¬There isn't anyone to help you. Only me. And I'm the Beast. . . . Fancy thinking the Beast was something you could hunt and kill! . . . You knew, didn't you? I'm part of you? Close, close, close! I'm the reason why it's no go? Why things are the way they are?¬

Lord of the Flies

Sebastian sopló el humillo de la taza de café para evitar quemarse. Esa bebida de regusto amargo era lo único que a veces lo hacía espabilarse debidamente por las mañanas, especialmente en esas que seguían a las noches en que Claude se escurría en su habitación. Alargó el brazo para coger algo de un plato un poco más allá de él y notó molestia en las lumbares. Con la mano libre se las masajeó un poco.

-"Maldito Claude."refunfuña mentalmente. El demonio se había pasado esa última noche no midiendo como debería sus fuerzas. Sebastian no se había mirado al espejo detenidamente pero estaba casi seguro de que tendría más de un cardenal en el cuerpo. Ya le notó raro cuando apareció a su lado y cuando prácticamente se le echó encima percibió una especie de rabia silenciosa recorrer a su demonio.—Claude—le llama la atención cuando aparece con una bandeja para empezar a llevarse cosas—, te arrojaré a un tanque lleno de agua bendita. Estoy molido por tu maldita culpa ¿qué demonios te dio anoche para casi partirme por la mitad?—le reprocha muy molesto.

El demonio deja la bandeja sobre la mesa, si respirase probablemente habría inspirado profundo.

-Mis disculpas mi amo.—dijo inclinando la cabeza. A Sebastian se le resaltó una vena en la frente.

-¿De veras crees que con eso te voy a perdonar?

Claude se le queda mirando fijo y tras parpadear se acerca más a él y se arrodilla a su lado cogiéndola la mano izquierda por los dedos para acercarla a su rostro.

-Lamento lo de anoche.—a través de la tela del guante de su mano Sebastian pudo notar el helor que desprendía la piel del demonio, incluso más frío que de costumbre.—Haceros daño es lo último que podría querer. Mi amor ¿podréis perdonarme?

-Claude.—se suelta de su agarre y toca por su cuenta algunas partes de su cara—Estás más frío que nunca ¿se puede saber qué te pasa?—el aludido vuelve a cogerle la mano para alejarla de su cara.

-Nada, mi amo. Nada.

Sebastian le mira ceñudo y de un tirón aleja su mano de la suya. Se oyen pasos rápidos acercarse y de repente Pluto abre de par en par la puerta y derrapa hasta pararse entre medias de ambos hombres. Tras soltar un lamento se arrodilla mirando hacia Sebastian y se echa sobre sus piernas sin dejar de sollozar. Una segunda vena se dibuja en la frente del ojirrojo que levanta a pulso, tirando del cuello de la camisa, a Pluto, que hacía fuerza para no moverse, hasta conseguir mirarle.

-¡Pluto!—masculla entre dientes.

-¡Gwauh!—solloza otra vez el albino sacudiéndose para que Sebastian lo suelte de la camisa. Cuando lo consigue se abraza a su cintura sin cambiar de posición con tanta fuerza que el dolor que ya de por sí tenía el pelinegro se acentuó.

-¡Pluto! ¡Suéltame!—le ordena intentando empujarle lejos de sí, pero cuanto más le empujaba más fuerza hacía el peliblanco en su agarre—¡Pluto, me estás clavando las uñas! ¡Suéltame, maldito engendro híbrido con cerebro de animal!

Pluto lloriquea y hasta chilla. Claude se acerca a ellos con la intención de despegarlos pero antes de que le pusiese la mano encima Pluto gira la cabeza lo suficiente como para mirar al mayordomo y gruñirle. Claro que un demonio no se amedrenta con un simple gruñido pero Pluto tampoco pensaba ceder porque sin despegarse demasiado de Sebastian trata de morder a Claude cada que este hace el amago de separarlos.

-Déjalo Claude. Cada que te acercas tira más de mi.—dice Sebastian cuando Pluto ya incluso recurre a dar patadas.

-Pero mi amo...

-He dicho que basta. Vete. Vete hasta que consiga que me suelte.

Pluto no deja de gruñir hasta que Claude da la vuelta y se va, entonces afloja el abrazo y vuelve a lloriquear con absoluto desconsuelo.

-Pluto. Antes de que mande colgarte de la pared ¿qué te ocurre?

-*Snif*

Sebastian resopla. Tendría que cambiar de estrategia para que el hombre bestia le soltase. Así que, aunque con tremendo desagrado, posa su mano en la cabeza de Pluto y le frota los cabellos. La melena blanca tenía algo de leonina pero no dejaba de ser suave. Con este gesto Pluto parece tranquilizarse.

