"Aquella tarde en París"
*Capítulo 10: "Blanco sobre blanco"
DISCLAIMER: "Hey Arnold!" no me pertenece. Es propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon.
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Se sentía maravillosamente regresar a la atmósfera habitual, a la vida que era conocida como rutinaria y nunca aburrida. Resultaba hasta gracioso, el ver de qué manera rebuscada, el destino podía ingeniárselas para mantener la coherencia.
Encontraba más que extraño, el hecho de que Gerald ahora pasara tiempo con Phoebe... ¿Con Phoebe? ¿Cómo rayos había ocurrido eso? ¿Tantas cosas habían pasado mientras se escapó a Hillwood por un par de horas? Eso lo beneficiaba, a decir verdad. Helga no estaría más tiempo del necesario con su amiga, a la vez que el moreno parecía cortejar a la chica. Sin embargo, Arnold no podía saberse tranquilo, habiéndolo visto Phoebe en tan comprometedora situación con Anna. ¿Helga sabría lo de ese beso? Sería información contraproducente para él.
No obstante, nada podía ser mejor. El viaje a Hillwood significó un punto de inflexión para Helga, que probablemente la haría replantearse varios aspectos de su vida, antes inobjetables. Agatha Coffield, la proximidad de la boda y París, ilustrando cada ocasión... Siempre misteriosa; siempre expectante. Y no era solamente el análisis de sí misma; también existía algo novedoso que la impulsaba a disfrutar más de esa ciudad cuasi solitaria.
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—¿Cómo se te ocurre, Gerald? ¡Por Dios santo! —se quejó histérico.
—¿Qué más quieres, Arnold? Estoy pasándola bien, mientras distraigo a la distracción de tu objetivo. ¿Qué es lo que pasa contigo, viejo? —refunfuñó el moreno.
Arnold resopló.
—Es la mejor amiga; ¿cuántos instantes tardará en atar cabos? ¿No sería extraño que su ex compañero sea amigo de su actual compañero?
—¿No crees en el destino, Arnold? —lanzó místicamente, logrando molestar más al chico.
—¿Me respondes con preguntas? ¡Arriesgas la misión! —argumentó.
—Oh, claro. ¡Esto es tan típico de ti! —bufó, cruzándose de brazos.
—¿Qué?
—¡Tienes una estúpida filosofía de vida; que solo se aplica a ti! ¡"El designio del destino..."; "la maravilla coincidencia de coexistir en un mundo perfecto y aterradoramente inmenso"! ¡Toda esa mierda! ¿Solo un idealista como tú puede creerla, no?
El rubio gruñó, enfadado.
—¡De todas las mujeres de París, tenías que fijarte en su amiga!
¡Con todas las que podías conocer!
—¿Qué es toda esa basura? ¿No puede gustarme alguien? —objetó.
—¡Te gustan todas!
—¡A ti, ninguna! ¡Casi podrías convertirte en sacerdote, Arnold! —exclamó, tomando su abrigo—. ¿Y sabes una cosa? —dijo retrocediendo—, si la misión fracasa, es tu culpa. ¡La tuya! Porque no lograste que Helga se enamorara de ti.
—¡Tú no sabes nada!
—¿Ah no? ¡Estás más interesado tú, que ella; y no lo digo por lo económico! Piensa en eso. —sentenció, cerrando la puerta de la habitación estruendosamente.
—¡Demonios! —Arnold gritó frustrado.
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Ahora el tiempo prácticamente se había agotado y, por mucho que odiara admitirlo, comenzaba a creer que Gerald tenía razón. Helga no estaba interesada en él. No podía solamente dejarse engañar por estúpidas secuencias mentales e imaginarias de momentos que tal vez, no significaban nada. Ni todo lo que resultaron tener en común; o las excéntricas clases de salsa, o el trabajo insospechadamente beneficioso a su plan, parecían representar algo sustancioso.
