Damas y caballeros, gracias a vosotros este fanfic ha batido el record de más reviews recibidas entre todos los míos. Gracias, amores! Yo por mi parte este mes he batido el record de número de palabras en un capítulo, así que leedlo a ratos o si no acabaréis indigestados como después de las comilonas navideñas. Agradezco vuestros comentarios y ánimos para seguir escribiendo. Como ya no nos 'veremos' hasta enero, os deseo feliz Navidad y próspero Año Nuevo.

Resumen de lo publicado:

La vida de Castle se convirtió en pesadilla tras perder a Beckett, pero una madrugada de Abril de 2017 se encuentra un regalito que le indican dos cosas: Que su esposa está viva y que es el padre de una preciosa bebé de dos meses: Lily.

Durante estos últimos meses, Castle se muere por averiguar cómo Kate fingió su propia muerte y se convirtió en una especie de justiciera conocida como 'Lirio blanco', el terror de los corruptos, pero ahora es padre de Lily y prefiere centrarse en fingir que es un atractivo viudo. Como complemento están su encantadora hija (y a la par su infernal editora) Alexis y la sabia consejera Martha Rodgers.

Los últimos encuentros furtivos del Caskett sirvieron para sospechar que hay un traidor en el grupo que llevó el caso LokSat y para hacerse con un viejo móvil trucado con el que se mensajea con Beckett. Además Martha tiene sospechas de que la eficaz niñera de Lily no es trigo limpio.

Para colmo Jim Beckett encuentra pruebas que involucran al mismísimo presidente de los Estados Unidos en la muerte de su esposa. Por el camino el hombre se hizo un chichón y Castle se llevó una sonora bofetada de Hayley.


DICIEMBRE 2017


Viernes, 22 de diciembre en Nueva York: Una marea de gente se mueve por las grandes avenidas respirando el frío aire de un invierno recién estrenado, mezclado con el humo del intenso y ruidoso tráfico. Pero al contrario que otros días hoy están todos felices y exultantes, ultimando sus compras navideñas, cargados de aparatosas bolsas de plástico y pegando la nariz en los escaparates de las tiendas en busca de aquel regalo que les falta. Las coloridas y brillantes luces reclaman su atención y muchos altavoces, estratégicamente colocados en las zonas más concurridas, recuerdan con villancicos de almibaradas voces que estamos en la época más feliz del año, aunque no quieras.

Estos eran los días del año favoritos de Jackson Hunt, aunque no por la obligada felicidad y la bondad humana que se respiraba en el ambiente, sino porque había tanta gente rara en las calles que se podía infiltrar como uno más sin llamar la atención. Porque Hunt era de esos hombres que, tuviese la edad que tuviese, llamaba la atención, pues era alto, atlético, con pelo abundante -aunque ahora ya blanco-, piel curtida, irresistible sonrisa y voz grave con educado acento de la región que hiciese falta. Sin embargo hoy había dejado todo su atractivo de lado y se encontraba en los servicios de caballeros del centro comercial de más solera de Manhattan: "Macy's", a un paso del Empire State Building, con unos ropajes rojos que no le favorecían nada y que además le estaban dando un calor tremendo. Maldiciendo en voz baja contempló su oronda imagen en el espejo y terminó de peinarse su espesa barba blanca, la misma que había provocado este último año continuas pullas por parte de esa maleducada británica. Si Hayley lo hubiese visto ahora, comprendería por qué se la había estado dejando crecer.

En el mismo centro comercial, a unos pasillos de distancia, se encontraba Alexis, que en este momento estaba llamando poderosísimamente la atención sin querer: iba vestida con un deslumbrante vestido de fiesta, que asomaba por debajo de un elegante abrigo de Armani, todo muy pensado para el evento al que tenía que acudir en media hora. Bueno, todo menos el casco de ciclomotor color rosa con un dibujo de Hello Kitty. A pesar de ese toque infantil, la joven desentonaba totalmente en la cola que estaba guardando para hacerse una foto con Santa Claus, rodeada de padres, madres y revoltosos niños, aburridos de esperar su turno para la ansiada fotografía con tan famoso personaje, que no hacían más que juguetear a su alrededor y que ya le habían pisado dos veces.

