Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, créditos a Sir Arthur Conan Doyle y a los creadores de la serie Sherlock BBC.
AU/Johnlock/ Quizás un poco OoC/ Dark Sherlock/ Possesive Sherlock.
Enjoy.
POR CIERTO: Advierto que no sé casi nada del mundo de la fotografía y demás cosas, so, no me maten si hay algo fuera de contexto y si lo hay, ilústrenme: siempre es bueno aprender. Sin ánimos de ofender, continúen.
X. He's never gonna hurt you.
Cuando John se marchó corriendo; enterró su rostro en sus manos temblorosas.
Su cuerpo lo traicionaba.
Y él se veía cegado por los impulsos que lo envolvían cada vez que lo pensaba, seguía, olía, veía.
Todo lo que tenía que ver con John Watson lo enloquecía. Sus propias emociones, las que creyó no volver a sentir en su vida, lo volvían a traicionar.
Era como si lo arrasaran, arrastrándolo lejos de todo el control que poseía; lejos de su mente. Volviéndolo alguien que juró no volver a ser.
Y no lo comprendía. No comprendía sus emociones, ni la reacción de su cuerpo y mucho menos comprendía su propio dudar; porque siempre había estado seguro de cada decisión que tomaba. Pero de pronto, otra vez, toda la confianza que tenía sobre sí y su mente, se derrumbaba minuto a minuto por una simple persona: John Watson. ¿Por qué? ¿Por qué?
¿Por qué John Watson le obsesionaba tanto? ¿Por qué John Watson implicaba tanto placer? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡¿Por qué?!
¿Por qué, después de tanto tiempo, alguien volvía a aceptarlo?
Estaba jodido. Desordenó sus rizos, mientras posaba sus manos unidas bajo su mentón. John estaba jodido.
Y todo era por su culpa. Ya no aguantaba más.
Sherlock se levantó, antes de seguir a John. Ignorando las cámaras que se posaron en él cuando abordó una calle principal y un sonido agudo proveniente de una de sus muñecas. Click.
Fueron sus piernas las que lo hicieron caer, tropezando con los escalones del edificio, mientras corría hacia su pequeño departamento. Su respiración se encontraba agitada, mientras intentaba subir los últimos escalones que los separaban de su vivienda. Sus manos se deslizaron hasta la pared en busca de apoyo, pero esta fue reemplazada por la figura menuda de una rubia, a la que John rodeaba con sus brazos de forma protectora. Mary ocultó su rostro en la curvatura de su hombro y cuello. Y John no pudo hacer nada más que abrazarla con ímpetu hasta que su dura mirada se fijó en la puerta entreabierta de su departamento.
—Dejé el departamento una hora después de que te fuiste para hacer unas compras, y entonces…— John besó su frente. —Encontré la casa así. John, mírame.
Pero el rubio no le hizo caso, y antes de que pudiera protestar más, se adentró al lugar dejando atrás a una inquieta mujer.
Montones de objetos desperdigados por el suelo se hacían visibles a su alrededor. Los muebles que él pulcramente limpiaba todos los días, estaban completamente desordenados por el lugar, muchos de ellos volcados en el suelo. Cada uno de los cajones de algunos muebles se encontraban tirados, como si hubiesen querido encontrar algo dentro de ellos, sin ningún resultado. Avanzó hasta su habitación, encontrando el mismo desastre. Y cerró sus ojos, tensando su mandíbula, sin darse cuenta que sus dedos marcaban el número de Greg.
Posó su teléfono sobre su oreja, escuchando el lento sonido de la espera. De la espera, del querer un amigo, del no pensárselo más de dos veces. —¿Diga?
Inhaló profundamente, tratando de regular la impotencia de ver como toda su maldita casa estaba destruida. —Greg.
—¡¿John?! ¿Ha pasado algo?
Exhaló todo el aire que estaba conteniendo. —Sé que no es tu división, sé que también pensarás que debe ser por él, pero…
—¿John?
