Disclaimer: Los Héroes del Olimpo son propiedad de Rick Riordan


Muy bien, este capítulo es una resubida del anterior, ya que ese contaba con un error. Es la primera vez que voy ha hacer resubir un capítulo, así que hay posibilidades de que me cargue la historia. En fin, si la historia se termina a partir de este capítulo, ya sabéis porque es.

Un agradecimiento a aisaru86 por el aviso.


Muy bien, llevo con el inicio de este capítulo escrito más de dos meses, casi tres, y sinceramente me daba pereza seguir. No es que me moleste hacer esta historia, pero los capítulos de Piper me echan un poco para atrás. Seguramente sea por el hecho de que sean los más largos hasta ahora. Casi me da la impresión de que a Riordan se le fue la olla y escribió de más cuando se trata de Piper. En fin, espero que estos dos capítulos no sean tan largos y pueda terminarlo antes de lo pensado.


Piper XV y Piper XVI —leyó Carter.

Piper se despertó y enseguida cogió un espejo. Había muchos en la cabaña de Afrodita. Se sentó en su litera, miró su reflejo y dejó escapar un gemido.

Seguía guapísima.

—No hay nada malo en estar guapa —se quejó Afrodita. ¿Por qué a su hija le costaba tanto entenderlo?

La noche anterior, después de la fogata, lo había intentado todo. Se había despeinado, se había quitado el maquillaje de la cara y había llorado para que se le enrojecieran los ojos, pero nada funcionaba. Su cabello volvía a estar en perfecto estado. Su maquillaje mágico se aplicaba de nuevo. Sus ojos se negaban a hincharse y a irritarse.

—Por supuesto, cielo. Es cosa de mi bendición, al fin y al cabo —dijo Afrodita.

Se habría cambiado de ropa, pero no tenía nada que ponerse.

—Seguro que a Jason no le habría importado que fueses desnuda, Reina de la belleza —rió Leo. Esperaba oír un "¡Leo!" de parte de su amiga, pero recordó que ella no se encontraba ahí—. Au, no es lo mismo... ¡Ay! —exclamó cuando Jason le dio un pequeño golpe cargado de electricidad.

—No te preocupes, que para eso estoy yo —sonrió su amigo de una forma un tanto siniestra.

Leo tragó saliva. Estaba claro que no esperaba que Jason pudiese responder de esa manera.

Las otras hijas de Afrodita le ofrecieron algunas prendas (riéndose a sus espaldas, estaba segura),

Afrodita entrecerró los ojos. Aunque no le gustaba el hecho de que Piper intentase verse mal, le gustaba menos que sus otros hijos se mofasen de la incomodidad de alguno de sus hermanos.

pero cada conjunto era más elegante y ridículo que el que llevaba.

Después de haber dormido espantosamente, seguía sin sufrir cambios.

Normalmente, Piper parecía una zombi por la mañana, pero esa vez tenía el cabello peinado como una supermodelo y la piel perfecta.

—Seguro que más de una mataría por eso —dijo Sadie.

Incluso el horrible acné de la base de su nariz, que tenía desde hacía tantos días que había empezado a llamarlo Bob, había desaparecido.

—¿En serio llamó a su grano Bob? —preguntó Hermes con diversión.

—Así es Piper —respondió Leo.

Gruñó de frustración y se pasó los dedos por el pelo. Era inútil. El peinado volvía a colocarse en su sitio. Parecía la Barbie Cherokee.

—En realidad no me sorprendería si hubiese una Barbie Cherokee —dijo Annabeth con una pequeña sonrisa.

Desde el otro lado de la cabaña, Drew gritó:

—No va a desaparecer, cielo —su voz estaba teñida de falsa simpatía—. La bendición de nuestra madre te durará como mínimo otro día. A lo mejor una semana, si tienes suerte.

—¿Cuanto tiempo le duró? —preguntó Afrodita. Aunque deseaba que su hija aceptase la bendición, tampoco quería obligarla a llevarla durante mucho tiempo.

—Pues no sabría que decir —respondió Jason—. La fue perdiendo durante la misión, así que no tuvimos mucho tiempo para darnos cuenta. Sobre todo teniendo en cuenta de que el noventa por ciento de la gente que nos encontrábamos, trataba de matarnos.

Piper apretó los dientes.

—¿Una semana?

Los otros hijos de Afrodita —aproximadamente una docena de chicas y cinco chicos—

—Afrodita acostumbra a tener más chicas que chicos, ¿verdad? —señaló Percy.

—Así es —asintió la diosa—. Aunque no soy la única. Ares suele tener más niños que niñas.

—En realidad, las diosas solemos tener más chicas que chicos, y con los dioses es a la inversa, tienen más chicos que chicas —reveló Atenea—. Aunque para la mayoría acostumbra a ser una división de cincuenta y cinco o sesenta por ciento de diferencia, con Ares y Afrodita la división suele estar entre el ochenta o noventa.

sonrieron socarronamente y se burlaron de su incomodidad. Piper sabía que debía aparentar tranquilidad y no dejar que ellos la irritaran. Había tratado con chicos superficiales y populares muchas veces. Pero esa vez era distinto. Aquellos eran sus hermanos y hermanas, aunque no tuviera nada en común con ellos. Se preguntaba cómo había conseguido Afrodita tener tantos hijos de una edad tan próxima… Daba igual. No quería saberlo.

—Oh, en realidad es muy sencillo de explicar...

—Ha dicho que no quiere saberlo —interrumpió Artemisa.

—Pero si no esta aquí.

—Y nosotros tampoco queremos saberlo.

—No te preocupes, cielo —Drew se quitó su lápiz de labios fluorescente

—Lápiz de labios fluorescente —dijo Zia. ¿Para qué demonios alguien iba a querer que sus labios brillasen en la oscuridad?

—. ¿Crees que este no es tu sitio? No podríamos estar más de acuerdo, ¿verdad, Mitchell?

Uno de los chicos se sobresaltó.

—Ejem, sí. Claro.

—Algo me dice que no piensa igual —dijo Alex.

—No lo hace —aseguró Jason, quién conocía bastante bien al hijo de Afrodita.

—Ajá —Drew sacó el rímel e inspeccionó sus pestañas. El resto de los presentes miraba, sin atreverse a hablar—. Bueno, faltan quince minutos para el desayuno. ¡La cabaña no se va a limpiar sola!

—¿Alguien alguna vez ha visto la cabaña de Afrodita mínimamente sucia? Porque yo no —dijo Percy.

Mitchell, creo que ya has aprendido la lección, ¿verdad, tesoro? Hoy recogerás la basura, ¿vale? Enséñale a Piper cómo se hace, porque me da la impresión de que pronto se encargará de ese trabajo… si sobrevive a la misión. ¡Y ahora a trabajar todos! ¡Es mi hora del cuarto de baño!

