—"Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas"—
=10. Insignias que unen y separan=
—Un hermano puede no ser un amigo, pero un amigo, siempre será un hermano. (Demetrio de Falero)—
—Estación King Cross. Londres, Inglaterra—
Apretó con fuerza la barandilla del carrito que empujaba con todas sus pertenencias. Llevaba algo de tiempo ahí, observando. De vez en vez, la gente se detenía a mirarlo, preguntándose mentalmente si algo le sucedía, si estaba incómodo o –Merlín no lo quisiera- de qué se ocultaba, pero en lo que llevaba ahí, nadie, ni una sola mago o bruja, ni siquiera algún otro joven de su edad, se había acercado a preguntarle. Y es que a decir verdad, en realidad, no hacía nada. Solo eso. Observar. Seguro en su pequeño recoveco, aguardaba pacientemente desde su lugar, a que por el muro mágico que se encontraba a escasos metros de él, ella atravesara al andén.
A penas había llegado a la estación, se había detenido en aquel lugar, dónde tenía una vista perfecta del muro mágico; los minutos habían transcurrido con demasiada tranquilidad y su visión no había sufrido ninguna molestia, ya fueran compañeros o personas que desearan detenerse a mitad del pasillo, ningún problema en absoluto. O al menos, hasta ese momento. Por alguna extraña razón, había pensado que cómo años atrás, desde el segundo curso, en que ya eran toda una manada de salvajes magos, llegarían de uno en uno y que por algún golpe de suerte, momento del destino o irónicamente por alguna situación mágica, no llamarían tanto la atención al hacer su aparición cómo habían hecho desde el año pasado en que sus cambios físicos habían atraído más de la mitad de las miradas, ya fueran soñadoras o envidiosas. Pero claro, Merlín de nuevo no estaba de su parte, porque no solo aparecieron radiantes, sino que además, se presentaron juntos.
El primero en cruzar el muro mágico, fue sin duda James Potter, un poco más alto que el año anterior, con sus cabellos negros bien despeinados por naturaleza -¡Merlín! ¿No conocía los peines o las soluciones alisadoras?- y sus gafas de montura cuadrada bien puestas sobre el puente de la nariz, afilada y recta; su sonrisa socarrona y "galante" brillaba cuál Snitch dorada e incluso su lechuza de un tono gris opaco, metida en la jaula de radiantes barrotes plateados, imitaba su pose altanera y autosuficiente –De tal mago… tal lechuza-.
Detrás de él –por supuesto- el refinado y rebelde Sirius Black hizo su mágica aparición. El chicle mágico de James, dado que no se separaban por mucho tiempo, el perro faldero de Potter, el exiliado de los Black, como él lo llamaba en su mente. Sus cabellos negros como el carbón, habían alcanzado ya a rozarle los hombros, cayendo es cascada con una inusual gracia y elegancia y sus ojos plata, brillantes y fríos, pero espléndidamente cándidos, seguían teniendo ese brillo lujurioso y egocéntrico que no se podía retirar por voluntad. Vestía de jeans y una chaqueta negra, pero por alguna razón, no parecía un jovencito más, sino, el principito que debía ser al haber nacido en una familia acaudalada.
Con dos de ellos ya presentes, el tercero no se hizo esperar y tan pronto como Sirius hubo aparecido, llegó Remus Lupín; con sus cabellos castaños como el chocolate que tanto le gustaba y sus relucientes ojos dorados cuál oro puro; enfermizo en el semblante, pero enérgico en el andar despreocupado y liviano, inclusive, alegre; sonriendo a las personas como si no fuera un monstruo, como si se tratara de un chico débil solamente, como si no fuera más que el estudioso del grupo; tan creído como los otros dos.
Al final, cuando sus esperanzas anhelaban que el cuarto miembro del grupo arruinara la flamante aparición, estaba Peter Pettigrew. Bajito, de cara redonda y mirar inocente, de ojos oscuros y semblante tonto. Algo rechoncho para su edad, pero aun así, tan radiante y despreocupado, por estar impregnado con la presencia de los otros tres, con ese halo de elegancia, rebeldía y estilo que le quemaba las entrañas.
Como siempre, enfrascados en sus charlas y muy animados por estar de vuelta en el andén 9 ¾, los cuatro chicos pasaron frente a él sin reparar en su presencia, ni siquiera Sirius, que era el primero en advertirlo siempre, dado que era el principal incitador a que le jugaran nuevas trastadas. A penas los divisó alejándose, se preguntó el por qué no le habrían visto. — ¡Ah, claro! ¿Quién era él para merecer su tan encantadora e irresistible atención?— ¡Tampoco le importaba! No deseaba para nada una mínima de su tan aguda cortesía. No. Él solamente anhelaba ser invisible para ellos, ser un punto en el mundo que ellos nunca advirtieran. ¡Mejor aún! Que Los Merodeadores no estuvieran en Hogwarts.
Odiaba sus portes altaneros, sus sonrisas socarronas, sus miradas lujuriosas y sus presencias encantadoras, detestaba también su talento para no ser descubiertos cuando cometían alguna fechoría y sentía una especie exagerada de aberración a sus capacidades para volar sobre escobas y para ejecutar hechizos muy avanzados para ellos, incluso odiaba la manera en que pensaban que agradaban a todo el mundo. Mucho más, odiaba a Potter. James "soy lo mejor del mundo y tú no eres más que una basura insignificante" Potter. Porque el pelinegro tendía a ser el líder –y todos lo seguían-, porque era el mejor cazador de Quidditch –y todos lo alababan-, porque era bueno en las materias en que él desearía ser genial –como Defensa contra las Artes Oscuras o Encantamientos- y porque aunque fuera para retarlo, Lily Evans le prestaba mucha más atención que a él –lo miraba y lo retaba y se aseguraba de permanecer cerca del chico para intimidarlo aunque nunca lo lograra-.
Pero eso iba a cambiar. Porque ese año sería diferente, ese curso, Severus Snape, tendría más oportunidades que James-idiota-cavernícola-Potter. Aquel quinto curso, sería él, quién acompañara a Lily por las noches, quién paseara con ella por el castillo, quién riera con la pelirroja y le restregara en la cara a James, que ella lo prefería a él. Porque juntos, Slytherin y Gryffindor, amigo y amiga, realizarían las rondas para prefectos. Porque ella sería prefecta de su casa y él de la suya, porque podrían tener mucho tiempo, juntos y porque seguro, tendría una oportunidad para confesarle sus sentimientos.
Sonrió. Y justo en ese momento, su vista alcanzó a la persona que cruzaba por el muro. Su cabello rojo había crecido y estaba por llegar a la cintura, caía en cascadas ordenadas y sedosas, con aroma a Shampoo y un poco de manzana. Se había alargado y se había desarrollado un poco más, seguramente habría tenido que comprar un nuevo uniforme para ese curso. La había visto mucho en el verano, pero eso no quería decir que dejara de impresionarlo, cada que la veía. Por un momento, antes de que ella reparara en él, se sintió cohibido. Sus ropas estaban desgastadas y su cabello no resultaba nada atractivo. Ciertamente no tenía el porte orgulloso y vanidoso de Potter; ni la elegancia y desmesurada despreocupación de Black; mucho menos la presencia noble y el aura de armonía de Lupín y carecía incluso del ánimo alegre de Pettigrew. Pero entonces, ella lo miró y nada de eso le importó, porque Lily lo veía y sonreía, porque le tomaba la mano e incluso lo abrazaba para felicitarlo. Porque Lily lo quería sin importar nada. Estaba a nada de estar frente a Lily, que empujaba su carrito, ansiosa de cruzarse con él, cuando alguien más se atravesó en su campo de visión.