—Yo creo que sinceramente no lo es, pero… tan sólo ven. Lestrade, ven. Por favor, mi casa… el departamento.
Pasó un largo silencio antes de que volviera a escuchar la voz del detective. —Voy para allá.
Y colgó, con los nudillos blancos y sus músculos totalmente tensos. Mary estaba detrás de él, recogiendo con cuidado cada objeto pequeño que se encontraba.
Su celular vibró, como un nuevo mensaje. Pero lo ignoró, hasta que comenzó a sonar su ringtone. —¿Greg?
Escuchó una voz varonil, desconocida, y confusa. —John Watson.
El rubio se giró, con el ceño fruncido. —Sí… ¿Con quién hablo?
—Asómese a la ventana.
Extrañado y algo asustado, relamió sus labios. —Disculpe, ¿Quién es?
—Hágalo.
Después de unos minutos, con breves pasos dubitativos se acercó a la ventana que estaba justo delante de él. Un auto negro, costoso, se encontraba aparcado exactamente frente al edificio. Parpadeó varias veces.
—Súbase al auto, señor Watson.
Se giró, mirando cautelosamente a Mary y su alrededor.
—Es lo mejor que podría hacer.
Y sin más, con todo el coraje que pudo reunir en esos momentos, obedeció.
Se detuvo frente al automóvil, no sin antes enviar un mensaje a Lestrade mientras bajaba por las escaleras del edificio. Inspiró hondo, cuando la puerta se abrió ante él, como una invitación a lo que parecía ser el peligro. Pero por el bien de Mary, se adentró al auto, encontrándose con una mujer, que tenía toda su atención en su teléfono móvil.
Definitivamente todo esto no tenía que ver con Sherlock Holmes.
John se limitó a no preguntar absolutamente nada durante todo el trayecto.
Hasta que el auto se detuvo en una especie de recinto abandonado y la mujer le indicaba con unos movimientos de manos que debía bajarse. Era como dirigirse hacia su propia muerte.
Se encaminó hasta la entrada al lugar, y sin detenerse empujó unas grandes puertas que complementaban a aquel edificio, al parecer, abandonado. Avanzó hacia la oscuridad, hasta que las luces se encendieron de improvisto; revelando una mesa y dos sillas una frente a la otra. Y a un hombre.
Un hombre de aspecto altivo que se apoyaba levemente en un paraguas, otorgándole una extraña y algo arrogante elegancia. John avanzó incómodo hacia él.
—Tome asiento, John. — su voz, formal y condescendiente.
John lo miró fijamente, ignorando la invitación. —No quiero sentarme. — y el otro sonrió de una forma sarcástica, como si se mofara de su propia inseguridad. Aquello hizo que frunciera más el ceño. —Se ve asustado.
—No lo estoy — aclaró su garganta, irguiéndose más de lo habitual.
—Así parece, ¿No?
Impaciente, ladeó su cabeza. —¿Quién eres?
—Una parte interesada.
Parpadeó perplejo. —¿Interesada? ¿En qué?
—En la conexión que usted y Sherlock Holmes tienen.
Entreabrió sus labios, sintiendo la garganta seca de pronto y un súbito mareo que lo hizo desviar su mirada al suelo. El otro hombre insistió. —Tome asiento, señor Watson.
Pero John no le hizo caso. La confusión se arremolinaba nuevamente ante él, como si no lo quisiese dejar tranquilo. Sus orbes se encontraron con los ajenos, y el desconocido sonreía triunfal. —¿Quién carajos es usted?
Las cejas ajenas se elevaron sin emoción. —Su asociación con Sherlock no podría ser de su conveniencia, John.
—¿Por qué?
—Porque Sherlock Holmes es un ser inestable — los ojos del pelirrojo comenzaron a escanearlo de una forma muy familiar, y John se tensó. —Y por lo visto usted también. De cualquier forma, las advertencias fueron claras. Me disculpo por la indiscreción de esta última, pero siempre hay que ser precavidos.
