Caen, besándose, en la cama, aunque esta vez él no se coloca entre las piernas de Mai, sino junto a ella.

Le acaricia el vientre, sonriéndole; ella, avergonzada, quiere correr la mirada, quiere tele-transportarse bien lejos, pero no puede: los ojos de él, tan fijos en ella, no le permiten huir.

Le recuerdan por qué está aquí.

Por él, por lo que siente por él.

Por ella misma, por la felicidad que nadie más que él le inspira ahora.

Él le acaricia los pechos, la cintura, las piernas. Termina con una mano cubriéndole el rostro.

—¿Estás… seguro? —pregunta ella con voz de niña, aquella que él, niño también, le ha hecho encontrar dentro de ella.

Él asiente, tan tranquilo como siempre.

—Segurísimo —dice en respuesta, y Mai siente que la mano desciende, que se aventura, que busca dibujar caricias entre sus piernas—. ¿Y tú?

Mai no entiende, menos con la mano de él al fin en el destino tan ampliamente anhelado, menos con los ojos tan fijos en ella. Al fruncir el ceño entre el rojo de las mejillas y el descontrol repentino de la respiración, sin lograr hilvanar pensamiento alguno por causa de la atención que recibe de él, indaga:

—¿Y-Yo qué?

Él sonríe, aunque esta vez no la irrita ni intimida; su sonrisa, la de él sobre ella y por ella, la incita a lo mismo que él hace al plasmar las íntimas caricias, a concentrarse en la belleza, a dejarse llevar, a liberarse de todo temor.

A viajar.

Viajar, lejos, muy lejos de los dos.

Viajar dentro, no fuera, de los dos.

La mano es un volcán, un terremoto; desata lo excesivo dentro de ella. Mai delira presa de la mirada azul que, sobre sus ojos, ni siquiera parpadea.

—¿Tú estás segura…?


28


—un número sin significado—


X


Mucho había pensado en ella durante cada maldito minuto desde que le aceptara la cita. ¡Ja, «cita»! Término demasiado cursi para el desorden con el cual solía aventurarse por las sendas más voluptuosas de los vínculos afectivos.

Se había imaginado con ella, pegado a ella en algún rincón del planeta o bien en todos a la vez, o bien en ninguno, pues el escenario no era relevante si de Mal se trataba, pero al verla salir del edificio supo que no le había hecho justicia alguna al imaginarla con él. No, imposible haberlo hecho, haber plasmado una belleza tan elevada en lo cuadrado de su joven e inmadura mente carente de la creatividad suficiente, incapaz de trazar con su inutilidad tanta verdad.

Tal vez, por falta de imaginación para tales menesteres, en su mente la había visto parecida a como lucía en el trabajo, con el formal traje de oficina. No había previsto eso, sin embargo, que ella se manifestara ante él con su ropa militar, tal vez lo primero de su personalidad que le había llamado la atención, la idea de que ella fuera una guerrera, que supiera de armas, de espionaje, de guerra.

Que ella, como él, tuviera dentro de su ser el talento para el arte de la guerra.

Subieron a su nave favorita, la que había elegido para esa cita, último modelo de las naves de gama alta de Corporación Cápsula, semejante a un limón en su estructura, predominante el color negro de su pintura, cubierta por un vidrio polarizado que la volvía misteriosa y atrayente, tanto como sus ojos solían serlo para las personas. Sentado junto a ella, que miraba hacia sus rodillas y tiritaba, reiteró los elogios que le salían no de un discurso propiamente armado en pos de la seducción, sino del alma:

—Me encanta que te vistas así —dijo entusiasmado—. ¡Te da tanta personalidad! Es como si te vieras más tú, Mai. Te ves demasiado tú.

Mai se dijo que él exageraba. Excedida por esa clase de halagos a los cuales nunca se acostumbraría, no viniendo de un galancito depravado como Trunks Brief, contestó:

—¡Pero si nunca me habías visto así! ¿Cómo sabes que me veo más yo si no sabes nada de mí?

Trunks se rio.

—¡Oye! Tampoco es que no sé nada: me has hablado de tu estadía en el ejército y también de tus años al servicio del Gran Pilaf, ¿o no?

Mirándolo fríamente, convencida de que sus elogios no tenían más que fines seductores, asintió a regañadientes.

—¡Por eso digo! En lo que me contaste encaja más esta Mai que la Mai de la oficina. Así, te me haces más la que siempre fuiste, esa Mai de la que hablabas aquella vez en la oficina.

«¿Aún puedo volver a ser Mai?». La pregunta que ella le había hecho a él en la charla junto al escritorio. Trunks Brief se refería a eso, a esa escena, a ese sentir de ella de saber imposible volver a ser la que había sido junto al Gran Pilaf.

¿Aún podía ser ella? No sabía si podía o no, pero sí sabía lo más importante, que sí, que quería.

—B-Bueno… —susurró ella con cierta pena. ¿Por qué mejor no se relajaba y ya? ¿Por qué tenía que ser tan difícil?—. Gracias por… el cumplido.

Se cubrió la cara con las manos para frenar el sonrojo. Trunks se sonreía como niño.

—Además, si me permites admitirlo, te ves endemoniadamente sexy así.

Mai pegó un grito interno. ¡¿Por qué él tenía que arruinar algo atento con algo inapropiado?! Que mezclara el elogio a la belleza de su verdadero ser con la depravación era inaceptable.

—¡N-No digas eso…!

—¿Qué cosa?

—Que me veo… ¡sexy!

—¿Por qué no? ¡Sólo digo la verdad!

—¡Me apenas!

