N/A: Cómo se los prometí, aquí les dejo la nueva entrega del fic con un capítulo XXL pues me quedó tan largo que tuve que partirlo en dos, por lo que hoy hay capítulo doble =D. Y también, en éste capítulo termina la participación activa de Eneas, Moses y Dante, pues en los siguientes capítulo ya sólo serán mencionados de paso, espero que les hayan gustado éstos personajes que me costaron un buen rato de conceptualización, jaja.
Por cierto, que en mi DeviantART ya subí el fanart de Oleg, pueden darle un vistazo en éste link: nekane-lawliet . deviantart # / d2v0a4c
acuérdense de juntar los espacios.
En fin, no los entretengo más, disfruten.
Capitulo 9 a. – Desahogo
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Milo se refregó el rostro con las dos manos, sintiéndose de pronto extremadamente cansado, y encendió su cosmos de forma prácticamente imperceptible, tal y como su maestro se lo había enseñado para que, en un futuro, fuera capaz de espiar al enemigo sin que éste notara su presencia. Escaneó cada milímetro del Santuario en busca de su maestro, pero falló en hacerlo. Resopló y pensó que había sido una mala idea, pues el santo de escorpión era un experto cuando de ocultar su cosmoenergía se refería; descartó rápidamente a Moses como su siguiente objetivo por el mismo motivo y terminó buscando al Santo de Capricornio.
Una vez que dio con él se echó a correr, pensando que al siguiente día no iba a aguantar el ardor ni el dolor de los músculos agarrotados de sus piernas. Llegó a uno de los límites más alejados del Santuario, delimitado por una serie de peñascos y acantilados, donde pudo reconocer la figura de Eneas, pero no del Santo que lo había guiado hasta ese sitio.
Nada más verlo, se dio cuenta que su maestro no estaba, precisamente, en el mejor de sus momentos, pues caminaba dando pasos vacilantes y la mirada perdida. Abrió los ojos sorprendido y pensó que aquel no podía ser el mismo hombre que lo educaba, pues lucía tan desencajado, con los hombros caídos y la cabeza baja, que lo creyó imposible. Eneas se recargó en una de las paredes del acantilado, a pocos metros del borde, incapaz de continuar manteniendo la compostura, se llevó una mano al rostro y suprimió un sollozo con ella.
Milo se detuvo, ocultando su cosmos totalmente para no revelar su presencia y acercándose tan cautelosamente como le era posible, pensando que si su maestro se daba cuenta de que estaba ahí, le iría mal. Muy mal. Decidió que era más factible conservar su vida e irse, pues muerto no le serviría de mucha ayuda a Camus. Pero justo estaba por dar media vuelta cuando vio la silueta de Dante acercándose corriendo. Tardó un segundo en darse cuenta que no tenía salida y otro más en encontrar un escondite, trepando a un árbol y escondiéndose entre sus ramas, rogándole a la divinidad en turno que su capacidad para pasar desapercibido se hubiera perfeccionado en esos dos años.
Dante se detuvo precipitadamente cuando estuvo cerca del escorpión, tragando saliva para deshacer el nudo en su garganta y dando pasos cautelosos; un par de veces miró sobre su hombro buscando a Moses, pensando en qué diablos estaría haciendo el cangrejo. Sentado, Eneas mantenía la cabeza gacha, con el rostro oculto tras una mano, sin hacer un solo movimiento y sin emitir ningún sonido, dando la impresión de que únicamente quería deshacerse de una jaqueca.
—Eneas— lo llamó, reprendiéndose por la voz temblorosa y vacilante con la que lo había hecho—. Eneas—insistió, ésta vez sonando más seguro y acercándose con lentitud.
—Ya todo terminó ¿no? —al castaño lo agarró desprevenido oír la voz de su amigo, por lo que dio un ligero salto, para luego, rápidamente, recobrar la compostura y sentarse frente a él sin saber si debía decir algo—. Hasta hace dos días me creí capaz de soportar esto con toda entereza…—dijo con la voz ronca y sin variar la posición con la que Capricornio lo había encontrado—pero tenía que encontrarme con Oleg en su templo.