Ese día, arribó a la oficina completamente ofuscado, como nunca antes. Anna solo podía ocultarse detrás de parvas de carpetas que fingía trasladar. Tal conducta huidiza fue advertida por Helga, como también, el aparente mal humor que el chico traía.
—¿Una mala noche? —le preguntó, casual.
—Buen día. —saludó aún sumergido en esa atmósfera de negatividad—. Lo siento... —dijo notando su sequedad—. Es que... No dormí bien, eso es todo...
La chica lucía interesada y ansiosa por escucharle decir algo.
—Oh... Claro. Es comprensible... No existe nada que a uno lo afecte más, que el no dormir. —comentó coloridamente.
—Sí... Supongo que sí... —murmuró entre dientes.
—Bueno... Que mejore tu día, Arnold... —auguró la rubia, yendo hacia su escritorio.
Se detuvo para verla irse. Tan pacífica y módica. Tan correcta y hermosa. Tan... ¿Indiferente? No. Esa no era la definición precisamente.
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Un llamado había interrumpido su burbuja de mal genio matutino y fuera de lo normal. Un llamado, en el que detrás de este, una voz que tácita y obviamente añadía más presión. Se trataba de una idea Pataki de último momento. Arnold publicaría una serie de historias cortas, de su autoría. Así de simple y directo; de un día para el otro. Le sería presentada tal noticia a Helga, como un proyecto en el que ya venía trabajando, supuestamente. ¿A ese nivel de desesperación habría llegado el sujeto? ¿A negociar derechos de autor y la publicación expedita de material literario?
Arnold se tomó la cabeza con ambas manos. Le dolía. ¿Qué rayos podía hacer? ¿Con todo? ¿Qué podía hacer para ganarla?
Ya era mediodía.
—Oye, ¿quieres ir a almorzar...? —le propuso, asomándose tras la puerta, a la vez que jugaba con los dedos disimuladamente.
—¿Qué? ¡Claro! —respondió él por inercia.
No sabía si el contraste de su estado anímico, con un alivio al ánimo que llegó luego, eran tan opuestos; o simplemente, parecía como si Helga estuviera más simpática de lo normal.
El almuerzo había transcurrido con la paz que él necesitaba imperiosamente. Ella, dándole conversación sobre variados temas; a la vez que él olvidaba por un momento las discusiones con Gerald y los tambores del reloj taladrando su cabeza, como advertencia de que se le estaba acabando el tiempo. Helga era fresca y divertida; casual, pero elegante, sin redundar en la exageración.
Ese era el día, en que finalmente vería y se probaría el vestido. ¿Los días que la diseñadora solicitó para concluirlo, ¿ya habían terminado? ¡Por todos los cielos! Ella iba a casarse y Arnold no se sentía seguro sobre cómo proceder.
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—¿A dónde vas? —inquirió curioso.
—Tengo que ver a Helga... Es decir, —se corrigió, haciendo una pausa—. Iré a ver cómo se prueba el vestido.
—¿Ella sabe?
—No. Pero necesito recabar información. —anunció, preocupado, mientras tomaba las llaves.
—Te acompaño. —dijo Gerald.
Arnold frunció el ceño, sin comprender.
—¿Por qué? Te verá...
—Bueno... No me verá. Aunque quedé en salir con Phoebe; ella me pidió que la recogiera allí. —lanzó tranquilamente.
—¿Qué? Debes estar bromeando. —comentó el chico, pasmado—. Gerald... Ya hemos hablado de esto.
—Necesitas quien te cuide la espalda, viejo. —insistió el moreno—. Además, me las ingeniaré para que Helga no pueda verme. —aseguró, saliendo antes que su amigo.
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El idéntico escenario adornando todo lo que lo rodeaba. Enormes percheros, múltiples maniquíes y revistas con fotografías de vestidos.
Linda, su modista, lucía ansiosa por verla salir del probador; casi o tanto más que el mismísimo Arnold.