Una mueca se cinceló en el rostro de John. —¿De qué advertencias me está hablando?
—De las que irán empeorando si su 'relación' con Sherlock no termina — el desconocido examinó su paraguas de forma despreocupada —O si no acepta el acuerdo que tengo preparado para usted.
Entonces, todo comenzó a cobrar sentido, como si siempre hubiese estado ahí. John recordó cada maldito mensaje, su despido y el desastre de su departamento. La rabia lo quemó por dentro. —¿Fue usted, verdad? Los mensajes, mi despido, mi casa. ¡¿Fue usted verdad?! — su cuerpo avanzó peligrosamente hasta el hombre, quien, lo frenó con la punta de su paraguas, manteniendo distancia de forma solemne. —¡¿Por qué?!
—Me preocupo constantemente por él, John Watson. Y su pequeña — arrastró sus palabras —intromisión no me agradó para nada. Pero como le dije — el hombre dejó de presionar el pecho de John, con ágiles movimientos con su paraguas. —Tengo un acuerdo para recompensar el desliz de mis ayudantes en su hogar.
—¿Desliz? — rió efusivamente. —Me está cagando la vida.
—¿Cuánto dinero quiere? — el desconocido lo interrumpió, mientras lo miraba seriamente. John negó con su cabeza. —¿Para qué?
—Para alejarse de Sherlock Holmes o simplemente, para mantenerme informado de todo lo que él hace. Señor Watson, diga un número, no será ningún problema.
Frunció sus labios. —No quiero su dinero.
Su celular comenzó a sonar estrepitosamente, pero John lo ignoró, concentrado en fulminar con su mirada al hombre que se erguía frente a él. Quería asesinarlo, ver como se destruía de la misma forma en la que había quedado su casa. Maldito. ¿Cómo alguien en su sano juicio podía hacerle mal a otra persona por razones tan estúpidas?
De pronto, lo vio sacar una libreta de color marrón y hojas amarillas. —Aquí dice que tiene deudas con el banco, y la universidad…
John desvió su mirada. —Algo normal.
—Aun así rechaza mi dinero. — inquirió cortante, mientras continuaba con su lectura. —Veamos… "Problemas de confianza" "Trastorno Depresivo Mayor" "Inestabilidad emocional" "Internado en la Clíni-
La furia que lo embargaba comenzó a ser reemplazada por el nerviosismo. —¿Terminamos?
El hombre cerró la libreta. —Supongo que ya muchos le han advertido que no se acerque a Sherlock Holmes.
John se giró sobre sus talones, sin estar dispuesto a seguir escuchándolo. —No vuelva a entrometerse en mi vida.
Mycroft sonrió sin gracia. —Espero lo mismo de su parte.
Sus piernas se alargaron fuera del automóvil, mientras sentía los vestigios de su reciente conversación hacer presencia en su erizada piel, como un soplo gélido en su espina dorsal. Observó el manto oscuro que cernía Londres, tintado por las estrellas que comenzaban a resplandecer poco a poco. Inclinó sus labios hasta sus manos para exhalar un vapor cálido, restregando sus palmas en un vano intento de elevar la temperatura de sus sonrosadas extremidades. Y elevó su vista hasta el auto policíaco, ignorando una sombra que creyó haber visto en un callejón al lado del edificio. «No te acerques a Sherlock Holmes»
No lo entendía.
Y era básicamente porque no quería hacerlo.
Aquellas advertencias le creaban el pánico necesario para atraerlo aún más a Sherlock.
Más y más.
Su vida comenzaba a tornarse más oscura y cálida de lo que alguna vez imaginó experimentar. Las cosas cambiaban, para bien o para mal, y todo eso podría suceder en cuestión de segundos.
John jamás imaginó que aquello podría aplicarse por la aparición de una sola persona en su vida.
