Nota: ¡Hola~! Dudo mucho que alguien vuelva a leer, pero igualmente subo un capítulo más después de tanto tiempo (¡Dos años!). Agradezco muchísimo a quienes leyeron este fic y esperaron a que continuara (Lymairoz, eres de las principales, honey). Si soy sincera, no tengo excusas: me estanqué un poco -mucho-, me decepcioné un poco con el rumbo de y final de la serie (tenía que ser Disney...) y regresé a otro de mis fandoms-adicciones. Aun así, espero terminar esta historia.
¡Gracias por leer~!
10. Retroceso I
Lo primero que notó apenas parpadeó, fue la brillantez del lugar, el ruido y el calor. Justin estaba ubicado al costado de Alex, en una posición en la que oportunamente no podía ni espiar sus cartas. En realidad, era Alex quien ocultaba sus cartas y pateaba a su hermano cada vez que éste intentaba acercarse. En cuanto el crupier le llamó la atención a su hermana, ella liberó la sonrisa victoriosa que había estado ocultando, y bajó su mano: cuatro ases.
¿De dónde demonios sacas tan buenas cartas?
Justin se sintió extrañado. No estaba seguro de si esas palabras las había escuchado, se las había imaginado o las había recordado. Lo único que sabía era que él no las había dicho, y, sin embargo, sabía que había movido su boca y que la voz que las dijo había sido la suya.
Miró a su hermana esperando algo de sorpresa por su parte, ya que Justin Russo no decía malas palabras. Lejos de eso, Alex lo miró divertida y con una voz alegre mezclada con cierto sarcasmo.
—Me extraña, araña; que siendo mosca, no me conozcas —repitió un viejo e infantil dicho que su madre les había enseñado en su infancia y rió en voz alta. Luego alzó la mano y pidió a la moza de turno dos martinis.
Justin comenzó a entrar a un estado de estupefacción que jamás se reflejó en su rostro cuando se volvió a escuchar a sí mismo gritar que él quería doble aceituna. ¡No! ¡Él no quería nada de alcohol en este momento! ¡Sólo quería saber qué estaba pasando allí! Quería saber por qué no tenía control de su propio cuerpo, de sus propias expresiones, de sus propias palabras.
Buscó la forma de decirle a Alex que algo andaba mal consigo, pero su boca no emitía ningún sonido, sino que se arrugaba en la ansiosa espera a que su hermana finalmente desvele sus nuevas cartas. Ni siquiera podía parpadear; sus ojos se mantenían abiertos en contra de su voluntad.
Sólo era espectador de una obra en la que, irónicamente, también participaba.
Observaba a todos los jugadores dejar la apuesta inicial, al crupier repartir las cartas, a Alex levantar su carta en un ángulo sumamente agudo haciendo que sólo ella pudiera ver su carta. Volvían a apostar, volvía a repartir, volvía a mirar la carta. Sin embargo, esta vez ella no apostó. Justin le preguntó qué estaba haciendo, y ella lo calló con una mirada seria. Alex mostró su mano: escalera.
Justin festejó y la abrazó sutilmente con un brazo, mientras ella juntaba todas sus fichas victoriosas y declaraba que se quería ir de allí. Unos pasos más, y desembocaron en otro juego.
En realidad, por dentro, Justin estaba gritando, ordenándose a sí mismo que debía agarrar a su hermana y llevársela de allí hacia algún lugar donde esté más cerca del raciocinio y la sobriedad. Aunque, claro, siguiendo su propia nueva ley murpheana, nada de eso sucedió. Él tomó los dos dados rojos, ella sopló su puño para darle suerte, y él tiró los dados nuevamente hacia la mesa. Necesitaban un siete, y un siete obtuvieron. Justin apretó su puño orgulloso y ella le brindó la sonrisa más linda que había visto en su rostro cuando un dado mostró su quinta cara y el otro, la segunda.
Alex agarró nuevamente los dados, los puso en la mano derecha de él y, acercándosele más hasta rozar su brazo con sus pechos y su oído con su aliento, le susurró palabras claves.
—Vamos, Justin. Haz tu magia.
Apartando el hecho de que se estremeció suavemente mientras su piel se ponía de gallina, él apretó con fuerza los dados rojos en su mano derecha. Los tiró con fiereza y determinación. Internamente Justin intentaba comprender no sólo la situación en la que se encontraba, sino que también el juego. No se acordaba completamente cómo era, únicamente sabía que debía tirar los dados. Tampoco es que le importara mucho. Después de todo, lo interesante era que ahora su hermana chillaba y lo abrazaba, para luego chocar su copa con la suya y ambos beber todo el contenido de la copa.