Dante tragó saliva cuando Eneas elevó la mirada y pudo encontrarse con sus ojos brillantes y el rastro de las lágrimas sobre sus mejillas. La voz del escorpión sonaba ronca por el nudo que tenía en la garganta y, con toda seguridad, por el llanto que se esforzaba tanto en contener. El santo de Capricornio nunca deseó más que Moses apareciera de la nada como solía hacerlo y soltara alguno de sus acertados comentarios, con los que siempre conseguía romper la tensión.
—Te dije que…—empezó a decir Dante, midiendo sus palabras y hablando casi a susurros, como si con eso pudiera evitar decir alguna tontería.
—Ya sé—dijo con un dejo de hastío y ladeando el rostro para cortar el contacto visual, mas luego soltó un largo suspiro—. No intenté hablar con él ni nada, ni siquiera tenía ánimos de verlo, simplemente sentí su cosmos ahí cuando iba a presentarme al Patriarca…sabes cómo es…—se detuvo y apretó los labios—era él —se corrigió al final—, sólo le anuncié que iba de paso por su templo…yo quería irme de ahí, lo juro…—miró a su amigo castaño con los ojos brillantes como si fuera un niño disculpándose con su padre por alguna travesura. Volvió a tomar aire y luego exhaló con lasitud—el apareció y me dijo que quería hablar conmigo.
De pronto, la voz de Eneas se tornó molesta y un dejo de furia se impregnó en su mirada. Entrecerró los ojos como si quisiera atravesar con la mirada la piedra frente a él, y la boca de pronto le supo a sangre por la fuerza con que mantenía sus dientes apretados. Luego miró a Dante furioso y apretó los puños, elevándolos y moviéndolos como si el castaño fuera el culpable de su furia.
—Hablar conmigo ¿puedes creerlo? —ironizó realmente incrédulo y produciendo un siseo— ¿Cuándo tiempo estuvo sin dirigirme la palabra? ¿Doce años? —soltó una risa dolida y llena de sarcasmo y luego relajó su cuerpo—De no ser porque el Patriarca nos envió a Asgard juntos, jamás habría vuelto a hablarme.
El rostro de Eneas se tornó lleno de amargura y la furia no dejó de centellear en sus ojos. Pero, lentamente, su rostro se fue transformando hasta una expresión de completa tristeza y, finalmente, el llanto, que tanto se había esforzado en mantener a raya, se rebeló contra sus deseos y se hizo presente. Se refregó los ojos con furia, agradeciendo que la perplejidad de Dante no le hubiera permitido decir nada al respecto; sin embargo, su enojo volvió a él cuando sintió la mano de su amigo en su hombro.
—Cálmate, sabes que eso no es tu culpa—le pidió en susurros, pero el griego lo hizo apartarla de un manotazo y le regaló una expresión distorsionada por el dolor y la furia.
—Hablar conmigo—repitió sin creerse del todo esas palabras—. Se atrevió a encargarme a su discípulo, se atrevió a pedirme que Milo intentara hacer algo… ¿hablar conmigo? ¡Él fue el único que habló!
—Camus estará bien, la alumna de Moses hizo un buen trabajo tranquilizándolo y haciéndolo entrar en razón y…Milo ya está aquí, él se encargará de proporcionarle el consuelo y los ánimos que necesita para salir adelante. Oleg estará muy agradecido contigo—pero el pelinegro se revolvió y gruño como respuesta, dándole un empujón al castaño para que se alejara de él.
Eneas se mordió el labio y giró el rostro para ignorar la expresión dolida de Dante. Pero entonces un puño se estrelló contra su cabeza, propinándole un duro golpe que le removió algunos pensamientos. Buscando al culpable de dicho golpe, el griego se encontró con la mirada dura y recriminatoria de Moses.
—Tranquilízate, ponzoña llorona, Dante sólo intenta reconfortarte —le recriminó, con esa mirada que estremecería a cualquiera—. Pero ya todos vimos que quieres portarte como el niñato de Camus y salir corriendo a esconderte—escupió con burla y sarcasmo el Santo de Cáncer—. ¿Qué intentas, Escorpión? ¿Crees que correr a consolar a Camus va a hacerte volver en el tiempo y cambiar las cosas con Oleg? ¿Crees que decirle a Milo que impida que su amiguito no se vuelva un imbécil como tú "loco de los hielos" te va a hacer sentir mejor? Date cuenta de la verdad, nunca tuviste oportunidad de hacer nada. Ni tú ni nadie le importaba lo suficiente para cambiar.