—¿Crees que la empleada note que ambos estamos aquí? —preguntó ciertamente histérico.
—Olvídalo... —opinó Gerald negando con las manos, sentado en la pequeña banqueta del vestidor—. Están demasiado ocupadas. Linda con Helga y las demás, con la gente...
—¿Por qué se tarda tanto...? —se quejó Arnold, tamborileando sus dedos en la pared de madera.
—Tómalo con calma, hermano. —aconsejó su amigo.
—¡Ahí estás! —exclamó Linda, llamando con desesperación a sus ayudantes—. ¡Pero si luces preciosa! —dijo orgullosa.
Detrás de Helga, salió Phoebe, que la veía anonadada. Su belleza era increíble; tal como lo era la perfección de su vestido de novia y cómo este le sentaba.
—Mamá lo dijo: debía subir un poco de peso. —comentó la rubia, asombrada de lo bien que se veía.
—¡Hermosa, una diosa del Olimpo! —aplaudió su amiga.
—Te luciste, Linda. —sonrió Helga, alabando a su costurera.
—Oh, muchas gracias, cariño. Estoy muy feliz de poder ayudar con tu vestido, en el día más importante de tu vida. —sonrió, maravillada—.
Discúlpenme un momento, por favor. Ya regreso. —indicó la mujer.
La futura novia se observaba en el espejo, al tiempo que movía su vestido de un lado a otro, con un dejo de pequeña disconformidad.
Él no podía creer lo hermosa que lucía. Parecía una muñeca de pastel de novia; una escultura, que envolvía a la chica más dulce y misteriosa que había conocido hasta entonces. Ningún comentario suyo, le fue dicho a Gerald; pues estaba inmóvil, oculto tras la cortina del probador. Su amigo sintió curiosidad y, poniéndose de pie, se propuso espiar. Ahora entendía por qué el silencio del chico.
—¿Te quita el aliento, no es así?
—¿Qué? ¿Qué? —preguntó aletargado.
—Nada, nada. Que está preciosa. —dijo rápidamente.
—Le queda mucho mejor que la otra vez...
Gerald no dejó pasar ese comentario. Arnold era más que observador, ¿eh?
—¿Qué hacemos ahora? —inquirió el rubio, volviendo a la realidad.
—Nada. Esperamos a que salgan del vestidor. Luego, Phoebe se despedirá; porque Helga argumentará el tener que ir a la peluquería. —agregó, rodando los ojos—. Ahí, es cuando salgo y saludo a Phoebe, fingiendo que pasaba por aquí.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Las cámaras que alguna vez instalé en su habitación... —explicó cansada y altaneramente—. A veces olvidas que estás frente al amo y señor de la tecnología, viejo Arnold... —refunfuñó por lo bajo.
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La tarde había sido un desperdicio completo. Gerald, intentando cortejar a una reticente Phoebe; que solo salía con él a tomar algo, para no aburrirse tanto hasta la boda. Y Helga, que por recomendación de Miriam y Olga, accedió a pisar un centro de cosmiatría y peluquería, para "su día especial", que la mantendría ocupada el resto de la jornada. Él solo podía pensar en cómo cada cristal del blanquísimo vestido, tintineaban en su silueta. ¿Era posible no maravillarse con eso? Arnold se sintió inquieto. Tal se trataba de algo nuevo. Tal vez, la vida de utilería que llevaba, comenzaba a distar de lo que él quisiera vivir. ¿Gerald se sentiría así? Probablemente no; y aunque así fuera, no lo diría. No eran más que intrusos; aves de paso... Fabuladores que, cuando la ocasión lo permitía, operaban en conjunto; de lugar en lugar. De chica infeliz a chica infeliz; sin establecerse en ningún lado. No era una novedad, el hecho de que Michael regresaría en esa misma semana, lo cual, le daba escalofríos. Debía pensar bien y proponerse algo... Y sobre todo… lograrlo.