Quería gritarse a sí mismo que debía parar. Ya sabía hacia dónde lo llevaría el comportamiento actual –hacia una borrachera asombrosa, una resaca insoportable y una boda incestuosa—; pero continuaba sin oportunidades de acción. Tenía una absoluta nulidad de opciones, sólo podía dejar las cosas pasar. Se sentía peor que un cuadripléjico. Miraba todo desde adentro, conciente, pero actuaba completamente falto de razón. No obstante, en este punto, cierta resignación y cierta curiosidad hicieron mella en él, y se dejó conducir por el momento.
Al menos sabría qué sucedió.
—Si sacamos un cuatro doble de nuevo…
—¡Nos vamos de compras! —completó la oración Alex, con la voz una octava más alta de lo común.
Él asintió con efervescencia y una sonrisa expandiéndose en su rostro. Ella besó la mano donde tenía atrapados a los dados para darle suerte y Justin sintió un fuerte cosquilleo en esa zona. La gente se arremolinaba alrededor para verlos ganar o romper su racha. Agitó su mano y en un movimiento apurado lanzó los dados. Salieron con lo que parecía extrema lentitud. El que primero cayó dio varias vueltas hasta finalmente decidirse en mostrar cuatros puntos blancos, y el segundo golpeó contra el borde de la mesa y también mostró la cuarta cara del dado. Un chillido de alegría escapó de los labios de Alex, que en un saltito abrazó y le plantó un beso en la mejilla. Duró menos de tres segundos, pero en esos tres segundos el cuerpo de Justin se estremeció y una oleada de calor le recorrió desde los pies hasta la cabeza con rapidez. Internamente, el Justin conciente lo atribuyó al alcohol y a la emoción de ganar, mas no pudo excusar la manera en que se agrandó su sonrisa en esos tres segundos.
Alex agarró con efervescencia las fichas que le alcanzaba el crupier junto con las que ya tenían sobre la mesa y casi corrió a ir a cambiarlas, seguida por Justin. Cuando él trató de contabilizar el dinero ganado, ella lo hizo ceder en su intento y lo condujo hacia el centro comercial del Ceaser Palace. El Justin conciente aproximó que habían ganado alrededor de siete mil dólares o más. Suspiró. Era mucho más de lo que ganaba en un mes.
El centro comercial parecía ser terriblemente lujoso, con las altas columnas de mármol, el piso reluciente, los centenares de tiendas en todos los pisos y el personal los atendía con extrema atención y educación. Justin sabía relativamente poco sobre moda —su hermana, en un estado de sobriedad, bufaría y diría nada— pero reconocía algunas marcas y reconocía aún más el brillo en los ojos de Alex.
—Versace, Gucci, Dior, Burberry, Vuitton, Bulgari, Valentino… —susurraba su hermana, con la sonrisa de una niña.
—¿A dónde vamos primero? —preguntó Justin.
—¡A Burberry! —apremió su hermana, casi corriendo hasta el local.
Él la siguió con una sonrisa en el rostro y apenas ingresó al local vio a su hermana revisando la ropa entusiasmada. Apenas lo vio, agarró su mano y lo atrajo hacia sí. Colocó alrededor de su cuello un pañuelo y en sus brazos empezó a poner todo tipo de ropa. Una dependienta los recibió amablemente y les indicó dónde estaban los vestidores. Alex agarró la ropa que él sostenía y marchó a paso veloz hacia los probadores mientras Justin miraba la sección de hombres. Cuando él se estaba probando unos lentes oscuros, ella abrió el vestidor para mostrarle su apariencia. Justin bajó los lentes y la observó de arriba abajo: la gabardina blanca abierta, la blusa verde con escote corazón, la pollera roja ceñida a la cintura y unos altísimos zapatos de tacón negros. Al Justin conciente le hizo recordar a las actrices de antaño, mas en el exterior sólo se limitó a morderse el labio inferior. Alex se rió, le quitó los anteojos con un guiño y se los colocó. Ella posó en broma y él le pidió que esperara. Justin sacó su celular y con la cámara de éste le tomó una fotografía a Alex, quien lanzó un beso al aire.