—¡Pero no lo digo por depravado! Es muy de en serio que lo digo: me encantas, Mai, yo… —Trunks, que estaba sutilmente sonrojado, bajó la mirada—. De acuerdo, perdona: no quiero incomodarte, sólo que la pases bien conmigo. —Volvió a mirarla—. ¿Está bien?

Al final del intercambio, él sonreía enternecido y ella se cubría las mejillas; no había nada más por agregar: él hablaba en serio. La incomodaban esos halagos de galancito, mucho, pero hablaba en serio, no por galancito y ya.

Le hablaba como lo que era, como un niño que, sin suficiente camino recorrido, aún no comprendía el modo más adecuado de proceder con alguien tan deprimido, gastado y viejo como ella.

—¿A dónde te gustaría ir? —preguntó Trunks al arrancar el motor, recuperados los ánimos, el entusiasmo—. ¿Cine, restorán, bar, otra cosa? ¡Vamos a donde tú quieras! Puedes pedirme lo que sea.

Aunque sabiendo que no era por depravado por más que le costara creérselo, el «lo que sea» hizo sonrojar a Mai. ¿No era mejor que él decidiera, no era la costumbre? ¡Esas costumbres modernas aún la desorientaban! Ella, fiel a su chapada a la antigua, había vivido con telenovelas que veía con el televisor silenciado mientras preparaba la cena para el Gran Pilaf; creía en la caballerosidad de un hombre que guiaba a la mujer y demás conceptos que desatarían la indignación de cualquier mujer moderna. Que él diera importancia a su criterio la desorientaba, pero si lo pensaba bien, era más justo: ella podía decidir esa vez así como él en la primera cena que habían compartido. La próxima, podía volver a decidir él, o decidir ella, o decidir los dos de mutuo acuerdo.

Se sonrió apenas: no sonaba como las telenovelas, pero sonaba muy dulce de parte de Trunks.

Sonaba mejor.

Pensó: ¿dónde quería ir ella? Ella, que nada sabía de películas en cartelera, restaurantes, bares —¡inaceptable!— o «lo que seas».

—No tengo idea de dónde ir —admitió, derrotada.

—Bueno, ¡es fácil!: ¿quieres comer o tomar? ¿O quieres ambos?

Mai se rascó la mejilla. ¿Qué quería? Nunca nadie le preguntaba qué quería, sólo Shuu cuando era su cumpleaños, quien le informaba sus humildes deseos a Su Excelencia. ¿Y qué pedía ella en esa clase de ocasiones, las únicas recordables? Emocionada, habló:

—Quiero… un helado.

Trunks sonrió.

—¡Excelente! —Y arrancó al fin rumbo al sur de la ciudad.

En el viaje, Mai se limitó a hacer silencio. Siempre con las mejillas más rosas que blancas, se aferró al cinturón de seguridad que la abrazaba posesivamente, sintiéndose rara, frágil, pero fuerte también, fuerte porque estar allí era un paso adelante, por sentir que esa salida constituía un avance genuino, tangible de su recuperación. Si podía con eso, con la intimidad junto a un muchachito, entonces podía con cualquier cosa.

Sobrevolando por los imponentes cielos de la ciudad, por fin, Mai se sentía invencible.

Pronto, aterrizaron en una zona muy concurrida de la parte sur de la Capital, célebre por ser un centro gastronómico. Mai vio a la derecha el lugar elegido entre restoranes y más restoranes, era una heladería gigantesca que estaba llena de gente pese a estar hacia fines de otoño. Volt era su nombre.

—El mejor helado que probé en mi vida —comentó Trunks mientras apagaba el motor—. ¿Vamos?

Nerviosa por la pregunta, por la idea de entrar a un lugar tan concurrido con él en calidad de cita, Mai lo detuvo cuando se dispuso a salir. Sentía las manos sudadas en contacto con el brazo de él, al cual se había aferrado con obsesión.

—¿Qué sucede? —preguntó Trunks.

Mai respiró hondo en un intento inútil de calmarse. ¿Cómo era posible que ese niño se tomara tan a la ligera todo lo que estaba ocurriendo? ¿Cómo era posible que la juventud actuara sin pensar, sin analizar las diversas situaciones?

—¡E-Es que el local está lleno de gente!

—¿Y?

—¿N-No te parece mala idea entrar siendo quien eres?

Trunks se señaló la cabeza con un dedo.

—Estoy camuflado —dijo refiriéndose a la gorra y capucha negras que lo cubrían.

—¡Pero se te reconoce igual! —insistió Mai.

—No pasa nada, no me reconocen tanto como piensas. —Trunks les quitó el seguro a las puertas de la nave—. Si gustas, entramos, pedimos y nos vamos a otro sitio. ¿Te parece?

Mai sintió cómo se le expandía el calor del rubor por el rostro, las orejas y el cuello inclusive.

—¡¿Eh?!

—¡No! —Trunks, entre risas, movió las manos en gesto de negación—. ¡Nada inapropiado, lo prometo!

Mai, sin más por refutar, se calló, derrotada.

—Ay, niño…

—¡Ay, «niño»! Me gusta cada vez más ese apodo. —Trunks salió de la nave, lo cual impidió que Mai respondiera a su depravación. Apareció del otro lado, junto a ella: le abrió la puerta y la extendió una mano—. Ahora sí: ¿vamos?

Roja, Mai aceptó la mano y bajó.