Porque, sabía que todo en un minuto se podía ir al carajo, destruyendo la fantasía de la normalidad a la que había intentado aferrarse tiempo atrás. Y también sabía que todo podía mejorar, resucitando los recuerdos del poder ser feliz por unos instantes; reconstruyendo la monotonía a la que antes había añorado, y que a pesar de todo, hoy lo destruía.
Pero él no podía alejarse.
Por necesidad.
¿Es por eso que necesitaba a Sherlock, a la misteriosa silueta que se presentaba frente a él para llenarle del miedo y atracción a la incertidumbre, y a la diversión y el cansancio de momentos en que parecía desaparecer esa máscara?
La intriga lo azotó sin clemencia, mientras divisaba el rostro del detective inspector en la entrada al edificio. El hombre parecía hablar por teléfono, pero entonces se dio cuenta que en realidad estaba llamando a alguien: a él. Ignoró las llamadas de Lestrade cuando el hombre dio grandes zancadas para alcanzarle. La expresión de Greg era todo lo que necesitaba John para darse cuenta de que su amigo estaba furioso, y no fue hasta que sintió un suave golpe en su nariz y sus brazos rodeándole para confirmar que todo eso no se lo esperaba.
Que aunque lo necesitara, estaba siendo consumido. No estaba listo.
—Mierda, John. — le recriminó el inspector. John aclaró su garganta, sintiendo sus ojos húmedos. Lestrade lo soltó. —Dejaste sola a Mary, cabrón. Si no hubiese sabido que… — se interrumpió.
John parpadeó varias veces, restregando sus ojos con tal fuerza que el detective lo frenó. —¿Si no hubieses sabido qué, Greg?
Pero no hubo respuesta inmediata. El hombre huyó de su mirada unos segundos.
Algo andaba mal. Pero John no quería insistir. —Mira, Mary está bien, está adentro. Creo que deberías ir a acompañarla. Al parecer no hubo robo— Greg se tensó. —Ni daños materiales. Ahora…
—Greg, no fue él.
Relamió sus labios, viendo como la expresión de Lestrade se endurecía. Al final se encogió de hombros. —Lo sé.
John intensificó su mirada. —¿Cómo lo sabes?
—John.
Él negó con su cabeza. —No, dime, ¿Cómo lo sabes?
La postura del detective cambió abruptamente.
—Oh, ya cállate. Es mejor que dejes el tema ya. Por ti y por Mary, y ahora por dios santo compórtate como un hombre y ve a ver a tu novia. Te espero arriba. — contestó a la defensiva, y el rubio no pudo evitar entrecerrar sus ojos desconfiado, siguiendo la figura del airado DI entrar al lugar. No, no cuadraba.
Pero algo lo sacó de sus cavilaciones. Una silueta que podía reconocer en cualquier lugar, se movía entre la sombras del callejón. El corazón se le aceleró poco a poco, sabiendo quién era. Es por eso mismo que su cuerpo cautivado por aquella oscuridad se movió automáticamente hasta él, esquivando los pequeños e insignificantes obstáculos que impedían su camino hacia el callejón.
Hasta que lo vio.
Vio a Sherlock apoyado en una pared, iluminado por el tenue resplandor de la luna menguante y las estrellas. Era hermoso.
«No te acerques a Sherlock Holmes»
Lo era.
—¿Qué haces aquí, Sherlock? — preguntó, embelesado y titubeante.
El moreno no lo miraba, mientras sus cejas se fruncían en un claro malestar. —¿Desde cuándo tú y Lestrade se conocen?
Creyó escuchar un tono infantil en su voz, e iba a sonreír, pero esto se esfumó cuando Sherlock le devolvió la mirada. Gélida, penetrante, que provoca miedo. —John. — se le acercó, observando cada pliegue arrugado en las ropas del rubio por aquel abrazo del maldito que tocaba algo que él no podía tocar sin perder el control, como si estuviese prohibido. Alguien prohibido y suyo.