Alex volvió al probador y al rato salió con un vestido blanco hueso sencillo, pero él no pudo moverse. Ella se le acercó sinuosa y tomó ambos extremos del largo pañuelo que todavía rodeaba el cuello de su hermano, y tirando de ellos lo acercó hacia sí. Justin no opuso resistencia. Él admiraba primero su cuerpo y cómo el vestido se entallaba en éste, luego sus ojos chispeantes y enseguida sus labios. Sus labios finos, rosados y brillantes. No podía parar de contemplarlos e incluso creía ir acercándose lentamente.
En un rápido movimiento se colocó algo en la cabeza y Alex se echó atrás en carcajadas. Levantó la mirada hacia el espejo y entendió: se había puesto una capelina rosada con una cinta roja y flores del mismo color; y se rió de lo ridículo que se veía. Su hermana exigió una foto. Cuando él levantó el celular para hacerse la foto, ella se le posicionó a su lado con lo lentes sostenidos en su frente con un mano y tirando levemente del pañuelo con la otra. Al ver la foto, ambos vieron que salieron con caras graciosas y no pudieron evitar volver a reír.
Alex volvió al probador a colocarse su propia ropa mientras Justin pagaba la que se ya había probado, el pañuelo y los anteojos. Con dos grandes bolsas en la mano de Justin, ambos salieron de local. Ella lo apuró, aún tenían que mirar más locales y tenían que ir sí o sí a Dior y Vuitton.
Alrededor de hora y media más tarde, abandonaban el centro comercial del Ceaser Palace, ambos con varias bolsas en cada mano. Alex no se había comprado un bolso Vuitton, sino dos; Justin se había comprado entre esas cosa una chaqueta de cuero negra con detalles en plateado que le hacía parecer un motociclista, una pipa de chocolate en un curioso bar y una botella de Jameson añejo. Las demás bolsas eran completa y exclusivamente ropa y accesorios de Alex.
La escuchó comentar que estaba exhausta de comprar y que no soportaba cargar las bolsas, mientras se sentaba en un banco de mármol, haciendo un puchero. Él se echó a reír y cargó sus bolsas en el poco lugar que le quedaba entre sus manos, obteniendo una sonrisa de su parte.
—Saca el Jameson y la pipa —le pidió.
—¿Qué? ¿Para qué? —cuestionó ella. Aun así los sacó y admiró durante unos segundos la pipa de chocolate—. Todavía no entiendo por qué has comprado esto —comentó risueña y con sorna.
—¿Cómo que no entiendes? ¡Porque es genial!
Alex frunció el ceño.
—Explícate —demandó, mientras abría el Jameson y bebía un sorbo directamente de la botella.
—Mejor después te lo muestro. —Justin se resignó y Alex no replicó como habituaría a hacer, sino que volvió a beber directamente de la botella—. Y no tomes del pico de la botella; eso no lo hacen las damas.
Alex gruñó y volvió a beber encogiéndose de hombros.
—Según tú, yo no soy una dama, sólo tu hermana. —Le hizo una mueca ladina, pero le entregó la botella.
Justin la vio bajar la cabeza y apurarse a levantarse y adelantarse, aludiendo con renovada emoción a que tenían que ir a comer pizza a ese restó bárbaro que había visto al lado de la piscina. Cuando él se dio cuenta, su hermana iba bastante más adelante y lo había abandonado con todas las bolsas. Gruñó pero aun así las agarró y siguió a Alex en un paso apresurado hasta la limosina que los devolvería al hotel.
Una vez en él, caminan con premura hacia la piscina, donde la música continuaba oyéndose tan fuerte como Justin recordaba haberla oído esa tarde, mas la manera de comportarse de la mayoría de los presentes —bailando con desenvoltura, hablando a los gritos y sin inhibiciones— demostraba que ya estaban bajos los efectos del alcohol. Aunque él tampoco podía objetar mucho, ya que él y su hermana parecían estar de la misma forma. Incluso se había percatado de que ocasionalmente arrastraban las vocales.
Se sentaron en una mesa cercana a la fiesta e inmediatamente Alex ordenó la primera pizza que vio en el menú y le sonó apetitosa. Luego, continuó quejándose de las bolsas que Justin mantenía a su alrededor. Éste se reía de ella y sorbía del Jameson, aunque en su interior gritaba por detenerse. No funcionaba. En cuanto trajeron la pizza y los vasos, Justin dejó a un lado la botella de licor y ambos se apresuraron a tomar una porción, apenas concientes del hambre que los embargaba.
