DISCLAIMER: Naruto no me pertenece.

ADVERTENCIA: Muerte de personajes/ Leve OoC/ Universo alterno.

Espero que lo disfruten.


El móvil del delito

Capítulo 9: Errores

Cuando sintió el gel frío sobre la zona baja de su vientre, cerró los ojos férreamente; como si la pegajosa sustancia le quemara la piel, causándole un ardor insoportable. Un dolor casi tan fuerte como el que teñía su alma.

―¿Segura que no quieres conocer el sexo? ―insistió Shizune Kato mientras daba inicio a la ecografía, todavía sin dar crédito a que la joven se rehusara a ser partícipe de un suceso tan transcendental en la vida de una madre.

La interpelada se mordió el labio con frustración y apenas si tuvo fuerzas para negar con la cabeza. Sin embargo, las siguientes palabras de su obstetra y un errático como sublime sonido, la exacerbaron tanto que, en un acto reflejo, abrió los ojos y giró el rostro en la dirección contraría para encontrarse con el monitor que registraba las fuertes palpitaciones de su hijo.

―¿Lo escuchas? ―La doctora sonó emocionada―. Son los latidos de su corazón.

Entonces no pudo soportarlo más: las lágrimas abandonaron sus cuencas en tropel, derribando aquel muro de contención que, por mero instinto de conservación, Sakura se había encargado de construir desde que supo que por más que así lo quisiera, no sería capaz de hacerse cargo de todo ella sola.

Sakura ignoró las lágrimas que rodaron por sus mejillas mientras las imágenes de aquel recuerdo se iban difuminando en su mente, siendo reemplazadas por la figura aparentemente inerte de Sarada Seiyu. Su hija biológica. La misma que había dado en adopción hace nueve años, creyendo que era lo mejor para ella, pero que ahora estaba postrada en una cama de hospital a punto de fallecer. Ante la sola idea, a Sakura le sobrevino un arrollador mareo. Recostó la cabeza sobre la panorámica de vidrio que la mantenía separada de Sarada y gimió con agonía cuando la impotencia de verla así y no poder hacer nada para revertir la situación, la superó.

―Sakura. ―La mujer apenas si dio acuse de recibo cuando la mano de Neji se posó en su hombro para inspeccionarla―. ¿Te encuentras bien?

Ella lo miró de una forma tan significativa, que Neji estuvo seguro que de haber tenido alguna cualidad ctónica, sus ojos lo hubiesen convertido en piedra en aquel preciso momento. Con un elocuente gesto de disgusto, Sakura rechazó el vaso de café que Neji le ofrecía y replicó:

―La hija que abandoné está a punto de morir, ¿cómo crees que puedo estar, Neji?

La mirada argéntea de Neji fue de Sarada a Sakura y solo entonces reparó en la magnitud de lo que había descubierto esa noche.

―Lo siento; solo quería…

―Lo sé ―murmuró ella, secándose las lágrimas con rudeza mientras el hombre se deshacía del café―. No debería estar desquitándome contigo. Tú no tienes la culpa; ni siquiera tendrías porqué estar aquí.

Pero estaba. Después de todo lo que ella le había contado, Neji todavía estaba allí. No había huido como ella había temido, como cualquiera con dos dedos de frente hubiese hecho a la primera oportunidad. Neji no solo se había quedado, sino que desde que Itachi los interrumpiera, él no había abierto la boca para recriminarle ni una sola maldita cosa. Mientras Sakura se daba cuenta de eso y decidía cómo debía sentirse al respecto, Neji la divisó con detenimiento, como quien trata de resolver un enigma a través de una simple mirada. Finalmente dijo:

―Nada me haría dejarte sola en una situación como esta.

―No tienes que quedarte ―porfió ella, volviendo su atención a la criatura que dormitaba detrás del cristal para no dejarse embriagar por la sensación de placidez que la incondicionalidad de Neji le producía.

―¿Quieres que me vaya?