Había pasado un tiempo desde que lo viera, claro, porque aquella persona ya se había graduado de Hogwarts y su vida había continuado fuera del castillo. Le alegraba que estuviera ahí, aunque no justo en ese momento, puesto que Lily, se había alejado al verle. Había crecido mucho, sus cabellos rubios y un tanto platinados, estaban en perfecto orden y caían en picada sobre su espalda; elegantes y radiantes. Su costosa túnica negra relucía de lo elegante y no cabía la menor duda de que poseía el porte y el garbo de un hombre importante. Lucius Malfoy.
—Severus, me alegra encontrarte— le dijo el rubio.
—A mí también, Lucius, pero… ¿qué haces aquí? Tú ya no vas al colegio— le respondió en una amable mueca.
—En efecto, estoy en otros asuntos, pero… bueno, me he enterado por una charla entre mi padre y el padre de Avery, que has sido elegido prefecto de Hogwarts. La verdad, siento que no me lo hayas hecho saber tú mismo, ni siquiera por una breve carta, pero no he perdido las ganas y la oportunidad de venir y felicitarte. Debes saber que es un honor representar a la casa de Slytherin y que por supuesto, es un privilegio que tienes que llevar con la cabeza en alto. Te conocí durante tu primer año en el colegio y he llegado a cogerte cariño, por así decirlo, por tanto, me siento en la obligación de felicitarte, alentarte y advertirte— le dijo Lucius con una sonrisa amable y una mirada penetrante. Severus tragó saliva.
—A… ¿advertirme?— preguntó dudoso.
—Así es. Debes saber que para la casa de Slytherin, noble portadora de la sangre limpia desde el comienzo del colegio, le es imperioso mantener su estatus y su pureza. Tú, amigo mío que pese a la sangre mestiza que corre por tus venas, consideras a Slytherin como tu verdadero hogar y el lugar donde tu vida tomará un rumbo, mereces la insignia que se te ha otorgado y estás obligado a conservarla limpia. Esto, te lo digo por la amistad con la sangre sucia que no sé si has seguido manteniendo… De ante mano te digo, mi querido Severus, que Lily Evans, no es una buena compañía, es una mala enfermedad, una mancha en tu insignia. Te cuidado, por favor. El tren está por partir, deberías subir. Y de nuevo, felicidades— Severus sonrió, asintió con la cabeza y se marchó rumbo al tren. Las palabras de su amigo le habían calado. ¿Lily una mala compañía? ¿Una mancha? Antes de subir al tren miró donde Lily se había marchado, pero ni ella ni los Merodeadores andaban por ahí, seguramente ya habían subido al tren y con un suspiro, subió el también.
Cuando los padres que habían acudido a dejar a sus hijos y la estructura vieja de la plataforma 9 ¾ comenzó a quedar atrás, los Prefectos se enfundaron en sus uniformes escolares y se dirigieron a sus vagones asignados, donde recibirían ordenes de parte de los Premios Anuales para conocer las actividades que estarían realizando durante el curso. Remus, animado por sus amigos, salió del vagón que habían elegido, enfundado en su uniforme y luciendo la insignia de prefecto, escarlata y dorada que le habían hecho llegar, con total orgullo y alegría. En el camino, se cruzó con Lily Evans quién cómo bien había predicho James, también sería prefecta. Con una sonrisa amable y charlando acerca del verano, ambos se dirigieron al vagón correspondiente, pero Remus, mantenía un solo pensamiento en mente: "Habla bien de mí, Lunático. Este año tengo que conseguir mi cita con la pelirroja" y por supuesto, la vocecita en su cabeza, pertenecía a James.
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Finalmente el último niño fue seleccionado. A penas se hubo posado sobre su cabeza el antiguo y gastado sombrero seleccionador, espetó un rotundo "Ravenclaw" enviándolo así, a la que sería su casa durante 7 años. Desde su asiento, en la mesa de Gryffindor, Lily observó a cada alumno nuevo dirigirse al sombrero y luego a sus respectivas mesas. Muchos de ellos habían sido elegidos para Gryffindor y ella como buena compañera les había dado la bienvenida. A su lado, el otro chico que compartía puesto con ella, como prefecto, también los había felicitado, Remus Lupín era sin duda un buen chico. Un buen amigo. Lo único malo, cómo no, era la presencia molesta del pelinegro de ojos avellana que no dejaba de observarla desde su lugar, frente a ella. ¿Pero quién había dejado que James Potter se sentara ahí? ¿Frente a frente? ¿Cerca de ella?
Desde el día en que James había abordado a Lily en la biblioteca de la escuela para pedirle que saliera con él, el chico no había cesado en sus intentos, siempre recibiendo un rotundo NO, de parte de ella. ¡Pero qué se creía! James Potter ni por asomo podría ser una buena compañía. No era más, que un tonto niño talentoso mimado, ególatra y de cara bonita.
—¡Bienvenidos todos!— exclamó Dumbledore, sacándola de sus cavilaciones personales— Me gustaría mucho dar un largo discurso sobre los nuevos sabores de las grajeas de todos los sabores, pero en verdad, creo que eso solo nos daría mucha más hambre. Dejando mi muy interesante charla para después ¡que comience el banquete!— y dicho eso, el increíble banquete que en el colegio siempre era obligatorio, apareció sobre las cuatro mesas de las diferentes casas. Como todos los alumnos, Lily comenzó a comer, aunque era extraño comer a gusto, dadas las extrañas miradas que James le lanzaba. A su lado, las charlas se volvieron fluidas y por fin James, le quito la vista de encima. —Sirius Black, bendito— pensó con ironía, dado que había sido el pelinegro el que llamara la atención de Potter. Lily se dedicó entonces a comer, aunque no pudo evitar, escuchar la conversación que mantenía empapados a los Merodeadores. Problemas, como no.
—Cornamenta, creo que esta semana, podríamos abrir el año, con una poción de hipo en el jugo de calabaza de Quejicus— comenzó a decir el oji gris, acabando con el ánimo de Lily. Por un momento los ojos verdes de la chica se posaron en James, esperando que quizás y solo quizás, él se negara a embrujar a su mejor amigo. Después de todo ¿por qué si quería salir con ella, molestaba al que era su mejor amigo? ¿O es que ese año aquel capricho de una cita había terminado? James pareció notar su mirada porque se fijó en ella y le sonrió. Por un momento, la esperanza se volvió más grande aún para Lily, que esperaba no tener que cuidar de Severus y las travesuras de sus compañeros, pero pronto, toda ilusión, fue exterminada.
—Yo estaba pensando en una poción de amor, sería divertido ver a Quejicus declararse bajo el efecto de la poción— respondió James, Sirius estalló en risas, Peter intervino.
—Pero James a Quejicus…— Remus le dio un codazo para hacerlo callar consiente de que la información que escaparía de sus labios no depararía nada bueno. James siguió sonriendo de oreja a oreja ante aquella oración inconclusa y finalmente dejó de mirar a Lily.
—Haremos que se enamore de ¿McGonagall? ¿O que dicen de la Señora Norris?— siguió explicando James— Lunático ¿las pociones de amor, pueden hacer eso no? Ciertamente, nunca he trabajado con una de esas…— Remus sonrió levemente y respondió.
—Sí, pueden hacerlo. Pero… bueno… son algo difícil de hacer. Las pociones de amor son demasiado fuertes y tardías, llevaría…—
—Remus John Lupín— Lily habló firme y dura, el castaño a su lado se sorprendió por tal reacción, James la miró fijamente y sonrió. Sirius rodó los ojos por tal intervención— Debo recordarte, que ahora eres un prefecto, no puedes estar participando en bromas infantiles como esa. Además de todo, está mal verte pociones así de fuertes en los jugos de los alumnos— sus palabras podrían ser para Remus, pero sus ojos miraban a James, enfureciéndose un poco más con la sonrisa que este mostraba—¿De qué te ríes, Potter?— inquirió fastidiada.
—Este verano te ha sentado bien, luces hermosa— respondió James sin dudar, Lily muy a su pesar, se sonrojó— Ahora bien. ¿Qué tiene que Remus sea prefecto? Es más un Merodeador que un prefecto y eso se lo ha ganado. ¿Bromas infantiles? Ya escuchaste, hacer una poción de amor, es complicado, un infante no podría— acotó alegre, Sirius asintió enérgicamente.