-Solo.—articula con esa voz gruñona que tiene.

-¿Te sientes solo Pluto? ¿Echas de menos a los Noah?—Pluto levanta la cabeza para mirar a Sebastian cuando le habla—¿No te gusta Cielo Oscuro?

-Gus...tar.—repite con dificultad.

-Sí. Gustar. ¿Prefieres a los Noah? ¿Los cuidados de Keinz a los míos que te he enseñado a hablar y a ser más humano?—le pregunta con malicia. Pluto le suelta quedándose de rodillas y mirando a un punto inconcreto a su lado—¿Me cambiarías por ellos?

-Pluto...quiere, quiere...—trata de decir, atascándose—a Dro...

-¿Dro? Ah, te refieres a Drossel Keinz. Pero él ya no es tu amo; tú le tomaste a él, en todo caso sería al contrario.—Sebastian se ríe y se levanta ahora que por fin no está sujeto. Pluto gimotea otra vez pero no vuelve a intentar agarrarle. Acuclillándose le restriega el pelo con cierta delicadeza.—No te preocupes por eso Pluto, tengo un regalito para ti que te va a encantar.

-¿Premio?—inquiere más animado.

-Incluso mejor, ya lo verás. Pero tendrá que ser mañana. Ahora sé un buen chico, y sal fuera con los otros, ah, y procura no enzarzarte con Claude por el camino.

Pluto se pone derecho, ya bastante más acostumbrado a andar de ese modo, y echa a correr hacia fuera. Al abrir la puerta vuelve a toparse con Claude y le gruñe enseñándole los dientes pero sin detenerse; a Sebastian le da risa que el demonio también se los enseñe con un siseo.

-Eres peor que él.—le regaña—¿Qué quieres ahora?

-Vuestra cita.—Sebastian le mira sin comprender—Lord Diedrich quería veros ¿no es cierto?—Por fin entendiéndole el humano achica los ojos—¿Vais a ir?

-Así que era eso lo que te pasaba anoche.—dijo como para sí mismo en voz baja, claro que no existía tono lo suficientemente bajo como para que el demonio no lo escuchase.—Tsk, si crees que voy a salir corriendo en pos de Diedrich a la primera de cambio es que no me conoces. Él no es nadie para mandarme. Nadie. Y mucho menos si piensa que voy a complacerle como hembra enajenada.

Tras decir esto le echa un vistazo fugaz a Claude para ver la cara que habría puesto. La expresión tensa que tenía hasta hace unos segundos parece disiparse.

-Tengo asuntos más importantes en que pensar.

-No creo que eso caiga bien en el orgullo de Lord Diedrich.—comenta Claude con malicia. Sebastian ríe suave y va hacia él para darle un beso. Posa una mano en su hombro y otra en la nuca para atraerle y entonces el demonio lo coge por la cintura con delicadeza. Sus labios se buscan y encuentran, acostumbrados a no pasar mucho tiempo separados, sus lenguas se enredan y bailan y el humano como muchas veces maldice mentalmente su necesidad de tener que respirar.

-¿Estabas celoso?—le pregunta cuando rompen el beso aunque no el contacto.

-Sentimientos como esos no arraigan en mí, mi amo, dado que no poseo ese órgano llamado corazón al que los humanos le achacan los sentimientos.—Sebastian sonríe de lado, echaba de menos las perogrulladas de su demonio—Pero, he de admitir que no me place veros cerca de Lord Diedrich.

-¿Te das cuenta que al decirme esto echas por tierra tu comentario anterior?

-No es lo mismo, mi amo. Si estuviera celoso ya haría tiempo que habría ido a matar de la forma más horrible que se me ocurriese a Lord Diedrich.

-¿Y qué harías si acepto sus insinuaciones? Si también me...'entrego' a él.

-Seguir vuestras órdenes, como siempre.—Claude sonríe mezquino cuando Sebastian le tuerce un poco el gesto—Pero si se le ocurre propasarse lo descuartizaré vivo.

-¿Propasarse?—suelta una carcajada—El primero que le dejará un ojo morado como vaya de listo seré yo, por eso no te preocupes.

Cuartel de los Reapers

A pesar de que ya se habían llevado algún que otro golpe del maestro Undertaker, Will no se esperaba que el hombre fuese tan bueno en el cuerpo a cuerpo. Mientras que él ya estaba para recoger con cucharilla el Senior Reaper estaba fresco como una lechuga.

-¡Venga Billy Boy! ¿¡Eso es todo lo que tienes!?—lo provoca Undertaker dando saltos de izquierda a derecha—¡Rojo ha aguantado el doble que tú y eso que él ni se molestaba en esquivarme!