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Sus ojos se ampliaron con la sorpresa que solo una noticia grata podía producir. Los labios femeninos quisieron pronunciar palabras que no pudieron salir. Inmediatamente, lo abrazó; esa fue su primera y espontánea reacción.
—¡Cielos, Arnold! —exclamó—. ¡Te felicito!
Su contacto se extendió más de lo que sus nervios esperaban.
—Gracias... —dijo por lo bajo, apenado.
—¿Por qué no me lo contaste? ¿Acaso era tu pequeño secretillo?
—Yo... Es que... Es algo muy reciente, ¿sabes? —explicó sin hacerlo—. Todo ha sucedido tan rápido... —comentó, fingiendo una confusión que en realidad, era verdadera.
—Me imagino... Pero es un gran paso, ¿no crees? ¡Cielos! ¡Tu nombre en una portada! Ahora entenderás cómo me sentí en su momento... —sonrió ella, alegre.
—Supongo que sí; es realmente emocionante... —agregó, no sabiendo cómo sonar convincente.
—¿Me dejarás ser tu primera crítica?
—Sí, sobre eso... —comenzó él diciendo...
—¿Sr. Shortman? —lo interrumpió Anna, sin mirarlo demasiado—. Esto acaba de llegar para usted. —dijo la pelirroja tímida, entregándole una caja.
—Oh... Bien, gracias Anna. —asintió recibiendo el paquete—. ¿Me disculpas un momento? —le rogó a Helga, sabiendo el remitente de nombre desconocido para cualquiera, le indicaba a él, que provenía de Bob.
Arnold se encerró en el baño, sintiéndose increíblemente ridículo. Abrió la bendita caja. Allí dentro, yacían dos libros y una inscripción manuscrita por Pataki.
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"Hola Arnold. Te envío el boceto de tu pequeña publicación, y el definitivo. Me encargué de basarme en unos escritos que le mostraste a Helga. Enséñale el boceto. Bob."
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¿El tipo tenía a alguien más allí, trabajando para él? ¿Cómo demonios había hecho para saber de sus borradores; de sus líneas; de siquiera su esporádica actividad de escritura? ¡Estaba loco; desquiciado! Pero nada de eso importaba ahora. Porque ella ya estaba leyendo el pequeño librejo que saldría junto a algunos cuantos periódicos locales, como por arte de magia. Arnold era el autor de una supuesta obra, para la cual, no se le había consultado.
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Ya ella lo miraba de a ratos, con orgullo y emoción, fascinada con sus ideas tan hermosamente hechas impresión. Y solo lo enaltecía mentalmente, justo como necesitaba. Justo como el escaso tiempo, requería. Entonces, ¿por qué se sentía tan mal? Sus pestañas recorrían el recorrido que sus párpados seguían, mientras sonreía azorada.
—Es bellísimo, Arnold... Me hubiera encantado saberlo antes... —opinó—. Supongo que... Eres un hombre lleno de enigmas... —dijo acercándose hacia él, en un susurro. El chico sonrió con su habitual cortesía. ¿Qué era todo eso?
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—Déjame entender algo... —empezó el rubio—. ¿Le gustas?
—Phoebe es algo más complicada que eso...
—¿Cuán complicada? —preguntó ahora, enarcando una ceja.
—No estoy seguro, Arnold...
—¿Ella te gusta?
—No. —negó, restándole importancia—. Es decir... Ella no...bueno, mira... Estoy obsesionado con ella. Arnold lo vio asombrado y rió.
—¿En serio?
—Sí. —dijo un Gerald más entusiasmado—. Ella es... Diferente. Lo es, porque es indiferente conmigo.
—Cuéntame... Esto se pone bueno. —se burló, bromeando y tomando asiento frente a su amigo.
—Ella es fría conmigo... No le intereso y no teme decirlo.