—¡Espera! ¡Espera! ¿Van a recoger la cabaña mientras ella se baña? —preguntó Reyna. Vale que ella fuese la líder, pero eso no la excusaba de comportarse de esa manera.

Todo el mundo empezó a correr de un lado al otro, haciendo camas y doblando ropa, mientras Drew recogía su neceser del maquillaje, su secador y su cepillo, y entraba resueltamente en el cuarto de baño.

Alguien chilló dentro, y una niña de unos once años salió echada a patadas, envuelta apresuradamente en toallas y con el pelo todavía enjabonado de champú.

—¡¿De verdad?! —exclamó Reyna. Eso ya le parecía ridículo. No solo se aprovechaba de su posición como líder, sino que además trataba fatal a sus hermanos más pequeños, esos que ella (y más como líder) debería defender.

Afrodita, por su parte, cada vez estaba más disgustada con las acciones de su hija. Esperaba que esa actitud cambiase pronto. Pero, por lo que parecía, ese no parecía ser el caso.

—¿En serio? —exclamó Piper, sin dirigirse a nadie en concreto—. ¿Dejáis que Drew os trate así?

—Cierto —asintió Sadie—. Si fuese por mí, ya le habría dado una patada en su asque...

—Sadie —dijo Walt, impidiendo que su novia siguiese hablando,

Unos cuantos chicos lanzaron miradas nerviosas a Piper, como si estuvieran de acuerdo con ella, pero no dijeron nada.

—Entonces, ¿por qué no hacen nada? —preguntó Walt.

—Por miedo —respondió Annabeth—. Aunque no lo parezca, Drew es poderosa. No en fuerza, pero sino en otras habilidades.

Los campistas siguieron trabajando, pero Piper no veía qué necesidad tenía la cabaña de tanta limpieza.

—Lo que yo digo —dijo Percy.

Era una casa de muñecas de tamaño real, con las paredes rosa y los marcos de las ventanas blancos. Las cortinas de encaje eran de color azul y verde pastel, y naturalmente hacían juego con las sábanas y los edredones de plumas de todas las camas.

Los chicos tenían una hilera de literas separadas por una cortina, pero su sección de la cabaña estaba tan limpia y ordenada como la de las chicas. Había algo sin duda antinatural en ello. Cada campista tenía un baúl de madera al pie de su litera con su nombre pintado en él, y Piper se imaginó que la ropa metida en los baúles estaba perfectamente doblada y ordenada por colores.

Algunos tuvieron un escalofrío. Sonaba demasiado perfecto.

La única parcela de individualidad era la decoración de los espacios privados de las literas.

Cada uno tenía distintas fotografías clavadas con chinchetas de los famosos que admiraba. Unos cuantos también tenían fotos personales, pero la mayoría eran actores, cantantes u otras cosas.

Piper esperaba no ver « El póster».

Carter, quién estaba leyendo, se sorprendió al ver que esta palabra estaba más resaltada que las demás.

Había pasado casi un año desde el estreno de la película, y seguro que todo el mundo ya había arrancado aquellos viejos carteles gastados y los había sustituido por algo más reciente. Pero no tuvo esa suerte. Vio uno en la pared junto al armario, en medio de un collage de ídolos famosos.

El título estaba escrito en rojo chillón: El rey de Esparta.

—Me interesa —dijo Ares, quién siempre había guardado un cariño especial por Esparta.

Debajo, el cartel mostraba al protagonista: una imagen ampliada de un torso descubierto color bronce, con unos pectorales bien definidos y unos abdominales marcados. Iba vestido únicamente con una falda de combate y una capa morada, y llevaba una espada en ristre. Parecía que se acabara de embadurnar de aceite, con su corto cabello moreno reluciente e hilillos de sudor chorreando por su cara de rasgos duros, mirando a la cámara como diciendo: «¡Mataré a vuestros hombres y secuestraré a vuestras mujeres! ¡Ja, ja, ja!».

—¿Por qué la gente siempre asume que los espartanos mataban hombres y violaban a mujeres? —se quejó Ares.

—Pero si lo hacían —señaló Hefesto.

—Pero no siempre. Además, el resto de Grecia tampoco es que fuesen muy santos que digamos.

Era el cartel más ridículo de todos los tiempos. Piper y su padre se habían reído de lo lindo la primera vez que lo vieron. Luego la película había recaudado un montón de dólares. El grafismo del póster promocional aparecía por todas partes. Piper no podía escapar de él en el colegio, andando por la calle o incluso en internet. Se convirtió en «El póster», lo más vergonzoso de su vida. Y sí, era una foto de su padre.

—Supongo que una imagen de tu padre, tamaño cartel, semidesnudo y embadurnado de aceite no debe ser agradable de ver —dijo Sadie.

—Pues a mí no me importaría tener ese póster —reveló Afrodita con una sonrisa sensual. Varios tenían la impresión de que si Tristan McLean se recuperaba antes de esa noche, la acabaría pasando en compañía de cierta diosa.

Se apartó para que nadie pensara que se lo quedaba mirando. Tal vez cuando todos se fueran a desayunar pudiera arrancarlo y nadie se daría cuenta.

—Pero eso no estaría bien, ¿no? —dijo Samirah—. Quiero decir, el póster ni siquiera es suyo.

—Imagínate vivir en un sitio con la imagen de tu padre medio desnudo mirándote fijamente —le dijo Alex. Samirah tuvo que admitir que sonaba terrible.

Intentó parecer ocupada, pero no tenía ropa de sobra que doblar. Alisó su cama y se dio cuenta de que la manta de arriba era la que Jason había usado para envolverle los hombros la noche anterior. La recogió y la pegó a su cara.

Olía a humo de leña, pero por desgracia no tenía rastro de Jason.

—Reina de la belleza, suenas como una acosadora —murmuró Leo.

Él era la única persona que se había portado verdaderamente bien con ella después de que la reconocieran, como si le importara cómo se sentía, y no solo le importara por su estúpida ropa nueva. Le habían entrado ganas de besarlo, pero él parecía muy incómodo, como si ella le diera miedo. En el fondo, lo entendía perfectamente.

Después de todo, le había salido un aura rosa brillante.

—Hay que reconocer que eso echa para atrás —dijo Meg.

—Perdona —dijo una voz a sus pies.

El chico de la basura, Mitchell, estaba a cuatro patas recogiendo envoltorios de chocolate y papeles arrugados de debajo de las literas.

—¡¿QUÉ?! —exclamó Percy con asombro.

Al parecer, los hijos de Afrodita no eran tan obsesos de la limpieza.

