manera metódica, pero un poco apresurada, lo que ponía en evidencia sus nervios—. Si tenemos suerte, todavía no se habrá manifestado del todo Pandora. Los primeros síntomas tardaron meses y hasta que empezó a controlarlo…

—¿Es muy peligroso lo que hace ese poder? —pregunté con cierto reparo.

—Todo lo relacionado con Pandora es alto secreto —pronunció con monotonía Bilger, mientras cerraba la gruesa y abultada mochila y se la echaba al hombro—. Tendría que matarte después de contártelo, Chobham —añadió en voz de broma—. Sólo te puedo decir que es el "don" más poderoso y peligroso de todos cuantos existen.

—¡Para el carro un momento! —porfié agarrándole del codo para que me mirara de frente. No me podía creer lo que me estaba contando—. ¿Qué hay más poderoso que los empáticos? —le asaeté con la pregunta en un tono destemplado.

—Escucha, Chobham, un empático no tiene verdadero poder. Sólo imita lo que tiene a su alrededor —me reprendió ajustándose la correa, pero los comentarios que había escuchado sobre el hijo menor de los Petrelli me hacía pensar de manera diferente—. Verás, la mente de los empáticos es como un bloque de arcilla que se amolda tomando como modelo lo que tenga más cerca, ya sea alguien con poderes o sin ellos. La mayoría de ellos nunca adquieren una aptitud cuando se manifiestan. Los que a veces consiguen duplicar una habilidad hacen alguna cosa extraordinaria, como sobrevivir a un atraco, adivinar algo o atravesar una pared sin derribarla. Casi todos acaban pensando que ha sido suerte o una pesadilla nocturna y continúan con sus vidas normales tranquilamente. O, tal vez, logran retener una aptitud y, siguiendo el ejemplo del molde de arcilla, su mente acaba "fraguándose". Quedándose con esa habilidad como si fuera la suya de nacimiento. En esos casos se convierten en telépatas, adivinos, telequinéticos, o vete a saber.

—Pero, ¿y Peter Petrelli? Él puede "moldear" su mente repetidamente —le reclamé con dureza—. Puede hacer lo mismo que muchos otros, incluido yo, ¿no es cierto?

—Si te has cruzado con él en las dos últimas semanas, sí —exclamó mi compañero saliendo del contenedor dispuesto para cerrarlo—. El muy ingenuo ha descubierto cómo "abrir el grifo" y ahora absorbe los poderes de los demás en vez de compartirlos, pero no tiene control alguno sobre ellos, no sabe qué poderes han arraigado dentro de él y tampoco ha aprendido a expulsarlos de su organismo. Si no hace algo para evitarlo, todos esos poderes acabaran volviéndose contra él.

—Hablas como si los poderes fuesen algo… vivo —repuse ayudándole a echar el cierre al contenedor y colocando el candado. Ya nadie podría sacar provecho de lo que había ahí dentro.

—Sí, así es. Pero lo que quería hacer hincapié es en que los empáticos siempre necesitan de otros individuos con poderes —comentó Bilger mientras yo recordaba al Peter Petrelli que se había quedado postrado durante varias semanas en una camilla de hospital—. Por lo que es bastante fácil controlarlos. Lo único que hay que hacer es ponerlos en aislamiento y evitar que absorban nuevos poderes hasta que logren purgarse.

—Yo no veo qué puede ser más peligroso que eso —critiqué en un murmullo cruzándome de brazos. Bilger hizo oídos sordos a mi comentario guardándose la pistola en una funda que había encontrado dentro. A continuación tragó saliva con dificultad e inspiró profundamente sabiendo lo que tocaba.

—Ya es hora de volver a la India —le tembló un poco la voz, estaba visiblemente rígido y su actitud casi me hubiera provocado una carcajada sino fuese por lo espinoso de nuestra situación.

—Agárrame de la cintura —le ordené cuando le puse una mano en su hombro.

—¿Cómo dices? —Bilger no dio crédito a lo que había escuchado.

—¿Quieres que el viaje te deje el estómago revuelto o no? —le solté esa alternativa, el meneó la cabeza dudando ligeramente—. Pues entonces haz lo que te digo y aférrate a mí muy de cerca. Esto funciona mejor cuanto más próximos estemos el uno del otro —mi compañero obedeció, aunque titubeó un poco cuando posó su mano sobre mi espalda y me acerqué apoyando la cabeza en su hombro con calma—. Relájate, estás más tenso que una cuerda de violín —estando tan cerca de Bilger pude captar un murmullo grave de desaprobación que surgía de su vientre—. Voy a contar hasta tres, no retengas nada de aire en los pulmones y cierra con fuerza los párpados.

—Vale —estuvo de acuerdo Bilger, mientras me aferraba con la mochila entre nosotros dos.

—Uno —nos teletransportamos a la India antes de que siquiera llegara a decir "Dos".

POV: Agente Bilger

28 de Octubre de 2006; 20:24 Horas; Chennai, India

La transición repentina de un brillante, aunque nublado, día a la negrura espesa de la noche, fue tan brusca que durante un segundo dudé de si realmente había abierto los ojos. Pero al menos la experiencia no había sido tan traumática como otras veces, mi compañera lo había hecho mejor esta vez. Y la sensación que sentí fue más bien como si el asfalto de debajo de nuestros pies desapareciera y nos precipitáramos inesperadamente en una pequeña caída hasta colisionar con el suelo de la India.

—¿Qué ha pasado con lo de contar hasta tres? —me quejé apartándome con cuidado de ella.

—No dije que nos teletransportaríamos a la de tres, Señor —bromeó mi compañera mirando a nuestro alrededor con curiosidad—. ¿Dónde leches estamos?

—Eso debería decirlo yo —comenté suspicazmente, pero segundos después un sonido inesperado en medio de la lúgubre noche nos alarmó bruscamente. Eché mano rápidamente de la pistola y apunté al origen en cuanto Chobham y yo nos dimos la vuelta.

—¿Qué le dijo una marioneta a otra marioneta? —habló en hindi una figura en sombras con los brazos alzados. Bajé lentamente el cañón de la pistola al mismo tiempo que nuestro visitante hacía lo mismo con sus brazos, cuando reconocí esa pintoresca frase. Éste rebuscó entre sus bolsillos y con un tintineo metálico extrajo unas llaves del fondo. Los faros de un 4x4 estacionado a su espalda parpadearon al usar el mando a distancia del llavero, antes de que comenzara a hablar en inglés—. Perdonen por haberles traído hasta aquí a la fuerza. Quería decirles que el joven sonámbulo sigue en la ciudad, agentes. También me he tomado la molestia de alquilaros un coche. Consideradlo una propina mía —se acercó un poco para que le viéramos más de cerca bajo la luz de una farola cercana y me lanzó las llaves cuando guardé la pistola.

—¿Sabe en qué lugar de la ciudad se encuentra? —preguntó ingenuamente Chobham dando un vacilante paso adelante.

—Lo único que puedo decirles con seguridad es que está rodeado de clones de Koniev —respondió con pragmatismo la Ex-Fundadora, encogiéndose de hombros en la penumbra.

«Eso es lo mismo que decirnos que está rodeado de aire» pensé con tirantez.

—Las mentes de los Koniev son como una gran colmena de abejas zumbando al unísono —repuso ofendida al notar mi opinión—. No puedo distinguir al original entre todas sus copias, ni dominarlas. Pero en su pensamiento colectivo he captado que van a permanecer con el chico una sola noche en la India. Buscadlo y encontradlo antes de que levante el alba, o será demasiado tarde para todos —nos advirtió dando un paso con intención de irse pero frenándose a la mitad, como recordando algo que había pasado por alto—. Si finalmente llega hasta Pandora recuerde su deber, agente Bilger. Espero que no lo haya olvidado a pesar del pacto que realizó con Ángela Petrelli y con ese Haitiano del demonio —añadió despectivamente dándonos la espalda por último.

«Y no deje que Bob le engañe, a él no le interesa ayudar a su ahijada» su pensamiento se filtró insidiosamente en mi mente como un susurro al oído en la silenciosa noche.

—No les deseo suerte, agentes, sino un milagro —murmuró la Ex-Fundadora, apretando el paso y alejándose por el asfalto con el traqueteo de los zapatos como única compañía. Su desconfianza hacia Bishop parecía parte de su natural enemistad. Pero me estaba preguntando si ella había captado algo más, dado que conocía mejor las argucias maquiavélicas del Alquimista.

—Ojala no volvamos a verla nunca más —comentó con desdén mi compañera. Yo vacilé unos segundos valorando el lado bueno de la arrogante y prepotente Ex-Fundadora. Y Chobham soltó un ruidito entre chiflido y resoplido al comprender que estaba pensando en el anterior anfitrión de la telépata.

—Al menos admite que tiene buen gusto para las mujeres —repuse a pesar de la mirada asesina que me dedicó mi acompañante.

—¿A qué se refería con eso de "tu deber"? ¿Qué es lo que tienes que hacer con Pandora? —curioseó Chobham cuando nos montamos en el coche, poniéndose el cinturón de seguridad.

—Tengo que matarla —respondí sin remilgos tras soltar una profunda y con la mirada fija hacia adelante, aunque perdida en los recuerdos del rostro de mi primera compañera—. Hace casi veinte años, la primera Pandora murió porque su poder se corrompió accidentalmente y acabó descontrolándose. Pudimos contenerlo antes de que se extendiera, pero las consecuencias de ese accidente fueron devastadoras. Los Fundadores no quisieron correr más riesgos inútiles en el futuro y se reunieron poco después para tomar una decisión: Si vuelve a manifestarse Pandora las órdenes son ejecutarla, sea quien sea —no me hacía falta ver a mi compañera para saber que me estaba mirando con los ojos como platos. Su perplejidad era casi tan perceptible como la certeza de que contenía el aliento—. No te estoy pidiendo que estés a mi lado cuando tenga que hacerlo —articulé intercambiando una mirada con ella. Chobham se quedó paralizada unos instantes tan sólo mirándome, después me miró preguntándose a si misma qué contestar. Pero antes de comprometerla con una respuesta aparté la mirada y encendí el motor del coche, dejando que su rugido llenara aquel incómodo silencio.