Alex emitió un sonido de placer, imperceptible entre el ruido de la música, y Justin quiso burlarse de su expresión, pero se quedó estático observándola. El alrededor tronaba y apabullaba sus sentidos, y aun así el rostro de ella parecía brillar —más que la luna y las estrellas, más que las luces de neón de Las Vegas— en la noche.
Ella abrió sus ojos mas desvió la mirada en el preciso momento en que un ruido se oyó a su derecha. Vio extrañado a Alex fruncir el ceño y sintió su pantalón humedeciéndose.
—¡Te apareciste! ¡Eres un mago! —exclamó su hermana. Él miró hacia el centro de atención de su hermana y se topó con un hombre de su edad riendo desinhibido, con las mejillas rojas e intentando hacer vanamente señas para que Alex baje la voz.
—Sí, sí lo soy —contestó risueño. Sus ojos estaban desorbitados y patinaba las sílabas. Además poseía un acento extranjero que les dificultaba comprender qué decía—. ¿Ustedes también?
—Suspendidos —contestó Alex con amargura.
El hombre frunció los labios y se revolvió el cabello colorado.
—Qué feo —admitió—. Gracias a Merlín soy hijo único. Lamento lo de la pizza, ¿puedo hacer algo por ustedes? Soy Preston, por cierto.
Entonces Justin cayó en cuenta de por qué sentía su pantalón mojado. El hombre había volcado su botella de Jameson por toda la mesa y el licor se había escurrido hasta el borde y caer como catarata sobre la tela. Frunció ligeramente el ceño. Allí se iba su Jameson, desperdiciándose…
—Alex —se presentó su hermana—. Y el mudo es Justin.
En vez de pronunciar su ceño fruncido, él se rió y estrechó la mano de Preston. Por alguna razón, el hombre le había caído bien. En su interior pensó que ya estaba borracho, no era raro que todos les parecieran buenas personas. Notó la tentativa mirada de su hermana que se transfería de Preston hacia las bolsas y no pudo evitar reír.
—Acompáñanos —lo invitó mientras señalaba una silla libre. Pensó que ya era tonto llorar sobre Jameson derramado…
Preston aceptó con un asentimiento vago de cabeza y estaba moviendo la silla hacia atrás cuando la voz de Alex, sin tapujos, se abrió paso de forma risueña.
—Oh, ¿y podrías hacernos un favor?
El hombre asintió mientras agarraba una porción de pizza bañada en licor y le daba un mordiscón. Justin no supo si reírse, hacer una mueca de asco o probar el también. Lo que sí notó, fue que en la valentía del alcohol lograba que su hermana se volviera más extrovertida y caradura que de costumbre.
—Envíanos las bolsas a mi habitación —ordenó ella con una sonrisa.
—Con gusto —aceptó Preston. Sacó sin disimulo su varita y carraspeó antes de hablar—. Bolsas aquí ya no están, a la habitación de Alex se van.
Instantáneamente, las bolsas que rodeaban a Justin se desvanecieron. No les preocupó que alguien los haya visto, todos parecían estar en sus asuntos mientras derrochaban euforia. Alex aplaudió contenta y Justin se encontró a sí mismo pensando que aquel gesto infantil la hacía ver adorable, aun cuando portaba tacones de ocho centímetros y un vestido a medio muslo.
—Bien —dijo Preston mientras guardaba la varita y seguía masticando el final de su porción de pizza—. Y ahora, ¿qué?
Alex sonrió, rozó ligeramente con su mano sus brazos y se alejó divertida hacia la pista. Justin internamente no pudo creer lo rápido que su cuerpo se movió para seguirla.
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Jerry caminaba por The Strip con las manos en los bolsillos, sintiendo el cansancio apoderarse de cuerpo. Llevaba ya no sabía cuánto tiempo yendo de un sitio a otro en busca de sus hijos, pero parecía como si estos se hubieran esfumado.
Suspiró.
Era como si ellos no quisieran ser encontrados y Merlín los oyera. Se detuvo por un segundo. ¿Y si no estuviera actuando correctamente? ¿Y si sus hijos no debían ser encontrados? Quizás él no debería…
Miró a su alrededor. Las luces refulgentes, gritos eufóricos, gente claramente ebria y otros claramente molestos por ésta, casino y autos y limosinas.
No. Él estaba haciendo lo correcto. Sus hijos deberían estar en casa, con ellos, en Nueva York.
