La más poderosa de las religiones
McCoy estaba inmerso en su clase de cardiología cuando un anuncio resonó a través del sistema de megafonía de la academia.
"Profesores y alumnos de la academia de la flota estelar, les comunicamos que en diez minutos tendrá lugar el acto conmemorativo de la caída del USS Kelvin, en el jardín principal de la academia. Les rogamos a todos máxima puntualidad".
Miró consternado el calendario de su padd y comprobó que ese día, veintitrés años atrás, el padre de Jim había fallecido segundos después de que este naciese.
Siguiendo los pasos del profesor, Bones abandonó el aula junto a sus compañeros para dirigirse al jardín. Aunque iba conversando con sus amigos, el médico se mantenía alerta buscando a Jim pero no le encontró.
El acto fue breve y emotivo, o todo lo emotivo que se podía esperar dentro del tono gris con el que el almirante Komak hablaba, sin embargo Bones apenas había prestado atención a sus palabras pues seguía tratando de encontrar al joven rubio.
Al terminar, Bones rechazó la oferta de sus compañeros para ir a comer con la excusa de que tenía que ir a por un libro que se había olvidado en su habitación. Cuando estuvo fuera de sus miradas desvió su camino del edificio dormitorio y trató de localizar a Jim. Le envió dos mensajes, simplemente por el mero hecho de intentarlo ya que intuía que el muchacho no le contestaría, y no lo hizo. Rápidamente ideó un plan de búsqueda, desechó los lugares más concurridos y pensó en tres posibles ubicaciones: la biblioteca, el monumento a los caídos en combate estelar, y un bar en la otra punta de San Francisco. La biblioteca era el lugar más próximo así que fue hacia ella. Tal y cómo creía estaba prácticamente vacía, para su disgusto Jim no estaba allí. Tocaba ir al segundo punto, el monumento a los caídos. Ya podía ver a lo lejos el monumento, un inmenso muro de mármol negro en el que se iban adhiriendo pequeños cuadrados de mármol blanco, uno por cada cuerpo que había desaparecido en el espacio. Bones calculaba que el monumento contaba ya con miles de mármoles blancos, uno de ellos con el nombre del padre de Jim. Estaba a punto de llegar a la gran pared cuando se detuvo ante una de las capillas. Dentro, en uno de los bancos, descansaba un hombre de cabellos rubios. Bones reprimió una exclamación de victoria y entró en la capilla.
El sonido de sus pasos reverberaba contra las frías paredes de piedra, por lo que Jim debía saber ya de su presencia así que se sentó a su lado sin disimulo. La cercanía con su compañero le permitió discernir su palidez, y el rojo en sus ojos, cómo si estuviese tratando de evitar las lágrimas.
–La academia ha hecho un acto conmemorativo.
–Lo sé, todos los años enviaban a mi casa una invitación para asistir. Nunca fuimos. En días cómo hoy mi madre tras darme un regalo, siempre algo que sabía que yo quería, me daba un beso con su mayor sonrisa antes de irse con celeridad. Cuando fui mayor comprendí que se iba para poder llorar el recuerdo de mi padre. Mi hermano solía desaparecer y sólo volvía al final de la tarde con algún regalo que había pasado haciendo durante sus horas de huída. Yo me dedicaba a mis tareas del colegio, cuando las terminaba me acercaba a la capilla– los ojos de Jim adquirieron un velo soñador–. Era muy similar a esta, ¿sabes? En Iowa yo vivía realmente cerca del puerto espacial y la flota había dispuesto de una estructura, parecida a esta, en la que honrar a los caídos.
–No sabía que fueses creyente– dijo Bones.
–¿Creyente? Claro que lo soy.
–¿Y en qué religión crees?
–En la única que conozco.
–¿Eres cristiano?
Jim esbozó una pequeña sonrisa.
–Mi Dios es algo diferente al tuyo, Bones– susurró Jim–. Yo no podría creer en un Dios único, tan omnisciente y eterno que las desgracias cómo la del Kelvin, los genocidios cómo el de Tarso, o la guerra contra los Klingon le son indiferentes y permiten que sucedan sin remordimiento alguno. Creer en una divinidad así me aterra, porque eso significaría que es cruel, que no le importa nuestro sufrimiento– el joven hizo una pausa y de pronto alzó el rostro, clavando sus iridiscentes ojos en los de Bones, haciendo su voz resonar en la capilla–. Yo creo en el Dios que nace con nosotros, que se expande a través de nuestro alma cada día y que permite que alguien cómo mi padre logre salvar a ochocientas personas sin importarle su vida misma. Mi fe es inquebrantable Bones, porque aunque uno de mis dioses pueda fallar detrás de él hay decenas que enmiendan su error. Yo creo en los hombres y mujeres, creo en millones de dioses.
Aunque trataba de asimilar las palabras de Jim, McCoy estaba absorto en su mirada, en la fuerza que derrochaban aquellos iris azules, en el porte erguido y orgulloso, en la confianza que manaba del joven rubio.
No era normal. El joven ante él no era normal. Bones no entendía cómo su descarriado compañero de habitación el mismo que le arrastraba a los bares y le hacía beber hasta perder el conocimiento podía ahora alzarse ante él cómo el más fuerte de los hombres. ¿Acaso lo que acababa de decirle era cierto? ¿Residía semejante fuerza en la fe hacía los suyos? Una parte de Bones supo que, tal vez, Jim acababa de confesarle uno de sus secretos y, que de ser así, él apenas atisbaba a ver la auténtica fuerza del hombre que ahora se sentaba junto a él.
Entonces comprendió las palabras de su amigo pues él, en ese banco, en ese instante, comenzó a ver a Jim cómo una de las fuerzas divinas, una a la que sabía no dejaría de seguir más allá de la última frontera.