Will rechina los dientes adolorido y en parte ofuscado. Undertaker los había aislado el uno del otro desde hacía un mes, cuando comenzó a entrenarlos individualmente; y ni el uno ni el otro habían tenido noticias del contrario, tan sólo sabían lo que su maestro les decía y normalmente sólo eran comentarios que restregaban los procesos del otro. Y no estaba muy seguro de que todo fuera verdad.

Antes de que Will tenga tiempo de ponerse derecho del todo Undertaker salta sobre él y lo derriba otra vez de un puñetazo que lo hace rodar hasta que se queda tendido boca arriba. El peligris suspira resignado y da un par de pasos hasta acuclillarse a su lado.

-Así vas a durar menos que un caramelo en la puerta de un colegio.—le dice señalándole repetidamente con el dedo índice.—Vamos hombre ¿qué pasa contigo? Creí que querías ser un Reaper.

-Quiero ser un Reaper.—contesta jadeante.

-¿Entonces por qué te has dejado matar 47 veces? He contado cada vez que, si yo fuera enemigo, te hubiera podido matar.

-¿Debo entender por tanto que no lo habéis hecho por compasión?—replica molesto. Undertaker se ríe.

-¿Compasión? ¿Yo al que consideran el mejor de la Hermandad crees que malgasto mi tiempo con compasiones? No me hagas reír.

-Pues entonces cambie de estrategia. Hasta ahora lo único que ha hecho ha sido vapulearme.

-Y lo seguiré haciendo hasta que aprendáis. Lo que yo os haga aquí no se comparará en absoluto con lo que os harán nuestros detractores si os cogen. ¿Sabes lo que hacen algunos hermanos cuando se ven acorralados y sin salida?

-Se suicidan. Por eso el escudo de armas de la Hermandad es una guadaña de doble filo.

-Sí y no. Ese no es el verdadero significado de nuestro escudo.—sonríe comprensivo—Pero ya lo descubrirás con el tiempo. Venga arriba, te dejaré marchar por hoy.

Will se levanta trabajosamente, como si llevase una montaña a la espalda pero sabía de antemano que el maestro Undertaker no le ayudaría. Era increíble que mostrándose comprensivo a veces pudiera luego gastarse tamaña frialdad para otras cosas.

-Oiga maestro.—le detiene un momento—Si yo he muerto 47 veces ¿cuántas lo ha hecho Grell?

Undertaker sonríe canino y pone los brazos en jarra.

-Así que aún te preocupas por tu compañero. No te molestes, yace cadáver en algún punto bajo la tierra—se da la vuelta y sigue andando—después de que lo haya matado más de cien veces.

Will suspira tras ver a su maestro alejarse. Cualquier extraño que le oyese pensaría alguna barbaridad sobre él pero ellos que ya iban conociéndole sabían que Undertaker jamás llegaría al extremo de matarlos. Lo que Will se preguntaba era si Grell habría comenzado ya a practicar con las armas.

Al alcanzar el grado de Senior los miembros de la Hermandad podían escoger esgrimir su propia y personal arma. En el tiempo que llevaba ahí Will las había visto muy variopintas y algunas hasta inconcebibles a la mente humana; como aquella espada doble que además disparaba o ese látigo dirigible que se movía como si tuviera voluntad propia. Pero lo que más curiosidad le producía era saber cómo sería el arma del maestro Undertaker. Seguramente alguna bestialidad de instrumento acorde con él.

Un pinchazo le recorrió el costado. No se había recuperado bien de las últimas lesiones y las nuevas de hoy eran herida sobre herida, así que pensó que lo mejor sería acudir a la enfermería a ver qué podían hacerle o simplemente recetarle para solapar los malditos dolores.

La enfermería de la Hermandad coincidía en el blanco inmaculado del resto de las instalaciones pero normalmente este blanco estaba mezclado con algún tinte carmín. El trabajo de un Reaper era más peligroso de lo que pudiera parecer a simple vista y raro era el mes o la semana en que algún hermano no manchase la enfermería con su sangre.

-Buenas...—saludó Will al entrar. Un Reaper médico le miró un momento antes de dejar un tubo con sedante y una inyección sobre la bandeja metálica con más instrumentos médicos. La Hermandad no admitía mujeres ni si quiera en los servicios médicos; tal como Undertaker lo veía los Segadores eran demasiado cavernícolas como para permitir que una mujer armada llegase a sobrepasarlos, el otro punto de vista más romántico y que sostenía la mayoría era que no podían permitir que las madres de los hijos que poblarían el mundo corriesen los riegos que corrían ellos.