Sin duda había llegado el momento que solía temerme en cada novato que me asignaban. Cuando se daban cuenta de lo que este trabajo te convertía realmente. Cuando se daban cuenta de que todas las buenas intenciones con que habían empezado, acababan en poco más que polvo al cruzar la línea entre lo moralmente gris y lo claramente impensable. En definitiva, cuando se daban cuentan que ya no había vuelta atrás.

Chobham acababa de pasar su "periodo de prueba", lo supe en cuanto volvió a hablarme:

—No pienso dejarte abandonado de nuevo.

Saqué de la guantera una guía de carreteras y ciudades para buscar la dirección que vagamente recordaba del expediente de Sanjog. Tendríamos unas ocho o nueve horas hasta el amanecer, muy poco tiempo para encontrarle y más difícil se me iba a hacer si pensaba constantemente en nuestro objetivo final: acabar con el Proyecto Pandora de una vez por todas.

«Busca la tumba sin nombre de Eve Willis» Iyer me había indicado el camino a seguir, como buen guía que era, pero aquella pista no tenía sentido. Mi primera compañera nunca fue enterrada, acabó en un horno incinerador después de que yo mismo reconociera su cadáver y se hicieran todas las pruebas forenses para autentificarla. No dejó nada en este mundo, ningún testimonio de su existencia, aparte de las pesadillas que me obligaban a recordarla. Además eso no respondía cómo habían continuado con el Proyecto. ¿Podían haber descubierto otra manifestación idéntica? Y si así era, ¿de qué manera se podía ocultar la mano del poder de Pandora durante tanto tiempo?

Buscando nuestra siguiente parada, pensé brevemente en Eve. En la chiquilla puertorriqueña de trece años, de piel oscura y ojos vivos y despiertos, que había conocido en Miami. Mucho antes de que Amanda entrara en mi vida. Antes de que acabara descubriendo por casualidad su poder y se lo comunicara al consejo de La Compañía.

Después pasé de ser un completo desconocido para ella a ser demasiadas cosas. Fui su secuestrador, al que odió profundamente cuando la arranqué de su vida "normal" para alejarla de todo cuanto le era conocido; Su carcelero, que la obligó a comprender su verdadera naturaleza a costa de perder su inocencia; Su mentor, conjuntamente con Iván Spektor en Rusia, convirtiéndola a ella y a su poder en un instrumento más de La Compañía; Su compañero, vigilante y protector fiel cuando se hizo mayor y ocupó su lugar a mi lado en las filas de la organización…

…también pasé a ser su amante cuando en las noches solitarias ella necesitaba llorar y hallar consuelo en la única persona que la había conocido de verdad. Fui su cómplice, su sueño y su esperanza de conseguir una vida normal a pesar de todo lo que se había visto obligada a hacer. Y su más profunda decepción al rechazarla cuando más me necesitaba. Acabó despidiéndose de mí para marchar a Texas con el equipo de Thompson. Nunca más la volví a ver, hasta que me enteré de su muerte.

Amanda fue después como un bálsamo para las cicatrices que me había dejado Eve en el corazón. Una segunda oportunidad para ser feliz, me aferré a su vida para salvarme y no dudé un segundo cuando le propuse casarme con ella.

—Tenemos que ir a la casa del… —comencé a decir cuando ya me hice una idea de dónde nos encontrábamos y la ruta a seguir.

—Ya lo sé, me hago una idea —me cortó Chobham con desazón, mirando abstraída por el retrovisor—. Lo que quiero saber es, ¿qué vamos a hacer cuando lleguemos? —preguntó observándome de reojo. No parecía que estuviera vacilando o tuviera algún reparo le contestase lo que le contestase, aquel cambio en la actitud de mi compañera no me gustaba.

—Le vamos a hacer unas cuantas preguntas al profesor Shenoi, lo quiera o no —contesté sin dejar de concéntrame en el asfalto que se extendía al frente.

«No existen las casualidades, sólo el espejismo de la casualidad» recapacité mientras por el parabrisas se aparecía la silueta conocida de la universidad y finalmente la dejábamos atrás cuando comenzó a llover de nuevo. Las luces de su hogar estaban encendidas cuando nos estacionamos enfrente suyo y apagué el motor del voluminoso todo terreno. Unos instantes después Chobham se caló la capucha del chándal hasta las cejas y abrió la portezuela del coche.

—Dame un minuto, para que le pueda sorprender por detrás, después llama a la puerta. —exclamó desenfundando la pistola y quitándole el seguro. Avanzó con lentitud y paso felino hasta la fachada mientras la lluvia repicaba a su alrededor y miró hacia arriba unos segundos. Después desapareció en un pestañeo, visto y no visto, casi me hubiera sido imposible hacerme una idea de dónde se había desplazado si no me hubiera fijado en el alfeizar de una ventana del segundo piso. Una forma oscura agazapada, que supuse era Chobham, permaneció durante un momento observando el interior a oscuras y seguidamente se desvaneció dejándome la vaga impresión de que más que a una teletransportadora tenía una pequeña gata ladrona, furtiva e imprudente, por compañera.

Me acerqué con cautela a la puerta de la casa cruzando la solitaria calle y, tras esperar un eternizado momento, pulsé el timbre de la entrada.

—Espere un momento, ya voy —se escuchó amortiguadamente la voz de Nirand hablando en hindi al otro lado, antes de que abriera la puerta—. ¡Por todos los…! ¿Agente Black? ¿Es usted? —el profesor universitario estaba vestido informalmente con una bata de guata y unas zapatillas cómodas aunque un tanto desgastadas, su mirada se quedó anclada en mi rostro. Contemplando con preocupación y curiosidad mi ceja partida, el ojo ligeramente amoratado y mi castigado mentón—. ¿Qué le ha ocurrido?

—¿Esto…? No se preocupe por esto, quería hablar con usted —exclamé señalándome el rostro con indiferencia y colocándome donde mejor me pudiera dar la luz del interior para que se vieran mis heridas. Eso lo distraería bien —Siento haberles molestado, a usted y a su familia, pero es de vital importancia que hablemos…

—No es ninguna molestia, agente. Estaba a solas en mi despacho cuando… —a Nirand se le estranguló la voz cuando notó algo sólido apoyado en mitad de su espalda.

—¿En serio está sólo? —preguntó Chobham, sosteniendo la semiautomática y quitándose la capucha empapada, Nirand sacudió la cabeza afirmativamente—. Entonces no le importará que entremos a hacerle compañía. Como verá afuera está diluviando —añadió mi compañera con socarronería, haciéndose a un lado de la espalda de Nirand y señalándome que entrara.

—¿Qué es… lo que… quieren? ¿Cómo… ha entrado? —farfulló entrecortadamente el profesor Shenoi vigilando de manera alternativa a Chobham, a la pistola y a mí.

—Aquí los que hacen las preguntas somos nosotros —le cortó mi compañera sacudiéndose las gotas de lluvia de su pelo rizado y agitando la semiautomática para que se pusiera a andar. Nos aseguramos de que el piso inferior estaba realmente desierto antes de comenzar con el interrogatorio—. Siéntese. Por su bien espero que responda a nuestras preguntas, o si no… —amenazó Chobham dejando la frase en el aire. Nirand tragó profundamente saliva y nos miró con profundo temor. Mi compañera hablaba de una manera completamente desalmada y tan carente de escrúpulos que me hizo dudar de si era tan sólo pura interpretación.

El despacho de Nirand estaba mejor decorado y ordenado que el de su colega genetista. Un bonito papel pintado dorado con motivos floreados cubría las paredes, haciendo juego con el mobiliario de madera clara. Aunque la escasa luz de la única lámpara encendida al lado del sillón, dejaba en penumbras casi toda la habitación.

—No lo entiendo. No entiendo que quieren. Ustedes… —musitó el profesor, con los brazos alzados todavía, sentado encogido en el sillón de su propio despacho.

—Solo dos personas, a parte de mi compañera y yo, sabían que buscábamos a Sanjog Iyer aquí en la India —comencé a explicarle haciéndole un gesto para que bajara los brazos—. Una de ellas está en Nueva York y la otra está delante de mis narices.

—¿No encontraron al niño? ¿Es eso…? —preguntó el profesor Shenoi alterado.

—¡Oh, sí! Sí encontramos a Iyer —repuse cabeceando afirmativamente—. Tal y como usted dijo, se encontraba en el mercado. Pero también acabamos cayendo en una trampa tras localizarle.

—¿Una trampa? Pero… —Nirand perdió repentinamente el color, cuando mi compañera se le aproximó con la pistola en mano.

—No se haga el ingenuo, sabe de lo que estamos hablando, por poco no nos mataron esos cabrones en la encerrona —en las palabras de Chobham había un rabia contenida que se asomó brevemente—. Les dijo dónde encontrarnos, así que desembucha de una vez o…

—Chobham —exclamé en un tono autoritario al ver que empezaba a alterarse, para que se dominara un poco. Nirand continuaba desorientado y la expresión de su rostro me recordaba a la de un cuadro cubista.

—Escuchen, no sé nada de ninguna encerrona —se excusó mirándonos con consideración. No sabía si concederle el beneficio de la duda o empezar a tomarme más en serio el interrogatorio.