—Basta, Moses… —susurró Capricornio preparándose para separarlos de una posible pelea.
—No, si él tiene derecho a perder la calma, entonces yo también lo tengo—lo tomó por el hombro y lo hizo levantarse con brusquedad—. Basta ya de lamentarte, tú no tuviste la culpa que dejara de hablarte. Durante mucho tiempo creí que te habías dado por vencido, pero no fue así: te resignaste, pero nunca perdiste la esperanza.
—Déjame en paz, Moses. Los dos dejen de molestarme. Él está muerto y nada importa ya, nada.
— ¿Nada importa, Eneas? Creí que éramos amigos, pero ahora veo que lo éramos sólo en nombre…pero está bien, porque veo que lo único que aprendiste de Oleg fue a fingir que nada importa.
— Estás aquí, reclamándome porque lloro la muerte de un amigo ¿tú, Moses de Cáncer? ¿Debo recordarte quien era el Santo que tuvimos que consolar por la muerte de Géminis? —le soltó con saña, produciendo una mirada asesina y un gesto obsceno del otro.
—La senilidad te ha vuelto un imbécil y también ha acrecentado tu ineptitud—dijo, soltándolo, pero sin dejar de mirarlo con rencor—. Escúchame bien, porque ésta será la última vez que voy a decírtelo: tú nunca fuiste importante para Oleg, por que el Oleg que era tu mejor amigo murió junto con su maestro. No te reclamo el que llores la pérdida de un amigo…pero ese no era tu amigo y debiste llorar su pérdida el mismo día en que recibió su armadura y ni siquiera te miró cuando le hablaste.
Dante se mordió el labio y apretó los puños; ahí estaba de nuevo, viendo a sus dos amigos peleando y sin sentirse capaz de intervenir. Sabía lo que vendría después, ya lo había vivido muchas veces, pero aún no era capaz de sentirse del todo cómodo con los métodos de Moses para hacer entrar en razón a la gente. Ese Santo de Cáncer, a pesar de los años, no había dejado de tener la habilidad de escupir la verdad con tanta facilidad, ni había dejado mínimamente de ser cruel. A pesar del gran aprecio que sentía por el Escorpión, no dudó en estrellarle la verdad en la cara sin dejarse amedrentar por el comentario de Eneas sobre ese tema tabú que significaba Géminis para el cangrejo.
— ¿Qué intentas tú?—preguntó entre dientes y obligándose a tranquilizarse, sintiéndose frustrado porque su comentario no hubiera mermado la insistencia del pelirrojo.
—Que dejes de creer que tú tuviste la culpa de algo, porque no fue así—respondió con sarcasmo, para luego soltar un largo suspiro—Ya todo terminó, Eneas. Este día tenía que llegar tarde o temprano; desahógate: llora y grita todo lo que quieras, estamos aquí para hacerte compañía.
— ¿Por qué siempre tienes razón?
—Porque alguien debe evitar que hagas, digas y pienses estupideces—expresó como si el pelinegro hubiera dicho lo obvio—. Ahora levántate, Milo vendrá pronto a buscarte, no querrás que te encuentre en éste estado.
Eneas dejó escapar un silbido y luego una sonrisa, se puso de pie y se refregó el rostro varias veces hasta quedar satisfecho con su apariencia. Retomó su antigua gallardía, su porte orgulloso y levantó el mentón con insolencia. Empezó a caminar al lado de Capricornio; sin embargo, Moses se excusó alegando que tenía algo que hacer y que después los alcanzaría, sin querer interrogarlo más, ambos santos aceptaron su excusa y se marcharon.
Moses se aseguró de que sus amigos estuvieran lo suficientemente lejos antes de girarse y clavar su mirada en el árbol donde Milo había permanecido oculto, aún sin poder creer la escena que acababa de presenciar y, a la vez, sintiendo un temor horrible de que Camus decidiera, al igual que su maestro, dejar de hablarle y desplazarlo completamente de su vida; porque eso significaría darle la razón al santo de Cáncer y afirmar que nunca fue importante para el Acuario. Sintió que no estaba lejos de la verdad por la forma en cómo había sido ignorado antes.
— ¿No te enseñaron que es de mala educación escuchar conversaciones ajenas, niño? —dijo Moses con voz amenazante y provocándole un escalofrío— Pero claro, tu maestro es Eneas ¿Por qué no me sorprende?