El local era tan blanco, minimalista y brilloso en sus baldosas y paredes que llegaba a enceguecer dada la suma de su excesiva iluminación. Mai, que había dejado el revólver en la nave por considerar inapropiado ingresar a un establecimiento público con él, se paralizó ante la lista de gustos disponibles que colgaba de la pared en un cuadro celeste de acrílico. ¿Qué quería? Todo, todos los gustos, mil kilos de cada uno, pues un gusto se le antojaba más delicioso que el otro. ¡Y qué nostalgia sentía, tan grande y tan profunda ante esa lista de helados que su hambre voraz clásica, perdida por la depresión, de repente le había regresado, de la mano con los recuerdos!

Trunks la estrechó por la cintura y la atrajo a él como si fuera su marido, prácticamente.

—¿Un cuarto está bien o prefieres medio kilo?

Sólo al escucharlo ella pudo reaccionar, no sólo a él sino a la totalidad del entorno: toda la heladería, desde quienes hacían fila para pagar, quienes esperaban para pedir, quienes estaban en las mesas, todos los miraban. ¡Los miraban extrañados, y Trunks la estrechaba cálidamente como si estuvieran solos allí, como si ella fuera una niña como él! Incómoda, se soltó; el hambre voraz volvió a su escondite, justo detrás de su depresión.

—Un cuarto está bien.

Antes de bajar la mirada, notó seriedad en el rostro de Trunks. Pronto, lo escuchó suspirar; la tomó de la mano y le dedicó una hermosa sonrisa, como si nada hubiera pasado.

—De acuerdo, linda —contestó con su acostumbrada ligereza casi adolescente.

Al llegarles su turno, Mai pidió menta granizada y limón a la crema. Extrañada, vio cómo Trunks pedía un kilo de fresa al agua para él solo.

—Ya te lo dije —le dijo después de pagar, con la bolsa de plástico que contenía los recipientes de telgopor colgándole de una mano. Caminaron hacia la nave, al fin lejos de las miradas curiosas que no paraban de estudiarlos, de estudiar a la vieja y el niño que más que madre e hijo estaban en una cita de amor—: soy de buen comer.

¿Pero cómo era posible que comiera tanto y no engordara ni un kilo y mucho menos denotara algún tipo de problema de salud?

La nave se elevó; dentro, el silencio imperaba. Los recipientes de telgopor descansaban en el asiento trasero, el revólver de Mai sobre el tablero de copiloto, y ni ella ni él emitían palabra, no después del rechazo de ella al abrazo de él.

Mai vio cómo Trunks se alejaba del centro gastronómico, después de la ciudad, para terminar aterrizando la nave en lo alto de una de las tantas colinas que circundaban la parte sur de la Capital.

—¿Qué…? —susurró Mai aterrada por verse, tan de repente, a solas con Trunks Brief en la mismísima nada.

Trunks apretó unos botones detrás del volante, en la computadora de la nave: el techo de vidrio polarizado que los cubría se abrió por completo, hasta volver a la nave un tipo de convertible.

Al mirar al cielo que los cubría entonces, Mai recordó.

Estrellas brillaban en especial fulgor gracias al alejamiento de la ciudad, los alumbraban con lo impoluto de su brillo a los dos por igual. Era como en la oficina, como cuando ella había llorado en el hombro de él; eran estrellas reales, no provenientes de un programa artificial.

—¿Mejor que las de tu protector de pantalla? —le preguntó Trunks al extenderle el cuarto de helado junto con una cuchara de plástico roja con el logo de Volt en la punta.

Mai tomó todo en sus manos y, excesivamente avergonzada, demasiado como para analizar la situación, asintió.

Dejó la tapa de telgopor en la misma bolsa donde les habían entregado los helados, imitando lo que Trunks había hecho segundos antes con la tapa de su recipiente de kilo. Curiosa, lo observó con disimulo: Trunks comía su helado tan rápido que parecía que el mundo fuera a acabarse al día siguiente. Tan extrañada como cuando lo había visto comer un pavo completo, intentó concentrarse en su cuarto: el helado se veía delicioso en verdad, ¡y lo estaba!, eso supo al probarlo: de los mejores que había tomado alguna vez.

Sin darse cuenta, sonreía ante el helado y por causa del helado, por el hambre voraz que había despertado al degustar la menta granizada. Sonreía como una muchacha por volver a probar lo que tanto había disfrutado compartir con el Gran Pilaf y Shuu en sus distintos cumpleaños. Sonreía, lo hacía en demasía, y Trunks no podía dejar de mirarla hacerlo ni tampoco evitar imitarla por el simple hecho de sentirse feliz por ella, de saber que ella estaba disfrutando el momento. Estaba embelesado, tanto, tanto, que ya no podía soportarlo más.

Intentó concentrarse en su helado; no pudo. Miró a Mai con la cuchara en la boca, sintiendo la fresa al agua derretírsele entre los dientes. Se sentía cerca y lejos de ella a la vez, cerca por tenerla al lado, lejos por no entender muy bien, aún, cómo acercársele. ¡Es que, más después del rechazo al abrazo en Volt, no tenía idea de cómo hacerlo! Más fácil era lo que siempre había hecho, sentarse en el lugar indicado del bar y esperar a que la cougar de turno, como las llamaba Isabelle, apareciera y se encargara de todo. Pero no: Trunks estaba acostumbrado a dejarse, a que las cosas fueran fáciles como siempre lo habían sido gracias al dinero, el poder, la fama y el buen ver. No sabía esforzarse en algo, pues ya lo tenía todo.

Y no, no lo tenía.

Con tristeza ante su helado a la mitad, se dijo que Isabelle tenía razón, que por desgracia la tenía: le faltaba calle.

Le faltaba madurez para afrontar esa delicada situación con Mai.

