Viñetas para 30Vicios.
Personaje: Petunia Dursley.
Tema: 12. Mentir.
Palabras: 1958.
Resumen: A veces, no mentir puede ser la peor decisión posible.
Mentir
Vernon la había abordado a la salida del centro comercial. Petunia se había levantado temprano para hacer unas compras de última hora (finalmente había decidido que Lily merecía tener alguna clase de regalo) y había cogido el autobús hasta el centro de la ciudad. Esperaba volver a casa para la hora de comer, pero su encuentro con Dursley la pilló desprevenida y llegó tarde. Aunque había esperado poder deshacerse de él sin más problemas, el chico había insistido mucho. Casi fue amable y la miraba de una forma extraña, con ojillos de cordero degollado. Petunia sintió un poco de pena por él y aceptó su invitación para tomar un té y unas galletas.
Se sentaron junto a la ventana de la cafetería y Vernon se mostró bastante eficiente y caballeroso cuando realizó el pedido. Estaba nervioso. Era evidente por su forma de sudar y el movimiento frenético de sus manos. De vez en cuando le sonreía a Petunia, pero su sonrisa era forzada y tensa. Era como si le costara un enorme esfuerzo hacer aquello, y Petunia sintió algo parecido a la ternura y la compasión. Vernon era un desastre tratando con chicas. No hacía falta ser muy inteligente para darse cuenta de que estaba interesado en ella. Se ponía totalmente rojo cuando la veía y tartamudeaba de forma casi patética. Aunque esa mañana sus modales habían cambiado significativamente, y podía aunar dos frases seguidas sin atascarse, Petunia sabía que lo estaba pasando muy mal. Y la estaba aburriendo. Ya iban por el segundo té (lo que sólo contribuía a ponerla más nerviosa) y Petunia apenas podía escuchar lo que decía. Casi una hora hablando de la empresa de su padre. Definitivamente, Vernon Dursley no tenía ni idea de cómo ligar.
-Estamos pensando en sacar una nueva línea de taladros –Decía Vernon. Sus ojos estaban fijos en su té, que removía casi con furia. Eras evidentes sus esfuerzos por no mirar demasiado a su acompañante –Hemos conseguido un pequeño motor muy potente y que no es demasiado pesado. Será una auténtica revolución en el mercado. Estoy seguro de que será un gran éxito. Tendremos muchas ganancias.
-¡Oh! –Petunia miró el reloj por décima vez. Vernon se agitó con nerviosismo en la silla, con la sensación de que no estaba haciendo algo bien. Marge le había dicho que debía ser agradable, hablarle de cosas interesante y hacer gala de todo el dinero que tenía o que podría tener, pero Evans no parecía estar haciéndole mucho caso –Me alegra mucho haberme encontrado contigo, Vernon, pero tengo que regresar a casa. Lily volvió ayer y mi madre ha preparado una comida familiar. Lo siento.
-¡Oh, sí, sí! –Vernon se puso en pie de un salto. Se arrepintió al instante de su arrebato, por supuesto, pero ya era tarde para evitar quedar como un crío idiota –Te acompañaré. Puedo llevarte en mi coche, si quieres. Lo tengo aparcado aquí cerca.
-Yo, no...
-¡Por favor, Petunia! Debo insistir. Hace frío, pronto empezará a llover y, además, si llegas tarde, será por mi culpa. Déjame llevarte, por favor.
No pudo negarse. Aunque la idea de subirse al coche de un chico no le hiciera demasiada gracia, se sintió entre la espada y la pared y aceptó, afirmando quedamente con la cabeza. Después, cuando Vernon sonrió ampliamente, más feliz que unas castañuelas, Petunia sintió algo bonito dentro de ella. Otra vez la ternura. Aunque Dursley fuera un bruto, sus esfuerzos por ganarse su amistad (o, tal vez, algo más) eran encantadores. También rudos, eso sí, pero encantadores en el fondo. Quería agradarle y se le notaba. Al menos no la insultaba ni se metía con ella, como ese Lawrence... Sí, Vernon era un caballero. Torpemente galante.