Y además, odió el sonido que produjeron esos labios al emitir el nombre de ese tal Greg. ¿Era así como lo llamaba?
—¿Sherlock?
La voz de John sonó distante, y el alto detuvo su mano antes de acariciar –o agarrar, más bien, con fuerza desmedida y celosa- el rostro del rubio. —¿Por qué estás con Mary, John?
La pregunta lo desconcertó. —¿Disculpa?
—Dime, ¿Ella te hace sentir de la manera en que yo lo hago? — elevó una mano enguantada hasta la quijada de él, y este se estremeció ante el inexistente tacto. —Acláralo, John. — el moreno jadeó, antes de escupir sus palabras. —¿Quién te hace temblar de esta manera, John? ¿Es acaso Mary? ¿Es acaso Lestrade? Dime, John. Dímelo.
«Entrégate a mí, John Watson»
Y a pesar de la rudeza de las palabras de Sherlock, sintió inseguridad e inocencia en su profunda voz. Como una súplica, demandante, pasional, intensa, espeluznante. Férrea y tórrida. Confusa. Su mano estaba a escasos centímetros de su quijada, y tuvo que contener el aliento cuando el cosquilleo de esos dedos recorriendo su cuello lo envolvió.
El calor lo invadía, y sus mejillas quemaban como el infierno, como la perdición. Él no... —Siempre pensé…— la voz de Sherlock sonaba algo temblorosa. —Siempre pensé que jamás cedería a las emociones, porque todo lo que me ha importado está en mi cabeza, mi cerebro. Que mi cuerpo… sólo era un transporte. — el rubio apenas se movía, mientras su pecho subía y bajaba de forma acelerada. —Y aún así, necesito sentirte. Necesito tocarte con mis manos. — El moreno comenzó a inclinarse hacia él, y retrocedió un paso, intimidado por sus palabras y por su figura. Exhaló profundamente por la falta de aire. —Eres un intruso en mi mente, John Watson. Como un pequeño e insípido virus que no puedo atrapar. — Ni tocar, ni poseer.
Sintió una pequeña presión en sus mejillas. Y John intentó zafarse. —No me gusta que tengas algo con Lestrade. — finalizó. No me gusta que lo llames Greg.
John se sintió desfallecer, mareado por aquella sinceridad devastadora de Sherlock, quién sostenía su rostro con torpeza. No estaba listo, no estaba listo para ser absorbido completamente, aunque la presión en sus mejillas doliera de forma placentera, haciéndolo estremecer en el acto. No. Humectó sus labios con su lengua, sintiendo como la oscurecida mirada de Sherlock se posaba en su boca.
Él no… no podía. Carraspeó. —Sherlock… yo tengo a Mary. Yo no…— dejó que las palabras brotaran de sus labios de forma automática, sin detenerse a pensarlas. —Yo no… yo no soy gay.
No supo la razón, pero se sintió mal diciendo aquellas palabras. Como si estuviese equivocado.
Se sentía... incorrecto.
El apretón en su rostro cesó, y escuchó gruñir a Sherlock mientras retrocedía.
El rubio estaba mintiendo, de eso estaba completamente seguro, y aunque intentara mantenerse impasible, su pecho ardió. Ardió tan intensamente como un dolor irreparable, una desilusión que culminaba en ira: el rechazo. Intentó mantener su mente fría.
Y aunque lo hubiera intentando, su cuerpo se abalanzó amenazante hacia el rubio. John se paralizó al ver la imagen de aquel hombre frente a él, como si… le fuese a hacer daño. Gimió. —Sherlock.
Elevó sus manos para enfrentarle, pero el cuerpo de otra persona se interpuso entre ellos, provocando que el moreno se tambaleara hacia atrás por un fuerte empujón. —¡¿Qué haces aquí, Sherlock?!