Había arrancado, con ella, como arrancaba con todas cuando lo pescaban en el bar cual pez en el río: se había comportado como un chiquillo insolente con las provocaciones por mensaje de texto, con las selfies, con los comentarios de doble sentido. Al frenarse a sí mismo durante la semana en pos de respetarle a Mai sus horarios del trabajo al que tanto empeño y pasión le ponía, se había sentido un poco culpable al juzgarse en frío. ¿Se le había ido la mano? ¡Pero ella le seguía contestando! Quizá, aunque fuera muy conservadora como bien le notaba, de modos y costumbres tan clásicos y no muy propios de la época en la que él había crecido, en el fondo le parecía divertido él. Pero, entonces, el baldazo del abrazo rechazado, del rechazo en sí a la idea de comportarse con él como una pareja, con los roces y arrumacos y caricias típicos de una en público. No quería que ella malinterpretara sus intenciones de nuevo, no como cuando la había besado de mero arrebato adolescente la primera vez; quería que ella estuviera bien, que ella sonriera con él así como sonreía con el helado. Quería que dejara la depresión atrás y pudiera aceptarlo a él en su vida, que ella le diera el privilegio de merecer acompañarla.

Ya había comenzado a conocerla, a comprender ciertas actitudes de ella. Era modesta, callada, se escandalizaba con facilidad y cuando se ponía nerviosa la sudaban las manos. Era tímida y prefería el romance clásico, no la pasión líquida moderna, esa de cambiar de pareja como si una persona pudiera equipararse a una mercancía. Siempre que, con picardía adolescente, le decía algo de doble sentido, ella le enviaba emojis enojados; cuando le decía algo bonito, como que la extrañaba o que le daba gusto que hubiera tenido un buen día, ella respondía con una sutil dulzura que empezaba no sólo a encandilarlo, sino sobre todo a enloquecerlo. ¡Tan tímida, tan reservada! Cada mínimo gesto de retribución que ella le dedicaba era fuerte y maravilloso para él. Era único.

Comió hasta terminar, metió el recipiente de telgopor en la bolsa; Mai iba a la mitad de su cuarto, el cual parecía degustar con un disfrute aniñado. Mirándola, perfecta bajo las estrellas que al fin eran reales, se dijo que quería mil cosas con ella, todas, y lo más pronto posible. Sabía, no obstante, que con Mai nada sería pronto, que todo se demoraría, que todo sería cuando ella lo decidiera si es que lo decidía, cuando la depresión pudiera quedar atrás, muy atrás, de ella. No podía, él, ocultar las ganas de todo y más, de cuanto ella le inspiraba, pero sí podía tener paciencia. Debía, sobre todo, en pos de respetarla.

¿Podía, en realidad?

Se había mentalizado el día entero con una única idea: respetarla por sobre todo y todos, evitar que se le fuera la mano en sus avances, todo con tal de hacerla sentir cómoda, libre y feliz junto a él. Era de ayuda que ella lo frenara siempre que fuera preciso, que ella supiera ponerle un alto a los avances que considerara inapropiados, pero quería evitarle todo, incluso el disgusto que accidentalmente, como en la heladería, pudiera generarle. Por el momento, juraba que estaba haciéndolo bastante bien, ¿o acaso debía ir aún más lento? ¡Tenía que confiar en el criterio de ella, por más que a veces pudiera parecerle que exageraba! Tenía que hacerlo pasara lo que pasase.

No era tonto: sabía de los veintiocho años de diferencia, que habían crecido en entornos distintos y con valores distintos, que lo que él sentía normal ella lo sentía inapropiado, que lo que ella sentía normal él lo sentía exagerado. Pero sí: dada la depresión de Mai y lo maravillosa que le parecía cada vez un poco más, Trunks debía confiar en ella, que los altos de ella le enseñaran a tomar buenas decisiones, al saber hasta dónde llegar. Pero qué inevitable mirarla como lo hacía en ese momento, mirarla tomar helado con una sonrisa de muchacha en los labios y morirse de ganas de todo, de demasiado.

Era, se admitió, como Isabelle le había dicho: Mai necesitaba ayuda, que alguien se preocupara por ella, no un amante.

¿Él deseaba ser más que un amante?

—Muchas gracias… —farfulló Mai con nervios explícitos en la voz mientras tiraba el cuarto vacío a la bolsa de Volt.

Trunks tomó la bolsa y la dejó sobre el tablero luego de hacerle un nudo con sus manijas. La miró, y Mai lo miraba con disimulo, y él necesitó sonreírle para soportar todo lo que le generaba por dentro y por fuera, tanto en el corazón como en la piel.

Quería abrazarla, besarla, tocarla, desnudarla. Quería todo lo que cualquier amante podría, pero específicamente una cosa, la que imperaba incluso por sobre tan voluptuosas debilidades: quería que ella se recuperara. Presentía que nada de lo otro sería posible sin eso, sin que la depresión la abandonara, y que no era para alcanzar lo otro que quería el bienestar de ella.

Quería que se recuperara no por él, sino por ella misma. Lo quería porque ella se lo merecía, estar bien, estar tranquila, valorarse a sí misma, creer.

Sonreír como sonreía cuando tomaba su helado, exactamente así.

—¿Te gustó? —le preguntó Trunks, que al mirarla no podía parar de ansiar eso, la sonrisa en su boca, verla sonreír como muchacha con ese encanto tan de ella, tan sin igual.

—Mucho, gracias —respondió ella con modestia.

Al final, se sonrió justo como él tanto deseaba que lo hiciera.