Piper se apartó.

—¿Qué has hecho para cabrear a Drew?

Él echó un vistazo a la puerta del cuarto de baño para asegurarse de que seguía cerrada.

—Anoche, después de que te reconocieran, dije que a lo mejor no eras tan inepta.

—Vaya, al parecer no son todos unos maleducados —dijo Thalia.

No se podía considerar un cumplido, pero Piper se quedó pasmada. ¿Un hijo de Afrodita la había defendido?

—Más o menos —dijo Will.

—Gracias —dijo.

Mitchell se encogió de hombros.

—Sí, bueno, mira cómo he acabado. Pero, por si sirve de algo, bienvenida a la cabaña diez.

Una chica con coletas rubias y aparato dental

Solo con esa descripción, Sadie reconoció a su buena amiga Lacy.

se acercó corriendo con un montón de ropa en los brazos. Miró a su alrededor furtivamente, como si estuviera entregando material nuclear.

—He traído esto —susurró.

—Piper, te presento a Lacy —dijo Mitchell, gateando todavía por el suelo.

—Buena manera de presentar a alguien —dijo Will.

—Hola —dijo Lacy jadeando—. Puedes cambiarte de ropa. La bendición no te lo impedirá.

—Solamente funciona con el aspecto físico —aclaró Afrodita.

Solo es una mochila, unas raciones, ambrosía y néctar para las emergencias, unos vaqueros, unas camisetas de sobra y una chaqueta de abrigo. Es posible que las botas te aprieten un poco. Pero…, bueno…, hemos hecho una colecta. ¡Buena suerte en tu misión!

—Al parecer no son todos desagradables —dijo Hazel.

—Creo que es más cosa de esa Drew que de ellos —dijo su novio.

Lacy dejó caer las cosas sobre la cama y comenzó a alejarse a toda prisa, pero Piper la cogió del brazo.

—Espera. ¡Por lo menos déjame darte las gracias! ¿Por qué te vas tan deprisa?

—Imagino que no quiere que Drew la vea —murmuró Zia.

Parecía que a Lacy le fuera a dar una crisis nerviosa.

—Bueno…

—Drew podría enterarse —explicó Mitchell.

—¡Podría hacerme llevar los zapatos de la vergüenza!

—¿Zapatos...? —dijo Nico.

—¿... de la vergüenza? —acabó Thalia, sonando incrédula. Todo eso... ¿era por unos simples zapatos?

Lacy tragó saliva.

—¿Los qué? —preguntó Piper.

Lacy y Mitchell señalaron un estante negro fijado en el rincón de la pared como un altar. Expuestos encima había unos horrorosos zuecos ortopédicos de vivo color blanco con la suela gruesa.

Pues sí, tengo que reconocer que son horribles pensó Thalia con una mueca.

—Una vez tuve que llevarlos una semana —dijo Lacy lloriqueando—. ¡No pegan con nada!

—Y hay castigos peores —advirtió Mitchell—. Drew puede embrujahablar, ¿sabes? No hay muchos hijos de Afrodita que tengan esa capacidad, pero, si se empeña, puede conseguir que hagas cosas bastante vergonzosas. Piper, eres la primera persona que veo desde hace mucho tiempo capaz de plantarle cara.

—Alguien quién posee embrujahabla puede resistir la embrujahabla de otros —aclaró Afrodita.

Embrujahablar

Piper se acordó de la noche anterior y del modo en que los presentes en la fogata se habían debatido entre la opinión de Drew y la de ella.

—¿Te refieres a convencer a alguien para que haga algo? ¿O… para que te dé alguna cosa? ¿Como un coche?

—¡Oh, no le des ideas! —exclamó Lacy con voz entrecortada.

—Sería bastante malo —dijo Annabeth mientras se imaginaba a Drew llegando al campamento con un coche de lujo.

—Pero sí —contestó Mitchell—. Drew podría hacer eso.

—¿Por eso es la líder? —dijo Piper—. ¿Os convenció a todos?

Mitchell cogió un desagradable envoltorio de chicle de debajo de la cama de Piper.

—¿Por qué iba a ser desagradable un envoltorio de chicle? —preguntó Hazel.

—Imagino que lo desagradable no debería ser el envoltorio, sino lo que había en él —respondió Reyna.

—No, heredó el cargo cuando Silena Beauregard murió en la guerra.

Los que habían conocido a la chica en cuestión sonrieron un poco al recordar a la alegre chica. Una verdadera lástima su muerte.

Drew era la segunda campista más mayor. El miembro más mayor del campamento recibe automáticamente el cargo, a menos que alguien mayor o con más misiones completadas quiera desafiarlo, en cuyo caso se organiza un duelo, pero eso no pasa casi nunca. El caso es que llevamos aguantando a Drew en el cargo desde agosto.

—Entonces, Drew ha debido completar muchas misiones, ¿no? —dijo Frank—. Si lleva en el cargo desde agosto y nadie le ha desafiado todavía, a pesar de su lamentable desempeño...

—Cero —respondió Annabeth.

—¿Eh?

—Que Drew ha hecho cero misiones —aclaró Annabeth—. Es decir que nunca ha salido del campamento para una misión.

—Pero eso quiere decir que ninguno de los hijos de Afrodita ha hecho misiones, ¿verdad?

—Me temo que los hijos de Afrodita no son muy dados ha aventurarse fuera del Campamento Mestizo —explicó Quirón.

Decidió hacer unos… cambios en la forma de llevar la cabaña.

—¡Así es!

De repente Drew estaba allí, apoyada contra la litera.

—Una cosa le tengo que dar. La chica es sigilosa cuando se lo propone —dijo Hermes.

—Más que sigilosa, yo diría que simplemente no se han percatado de su presencia al estar tan centrados en la conversación —señaló Lupa.

Lacy chilló como un conejillo de Indias e intentó escapar, pero Drew estiró un brazo para detenerla.

La líder miró a Mitchell.

—Creo que te has dejado basura, tesoro. Será mejor que des otra pasada.

Piper echó un vistazo al cuarto de baño y vio que Drew había tirado el contenido del cubo de la basura —algunas cosas muy desagradables— por todo el suelo.

—No quiero preguntar pero... ¿qué cosas desagradables? —preguntó Percy.

—No quieras saberlo —respondió su novia que, aunque no lo sabía, sé podía hacer una idea general.

Mitchell se sentó en cuclillas. Fulminó con la mirada a Drew como si estuviera a punto de atacarla (algo que Piper habría pagado por ver), pero finalmente soltó:

—Vale.

Drew sonrió.

—¿Lo ves, Piper? Somos una buena cabaña. ¡Una buena familia!