Condujo con asombrosa calma. No se le daba del todo mal moverse por ahí con su coche y, por primera vez en toda la mañana, no había abierto la boca. Se limitó a poner la radio y a darle bastante volumen, el suficiente para no tener que seguir hablando con Petunia y, en consecuencia, metiendo la pata. No obstante, cuando llegaron frente a la casa, decidió que ya era hora de dar un paso adelante y mostrar abiertamente su interés por aquella chica. Apagó la radio, carraspeó y sostuvo a Petunia por el hombro antes de que ella saliera del coche. Al principio, lo miró con algo de sorpresa, pero no tardó en sonreírle y mirarle con interés.
-Petunia, yo... –Volvió a carraspear, poniéndose totalmente colorado –Tú me... Yo me preguntaba si tú... –Tragó aire. No podía seguir así. Si realmente quería tener algo con la joven Evans, debía ser valiente y hablar con franqueza. Ante todo, debía dejar de tartamudear. Ya. –Me gustas mucho, Petunia. ¿Te gustaría salir conmigo?
Ya estaba. Lo había dicho. Esperaba que le dijera que sí. Se moría porque le dijera que sí. Y no era bueno que ella se hubiera puesto pálida y lo mirara con pena. ¿Era pena? No, eso no podía estar bien. La pena no podía ser algo bueno.
Pero era lo que Petunia estaba sintiendo en ese momento.
La pregunta de Vernon la había sorprendido. Más aún, la había asustado un poco. Era la primera vez que un chico le pedía salir y, la verdad, no sabía muy bien cómo rechazarle. Porque ella no quería salir con Vernon Dursley. Podría ser su amiga, sí, pero no su novia. En sus sueños, se imaginaba a otra persona a su lado, compartiendo ilusiones y tristezas. Nunca a Vernon.
-¡Oh! ¡No tienes que contestarme ahora! –Vernon se agitó nervioso, buscando algo en el bolsillo de su camisa. Finalmente, le tendió un papelito blanco –Ese es mi número de teléfono. Llámame cuando quieras. ¿Sí?
Petunia no tuvo tiempo de decir nada. Dursley la instó a bajarse del coche y se fue dando un brusco acelerón y llenando la calle de humo tóxico. La joven aún tardó unos segundos en tomar plena conciencia de lo que había ocurrido. Vernon le había pedido salir y, después, se había largado con el rabo entre las piernas. Había sido realmente extraño, aunque conociendo a Dursley y su patético conocimiento de la mente femenina, su reacción era perfectamente comprensible.
Algo aturdida aún, se dirigió a la casa con paso vacilante. Quizá, podría llamar a Sophie para contarle lo ocurrido. Siempre le había parecido la más sensata de sus amigas y, posiblemente, su opinión sería la más objetiva. Heather se limitaría a decirle lo buen partido que era Dursley, y Martha a criticar el bigote y la prominente barriga del chico.
Cuando entró a la vivienda, escuchó risas procedentes de la sala de estar. Supuso que serían sus padres y Lily, celebrando su tan esperado reencuentro. Pero, entonces, reconoció aquella voz y, por un motivo que le resultó desconocido, se sintió furiosa.
Irrumpió en la estancia de sopetón, sorprendiendo a aquellos dos... Ni siquiera se le ocurría un calificativo para describirlos. Martin y Lily estaban sentados en el sofá, charlando alegremente, como si fueran amigos de toda la vida. Y, para colmo, él le estaba mostrando el misterioso bloc con sus dibujos. ¡A Lily! Eso fue lo que peor le sentó. A ella, Petunia Evans, con quién había compartido confidencias, se negaba a enseñarle su obra, y a Lily, a quién apenas conocía... De hecho. ¿Cuándo la había conocido? Ella no los había presentado, y ahí estaban, haciéndola a un lado, como siempre hacían todos. Cuando estaba Lily, la insignificante Petunia no existía. ¡Y pensar que había creído que Martín era diferente! No. Todos eran iguales. Absolutamente todos.
-¡Tuney! Ya has llegado.
Lily se acercó a ella, aún riendo suavemente. Sus ojos brillaban de felicidad, como cuando eran niñas y compartían juegos y confidencias. Parecía sincera por volver a verla, pero Petunia no se dejó engañar. Hacía mucho tiempo que había comprendido que nada volvería a ser como antes.
-Tu amigo vino hace un rato –Señaló a Martin, que se había puesto en pie y la observaba con cautela, como si pudiera adivinar lo que estaba pensando.
-¿Qué haces aquí, Lawrence? No es hora de las clases.