—¿Ha hablado con alguien más, aparte de nosotros, acerca de Sanjog Iyer? —le increpé acercándome al lado de Chobham, para apartarle de él—. ¿Le ha comentado ha alguien acerca de su don? —el profesor abrió ligeramente su fina boca contraída y se quedó petrificado en una expresión de estupor.

—¡¿Qué?! No sé de qué están hablando —repuso alarmado Nirand encogiéndose de hombros. Chobham y yo nos intercambiamos una mirada y ambos pusimos la vista en blanco de pura desesperación.

—Señor, pienso que este tipo sólo es culpable de ser un perfecto imbécil —comentó desdeñosamente mi compañera, con una pincelada de malicia en su voz. Le examinó con desidia un momento y después, como dando un respingo, me miró esbozando una sonrisa amplia y traviesa—. ¿Me da su permiso para hacerle entrar en razón? —me preguntó con el ánimo de una colegiala que pidiera autorización para salir al lavabo en medio de una clase. Me lo replanteé unos segundos al ver el estado tan alterado del profesor universitario, un sobresalto más y podría acabar dándole un infarto en el corazón.

—Se suave con él —le comenté acercándome a Chobham discretamente y susurrándoselo al oído, lo suficiente fuerte para que Nirand lo oyera. Mi compañera se acercó un poco más y sin quererlo olí el perfume de sus cabellos, una mezcla de salitre de mar, dulce lluvia y un embriagador aroma almizcleño.

—Sólo espero que no se cague encima —comentó ella guiñándome un ojo y dejándome la pistola en mis manos.

—Por favor, no me haga daño… —balbució Nirand retrepándose estremecidamente en el asiento del sillón cuando mi compañera se le aproximó de manera amenazadora.

—Míreme a los ojos —le ordenó Chobham acercándose como un animal al acecho hasta plantarse delante de los mismos—. Hágalo. Así es, fíjese bien en mis ojos y no los aparte de mí —añadió cuando Nirand comenzó a obedecerla, aunque le temblaba un poco el lívido rostro—. Usted es de esas personas que necesitan ver para creer, ¿verdad, profesor? —él se rezagó un poco cuando las manos de mi compañera le rodearon suavemente las mejillas para impedir que mirara algo que no fueran sus profundos y negros ojos—. ¡Responda! —exigió Chobham sobresaltándonos a los dos con el brusco tono que empleaba.

—S-sí, sí, así es —se apresuró a responder medio tartamudeando Nirand, abriendo aun más si cabe los ojos. Me apoyé en la pared de papel pintado del despacho y me pasé la mano sobre mi molido mentón en actitud evaluadora. Pensando en que mi compañera de vez en cuando resultaba ser una agradable caja de sorpresas.

—Pues bien ahora le voy a hacer creyente, y después le aseguro que va a comprender muy bien de qué le estamos hablando —manifestó Chobham con soberbia, apartándose de él y cruzándose de brazos. El profesor desvió los ojos hacia mí pero yo le señalé con decisión a mi compañera.

—No parpadee o se lo perderá —comenté burlonamente, siguiendo con la mirada los pasos de Chobham. Se quedó en medio del despacho y después, cerrando teatral y brevemente los párpados, desapareció bruscamente para aparecer al lado de sillón. Inmediatamente volvió a desplazarse al rincón más oscuro de la habitación y de seguido reapareció entre medias de Nirand y yo. El profesor pegó un momentáneo y agudo grito de sorpresa que se asemejó al maullido de un gato enfermo.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó a duras penas tragando saliva con dificultad—. No puede ser verdad —negó tozudamente Nirand con la cabeza.

—Sí puede ser —se obstinó Chobham, dando un paso enfrente y poniendo los brazos en jarras—. Esto no es un mal sueño del que pueda escapar, profesor —espoleó ella irritada por la incredulidad del académico.

—Usted estaba ahí… y luego… —Nirand señalaba el rincón con el mismo asombro con el que un niño contemplaba un sombrero del cual surgiera un conejo.

—Sí, sí —Chobham agitó la mano de arriba abajo como quitándole importancia a lo que acaba de hacer y apartándose del catedrático. Mientras tanto el semblante del profesor Shenoi era una maraña de frenéticos pensamientos a flor de piel, tortuosos recuerdos e ideas que le abrumaban por su significado. Sabía por lo que estaba atravesando, había pasado por la misma experiencia hace muchos años.

—Todo en lo que creía su amigo Chandra Suresh, es cierto —dejé que el peso de esa afirmación y todo su significado calara profundamente en su abotargada mente—. Usted ya ha visto como mi compañera puede teletransportarse. Y todos esos poderes de los cuales se mofaba son tan reales como la pistola que tengo en mis manos —agité la semiautomática un poco, aunque desistí de seguir apuntándole con el arma. Nirand se echó las manos al rostro sumergido en todos los recuerdos amargos que había compartido con su colega. Tantos años dándole la espalda se volvieron en su contra. Cuando volvió a hablar su voz apenas fue un murmullo que se escuchaba por encima de la lluvia del exterior.

—Pensé que era un disparate, una broma de mi mente… Pero era… era real —murmuró volviendo el rostro sobre mi, estaba ligeramente trastornado—. El chico me avisó acerca de ustedes. Sanjog…

«¡¿Queeeeé?!» no salía de mi asombro y Chobham inmediatamente centró su atención de nuevo en el insulso profesor Shenoi.

—…tuve un sueño en el que aparecía su compañera tendida en la camilla de un hospital, le ponían una sabana encima. Estaba muerta —continuó con la mirada perdida.

—¿Cómo ha dicho? —espetó furiosa Chobham al darse por aludida, se acercó y agarró de los hombros al profesor zarandeándole con dureza pero no mucha fuerza.

—Cuando la vi me pareció reconocerla de ese sueño. Sentí que estaba en peligro, tuve la necesidad de contárselo —reveló abochornado el profesor Shenoi—. Pero luego recapacité y pensé que me estaba imaginando cosas que no existen —por la manera tan enfurecida que le miraba mi compañera no me extrañaba que saltara a su cuello para estrangularle, de un momento a otro.

—Bien, tranquilicémonos todos un poco —pedí sosegadamente a ambos, apartando a Chobham del sillón con delicadeza—. Ahora haga memoria, Nirand. ¿Ha visto o hablado hoy con alguien que tuviera la ceja izquierda partida?

—No, no sé. No lo recuerdo —dijo éste entre vacilaciones después de unos momentos.

—Tal vez un "viajecito" le haga recordar mejor las cosas —dijo la Chobham provocadora con voz melosa, mirándome con intensidad—. ¿Sabes? Creo que podría llevarle hasta la Antártida, en esta época del año debe sentar bien un cambio de aires —avanzó al paso lento y sonoro de las zapatillas deportivas sobre el suelo alfombrado, con una mano extendida enfrente suyo. Justo un momento después Nirand comprendió.

—Espere un momento —bramó a la desesperada, encogiéndose en el asiento.

—¿Ya recuerda algo? —preguntó mi compañera con una sonrisa y su mano a un pelo de rozarle. Nirand sacudió la cabeza con rapidez.

—Tuve una entrevista esta misma mañana acerca de una beca de investigación que había concluido…

—A ver si adivino, la beca era para el profesor Chandra Suresh —comentó de manera acertada Chobham, Nirand volvió a afirmar nuevamente con la cabeza.

—El responsable de la beca era un hombre muy mayor, un anciano apellidado Seraph… —rememoró el profesor Shenoi concentrándose. Mi compañera y yo nos intercambiamos una significativa mirada de complicidad. William Martin había extendido su ámbito de dominio hasta el mismo Suresh y su investigación—. Me llamó la atención el apellido. Recuerdo que iba acompañado de dos hombres, uno de ellos creo que tenía una ceja partida.

«Koniev. Así que Martin ha venido en persona a la India» una sola noche y acabaría teniendo todas las respuestas gracias al chico de los sueños.

—Ese hombre es un asesino a sueldo contratado por Seraph. Y es el que intentó matarnos tendiéndonos una emboscada —increpó Chobham alzando paulatinamente el tono de voz, no intenté calmarla siquiera. Había estado a punto de morir aplastado en la acera y su rabia era tan mía como suya.

—Yo no sabía… —gimoteó Nirand negando con la cabeza, pero se quedó helado a mitad de la frase—. ¡Oh! ¡Les hablé de ustedes! Les dije que había venido el FBI, lo siento.

—Ring-ring —un teléfono se escuchó en medio del profundo silencio que se impuso. Sonó un par de veces más, mientras Nirand se retorcía preguntándose qué hacer.

—¿Espera alguna llamada importante? —pregunté escuchando atentamente aquella cantinela que continuaba.

—Mi mujer y mi hija, están visitando a mi suegra en Nueva Delhi —explicó aturrullado el profesor cruzándose de brazos—. Si no contesto se van a preocupar —esbocé una sonrisa ladina ante ese comentario. «¿Se pensaba que yo había nacido ayer?»

—Deje que siga sonando —le ordené acercándome a dónde se escuchaba el aparato—. Necesito saber más acerca de ese Seraph —estuve tentado de arrancar el cable o descolgar el auricular, pero esperé pacientemente hasta que finalizó abruptamente.

—Chandra consiguió esa beca a través de un conocido suyo en Estados Unidos —dijo Nirand con voz áspera y ronca—. Cincuenta mil dólares americanos al año para la universidad…

—No nos interesa eso, díganos dónde cojones podemos encontrar a ese hijo de perra —espetó Chobham rudamente, debía de estar realmente enfadada pues no solía soltar tacos tan a lo bestia.

