|Razones para Odiarte


Razón número IX
No es en lo absoluto un caballero.

—¿Dónde mierda están todos? —volvió a gruñir, cruzándose de brazos.

Kagome rodó los ojos. Inuyasha era la persona menos romántica que conocía (eso dejando de lado que supuestamente lo odiaba). Por fin un momento a solas, tranquilidad… Casi parecía que comenzaban de nuevo con la búsqueda de los fragmentos, casi dos años atrás, cuando aún era una chica tonta de quince años y él un hanyō recién despierto de una pequeña siesta de cincuenta años.

Suspiró. Inuyasha seguía igual de animal desde entonces. Con su mal humor, su terquedad y su única manera de decir las cosas, siempre tan cariñoso. Aunque se podría decir que, con todo lo que pasaron juntos, ahora algunas de sus características estaban más pulidas.

—Arg, estamos perdiendo el tiempo —murmuró, molesto.

—Volverán en cualquier momento —interrumpió ella—. Somos humanos, Inuyasha, necesitamos un tiempo de descanso y esos dos…

Inuyasha enarcó las cejas.

—¿Esos dos…? —comenzó—. ¿Y qué con Shippō? No se atreverían a hacer nada frente al zorro.

Kagome volvió a rodar los ojos. Retiraba lo dicho, Inuyasha seguía igual de animal.

—¿En qué estás pensando? —rezongó—. Shippō está con la anciana Kaede —agregó después de ver como bufaba, sonrojado—. Con todo esto de la búsqueda de los fragmentos y la constante pelea con Naraku, Miroku y Sango apenas tienen tiempo para demostrar su afecto.

—Feh —escupió él—. Ahora vas a decir que el monje está enamorado.

Kagome se encogió de hombros. Si bien no sabía qué sentía el monje Miroku, todo parecía indicar que quería a Sango más que como una amiga. Además, había llegado a sus propias conclusiones luego de ver los celos en ambos y de algunas preguntas molestas que le había hecho al monje.

—No lo sé, pero ¿notaste que solo a una mujer no le pidió hijos, y que es justamente Sango?

Inuyasha la miró, alzando una ceja.

—Seguramente porque si le decía algo, le hubiera clavado el báculo en el…

—¡Inuyasha!

—¿Qué?, es cierto.

Kagome suspiró. Tal vez el hanyō no se equivocaba: Sango era una mujer de temperamento fuerte y no era una exterminadora cualquiera. Sí, para ella una cachetada no hubiera sido nada.

—De lo que estoy segura es de que entre esos dos hay amor.

Inuyasha la miró un momento y volvió la vista al frente, con las mejillas arremolinadas.

—Feh.

Ella lo observó fijamente, mientras él seguía con el ceño fruncido y los brazos cruzados.

—Si tantas dudas tienes, podríamos ir a ver que hacen…

—¿Espiarlos? —preguntó—. No me interesa ver qué hacen.

—Inuyasha, no ese hacen —lo reprendió—. Ya sabes, de qué hablan, qué es lo que dicen.

—Ahora vamos a ser unos metiches —refunfuñó, con el ceño fruncido. Kagome torció el gesto y él se rectificó—. Seh, seh, bueno, como quieras.

La chica sonrió y se incorporó como un resorte, tomando la mano de Inuyasha de inmediato.

—Vamos, no puedo esperar —comentó, contenta. Él estaba sorprendido, eso era todo; la seguía un poco colorado e intentando no pensar en que iban tomados de la mano.

Se obligó a regresar a la realidad, prestando atención alrededor. El cabello de Kagome ondeaba delante, ella dirigiéndolos sin saber adónde ir. Pero captó murmullos cercanos y se apuró a ordenar «Por aquí» tirando del brazo de Kagome, que alzó las cejas y lo siguió, escondiéndose con él detrás de unos arbustos.

—¿Están aquí? —murmuró, mirándolo emocionada. Inuyasha asintió levemente, instándola a guardar silencio y corrió unas ramas para poder verlos.

Miroku y Sango estaban sentados uno junto al otro, de espaldas a ellos. Se tomaban de la mano. La sacerdotisa pensó que se veían bastante acaramelados, lo que le dio ternura. Pero el problema era que Kagome no lograba escuchar de qué hablaban, no así Inuyasha: su entrenado oído captaba cada suspiro.

—¿Qué dicen? —preguntó ella, sonriendo. Inuyasha rodó los ojos y aguzó el oído.

Una vez que terminemos con todo, Sango.

Pero…

No puedo darte una familia cuando no puedo cuidar de ella. —Kagome vio por entre el ramaje como Miroku dejaba de tomar la mano de la exterminadora.

No estoy pidiendo una familia.

Sango volvió a dejar su mano sobre la del monje, que la miró atentamente.

No puedo, Sango. —Solo se escuchaba un murmullo lejano a oídos de Kagome.— No puedo condenarte.

¿Condenarme? ¿Qué tonterías estás diciendo?