La pregunta del fiscal fue tan directa que Sakura no supo cómo contestar a eso y él, que nunca había sido un hombre de rodeos, aprovechó el vacío de respuesta para exponer aquello que lo venía atosigando desde que se enterara de la existencia de Sarada.

―¿Sakura, por qué nunca me dijiste que tenías una hija con Itachi Uchiha?

―¿Cómo? ―Ella abrió los ojos con sorpresa y por la expresión aturdida de su rostro, Neji temió haber sido muy abrupto a la hora de abordar el tema―. ¿Qué estás diciendo? ¡Yo no…! Él… Itachi no es el padre de mi hij… Sarada.

―¿Quién lo es, entonces? ―inquirió, procurando ahogar la sospecha de su voz en una ensayada mueca de frialdad.

―¿Qué importancia tiene?

Neji se quedó callado, analizando cómo debía contestar a eso. Puede que conocer la identidad del padre de la hija de Sakura no supusiera un factor imprescindible para hacerse una idea coherente de la razón por la que la forense –aun sabiendo lo que sabía de él y los errores de su pasado- le había confesado semejante verdad, pero lo cierto era que Neji no podía pensar en otra cosa. Necesitaba saber quién había sido tan importante en la vida de Sakura como para que ella le hubiera dado una hija.

Divisó como la mujer jugueteaba distraídamente con un mechón rosa que se escapó del moño improvisado que acaba de hacerse al tiempo que su labio inferior era atrapado por sus dientes de una forma casi compulsiva. Solo entonces, Neji se permitió reconocer que era lo que tanto lo perturbaba.

―Creí que era por eso que insististe tanto en verme. Sea lo que sea que quieras de mí… ―La escaneó como si pretendiera ver a través de ella―. Sé que tiene que ver con esa niña.

―Está muriendo, Neji. Los médicos dicen que su pronóstico es reservado ¿Sabes lo que eso significa?

―Que está muy grave ―asintió el hombre, verdaderamente apesadumbrado mientras veía a Sakura desviar una llamada entrante y guardar su teléfono móvil en uno de los bolsillos traseros de sus jeans.

Puede que le costara hacerse a la idea de que Sakura tuviera una hija que había entregado al nacer. Puede, incluso, que no entendiera sus razones para hacer lo que hizo; que no justificara el que hubiera renunciado a su hija por un temor tan absurdo como irracional, pero Neji, a pesar de su condición de fiscal, nunca había sido de los que se formaba juicios sin conocer el panorama completo de la situación. Y de esta, en particular, todavía le faltaban muchas piezas.

―Pero yo no soy médico, Sakura; así que vas a tener que ser más clara si quieres mi ayuda.

―Yo sí lo soy ―murmuró ella, apagando el tono para que no se notara el quiebre de su voz―. Y cuando un pronóstico es reservado, es porque es cuestión de horas para que el paciente muera. Neji, su aplasia medular está muy avanzada. Y la única persona que puede salvarla no quiere hacerlo.

―¿Por qué? ―indagó él, en un intento por deducir aquello que Sakura todavía no había querido participarle.

―Porque es un asesino. ―Sakura gruñó; y como si esa palabra la hubiese conducido a una nueva retahíla de recuerdos, dirigió sus ojos verdes a los grises de él y le preguntó―: ¿Neji, intentaste matar a tu prima? ¿A la hermana de Hanabi?

A pesar de lo mucho que Sakura creía conocer de Neji, la verdad era que no tenía ni idea de quién era él. De lo que un hombre con el alma tan desvalijada por lo años de discriminación deliberada por parte de su propia familia era capaz de hacer. Lo que el repudio de aquellos que tenían el deber de amarlo, había hecho con sus principios. Neji era incapaz de ver la vida en escala de grises: para él el mundo era blanco o era negro y todo lo que estaba en medio de esa dicotomía, se perdía en un laberinto de contradicciones morales. Según su criterio, o amabas u odiabas; no había medias tintas. Y ella no contaba con eso.

―Sí ―contestó él, sorprendiendo a una Sakura tan segura de que obtendría una respuesta distinta a la que sus oídos registraba, que se quedó patitiesa, mirándolo lánguidamente.