—En el cajón de mi escritorio hay una tarjeta que me dio. Está hospedado en el hotel Residency Towers, en el centro. El número de habitación está anotado —explicó el profesor Shenoi raudamente y mi compañera la encontraba pocos segundos después—. ¿Qué es lo que van a hacerme ahora? —preguntó exasperado.

Mi compañera y yo nos miramos unos segundos, con cierta teatralidad intencionada, como preguntándonos qué hacer ahora que no nos servía de mucho. Nirand tenía buena fortuna, no había duda de ello. Otros agentes de La Compañía en nuestra misma situación no vacilarían en acabar con él para no dejar cabos sueltos. Pero este tipo no merecía ni el gasto de una bala…

—Veo que no lo ha entendido. Nosotros no somos los malos, profesor Shenoi —comenté pasándole la pistola a mi compañera.

—No va a contarle a nadie lo que sabe o cree saber. Seguirá con su vida normal como si no hubiera ocurrido nada —intervino mi compañera con arrogancia, tomándome de la mano inesperadamente—. Nadie en su sano juicio le va a creer y aquellos que le crean irán tras usted. Igual que le ocurrió a su buen amigo Suresh —añadió de manera amenazadora, pasándome el brazo por detrás de la espalda. Chobham quería hacer una salida espectacular como en los shows de Las Vegas. Apenas me dio tiempo para cerrar los párpados cuando ya nos encontrábamos afuera a las puertas de todo terreno, con la lluvia amparándonos desde las alturas.

—¿Hablabas en serio cuando dijiste que le llevarías a la Antártida? —le pregunté reponiéndome del sobresalto, con el corazón en mitad de la garganta. Chobham sonrió de oreja a oreja en tanto que entraba por la puerta del conductor y se ajustaba el cinturón.

—¿Por qué clase de chica me ha tomado, Señor? —ella arrancó el motor, metió la primera seguidamente y mirando por el espejo retrovisor, añadió—. Por supuesto que he visto muchos documentales de pingüinos.

POV: Agente Chobham

28 de Octubre de 2006; 21:37 Horas; Chennai, India

Ésta sería mi última misión. Lo sabía.

De una forma u otra mi relación con La Compañía acabaría cuando encontráramos a la tal Pandora, o tal vez incluso antes. Nunca fue una buena idea desde un principio, y ahora quería salir de todo esto, pero no podía. Era lo mismo que estar al borde de un precipicio al cual no quería asomarme. Pura desesperación invadía mi mente, ante la idea de quedarme a solas. ¿Qué me esperaría fuera de La Compañía? Nada. Mis padres, mis mecenas, mis conocidos, la mayoría de mis amigos, todos ellos sin excepciones estaban relacionados con la organización.

Ahora bien, Bilger era un asunto aparte. De todas las personas que había conocido era la más inescrutable y, paradójicamente, la más transparente que se me antojaba. Me había mentido, me había llegado a agredir e incluso amenazar de muerte, y aun así podía confiar en que estaba haciendo lo correcto acompañándole, dándole mi apoyo incondicionalmente.

«Habrá repercusiones» no sólo temía lo que podría ocurrirle a mis padres por la decisión que estaba tomando, desobedeciendo todas las normas que desde pequeña había aprendido a respetar, sino que también estaba la duda sobre mi destino. Una parte de mí no paraba de preguntarse si no estaba escogiendo adrede el camino directo a mi muerte profetizada, cometiendo un error que nunca debía de haber realizado. Pero otra parte de mí, la que atisbaba brevemente a Bilger mientras conducía, se convencía de que valía la pena llegar hasta el final aunque fuera ese.

Sin poder evitarlo, esa duda sin desempate, me estaba corroyendo lentamente por dentro. Y no tardé mucho en sufrir las consecuencias.

«¡Mierda! ¡Ahora, no!» lo percibí igual que siempre, como todas las veces anteriores. Como si algo se partiera en mi interior con un sufrimiento inimaginable y toda mi vida se hiciera pedazos en una trituradora. Apreté los labios y cerré con fuerza la mandíbula, reprimiendo la primera sacudida que me recorrió todo el cuerpo. Bilger no llegó a darse cuenta de que me habían temblado los dedos cuando eché mano del cambio de marchas. Tanteé inútilmente el bolsillo del chándal esperando misericordiosamente que hubiera algún frasco de píldoras.

Pero no. Hoy no era mi mejor día.

—¿Por qué nos desviamos? —preguntó Bilger, cuando cambié inesperadamente de rumbo y me dirigí de nuevo a nuestro hotel. Con suerte encontraría el tarro que siempre llevaba conmigo para los casos de emergencia.

—Necesito una cosa que me he dejado en el hotel —añadí sonriendo forzadamente. Aguanté como pude la siguiente arremetida, pero estaba a punto de sufrir una crisis muy grave. Imágenes de lugares y sucesos que nunca sucedieron se empezaron a infiltrar en mi mente, haciendo que mi pasado, mi vida entera, se volviera progresivamente más inconsistente.

Apenas podía escuchar con coherencia a mi compañero cuando llegamos al hotel. Mi mente intentaba centrarse en la única tarea que importaba en ese momento: Superar esa crisis. Pero me estaba costando recordar quien era la persona que me acompañaba, quien era yo y porqué no debía teletransportarme directamente hasta donde quería ir.

—Espérame en el coche… si quieres… —me quedé en blanco cuando no supe decir el nombre de mi acompañante, al salir del coche. Reprimí como pude una oleada de pánico al notar como toda mi vida se estaba escurriendo de mi mente, deslizándose igual que el agua de lluvia entre mis dedos.

«¡Vamos, puedes conseguirlo!» intenté darme ánimos, concentrar toda mi fuerza de voluntad en mi objetivo.

—¿Qué te ocurre? —me preguntó aquel hombre saliendo del vehiculo e interponiéndose en mi camino. No podía contestarle, no porque no quisiera, sino porque en ese momento mi mente estaba esforzándose completamente por mantenerse en su lugar. En un único lugar. Si perdía el control, si me teletransportaba inconscientemente o si no llegaba hasta mi medicina, se acabaría todo.

Mi mente se desplazaría a todos los lugares en los que había estado, pero mi cuerpo quedaría totalmente inmóvil, en estado catatónico, incapaz de trasladarse siguiendo el ritmo de los recuerdos que se me aparecían en fugaces destellos. Igual que un globo demasiado hinchado que estallara, mis memorias podían acabar dispersas completamente.

Quise apartarle de un manotazo cuando mi compañero me cogió de la mano amablemente, para acompañarme al interior. Pero aquel gesto benévolo era demasiado peligroso. Peligroso para él y para su mente. Le solté justo cuando un recuerdo de ambos me llegó a la mente.

—Por favor, Bilger —su nombre había acudido en su defensa al rememorar brevemente nuestro primer encuentro. No recordaba ni quien, ni dónde, ni cuando nos habían presentado pero intuía que era alguien de confianza—. Sólo será un momento —mi compañero se hizo a un lado mirándome con preocupación y yo apresuré el paso hasta mi habitación.

«¡La maleta!» me lancé a por ella en cuanto cerré la puerta tras de mí y eché el cerrojo. Desperdigué su contenido encima de la cama y rebusqué frenéticamente. Nada. Menos que nada, ni siquiera me venía algún recuerdo de dónde podía haber dejado el tarro. Empezaba a poner en tela de juicio si realmente lo había traído.

Me agaché para mirar debajo de la cama y en todos los rincones de aquel diminuto cuarto de hotel que me era tan desconocido. La visión se me desenfocó cuando me sobrevino otra sacudida y noté algo cálido que goteaba en el filo de mi labio.

Sangre.

La vi cuando me limpié apresuradamente el rostro con el dorso de mi mano. Aquel color carmesí manchando mis dedos me aceleró el ritmo de mi corazón sin poder remediarlo. Al diablo con que me quedara inconsciente o inmóvil, si no lograba aliviar la presión de mi cerebro acabaría dando de comer a los gusanos.

Encaminé mis pasos al lavabo, dando un par de traspiés por el camino mientras me quitaba apresuradamente el chándal buscando con urgencia el espejo. Me quité la camiseta por la cabeza, gimiendo de desesperación al notar como empezaban a fallarme las fuerzas en mis piernas. Y finalmente me planté frente a mi reflejo, contemplando un rostro que no reconocía y que ignoré completamente. Mi vista se dirigió inmediatamente a mi vientre, al tatuaje con el que me marcaron en la infancia y que se había convertido en mi salvavidas. Y concentré toda mi voluntad en su recuerdo, sólo tendría una oportunidad, antes de que otra oleada de imágenes me llevara justo al borde de la inconsciencia.

Solté un suspiro de alivio al verme plantada frente al espejo y notar cómo la tromba de recuerdos había cesado. Lo había conseguido a tiempo. Pero finalmente me dejé caer, agotada del esfuerzo, al frío suelo de cerámica blanca.

POV: Agente Bilger

28 de Octubre de 2006; 22:15 Horas; Chennai, India

Abrí la puerta de la habitación con un leve tintineo de las llaves, tanteando mi mano en la oscuridad hasta dar con el interruptor. Necesitaba despejarme un poco antes de que fuésemos al hotel en el que estaban los clones y el sonámbulo. Me refresqué con la helada y vigorizante agua del lavabo, evaluando los estragos que en mi rostro había provocado el último enfrentamiento contra Koniev. El ojo amoratado se me curaría en menos de una semana, un poco menos me duraría la inflamación de mi mandíbula. Pero el golpe en la ceja, aunque ya estaba empezando a cerrarse en blando, me dejaría una buena cicatriz por no haberle puesto puntos.