—Puede que sea complicado, pero ya he dicho que está mal. No me importaría restarles puntos ahora, por embrujar a un estudiante— le amenazó la pelirroja.
—Pero si somos de la misma casa…— susurró Peter, lo suficientemente alto, cómo para que Lily lo escuchara.
—Bueno… hace un rato nos dijeron que no importa eso, si alguien rompe las normas, como prefectos, estamos moralmente obligados a juzgarlos y si es necesario, restar punto a la casa. Aunque sea la nuestra propia— explicó Remus, cohibido; Sirius dio un salto en su lugar.
—Pero… pero… ¿eso quiere decir que…? Remus… nosotros…— comenzó a balbucear. James rió y habló.
—Mejor que discutamos eso en el dormitorio, merodeadores— Lily lo miró, James no dejaba de sonreír. Resignada a que los Merodeadores harían de las suyas de una manera u otra y prometiéndose mentalmente que ese año les pondría un alto, Lily volvió a concentrarse en su comida, tratando de ignorar las risas estridentes de Sirius o los comentarios tontos de Peter. Más que nada, las miradas dulces que James le dedicaba. Pasado un rato, la charla que tanto se había esforzado en ignorar llamó su atención, cuando de repente, las bromas cesaron y las risas fueron remplazadas por muecas de molestia, incomodidad y repugnancia.
—Mamá piensa que es mejor cancelar la suscripción a "El Profeta", aunque mi padre asegura que es buena idea permanecer informados— dijo Remus, casi en un susurro.
—Ni que lo digas, Walburga ha estado celebrando todo lo que hay escrito. Según mi adorada prima, Bella, las cosas marchan según el destino de los magos. Nadie nota que son asesinatos y torturas a gente inocente excepto el exiliado— refunfuñó Sirius.
—Es horrible. ¿Supieron de esa bruja que trabajaba en el Ministerio? La atacaron solo porque era una sa…— Peter se calló a media oración, como si de repente se hubiera acordado de no decir algo sumamente asqueroso. Su mero semblante, les expresó a sus amigos lo tonto que se sentía por haber estado a punto de decirlo. La mirada de James, no la buscó siquiera, Peter era consciente de lo mucho que el joven Potter aborrecía aquellos apelativos. Y más aún, cuando Lily Evans estaba frente a él.
—Una hija de muggles asesinada por…—las palabras de Sirius, se perdieron, cuando Lily alzó la mirada, consciente de lo que los chicos no habían dicho, por ser ella la muestra física. James Potter ni siquiera la miraba, tenía los ojos clavados en su filete, como si este fuera lo más interesante del mundo y sus manos apretaban fuertemente la copa de jugo de calabaza y el tenedor. "Claro, seguro ahora si se acuerda que su capricho no es una sangre limpia como él…" pensó la pelirroja con amargura.
—Dilo Black, no me interesa como me llamen, conozco el término y me da igual. Sangre…— el tenedor de James terminó de golpe arrojado en la mesa, sus ojos viajaron directamente a Lily y por primera vez, desde que lo conociera, la pelirroja se sintió intimidada. En aquellos orbes avellana no había más que asco, ira contenida. ¿Contra ella?
—Sirius dijo lo que era, una hija de familia muggle. Una bruja con raíces no mágicas. Eso es todo Lily— sentenció Potter. Lily abrió la boca para hablar pero la mirada penetrante de James no se lo permitía. Remus, comentó algo que no alcanzó a escuchar y solo entonces, la mirada de James volvió a su filete y su semblante se tornó sombrío.
—Me parece estúpido— anotó James al cabo de un rato, sin mirar a Lily— Atacar así a alguien que vive entre muggles, despreciarlos así… lo único que esos tontos magos "puristas" logran es que los estúpidos de Slytherin vengan aquí a sentirse como dioses— se quejó con asco— Atesoran su pureza pero por dentro están completamente podridos— sus palabras estaban cargadas de odio y por un momento, ninguno de sus amigos supo que decir. Lily lo miró un poco, había tratado de dejar en claro que Sangre sucia ya no era un adjetivo que le ofendiera, porque muchas veces la habían llamado así, pero James la había interrumpido, el adjetivo no había logrado salir de sus labios y por un momento, no pudo odiar a James. Acaso James Potter, el único heredero de la fortuna familiar, mago de la cabeza a los pies ¿no apoyaba las causas por la sangre limpia? ¿Qué sentía James respecto a la situación? Lily no llegó a respondérselo.
Dumbledore se puso de pie, al parecer, el discurso iba a comenzar, pronto sería hora de guiar a los alumnos a sus dormitorios. Quizás, podría ver a Severus, quizás podría advertirle que revisara el jugo de calabaza que bebía y decirle, que algunas veces, aunque fueran pocas, James Potter, no actuaba como un imbécil.
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—Dos semanas después…—
El trimestre había comenzado con el pie derecho para casi todos los estudiantes. Lily había —como siempre— cautivado a sus profesores por el estudio y dedicación que destinaba a su educación; en las primeras dos semanas de clases, la pelirroja había impresionado a su nuevo profesor de Defensa Contra la Artes Oscuras, cuando respondió a las preguntas que surgieron. Slughorn y McGonagall, como siempre, habían quedado bastante complacidos con el desempeño de Lily que agregaba a sus actividades como prefecta.
Contrario a la pelirroja, si comenzar el año con el pie derecho resultaba en encantar a dos Slytherin para que bailaran por todo el comedor, entonces para los Merodeadores, las cosas también habían comenzado bien. A su manera, los cuatro chicos se habían encargado de deslindar a Remus el prefecto de toda actuación dentro de la broma. Y en solo dos semanas, Sirius Black y James Potter habían comenzado con una nueva actitud que impacto a más del 90% de la población femenina en Hogwarts. Sirius con sus coqueteos, con sus miradas seductoras, James con su encanto, con sus risas y las señoritas habían comenzado a seguirlos, aunque al final, ninguno les prestara atención. A decir verdad, ninguno de los dos era plenamente consciente del efecto que ejercían sobre las chicas de Hogwarts, primeramente porque Sirius tenía una nueva misiva: encantar el Mapa del Merodeador para que este estuviera completamente listo. Y porque James se encontraba plenamente enfrascado en conseguir una sola cita con Lily Evans.
Severus Snape, sin embargo había considerado que su quinto curso en el colegio de magia, había resultado a medias bueno y a medias terrible. Bueno porque había podido ver a Lily en todas las rondas de prefectos que habían tenido. Bueno porque Slughorn les había pedido un nuevo libro de Pociones que si bien no estaba correcto en la mayoría de las recetas, le brindaba la oportunidad de perfeccionarlas a su modo. Aquel libro había encantado al Slytherin que esperaba tener un tiempo libre para mostrárselo a su pelirroja, ya corregido. Terrible porque Lily no era la única prefecta de Gryffindor, su compañero era Lupín y al parecer se estaba ganando por completo la amistad de la pelirroja. Terrible porque Potter y Black, habían comenzado a llamar demás la atención. Terrible porque su casa le impedía acercarse a Lily como el querría hacerlo.
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Esa noche, el dormitorio al que ya estaban acostumbrados, los había recibido en perfectas condiciones. Limpio, ordenado y sin pizca de sus desastres; pero apenas habían transcurrido los 5 primeros días de clases; el lugar, había terminado siendo un completo desastre. Entre ropas sucias, una escoba de Quidditch, pequeños artilugios, tinteros, plumas, golosinas y varios libros, los cuatro Merodeadores habían vuelto de su dormitorio un campo minado. Durante la semana, Remus en su papel de chico ordenado, les había exigido a Sirius, Peter y James que mantuvieran el dormitorio en orden, al menos una vez; pero esa noche, antes de ir a realizar la ronda que le tocaba, junto a Lily, el desorden no le importaba, los calcetines sobre las mesitas de noche le daban igual y que uno de los calzoncillos de Sirius estuviera justo frente al cesto, tirado y exhibido tampoco le parecía relevante.