—¿Y por qué sale contigo? ¿Qué hacen? —objetó su amigo.
—Pasamos el rato... Caminamos... Salimos a tomar algo...
—¿Y eso es todo?
—Ella dice que solo sale conmigo para no aburrirse; para no fastidiar a Helga todo el tiempo... —explicó con sencillez, dándole un mordisco a su pizza.
—¿Y le inventaste una historia acerca de ti...? Quiero decir, ella debe haber notado que no eres de aquí...
—Ni siquiera indagó sobre eso, Arnie.
—Wow...
—¡La odio! —chilló ahogadamente—. Me gusta; es sexy a su manera, viejo. Es inteligente y misteriosa; me ignora; pero me vuelve loco su indiferencia...
—¿Es en serio? ¿O una vez que caiga a tus pies, la olvidarás...?
—Yo...yo no lo sé... No pienso así respecto a Phoebe... Ella en verdad me gusta... Arnold dejó de lado su expresión incrédula y sabionda, de burlona mirada, para lucir pasmado.
—Gerald Johanssen, si no te conociera, diría que... ¡Cielos! Ella de verdad te gusta... —comentó, cubriéndose la boca con ambas manos.
—Me atrapaste, Arnold... —se rindió el chico, terminando su porción de boloñesa—. Es así.
—No lo creo...
—Créelo. Y no me detendré hasta conquistarla. —aseguró, yendo hacia la cocina.
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Arnold quedó pensativo. ¿No estaría bromeando? El timbre sonó.
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—¡Yo abro! —exclamó un despreocupado Gerald—. ¿Sí? —dijo abriendo la puerta.
—Hola... —saludó una voz de mujer algo confundida—. Mi nombre es Helga... Estoy buscando a Arnold...
El chico palideció al encontrarse con ella. No se suponía que esto ocurriría, por todos los cielos.
—Eh, sí... Hola, Helga. Ya llamo a Arnold. —respondió rápidamente, dirigiéndose adentro.
Pero no se saldría con la suya, ¿o sí? Antes de que pudiera alejarse, la voz de Helga nuevamente lo sacudió, mientras le daba la espalda a la rubia.
—¿Gerald? —inquirió ella, confundida más todavía.
Arnold ya estaba casi en la puerta, cuando cayó en cuenta de lo que sucedía.
—Helga... —le dijo instándolo a poner en marcha a su cerebro.
Gerald frunció el entrecejo y luego de suplicar piedad a deidades mentalmente, supo que no tenía escapatoria.
—¿Helga Pataki? —aproximándose a Gerald para abrazarlo—. ¿Quién lo hubiera dicho, Johanssen?
El chico se encontró sorprendido por el gesto, asintiendo ligeramente confundido.
—Sí... —asintió, con resignación, ante el horror disimulado de Arnold.
—¿Qué te trajo a París? ¿Sabes algo del resto de chicos?
—Bueno... Es un viaje que siempre quise hacer... Con Arnold nos conocimos en la universidad...
—Ah... Con razón. Ambos, los futuros periodistas... —dijo con inocencia bendita para Gerald.
—Exactamente... No sabía que eran compañeros de oficina... —comentó con tono casual el chico.
—Supongo que es un mundo pequeño, después de todo... —coincidió la rubia.
—Sí... Y sobre los chicos... La verdad que no sé nada de ellos... Cada uno es... Como si hubiera armado su vida separadamente, ¿sabes? —dijo el moreno—. Muchas cosas cambiaron luego de que te fuiste, en la escuela; en la ciudad...
—Casi puedo imaginarlo... —Helga acotó, viendo a Arnold y recordando que su presencia tenía una razón, como también, que el chico había quedado en un segundo plano.
—En fin... Espero que todo marche bien en tu vida, Gerald... Ya nos tomaremos un café para ponernos al día, ¿te parece? —propuso con amabilidad, tocando su brazo.