Se alegró enormemente cuando vio llegar a su abuela a lo lejos con la pequeña Lily en brazos, cosa que era una temeridad con lo grande que estaba la pequeña, ya con diez meses, pero supuso que 'la diva' Martha Rodgers habría venido en taxi, negándose a llevar uno de esos 'trastos del demonio' que decía ella, que no era otra cosa que una sillita con ruedas. Martha, fiel a su estilo, también llamaba la atención vestida con un abrigo de piel, una bufanda de leopardo, y collares que asomaban entre sus ropajes. Lily, la más recatada -tras las súplicas de Alexis a su padre de que no la intentara disfrazar de elfo, ni de duendecillo, ni de reno- llevaba un vestido de terciopelo verde oscuro, leotardos blancos y botines de charol negro, que asomaba por debajo del un abriguito a juego con el vestido.

- Lo siento, lo siento. Ya sé que llego tarde. - se disculpó Martha mientras le daba un medio abrazo a Alexis, que suspiró aliviada, dándole un beso a su abuela y otro a Lily, que al ver a su hermana empezó a llamar su atención para que la cogiera en brazos diciendo "apa lexi, apa". La pelirroja le dio el capricho, pues sabía que era cuestión de minutos que cambiara de opinión y así descansaría su abuela un rato.

- No te preocupes, has llegado justo a tiempo, con la Vespa estaré en "Barnes & Noble" en cinco minutos. - dijo, refiriéndose a la librería donde la editorial que había 'picado' a publicar "El osito Cosmo" celebraba una pequeña fiesta con todas sus novedades para esta Navidad.

- ¿Cómo está papá? - le preguntó la chica preocupada.

- Ay, querida, tendrías que haberlo visto. Como si fuese su primer libro: Ha tardado media hora en elegir la corbata, para al final no ponerse ninguna. Y se ha probado todas las chaquetas con terciopelo que tiene y ha estado desfilando con ellas haciéndome sentir como Richard Gere en Pretty Woman.

- Bueno, bien mirado es su primer libro infantil, es lógico que tenga miedos de primerizo.- comentó Alexis, incómoda con Lily a cuestas.

- Lo que más nervioso le pone es que está firmado con seudónimo y que el gran Richard Castle va a aparecer en una fiesta de una editorial infantil. Piensa que va a ser un shock para ellos, que se alborotarán al verlo llegar y que su libro quedará relegado a un segundo plano.

La cola avanzó un poco y Lily levantó los brazos y llamó a su padre con un gracioso "ués dadi", así que Alexis le dijo

- Papá no está, pero tienes a la abuela... - se la pasó - ...que te va a contar mil y una anécdotas, hasta que os toque hacer la foto son Santa Claus, ¿de acuerdo?

Lily se tuvo que conformar con seguir jugando con los collares de su abuela, y empezó un monólogo de balbuceos como queriéndose adelantar a cualquier historia que le quisiese contar Martha, demostrándole que ella también sabía contar interminables anécdotas.

Alexis se despidió y caminó a paso ligero por el largo pasillo, topándose con un Santa Claus de sonrojadas mejillas que se le quedó mirando sonriente, la chica se dio cuenta y le sonrió diciéndole "Feliz Navidad" mientras aceleraba y se abotonaba el abrigo antes de salir por una de las puertas del centro comercial. Hunt se quedó prendado de la mujer en la que se había convertido su nieta mayor y avanzó con contoneantes andares para relevar al Santa Claus oficial, cosa que después de horas trabajando, seguro que no se iba a negar, a pesar de que no había relevos de Santa Claus en "Macy's".


A diez manzanas al norte, en la librería "Barnes & Noble" de la Quinta Avenida, Richard Castle, ataviado con una Navideña americana oscura, con solapas de terciopelo granate, que contrastaba con la camisa roja que asomaba por su cuello, observaba a la gente que iba llegando al lugar mientras hacía que leía un libro ilustrado de brujas para niñas de hasta doce años. La mayoría de los asistentes eran jóvenes que estaban empezando a labrarse una carrera como escritores o ilustradores de literatura infantil y juvenil, todos trajeados elegantemente, ilusionados y revoloteando sobre la mesa de canapés con la misma buena gana para comer que todos los que empiezan en este oficio y que suelen guardar dieta forzada por la falta de dinero.