En esos momentos, lo verdaderamente relevante, era lo que en medio del círculo que habían formado estaban haciendo. Justo en medio de la habitación, sentados en círculo y con sus varitas en mano, los cuatro miraban con éxtasis el pergamino que mantenían en el suelo. Aquella última semana, la habían dedicado a terminar y perfeccionar el Mapa del Merodeador; cada uno había diseñado, mejorado y colocado sobre el pergamino un hechizo de seguridad para proteger su más grande creación.
Peter, se había encargado de la presentación del mapa, encantando la tinta para que apareciera y desapareciera cuando ellos lo conjuraran. Remus había colocado un hechizo de seguridad para abrir el Mapa y que aseguraba que ninguna varita que no fuera la de ellos cuatro, pudiera revelar los secretos de su gran creación. Sirius había modificado un hechizo de rastreo para que el Mapa mostrara la posición exacta de cada estudiante, fantasma, elfo y profesor dentro de los terrenos del castillo, sin importar donde se encontrara. Para esos momentos, el único que faltaba por agregar su participación personal, era James. El pelinegro, había diseñado como Remus un hechizo de seguridad, pero que contrario al primero, funcionaba solo para cerrar y desaparecer los secretos del pergamino.
—Bueno, pues aquí está mi hechizo. Lo pensé gracias a Remus…— comenzó a decir James mirando a su amigo con una radiante sonrisa— Realizaste una promesa al abrir este pergamino… la misma promesa que yo te hice durante el segundo curso, cuando descubrimos tu secreto— le recordó. Remus asintió con una sonrisa en los labios, consciente de que aunque quizás aquel detalle había pasado desapercibido para Sirius y Peter, para James, tenía un gran significado— Bueno… pues yo quiero hacer una nueva promesa. Como este Mapa lo creamos especialmente para poder conducirnos por el castillo en las noches de Luna Llena, aunque eso no quiera decir que serán las únicas ocasiones en que le utilicemos, quiero que al cerrarlo, podamos hacerlo cuando la noche termine, cuando hayamos hecho cuanto quisimos y cuanto pudimos, porque solo con ustedes tres haría esta promesa… ¡Travesura Realizada!— y apuntando con su varita, James encantó finalmente el Mapa, haciendo que este quedara en blanco, como si nunca hubiera habido tinta sobre él.
Sirius, Peter y Remus celebraron entonces. El Mapa del Merodeador, finalmente estaba listo. Su más grande creación, había quedado terminada. En medio de ellos, con una promesa fiel, con los hechizos más avanzados para chicos de tan solo 15 años y con el pacto de unificar mucho más su amistad, el pergamino que habían utilizado pasaría a formar, una de sus más grandes armas. ¿Por qué… que otra cosa podían ser todas esas cosas en manos de los Merodeadores? Una capa de invisibilidad, un Mapa que mostraba la ubicación exacta, un ingenio inconmensurable y las ganas de divertirse. Sin contar el nuevo truco, que quizás esa Luna Llena lograrían poner en práctica:
—Bien, ahora debemos guardarlo. Este Mapa lo inauguraremos dentro de dos semanas, cuando la Luna Llena este en el cielo. Nuestra primera noche como animagos…— aseguró Sirius, mientras aquel brillo travieso que adquirían sus ojos al tener planes exitosos en sus travesuras; aparecía refulgente. Con un asentimiento de cabeza, Peter guardó el Mapa en el baúl de James, hasta el fondo, envuelto en una camiseta roja, con el escudo de Gryffindor. Acto seguido, Remus se puso de pie y se acomodó el cuello de la camisa, tomó su corbata de la cama y se preparó para salir rumbo a su ronda nocturna. Tal vez fuera un Merodeador, pero había pactado con sus amigos tratar de sobrellevar la carga de prefecto, al menos hasta los límites de aquella habitación. Porque en ese lugar, donde antaño se habían unido como amigos, donde dormían, reían y planeaban sus mejores bromas, no había reglas. Solo una: ¡Sé un merodeador!
—Me tengo que ir chicos— anunció con una sonrisa—Háganme un favor y terminen los deberes de Ciencias Muggles. No me gustaría no haberlos terminado por la ronda— les pidió. Sirius asintió con la cabeza y trepó en su cama, en la búsqueda de su libro: "Muggles: Costumbres y Rarezas", anunciando así su disponibilidad para realizar los deberes. Lo último que Remus escuchó al cerrar la puerta, fue la alegre voz de James, que una vez más le advertía:
—¡No coquetees con mi Lily, Lunático!—
Escaleras abajo, en la sala común, ya casi vacía y solo ocupada por algunos chiquillos de segundo que no habían terminado los deberes; Lily le esperaba en uno de los sofás, repasando la lección de Pociones que esa tarde habían tenido con el profesor Slughorn. Elaboración de Pociones Avanzadas resultaba un libro interesante, pero por alguna razón, solo a Severus le había quedado a la perfección la poción de aquella tarde.
— ¿Estudiando?— le preguntó Remus en una sonrisa, al acercarse a ella. Lily alzó la mirada y correspondió a la sonrisa, al tiempo que cerraba el libro.
—Un poco. Me gusta Pociones, trato de encontrar algo interesante— respondió— ¿Vamos?
—Vamos. A mí casi no me gusta Pociones— le dijo el chico al salir por el hueco del retrato— Creo que prefiero Defensa—
—Eres muy bueno. A decir verdad y no se los vayas a decir, tú y tus amigos, son buenos en casi todas las materias— le espetó, emprendiendo el viaje por los terrenos que pertenecían a Gryffindor y dirigiéndose a las mazmorras.
—Bueno, James y Sirius son pésimos en Pociones y Peter es algo hueco en Transformaciones, de todas formas, creo que podemos dominarlo todo, por el apoyo que nos brindamos. Quiero decir que en las materias en que no somos demasiado buenos, tratamos de apoyarnos…— le explicó. Por alguna extraña razón, a Remus le parecía importante que Lily supiera a ciencia cierta cómo eran él y los Merodeadores, lejos de las bromas y las actitudes orgullosas de James y Sirius.
—Apoyarse no es hacerlo por el otro. No me dirás, que no es lo que haces. ¿Cuántas veces hacen ellos mismos los deberes?— refutó Lily sin mirarle.
—Aunque no me lo creas, Sirius está terminando los deberes de Ciencias por mí… Te repito Lily, que no quiero que te formes una mala impresión de ellos. Sé cómo son, pero tampoco son malas personas— Lily sonrió y entonces, un recuerdo llegó a su memoria.
—Remus… ¿por qué Potter no lo dice? Quiero decir, él es sangre limpia, por qué…— comenzó a decir, Remus se detuvo y la miró, sonreía, pero el ambiente era serio.
—A James no le importa— le interrumpió el castaño con una sonrisa— Lo conozco desde el primer curso y desde entonces, James nunca ha prestado atención a los calificativos que se llegan a generar. Sus padres lo educaron así… Tal vez pienses que por ser hijo único, heredero de una gran fortuna y sangre pura desde hace más de 20 generaciones, James podría ser uno de los tantos que se unen a las causas puristas, la verdad es que no es así. Dorea y Charlus Potter conviven como iguales con muggles y han heredado a su hijo la curiosidad que todo mago siente por los que no poseen magia. No se ha ensañado con los de Slytherin por su sangre ni con ningún otro alumno, Sirius y James, embroman porque les parece divertido, porque Slytherin se jacta de molestar a demasiados alumnos… No sé si lo sepas, pero le gustas a James… quiero decir, de verdad… Y soy fiel creyente de que una de las razones por las que llamaste su atención, es precisamente por tus raíces no mágicas— le explicó con una sonrisa. Lily siguió caminado con tranquilidad, digiriendo todo lo que había escuchado.