Ante la sonrisa, Trunks pudo responderse: quería ser su amante, sentirla pegada a él en una cama, sentirse dentro de ella en una cálida intimidad compartida, poder besarla y tocarla en cada lugar existente de ella, pero más deseaba ayudarla, apoyarla, cuidarla, inspirarla, pero no por llevársela a la cama, no para que eso sea al fin posible, sino porque le parecía injusto que la depresión la abrazara precisamente a ella, a ella que era tan bondadosa, talentosa, aguerrida y sensible detrás de su porte militar.

Quería matar a esa depresión, matarla junto a ella, a la par de ella en la misma batalla, y que ya nunca pudiera volver a abrazarla con su oscuridad.

—Mai… —susurró sin dejar de contemplarla, diciéndose que precisaba relajarse y relajarla, asegurarse de que el ambiente fuera lo suficientemente calmo como para que ambos pudieran disfrutar el momento.

Miró hacia atrás: ¿sería muy atrevido de su parte pedirle que…?

—¿Sí? —preguntó Mai, quien seguía encantada con las estrellas, el helado, el recuerdo y la compañía de ese impertinente aunque dulce niño, con quien quizá había sido más dura de lo que él merecía, pero con quien no podía ir a otra velocidad más que esa, la de tortuga que ella era para los tiempos que corrían, los de la aceleración y levedad.

—¿Te gustaría…? —susurró Trunks acercándose a Mai con cautela, con una sonrisa más dulce que atrevida, con un sutil temblor en el timbre de voz que a Mai le pasó, por los nervios, desapercibido—. Mai, ¿te parece ir al asiento de atrás?

Mai se echó hacia atrás, lo más lejos posible de Trunks.

—¡¿Qué insinúas?! —bramó, escandalizada.

—¡No! —exclamó Trunks negando con la cabeza, las manos y el alma entera—. ¡Nada inapropiado! Sólo pensaba que el asiento de atrás es más cómodo y podríamos mirar las estrellas un rato y conversar. ¿No te parece un plan apropiado? —Al terminar de decirlo, Trunks se sintió enojado. No con ella, por supuesto, pero sí con lo inexperto que se sentía en esa clase de cosas, en el hecho de no comprender demasiado bien los límites aun cuando supiera que ella lo frenaría de comportarse mal. ¡Ah, qué confuso era todo! Ah, qué fácil todo cuando sólo se sentaba a esperar—. L-Lo siento… No quise que pensaras que…

Mai notó, al fin, el sutil temblor de su timbre de voz. También notó la tristeza que titilaba en sus ojos, la confusión que denotaban sus ademanes nerviosos, la ansiedad que quizá estuviera sintiendo por fumar un cigarrillo y relajarse, algo que no le había visto hacer desde su encuentro.

Supo, Mai, que él se estaba esforzando. Que no era perfecto, ese ángel guardián que todos los caminos le había abierto al tomarle una segunda entrevista junto a un lago artificial. Supo que él intentaba hacerlo bien, que pese a tener veintiún años y parecer de dieciocho con esa ropa informal y un lobo más que un muchacho con esos ojos tan afilados realmente deseaba hacerlo bien, que ella la pasara bien, que ella se sintiera cómoda con él.

Respetada, por él.

Se sintió triste: ¿no estaba mal lo que le hacía, hacerle insistir con ella cuando ella aún no estaba lista para todo eso, la idea de relacionarse amorosamente con un niño? A lo mejor, se dijo, lo mejor hubiera sido no aceptar esa desprolija cita llena de avances de él y retrocesos de ella. Mas entonces, mirando nerviosamente hacia el confortable asiento trasero de la nave, pensó en Isabelle Cort, en todo lo que ella le había dicho en la anticuada cafetería: debía darle y darse una oportunidad, intentar estar con él no como niño, sino como hombre, como ser humano y no como persona de veintiún años. Debía permitirse la oportunidad de tratar de cumplir lo que el Gran Pilaf le había comandado, su última gran misión: hacer todo lo que aún no había hecho.

No dejarse vencer.

Miró la bolsa de Volt, la cual ya no contenía más que basura: Trunks Brief se estaba esforzando de maneras torpes, dignas de un muchachito. Distaba de ser el hombre de la telenovela, el hombre autosuficiente que todo lo hacía bien porque el guion lo idealizaba aún más de lo que la mujer ficcional de su interés lo hacía, pero se esforzaba.

Fácil sería para él salir corriendo, buscarse a otra y pasarla bien, que las cosas fueran fáciles para él; estaba ahí, con ella, mirándola como si mirara una piedra preciosa y no la vieja inútil que ella se sentía.

Él quería con ella, quería bien, quería ayudarla.

Él quería conquistarla.

—¿Prometes no sobrepasarte? —preguntó Mai, a quien el rojo de las mejillas se le había convertido en el color natural de piel.

Trunks se puso lo más derecho posible en su asiento, levantó una mano delante de su frente imitando a un saludo militar y, con una gota de sudor nervioso recorriéndole la sien, afirmó:

—¡Sí, mi general! Este soldado se comportará y no sobrepasará ninguna barrera que usted no le permita.

Cuando se quiso dar cuenta, Mai se reía a carcajadas. Se tapó la boca, se limpió las lágrimas, se echó hacia atrás y luego hacia adelante. ¡No podía parar de reírse de la ocurrencia tan estúpida que él había tenido! ¡¿Con qué necesidad?! Y entonces, él reía con ella contemplándola con la misma devoción que ella ya le había notado en otras oportunidades, con una honestidad y una pureza casi inspiradoras.

Dándose cuenta de que era su primera carcajada en años, agradecida por el respeto que él le profesaba con desprolijidad pero esfuerzo, Mai asintió.