-¿Te ocurre algo, joven?—vuelve a mirarle más detenidamente, torciendo ligeramente el gesto—Aunque viendo como vienes no sé para qué pregunto. Pasa y toma asiento ahí, en esa silla. Quítate la camisa que voy a examinarte.

El castaño obedece y se descamisa, el estetoscopio sobre la piel se le hace más frío que nunca y las manos del doctor como piedras duras.

-Te conozco, creo.—dijo el médico levantándole un brazo y luego el otro, cuando le levanta el izquierdo Will siente más dolor que en el otro—Costilla fisurada. Eres uno de los dos pupilos de Ser Undertaker ¿me equivoco?

-No.—responde tras jadear con dolor.

-Me lo suponía. Undertaker nunca se ha caracterizado por ser precisamente suave con sus pupilos, pero después de que me trajera al pelirrojo y que ahora hayas venido tú me estoy planteando seriamente en hablar con él acerca de querer 'dar de baja' a sus propios pupilos antes de hora.

-¿Grell?—pregunta sorprendido—¿Grell está aquí?—el médico le mira sin comprender—El pelirrojo.

-Ah. Sí, Undertaker me lo trajo ayer hecho fosfatina.

Will nota que le baja la cara un tono de color. Protesta cuando el médico le manda que levante el brazo para tratarle la fisura de la costilla. Pensando en Grell ni se para a tomar en consideración que él mismo estaba también bastante tocado. Una vez está vendado y tratado también del resto de heridas el médico le administra un calmante para los dolores.

-¿Dónde está mi compañero? Quiero verle.

-Puedes verle si quieres pero no hablar con él.—le contesta descorriendo la cortina blanca y revelando una cama en la que estaba Grell vendado en su mayor parte y durmiendo—Cuando has entrado acababa de administrarle más sedante para que descansase.

-¿Tan mal está?

-Tranquilo, he visto cosas peores. Pero Undertaker me dijo que el problema de este chico es que no se cuida sus propias espaldas. Tendrá que cambiar eso si quiere ser un Reaper auténtico.—cogiendo un portapapeles busca hasta dar con el historial del pelirrojo—Tiene dos costillas rotas además del radio del brazo derecho y dañados los nudillos de ambas manos. Sus piernas están intactas salvo por los cardenales y la luxación de un tobillo.

-¿Cuánto tardará en reponerse?

-Tendrá que estar aquí al menos una semana o más. Si ya vais así no quiero ni imaginarme cómo acabaréis cuando Undertaker decida poneros un arma en las manos.

-Para ese momento—replica Will con decisión—será el maestro Undertaker el que tenga que llevarse más cuidado.

Por recomendación médica Will pasó esa noche en la enfermería, en la cama contigua a la de Grell viéndole dormir como un bendito hasta que él mismo cerró los ojos. Serían eso de las cuatro de la madrugada cuando unos gemidos dolorosos lo despertaron. Él mismo al moverse para comprobar de dónde venían también se hizo daño y quejó en alto.

-¿Will?—se oyó la voz de Grell en la oscuridad—¿Will eres tú?

-Sí, soy yo. Estoy a tu lado pero apenas te veo de lo oscuro que está esto.

-Ah, es verdad. Ya empiezo a distinguirte un poco más.—ríe bajo—¿Qué haces aquí?

-Casi lo mismo que tú. El maestro Undertaker me ha fisurado una costilla y el doctor ha creído conveniente que pase aquí la noche.

Aunque apenas pudiera verle Will supo que Grell torció el gesto al rechinar los dientes.

-Esa hiena albina. Cuando le ponga las manos encima se va a enterar.—Will suspiró.

-¿Lo dices por ti o por mi? A ti te ha dejado mucho peor.

-¿Eh, esto?—se hace el silencio unos segundos como si el pelirrojo dudase—No me lo hizo él.—habló casi en un susurro.

-¿Qué?

-Es que...

-¿Cómo que no te lo hizo él? Si no te las has hecho entrenando ya me explicarás cómo y dónde has podido quedar tan magullado.—se hace el silencio otra vez—¿Grell?

-Me escapé del cuartel.—reconoció por fin.

-¿Que tú qué?

-Sabía que el maestro Undertaker no me daría permiso para ir a arreglar unos asuntos propios así que me escabullí por la noche.

-¿Qué asuntos?

-Bueno...quería ver cómo iban las cosas por el East Side. Uno siempre vuelve a sus raíces ¿no? Pues allí me encontré con unos cuantos moscones a los que tuve que dar una paliza.

-¿Unos cuántos?—pregunta escéptico—Muchos habrían de ser para que te dejaran así.