Si no matamos a Naraku, la maldición terminará consumiéndome. —Inuyasha arrugó el entrecejo y miró al suelo. Kagome lo observó de reojo, esperando que contara qué ocurría.— Tienes mucho futuro por delante… Del mío no estoy tan seguro.

Su Excelencia… —Miroku pasó una mano por los hombros de Sango.

Una vez que todo termine. —Inuyasha ya no escuchó más, tomó a Kagome del brazo justo cuando ella terminaba de ver como su amiga descansaba la cabeza en el hombro del monje y la condujo lejos de allí.

Kagome lo siguió de manera silenciosa, sin lograr entender nada, sin poder decodificar la expresión de Inuyasha, preguntándose qué mierda había oído para reaccionar así. ¿Por qué estaba enojado o incómodo? ¿Habían espiado qué, exactamente?

—¿Y bien? —exigió, una vez que terminaron en algún lugar alejado. El hanyō la observó un momento, indeciso. Finalmente habló.

—Sí, tenías razón —susurró, mirando el suelo. A Kagome se le iluminó la mirada. ¡Lo sabía! Sabía que había amor entre esos dos, era imposible estar equivocada.

Y aún así…

—¿Y por qué tienes esa cara, entonces?

Estaba claro que él no iba a saltar y emocionarse tanto como ella, porque él no era de demostrar los sentimientos de esa manera; pero dudaba que el hanyō se sintiera mal o se enojara porque sus amigos se querían. Él simplemente bufaría o diría alguna burrada, pero estaría feliz... muy dentro de su coraza.

Inuyasha alzó el rostro y clavó en ella sus ojos dorados.

—Miroku no quiere estar con Sango —respondió. Kagome lo miró atónita. ¿De qué mierda hablaba? Hace un momento le había dicho que se querían, que iban a estar juntos, que había amor, ¿y ahora le decía que el monje no…?

—¿Que qué?

—No quiere estar con Sango hasta que termine la maldición de su mano —aseguró, aún con el ceño fruncido—. Cree que no puede darle un futuro seguro hasta acabar con Naraku.

Kagome bajó la cabeza. Diablos. Siempre todo empezaba y terminaba en Naraku, eso en verdad estaba empezando a fastidiarla. Ellos no podían tener una vida a menos que al estúpido de Naraku se le ocurriera aceptarlo. Todo dependía de su regalado culo.

—Miroku… —susurró, algo triste.

—El monje termina siendo un cobarde —farfulló él, ahondando aún más el fruncimiento del ceño. Algo dentro de Kagome entró en erupción.

—¿Qué estás diciendo? —berreó—. ¡Está haciendo lo que cree correcto! No quiere estar con Sango por si muere. Lo que hace el monje Miroku es de lo más tierno, no cobarde como tú dices.

—Es de lo más cobarde. —Inuyasha acentuó la palabra, mirándola fijamente.— Él puede darle todo, absolutamente todo, ¡porque de todos modos mataremos a Naraku! —exclamó. Kagome se acercó más a él, frunciendo el ceño a su nivel.

—No quiere arriesgarse. ¿Qué si empiezan a formar una familia y lo matan? —gruñó. Sentía que sus ojos refulgían y la mirada ambarina del hanyō se clavaba en ella, impertérrita—. No quiere dejarla sin futuro.

—Tendrán un futuro, Kagome —se molestó—. Ambos son humanos, puede darle un futuro.

Kagome alzó las cejas. ¿En serio lo decía? ¿Todo era por un tema de razas? ¿Otra vez ese miedo que tenía él, ese prejuicio sobre los humanos, hanyō's y yōkai's? ¿A eso se dirigía todo? No pudo preguntar nada de aquello, las palabras no salían de su boca. Sus pensamientos no estaban ordenados, estaba demasiado enojada como para soltar aquello de forma entendible. Se formó un silencio incómodo entre ellos, ininterrumpido. Ninguno corrió la mirada: él queriendo mostrarle la verdad, ella con ganas de golpearlo.

—Si no fueran humanos, ¿no? —soltó al rato—. Si no fueran humanos, ¿no tendrían futuro? ¿Eso es lo que dices?

—Exacto —contestó, molesto—. Si uno de ellos no lo es, no.

—Eso es estúpido.

—Kagome —comenzó él, casi chocándose. Ella se sonrojó, él se mantuvo sereno—, tú eres estúpida.

Ahora si estaba habilitada para golpearlo. Levantó la mano con el fin de estampársela en el rostro, pero Inuyasha tenía muchos más reflejos de los que ella siquiera imaginaba, así que detuvo la acción tomándola del brazo.

El silencio se instaló de nuevo. Lo único que lograba oír Kagome era el martillar de su corazón contra las costillas. Sentía su brazo a medio camino del rostro de Inuyasha y el agarre débil pero firme de él. No sabía dónde estaban sus piernas, ni dónde estaban ellos. Solo lo miraba, con la misma intensidad con que la miraba él. Entre enojada y expectante.

El chocolate de sus ojos se fundió en el dorado de los de él.