—Muchas gracias, Helga. Con todo gusto. —dijo él, haciendo una pequeña reverencia—. Si me disculpas, creo que buscabas a Arnold... —sonrió, señalándolo con la mirada, yéndose hacia adentro.
—Sí... Gracias.
—Bueno... Qué curioso, ¿no? —agregó el chico rubio visiblemente conmocionado.
—Sí, una locura... —dijo ella pausadamente, extendiendo el suspenso de su visita nocturna.
Arnold la observó un tanto divertido, al percatarse de su vacilante actitud.
—Yo... —sonrió en una pausa— vine para darte un obsequio...
Él sonrió con asombro viendo sus manos, más feliz.
—¿Un obsequio?
—Bueno... Es tu gran momento, Arnold... Tu primera publicación. ¿No crees que sería atinado celebrar? —comentó, exhibiendo una botella de un Borgoña del 95'.
—Oh... Muchas gracias, Helga... Por favor, pasa. Me gustaría que tomemos una copa... Tú sabes... —bromeó— para celebrar.
—No, no, —sonrió con cortesía y algo más—, ya es algo tarde y tengo que acabar una presentación para mañana... —se excusó, no muy decidida.
—Oh...claro, entiendo. Será en otra ocasión...
—Sí... En otra ocasión... —musitó la joven, retrocediendo—. Bueno... Nos vemos mañana... Aunque...
Helga comenzó a hablar, deteniéndose al recordar su itinerario del día siguiente.
—Mañana no iré a la oficina... Bueno, en realidad, solo iré a entregar mi presentación… Es que mañana es la cena de ensayo de la boda...
—Oh... Cierto... ¿Michael viene mañana? —preguntó el joven con resquemor.
—Sí, en la mañana…
—Ah, claro, claro... —dijo Arnold, enderezándose pegado a su puerta.
—Sí... Así que... Nos veremos el sábado... —concluyó ella, alejándose hacia el elevador, todavía errante—. ¿Sabes qué? —lanzó de repente—. ¿Por qué no vienes? Sería genial que estuvieras allí.
—¿Yo? —dudó por un momento, también confundido—. ¿En tu ensayo?
—Sí. —se encogió de hombros, llamando el ascensor con histeria—. ¿Por qué no? Esta es la tarjeta del salón donde se hará. —acotó dándole una—. Ven, Arnold... No conozco a nadie aquí; solo vendrá Mamá; Papá; Olga y su esposo y Phoebe... Mis amigas no podrán estar aquí... Mientras que... Del lado de mi prometido, estarán todos. —comentó rodando los ojos, buscando incansablemente la forma de asegurar su presencia.
—Bien... Allí estaré… —dijo él finalmente—. Muchas gracias por la invitación.
—Por nada. Es un placer.
El elevador llegó y Helga lo abrió con prisa. Luego, agregó:
—Vivimos tanto en tan poco tiempo, que ya eres parte de todo, ¿no? —bromeó nerviosa.
Arnold la observó enteramente, sin saber qué añadir.
—Ahí estaré. No te preocupes… —aseveró galantemente.
—Buenas noches, Arnold…
—Gracias por el vino, Helga…
—¡No fue nada, te lo mereces! —exclamó con las puertas del ascensor ya cerradas y descendiendo.
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Un momento más tarde, lo notó, allí mismo, en el pasillo.
—¡Rayos! —chilló Arnold—. ¡Olvidó su paraguas aquí!
Gerald lo vio preocupado.
—¡Alcánzaselo! No debe estar muy lejos.
El chico tomó el paraguas rojo de Helga y bajó a la velocidad de la mismísima luz, para encontrarla. La divisó, entre la multitud, caminando con escasa prisa, comparada a la que parecía tener hasta hacía un par de minutos.
—¡Helga! —la llamó mientras corría.
—¿Arnold? —alguien lo nombró.