-Unos quince.—su sonrisa blanca brilla un poco en la oscuridad—Pero aunque ellos me arañaron un poco fue un tipo grande el que me rompió el brazo y las costillas.

-¿Un tipo grande?

-Sí. Acababa de darles su merecido a esos pandilleros cuando vi desde una orilla como un gigantón escupe-fuego quemaba dos naves ancladas. Si no me equivoco pertenecían a la compañía Marlow, pero para mi mala suerte me asomé demasiado y me vio. Quise escapar pero en un segundo un tipo maquillado y pelirrojo zanahoria me ató de pies a cabeza como si fuera un gusano de seda. ¡Ni le oí llegar!—refunfuñó molesto—Entonces llegó el gigantón y se entretuvo usándome como saco de prácticas, creo que pensó haberme matado pero no le salió bien.

-¿Se lo has dicho a alguien?

-Al maestro. Cuando volví al cuartel fui derecho a verle. Tendrías que haber visto cómo se puso, por poco creía que acabaría echando espuma por la boca de lo furioso que se puso. Después de echarme el sermón durante una hora me trajo aquí.

-Todos creen que fue él quien te dejó así. —dijo Will tras hacer una pausa sopesada. Grell le mira extrañado, como si desconociera ese hecho.

-¿Ah sí?

-Sí. Creo que por eso tiene ese mal humor encubierto últimamente. Me aseguró que te había matado más de cien veces.

-Ganas no le faltaron.

Ambos pupilos permanecieron juntos en la enfermería al menos un día más hasta que Will salió primero mientras Grell hacía pucheros e intentaba, primero mediante súplicas y más tarde con amenazas, que le dieran el alta a él también.

Por su parte Undertaker fue convocado por los hermanos priores sin previo aviso. Cuando un hermano fue a buscarle a su despacho se alegró momentáneamente pensando que vendrían a decirle que sus mocosos estaban listos de nuevo; pero esta emoción se esfumó cuando en lugar de traerle la buena nueva el hermano le dijo: "Los hermanos priores quieren verte."

Así que allí estaba frente a la mesa semicircular de los priores, los Reapers más antiguos de la Hermandad; algunos con proezas y logros a sus espaldas dignos de pasar a los anales de la historia, pero como los Reapers técnicamente 'no existían' ningún hecho quedaría reflejado nunca en ningún sitio.

-Ser Undertaker.—hablaron por fin—¿Sabe por qué le hemos convocado?

-Si lo supiera a lo mejor no habría venido.—respondió el peligris con su natural desparpajo provocando varios ceños fruncidos.

-No estamos para bromas Ser Undertaker.

-Ni yo para perder el tiempo, hermanos. ¿Hay acaso alguna misión que deban encomendarme?

-Oh sí, si quiere verlo como tal.—Undertaker sacudió la cabeza confuso—A nuestros oídos ha llegado la nueva de que sus dos pupilos están internados en la enfermería ambos con lesiones severas.

-"Ah, era eso."

-Cuando se le asignaron esos pupilos se esperó de usted que los entrenase, no que los fuese a finar antes si quiera de que hayan podido convertirse en Reapers de pleno derecho.—reprochó con tono más grave el hermano prior que hablaba.

-Con todos mis respetos hermano pero...

-No interrumpa, Ser.—lo amonestan.

-Es usted uno de los mejores Reapers que ha conocido la Hermandad y aunque sus resultados sean incuestionables sus métodos llaman demasiado la atención además de ser excesivamente drásticos. ¿Pupilos en la enfermería por su propio maestro? Ése no es el método.

-Al sacar ellos las mejores notas en la última promoción se los asignamos especialmente a usted que es uno de los mejores.

-Para que puliese su potencial.

-No para que los adiestre con métodos de circo.

Tras escuchar la sarta de reproches en retahíla Undertaker respiró profundo y se rascó la cicatriz del cuello. Agachó ligeramente la cabeza y miró, con las pupilas alzadas, a los priores.

-Voy a decirles lo mismo que le dije a otro hermano hará un tiempo.—frunce el ceño, gesto que le da un peculiar filo a sus apenas visibles ojos—MIS mocosos MIS normas.

Viernes 13

A Drossel Keinz le producía escalofríos en la espina dorsal dirigirse a Dominio. Incluso sus articulaciones le estaban fallando, como si aposta trataran de impedirle llegar a su destino. Pero no podía negarse y provocar la ira de su señor. Aún recordaba la advertencia que le hizo sobre que si le fallaba de alguna manera no sólo sería él quien lo pagase, sino también en cadena el resto de los Noah.