Milo contuvo la respiración al saberse descubierto y precisamente por el santo de Cáncer. Se mordió el labio con temor, pero terminó abandonando el cobijo de las ramas y el follaje del árbol, cuando el pelirrojo le exigió que se dejara ver. El griego bajó la mirada, fijándose en que los pies del santo pronto se encontraron a escasos centímetros de él; esperando un largo sermón y la amenaza de su próximo castigo, apretó los puños y tensó el cuerpo; pero las palabras de Moses nunca llegaron. En su lugar, Cáncer le colocó una mano en el hombro y lo guió a unas rocas, donde tomó asiento y luego de desperezarse y acomodarse en su sitio miró a los ojos del aprendiz de su amigo, quien lo miraba totalmente confundido. El Santo de Oro soltó una carcajada mientras palmeaba el sitio a su lado, el cual Milo tomó con algo de aprehensión.
—Cómo pudiste escuchar y ver, niño—empezó a decir sin una introducción previa, dejando aún más contrariado al joven griego—, tu maestro no está precisamente en condiciones de decirte lo que estás a punto de enfrentar, así que me veré en la necesidad de hacerlo por él—Moses habló como quien se ve obligado a hacer un acto de caridad, con aquel típico tono altanero y aburrido, como si nada en la vida mereciera su atención o preocupación—. De la historia entre Eneas y Oleg, te la puedo resumir en tres simples hechos—levantó tres dedos y lo miró con severidad, como si estuviera a punto de decir algo de vital importancia—: ellos eran "mejores amigos", luego Oleg se volvió un "Acuario modelo" y dejó de hablar, de sentir y de todo lo que estuviera relacionado con la humanidad que no tuviera que ver con ser Santo de Athena y, finalmente, su último acto fue pedir que Camus no fuera como él.
Moses ironizó la mayor parte de su brevísimo relato, pero el joven de ojos azules sabía perfectamente que el mayor hablaba con seriedad, era sólo que ya le era difícil adoptar alguna otra actitud. El Santo de Cáncer se rascó la nuca y luego torció la boca intentando buscar las palabras adecuadas a usar.
—A lo que quiero llegar, es que eso es exactamente lo que el maestro de Oleg le pidió a mi maestro que intentara; ellos eran amigos antes de lo que sucedió, aunque a mí el loco nunca me cayó bien, al contrario de Eneas—luego resopló con hastío y volvió a rascarse la coronilla—. Irás a la Casa de Acuario y te vas a encontrar con alguien totalmente diferente que intentará por todos los medios disponibles alejarte de su vida, no te puedo decir como vaya a reaccionar Camus, su maestro actuó simplemente dejando de hablar, pero todos estamos de acuerdo en que el francesito es un niño algo…distinto, pero me simpatiza.
—No quisiera ser grosero, maestro Moses—empezó a decir Milo cuando el silencio entre los dos se prolongó más de lo necesario para que Cáncer hablara de nuevo—, pero no me está dando muchas esperanzas de ayudarlo…
—Sí, ya lo sé—rió y despeinó con saña los cabellos del griego—. Ya me conoces, mi don natural es bajarle el autoestima a la gente—ambos rieron, pero el aprendiz de escorpión se calló rápidamente al sentirse presa del abatimiento.
—Entonces, no debo hacerme muchas ilusiones ¿verdad?
—No dije eso—gruñó al ver reproducido el gesto de abatimiento de Eneas en el rostro de Milo—, lo que quise decir es que debes ser creativo, niño. Camus no mató a cualquier persona, mató a su maestro ¿Qué harías tú si tuvieras que matar a Eneas? Te volverías loco—aseguró sin permitirle interrumpirlo—. A ese niño se le ha repetido hasta el cansancio que debe deshacerse de sus sentimientos para lograr enfrentarse a situaciones como éstas sin dejarse amedrentar porque, aceptémoslo, necesitamos de alguien que mantenga la cabeza fría en las peores circunstancias, por ende, malinterpretará sus propios preceptos en su afán por cumplir con sus enseñanzas.
— ¿Preceptos?
— ¿Qué tu no los tienes?
—Pues…sí—titubeó recordando las reglas de su signo.