Justo entonces, se dio cuenta de que en realidad, ni James, ni Sirius, ni ninguno de los Merodeadores, había actuado como lo habían hecho los de Slytherin. Pese a que Potter y Black eran magos hasta la punta de los cabellos, ninguno había presumido de su sangre ni humillado a otros por ese hecho. Tal vez, no le gustaba en lo mínimo que se la pasaran embromando a cualquiera que no pudiera defenderse de ellos, pero sin duda todas esas bromas, eran inocentes ante lo que un Slytherin podía llegar a hacer. Por un instante, recordó lo que había sucedido un año atrás, con Mary McDonald, su amiga, su compañera, una sangre sucia. La manera en que Mary había relatado como fue atacada y como dos Gryffindor la habían rescatado, tenía que hacer que Lily se diera cuenta de que lo único malo de los Merodeadores, era en realidad, su gran inmadurez.
Sonrió.
—Entonces… yo resuelvo todas sus dudas sobre muggles…
—Y las acrecentáis— le recordó Remus riendo— Dime algo Lily… De verdad… ¿Odias a James? A James, a Potter, no al Merodeador. A James, sin más—
—Claro que no— aseguró ella con una dulce sonrisa— No podría odiarlo, no me ha hecho nada malo. Simplemente me exaspera; no es nada cordial, discreto o ligeramente sobrio, es demasiado revoltoso, demasiado tonto, canaliza todo su talento como mago para bromear, no está dispuesto a madurar… y se ensaña con Severus más de la cuenta. Pero solo me exaspera. No lo odio. Claro que no. Ni siquiera odio a Sirius. Solamente, también tengo la certeza de que soy un capricho para el grandioso Potter… cuando se le pase, seré botada. Y perdóname Remus, pero no tengo calidad de escoba…— Justo entonces, doblaron por el pasillo con rumbo a las mazmorras y en su camino, se cruzaron con Severus y su compañera prefecta, una tal Parkinson.
—Hey, hola Sev…— saludó Lily con una radiante sonrisa. El Slytherin la miró de soslayo antes de desviar la vista a Remus que se limitó a mover la cabeza en señal de saludo. La cortesía hablaba bien de un mago, pero aunque se tratara de prefectos, no podía serle desleal a sus amigos, había una línea invisible que no podía cruzar (la cual incluía su más grande secreto en conocimiento de Severus) y que la mirada desdeñosa del chico no le invitaba a dar un paso al frente.
—Hola…— comenzó a saludar Severus, pero su compañera lo tomó del brazo, jalándolo lejos de los Gryffindor. Lily se quedó ahí, petrificada por aquella actitud; herida. Remus, trató de rescatar la conversación, charlando sobre el partido de Quidditch que se jugaría una semana después enfrentando a Hufflepuff contra Slytherin. Lejos de aquel camino, Severus detuvo a su compañera exigiendo una buena explicación para haber tenido tal actitud, Parkinson se limitó a responder:
—No deberías hacer amistad con una sangre sucia, Severus— el pelinegro no respondió, simplemente siguió caminando. En el fondo, comenzaba a preguntarse, si ser amigo de Lily, estaba mal. Dándose cuenta que a pesar de ser prefectos, las insignias que mostraban no los hacían más cercanos, sino que los alejaban más.
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—Dos semanas después…—
La media noche estaba cerca. Las rondas para los prefectos se habían organizado de modo tal que Remus se pudiera ausentar durante su transformación, excusándose con su compañera de haber cogido una grave gripe siendo el portavoz de la noticia el mismísimo Peter. El cielo se había coloreado de azul y la luna estaba a nada de abandonar su escondite y dejarse apreciar. Durante la jornada, las actividades se habían realizado con normalidad, a excepción clara de que aquella tarde, el joven Lupín no asistió a ninguna. Siendo cuidado como cada transformación, por la dulce Madame Pomfrey, aunque extrañamente, aquella noche, no era tan mala como las anteriores.
Durante su infancia, con solo once años de edad, Remus había visitado la enfermería doblándose de dolor, llorando de la pena y sufriendo incluso en su forma animal los estragos de ser un solo solitario. La noche que había controlado aquellos ataques al menos un poco, había sido la primera en que los Merodeadores se hubieran enterado de su problema. Y cada noche de Luna Llena posterior había resultado aunque más sencilla, igual de dolorosa. Excepto aquella. Por primera vez, los espasmos de dolor eran pocos y el único síntoma que era notorio, resultaban ser las perladas gotas de sudor que empapaban su cuerpo. Nada que no pudiera controlar. Una primera transformación tranquila y no tan solitaria. Porque pese a su semblante enfermizo y el hecho de que estaba muy seguro de que cuando se pusiera de pie, las piernas le temblarían inevitablemente, Lupín se sentía tranquilo. En esos momentos, en los dormitorios de Gryffindor, planteando una coartada para que Lily no los buscara por todo el castillo, los Merodeadores se preparaban, capa en mano, Mapa en los bolsillos y varitas listas para salir en pos del camino al sauce boxeador.
—Vamos, vamos, vamos— les urgió Sirius. James y Peter asintieron con la cabeza antes de abrocharse bien los suéteres. James, tomó el Mapa de la cama y sonrió. Finalmente, había llegado el momento.
—Hazlo James— le instó Peter, emocionado. Sirius observaba a su mejor amigo con ansías, cuando este, alzó su varita y apuntó al Mapa:
—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas…— dijo y en el pergamino la tinta negra comenzó a esparcirse. Una bonita portada les dio la bienvenida a su más grande creación y entonces, el símbolo de su más grande creación apareció ante sus ojos:
—"Los señores
Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta
Se honran en presentar
El Mapa del Merodeador"—
—Es increíble— alucinó Peter
—Es obra nuestra, ¿qué esperabas?— le dijo James en una sonrisa y momentos después, abandonaron el dormitorio. Según el Mapa la sala común estaba vacía, por lo que podrían abrir el retrato de la Dama Gorda sin problemas. Lily, se había encamino hacia la torre de Astronomía para su ronda, lejos del camino a la enfermería o de salida del castillo. Por ningún lado se miraba a Severus, así que no repararon mucho en buscarlo y continuaron, por pasillos y escaleras hasta su destino. Antes de llegar a la enfermería, Filch apareció en el Mapa, caminando directamente hacia ellos, así que siendo lo más cautelosos posible, los tres chicos se apresuraron a esfumarse de aquel lugar, por si la señora Norris también aparecía, de improviso.
Cuando llegaron a la enfermería, se sorprendieron de ver que Remus ya los estaba esperando, Madame Pomfrey no estaba así que pudieron charlar un poco para matar el poco tiempo que les quedaba antes de que tuvieran que salir del castillo. Era tarde ya, así que Remus confiaba en que no tendría que cruzarse con nadie indeseable en su camino de salida, pero con el Mapa del Merodeador en su poder, las cosas resultaban mucho más sencillas que de costumbre. Comieron un par de ranas de chocolate para infundir ánimos y energías al hombre lobo y finalmente, Remus se puso de pie para salir des castillo, justo en el momento en que Pomfrey se acercaba a la enfermería. Cubiertos por la capa, James y los demás siguieron a su amigo, hasta las puertas del castillo, donde la enfermera dejó a Remus continuar solo. Y entonces, James cubrió a Remus con la capa, dispuesto a viajar los cuatro dentro de la calidez de la tela. Como era ya muy noche, no tenían que preocuparse de que sus pies pudieran verse, puesto que se confundirían con el pasto y dado que nadie, parecía rondar por los territorios. Acaban de llegar al sauce boxeador, cuando Remus sufrió la primera estocada de dolor previa a la conversión.