―¿Y me lo dices así? ―escupió, indignada.

―¿Cómo se supone que deba decírtelo?

La indolencia de sus palabras, hizo que Sakura se replanteará el collage de suposiciones que se había formado de la veracidad de los hechos. Al principio, ella había dudado de buena parte de lo que Hanabi le había contado; en primer lugar porque no confiaba para nada en la joyita Hyuga y en segundo lugar, porque había podido comprobar la tirria que tanto ella como el resto de su familia, le tenían a Neji. Era obvio por la expresión horrorizada de su cara y las pulsaciones visibles en su cuello, que Sakura jamás esperó que Neji admitiera tan abiertamente que sí había intentado asesinar a un miembro, hasta la fecha desconocido para ella, de la familia Hyuga. La hipótesis de Sasuke, empezaba a cobrar fuerza.

―¿Era eso lo qué querías hablar conmigo? ―Le cuestionó Neji, sonando tan frío como un iceberg. Estar preparado para eso, le brindaba el control de la situación: sabía exactamente lo que Sakura diría a continuación y cómo se tenía que defender.

―Si intentaste asesinar a tu prima; también pudiste matar a Tenten ―elucubró Sakura con un aire de suspicacia que evaporó por completo cualquier señal de su reciente preocupación maternal―. ¿La asesinaste?

―Pensé que ya habías establecido que no.

―Eso fue antes de que admitieras que trataste de matar a alguien.

―Estaba contigo la noche que Tenten fue asesinada; así que…

―No siempre, Neji.

―¿Cómo? ―inquirió, abriendo sus ojos lo más que daban. Esto sí que no se lo esperaba.

―No estuviste conmigo todo el tiempo. Hubo un momento de la noche… ―La expresión de Sakura se volvió desconfiada y los recuerdos tergiversados de aquella noche comenzaron a ordenarse aleatoriamente en su cabeza―. Sí. Hubo un momento cuando me desperté que no estabas en la habitación. Te llamé varías veces, pero nunca apareciste.

―Estás desvariando, Sakura ―sentenció Neji con la mandíbula férreamente apretada―. No tienes cómo saber eso, porque no recuerdas la mitad de lo que pasó esa noche.

Y aunque eso era cierto, y Sakura siempre tuvo sus dudas sobre qué tan reales eran esas remembranzas, la reacción de Neji le ratificaba que sus sospechas no distaban mucho de la verdad. Así que dispuesta a resolver aquel misterio, lo interrogó:

―¿A dónde fuiste durante ese tiempo, Neji?

Si él pensaba responder a eso, Sakura nunca lo supo, pues justo cuando iba a apremiarlo, la voz nasal de altoparlante del hospital, los distrajo completamente:

Doctora Rin Nohara, se solicita en el área de pediatría…

―Ichiraku's es mucho mejor ―opinó Naruto, viendo con un marcado menosprecio las instalaciones del bar de mala muerte en el que acaba de hallar a su amigo.

―Mi respuesta es no ―murmuró Shikamaru sin siquiera molestarse en mirar al rubio. Sorbió otro trago sintiéndose frustrado cuando notó que Naruto no se había movido de lugar―. No tiene caso que insistas.

Una vez que la camarera se retiró, se produjo un silencio tenso.

―Tranquilo. ―La voz de Naruto sonó relajada mientras tomaba asiento en el puesto del frente―. No tenía intenciones de hacerlo.

Esta vez Shikamaru Nara sí alzó la vista para verlo. Su mirada oscura se rasgó aún más y su expresión denotó la desconfianza natural de los sabuesos con una larga trayectoria en el oficio.

―¿No?

―Ya entendí que eres una causa perdida.

Shikamaru lo observó con criticidad y luego de otros tensos segundos de silencio, el pelinegro sonrió con petulancia.

―Has pasado mucho tiempo con Ino, ¿a que sí?