Como si hubiera intuido su llegada Sebastian le esperaba en la misma puerta de Cielo Oscuro. Drossel se inclinó ante él como saludo y él le sonrió con esa expresión que decía que no tramaba nada bueno.

-¿Me requeríais, mi señor?—preguntó tratando de que la voz no le saliera nerviosa o asustada.

-Yo no. Pero hay alguien que quiere verte.—confuso Drossel observó a su señor llevarse dos dedos a la boca y silbar. Casi al instante por la esquina de la mansión apareció una figura trajeada seguida por tres Doberman, cuando llegaron a su lado al marionetista se le aceleró el corazón.—¿Sorprendido?

Frente a él estaba Pluto. Su Pluto, la temida mascota de los Noah, el hombre bestia, más perro que humano. Estaba vestido con un traje oscuro, perfectamente arreglado y erguido como si llevase andando así toda la vida; además estaba tranquilo y sereno, sin un trazo animalesco en su expresión.

Quiso alargar la mano y tocarle para cerciorarse de que no estaba alucinando pero sus miembros no le respondieron.

-Pluto ¿es que no vas a saludar después de que te lo haya traído?—instó Sebastian a Pluto, que le miró un segundo antes de fijarse en Drossel. Asintió y de una mirada hizo a los perros sentarse antes de acercarse al pelirrojo, que de manera involuntaria pero instintiva retrocedió un paso confundiendo al albino, que le agarra una mano para que no se aleje más.

-Echa de menos. Pluto echado de menos Dro.

Si sólo verle ya fue un shock cuando Pluto empezó a hablar Drossel temió desmayarse ahí mismo. El albino le apretó la mano, aún conservaba ese brillo inocente en los ojos, pero el simple tacto hizo que el titiritero se estremeciera recordando aquel día.

-¿Qué te parece Drossel? ¿Impresionante verdad?—inquiere Sebastian—Todo lo que ha cambiado y mejorado Pluto, pasando de ser poco más que un animal a empezar a convertirse en un ser humano.—viendo que el pelirrojo se queda callado le mira molesto pero a la vez satisfecho con su gesto asustado—¿Es que no piensas decir nada?

-Pluto feliz.—contesta el albino creyendo que Sebastian se refería a él. Con efusividad abraza a Drossel, apegándole a sí.

-Pues claro que estás feliz Pluto.—dice Sebastian con un tono tan dulce que daba miedo—¿Te gusta el regalo que te he hecho, a que sí?

Pluto sin despegarse mucho de Drossel se gira a mirar a Sebastian con una sonrisa feliz en el rostro.

-Sí, Pluto feliz.—contestó, ensanchando la sonrisa hasta los colmillos—Gracias amo.

-¿Escuchaste Keinz? Pluto ahora me considera su amo, su nuevo amo—dice enfatizando el adjetivo—; y aunque a veces me den unas ganas tremendas de matarlo y colgarlo de la pared, en el fondo es una 'buena mascota'. Un perro leal y obediente. Y porque lo es y porque soy su amo puedo ordenarle hacer cualquier cosa.

-Mi...mi señor...—balbucea Drossel, al que no le está gustando nada el rumbo que estaban tomando las cosas—Yo sólo quiero llevarme a Pluto...conmigo, con los otros, a casa.

-¿A casa? Pero si Pluto ya está en casa ¿verdad Pluto?

-Pluto está en casa.—responde el albino volviendo a enseñar los colmillos de su sonrisa—Pluto quiere a Dro.

Drossel comienza a temblar cuando Pluto tironea de su chaqueta azul como si tratara de quitársela.

-¡No!—exclama empujando a Pluto y poniéndose a la defensiva. El albino le mira extrañado y dolido, da un paso intentando volver a acercarse a él pero Drossel retrocede otro—Pluto, por favor, basta. Aléjate.

-Pero. Pluto quiere a Dro.—replica triste dando más pasos, esta vez al tiempo que retrocede el pelirrojo despliega en sus manos sus hilos de titiritero. Al verlos Pluto se detiene y agacha la cabeza con pesar.

-Pero bueno ¿cuál es tu problema Keinz?—le reprocha Sebastian colocándose del lado de Pluto, poniéndole una mano en el hombro—Lo único que Pluto quería era verte ¿y así se lo pagas? Menudo cuidador estás hecho.

-Mi señor yo...

-¿Yo qué? ¿Eh? ¿Qué pasa, tienes miedo?—le pregunta con mofa—¿De Pluto, cuándo le has visto matar y comerse a personas? ¿De mi y lo que pueda ordenarle?