—Chicos… antes de no poder hablar, solo quiero agradecerles lo que han hecho por mí y el peligro que han corrido al practicar este tipo de magia— les dijo Remus, con la voz entrecortada, poniendo todas sus fuerzas en hablar correctamente— Por favor, no olviden que si algo sale mal y alguno no puede seguir, deben irse, no soy un peligro para un animal, pero si para un humano, jamás me perdonaría que…
—Tranquilo, esta mañana, practiqué volverme rata en un pasillo, con estudiantes a lo lejos acercándose y lo logre. Yo que soy el que más necesito practicar, por fin lo logre. Todo nos va a salir bien— le aseguró Peter en una sonrisa y la tranquilidad de Remus, reinó durante un momento antes de que la siguiente estocada se apoderara de él. Había llegado el momento, tenían que apresurarse a la casa de los gritos.
—Vamos Pete, toca el nudo del árbol, para que podamos pasar— le pidió James en un sonrisa, Peter asintió sonriente y con un leve guiño, realizó la transformación. Poco a poco, su cuerpo se fue encogiendo, mientras tomaba la posición de cuatro patas y en lugar de una apariencia humana, sus rasgos se volvieron rápidamente idénticos a los de un roedor. Las orejas se extendieron, salieron bigotes y un pelaje marrón parecido a su cabello natural. Peter corrió entonces donde el sauce, dejando a su paso el rastro de su cola de gusano en alto y pronto, cómo si una varita hubiera ejecutado algún hechizo, el sauce boxeador dejó su tradicional danza de alerta y se puso rígido. James y Sirius sujetaron a Remus, cada vez más débil y lo adentraron por el pasadizo. Apenas hubieron cruzado, Peter volvió a tocar el nudo del árbol, activando así, su vaivén amenazante. Y sin volver a transformarse, siguió a sus amigos por un camino de piedras y tierra, hasta donde el suelo, se convertía en madera y unas escaleras les daban la bienvenida. De todos los pasadizos que habían recorrido, aquel no estaba incluido, porque habían decidido que cuando lo cruzaran sería con la certeza de ser animagos, aquella noche sin embargo, había llegado el momento.
Al subir las escaleras, una estancia irregular les acogió, el suelo estaba empolvado y los pocos muebles, crujían de viejos, el viento soplaba por las rendijas de las maderas que cubrían las ventanas, carentes de cristales. Había poca luz, obviamente algo inservible para el hombre lobo que se refugiaba en aquel lugar cada mes, pero cómo aun había tiempo y eran aun humanos, Sirius, hábil con su varita, conjuro unas pequeñas luces mágicas, que no se apagarían hasta que saliera el sol.
—Cómo es la primera noche, pienso que podemos pasarla aquí en la Casa de los Gritos— escupió Sirius al guardar su varita en uno de los cajones de un mueble, donde James ya había metido la suya y la de Peter.
—¿A dónde querías ir?— le preguntó James, arqueando una ceja.
—Bueno, si somos animales, ¿por qué no ir al Bosque Prohibido?, después de todo, estaremos juntos, y nadie sabrá que somos humanos— explicó el oji gris con una sonrisa
—No suena mal… pero que sea el otro mes— anunció Remus, que se abrazaba a sí mismo, al tiempo que caía de rodillas.
—Sirius, prepárate— ordenó James.
La transformación comenzó. Un fuerte grito salió de boca de Remus, que se consumía minuto a minuto en brazos del dolor. El eco del lugar, expandió el sonido hasta que llegara a los más recónditos lugares de la Casa de los Gritos, e incluso más allá. En Hogsmade, en el pasillo del sauce boxeador, por todas las cercanías, el grito que había comenzado como algo humano, se distorsionó. Un rugido animal, un sonido desgarrador… salvaje. El aullido de un lobo.
Rápidamente, Sirius y James se pusieron en guardia a la expectativa de la transformación que frente a ellos estaba ocurriendo. Mientras tanto, de rodillas en el suelo, Remus comenzaba a entrar en pánico. Podía sentir como cambiaba, como el animal que llevaba dentro comenzaba a salir a la superficie y era plenamente consciente de las personas que se encontraban frente a él. Incluso podía imaginarlo, como al otro día, despertaría en aquel lugar sin recuerdos, pero con la viva imagen de sus crímenes nocturnos. Peter, el único que seguía convertido en animal, sería el único que pudiera narrarle lo que hizo; la manera en que hirió a sus amigos en medio de su transformación. Y entonces, la Luna apareció en todo su esplendor; colando sus rayos por las rendijas que dejaban las maderas que cercaban las ventanas. Los rayos plateados se filtraron y rápidamente tocaron a Remus; de repente, sus orejas se alargaron, su columna se extendió, el cabello castaño que solía cubrir su cabeza se expandió por todo su cuerpo; al tiempo, sus brazos y piernas se alargaron, hasta que las garras surgieron. Presa entera del terror, sus ojos enfocaban a los dos chicos frente a él, que lo miraban, curiosos. En un último momento de razón humana, trató de seguir mirando a sus amigos, cuando de repente, los humanos desaparecieron.
De un rincón de la estancia, la rata marrón que había permanecido oculta apareció, chillando, mientras frente a ella, un lobo plenamente consciente, advertía lo que se hallaba con él en aquellas cuatro paredes. De un momento a otro, la habitación se hallaba ocupada por cuatro animales. Siendo su transformación más exitosa hasta el momento, James y Sirius habían efectuado el cambio justo en el último momento, deseando contemplar la conversión de su amigo, como nunca antes habían podido. Al final, Sirius había perdido altura y se había agazapado, el cabello negro que poseía, cubrió rápidamente todo su cuerpo y unos colmillos asomaron en lo que era entonces, un hocico. Cuatro patas y una figura enorme, un perro negro que más asemejaba la figura mitológica del Grim, el mágico augurio de la muerte. James al contrario, se había encogido un poco al principio, pero tan rápido como Sirius se volvió un perro enorme, la forma animaga de James también creció. Su piel se cubrió de un fino pelaje marrón y sus ojos avellana siguieron mostrando su brillo particular, pero ahora vueltos unas bolas rasgadas y delicadas, su mandíbula se extendió en un hocico grácil y su figura se volvió elegante. Su toque final, fueron las enormes astas que surgieron de su cráneo. Ahí donde antes había un chico de gafas, solo quedaba, un imponente ciervo.
Un perro, un ciervo, una rata y un lobo. Cuatro animales. Tres humanos, un hombre lobo. Cuatro amigos. Cuatro hermanos.
Una pata rasgó el suelo, dejando las marcas en la madera que lo cubría. El lobo reaccionaba a su instinto natural, sintiéndose intimidado por aquellos animales que le acompañaban y que de alguna manera, lo estaban acorralando. Su naturaleza, le urgía a dar lucha, a buscar su comida, a atacar. Las patas del perro imitaron su movimiento, y rasgaron el suelo. Sus garras marcaron la madera y su gruñido pareció incomodar al lobo. Las astas gruesas y pesadas del ciervo se inclinaron de repente, como si con aquel movimiento tratara de advertirle al lobo que no intentara nada. El lobo aulló y por respuesta el perro soltó un nuevo gruñido, esta vez, acompañado de un ladrido. El lobo, dio un paso al frente. El ciervo le imitó y tomando ventaja de la envergadura de sus astas, rozó el pecho del lobo, empujándolo hacia atrás. El perro volvió a ladrar, mientras la rata chillaba, el lobo mostró los dientes al tiempo que lanzaba un zarpazo con las filosas garras que poseía en las patas. El perro esquivó el golpe con facilidad, mientras el ciervo daba otro paso al frente, haciendo que el lobo volviera a retroceder. Entonces, el ciervo se alejó, el perro gruñó por lo bajo y cuando el lobo alzó la vista, lo que encontró fueron dos animales mirándolo fijamente. El ciervo inclinó de nuevo las astas, aunque no se acercó a él, cuando sus cuernos estuvieron tan cerca del suelo, la rata trepó por ellas, aferró su cola y entonces quedó encima de la cabeza del ciervo. El perro volvió a rasguñar el suelo y gruñó. El lobo, bajó las garras, relajó su postura. Todo cobraba sentido.
Un lobo… vive en manada.
Y ahí estaba la suya.