Salieron y volvieron a entrar a la nave, pero atrás, en los asientos de cuero negro que tan bien olían y tan confortables resultaban. Ubicados ella a la derecha y él a la izquierda, justo como adelante, mantuvieron poco menos de medio metro de distancia el uno del otro; más bien, fue Mai quien impuso esa distancia, la cual él le respetó no sin desear quebrantarla en el fondo de su corazón.

Silenciosos, miraron el cielo: las estrellas estaban en su mejor momento. Era como si estuvieran en la cumbre de su vida, en sus mejores años, sin gastaduras típicas de la vejez. Eran conmovedoras, tanto como Trunks Brief lo era junto a ella, con los ojos en el cielo y una sonrisa de niño en los labios.

—Gracias —necesitó decir ella.

—¿Por qué? —preguntó Trunks mirando el cielo, fingiendo que lo miraba calmado cuando en realidad lo hacía nervioso, aguantándose abrazarla, besarla, estrecharla contra él—. ¿Gracias por qué?

Mai, sintiendo que las estrellas la relajaban, dedicó su mirada a ellas y a nadie más. Apretándose el pulgar derecho con la mano izquierda, sintiéndose el sudor impregnado en las manos, habló con lo único que sentía que le funcionaba bien en su atolondrada existencia, con aquel que tanto había amado al Gran Pilaf, a Shuu y a la causa que los había unido la vida entera.

Habló con el corazón:

—Sé que soy muy chapada a la antigua, que soy rara y estoy deprimida, pero… —Se miró las manos: apretaba tanto su pulgar que ya estaba rojo. Lo acarició con el dedo corazón de su otra mano—. Siento mucho haber rechazado tu abrazo allá, ser tan fría en general, pero es que todo me cuesta y…

—No pasa nada —respondió Trunks. Cuando ella lo miró por un instante sin ya poder tolerar no hacerlo por motivos que aún no podía comprender, notó que seguía como al principio, sonriente, con los ojos incrustados en las estrellas y embellecido hasta lo más obsceno por ellas, por su luz, por la luz que de por sí él siempre parecía irradiar—. ¡En serio, no te preocupes! Sólo quiero que estés bien. ¡Te quiero ayudar, Mai! Y te ayudaré todo cuanto pueda con lo que pueda, con lo que sea. ¡Quiero que cuentes conmigo!

Se miraron. Mai sintió cómo, tal vez hasta contra su voluntad por sentirlo muy niño, ella terminaba sonriéndose ante él, quien le sonreía también. Sintiendo en el corazón cómo los latidos eran más fuertes, más cálidos de lo normal, asintió.

—Muchísimas gracias por preocuparte tan desinteresadamente por mí.

Le brillaban los ojos. Trunks, quien notó el brillo como si éste fuera lo único visible ante sus pupilas, los admiró embelesado. Necesitaba quebrar esa distancia, sentirla por lo menos un milímetro más cerca de él.

—¿Puedo tomarte de la mano mientras hablamos? —le preguntó Trunks.

Mai se sonrojó más, y más. Con disimulo, se secó la palma izquierda contra su chaquetilla militar.

—B-Bueno…

Extendió la mano; Trunks la estrechó con la mano derecha, entrelazó los dedos con los dedos y pegó la palma a la palma. Las manos quedaron allí, en el espacio que los separaba, unidas sobre el asiento de cuero negro.

En el nuevo nivel de intimidad, retornaron los ojos al cielo casi como si hubieran acordado hacerlo como lo hicieron, a la vez. Después, sólo se limitaron a eso, a permanecer así, unidas sus manos levemente sudadas que delataban nervios de ambas partes, con los ojos en el cielo y los latidos suaves, acompasados por lo ideal del entorno que vislumbraban.

Mai no supo cuánto tiempo pasó: mirando el cielo, pensaba en la última voluntad del Gran Pilaf, en el trabajo, en Isabelle Cort, en Trunks Brief, en ella de la mano con él, en ella resurgiendo de sus cenizas como nunca antes lo hubiera creído posible. Ella, una vieja inútil, habiendo conseguido todo lo que había conseguido en los últimos tiempos: algo debía estar haciendo bien.

Algo en ella debía ser bueno, algo pequeño tal vez, pero existente.

Algo, en su corazón que tanto había amado, era capaz de resurgir.

Algo en ella aún deseaba amar.

—¿Sabes, Mai? —dijo Trunks repentinamente.

Mai, sin dejar de mirar el cielo, respondió:

—Dime.

—Nunca había estado así con nadie.

Mai tragó saliva al sentir cómo su corazón aceleraba un ápice.

—¿A-Así cómo?

—Así, tranquilo. Digo, con una mujer… Nunca había estado así, tan tranquilo.

—M-Me alegra escuchar eso —respondió ella con la voz revuelta por los nervios, la emoción, las ganas de resurgir, el amor.

¿El amor?

—Es que… ¿Sabes? —prosiguió él con el sutil temblor en la voz que a Mai, por más inaudito que le pareciera, le sabía a emoción. Tosca, masculina, digna de niño y no de hombre, pero emoción al fin—. Sé que no puedo quejarme de nada, que tuve una vida fácil, como Isa siempre me remarca, pero sí sé lo que me gusta, lo que me agrada vivir.

Mai sintió cierto misticismo en sus palabras, una profundidad que nunca le había captado a ese nivel a Trunks. Intrigada, indagó:

—¿Qué cosas te gustan…?