Drossel aún no hace desaparecer los hilos de sus manos que tiemblan y reflejan los rayos del sol en cada movimiento haciéndoles ver incluso más filosos de lo que ya eran. El corazón se le encogió en el pecho al notar algo detrás suyo que hasta hace un segundo no estaba, giró la cabeza un segundo antes de que Claude le deshiciera la posición de las manos y se las apresara tras la espalda, inmovilizándole.

El marionetista protesta y forcejea hasta que sus articulaciones chirrían pero el mayordomo no le suelta ni cede un mm.

-Si insistes en resistirte te romperé las articulaciones una por una, Keinz.—le dijo Claude al oído. Acorralado, derrotado, Drossel deja de moverse.

-Vaya Claude, tan oportuno como siempre. Pluto, tengo una idea. ¿Qué tal si hacemos que tu querido cuidador se muestre más colaborativo?

Pluto le mira sin comprender, Sebastian le sonríe y luego mira en dirección a Claude para asentirle. Soltándole las manos un segundo el mayordomo gira al Noah hasta tenerlo de frente. Drossel trató de resistirse un poco más al tener al otro de cara, sin embargo pudo notar como las fuerzas y todo lo demás lo abandonaba en cuanto sus ojos chocaron entre sí.

Pluto gimotea cuando ve a Drossel desmayarse en brazos de Claude y corre a su lado. El demonio se lo tiende y él lo sostiene y acuna en sus brazos, mirando de soslayo a Sebastian.

-No te preocupes Pluto, sólo se ha desmayado. Cuando despierte verás que todo estará bien.

Pluto asiente aunque no se le viera muy convencido. Aupando el liviano cuerpo del marionetista se lo lleva hacia su 'guarida' dentro de la mansión a la que accedía por la ventana. Sebastian no pensaba permitirle entrar por la puerta principal ni por ningún otro que no fuera ése, y menos cuando no mostraba indicios de ser siquiera 'medio humano'.

Esa misma tarde Sebastian fue hasta la ciudad a echar por sí mismo un vistazo a las galerías de Aleister. Como siempre rebosaban luz y color, llenas de jovencitas con sus madres, mujeres con sus maridos o ancianas en grupo recorriendo los pasillos buscando algo nuevo que probarse. Aunque ahora había algo incluso más femenino en el ambiente, que rápidamente se identificaba en la joven que andaba de acá para allá entrando y saliendo del despacho de Aleister.

Sebastian chasqueó la lengua ¿pretendía Lau usurparle las galerías a Aleister? Ya había oído que el chino pretendía tener una base 'legal' en tierra y no sólo una entrada portuaria a su comercio marítimo; pero no esperaba que tuviera el ojo echado sobre la empresa del vizconde. Si Lau se hacía con las galerías ganaría terreno sobre él y eso supondría problemas. El jefe de la Tríada no daba puntada sin hilo y que terminase de tejer ese intricado tapiz no sólo le causaría pérdidas sino también el peligro de que Lau decidiera desembarazarse de él y arrojarle los cuchillos.

-¡!—de repente notó un tirón hacia atrás y se vio tras un probador cerrado y usado para guardar un par de cajas. Claude le quitó la mano con que le había tapado la boca y le indicó que guardase silencio, apuntando discretamente a la rendija que quedaba entre las cortinas. Sebastian le hizo una mueca irónica y se asomó a ver por qué su mayordomo lo había escondido. Lo cierto es que sí se llevó una sorpresa.

Allí en las galerías estaba Haven. Pero no estaba sola, sino muy bien acompañada. Pero no por su doncella, ni por sus amigas cervatillas, ni si quiera por alguien de su familia; sino por George Hasting.

Allí estaban. El primogénito de los Hastings y la heredera de los Gloucester paseando tranquila y felizmente por las galerías. Andaban uno al lado del otro pero con el bullicio ella se había agarrado del antebrazo de él para no perderse. Si Sebastian pensaba que a su lado Haven ya contrastaba, verla al lado del militar se le hacía como ver un punto y una i. Pues aparte de bastante alto George Hasting era también robusto, como correspondía a un soldado al servicio de su patria según su padre.

-Vaya, vaya.—dijo en voz baja apartándose de la cortina—Así que a esto se dedica mi encantadora prometida mientras espera nuestro matrimonio.—llevándose la mano a la boca ríe suave y elegante—Y así tan a la vista...

-Podría apostar que vuestro suegro no ve con tan malos ojos que su hija se pasee con otro hombre.

-De seguro. Pero si lo que pretende es ponerme celoso no le va a salir muy bien—entorna los ojos—, ni aún así me voy a olvidar que tenemos un trato. Que Hasting entretenga a Haven todo lo que quiera, pasado el año le pondré la alianza en el dedo y su fortuna y títulos serán míos.