Su manada.
Con un leve movimiento rasgó el mismo la madera del suelo y sus garras quedaron marcadas como la pata del perro lo había hecho. La primera en hacer alguno sonido fue la rata, que chilló tan fuerte como pudo. El perro ladró con ganas, casi como si estuviera gritando de felicidad. El ciervo se unió después, con un bramido que instó al lobo a unirse a ellos. Un aullido se unió a la banda sonora, un sonido que no emanaba dolor o enfado, un aullido alejado de la soledad, lejos de la cólera… Un aullido de éxtasis.
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La noche siguiente a la Luna Llena, cuatro chicos despertaron en medio de una polvorienta estancia, ubicada en la antigua Casa de los Gritos, cansados y un poco adoloridos, pero pese a ello, los cuatro se mostraban radiantes, felices. Sirius, Peter y James, aseguraron que había sido una experiencia bastante divertida y que no habían tenido que hacer mucho por Remus, pues como lobo era realmente divertido. El aludido, se había sentido contento de notar que no había dañado a sus amigos y que por primera vez, aquellas noches que tanto lo aterraban podía ser tranquilas, divertidas. De vuelta al castillo, Remus había visitado a la señora Pomfrey por un buen remedio y luego había tenido su consentimiento para volver a su habitación.
Luego de aquello, la actitud de los Merodeadores como hermano, cambió; eran mucho más unidos, se cuidaban con mayor ímpetu e incluso llegaban a pasar mucho más tiempo, juntos. Algunas tardes, ayudaban a Peter con los deberes, jugaban un par de trastadas o practicaban Quidditch, ya que la ambición de James, era ser seleccionado capitán del equipo el año que seguiría. Sirius había comenzado a trabajar en un nuevo hechizo para engatusar a un Slytherin que se pasaba los días molestando a los alumnos de primero y Remus no se había mostrado reacio a ayudarle en la misiva. Aunque aquello no había cambiado mucho sus maneras de ser, James y Sirius habían conseguido tres castigos y una carta a sus padres en la que Walburga pidió en su respuesta a McGonagall que no escribiera si no se trataba de Regulus y en la que expuso que no le interesaba si utilizaban en Sirius lo viejos métodos de castigo (aquellos que gustaban tanto a Filch), en la respuesta de Dorea sin embargo, la profesora recibió el permiso de la señora Potter para castigar a James y a Sirius a lo muggle si era necesario y le pidió que permitiera a los chicos comunicarse con ella por alguna chimenea. En su charla, retó duramente a su hijo y a Sirius recordándoles que el talento no era para embrujar a sus compañeros, advirtió a ambos de hablar seriamente en las Navidades y retó a Sirius a no presentarse en su casa. Claramente, se notaba el cariño que le había cogido y que la orillaba a encaminarlo por el buen camino que merecía seguir, ante ello, McGonagall los dejó lavar los baños de Myrtle restando muchas otras actividades que tenía pensadas, dado que Dorea y su actitud hacia un chico que ni siquiera llevaba su sangre, la había conmovido.
Cuando Navidad llegó, Lily volvió a su hogar deseosa de charlar con sus padres, deseosa de quejarse todo lo que pudiera con ellos del infame muchacho que la perseguía por el castillo, James Potter. No había servido de nada restarle puntos o sacar su varita, James no había amedrentado en nada y seguía insistiéndole para que le aceptara una cita, pero a la par, seguía embromando a diestra y siniestra y sobre todo usando a Severus como blanco. Este último, había sufrido un gran cambio para con ella luego de las vacaciones, pues con la llegada del nuevo trimestre, Severus pasó sus vacaciones en compañía de Avery y Mulciber, quienes no perdieron oportunidad para hablarle sobre el Lord Tenebroso que luchaba a su causa por la pureza y la justicia de magos sobre muggles y en ello, reprenderle duramente por sus amistades sucias, cómo lo era Lily. Desde entonces, Severus había comenzado a ser distinto, hablado con Lily en la biblioteca y en los lugares donde llegara a verla solo, pero evitando hablarle y reír con ella cuando algún miembro de su casa estaba presente. La cabeza le olía y se sentía mal por actuar tan hipócrita, pero ciertamente, el pobre Slytherin estaba teniendo un gran dilema para elegir algún bando. Por una parte, sus amistades en su casa y sus gustos y aficiones, concordaban perfecto con las de él y lo atraían tanto como la sonrisa de Lily, por otro, su amistad con la pelirroja y su amor platónico, le impedían dejarla sin más y seguir por su lado. Pese a ello, la idea de terminar el año así y hablar mucho con Lily en el verano sobre todo aquello se había instalado en su cabeza, porque si hacía eso, Lily Evans la chica que todo lo sabía y todo lo podía, le ayudaría a encontrar una solución, sin perder ninguna de las dos cosas que quería.
Luego de la primera semana de clases, los Merodeadores volvieron a hacer de las suyas cuando embrujaron a la gata de Filch para que eructara burbujas; McGonagall había querido castigarlos pero un partido importante se acercaba para Gryffindor y no podía andar retando al cazador, en vez de eso, advirtió a Sirius y a James con convertirlos en copas de vidrio si seguían embromando, los chicos no muy seguros de que fuera un broma prefirieron dejar las cosas por la paz. Sus actitudes galantes y presuntuosas fueron en aumento conforme el partido se acercaba porque no era secreto para nadie, que Sirius tenía un gran número de fans en la casa de Ravenclaw (aunque él ni siquiera estaba en el equipo) y que la cazadora del equipo estaba colada por James. Una chica, con un apellido asiático: Chan. Aunque para ojos de todos, los cuatro chicos gozaban de una ilimitada popularidad, aquello no parecía importarles demasiado. Aunque al paso de los días, el que más se había molestado con sus actitudes era Severus; el Slytherin había comenzado a notar que Potter fanfarroneaba por los pasillos para llamar la atención de Lily y que siempre se movía como un adonis cuando estaba cerca de ella, pero consciente de que no podía acercarse demasiado a ella, su impotencia aumentó, viendo a Potter coqueteando con Lily.
—James, no quiero ser grosero, pero… ¿por qué actúas cómo tonto?— preguntó Remus con una socarrona sonrisa, uno de esos días en que los cuatro estudiaban para los TIMOS a la sombra de algún árbol cerca del lago.
—Qué dices Lunático, no actúo como tonto— reclamó James con el ceño fruncido, acto seguido sus ojos viajaron a la pelirroja que leía muy concentrada, dos o tres árboles más allá, mientras su mano se acomodaba el cabello con nervios.
—Este, punto para Lunático. Actúas como tonto Jimmy, en la hora que llevamos aquí, te has pasado la mano al menos unas 50 veces y has reído más alto de lo normal, además, no dejas de mirar a Lily…— le explicó Sirius. Al instante, un leve sonrojo apareció en mejillas de James que bajo la mano de su cabello y miró su libro. Remus, fue el primero en reír.
—Ja, ja, ja, calmado James, ya entendí. Quieres llamar su atención, pero te pones demasiado nervioso— le dijo el castaño.
—Sí bueno… es que ella ni siquiera parece reparar en mi presencia. Me estoy preguntando si tendré que acorralarla para pedirle que salga conmigo—
—Vaya y yo que pensé que era un capricho tuyo amigo, sí que andas colado por Evans— se mofó Sirius.
—¡Capricho! ¿Cómo puedes…? Bah, no importa, ella igual lo cree— aceptó James, derrotado— Pero le demostraré que no es así. Mañana hay partido de Quidditch, haré algo espectacular, o al menos eso pretendo. Y luego de los TIMOS, Lily no tendrá ni una excusa para resistirse a darme una cita— aseguró el pelinegro con una radiante sonrisa. Ninguno de sus amigos mermó su ánimo y la tarde continuó, con un James actuando como imbécil en cuanto Lily reparó en su presencia.