—Lo extraordinario —respondió. Mai tuvo que mirarlo dada la intriga que la embargaba—. Me aburro con facilidad, soy muy caprichoso cuando algo no me llena de algún modo, ¡me aburro tanto! En el trabajo me aburro tanto, pero por lo menos tengo cierta facilidad para los negocios, como siempre me dice mamá: dice que soy bueno en eso, que me sale bien y que tengo la frialdad que siempre es buena tener para esas cosas. ¡Así que supongo que está bien que no me apasione! Lo acepto, está bien dedicarme a eso, no lo sufro, pero si se trata de lo que está fuera de la empresa, me gusta eso, lo extraordinario.

Mai lo miró a él, luego a las manos, luego a él. ¿Acaso estaba desahogándose de algo? ¿Acaso le ocurría algo? ¡Pero se veía tan tranquilo, tan alegre, tan puro y joven! Aún intrigada, indagó nuevamente:

—¿A qué te refieres con «extraordinario»?

Trunks sonrió con un poco más de énfasis, siempre contemplando el cielo.

—Quizá suene a cliché de niño rico, pero me siento muy corriente dentro de mi familia.

—¿Corriente?

—Corriente. Digo: papá es muy fuerte, ¿recuerdas que te conté que es luchador? Y mamá es la mujer más inteligente que haya conocido. ¡Ni se diga de mi abuelo! Y de mi abuela y lo peculiar que es, incluso de mi hermanita, que aunque sea latosa siempre destaca entre las demás personas. Pero yo… ¿Qué tengo yo? Soy bueno para los negocios, pero no tengo la fuerza de mi papá ni la inteligencia de mi mamá. ¡Soy muy corriente en medio de esa gente! Y no me ofende, lo acepto así como acepto a la empresa, pero siendo lo corriente que soy, yo…

—No eres corriente —dijo Mai con el corazón.

—¡Ja! Claro que lo soy, ¡y está bien! En serio, está bien ser corriente, no tiene nada de malo ser uno más del montón. Pero tú, Mai…

Mai sintió que el rojo le subía no sólo en el rostro, sino sobre todo en el alma.

—¿Sí…?

—Tú eres la mujer más extraordinaria que haya conocido alguna vez.

Y él la miró.

Y Mai sintió que los ojos se le humedecían sin más, porque sí.

—¿Yo?

—Tú, Mai: tú eres extraordinaria. ¡Me siento tan afortunado de haberte conocido! Todo lo que me has contado de tu pasado, de la milicia, del Gran Pilaf, de la causa que tenían, de cómo lo querías… ¡Has tenido una vida extraordinaria! Lo eres tanto que incluso vuelves extraordinario esto, mirar las estrellas en una colina. ¡Es algo tan simple!, pero tú lo vuelves genial.

—Yo… —farfulló ella.

Trunks le hizo saber que lloraba cuando le limpió una lágrima con el dedo de la mano que no la sujetaba aún.

—Siento que nunca podría aburrirme contigo, Mai. ¡Haces que todo parezca tan distinto! Siento mucho si, con mi inexperiencia, termino siendo más feliz yo de lo que te hago feliz a ti. ¡Siento mucho si no soy de gran ayuda en tu depresión! Pero déjame recordarte eso: eres extraordinaria y mereces salir adelante. ¡Has pasado por tanto! Puedes con esto. Me dejes permanecer a tu lado o no, sea una buena pareja para ti o no, prométeme que podrás y que serás más buena contigo misma.

»Prométeme que siempre serás Mai. ¡Pase lo que pase! Prométeme que serás esta, la original. La que me gusta tanto: Mai.

Y ella lo soltó.

Se llevó las lágrimas al rostro y lloró, y lloró, y lloró, incrédula, negada, agradecida, arrepentida. ¡Era lo más lindo que le habían dicho alguna vez! Era el recordatorio de sí misma que precisaba: ella, sí, había tenido una vida extraordinaria, ¡porque había tenido a su lado al Gran Pilaf! Aún no desclavaba el cuchillo y seguía queriendo resurgir por la promesa que le había hecho a Su Excelencia, no por ella misma, así como no era capaz de creer lo que ese hermoso niño-ángel con ojos de demonio le decía, pero quería. ¡Quería tanto! Quería…

Sintió manos sobre las suyas. Al descubrirse, lo vio a él detrás de los dedos, serio, preocupado.

—¿Dije algo malo? —le preguntó Trunks.

Después, por primera vez, fue ella quien lo abrazó.

—Gracias… —le susurró con ganas, con emoción, con amor—. Muchas gracias por recordarme algo así, por hacerme saber que está bien esto.

—¿Qué cosa? —dijo él al estrecharla también.

—Ser Mai.

Mirándose, abrazados, él se supo sin palabras. ¿Qué respondía a la sonrisa de niña, a los ojos de niña, a las lágrimas de niña? ¿Qué respondía a tan extraordinaria mujer un muchacho tan corriente como él? Anonadado por lo fuerte que le latía el corazón, desacostumbrado a sentirse así, al sentir tanto en sí, hizo lo único que le salió: con las manos, le limpió las lágrimas otra vez.

Bajo las estrellas de la verdad, las que desprendían una luz genuina y sin igual, permanecieron así, sonriéndose, felices.

Sí: estaban felices.

Por primera vez en años, desde perder a Shuu para sólo tener que perder a Pilaf, feliz ella con alguien otra vez.

—Niño, yo…

Con una temblorosa mano, Mai acarició con la punta del índice una mejilla de Trunks. Éste parecía no parpadear. Cuando la mano de ella cayó, presa de los nervios, él la sujetó con una de las suyas, mientras con la otra estrechaba por el cuello a Mai. Apoyó la mano que le sujetaba a ella contra su pecho. Sin darse cuenta, al apoyar la mano allí le permitió a Mai sentir el latido vehemente de su corazón.

—¿Qué…? —indagó ella con más y más lágrimas en el rostro, conmovida por el latido del joven y puro corazón.