—Espero que estés contento, maldito cabrón —mascullé viendo que se había cobrado un poco de su venganza y que estábamos un paso más cerca del empate.

Sin mucho entusiasmo eché un vistazo al teléfono móvil que había dejado en la mesita de la habitación. Varías llamadas perdidas en las últimas tres horas, me llamaron la atención inmediatamente. Todas de Ethan.

«¿Qué demonios querrá con tanta insistencia?» apreté el botón de rellamada con curiosidad. Pero también temiéndome que siguiera insistiendo en el tema de su cita con mi joven compañera. Ese chico era una tragedia andante con las mujeres.

—¿Diga? ¿Quién es? ¿Qué es lo que quiere? —se escuchó con dificultad debido a un molesto sonido silbante que había al otro lado de la línea. Pude reconocer su voz a pesar de ello, aunque parecía ligeramente sobresaltada, como afinada por el pánico.

—Miller, eso mismo te pregunto yo —mascullé malhumoradamente.

—¡Jacob, al fin contestas! Espera un momento… —se escucharon algunos pitidos agudos y unos zumbidos electrónicos, en el silencio que había dejado—. Ahora podemos hablar tranquilamente, he asegurado la línea —comentó innecesariamente, pero seguía escuchándose el mismo runrún indefinible de fondo, como un siseo persistente—. Me ha costado acceder a las bases de datos, pero te he conseguido bastante información de la que me pediste, Jacob —comentó más aliviado Ethan.

—¿De qué estás hablando? —inquirí cogiendo mejor el auricular.

—Las pastillas de Tracy, ¿recuerdas? —recapituló Ethan con ánimo. Tardé un par de segundos en ponerme en situación, intentando despejarme del desconcierto que nublaba mi mente. Durante un momento sus palabras habían carecido totalmente de sentido. Pero evoqué el tarro de píldoras de mi compañera y el encargo personal que le había realizado. Sólo fue durante una fracción de segundo, nada más, pero tuve la falsa impresión de que jamás habíamos mantenido esa conversación—. He accedido al expediente personal de Tracy. Según el fichero, esas pastillas no son más que un pequeño cóctel de ansiolíticos suaves y un medicamento para el tratamiento de la hipertensión y las taquicardias. Pero lo he mandado analizar al laboratorio de todas maneras —prosiguió Ethan con sobriedad como si estuviera repasando algunas notas mentales.

—Eso no se parece para nada a un medicamento para las náuseas —pensé en voz alta, esperando que continuara.

—No, es cierto. Parece más bien un remedio de emergencia para las crisis de ansiedad —apuntó el técnico con atino—. Pero no te he llamado sólo por eso. He encontrado algunas irregularidades en su expediente, cosas que deberías saber. Por ejemplo, lleva haciéndose análisis periódicos de sangre desde los diez años, cada dos o tres meses. Pero no he encontrado ningún dato accesible sobre la razón de esos análisis, todos están clasificados bajo un encriptado de seguridad muy alto.

—No sabía que una pequeñez como esa fuera un problema para ti —comenté entre sorprendido y ocurrente. Prácticamente todo el sistema de seguridad lo había renovado él mismo, debía de saber como saltarse las barreras que había programado.

—Bueno, esa es la irregularidad —exclamó con cierto reproche hacia mi parte—. Esa información sobre Tracy ha sido guardada en un servidor distinto al de Hartsdale, en la propia planta de Pharmatech. Debido al bloqueo que tenemos en nuestra intranet, no puedo acceder remotamente sin poner en aviso a Hana Gitelman sobre como burlar nuestra seguridad. Así que he tomado el primer vuelo que he podido para Montana y ahora estoy conduciendo hasta allí para evitar cualquier conexión inalámbrica —explicó con su característico tono profesional. Al menos eso explicaba el sonido de fondo de la carretera comarcal—. Pero eso no es todo, hay más…

«¿Más?» empezaba a preguntarme si había una buena idea implicar a Ethan, solía entusiasmarse imprudentemente con su trabajo de investigación.

—… en ese servidor hay mucha información confidencial de otros expedientes. Al principio pensé que sería una copia de seguridad, por si hay fallos en el sistema principal y para evitar futuros ataques Denegación de Servicio —razonó condescendiente, pensando que yo estaba entendiendo algo del galimatías técnico que brotaba de su boca—. Pero he revisado los índices de datos y muchos de esos ficheros no han sido duplicados, sino transferidos a ese servidor hace varios meses. Y he descubierto las últimas tres personas que accedieron a esa base de datos.

—¿Ah, sí? ¡Qué interesante! —repuse siguiéndole el rollo y echándome una mano a la cabeza.

—¿Entiendes lo que eso significa? —aludió Ethan, mosqueado.

—Dímelo tú —me rendí finalmente ante su cháchara. A través de la línea se escuchó un profundo suspiro de resignación por su parte.

—Alguien ha estado robando información confidencial de La Compañía, durante meses —declaró abruptamente Ethan Miller—. Alguien de dentro —sentenció sobriamente con voz áspera. Contuve la respiración inmediatamente y apreté con firmeza el auricular en la oreja. No pude preguntarle, pues apenas tenía saliva en la boca, antes de que él continuara—. ¿Jacob, no tienes por casualidad algo que quieras confesarme?

—¿Eh? —repuse confuso aunque mi mente reaccionó de inmediato, tan afilada como siempre—. Sólo tengo una pregunta, ¿puede saberse cuánto azúcar has tomado hoy? Creo que te está empezando a afectar al cere…

—Tú eres el traidor, Jacob —desde el otro lado de la línea, Ethan se escuchaba terriblemente lejano, como una voz de ultratumba—. Siempre lo has sido.

POV: Agente Chobham

28 de Octubre de 2006; 22:36 Horas; Chennai, India

El sonido de la puerta siendo aporreada sin miramientos me sacó de mi estado de aturdimiento a la fuerza. El frío penetrante y gélido de las lozas del baño sobre mi mejilla me desperezó de golpe, haciendo que me incorporara en un abrir y cerrar de ojos del suelo.

—¿Cuánto tiempo ha pasado? —exclamé para mí misma en voz alta, pensando que había transcurrido una eternidad desde que entré en el cuarto. Miré el reflejo que se proyectaba en el espejo y supe que todo…

—¡¿Chobham?! ¿Estás visible? —preguntó Bilger desde el pasillo con insistencia, interrumpiendo mis pensamientos. Agité la cabeza y me enjuagué los restos de sangre de mi rostro antes de contestar con voz ronca—. Ahora voy…, eh, espera un momento. ¿Qué demonios voy a hacer contigo, Tracy? —añadí lo último en un susurro amortiguado, ayudándome a levantarme con el filo del lavabo y maldiciéndome por sufrir de nuevo otra pequeña crisis de identidad.

—Tranquila, tú puedes volver a… —me di ánimos intentando concentrarme de nuevo, bajando los párpados y respirando con profundidad. Quise reorganizar mi mente, mi cuerpo y mi poder. Pero seguía estando rota, como una muñeca de porcelana hecha añicos tras caer de un estante, con todos mis recuerdos hechos un barullo. Bilger volvió de nuevo a golpear con sus nudillos en la puerta sin dar tregua—. ¡YA VOY JOD…! —mascullé de mala manera. Y vacilé un poco en mis pasos cuando quise salir del lavabo y cerrar la puerta tras mis pasos.

—¿Por qué no salías? —inquirió Jacob al entrar.

—Ya me encuentro bien, no hacía falta que machacases la puerta —protesté desviándole la mirada.

—Prepara la mochila, no volveremos aquí después de ir al hotel —comenzó a decir Jacob dándome la espalda y examinando el desorden de la habitación que había provocado rebuscando el tarro de pastillas.

—Señor, en cuanto a lo del hotel… —intenté interrumpirle pero me temblequeaban las piernas de los nervios.

—He conseguido tres billetes para Calcuta en un vuelo de madrugada, no los usaremos pero al menos lograremos que sigan una pista falsa… —continuó recorriendo su mirada por el cuarto hasta detenerse en la puerta del baño cerrada.

—Jacob —logré decirle cuando dio un amago de paso hacia él. Mi compañero se sorprendió al oírme que le llamaba por su nombre, pero un segundo después me pareció de lo más normal—. Tenemos un problema con lo del hotel.

—¿Qué clase de problema, Tracy? —quiso saber Jacob, dirigiéndome una de sus miradas de reproche carentes de cualquier señal de clemencia.

—¿Recuerdas las pastillas que estaba tomando? —esperé a que respondiera con un cabezada afirmativa. No me veía capaz de revelarle la verdad—. Pues te… te mentí sobre ellas. No sirven para las náuseas, verás sirven…

—Para controlar tu poder, ¿es así? ¿No? —terminó por mí, Jacob.

—¿Cómo lo sabes? —exclamé dándole la razón, un poco perpleja.

—No eres el primer especial de La Compañía que veo medicándose. Tenías que habérmelo dicho, no está nada bien que me mintieras con eso. Espera un momento… ¿le ocurre algo malo a tu poder? —«Malo, no, malísimo» pensé sombría interponiéndome entre el baño y Jacob—. ¿Estás enferma? —mi compañero no parecía que estuviera realmente muy preocupado por mi salud, su actitud seguía siendo un tanto fría y distante.

—Estoy bien. Estoy tan sana como lo puede estar una maldita manzana —respondí mordaz y desafiante—. Pero mi poder de teletransporte ha escogido el peor momento para bloquearse.

—¿Quieres decir que has perdido tu poder? ¿No te funciona?