El día del partido, Ravenclaw VS Gryffindor, anunciaba el final de las fechas libres, dado que el mismo lunes siguiente los exámenes TIMOS darían comienzo. El partido, había sido fechado de aquella manera, en un intento de aligerar las preocupaciones y dar un descanso a los estudios interminables que los alumnos de quinto curso habían estado pasando. Cómo desde hacía años, James estaba enfundado en su uniforme de cazador, preparado para saltar al campo, con Sirius, Remus y Peter en las gradas, apoyándolo. Lily también estaba ahí, pero era claro que por el equipo, no por él y aunque eso fuera así, a él no le importaba en lo más mínimo, porque estaba seguro que un día, la guapa pelirroja pecosa de Gryffindor, sería su animadora número uno y ese día, James Potter presumiría al mundo entero que de entre todos los idiotas del mundo, él había sido el elegido por Lily Evans.
El partido estaba por terminar, él ya había logrado marcar varios puntos, los guardianes estaban jugando muy bien, además claro que la cazadora de Ravenclaw no estaba en mu mejor forma, nerviosa como sentía de jugar contra James. Justo entonces, el buscador de Gryffindor pareció encontrar la Snitch porque se dirigió como un loco hacia aquello que perseguía. Usualmente, James no veía la Snitch, porque concentraba en marcar tanto como pudiera y también en mirar a Lily mientras no había que anotar; pero aquella tarde, la vio. La vio y la siguió con la mirada, pendiente del rumbo que estaba tomando. La Snitch sobrevoló por las gradas y huyendo del buscador, rozó los cabellos rojos que Lily dejaba al viento, luego se alejó y el buscador la siguió, pero no la alcanzó. Sin saber por qué, la escoba de James se movió, siguiendo a su buscador; cuando este notó su presencia, pensó que quizás imaginaba y que la Snitch se había quedado atrás y el otro buscador la había obtenido; seguramente su cazador se acercaba para retarlo, pero James no le habló ni le dijo nada, ni siquiera le miró por un momento, pasó como un loco volando a su lado y antes de que lo notara, tenía la snitch en sus manos. La snitch que había rozado el cabello de Lily Evans. Ciertamente, James había planeado hacer algo grande para llamar la atención de Lily, pero en su mente había planeado anotar parado sobre la escoba o un aterrizaje muy peculiar, no atrapar una snitch que había rozado la melena de fuego de la chica. Aunque había sido mejor de lo que esperaba.
Aquella tarde Gryffindor ganó, Ravenclaw retó a su cazadora por enamoradiza, el buscador de Gryffindor no supo que había pasado con James y no tuvo tiempo de preguntarle, porque si el cazador ya gozaba de un club de fans, estas se volvieron locas en cuanto notaron que había sido gracias al pelinegro que el partido estaba ganado. Aquella noche, luego de cambiarse el uniforme, en su habitación y celebrando la victoria con ranas de chocolate y grajeas de todos los sabores, James explicó a sus amigos el por qué esa snitch se había convertido en algo especial para él. Remus y Peter lo escucharon atentos, mientras Sirius no perdió tiempo para burlarse de él y sus actos cursis aunque le alabo el haber ganado el partido. Cuando Remus partió rumbo a sus rondas, James se preparó para meterse bajo la capa y dejar a Sirius ayudando a Peter con los deberes de Transformaciones, mientras él se dirigía a las cocinas en busca de buenos aperitivos para merendar en su habitación.
Durante la ronda de prefectos, Remus y Lily entablaron conversación acerca de los TIMOS que estaban próximos a comenzar y de cómo cada uno se preparaba para presentarlos. Lily le comentó a Remus que había deseado practicar los Encantamientos Patronus para su TIMO de Defensa contra las Artes Oscuras, pero en clase no los habían practicado y no tenía caso que ella intentara estudiar magia tan compleja por su cuenta. Remus se abstuvo de contarle que él y los Merodeadores ya lo habían hecho, dado que una buena idea, cruzó por su cabeza. Antes de darse cuenta, estaban hablando del partido de Quidditch de esa tarde:
—Potter volvió a hacer de las suyas en el partido. Ahora nadie aclama al buscador, sino a Potter— le dijo Lily.
—Bueno, es que esa snitch es especial para James, créeme— le respondió el castaño, ahogando una risa. Era sorprendente, cómo Lily no era consciente de lo nervioso y atontado que volvía a James, porque seguramente si no hubiera sido por ella, el pelinegro no habría salido disparado en pos de una snitch dorada que nada tenía que ver con su puesto en el equipo.
—Si tú lo dices… aunque admito que jugó bien— aceptó la pelirroja— Creo que quizás podría unirme al grupo de animadoras de Potter—bromeó. Su comentario se perdió por el pasillo cuando ella y Remus doblaron en la esquina, mientras a un pasillo de distancia, al lado contrario de donde ella había ido, Severus escuchaba a última afirmación de su pelirroja. ¿Lily en el club de James? ¿Acaso… el tonto de Potter había logrado lo que tanto deseaba? Severus no siguió a Lily; se había escapado de Parkinson para charlar un poco con Lily, pero en esos momentos, ya no tenía caso. Enfadado, herido y plenamente consciente de que Lily era caso perdido, el Slytherin volvió por sus pasos en la búsqueda de Parkinson. Y si se hubiera quedado, si hubiera escuchado un poco más, habría logrado captar, el final de aquella broma:
—Dime Remus ¿crees que si me volviera parte del club de fans se caería de la escoba? Porque eso sería gracioso. Últimamente, Potter actúa más tonto de lo normal— aseguró Lily entre risas, antes de que Remus le recordara que ella no volaba y que James podía mofarse de aquello. Justo entonces pasaron frente a la oficina de Madame Hooch, sin si quiera percatarse del hechizo Muffliato que rodeaba la puerta. El encantamiento que ocultaba a James Potter, infraganti, rebuscando en los baúles, la snitch que aquella tarde había atrapado. Muy lejos de las cocinas, donde todos creían que estaba. Finalmente lo logró, sacó la snitch de su estuche y la apretó fuertemente con su mano, mientras dejaba todo en orden, mientras quitaba el hechizo y tomaba rumbo a las cocinas, bien enfundado en su capa de invisibilidad y con cierta pelotita dorada en el bolsillo, lista para brindarle suerte, cuando presentara los TIMOS.
Continuará…
NOTAS:
*Como se puede apreciar, he hecho que cada uno de los Merodeadores contribuyera al Mapa del Merodeador, dado que fue una creación de los cuatro.
*La prefecta de Slytherin no tiene nombre, aunque por su apellido, ya deducirán que es familiar de Pansy Parkinson. La he puesto a ella, porque no hay prefectos de Slytherin identificados más que Severus y Lucius.
*Bueno, admito que pensé en hacer que James robara esa snitch por otras razones, pero esta me pareció muy acertada y además romántica y es que, me encanta esa pareja, espero que les haya gustado.
*Alguien más, imagina de quién es pariente esa cazadora de Ravenclaw ¿no?
*Este capítulo ha sido editado tanto por contenido, como por errores de ortografía.
Muy bien, muy bien… ¡Hola, hola! Por favor, díganme que no me odian, no quisiera que en sus reviews aparecieran Cruciatus. Sé que no he escrito mucho en las últimas fechas, que deje botada la historia y que ahora que regreso, lo hago con un capitulo editado, en verdad, perdón. Mis razones para tardar son las mismas de siempre, escuela, escuela y falta de tiempo; además de que estaba terminando un proyecto que me ha llevado un año para otro fandom. En fin, espero que este capítulo editado les agradara y prometo que no tardare con el capítulo 11 que incluye ya, la tan nombrada escena en el lago que marco el final de la amistad de Severus, espero también que en este capítulo se aprecie mejor la actitud poco decente de James, que es nombrada en la Orden del Fénix y también, la negativa tan rotunda de Lily.
¡Saludos a todas!
GRACIAS A TODAS POR LEER:
Evagante, Dulce843, isabelchan56
Con cariño, JulietaG.28
—¡Diffindo!—