—Romper con el pasado y librarte para alcanzar la indiferencia—dijo Moses elevando un dedo y mirando al muchacho con una sonrisa malévola—: el segundo precepto de un Acuario…no preguntes como es que lo sé.
— ¿Qué debo decirle?
—Eso sólo lo sabrás tú. Zuleika supo que decirle en el momento para hacerlo volver y que no lo ejecutaran por desacato—puso de ejemplo haciendo un ademán, pero antes de poder continuar, Milo compuso una expresión de reproche y desvió la mirada.
—Mi maestro sabía todo esto, le pedí mil veces que me dejara venir…yo debí estar aquí, debí ser yo quien saliera por él no Zuleika, debía ser yo quien lo hiciera entrar en razón, quien lo llevara de vuelta al Coliseo, así no estaría aquí perdiendo el tiempo mientras él se hunde en su sufrimiento... —Milo se puso de pie, con la voz cargada de resentimiento y los ojos acuosos por las lágrimas de impotencia. A punto estaba de irse cuando Moses lo detuvo, sustituyendo su usual despreocupación por una mirada severa.
—Eneas no quería que vieras éste combate porque sabe que eres igualito de imbécil que él. Y si mi memoria no me falla aún, te habrías quedado completamente paralizado igual que tu tonto maestro; no habrías hecho nada porque simplemente tu cerebro iba a dejar de pensar…habrías tardado tanto tiempo en recuperarte de la impresión que, muy probablemente, el niño habría logrado suicidarse antes de que fueras a buscarlo—al escuchar esas palabras, la inquietud del griego se acrecentó, al igual que su impotencia—. Pero nadie lo creyó capaz de salir corriendo antes de que finalizara su nombramiento, Eneas estaba muy confiado en que se desplomaría sólo al final y que tú llegarías entonces, así que le debes una muy grande a mi muchacha, niño.
Milo bajó la mirada y la fijó en sus pies.
Inútil, así era como se sentía. Desesperado, si le preguntaban. Horrorizado, si indagaba un poco más en su interior pero, sobre todo, tenía miedo, mucho miedo de perder a Camus.
Moses se puso de pie al leer el caos mental del muchacho, colocó su gran y pesada mano en su hombro y se inclinó para poder mirarlo mejor a los ojos. El mayor sonrió y le transmitió su apoyo con un gesto, luego se irguió nuevamente y empezó a respirar paulatinamente haciendo un gesto con sus manos.
—Respira conmigo…tranquilízate antes de irte — Milo imitó a Moses, aspirando hondamente y exhalando con lentitud, consiguiendo calmarse de a poco, luego sonrió e hizo ademán de irse, pero nuevamente fue detenido por la voz de Cáncer, quien, sorpresivamente, habló en un susurro cargado de apoyo—. Sólo, busca la manera de hacerlo entender que te tiene a su lado y que nunca lo vas a abandonar, puede tomar la actitud de un Acuario, pero sin deshacerse de sus verdaderos amigos. Una amistad, aquí en el Santuario, es como un matrimonio: hasta que la muerte nos separe…—pero luego elevó un puño y lo movió en el aire, al tiempo que miraba el cielo y sonreía con prepotencia— ¡Pero ni así te vas a librar de mí, Géminis! ¡Un día nos volveremos a ver, cabrón!
Moses lo dejó ir entonces y a pesar de sentirse un mundo más tranquilo, aún no sabía a ciencia cierta cómo iba a actuar o que iba a decir una vez que se encontrara frente a su amigo. Subió por la Calzada Zodiacal lentamente y para su fortuna, no se encontró con nadie que le impidiera llegar hasta a Acuario o que lo interrogara más de la cuenta. Cuando se dio cuenta ya se encontraba frente a la puerta que lo guiaría a los privados de Acuario
Entró sin anunciarse, ocultando totalmente su cosmos para no perturbar a su amigo revelando su presencia antes de lo debido. Con pasos ligeros buscó en la sala, encontrándolo tumbado en uno de los sillones, con la mirada fija al frente y en ropas de entrenamiento, la armadura de Acuario se encontraba en un rincón alejado, mientras el muchacho permanecía tan estático que sólo el ocasional parpadeo daba fe de que seguía con vida.