—No. Exactamente, no deja de funcionar —respondí cruzándome de brazos a la defensiva. Pero mi compañero me miró pidiendo una explicación—. Al bloquearme, yo me quedo a medio camino de teletransportarme a dos sitios… es como cuando un interruptor de la luz se queda a mitad de encendido y apagado. Ni funciona, ni deja de funcionar —el enfado de Jacob ya era bastante notorio y mis crípticas explicaciones no ayudaban al respecto—. ¡No me sigas mirando de esa manera! ¿¡Cómo si fuese la única de los dos que ha estado mintiendo!? ¿Cuántas cosas me has estado ocultando desde que nos conocimos? ¡Yo ya he perdido la cuenta! —le reproché ásperamente, agarrándole del brazo y dándole un pequeño empellón en el hombro.

—No sigas por ahí, Tracy —exclamó sin mucho comedimiento mi compañero.

—Ya veo. No quieres hablar de ello —ironicé, acercándome a su rostro a poca distancia—. Pues bien, hablemos de la misión: Se ha ido al garete, Jacob. No te sirvo para nada en este momento, no puedo teletransportar ni a una mosca —me sentía terriblemente vulnerable sin poder usar mi "don". Quería largarme de esa habitación y dejar cuanto antes la presencia de mi compañero.

—Todas las veces que te he mentido han sido para mantenerte al margen. Hay cosas que es mejor que no llegues a saber sobre mí —respondió Jacob sosteniendo la mirada conmigo.

«No se puede ser más hipócrita y estúpido al mismo tiempo» pensé enfurecida con él.

—No, eso no es verdad. No confías lo suficiente…

—Tracy —me interrumpió mi compañero un segundo.

—No confías lo suficiente en ti mismo, en tu juicio para valorarme —continué con más arrojo, aunque el avanzó otro paso y me dejó con la espalda apoyada contra la puerta del baño—. Crees que soy débil o que dudo de ti. Que te voy a traicionar por cómo eres. No es así y deberías saberlo, pedazo de mentecato. Ya te conozco, Jacob. Sé lo suficiente de la clase de hombre que eres: arrogante, confiado, mentiroso y para rematar tienes esas manías de autosuficiencia que me exasperan. Pero los oscuros secretos que no sepa de ti, y que tanto quieres ocultar, no van a hacer que cambie la confianza que tengo depositada en ti para nada —después de eso se hizo un pesado y cerrado silencio en la pequeña habitación.

—¿Has terminado? —preguntó Jacob, aunque no sabía si se tomaría el turno para ponerme verde o directamente daría media vuelta y se largaría. Indecisa asentí con la cabeza, sin tener nada más que decir—. Pues pongámonos en marcha, tenemos que salvar a Sanjog Iyer —dijo cogiéndome de la mano y despegándome de la puerta del baño.

POV: Agente Bilger

28 de Octubre de 2006; 23:55 Horas; Chennai, India

Mientras vigilábamos la entrada con los prismáticos y echaba un último vistazo al plano de la ciudad, pensé en la clase de cosas que me había visto obligado a hacer, o que quizás no había hecho, para acabar siendo el traidor. Llevaba un mes entero siguiendo las pistas del robo del virus Shanti y del individuo que había infectado a Molly. Pero según la información que había recibido de Ethan, esa misma persona era yo.

—Solo tres personas accedieron al banco de datos de Pharmatech y tuvieron la oportunidad de robar en el área de muestras biológicas —me explicó Ethan por teléfono, poco después de acusarme—. Henry Strauss, Arthur Petrelli y tú Jacob Bilger.

—Eso no es posible —repuse con un nudo en la garganta, de desesperación.

—Me temo que sí lo es —contestó tajantemente el experto informático—. Los registros no han sido modificados. Hace siete meses, accediste a la base de datos de La Compañía e hiciste cambios en la red de la planta para hacer una visita en persona a la zona de máxima seguridad. Buscabas algo llamado Proyecto Orígenes, por lo que he podido descubrir de la información que hay en tu ordenador. Y al parecer lo encontraste y lo ocultaste a los demás —Ethan intentaba ser lo más metódico e imparcial posible, pero su voz también denotaba ansiedad—. Dos semanas después, Henry Strauss se dio cuenta de que habías supervisado ese Proyecto personalmente y se fugó de La Compañía no sin antes hacerse una copia de esa información en el disco duro que le sustrajimos en Irlanda. Y por último, Arthur Petrelli también accedió al mismo servidor el día que "supuestamente" se suicidó.

—¿Qué insinúas? —no podía creerme que Ethan estuviera sospechando de mí. Pero en realidad no tenía ni idea de qué había olvidado y yo era la única de esas tres personas que seguía con vida.

—Insinúo que tanto tú como Tracy estáis metidos en un problema muy gordo… ¿De veras no recuerdas haber estado en la planta de Pharmatech antes de que Hana Gitelman la asaltara? ¿Ni haber robado el expediente de Tracy y los demás? —increpó condescendiente después de hacer un respiro.

—No, en absoluto —respondí sin poder respirar con normalidad.

—Me lo temía. Creo que alguien de La Compañía te "haitianizado" después de usarte para sacar los archivos —dictaminó Ethan con desgana, intentando mantener la mejor opinión sobre mí. «Henry Strauss decía la verdad»

—O puede que finalmente acabara tomando partido… —exclamé para mí mismo sin que Ethan lo escuchara. Sea como fuere, ahora tenía una misión que cumplir y una compañera que era inocentemente fiel—. ¿Quieres que te cuente algo que no sabías, Tracy? —le pasé los prismáticos y respiré hondo al verla sentada serenamente en el asiento del copiloto—. En La Compañía se está gestando una guerra interna por el poder, alguien de dentro quiere hacerse con el control de todo. Los Fundadores que han ido desapareciendo en los últimos meses lo sabían y han huido como las ratas de un barco que naufraga. Charles Deveaux se dejó morir para no ver lo que va a suceder, y Arthur Petrelli creo que fue asesinado por intentar hacerles frente. Así que hazte una idea de lo grave que es —mi compañera abrió un poco la boca, en un gesto de estupefacción que me hubiera hecho reír a carcajadas si no fuera porque el asunto era muy serio—. ¿Y si te dijera que puede que esa misma persona, ese conspirador, me hizo una proposición imposible de rechazar? ¿Qué pensarías de mí si te digo que hice algo horrible a cambio?

—¿Qué… hiciste? —preguntó con aprensión Tracy, el brillo temeroso de su mirada refulgía en la oscuridad de la noche.

—No lo sé. Ni siquiera sé cual fue el trato que pude haber hecho —mascullé echándome las manos a la cabeza intentando hacer memoria a la fuerza, pero era imposible—. Sólo tengo la sospecha de que algo muy grave ocurrió y yo podía haberlo impedido, ¿comprendes lo que quiero decir?

—Ni una coma, Jacob —admitió Tracy encogiéndose levemente de hombros y volviendo de nuevo a ver por los prismáticos—. Me preocupa mucho más lo que tenemos entre manos ahora, ¿Qué vamos a hacer para entrar?

—El sistema de alarma contra incendios es nuestra mejor opción. Usaremos las escaleras auxiliares para llegar a la suite 1303 —dije preparando una de las metralletas con el cargador repleto y dándosela, continué—. Esto no servirá para mucho realmente, sólo ganaremos algo de tiempo despejando el camino de clones hasta que lleguemos al chico.

—¿Y después qué? —bufó Tracy visiblemente inquieta—. No podemos teletransportarnos, así que la huida…

—Ya se me ocurrirá algo —intenté tranquilizarla posando mi mano sobre su hombro. De todas maneras siempre que elaboraba algún plan acababa saliendo mal, mi punto fuerte era la improvisación—. Si es necesario nos abriremos camino al viejo estilo hasta el vestíbulo… Confía en mí —añadí antes de que Tracy objetara con uno de sus habituales «No sé yo», al verla a punto de abrir la boca—. Me enfrentaba a los especiales sin ayuda de compañeros con poderes, mucho antes de que tú aprendieras a gatear… —en lo que duró un parpadeo, el rostro Tracy se me arrimó demasiado cerca y sus cálidos labios rozaron los míos, durante un momento muy desconcertante.

—Empezabas a sonar como un vejete contando batallitas del pasado —exclamó ella tras el fugaz beso, el comentario me dolió más que un gancho en la barbilla. La diferencia de edad cayó sobre mi conciencia como un cruel recordatorio de nuestras incompatibilidades—. No le des mucha importancia, ¿de acuerdo? Es tan sólo un beso de despedida —añadió saliendo y dejándome a solas en el asiento del conductor, cuando quedó claro que no era nada más.

«¡Hay que ver qué cosas tienes, Jacob!» pensé notando el corazón latiendo a cien por hora, como un imberbe colegial, por un pequeño beso de nada. Una insignificancia. Yo ya no tenía edad para estos revuelos. «Un último beso… ¿Por si no salimos con vida?» ese funesto pensamiento me atemorizaba un poco. No quería arrastrar conmigo a Tracy hacia la muerte. Pero tampoco se me ocurría a nadie, a quien deseara tener más a mi lado en una misión como esta.

—No dudes al disparar —pronuncié con decisión cuando salí del coche con las armas en la mochila—. Y recuerda que hace poco que a Koniev le dispararon en la rodilla derecha. Si se te echan encima, dale bien duro ahí. Le dolerá mucho —Tracy no prestaba atención, se encontraba mirando fijamente al otro lado de la calle—. ¿Ocurre algo? —pregunté sorprendido, mi compañera negó rotundamente con la cabeza y me miró de reojo.

—Perdón, Jacob. Me había parecido ver… —se quedó paralizada un segundo y después de agitar la cabeza dijo—. Me ha parecido ver a alguien en la acera de enfrente. No es nada de lo que debas preocuparte.

