Alfred salió de la casa con las emociones alborotadas.

-¿Qué le habrá pasado a Hue?-se preguntó mientras caminaba por las calles de París. El cielo estaba muy gris, las nubes parecían anunciar que algo iba a pasar.

Los pasos del ojiazul lo llevaron a la plaza donde encontró a la mexicana bailando

-¡Alfredo!-lo saludó la chica con una sonrisa- ¿Cómo estás?

-María-una sonrisa apareció en la boca del americano- estoy… más o menos…

-¿En serio? –Preguntó preocupada- ¿Por qué?

El rubio estaba punto de decirle lo que había pasado con Hue cuando escuchó un ruido a sus espaldas, pero al voltear, no había nadie.

-Este no es un buen lugar para hablar-tomó la mano de la chica- ven

Ambos caminaron hacia un hostal y rentaron una habitación siempre seguidos por una mirada esmeralda.

-Aléjate de ella-murmuró una voz entre las sombras.

Antonio había estado observando a la gitana bailar desde lejos cuando de pronto vio que llegaba ese americano. Una ráfaga de celos lo atacó en ese momento. Ese ojiazul trataba de quitarle lo que por derecho era suyo.

Por lo tanto, el rubio tenía que desaparecer.

Los siguió hasta el hostal escondido entre las sombras y cuando ellos entraron a la habitación, el español escaló ágilmente hasta el balcón y los observaba por la ventana que estaba semiabierta.

-Entonces… -dijo la mexicana mirándolo antes de sentarse en la cama- ¿Qué pasó?

El estadounidense se sentó a su lado y le dijo que había pasado con Hue, claro omitiendo ciertas partes

-Oh eso es muy triste-dijo ella acercándose a su compañero- ¿Qué no acepta un poco de sana competencia?

-Jejeje al parecer no-comentó Alfred acariciando el cabello de la chica.

Las caricias comenzaron a subir de nivel logrando que ambos comenzaran a jadear y a sonrojarse.

El juez los observaba completamente furioso, apretaba los dientes para no gritar de coraje ya que podrían descubrirlo. El odio corría por sus venas y le carcomía el alma, ese capitán debía morir.

Se acostaron en la cama para poder besarse mejor. Sus labios se movían en perfecta sincronía. María comenzó a besar el cuello ajeno mientras él comenzaba a desvestirla.

La mirada esmeralda fulminaba a Alfred. Le deseaba la muerte más lenta y dolorosa del mundo, deseaba que él sufriera en carne propia lo que el mayor estaba sintiendo, deseaba escucharlo suplicar por misericordia… El americano suplicaría la muerte para escapar del castigo que el español le deseaba.

La temperatura aumentaba haciendo que ambos se sintieran más ansiosos pero de pronto escucharon una voz en el pasillo del hostal

-¿María, mon amour, estás aquí?-el francés la estaba buscando para que regresara a la corte de los Milagros-No es escondas que la dueña me dijo que estabas aquí

-Oh caraj…-murmuró María levantándose de la cama- Espera aquí…

La chica se vistió lo más rápido que pudo y salió de la habitación cerrando la puerta tras ella.

-¡Ah mon amour, ahí estas!-exclamó Francis abrazándola- ¿Qué haces aquí? ¿Por qué no regresaste a "ya sabes dónde"?

-Ahm… si… yo… ehm… -murmuró la mexicana tratando de encontrar una excusa-

El americano se quedó recostado esperando a que la chica regresara cuando de pronto escuchó un ruido y la habitación quedó a oscuras

-¿Uh? ¿Hay alguien ahí?-preguntó sentándose en la cama tratando de distinguir algo cuando de pronto escuchó una voz de ultra tumba.

-Dime… ¿qué piensa acerca de robar, capitán? –preguntó mirándolo entre las sombras

-¿Robar? –Preguntó algo asustado mientras buscaba su arma en sus bolsillos para recordar que la había dejado en casa- ¿Quién eres?

-Usted me está robando y robar es pecado, capitán-murmuró haciendo que un escalofrío subiera por la espalda del ojiazul al percibir todo ese odio- Y el pecado es castigado con la muerte…

El americano trató de ponerse de pie para huir cuando de pronto, Antonio lo golpeó en el estomagó y sujetándolo del cuello lo regresó a la cama. Alfred trató de gritar pero el español le metió lo que parecía ser un pañuelo en la boca.

Forcejearon por un momento hasta que el juez le clavó un cuchillo en el corazón. Se escuchó un trueno en todo París y comenzó a llover. El ojiazul se quedó quieto, tendido en la cama sin moverse. El ojiverde se puso de pie, sacando su cuchillo y guardándolo entre su ropa antes de caminar hacia la ventana para salir.

Le echó una última ojeada al estadounidense sin ningún tipo remordimiento

-Y Él castigará a los impíos y a los pecadores…-murmuró antes de salir por la ventana para huir.

La lluvia golpeaba los cristales ocultando el rastro del juez celoso.

-Francis, tengo sueño…-murmuró la mexicana- dormiré aquí esta noche…

-Está bien, entiendo…-dijo el francés derrotado- bueno, nos vemos Au revoir…

La ojidorada se despidió con un gesto antes de entrar a la habitación. Le sorprendió encontrarla a oscuras pero creyó que no era más que una broma del americano.

-Muy bien, Alfred… -dijo ella sensualmente caminando apoyándose en las paredes hasta llegar a la cama- ¿En qué estábamos?

Al no recibir respuesta, creyó el americano se había levantado de la cama así que tanteó las cobijas hasta que sintió la mano del joven. Ésta estaba fría.

-¿Alfred?-murmuró asustada al sentir su mano tan fría- ¿Estás bien?

Un escalofrío recorrió la espalda de la chica la cual siguió tocando en la oscuridad el cuerpo del capitán hasta que de pronto sintió algo húmedo preveniente del pecho ajeno.

-¿Alfred? –preguntó asustada poniéndose de pie y corrió a encender la luz.

Un grito de terror inundó todo París despertando a los dormidos ciudadanos que se asustaron, otros se molestaron, unos más llamaron a la policía pero sólo a uno, ese grito le formó una suave sonrisa de satisfacción.

xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx xxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxxx

Gracias por leer y no olviden comentar