Claude sonríe taimado y complacido. Cuando Haven y George pasan de largo ellos salen de su escondrijo y se marchan de las galerías.

El domingo Sebastian se encontraba por el centro de la ciudad dando un paseo; hacía un día demasiado bueno como para gastarlo encerrado entre cuatro paredes y hoy no le apetecía montar a caballo, además de que era una oportunidad perfecta para curiosear algunos rumores de capital. Como por ejemplo ése que decía que los Reapers se habían metido en un fuego cruzado entre la Bratva y la Tríada. Al parecer las negociaciones entre Lau y Balalaika no marcharon del todo bien y ambos se empecinaron en reclamar cuanto mayor territorio mejor. A Sebastian le hubiera encantado presenciar a esos guerreros de élite confrontar a las dos mafias, a ver si esos entrenamientos brutales a los que se comentaba se sometían de verdad servían de algo.

Las campanas de una iglesia cercana redoblaron anunciando mediodía. Debía ser que el Domingo era Día del Señor por lo que había tanta gente por las calles con la mejor ropa de la semana. Claude aborrecía la palabra Dios y todo lo relacionado con ella, su gesto de disgusto al oír algo relacionado con lo divino divertía a Sebastian, que se preguntaba cómo lo haría el demonio el día que él se casase con Haven para permanecer cerca. Tan metido estaba en esos pensamientos que no se dio cuenta de que el demonio le llamaba con tono de advertencia. De repente se chocó contra alguien que venía de frente.

-¡Cuidado!—exclamaron a la vez. Sebastian fue a reclamar de nuevo, pero se encontró con unos ojos pétreos que ya conocía.—Diedrich.—dijo a modo de saludo. El aludido antes de devolverle el saludo de la misma manera entrecerró los ojos, afilando incluso más su mirada fría. Estaba visto que el desplante no le había sentado nada bien.

-Tenemos una conversación pendiente.

-Sí, ya lo sé.

Diedrich pasó por su lado y torció en la siguiente bocacalle. Sebastian suspiró fastidiado y de una mirada le indicó a Claude que se quedase ahí quieto y lo esperara. Por la expresión que puso el demonio no parecía conforme con esa orden pero obedeció.

La pequeña callejuela estaba bastante oscura y no sería problema que alguien les viera ni oyera. Amén de que Claude prevendría a cualquiera de acercarse. Diedrich lo esperaba de brazos cruzados apoyado contra la pared.

-Me debes un par de explicaciones.—dijo sin más, Sebastian abrió mucho los ojos.

-¿Yo a ti, desde cuándo?

-¿Qué ha sido de ese tiempo cuando buscabas agradarme y no todo lo contrario?—rebate sin prestarle mucha atención, alzando la cabeza la menea de un lado a otro—No me gusta que jueguen conmigo que es justo lo que estás haciendo tú ahora mismo.

-Diedrich si es una reprimenda...

-¿Ahórratela? Ya te conozco lo suficiente como para saber que eres muy orgulloso Sebastian, pero no por ello dejo yo de serlo menos. En eso creo que estamos empatados.

-No me has dejado terminar.

-¿Ah no? ¿Para qué? Sabría lo que ibas a decirme.

-¿Seguro?—dijo Sebastian con un tono de voz a medio camino del susurro acortando distancias con el otro, hasta quedarse frente a frente. Diedrich no descruza los brazos pero lo insta a seguir con un leve movimiento de su barbilla.—He tomado una decisión respecto a lo que me dijiste.

Diedrich entreabre la boca para hablar pero Sebastian se le adelanta plantándole un beso. Corto pero con suficiente carga como para que el alemán se preste a las negociaciones.

-¿Me quieres? Me tendrás pero—interrumpe su movimiento con la conjunción adversativa—no con tanta facilidad.

-Ah, veo que ya hemos vuelto a los viejos tiempos.—el ojirrojo sonríe pícaro—Está bien. Me siento intrigado con tu propuesta y—dijo descruzando los brazos y atrayendo a Sebastian hacia sí—hasta que te cases tengo tiempo de ver cómo disfruto de tu compañía.

-¿Ansioso?

-Nunca he sido yo el que va tras alguien. Normalmente van detrás de mí aunque luego salgan huyendo.

-¿Y qué tal sienta probar un poco de la medicina propia?

-Extremadamente ácido.

Por fin un amago de sonrisa asoma en Diedrich que toma la iniciativa para besarle. Sebastian suspira internamente. Otra ficha acababa de colocarse en su tablero y tendría que ver el modo de sacarle el máximo provecho a sus movimientos. Incluso si eso significaba tener a su demonio de mal humor permanente.