Él giró a ver de quién se trataba, a la vez que la rubia respondió a su llamado con la mirada, a la distancia.
—¿Amy?
—¡Oh, Arnold! —exclamó la pelirroja chica—. ¡Cómo te había extrañado! —agregó, saltando hacia él, mientras enlazó los brazos alrededor de su cuello.
—¡Amy! —se quejó, sintiéndose asfixiado.
La chica ahora lo besaba, para su increíble sorpresa y mala suerte.
Lo besaba efusiva e implacable, en medio de la calle en París; en medio de la atención de cualquier caminante; en medio de la desencajada y lejana expresión de Helga.
Arnold se soltó del amarre, como y en cuanto pudo.
—¡Amy! —la reprendió en voz baja—. ¿Qué haces?
—¡Te extrañaba, tontito!
Helga resopló a la distancia, todavía de pie, todavía en el lugar donde estaba; con cierta indignación y consternación propia.
—Ahora no; tengo que hacer algo. Espérame aquí. —le ordenó.
—De acuerdo, bomboncito... —afirmó la chica, guiñándole un ojo.
Arnold sentía el peso del mundo sobre sí. Avanzó hasta Helga, con el paraguas de la discordia en sus manos. Ella lo miraba como si le debiera algún tipo de explicación, pero no quisiera pedirla.
—Olvidaste tu...
—Sí… olvidé mi paraguas. Gracias. —asintió, tomándolo.
—De nada... —esbozó Arnold, percibiendo ese clima enrarecido entre ambos.
—Nos vemos mañana... Buenas noches... —saludó ella, aun vacilante.
—Hasta mañana... —susurró Arnold, allí parado, viendo cómo la rubia se alejaba.
La tediosa Amy había regresado por él.
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Helga hablaba verborrágicamente, frente a una imposiblemente menos aburrida Phoebe.
—Y de repente, me di cuenta que había olvidado mi estúpido paraguas y entonces...
—¿Sí...? —preguntó su amiga bostezando.
—Arnold apareció, de la nada, gritando mi nombre.
—¿Y con eso...? —insistió la oriental, dándole un sorbo a su cerveza—. ¿Cuál es el cuento, Helga?
—Giré a ver; y era él: tenía mi paraguas. Pero... Una tipa se abalanzó sobre él y comenzó a besarlo... ¡Y vaya beso! —comentó, particularmente irritada.
—Ajá... —la pelinegra se interesó—. ¿Y qué ocurrió luego?
—Bueno; no sé qué le dijo, pero ella esperó. Él vino hasta mí y me entregó el paraguas.
Phoebe se encogió de hombros, reservándose su opinión para sí.
—No sé, fue extraño...
—La verdad que sí... Noto que te tiene un poco... ¿Cómo decirlo? —dudó, pensativa—, inquieta... ¿Hay algo más acerca de este tal Arnold, que te llame la atención?
Helga comenzó a jugar con las borlas de un almohadón, deteniéndose rápidamente al oír esas palabras.
—¿Qué? —rió incrédula—. ¿Qué quieres decir? ¿Estás loca, Phoebs?
La aludida suspiró.
—Ya hemos hablado de esto. Está muy lindo, ¿o no? —dijo en tono imperativo—. ¿O no?
—Bueno, sí, pero, ¿y con eso…?
—¡Oh, vamos! —chilló dando un brinco—. ¿En serio quieres casarte, Helga? ¿En serio? —insistió—. ¡Eres tan joven!
—Phoebe... —se quejó la rubia.
—Es que es así, Helga... Eres malditamente joven; tienes toda la jodida vida para divertirte y, ¿quieres atarte a un hombre así, sin más? Podrías saltarle encima ahora mismo a cualquiera. Incluso a Arnold, si tú quisieras. —opinó la oriental, sin inmutarse.
—¡Phoebe! —la reprendió, sonrojada—. ¡Tú no eras así! Jamás hubieras pensado así antes.