—Creo que su concepto de familia es un poco diferente del que se cabría esperar —dijo Hestia. Aunque yo tampoco es que pueda decir mucho respecto a ello pensó la diosa al recordar todas las discusiones que los dioses tenían entre ellos.

Pero Silena Beauregard… Que te sirva de advertencia lo que le pasó.

Eso interesó a Afrodita, aunque no en el buen sentido de la palabra.

Estaba pasando información en secreto a Cronos en la guerra de los titanes y ayudando al enemigo.

Hubo unos segundos de silencio.

—Entonces... ¿era una traidora? —susurró Afrodita, sin saber muy bien que decir. Que uno de sus hijos se hubiese unido al bando del rey de los titanes, no era precisamente la clase de cosas que una madre divina quisiese escuchar.

—¡No! —exclamó Percy con fuerza—. ¡Silena no fue ninguna traidora!

—Eso no es precisamente lo que se ha dicho, chico —señaló Belladona.

—Es cierto que Silena fue espía de Cronos durante mucho tiempo, pero al final le abandonó y nos ayudó en su derrota —respondió Annabeth—. Incluso llegó al extremo de enfrentarse a un drakon ella sola, aunque eso fue lo que le acabó costando la vida.

—¿Un drakon? —repitió Ares—. Se supone que solamente un hijo mío sería...

—Sería capaz de matar a un drakon —terminó Annabeth—. Durante la última batalla contra Cronos, Clarisse (la líder de la cabaña de Ares) y Michael Yew (antiguo líder de la cabaña de Apolo) tuvieron una discusión y Clarisse decidió que la cabaña cinco no ayudaría en la guerra hasta que se le diese el crédito que merecía. Silena, para convencer a la cabaña de pelear, se hizo pasar por Clarisse y les condujo a la batalla.

Drew sonrió, toda dulzura e inocencia, con su reluciente maquillaje rosa y su cabello moldeado con el secador, que lucía exuberante y olía a nuez moscada. Parecía una adolescente popular cualquiera de un instituto de secundaria cualquiera, pero sus ojos eran fríos como el acero. A Piper le dio la impresión de que Drew estaba mirando directamente su alma, arrancándole sus secretos.

«Ayudando al enemigo».

—Esto... no creéis que Drew sabe sobre la amenaza de Piper, ¿verdad? —señaló Frank.

—No, no creo —respondió Annabeth, aunque la duda estaba reflejada en su voz. Le gustase o no, Drew era muy buena actriz.

—Oh, nadie de las otras cabañas habla de ello —le confesó Drew—. Hacen como si Silena Beauregard fuera una heroína.

—Lo fue —dijo Percy, entrecerrando los ojos. Seguro que si Clarisse estuviese presente, Drew no se iría de rositas a casa.

—Sacrificó su vida para arreglar las cosas —gruñó Mitchell—. Fue una heroína.

—Ajá —dijo Drew—. Otro día de recogida de basura, Mitchell. En fin, Silena perdió de vista lo que hacemos en esta cabaña. ¡Formamos bonitas parejas en el campamento! ¡Y luego las rompemos y empezamos otra vez!

—Eso es horrible —dijo Hazel.

—Y jamás había escuchado sobre eso —murmuró Annabeth.

Es divertidísimo. Nosotros no pintamos nada en asuntos de guerras y misiones. Desde luego, yo no he estado en ninguna misión. ¡Son una pérdida de tiempo!

—Pero si ella quería salir de misión —señaló Zia.

Lacy levantó la mano con nerviosismo.

—Pero anoche dijiste que querías participar en…

Drew le lanzó una mirada asesina, y la voz de Lacy se apagó.

—Desde luego la mayoría de nosotros no necesitamos que nuestra imagen se empañe por culpa de los espías, ¿verdad, Piper?

Piper trató de contestar, pero fue incapaz. Era imposible que Drew estuviera al tanto de sus sueños o del secuestro de su padre, ¿verdad?

Algunos miraron el libro, claramente pensativos. Desde luego las palabras de Drew eran demasiado sospechosas.

—Es una lástima que no vayas a quedarte —dijo Drew suspirando—. Pero si sobrevives a tu pequeña misión, no te preocupes, porque buscaré a alguien para emparejarte con él. Por ejemplo, uno de esos vulgares hijos de Hefesto.

—¡Eh! —protestó Leo.

O Clovis. Es repulsivo

—¡Eh! —se quejó Leo de nuevo.

—¿Y tú para que saltas si no tiene nada que ver contigo? —preguntó Nico.

—Porque también se ha metido conmigo y mis hermanos —respondió Leo—. Además de que Clovis no tiene a nadie que le defienda aquí.

—Drew la miró con una mezcla de compasión y repugnancia—. Sinceramente, no creía posible que Afrodita tuviera una hija fea, pero… ¿quién es tu padre? ¿Una especie de mutante o…?

—Tristan McLean —le espetó Piper.

—Vaya, no creí que jugaría esa carta —dijo Jason con asombro. Piper le había comentado en el pasado, la hija de Afrodita odiaba usar la carta de su padre era actor.

Tan pronto como lo dij o se odió a sí misma. Nunca jugaba la baza del «padre famoso», pero Drew la había sacado de sus casillas.

—Mi padre es Tristan McLean.

El silencio de estupefacción resultó agradable por unos breves segundos, pero Piper se avergonzó de sí misma. Todo el mundo se volvió y miró «El póster», en el que su padre aparecía flexionando los músculos para que todo el mundo lo viera.

—Sí, quizás decir que tu padre es el tipo que aparece semidesnudo en un póster no sea muy buena idea —dijo Alex.

—¡Dios mío! —gritaron la mitad de las chicas al unísono.

—¡Genial! —exclamó un chico—. ¿El tío de la espada que mató al otro tío en esa peli?

—Creo que acaba de definir el cuarenta por ciento de las pelis de Hollywood —dijo Walt.

—Está buenísimo para ser un viejo —dijo una chica, y acto seguido se ruborizó—. Lo siento. Ya sé que es tu padre. ¡Qué raro se hace!

—Demasiado raro —dijo Annabeth con una mueca. La sola idea de que alguna de las hijas de Atenea pudiese mostrar el más mínimo interés romántico o sexual por su padre, le revolvía el estómago.

—Y tanto que es raro —convino Piper.

—¿Podrías conseguirme un autógrafo? —preguntó otra chica.

Piper forzó una sonrisa. No podía decir: «Si mi padre sobrevive…».

—Sí, no hay problema —logró decir.

—¿Al final le consiguió el autógrafo? —preguntó Meg.

—Pues ni idea —respondió Jason.

La chica se puso a gritar de emoción, y más chicos avanzaron en tropel, haciendo un montón de preguntas al mismo tiempo.