—Te sangra la nariz —exclamé señalándome el labio superior, Tracy intentó mantenerse tranquila secándose la sangre, pero aquello no podía ser buena señal de ninguna manera. «Sí tenía porqué preocuparme». Cruzamos el abandonado aparcamiento con la sensación de que el silencio que nos rodeaba era antinatural, como una advertencia de la pesadilla que comenzaba. Abrir la puerta de incendios y entrar en el hotel fue fácil, bastó una de nuestras identificaciones falsas del FBI para forzar la entrada. Pero al subir las escaleras de servicio oímos un sonido que parecía surgir del piso al que nos dirigíamos. Era muy bajo, y lo sentíamos más bien en las paredes y en el suelo.

—Parece como un zumbido —comentó Tracy en susurros un segundo antes de abrir la puerta que daba al piso decimotercero.

—¡Cuidado! —le advertí a mi compañera al escuchar como el zumbido se elevaba de pronto y reconocer el peligro. Pero el resplandor fue demasiado intenso para soportarlo incluso después de cerrar los ojos. Sentía como me ardía la cara y las manos, y luego una sacudida que nos lanzó violentamente contra el descansillo de las escaleras—. ¡Tracy! ¡No te levantes! —intenté en vano agarrarla, al verla por la hendidura de mis entrecerrados ojos que se levantaba intentando apuntar con el arma, pero la luz zumbante palpitaba con un brillo tan abrasador que apenas alcancé a ver más.

—¡Qué ingenua! —musitó una voz que procedía de la luz. No, de la figura brillante que emitía esa luz. Escuché una segunda sacudida, como una ráfaga de viento que golpeara contra un barco y el brillo cesó de golpe dejándome a oscuras—. Señor Seraph, ya le dije que me bastaba yo solo.

POV: Agente Chobham

29 de Octubre de 2006; 07:04 Horas; Paradero desconocido, Chennai, India

La silla de ruedas chirriaba, pidiendo estridentemente que alguien engrasara sus juntas, cuando me llevó sentada por un estrecho pasillo de la clínica.

—Doctor, quiero hacerlo pero tengo miedo de la operación —admití mirándole acongojada. Me había reído varias veces del parecido de su rostro con el de un San Bernardo. Pero el semblante del Doctor Strauss se parecía más al perro de caza al acecho, con sus ojos claros mirándome fijamente, que al de una simpática mascota.

—Tenemos que arreglarlo, Tracy —exclamó Henry Strauss después de parar la silla unos segundos. Y cuando la machacada silla volvió a rechinar, dijo—. No podemos permitir que tu "don" vuelva a hacerlo. Túmbate en esa camilla, junto a la otra del fondo, por favor —añadió amablemente cuando llegamos a la sala de operaciones con un sonoro golpetazo de la puerta. Justo encima de la camilla había un aparato de aspecto siniestro con una aguja y un depósito lleno de una sustancia negra y espesa parecida a la tinta.

«Pero no lo era, no era tinta»

Los demás operarios procedieron a buscarme una vena en el brazo para el suero, tenían varias bolsas preparadas de sangre y jeringas con adrenalina junto a una pistola de acero pulido. Resplandecía tanto como los bisturís y el resto de instrumental quirúrgico.

—Esto es para que te relajes, Tracy —Strauss inyectó una dosis de un calmante en la bolsa de suero y reguló el goteo.

—¿Me va a doler mucho, Doctor? —pregunté asustada, mi corazón palpitaba tanto que temía que se me saliese del pecho.

—Ya lo hemos hablado, Tracy. Sí, te va a doler. Debe de dolerte —continuó sin mirarme a la cara vigilando mis constantes en el panel. Me iba a doler más que ninguna otra cosa en mi vida.

—No quiero. No, no, no… —intenté bajarme de la camilla pero notaba las extremidades pesadas y el cuerpo cansado. Y la habitación parecía moverse cada que vez miraba en una dirección. Strauss hizo una señal a los enfermeros los cuales me agarraron de las muñecas y me ataron fuertemente con las correas—. Por favor, no —supliqué sin que me escucharan, haciendo fuerza para escaparme. Pero era inútil.

—Tracy, concéntrate en el dolor, recuérdalo. Úsalo —Strauss puso en marcha la máquina y la acercó al trozo de piel descubierta de mi abdomen para imprimirme una marca de por vida. Un recordatorio de lo que mi poder era y de lo que no debía de ser. Entreabrí los ojos llenos de lágrimas con la mandíbula férreamente cerrada rechinándome, conteniendo el dolor que me desollaba la piel.

Y observé el rostro exánime de un niño de piel aceitunada en la camilla de al lado, Sanyog Iyer, antes de proferir un alarido y despertar de la pesadilla.

—¡AAAAAAaaaahhhhHHHHH!

—¡BASTA! ¡Déjala de una vez, maldito cabrón! —gritaba Jacob cuando recobré la consciencia. Mi mejilla izquierda ardía de puro dolor y algo muy brillante resplandecía con tanta intensidad que no veía nada más que la luz. Pero pude sentir el roce de algo abrasador que estaba chamuscando mi piel y un sonido que reverberaba rítmica y constantemente. Subiendo y bajando de intensidad. Parecía el latido de un corazón, mezclado con el zumbido de un poste de alta tensión. Quise gritar de nuevo cuando volvió a rozarme, aunque el estupor no me lo permitió. Era una mano la que acariciaba atrozmente mi rostro.

—Déjala ya. Es una pena destrozar algo tan bello —exclamó una voz que pude reconocer como Koniev, Michael Connor, el Hombre que era una Legión. Esta vez sí que mi torturador accedió a parar. Y pude ver que estábamos en sitio muy distinto del hotel, en lo que parecía una estación de trenes abandonada—. ¿Así que ésta es tu nueva compañera, Bilger? Es muy guapa —apenas podía abrir bien los ojos de lo mucho que me escocían, pero observé a mi compañero enfrente de mí dirigiéndole una mirada de intenso odio a Koniev, y a la multitud de clones que ocupaban aquel lugar. A su lado había un bulto que no logré enfocar con claridad—. Despídete de ella, Jacob —sentí como uno de los clones me puso un arma en la sien y quitó el seguro.

—¡No! ¡Ella no es peligrosa! ¡Necesita unas pastillas! ¡No puede…! —saltó de golpe mi compañero, pero una patada de uno de los otros clones le dejó sin resuello.

—Teletransportarse —exclamó un tercer hombre que no había logrado ver, porque se hallaba muy a mi izquierda. Quería abrir el párpado pero no lo lograba, el dolor era insufrible. Aquel hombre se acercó hasta mi compañero y pude oír el repiqueteo de su bastón y su quejumbrosa respiración. William Martin daba por fin la cara, aunque habría esperado tener fuerzas para escupirle en su anciano rostro, cuando se volvió hacia mí—. Oh, sí, chiquilla. Sé que te teletransportas. Tu poder es muy fácil de reconocer, lo percibí mucho antes de que llegarais —su sonrisa era benevolente y desconcertante. Su voz apagada, lenta y firme, pero no extenuada. Aunque su semblante se cuajó de más arrugas de las que era capaz de contar, no pude pensar que ese tipejo fuera el responsable de nuestra situación, no encajaba.

—Mierda… Eres un husmeador —susurró Jacob al recuperar la respiración—. ¿Puedes detectar a los individuos con poderes? ¿Puedes sentirlos, verlos, olerlos…? Aughh… —mi compañero recibió un cogotazo al intentar levantarse. Pero volvió a alzar el rostro segundos después, desafiante.

—Sí, ese es mi poder —admitió con arrogancia aquel viejo inglés—. Puedo ver los poderes que esconde la gente, como si fueran pinceladas de color dentro de una foto en blanco y negro. Por mucho que quieran disimular, conmigo no vale. Lleva siéndome muy útil desde que me salvó la vida en la Segunda Guerra Mundial. Y gracias a él, he conocido a muchas personas especiales —continuó desviando el rostro al hombre que se hallaba justo detrás de mi. Enseguida comprendí que la misión habría fracasado desde que había decidido acompañar a Jacob en el rescate. Le había puesto en peligro por culpa de mi poder. Así había podido formar su organización, su pequeña "compañía". —Una de esas personas es el señor Amid Halebi. Tiene un don verdaderamente impresionante.

—Es una bomba humana. ¿Para eso robaste las malditas cabezas nucleares, Michajl? ¿Lo habéis provocado? —añadió mi compañero a voz en grito—. ¡No sabes lo que has hecho! ¡No tenéis ni idea de con lo que estáis jugando! ¡Te matará!

—Me han hecho más poderoso —dijo Halebi acercándose y dejándome por primera vez ver su rostro. Debía de ser de origen árabe, de unos treinta y pico, aunque por su forma de hablar habría jurado que era de la Costa Oeste de los Estados Unidos. La barba de dos días que llevaba acentuaba el moreno de su semblante y las oscuras cejas contorneaban unos ojos que brillaban con el fulgor de una explosión nuclear. La demencia de su rostro estaba a flor de piel, era inestable, peligroso. Como si algo o alguien lo hubiera perturbado excesivamente.

—Es increíble que el Doctor Strauss tuviera razón, valió la pena que trabajara para nosotros —comentó el hombre que se hacía llamar Seraph—. Una pequeña sobrecarga de radiación y listo, su poder se incrementó mil veces. Y hablando de sobrecargas —volvió a mirarme William Martin, pero esta vez como si estuviera observándome a través de un microscopio, analizándome—. Tu poder no funciona por una sobrecarga, ¿no es cierto? Está, digamos que bloqueado. Es interesante, hay algo más…

Se quedó mirándome un buen rato, examinándome de arriba abajo, como si acabara de encontrar algo que no se esperaba. Quise erguirme de costado para no estar a la altura de sus rodillas pero mi cuerpo bramada de pura agonía. Entonces reparé en el bulto que estaba tirado al lado de Jacob. El cuerpo de Shanti Suresh yacía con el cuello roto, doblado en un ángulo espantoso y su mirada, perdida para siempre en el oscuro reino de la muerte. El pánico casi me superó en ese momento, cuando los clones arrastraron sus restos y los metieron en una bolsa de plástico.