El griego tragó saliva, sintiéndose tan patéticamente similar a Dante que decidió actuar de otra manera, antes de que su amigo lo echara a patadas de ahí y se quedara igual de perplejo. Paseó sus ojos por el sitio y sus ojos ubicaron el botiquín que siempre estaba situado en la mesita junto a uno de los sillones y, seguidamente, ubicó a todos los objetos que podrían ser lanzados a su persona. Finalizado su escaneo, tomó aire e inició.
—Camus…—lo llamó con voz grave y decidida.
El aludido pareció salir de su trance y se incorporó en el sillón, sin despegar la mirada de la pared pero abriendo los ojos totalmente perplejo. ¿En qué momento Milo había llegado y él no se había dado cuenta? Sin embargo, su sorpresa inicial se vio sustituida por una furia descomunal que lo hizo ponerse de pie y girarse al griego, regalándole una mirada fulminante y fría, acrecentada por la expresión dura e impenetrable que estaba estampada en su rostro.
—Lárgate—ordenó con voz grave y firme que no daba cabida a una respuesta negativa.
Sintiendo que una nueva firmeza se adueñaba de él, Milo hizo caso omiso de la orden y en lugar de irse, dio un par de pasos más al frente en una actitud altanera y desafiante; como retándolo a que repitiera la orden. Camus apretó los puños ante el gesto desdeñoso y dio algunos pasos más para acotar la distancia que lo separaba del escorpión.
— ¿Qué no me has oído, Escorpión? ¡Dije que te largues!
—Milo…—dijo, con tranquilidad, como si no hubiera escuchado nada de lo que el otro dijo—Mi nombre es Milo…no "Escorpión".
— ¡Oh! Entonces ¡Lárgate "Milo! —ironizó con voz hiriente, que se le clavó al escorpión en el pecho con un dolor comparable a una Aguja Escarlata de su maestro, pero no le dio el lujo al francés de verlo amedrentado y en cambio tomó una postura más desdeñosa.
—No me iré hasta que hablemos de lo ocurrido, soy tu amigo, vine a todo galope desde mi isla para estar aquí contigo…así que no me largaré a ningún lado.
—No quiero amigos, no quiero a nadie aquí y, sobre todo, no te quiero a TI cerca de mí—le escupió al rostro con una mirada tan cargada de odio que el griego realmente creyó que él era la causa de tal sentimiento.
Milo sintió que le cortaban la respiración y por un segundo las rodillas le temblaron, pero cuando vio que el francés le daba la espalda, cortó la distancia entre los dos y lo giró para poder enfrentarlo nuevamente. Enterró los dedos en sus brazos y arrugó la nariz, sustituyendo su tranquilidad por una ligera frustración.
— ¿No me quieres cerca? ¿Pues adivina qué, Acuario? ¡No me iré! Así que grita todo lo que quieras, porque no te vas a deshacer de mí.
— ¡Suéltame! ¡No me toques! —gritó, soltándose con furia y sorprendiendo a su amigo por la descomunal fuerza que ahora poseía— ¡No quiero tu lástima! ¡No te necesito! ¡No te quiero aquí! ¡Por los dioses, lárgate de una vez!
—Así que éste es el nuevo Camus ¿eh?—Milo soltó una risa irónica y se acercó los pasos que el francés había retrocedido—No me gusta, grita demasiado, así que te exijo me devuelvas a mi amigo.
—No te gusta—repitió recobrando increíblemente rápido la frialdad y la imperturbable actitud— pues qué lástima me das, porque tu amigo se murió junto con su maestro.
—Entonces bajaré al mismo infierno para recuperarlo, sólo dime donde debo ir a buscar ¿al círculo de los suicidas?
— ¿Por qué no vas a buscarlo al de los asesinos?
—No hables de asesinos Camus, porque tú no sabes lo que es ser uno—lo señaló con su índice y con la voz cargada de reclamo, pero ya no recibió más respuestas, sólo ese rostro indescifrable que parecía estar burlándose de sus inútiles palabras. Dejó caer su brazo a su lado y luego dio pasos hacia atrás, sintiendo que su voluntad se quebraba ante la actitud de ese desconocido.