―¿A qué te refieres? ―indagó el rubio, tranquilamente―. Vine a verte porque tenía una propuesta que hacerte, pero no tenía idea de que iba a encontrarte así. ―Naruto hizo una pausa al tiempo que sus ojos azules recorrían la anatomía harapienta de Shikamaru; éste al saberse objeto del escrutinio arrugó el ceño y, como ya era su costumbre, ahogó sus verdaderos pesares en el alcohol―. Es obvio que no estás en condiciones de ayudarme cuando el que realmente necesita ayuda eres tú.

―La misma basura moral, sin duda.

Naruto se alzó de hombros y Shikamaru al darse cuenta de que no pensaba decir nada más, espetó:

―Es un hecho que la psicología inversa no te funcionará.

―Es una suerte que no planee usarla.

―¿Y por qué carajos estás aquí entonces?

El rubio se contuvo de soltarle la reprimenda que creía se merecía y, armándose de paciencia, dijo:

―Quería que vieras esto. ―Naruto le tendió el periódico del día; en cuya primera plana se leía el siguiente titular: Postergada ejecución de Orochimaru tras brindar valiosa información sobre Akatsuki.

Mientras el cerebro de Shikamaru procesaba lo que acaba de leer, sus ojos se quedaron guindados en la última palabra; el nombre de la escurridiza organización terrorista que durante años su unidad había estado persiguiendo. La razón por la que su vida se había ido a la mierda.

―Se suponía que debían ejecutarlo ayer, pero por lo visto decidió soltar su lengua viperina, después de todo.

―Te dije que sí existía. ―Fue todo cuanto dijo el pelinegro en un intento por apaciguar su inquietud; sin embargo, su fisonomía se puso repentinamente lívida y su mirada se endureció un tanto más―. No quisieron escucharme.

―Y me disculpo por eso ―susurró Naruto como si de verdad estuviera avergonzado de su proceder―. No quería arriesgar a más hombres y actué como un soberano tonto.

Después de Naruto ofrecer sus disculpas y de Shikamaru haberlas escuchado, ninguno de los dos pareció tener más nada que decir. El rubio se perdió por un momento en las risas estentóreas de los demás clientes del bar mientras ordenaba sus pensamientos. Luego de otro rato de aparente inactividad por parte de ambos, Naruto estuvo a punto de creer que Nara en serio era una causa perdida y que los consejos de Ino no surtirían efecto; hasta que oyó la pausada voz de Shikamaru preguntar:

―¿Qué fue lo que dijo? ¿Alguna pista de los asesinos de Asuma-sama y…?

―El fiscal me dijo que Orochimaru aseguró que no conoce a ningún Hidan... ―contestó Naruto sin darle tiempo de terminar la pregunta; ansioso por hacerlo participe de sus descubrimientos―. Al parecer, no estaba en la organización cuando él formaba parte de ella. Sin embargo…

―¿Cómo es posible que no lo conozca? ―Interrumpió Shikamaru, alterándose―. Es obvio que está mintiendo.

―Déjame terminar ―pidió Naruto sin saber cómo debía sentirse por haber logrado despertar al fin el interés de Shikamaru―. Orochimaru sostuvo que no conoce a ningún miembro de Akatsuki con ese nombre. Pero sí admitió haber trabajado con alguien apodado Kakuzu. Y según su testimonio, la descripción del hombre corresponde a la que tú y tus compañeros hicieron del sujeto el año pasado.

Shikamaru aguardó unos segundos y finalmente razonó:

―Debió entrar después de la deserción de Orochimaru.

―Es lo que también creo.

Naruto arrugó el ceño cuando vio al pelinegro hacerle seña a la camarera; iba a decir algo, pero recordando las recomendaciones expresas de Ino, prefirió no hacer reproches y se concentró en contestar unos mensajes que Shino acaba de enviarle referentes a la investigación del caso Nohara.

―¿Qué es lo que quieres que haga? ―oyó que le preguntaba Nara mientras pedía la cuenta.

―¿Cómo?

―Dijiste: "Vine a verte porque tenía una propuesta que hacerte". ―Lo citó para acto seguido repetir―. ¿Qué es lo que quieres que haga?