—Ya veo porque no quiere decir que su padre es famoso —dijo Sadie con una mueca de incomodidad. Aunque a ella le gustase llamar la atención, no creía capaz de soportar a una horda de fans adolescentes haciéndole preguntas a toda velocidad.

—¿Alguna vez has estado en un rodaje?

—¿Vives en una mansión?

—¿Comes con estrellas de cine?

—¿Has tenido tu rito de paso?

—¿El qué? —preguntó Hazel.

Esa última pilló a Piper desprevenida.

—¿Rito de qué? —preguntó.

Las chicas y los chicos se echaron a reír entre dientes y se empujaron unos a otros como si fuera un tema incómodo.

—O sea, que es algo que no les gusta, pero siguen haciéndolo —murmuró Belona—. La pregunta es ¿por qué?

—El rito de paso de los hijos de Afrodita —explicó uno—. Haces que alguien se enamore de ti y luego le partes el corazón. Lo plantas.

El rostro de Quirón se ensombreció. Evidentemente que él era consciente de las parejas que se formaban y separaban en el campamento. De lo que no era consciente es, seguramente, varias de ellas se habrían formado y separado por ese rito de paso que la cabaña de Afrodita había formado.

Hasta que no lo haces no demuestras que eres digna de Afrodita.

—¿Digno de Afrodita? ¿Cómo se supone que hacer eso te convierte en hijo digno de la diosa del amor? —preguntó Percy.

—El título de diosa del amor es bastante reciente —aclaró la diosa—. Pero igualmente, aunque no lo fuese, seguiría sin aprobar dicho comportamiento.

Piper se quedó mirando al grupo para ver si estaban bromeando.

—¿Partir el corazón a alguien a propósito? ¡Es terrible!

—Lo es —afirmó Reyna—. Y más me vale no enterarme que en el Campamento Júpiter se realiza tal tontería.

Los otros se quedaron confundidos.

—¿Por qué? —preguntó un chico.

—¿De verdad acaba de preguntar por qué? —preguntó Samirah, sin dar crédito a sus oídos.

—Para ellos es algo normal hacer eso —respondió Annabeth.

—¡Dios mío! —exclamó una chica—. ¡Apuesto a que Afrodita le partió el corazón a tu padre!

Afrodita no podía negar eso. Y seguramente no solo al padre de Piper, sino también a los otros padres del resto de sus hijos.

Apuesto a que no volvió a querer a nadie, ¿verdad? ¡Qué romántico! ¡Cuando superes tu rito de paso, podrás ser como nuestra madre!

¿Ese es el concepto que tienen mis propios hijos sobre mí? pensó Afrodita.

—¡Olvídalo! —gritó Piper, un poco más alto de lo que pretendía. Los demás chicos retrocedieron—. ¡No pienso romper el corazón a nadie por un estúpido rito de paso!

—¡Bien dicho, Reina de la belleza! —exclamó Leo.

—Buena respuesta —asintió Thalia—. Porque, desde luego, no me apetecía nada presentarme al campamento para patearle el culo.

Eso brindó a Drew la oportunidad de retomar el control.

—Cómo no.

—¡Ahí lo tenéis! —la interrumpió—. Silena dijo lo mismo, rompió la tradición, se enamoró de aquel chico, Beckendorf, y siguió enamorada. Para mí, ese es el motivo por el que tuvo un final trágico.

—Eso es una tontería —espetó Annabeth sin dar crédito a lo dicho por Drew—. Conociendo a Silena, seguro que ella jamás habría aprobado a que se realizase algo así.

—¡Eso no es verdad! —chilló Lacy, pero Drew la fulminó con la mirada, e inmediatamente la chica retrocedió hasta desaparecer entre el grupo.

Eso llamó la atención de algunos. ¿Qué habría querido decir la hija de Afrodita en ese momento?

—Da igual —prosiguió Drew—, porque, Piper, cielo, tú tampoco podrías romperle el corazón a nadie.

—Habla de eso como si fuese lo más normal —dijo Frank.

Y esa tontería de que Tristan McLean es tu padre… es una forma de mendigar atención.

—¿De verdad? Porque dudo que haya muchos actores cherokees que se apelliden McLean y que, además, estén solteros y tengas una hija —dijo Percy.

—Bueno, Piper dijo que su padre siempre procuraba que su hija no saliese en los medios —señaló Leo.

—Aún así los medios se habrían acabado enterando —dijo Lester.

Varios chicos parpadearon con indecisión.

—¿Quieres decir que no es su padre? —preguntó uno.

Drew puso los ojos en blanco.

—Por favor… Venga, es la hora del desayuno,

—Pues si esta tan convencida que no es su padre, que lo demuestre —dijo Annabeth, sabiendo que Drew no podía demostrar eso porque en el fondo sabía que Piper McLean y Tristan McLean eran hija y padre.

y Piper tiene que emprender su misión. ¡Ayudadla a recoger sus cosas y sacadla de aquí!

Drew disolvió el grupo, y todo el mundo se puso en movimiento. Los llamaba «cielo» y «cariño», pero su tono dejaba claro que esperaba que la obedecieran.

Reyna resopló. Si Drew hubiese sido parte del Campamento Júpiter, habría recibido un castigo por su comportamiento.

Mitchell y Lacy ayudaron a Piper a recoger sus cosas. Incluso vigilaron el cuarto de baño cuando Piper entró y se puso un conjunto más adecuado para el viaje.

Sadie sonrió un poco. Ese tipo de comportamiento era el que esperaba de su amiga.

Afortunadamente, las prendas usadas no eran elegantes: unos vaqueros gastados, una camiseta, un cómodo abrigo de invierno y unas botas de montaña que le quedaban perfectamente. Se sujetó la daga, Katoptris, al cinturón.

Cuando salió, casi volvió a sentirse normal. Los otros campistas estaban de pie ante sus literas mientras Drew se paseaba y hacía la inspección.

—Espero que no dijese nada negativo, a pesar de que ella seguramente no ha hecho nada —murmuró Zia.

Piper se volvió hacia Mitchell y Lacy y pronunció con los labios la palabra «Gracias». Mitchell asintió con la cabeza seriamente. Lacy le dedicó una sonrisa mostrando su aparato dental. Piper dudaba que Drew les hubiera dado las gracias alguna vez por algo.

—Seguro que no —dijo Sadie quién, por desgracia, asistía a la misma escuela que Drew Tanaka y la conocía bastante bien.

También se fijó en que el póster de El rey de Esparta había sido enrollado y tirado a la basura. Órdenes de Drew, sin duda.

—Lo cuál demuestra que Drew si que sabe que Piper es hija de Tristan —dijo Annabeth.