—Claro, tú los conoces muy bien…tu maestro es conocido por su larga lista de muertos y estoy seguro que ansías el momento por tomar su armadura y empezar a dejar correr la sangre—incrédulo ante la crueldad de sus palabras, el griego empezó a dar pasos hacia atrás al tiempo que Camus los daba hacia el frente, manteniendo la distancia —. Es tu destino, Escorpión, ser un sanguinario asesino que quita del camino a quien inoportuna al Patriarca. Ahora lárgate de mi templo, déjame en paz cumpliendo con mi destino.
—No puedo…—murmuró dejando escapar un sollozo, hasta que se encontró con la pared—no me hagas esto, Camus…te lo suplico…no me abandones, no tengo a nadie más...
Pegó más su espalda a la pared, queriendo fundirse con ella cuando los ojos de su amigo se clavaron en los suyos; los vio tan opacos y al mismo tiempo tan vacios que quiso salir corriendo, pero sus piernas no le obedecieron, quedándose clavadas en su sitio. Lo tenía frente a él, pero a la vez se veía tan lejano, sentía que lo perdía y que no podía hacer nada para evitarlo, evocó cada palabra de Moses en busca de una solución desesperada, pero lo único que lograba recordar de aquella charla era un inservible "sé creativo". Se le cruzó por la mente largarse de ahí, al final tenía más amigos; estaban Aioria, Zuleika y… era verdad, no tenía a nadie más.
Necio como era, Milo al único que realmente quería era a Camus, por los otros dos sentía un gran aprecio, sí, pero el francés lo había ayudado infinidad de veces en muchas situaciones distintas, lo había animado cuando quería darse por vencido; se sintió estúpido al darse cuenta en esa situación, que la frase "mejor amigo" no se le podía andar aplicando a cualquiera y que tenía un gran valor. Se sentía completamente desesperado, pero no iba a irse hasta que estuviera o completamente convencido de que Camus en verdad lo quería lejos de su vida o que le mostrara su sonrisa y le dijera que todo había sido una broma muy pesada. Cuanto suplicaba que fuera la última opción, pues no quería verse a sí mismo, dentro de veinte años, en el mismo estado que Eneas.
—Largo—ladró nuevamente, pero Milo ni se inmutó—, vete de mi templo, ya no me importa lo que pase contigo, así que sólo aléjate de mí.
—Estás cometiendo un error, Camus. Oleg no quería esto para ti, créeme, yo lo sé, no puedes simplemente deshacerte de tus sentimientos, no puedes drenar tu alma de emociones ¿Qué serías entonces? Un cascarón vacío desprovisto de su voluntad y tú nunca quisiste ser eso, siempre me lo dijiste. También dijiste que cambiarías el destino de los Acuario, que no querías estar solo y que tú sucesor y todos tus alumnos no deberían seguir más con estas reglas…pues no hagas esto y cumple tu palabra—como si de un circulo vicioso se tratase, la fortaleza de Milo iba y venía de él, dándole por momentos la capacidad de hablar con todo raciocinio y en otras, hundiéndolo en el miedo, pero se esforzó por que le durara más su momento de perspicacia.
—Basta, fui un idiota. De haber seguido las enseñanzas de mi maestro desde un inicio, no me encontraría en ésta situación, porque habría entendido que era mi deber, porque no habría formado un lazo demasiado estrecho con él y, probablemente, no me habría destruido el alma matarlo con su propia técnica. Porque un Acuario debe ser imparcial, permanecer impávido, permanecer frío e indiferente ante cualquier otra cosa o persona que no se la causa de Athena…pero yo fui un cobarde, salí corriendo como una niñita y deshonré a mi maestro por no ser capaz de comportarme a la altura. Zuleika tuvo que correr atrás de mí para que no muriera en la deshonra, llevándome conmigo el honor de mi maestro y los secretos de mi signo y, aún así, tuve la desfachatez de ensuciar la dignidad de mi amiga, de insultarla de la peor manera…
Camus no fue capaz de continuar y guardó silencio, pero, contrario a convencer a Milo de irse, sólo logró darle el tiempo para recuperar su confianza y el empecinamiento por hacerlo entrar en razón. El escorpión intentó acercarse nuevamente, pero Camus lo amenazó con congelarlo si daba un paso más. Retándolo a hacerlo, el griego no detuvo sus pasos y, sintiéndose amenazado y desesperado, el Santo de Acuario lanzó su ataque, arrepintiéndose en ese mismo segundo de haberlo hecho. Tragó fuerte, ya no había forma de echarse atrás.
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