La hostilidad era claramente manifiesta. Martin enarcó una ceja, dudando entre responder con la misma hostilidad o mostrarse amable mientras estuviera ahí Lily. Finalmente, se decidió por lo segundo.
-Vine a decirte que no podré venir en un par de días. Mis tíos quieren ir a Londres a visitar a unos familiares y me voy con ellos.
-Bien.
Petunia se dio media vuelta y se largó sin decir nada más. Lily se quedó seria de pronto y miró a Martin, que parecía tan confundido como ella.
-¿Qué le pasa?
El chico se limitó a encogerse de hombros y seguir a su amiga fuera de la habitación. La interceptó en mitad de las escaleras, recibiendo a cambio una mirada furibunda.
-¡Ey! ¿Estás bien?
-¿Yo? Perfectamente. ¿Por qué no debería estarlo? –Petunia no quería mostrarse así, no quería manifestar tan abiertamente sus sentimientos, pero no pudo evitarlo. Podría mentir y afirmar que todo estaba bien, pero nunca había sido una buena mentirosa. Además, estaba demasiado nerviosa para contenerse. Tanto, que ni siquiera le importaba que Lily estuviera medio escondida detrás de la pared, escuchándolos -¿Debería estar cabreada porque me has dado una puñalada trapera en cuanto me he dado media vuelta?
-Pero. ¿Qué dices?
-No te hagas el tonto, Lawrence. He visto como la miras. ¿A ti también te parece más interesante que yo?
-¿Qué? –Martin parpadeó, confuso, hasta que cayó en la cuenta de lo que pasaba -¿Lily? ¿Estás... celosa de Lily?
-¿Yo? –Petunia esbozó una sonrisa dolida al saberse descubierta -¿Celosa de... ese fenómeno? –Rió cruelmente, sabiendo que Lily la había escuchado. Necesitaba hacerle daño. A ella y a Martin -¿Y de ti? ¿Quién podría estar celosa de ti? No eres más que un perdedor al que ni siquiera su padre soportaba.
Supo que había metido la pata. Martin la miró con rencor y retrocedió, bajando las escaleras sin apartar sus ojos de ella. Petunia hubiera querido poder disculparse. Había perdido por completo el control y logró su objetivo: le había hecho daño a Martin. Más del que hubiera querido. Posiblemente, esa frase le había costado su amistad para siempre. Lo supo cuando él se marchó sin decir nada. Ni un insulto, ni una burla. Sólo silencio. Y eso era lo peor con lo que Petunia podría encontrarse.
-¿Por qué le hablas así? Se supone que es tu amigo.
Por primera vez en años, había reproche en la voz de Lily. La niña había dejado de esconderse y la miraba con furia. Sus ojos verdes refulgían de rabia, y Petunia no pudo evitar pensar en los de Martin, igualmente verdes, y recordar cómo los había encontrado. La culpa desapareció y volvió la rabia y el sentimiento de venganza. Martin ni siquiera debía importarle. No era conveniente.
-¿A ti que te importa, monstruo?
Subió directa a su habitación. Respiraba agitadamente y, en cierta forma, no se reconocía. Nunca se había sentido tan furiosa. Nunca había sentido más ganas de saberse mejor que Lily, de tener más cosas que ella, ser la hermana sobresaliente por una vez en su vida. Nunca había sabido cómo conseguir que Lily dejara de eclipsarla. Incluso Martin, en el que tanto había confiado, la traicionaba. Por Lily. Eran todos iguales.
No. Todos no.
Petunia estaba segura de que había una persona en el mundo a quién Lily jamás podría fascinar. Una persona a quién ella le gustaba más que nadie en el mundo, alguien que la necesitaba por ser lo que ella era. Casi sin pensar, cogió el teléfono y marcó el número de Vernon Dursley, rezando porque él hubiera tenido tiempo de llegar a su casa. Después de hablar con él, las cosas sólo podrían ir a mejor.
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¡Oh! Creo que Petunia ha perdido los nervios con todo el mundo. ¡Esta chica...! Es que no se puede tener tan malos pensamientos, mujer. Y, claro, Martin se ha cabreado. ¿Cuándo aprenderás, Tuney? Lo tuyo no tiene remedio. Bueno, pues eso. Espero que os guste. Nos vemos prontito. Un beso.
Cris Snape.