—Aunque por lo dicho por Piper, no creo que le importe que el póster este en la basura —dijo Hazel.

Aunque la propia Piper había querido quitar el cartel, se puso hecha una furia.

—O sí.

—Normal, se puede considerar un insulto a su padre —dijo Carter.

Cuando Drew la vio, comenzó a aplaudir con falsedad.

—¡Muy bien! Nuestra chica de la misión vestida otra vez con ropa del vertedero.

—Tengo que admitir que Mitchell y Lacy han hecho una buena elección de ropa. Han conseguido que, tanto Drew como Piper, se sientan cómodas —dijo Afrodita—. Aunque no voy a negar que...

—Ahora no —interrumpió Artemisa.

¡Y ahora lárgate! No hace falta que desayunes con nosotros.

—Eso no esta bien —dijo Hestia—. Necesita desayunar correctamente, sobre todo si va a partir a una misión.

—Sinceramente, lady Ves... Hestia, dudo que Piper quiera desayunar en la misma mesa que Drew —replicó Jason.

Buena suerte con… lo que sea. ¡Adiós!

Piper se echó la mochila al hombro. Notó las miradas de todos los demás posadas en ella al dirigirse a la puerta. Podía marcharse y olvidarse de todo. Eso habría sido lo más fácil. ¿Qué más le daban aquella cabaña y aquellos chicos superficiales?

—No lo va ha hacer —dijo Jason.

Solo que algunos habían intentado ayudarla. Algunos incluso se habían enfrentado a Drew por ella.

—Bueno, técnicamente solamente han sido dos —dijo Atenea.

Se volvió ante la puerta.

—No tenéis por qué obedecer las órdenes de Drew, ¿sabéis?

Los otros chicos se movieron. Varios lanzaron una mirada a Drew, pero ella se quedó demasiado perpleja para contestar.

—Bueno, no debe de estar acostumbrado a que alguien la desafíe de ese modo —dijo Walt.

—Bueno —logró decir uno—, es nuestra líder.

—Eso no es una líder —replicó Reyna.

—Es una tirana

—Eso, eso.

—le corrigió Piper—. Podéis pensar por vosotros mismos. Afrodita representa más que esto.

La susodicha diosa sonrió. A pesar de que se le notaba que no la tragaba mucho, Piper era capaz de ver más allá de lo superficial en cuanto a su madre.

—Más que esto —repitió un chico.

—Pensar por nosotros mismos —murmuró otro.

—¡Chicos! —chilló Drew—. ¡No seáis tontos! ¡Os está embrujahablando!

—No —replicó Piper—. Solo estoy diciendo la verdad.

Al menos, eso pensaba Piper.

—Seguro que lo esta —dijo Samirah—. Si Drew se ha puesto de esa manera, es que, en el fondo, sabe que Piper tiene razón.

No entendía exactamente cómo funcionaba el asunto de la embrujahabla, pero no tenía la sensación de estar dotando sus palabras de ningún poder especial. No quería ganar una discusión engañando a la gente. Eso no la haría mejor que Drew. Piper simplemente hablaba en serio. Además, aunque intentara embrujahablar, tenía la sensación de que no funcionaría bien en otra embrujahabladora como Drew.

Varios miraron a Afrodita, esperando alguna especie de confirmación por parte de ella.

—Un usuario de embrujahabla tiene resistencia contra otro usuario —confirmó ella—. Aunque uno especialmente habilidoso podría llegar hasta afectar a otro usuario.

Drew se burló de ella.

—Puede que tengas un poco de poder, señorita estrella de cine, pero no sabes nada de Afrodita. ¿Conque tienes muy buenas ideas? ¿Qué crees que representa esta cabaña, entonces? Cuéntaselo. Tal vez entonces yo les cuente unas cuantas cosas sobre ti.

—Esto... eso debe ser un farol, ¿no? —murmuró Will.

—Pero es demasiada casualidad —añadió Lester—. Pero tampoco podemos descartar que sea un simple farol para meterle miedo a Piper.

A Piper le entraron ganas de soltar una réplica fulminante, pero su ira se convirtió en pánico. Ella era una espía del enemigo, igual que Silena Beauregard. Una traidora de Afrodita. ¿Lo sabía Drew o estaba tirándose un farol?

—Tiene que ser un farol —dijo Annabeth—. Quiero decir, no creo que Drew supiese que Piper era una espía y se quedase callada.

—A menos que quisiese aprovecharse de eso —replicó Thalia.

—¿Para qué? Si lo revelase tendría que decir como lo descubrió, y Piper lo vio en sueños, algo con lo que Drew no tiene control. La única manera en la que podría...

La voz de Annabeth murió. Una idea alarmante se le pasó por la cabeza. ¿Acaso tenían otra espía hija de Afrodita en el campamento, tal y como se decía en el libro?

Su seguridad empezó a desmoronarse bajo la mirada colérica de Drew.

—Esto, no —logró decir—. Afrodita no representa esto.

Entonces se volvió y salió como un huracán antes de que los demás la vieran ruborizarse.

Detrás de ella, Drew se echó a reír.

—¿Esto, no? ¿Lo habéis oído? ¡No tiene ni idea!

Piper se prometió que jamás volvería a esa cabaña.

Jason y Leo se miraron, sabiendo que Piper hubiese acabado volviendo sí o sí.

Contuvo las lágrimas parpadeando y cruzó el prado hecha una furia, sin saber adónde iba… hasta que vio al dragón lanzándose en picado desde el cielo.

En ese momento, Apolo y Magnus volvieron a entrar en la habitación.

—¿Y Piper? —preguntó Afrodita al instante.

—Con su padre —respondió Apolo, quién lucía una expresión emocionada en el rostro—. ¿Sabéis? La magia nórdica tie...

—Pero, ¿Tristan esta bien? —preguntó Afrodita.

—Sí, esta descansando —respondió el dios del sol—. Cómo decía...

—Voy a verlo —decidió la señora de las paloma al instante, mientras se levantaba y desaparecía con un humo rosado que dejó atrás de si una fragancia a colonia.

—¿Ya puedo seguir? Bien, como...

—Apolo, estamos en medio de un capítulo —interrumpió Zeus.

El dios del sol soltó un gruñido y se recostó en su trono enfurruñado.

—Vaya, una actitud muy madura —le susurró Meg a Lester con burla.

—Cállate —le espetó este.

—Puedes seguir, chico —ordenó Zeus a Carter.

—Bien —asintió Carter.

Justo cuando se disponía a leer de nuevo, una nueva luz dejó a dos nuevos invitados en la sala. Uno de ellos era un chico de cabello negro y ojos oscuros, algo bajo pero musculoso. La otra era una chica de piel morena, musculosa como el otro chico; de cabello castaño oscuro bajo un pañuelo rojo y ojos negros.