El detective Uzumaki, a pesar de los años de amistad que lo unían a Shikamaru y de saber que él no sería capaz de desperdiciar la oportunidad de resolver su único Cangrejo Policial, se sintió nervioso. Procurando parecer tranquilo, Naruto se aclaró la garganta y sin despegar sus ojos de Nara, musitó:

―Quiero que me ayudes a atrapar al asesino de Tenten Nohara.

―Estás demente ―rugió mirándolo, ardientemente.

En ese preciso instante, Shikamaru se preguntó por qué Diablos todo el mundo creía que él podía resolver ese caso. Sin siquiera sospecharlo, Naruto era la tercera persona que le pedía su ayuda para esclarecer u ocultar detalles del crimen de Tenten Nohara.

―Eres nuestro mejor detective.

―Ya no soy un policía ―replicó cortante mientras sacaba de su billetera el dinero suficiente para pagar la cuenta.

―Ella te lo agradecería mucho ―pinchó, tratando de ganar terreno ahora que el ex detective parecía resuelto a irse―. Su hermano también es sospechoso.

―Kankuro no lo hizo y lo sabes ―sentenció con ojeriza mientras se ponía de pie ―; hablé con él y su coartada es consistente.

―Tal vez ―dijo Naruto, imitándolo e irguiéndose en toda su estatura―. Pero dudo que Temari te perdone si le das la espalda...

―Deja de meterla en esto.

―Está metida hasta el cuello, Shikamaru. ¿De verdad creíste que dejaría que Kankuro enfrentara esto solo?

Naruto se apoyó en el bastón y dio un par de pasos en dirección a un alterado Shikamaru. Posó su mano en el hombro del pelinegro y con una sonrisa lastimera, argumentó:

―Todos comentemos errores; algunos más graves que otros. No es fin de mundo; es solo una manera de expresar que hoy somos más sabios que ayer.

―Solo cuando esos errores no cobran vidas ―comentó, derrotado.

El agarre de Naruto sobre el hombro de su amigo se intensificó.

―Sobre todo cuando esos errores cobran vidas ―contradijo; no solo para confortarlo, sino porque así lo creía―. Esta podría ser la oportunidad que necesitas para enmendar esos errores y recuperar tu vida.

Shikamaru estuvo un rato sin moverse, luchando porque ese nudo que se había formado en su garganta no dejara a la vista las costuras de su alma maltrecha. Cuando no pudo resistirlo más, un montón de gruesas lágrimas de rencor y remordimiento empezaron a resbalar por sus mejillas.

―Nada de lo que haga ahora va a ser que ellos vuelvan a estar conmigo. Asuma-sama está muerto y Chougi…

―Claro que sí, Shikamaru; puedes hacer justicia. Lograr que los responsables paguen por lo que les pasó.

Tras un corto silencio que le permitió recuperarse de su episodio de catarsis, Shikamaru inquirió:

―¿Qué tiene que ver el asesinato de Tenten Nohara con lo que le pasó a Asuma-sama y a Chougi?

―Aparentemente, nada. Pero mira esto ―Naruto le mostró una de las fotografías que Sakura había anexado recientemente al expediente del caso Nohara―. Estaba en la escena del crimen y coincide con el…

―El anillo del maldito de Hidan.

―Exactamente. ¿Y ves este de aquí? ―Una foto de Orochimaru donde traía un anillo, sino igual al primero, por lo menos con las mismas características―. Jiraya-sama me consiguió una entrevista con Orochimaru; quiero hablar con él de esto. Ese desgraciado está tan desesperado por librarse de la muerte que de seguro nos va a ayudar con tal de que la fiscalía le ofrezca un trato.

―A esa mujer la asesinaron en la Galería de mi esposa. ―Shikamaru se estremeció, horrorizado e iracundo por igual―. Ese desgraciado estuvo allí.

―Es lo que sospecho.

Ambos se quedaron callados, ponderando sus descubrimientos.