—Connor, ocúpate de todo, yo me llevo al chaval —añadió William Martin segundos después, negando con la cabeza, como si hubiera visto algo que ya no estaba—. Ha sido todo un éxito. Ya tenemos lo que queríamos, el virus. Y de paso, un chico que nos ayudará a destruir La Compañía. Gracias, agentes.

«¡El Virus Shanti!» era lo que esos malnacidos habían buscado todo el tiempo. Y nosotros se lo habíamos servido en bandeja.

—Señor Seraph, pensé que quería que me ocupase yo —comentó Halebi, como sorprendido o receloso por verse de lado.

—No, tú tienes cosas más importantes que hacer. Te espera un vuelo a Nueva York —dijo Seraph dándole una palmadita en el hombro, la luz de la mañana empezó a filtrase por los resquicios del viejo pabellón.

—¡No te saldrás con la tuya, William Martin! —le amenacé en balde, sólo para comprobar que el rostro de Koniev se iluminó con la sorpresa al oírlo. El semblante del anciano, en cambio, se ensombreció y me miró de reojo con profundo odio. Él sabía que no había nadie más con poderes en las proximidades, no teníamos refuerzos.

—¿Es que acaso pensabais que esto acabaría bien? —preguntó con una voz lúgubre, como el tañido de las campanas del infierno. Se giró y comenzó a caminar con sus tres piernas.

—¡Espere! Podemos negociar. Sé dónde está Pandora, sé que quiere encontrarla en sus sueños —exigió a la desesperada, Jacob. No podía creerme lo que estaba diciendo, como tampoco el sacrificio que quería hacer para salvarme—. Si nos mata jamás sabrá dónde encontrarla. Deje libre a mi compañera y le diré todo lo que quiera saber —el "Ángel" terrenal de casi un siglo de antigüedad nos observó, por última vez, tal vez esperanzado por encontrar lo que buscaba.

—¿Así que sabe dónde se encuentra el Primer Poder? —miró a uno de los clones en particular y le preguntó, sorprendiéndole—. ¿Qué opinas tú, Connor?

—Es evidente que miente. Los Fundadores no permitirían que alguien a parte de ellos supiese la verdad —consideró Koniev, a lo que mi compañero respondió con una expresión de total incredulidad. Michajl estaba cobrándose la venganza de la que Jacob me había hablado.

—Adiós, señores —se despidió William Martin de nosotros, con la misma educación de un Sir inglés. Amid Halebi y el Koniev original le acompañaron detrás de él, dejándonos a solas con aquella miríada de clones en aquel desamparado lugar.

Tras unos prolongados minutos se miraron los unos a los otros, expectantes. Uno de ellos se agachó a mi lado y antes de que pudiera zafarme de sus brazos me ayudó a incorporarme en el suelo, sentada medio de cuclillas medio de culo.

—¿Estás mejor así? —hice como si no le escuchase e intenté evitar que el dolor que me aplastaba todo el costado me hiciera caer inconsciente—. Es una lástima que no trabajes para nosotros. Un poder como el tuyo nos habría venido muy bien —comentó para sí mismo, es decir, para todos sus "yo".

—¿Ahora es cuando tenemos que suplicarte para que no nos mates? —exclamé respirando hondo, intentando parecer igual de cínico que mi mentor. Koniev me miró con una brillante sonrisa en sus ojos grisáceos, la cicatriz de su rostro no se notaba con la sesgada luz de la madrugada. Parecía que pudiera oler el miedo que debía de estar despidiendo.

—Esto es increíble —agitó la cabeza como despejándose al quedar aturdido. Y se digirió al resto de los clones—. Hermanos, ella cree en serio que… ¡trabaja para los buenos!

—¡Abrase visto! —se enojó uno de los clones que había dado una patada a Jacob.

—¿No os parece divertido? —exclamó otro, más contento en la esquina contraria. El resto murmuraron a coro sin que apenas pudiera entenderles. Jacob y yo nos dirigimos una mirada el uno al otro. Podía ver que mi compañero continuaba manteniendo la calma, observando a los clones y buscando alguna forma de salvar la situación. Tal vez si yo lograba distraerles el tiempo suficiente… Pero el clon se fijó en nosotros dos en ese preciso instante—. Ya veo, ¿confías en ese hombre? ¿Tu compañero? —señaló con un dedo a Jacob, cuyo semblante acababa de sacudirse con una expresión de angustia que jamás había visto en él.

—Si vas a matarnos, hazlo ahora —dijo Jacob, dejándome estupefacta.

—No te enfades con él. No quiere que te abra los ojos —comentó en un tono condescendiente el clon, dándole la espalda a mi compañero y sosteniendo la mirada conmigo—. Cuando comenzamos en La Compañía éramos como tú. Ingenuos y…

—…confiados —continuó otro de los clones—. Creíamos que nos estaban haciendo mejores personas, que hacíamos algo que realmente cambiaría el mundo. Pero nos engañaron.

—¿Piensas culpar a todos menos a ti de lo que eres? —bramó mi compañero intentando incorporarse, pero enseguida lo redujeron.

—La Compañía nos entrenó para ser el perfecto eliminador, su máquina asesina —prosiguió, sin molestarse en absoluto, el clon—. Sin embargo, no quedaron satisfechos con los resultados.

—Decían que no teníamos el necesario instinto asesino —intervino uno de los clones más alejados del coro.

—Así que decidieron ponernos en un campo de entrenamiento, para que nos enfrentáramos los unos a los otros —el que estaba más cerca me miró con una expresión sádica—. Una prueba de eliminación y promoción. Una lucha a muerte, para seleccionar a los mejores clones —los demás Koniev asentían inconscientemente al oírle.

—Solo que uno de ellos era el original —murmuró Jacob, le miré sin dar crédito a lo que acababa de decir.

«La Compañía había intentado que se suicidara como parte del entrenamiento para agente» pude imaginar el horror de verse enfrentado a lo peor de su propio don. Como pudo sentir miedo de su propio reflejo, desconfianza de sí mismo.

—No os tenemos rencor por eso, Bilger. Conseguisteis lo que queríais: Convertirme en vuestro verdugo. Paranoico, psicótico y violento. Bravo —afirmó el clon que estaba relatándolo todo, encogiéndose de hombros acto seguido. Se acercó un poco más y en voz no lo suficientemente baja susurró—. ¿Te ha contado lo que le ocurrió a mi compañera, Natasha? ¿La versión de verdad? —señaló con el dedo tras de sí. Yo no sabía qué hacer, a si que asentí ligeramente—. Le hemos estado dando vueltas todos estos años y al fin nos hemos dado cuenta de porqué ella se quitó la vida. No confiaba en nosotros, nunca lo hizo. Cuando supo que estábamos en la prisión no pensó ni por un instante que íbamos con la intención de rescatarla.

—Pensó que el brazo ejecutor de La Compañía iba a eliminarla. A atar un cabo suelto —sentenció un clon que mantenía agachado a Jacob.

—No existe eso que llaman confianza entre los agentes —continuó el clon que parecía que dirigía a los demás—. La amábamos, todos y cada uno. Jamás le habríamos hecho daño, pero Natasha pensó que lo nuestro era mentira.

—Michajl, tú y sólo tú tienes la culpa de lo que hizo Ivanenko —murmuró mi compañero, me miró un segundo pero apartó la vista como sintiera vergüenza al verme. También nosotros habíamos tenido nuestros problemas a la hora de confiar el uno en el otro.

—¿Cómo era eso que decías siempre, Jacob? —Koniev se llevó dos dedos a los labios en ademán pensativo—. Ah, sí… "Confía a tu compañero tu vida". Me gustaba esa frase —el clon que me había apuntado con la pistola se colocó delante nuestro y extrajo el cargador del arma. A continuación fue quitando una bala tras otra, dejándolas caer con un suave tintineo en el suelo de hormigón, hasta dejar sólo una en la recamara y volvió a montar la semiautomática.

—No, no… —susurró sin aire Jacob, cuando el clon dejó el arma a sus pies. Entonces sí me invadió el pánico, cuando observé el rostro contraído de mi compañero.

Cuando vi el miedo en sus ojos.

Continuará…


NOTA DEL AUTOR:

¿A alguno os suena el personaje con el nombre en clave de Némesis? Anciana, telépata y con mucho tiempo libre. Es otro personaje de mis fics que he metido aquí. También Ethan Miller aparece de refilón en otros de mis fics, lo reconoceréis si buscáis a alguien desayunando en el trabajo y siendo interrumpido.

El guión original del primer capítulo de la serie indicaba que en el descarrilamiento de trenes que intervino Claire Bennet hubo un robo de material nuclear. También aparecía el personaje de Amid Halebi con el poder Theodore Sprague como un terrorista islámico. No sé porqué la NBC decidió cambiar de golpe todo el leit movit, supongo que era por recrudecimiento de la guerra en Afganistán. Aquí he recuperado parte de esa historia y he relacionado el robo con la activación de su poder.

Por cierto, el nombre William Martin es un personaje ficticio pero histórico. Si hacéis una búsqueda en Internet con las palabras "William Martin" y "Segunda Guerra Mundial" descubriréis una curiosa operación de espionaje e inteligencia militar.