Cómo el resto de personas que había venido a esa sala, estaban bastante confundidos por estar de repente en el Olimpo, pero, gracias a Apolo, supieron enseguida que era lo que estaba ocurriendo allí.

—Bueno, yo soy Jake Mason, hijo de Hefesto —se presentó el chico con una reverencia. La chica hizo otra reverencia y también se presentó.

—Mi nombre en Nyssa Barrera.

Una vez hechas las presentaciones, se sentaron con el resto de mortales, quedando cerca de Leo y su madre.

—¿Leo? —gritó.

Efectivamente, allí estaba, sentado encima de una gigantesca máquina mortal de bronce, sonriendo como un loco.

Esperanza suspiró y sacudió la cabeza. Podía entender que su hijo estuviese emocionado por el tema del dragón de bronce (si ella misma lo estaba y ni siquiera estaba ahí), pero creía que era mejor que Leo no se hubiese presentado en medio del campamento con el bicho.

Antes de que aterrizara, la alarma del campamento saltó. Sonó una caracola. Todos los sátiros comenzaron a gritar: «¡No me mates!». La mitad del campamento salió corriendo ataviada con una combinación de pijamas y armaduras.

Annabeth hizo una mueca. Leo estaba muy lejos de saber el verdadero pánico que había desatado su llegada con el dragón de bronce. Para algunos ese dragón les había causado ciertas lesiones y le tenían tirria. Pero, para otros... para otros ese dragón era la llegada de viejos recuerdos que muchos preferían dejar en lo más profundo de sus mentes y no volver a pensar en ellos.

El dragón se posó justo en mitad del prado, y Leo gritó:

—¡Tranquilos! ¡No disparéis!

Los arqueros bajaron sus arcos con indecisión. Los guerreros retrocedieron, manteniendo preparadas sus lanzas y sus espadas. Formaron un ancho corro alrededor del monstruo metálico. Otros semidioses se escondieron detrás de las puertas de sus cabañas o se asomaron por las ventanas. Nadie parecía impaciente por acercarse.

—Pues no mucho, la verdad —dijo Will.

Piper los entendía perfectamente. El dragón era enorme. Relucía al sol matutino como una escultura de peniques viviente —distintos tonos de cobre y bronce—, una serpiente de casi veinte metros de largo con garras de acero, dientes de brocas y brillantes ojos color rubí.

—Una verdadera arma —admitió Hylla.

Tenía unas alas con forma de murciélago que medían el doble que su cuerpo y se desplegaban como unas velas metálicas, emitiendo un sonido de monedas saliendo de una máquina tragaperras cada vez que aleteaba.

—¿Para qué le pusiste sonidos de máquina tragaperras? —preguntó Rachel.

Leo se encogió de hombros.

—Ni siquiera me di cuenta de que se los puse, pero como me gustaba como quedaba, al final se lo dejé.

—Es precioso —murmuró Piper.

—¡La Reina de la belleza me entiende!

Los otros semidioses se la quedaron mirando como si estuviera loca.

—Si quitamos el hecho de que es una máquina bastante peligrosa, pues sí, es precioso —dijo Annabeth.

El dragón levantó la cabeza y lanzó una columna de fuego al cielo. Los campistas se dispersaron y alzaron sus armas, pero Leo se deslizó tranquilamente por el lomo de la criatura. Levantó las manos como si se rindiera, solo que todavía lucía aquella sonrisa de loco en la cara.

—¡Habitantes de la Tierra, vengo en son de paz! —gritó.

—¿Ahora eres alienígena o qué? —preguntó Nico.

—En realidad eso explicaría muchas cosas —respondió Jason.

Parecía que se hubiera estado revolcando en la fogata. Tenía la chaqueta militar y la cara embadurnadas de hollín. Sus manos estaban manchadas de grasa, y llevaba un cinturón portaherramientas alrededor de la cintura. Tenía los ojos inyectados en sangre. Su cabello rizado estaba tan grasiento que le sobresalía como las púas de un puercoespín, y desprendía un extraño olor a salsa tabasco.

—Es que a Festo le gusta —se defendió Leo.

—Ya lo sabemos.

Pero parecía totalmente encantado.

—¡Festo solo está saludando!

—O esta amenazando —dijo Frank.

—Esta saludando —replicó Leo.

—¡Esa cosa es peligrosa! —gritó una hija de Ares, blandiendo su lanza—. ¡Mátala ahora mismo!

—¡Retiraos! —ordenó alguien.

Para sorpresa de Piper, se trataba de Jason.

Reyna sonrió un poco. Aún habiendo perdido la memoria, Jason seguía comportándose como un líder.

Se abrió paso entre la gente a empujones, flanqueado por Annabeth y la chica de la cabaña de Hefesto, Nyssa.

—Entiendo que Annie... pero, ¿por qué también esta Nyssa? —señaló Thalia.

—Primero, no me llames Annie. Segundo, era su hermano pequeño el que estaba armando follón allí mismo —aclaró Annabeth.

—Eso mismo. Y dado que en ese momento, mientras Jake se recuperaba de sus heridas, yo era la líder provisional de la cabaña 9, así que era necesario que estuviese ahí, ya que uno de mis hermanos pequeños estaba armando bastante follón —dijo Nyssa, mientras revolvía el cabello de Leo con una mano.

Jason contempló el dragón y movió la cabeza, asombrado.

—¿Qué has hecho, Leo?

—Arreglar una arma potencialmente peligrosa para usarla de medio de transporte —respondió Magnus.

—¡He encontrado un medio de transporte! —Leo sonrió—. Dijiste que podría participar en la misión si encontraba un medio de transporte. ¡Pues te he conseguido un bicharraco volador metálico de primera! ¡Festo puede llevarnos a cualquier parte!

—Tiene… alas —dijo Nyssa tartamudeando.

—Suerte que no estaba allí o me habría desmayado —murmuró Jake para él.

Parecía que se le fuera a caer la mandíbula.

—Normal. Si esa cosa ya era peligrosa sin alas, imaginaros con ella —dijo Will, quién, en ese momento, se había estado debatiendo entre disparar al dragón o al hijo de Hefesto.

—¡Sí! —le contestó Leo—. Las he encontrado y se las he vuelto a fijar.

—Pero no tenía alas. ¿Dónde las has encontrado?

Leo vaciló, y Piper notó que estaba ocultando algo.

—En… el bosque

—Bueno, técnicamente no es mentira —dijo Hermes.

—dijo—. También le he reparado los circuitos, la mayoría de ellos, así que ya no hay peligro de que se averíe.