La voz de Greg resonó severamente, mientras John miraba al hombre tambaleante e inseguro frente a sí. Existía irritación en esos ojos camaleónicos, irritación, ira y hasta vestigios de arrepentimiento. Y no lo pudo soportar.
Sabía que ese hombre jamás le haría daño.
—Greg, el no estab-
Lestrade avanzó con las manos en la cintura hacia el pelinegro, mientras lo interrumpía abruptamente. —Cállate John. — Sherlock no retrocedió. —No te quiero ver cerca de este lugar, Sherlock.
—John es mío. — susurró lentamente. El rubio no escuchó con claridad. Fue entonces que Lestrade gritó: —¡Al carajo! ¡No dejaré que le hagas lo mismo que a Trevor!
Los labios en forma de corazón temblaron, y su rostro, plagado de asombro, no dejó indiferente al rubio que se tensó. —Graham, eso no viene al caso.
—Es Greg. Y ni te atrevas.
—Sabes perfectamente que yo no le hice nada. — al detective no le importó, mientras alzaba su mano para amenazarlo. —Vete de aquí, Holmes. Ahora.
Y antes de que pudiera verlo desaparecer, el hombre se giró hacia John, apuntándolo de la misma forma en que lo había hecho con el pelinegro. John lo buscó con la mirada, pero el cuerpo del detective se lo impedía. —Y tú. — él lo ignoró. —Te dije claramente que no te le acercaras. ¡Escúchame, John!
—¡Mierda, Greg, no lo puedo dejar solo!
El detective lo agarró del cuello de su abrigo, mientras lo alzaba y John se deshizo del agarre con una fuerza que jamás creyó recuperar. Había preocupación en el rostro de Lestrade. —Escúchame, John. Por favor, me preocupo por él — suspiró — Pero sobretodo por ti, Sherlock es…
Fue entonces él el que intentó zamarrearlo. —¿Qué es, Greg? ¡Dímelo por favor! — pero el detective se resistió y alejó las manos del rubio.—Ve con Mary, John. Ahora.
John frunció sus labios, mientras buscaba con su mirada al pelinegro que ya no se encontraba en el lugar. ¿Cómo era posible de que nadie fuera capaz de decirle quién era ese hombre? ¿Por qué nadie se lo decía de una maldita vez?
Además, ¿Quién era Trevor? No pudo contener el desagrado que le produjo la situación de parecer un tonto al que no le debían aclarar nada: —Vete a la mierda, Lestrade. — dio media vuelta y se fue. El aludido soltó un profundo suspiro, mientras tomaba su celular y marcaba un número. No se quedó tranquilo hasta que escuchó la voz aterciopelada del hombre al teléfono.
Su voz lo calmó y de pronto, la tensión se desprendía de él por unos instantes. —¿Greg?
—Mycroft.
—¿Cómo han ido las cosas?
El detective se encogió de hombros. —Gracias a tu última intervención tan 'sutil', las cosas se han complicado un poco. — hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Lo sé, pero el señor Watson será recompensando de todas maneras.
—Sherlock se apareció por aquí también.
—Ya lo sé. Eludió las cámaras y se quitó el aparato.
Relamió sus labios, antes de continuar. —Mycroft, creo que ya no será tan fácil como pensábamos.
—En efecto.
Silencio.
—Puedo, carajo. ¿Puedo ir a verte?
—Te he estado esperando.
Y colgó.
Sí, ya, no muy buen cap. No sé, al menos uno de los ya se rindió, ahora falta el ciego de Johnny-boy. (?)
Anyways, muchas gracias por continuar con la lectura de esta historia. Así que, nos vemos en pocos días para el siguiente cap.
PD: Aunque dije que se avecinaba la tormenta, creo que todos los capítulos ya son la tormenta. Y eso que yo esperaba que el cap anterior iba a ser livianito. (?
El drama, mmh.
Arrivederci.
-Lyrock.