―Necesito tu ayuda ―farfulló Naruto al cabo de un rato. Mientras esperaba una respuesta, no apartó sus inquisitivos ojos azules de Shikamaru, pero dado que la misma no se produjo, lo instó―: Sabes que nos necesitamos para resolver esto, Shikamaru.

Aunque era total e irrefutablemente cierto, Nara todavía tenía muchas dudas al respecto. Y cuando un hombre se pierde la fe, es casi imposible que la vuelva a recuperar; más si se trata de alguien como Shikamaru Nara.

―Tengo que pensarlo.

Y tras decir eso, Shikamaru se marchó sin darle chance a Naruto de volver a insistir. El rubio se quedó allí no sabiendo que tan productiva había resultado su estrategia de convencimiento al tiempo que se preguntaba qué tan conveniente era para sus propósitos haber compartido con Shikamaru detalles confidenciales de la investigación. Pensó que pese a lo mucho que parecía haber cambiado, el ex detective seguía siendo un hombre de confianza. Sin embargo, solo estaba dispuesto a esperar por su respuesta una semana. No más. Si en ese lapso de tiempo no recibía una contestación positiva, él daría por sentado que se estaba negando a brindarle su ayuda y, por muy difícil que le resultara, buscaría otra forma de esclarecer el crimen. Encontraría una manera de castigar al culpable.

―Me importa una mierda que sea tu hermano ―sentenció Obito sin despegar los ojos del rostro indolente de Itachi―. Si quiere atrapar al asesino de Tenten que investigue y lo haga, pero que no se meta en mis asuntos.

―No va a volver a pasar ―murmuró el otro Uchiha―. Yo mismo me encargaré de que Sasuke se enfoque.

―Eso espero. Porque tú mejor que nadie sabe lo que le sucede a las personas que me generan problemas.

Itachi hizo un gesto de asentimiento y esperó de pie junto al umbral mientras Obito Uchiha terminaba de guardar en su portafolio unos documentos de carácter confidencial que uno de sus lacayos acababa de entregarle. El menor de los Uchiha echó una mirada distraída alrededor del antiguo despacho de su padre mientras intentaba ubicar el mejor lugar para ocultar algo; tratando de desentrañar los peliagudos pensamientos de Fugaku Uchiha.

―¿Todo en orden?

―¿Cómo?

―Tienes la mirada perdida. ―señaló Obito dando un par de zancadas en dirección a la puerta―. ¿Demasiados recuerdos?

―Para nada ―replicó Itachi, cortante, recuperando su habitual expresión de apatía.

El hombre lo observó con desconfianza, pero no quiso llover sobre mojado. Mientras se acomodaba la manga de su saco de lino, preguntó:

―¿Alguna pista del dispositivo?

―Ninguna hasta el momento. Ya revisamos su departamento y el hotel dónde pasó la noche antes de morir, pero no hallamos nada interesante.

―No sé qué está pasando contigo, Itachi. Hace algunos meses eras tan efectivo. Ahora, en cambio, tengo que estar limpiando tus desastres. Y para colmo de males, no eres capaz de cumplir una tarea tan sencilla como la de conseguir una simple computadora.

―La voy a conseguir ―le aseguró―. Ya tengo una nueva línea de investigación.

―No me digas lo que piensas hacer, Itachi; hazlo. Demuéstrame con hechos que puedo seguir considerándote mi hombre de confianza.

―Así será.

Obito asintió y cruzó el umbral hacia el vestíbulo. De un momento a otro se detuvo en seco y sin volverse, exigió:

―Ah… y antes de que lo olvide: que sea la última vez que me enteré que utilizaste nuestro parentesco para pedirle favores personales a mi esposa.

Ino frunció el ceño de nuevo.

―¿Por qué no puedo saber a dónde vas?

―No es que no puedas; es solo que no tiene importancia.

―Hablas como Sai; él también está muy raro.

Sakura bosquejó una sonrisa forzada.