—¿Te puedo besar?

El brillo de los ojos, el latido desesperado, la sonrisa conmovida: ese muchachito era un ángel otra vez, como la primera vez junto al lago artificial, como ese día cuando ella había pensado que su vida se había terminado. Y no.

Gracias a él, no.

Agradecida, obnubilada, dejándose llevar por fin por la situación, Mai, que ya no tenía nada por perder, que tenía demasiado por ganar como para estancarse sin más en los miedos y los prejuicios y la mierda y el cuchillo, asintió sin más.

Una sonrisa de él en agradecimiento, y vio cómo, poco a poco, se acercaba a ella.

Las bocas se rozaron apenas, muy apenas, en un movimiento que sólo él ejecutó y al cual ella, tímida e inexperta, no respondió. Después, la boca de él se posó sobre la de ella mientras una mano aún apretaba contra el pecho a la otra, las dos unidas en un lazo casi indestructible. Él apretó las bocas una vez, dos, tres, hasta notar que ella no respondía.

Hasta notar que ella no sabía cómo responder.

La miró sin poder ocultar la sorpresa. Que la vez anterior, la de su absurdo arrebato, ella no hubiera contestado era natural, pues había sido, quizá, impertinente de su parte; que en ese momento no respondiera y reaccionara así, con temblores de adolescente, con la ignorancia latiéndole en las pupilas tan dulcemente, respondía a eso, a inexperiencia, a ignorancia.

Una dulce ignorancia de muchachita dentro de una mujer madura.

—Yo… —dijo ella, avergonzada por notar en él la obvia sorpresa: ni al recordar los besos de los protagonistas de Los ricos no saben amar había podido responderle—. Lo siento, eh… ¡No es por ti! Es que yo… Yo no puedo… ¡No puedo hablarte de eso aún! Perdóname, pero por favor no pienses que es por ti, por rechazarte. ¡Es que no sé cómo…!

—¿Responder?

Mai, con lágrimas en los ojos por sentirse tan torpe e idiota en la delicada situación, asintió.

Trunks le acarició la mejilla despacio, muy despacio. Sonreía como idiota, tanto que la boca le dolía. ¡No tenía idea de por qué, pero le daba ternura! Mai entera se la daba, una ternura inusitada que quería proteger con la pasión de un valiente, como si fuera Tapion o bien su yo futuro, héroes los dos, héroe que él nunca sería pero que, si Mai lo precisaba, intentaría ser.

¿Era posible que ella nunca…? Con la emoción a cuestas, Trunks no pudo pensar en ello, no de momento. Sólo podía sentirlo, su corazón queriéndose escapar de su pecho, el corazón de Mai gritando a la par del suyo, ante él.

—¿Quieres que… te enseñe?

Mai se meció en el asiento. La mano ya era agua, así como todo su cuerpo lo era, más agua que carne, más calor que frío. ¿Por qué se comportaba así? ¡¿Por qué no era más fácil?!

—Debes pensar que soy una loca.

—No, al contrario: eres tan extraordinaria que ya ni sé qué decir.

»¿Me permites besarte otra vez…?

Mai lo miró llorando. Trunks no dudó al besarla otra vez.

—Sólo sígueme y confía en mí —le susurró él luego de rozarle los labios con una experiencia que a Mai se le hizo abrumadora, pero que en realidad no dejaba de ser la común en alguien con ciertas vivencias a cuestas. Normal, no extraordinario.

Nunca tan extraordinario como ella.

Al unir sus labios con los de ella, Trunks succionó levemente, con calma, pausado, procurando no asustarla ni abrumarla con su invitación a seguirlo. Cuando sintió que ella, torpe, le respondía, avanzó un poco más.

Cuando reaccionó, la besaba apasionadamente, aferrado a ella como a la vida, como al corazón que no paraba de gritar con más fuerza sus latidos. Ella, siempre torpe pero con el corazón, le respondía de igual modo.

Se separaron cuando él, con toda la delicadeza del mundo, la soltó.

—Hasta aquí —dijo contra los labios de ella sin más aire en los pulmones—. No quiero sobrepasarme.

¡Inaudito lo que le decía! Tan inaudito como lo que ella misma sentía, que quería seguir, que no se quería detener. ¡Irracional niña-mujer! Mai se reprochó desear pasar un límite que no tenía manera de pasar, no en la primera cita, no con un hombre que, cuando dejaba de besarla, volvía a ser un niño.

No con el hombre que, por primera vez en su vida, le había anulado con tal facilidad la razón.

—Gracias —dijo hecha una con la emoción—. Muchas gracias…

Él sonrió en respuesta. Abrazados bajo las estrellas, no pudieron decir más, tampoco hacer. Sólo pudieron eso, abrazarse, apretarse, adorarse con los corazones desbocados, con lo genuino de sus existencias expuesto en sus miradas.

Para la mañana siguiente, por separado y no juntos en una imprudencia inaceptable, quedaría la reflexión.


~continuará~


Nota final X


Muchísimas gracias por leer.

Estoy muy emocionada. Sólo quiero decirles gracias a todos los que leen 28. También, gracias a Nancy, Smithback y Ashril por sus comentarios al capítulo anterior.

Dedico este capítulo a quien sienta emoción al leerlo. Espero se sienta, por lo menos, la emoción que le puse al escribirlo.

Nota: Volt es un guiño a Volta, la heladería a la que siempre voy con mis amigos a altísimas horas de la noche. Adoro el chocolate amargo de ese local, es lo más.

¡Nos leemos! Muchísimas gracias por todo. :')


Dragon Ball © Akira Toriyama