—¿La mayoría? —preguntó Calipso.

—Nada peligroso —respondió Leo—. Aunque asqueroso...

—¿La mayoría? —preguntó Nyssa.

La cabeza del dragón se movió nerviosamente. Se ladeó, y un chorro de líquido negro —tal vez aceite; con suerte, solo aceite—, salió de su oreja y cubrió a Leo.

—Eso, por ejemplo.

—Solo me falta resolver unos cuantos problemas —dijo Leo.

—Pero ¿cómo has sobrevivido? —Nyssa seguía mirando fijamente a la criatura, asombrada—. El fuego de su boca…

—Soy rápido —contestó Leo—. Y tengo suerte.

—Aparte de que eres ignífugo —señaló Zia.

—Aparte de eso.

Bueno, ¿puedo participar en la misión o no?

Jason se rascó la cabeza.

—¿Le has puesto Festo? ¿Sabes que en latín festus significa «feliz »? ¿Quieres que vayamos a salvar el mundo en el Dragón Feliz?

—Hombre, al menos ya saben que de mal rollo no vais —dijo Apolo.

—¡Sí, colega! —dijo Leo—. Bueno, propongo que nos pongamos en marcha, chicos. Ya he cogido provisiones en el…, ejem…, el bosque.

—Por si lo otro no era lo suficientemente extraño —suspiró Hermes.

Toda esta gente con armas está poniendo nervioso a Festo.

—Créeme, el dragón nos ponía más nervioso a nosotros —dijo Mitchell.

Jason entrecerró los ojos.

—Pero todavía no hemos planeado nada. No podemos…

—Años de experiencia en misiones, me han enseñado que nunca salen como habían planeado —dijo Percy con sapiencia... fuese cuál fuese esa palabra.

—Marchaos —dijo Annabeth.

Era la única que no parecía nerviosa en absoluto. Tenía una expresión triste y melancólica, como si aquello le recordara tiempos mejores.

Annabeth asintió, con una sonrisa nostálgica.

—Jason, solo tenéis tres días hasta el solsticio,

Leo parpadeó, asombrado.

—¿Hicimos todo eso, solamente en tres días? —preguntó con asombro.

y nunca hay que hacer esperar a un dragón nervioso.

—Y lo sabemos por experiencia propia —dijo Annabeth, recordando a Peleo, el dragón que custodiaba el árbol de Thalia.

Sin duda, es un buen presagio. ¡Marchaos!

Jason asintió. Acto seguido, sonrió a Piper.

—¿Estás lista, socia?

Piper miró las alas de bronce reluciendo contra el cielo y aquellas garras que podrían haberla hecho trizas.

—Pues claro —dijo.

—No hay nada como unas buenas garras mortíferas para convencer a cualquiera —dijo Hermes en broma.

Volar sobre el dragón fue para Piper la experiencia más increíble de toda su vida.

—Dudo que muchos puedan decir que han volado sobre un dragón —dijo Sadie.

En las alturas, el aire era gélido, pero la piel metálica del dragón generaba tanto calor que era como volar en una burbuja protectora.

—Aunque están en diciembre. No quiero ni pensar como sería eso en pleno agosto —señaló Meg.

¡Menudos calentadores de asientos! Y los surcos del lomo del dragón estaban diseñados como sillas de montar de alta tecnología, de modo que no eran nada incómodos. Leo les enseñó a enganchar los pies en las rendijas de la coraza, como en unos estribos, y a utilizar los cinturones de seguridad de cuero ingeniosamente escondidos debajo del revestimiento exterior. Iban sentados en fila: Leo delante, luego Piper y después Jason. Piper era muy consciente de la presencia de Jason detrás de ella. Deseó que él la agarrara, que le rodeara la cintura con los brazos, pero, por desgracia, no lo hizo.

Jason se rascó la mejilla, ligeramente apenado. A él le habría gustado abrazar a Piper pero, debido a las circunstancias, le habría resultado muy complicado.

Leo empleaba las riendas para dirigir al dragón por el cielo como si lo hubiera hecho toda la vida. Las alas metálicas funcionaban a la perfección, y al poco rato la costa de Long Island no era más que una línea brumosa detrás de ellos. Sobrevolaron rápidamente Connecticut y ascendieron a las nubes grises de invierno.

Leo les sonrió.

—Mola, ¿verdad?

—¿Y si nos ven? —preguntó Piper.

—La Niebla, en principio, impide eso —respondió Annabeth.

—La Niebla —dijo Jason—. Impide que los mortales vean cosas mágicas. Si nos ven, seguramente nos confundirán con un pequeño avión o algo por el estilo.

—Cómo un pájaro grande —dijo Percy.

Piper echó una mirada por encima del hombro.

—¿Estás seguro?

—No —reconoció él.

—El tema de la Niebla es un poco complicado —reconoció Lupa.

Entonces Piper vio que aferraba una foto con la mano: la imagen de una chica de pelo moreno.

¿Yo? pensó Thalia.

Lanzó a Jason una mirada burlona, pero él se ruborizó y se guardó la foto en el bolsillo.

—Estamos yendo muy rápido. Probablemente lleguemos por la noche.

Piper se moría de ganas de saber quién era la chica de la foto, pero no quería preguntarlo; y si Jason no le daba voluntariamente la información, no era buena señal. ¿Había recordado algo de su vida anterior?

—No —respondió Jason.

¿Era una foto de su novia de verdad?

Thalia hizo una mueca de asco.

—¡No!

«Basta —pensó—. Solo conseguirás torturarte».

Hizo una pregunta menos comprometida.

—¿Adónde vamos?

—A buscar al dios del viento del norte —contestó Jason—. Y a cazar a unos espíritus de la tormenta.

—Fin del capítulo —anunció Carter.


Hola gente.

Y este ha sido el capítulo número diez. Por suerte estos dos capítulos han sido muchísimos más cortos que los anteriores, así que he podido terminarlo antes de lo que esperaba (y si he tardado más de lo que debía es debido a que he empezado a ver RWBY). No voy a comentar mucho más, así que espero que os haya gustado.

Se despide,

Grytherin18-Friki.

PD: Puede que en la primera parte del capítulo alguna que otra vez haya salido Magnus o Apolo hablando cuando ellos no estaban ahí. Eso es debido a que, en ocasiones, me olvidaba que no estaban ahí. Ya lo he mirado, pero posiblemente me he saltado alguno (o ponga que aparecen personajes que ya han aparecido en capítulos anteriores).

PDD: Bueno, esto lo he escrito tras haber modificado el capítulo para cambiar las apariciones de Mitchell y Lacy por las de Jake y Nyssa. Como he dicho arriba, un agradecimiento a aisaru86 por el aviso.