―Ino, eres el tipo de persona que decide que alguien está actuando raro cuando no te participa cada maldita cosa que pasa por su cabeza. ―La forense se sacó la bata blanca y se encaminó al área de casilleros para guardarla allí junto al resto de su indumentaria médica. Con un mohín de cansancio, dijo―. No todas las personas nos sentimos cómodas hablando con un psiquíatra.

―Yo soy tu mejor amiga, frentona.

Sakura le sonrió sin muchas ganas mientras tomaba un sobre y una rosa que estaban pegados en la puerta de su casillero.

―¿De quién es? ―curioseó Ino a lo que notó lo que Sakura tenía en la mano.

―No lo sé ―dijo Sakura, esquivando las ágiles manos de Ino y creyendo por un momento –a pesar de las bajas probabilidades- que se trataba de una disculpa de Neji Hyuga―. Es de Rock Lee.

Ino tomó la nota pasando desapercibido el murmuro desilusionado de Sakura. Mientras ésta se repetía que sería mucho más fácil para ella ejecutar sus planes si Neji no volvía a buscarla, la rubia leyó el contenido de la carta en voz alta:

Espero que esta rosa que no se compara a tu inigualable belleza, sirva para levantarte el ánimo, Mi Bella Flor. ―La psiquiatra torció el morro, aburrida―. Hasta Lee se dio cuenta de que te pasa algo... y no soy tan tonta para creer que solo es por lo de Sarada.

―Él simplemente quiere ser amable ―explicó Sakura, concisa, sin caer en la trampa de su amiga.

Ante la intensidad de la recriminadora mirada de Ino, Sakura se encogió de hombros.

―¿Supongo que no le has dicho?

―Tú no se lo dijiste a Shikamaru como en diez años; así que sin reproches.

―Eso es totalmente diferente ―rebatió la psiquiatra, entregándole la nota a su amiga, que rápidamente, la guardó en su locker y tomó una bolsa de plástico negra―. Shikamaru era mi mejor amigo.

―Claro que es completamente diferente: es más cruel, de hecho. El pobre de Shika pasó más de diez años suspirando de amor por ti y tú haciéndote la desentendida. Gracias a Dios que conoció a Temari.

Ino se mofó al tiempo que seguía a Sakura hacia el pasillo.

―Sí, tienes razón. Luego la hizo su esposa y lo arruinó. Es lo que habría pasado si yo me hubiese casado con él. No solo estaría divorciada; sino que habría perdido a mi mejor amigo.

Las mujeres cruzaron miradas desafiantes y rodaron los ojos simultáneamente ante la actitud testaruda de la otra. La rubia emitió un sonoro suspiro de frustración entretanto esperaban que el ascensor que las llevaría hasta el estacionamiento del hospital, abriera sus puertas. Mientras se acicalaba las hebras blondas de su cabello en una cola alta, Ino vio a su amiga constatar la hora en su reloj de muñeca una y otra vez. Así que retomando el punto inicial de la conversación, insistió:

―No entiendo; si no puedes ver a Sarada y Sasuke no está en la ciudad ¿a dónde demonios vas?

―Ya te dije que no importa ―aseveró Sakura, verificando la hora una vez más al tiempo que se embutían en el ascensor.

Ino la fulminó con la mirada y tomó nota mental de su ansiedad. Sin darse cuenta de que estaba siendo psicoanalizada por su amiga, Sakura calculó que faltaban alrededor de unos cuarenta minutos para que cerraran las instalaciones del Ministerio Público; si quería conseguir las pruebas que Sasuke le solicitó a cambio de su médula espinal, debía darse prisa. De manera que cuando el ascensor llegó a su destino, Sakura se alejó de Ino a grandes zancadas y sin darle oportunidad de contraatacar con una nueva serie de preguntas innecesarias, se montó en su auto y se marchó. Quince minutos después estaba aparcando a unas calles de la fiscalía. Los latidos acelerados de su corazón eran una muestra de lo mal que llevaba su nuevo oficio de espía.