—Hasta que cambié, Helga; así como lo digo. No digo que haya algo malo en Michael, pero... —comenzó, rodando los ojos—, no siento que estés siendo feliz...
—¡Oh, Phoebs...! —refunfuñó—. Ya suenas como mi padre... ¿Acaso te convenció con sus locas teorías?
—¿Bob? —inquirió negándolo tajantemente—, ¡claro que no! —rodó los ojos nuevamente—. Lo digo de veras, porque eres mi amiga y te conozco de hace años...
Helga suspiró hondo, comenzando a sentirse amargada. Phoebe bajó los decibeles, buscando hacerle entender su punto.
—¿No crees que deberías vivir un poco más, antes de enseriarte? —reflexionó con acierto.
—No, amiga... Lo siento, pero... No lo veo así... Amo a Michael...
—Lo amas, pero no te enloquece. —aseveró, cruzándose de brazos y cambiando de canal.
—¡Oye...!
Phoebe la vio con agudeza clínica.
—Yo...
—Te pusiste celosa. Lo sé. —argumentó la chica, contorneándose victoriosa, yendo a la sala.
—¿Qué? ¿No hablábamos de mi boda? —la persiguió.
—Sí, precisamente. Amas a Michael, pero te gusta Arnold.
—¡Pero qué dices!
Phoebe rodó los ojos por millonésima vez.
—Solo hay un pequeño problema... Y se parece al de un adolescente, ¿sabes? —se burló—. Y es que no sabes si tú le gustas.
—Estás delirando. —afirmó la rubia, negando con las manos, seria.
—Ah, eso, y que te vas a casar con un hombre a quien no amas.
—Ya basta. Iré a preparar mi atuendo para la cena de mañana. —anunció, emprendiendo el camino hacia su cuarto—. A la cual, por cierto, no estoy segura de que asistirás. —lanzó fingiendo molestia.
—¡Bien por mí! —exclamó Phoebe—. Así tendré más tiempo para mí.
—Para salir con Gerald, querrás decir.
—No estoy saliendo con él. —negó.
—¿Y por qué siempre llegan mensajes suyos para ti?
Helga gruñó.
—¡Dios! ¿Por qué el mundo tenía que ser tan pequeño!
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Ella debía saberlo; averiguarlo a como diera lugar. Así fuera para su satisfacción personal y regocijo propio. Phoebe era de armas tomar y esta ocasión, no sería la excepción. Se presentó con todo el porte que una chica con su actitud podría acarrear y sin mayores rodeos, lo encaró.
—¿Quién era tu amiguita del otro día, la pelirroja? —lanzó sorprendiéndolo.
—¿Disculpa?
Phoebe sonrió.
—¿Y la pelirroja de ayer?
Arnold tragó en seco.
¿A qué se debía toda esa inquisición? ¿Acaso Helga estaría detrás de toda esa loca idea?
Phoebe ladeó su rostro sin dejar de observarlo e hizo sonar el tacón de su zapato, repetidas veces en el suelo, evidenciando su impaciencia. Ella estaba segura de que podría sonsacarlo.
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CONTINUARÁ…
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Hola a todos, ¡queridos lectores! Me reporto aquí con la actualización. No estoy conforme; la inspiración viene y se va, y confieso que no sabía cómo ordenar las ideas de este episodio en mi cabeza y de esta al Word. Por si fuera poco, anduve muy ocupada últimamente en miles de cosas, lo que dificultó más aun el proceso creativo. Espero que les guste.
Muchas gracias especiales a los seguidores: Sweet-sol; Nattgeo; Sandra Strickland, Shamaya21 y Polly-H&A por comentar. Les respondo mañana, sin falta.
Nos volveremos a leer a mediados de Septiembre… Sí, lamento comunicar que (oficialmente) actualizaré cada un mes, porque hoy comienzo a estudiar.
¡Buena semana, hasta la próxima!
Marhelga.