La forense tomó varias bocanadas de aire antes de tener el valor de mover siquiera un músculo. Se miró al espejo durante un par de minutos más y cuando el frío de su espina dorsal se hubo disipado, agarró la bolsa negra, la desató y sacó la vestimenta que utilizaría en su labor de infiltrada. Luego de cubrirse el cabello con un gorro sencillo y ataviarse un sobretodo negro y unas gafas oscuras, se apeó del vehículo. Con pasos vacilantes, pero convicción firme, Sakura se dirigió hasta la sede del Ministerio Público; segura de que sería descubierta a las primeras de cambio, convencida de que todo eso era un gravísimo error. Sin embargo, en esta ocasión la suerte pareció estar de su parte porque Sakura no solo pudo burlar todos los puntos de control de la fiscalía, sino que logró llegar al piso donde estaba la oficina de Neji sin toparse con nadie que amenazara con desmantelar su plan. Una vez allí, se ocultó en el baño de damas y solo tuvo que esperar aproximadamente media hora para que toda señal externa de movimiento, cesara.

Otra vez con los nervios de punta, la mujer abandonó su escondite e iluminando sus pasos con una diminuta linterna, tomó el pasillo que conducía hacia la oficina del Fiscal del Distrito. Cuando leyó el rotulado de la puerta, su corazón latió de forma frenética: hacían dos días de su enfrentamiento con Neji en el hospital y aunque no lo había visto ni hablado con él desde que le admitiera sus inclinaciones homicidas, cada detalle de esa noche estaba muy afianzado en su mente. Sakura sacudió la cabeza para desterrar a Neji de sus dominios mentales y poder enfocarse por completo en lo que tenía que hacer. No era abogada, pero el tener tantos amigos policías la hacía consciente de lo que le sucedería si llegaba a ser atrapada infraganti.

―Cálmate, Sakura ―se susurró a sí misma mientras tomaba de uno de los bolsillos de su saco un par de guantes de látex y se los colocaba, torpemente, para poder abrir la puerta―. ¡Mierda! ―chilló.

La puerta estaba cerrada. Completa y férreamente cerrada. Hecha un manojo de nervios, a Sakura le llevó más tiempo del requerido recordar que, gracias a la mala influencia que Naruto había tenido sobre ella durante su adolescencia, ella era una experta violentando cerraduras. Cuando su cerebro logró apaciguar los latidos furiosos de su sobresaltado corazón, la forense se sacó el gorro para tomar uno de los ganchos con los que se sujetaba el cabello y en menos de tres intentos, la puerta estaba de par en par. Sonrió. Por primera vez confiada de que tendría éxito, ingresó al despacho, cerrando la puerta en el proceso. Guiada por la débil luz de la linterna, caminó hasta el escritorio de Neji y empezó a hurgar entre las carpetas que reposaban en la superficie del mismo. Cuando no halló nada allí, continuó con las gavetas hasta que se topó con una que también estaba trancada. Sin abrumarse más de la cuenta, apeló nuevamente al truco del gancho y aunque en esta ocasión se tardó más que con la puerta, pasados unos minutos logró abrir la gaveta.

Sakura tuvo que ahogar un grito de horror cuando lo primero que saltó a la vista fue un revólver embalado en una bolsa de plástico. Ella había pasado la mayor parte de su vida adulta rodeada de policías y cadáveres, pero todavía seguía sin sentirse cómoda con las armas de fuego. Este, sin embargo, no era el momento para montar lo que Ino calificaría como un melodrama insustancial, por lo que haciendo a un lado sus recelos por el hecho de que Neji tuviera en su haber una pistola, Sakura se tomó un minuto o dos para tranquilizarse y continuó con su búsqueda. Lo siguiente, no obstante, sucedió muy rápido: las pisadas fueron prácticamente silenciosas; así que ella solo supo que había alguien más en la habitación cuando la puerta estuvo abierta y la luz encendida.

―¿Sakura? ―la llamó una voz y antes de que sus palpitaciones se desenfrenaran, ella había identificado al otro perpetrador.

Continuará...


Vine corriendo a dejarles este capi, que amé escribir. Ojalá les haya gustado y me cuenten que les pareció... Aceptó sugerencias :D

¡Feliz existencia!