A Castle le fastidió ser el más mayor del lugar, y le fastidió aún más no ser reconocido por ninguno de esos jovenzuelos, ni siquiera por las chicas. Con el morro torcido dejó el libro de las brujas y se acercó a la zona donde estaba expuesto su libro, compartiendo espacio con los demás. Al ver la graciosa portada sonrió, y leyó pasa sí mismo "El Osito Cosmo", y a continuación acarició el relieve de las letras que decía "Escrito por: Elisabeth Rodgers". Había elegido el nombre de pila de su pequeña musa, y había optado por su apellido original, ya que el archifamoso 'Castle' estaba vetado en temas infantiles e inocentes, además de paso quizás su madre le perdonase el hecho de que él se cambiara el apellido cuando empezó a publicar.

Se quedó mirando la colorida portada donde un gracioso y regordete osito Cosmo volaba en su nave espacial, dirigiéndose a la Tierra. Y por último leyó la línea "Ilustrado por: K. Darling" y torció el gesto pensando que alguno de esos casi imberbes o alguna de esas chiquillas sería "K. Darling". Alexis se había tomado tan en serio el mantener en secreto la identidad del verdadero autor del libro, que ni siquiera se lo había presentado. Y a propósito de Alexis ¿Dónde se habría metido? ¿Qué tendría pensado su editora-hija cuando preguntaran por 'Elisabeth Rodgers'? Alzó la cabeza para intentar buscarla entre la multitud y cuando estaba estirando el cuello como una tortuga oyó a sus espaldas entre el creciente barullo:

- Oh, Dios mío... ¿Rick?

El escritor sintió su corazón dar un tumbo y mecánicamente se dio la vuelta mirando hacia abajo, como si su subconsciente lo estuviera guiando. Esa voz tan familiar lo transportó a principios de los noventa y delante de él se materializó la imagen de la mujer más importante para él en aquella época. Sintió que las palabras se agarraban a su garganta no queriendo salir, hasta que logró articular su nombre: "Kyra".

- ¡Kyra! - repitió sorprendido... gratamente sorprendido, de hecho.

Por un momento se olvidaron de lo que tenían alrededor y se abrazaron con el cariño que siempre se habían profesado, sin rencor alguno, por los casi tres años que compartieron y que debido a su juventud y sus diferentes inquietudes, no llegaron a ser más.

- "¿Qué haces tú aquí?" - Se preguntaron ambos al unísono, lo que provocó que también se rieran sincronizadamente.

Como siempre, fue Castle quien empezó a explicarse:

- ¿Que qué hago aquí? Te voy a contar un secreto: He escrito un libro infantil usando un seudónimo y nadie de aquí lo sabe. - dijo con su irresistible picardía

La cara de Kyra pasó de sonriente a incrédula.

- ¿Bromeas? - le preguntó inquieta.

- No, no bromeo, en serio, mira: Soy 'Elisabeth Rodgers'. El 'Rodgers' que sustituí por 'Castle' antes de conocernos. - dijo orgulloso cogiendo un ejemplar de "El osito Cosmo" y señalándole con el dedo el nombre.

Kyra se movió graciosamente de un lado a otro como si estuviese pisando fuego y frunciendo el ceño con emoción le dijo en voz baja:

- Pues resulta que... yo soy 'K. Darling' - dijo ella señalando en la misma portada la línea que decía 'ilustrado por'.

- ¿¡QUÉ!? - exclamó un sorprendido Richard Castle, que fue oído en toda la sala y que provocó que algunas cabezas se girasen.

Kyra se encogió algo incómoda, y entonces él añadió en voz más baja:

- Pero no es posible, Alexis me dijo que los dibujos eran de alguien que estaba empezando...

- Bueno, eso es cierto. Resulta que estoy empezando como ilustradora... - entonces pareció caer en la cuenta de algo - Ah, claro, Alexis... es tu hija, ya decía yo que me resultaba familiar...

- Entonces... 'K. Darling'... la 'K' será de 'Kyra'... - comentó Castle con curiosidad

- Y 'Darling' por Peter Pan. - se adelantó ella.

- Ah, claro, Wendy Darling, la amada de Peter Pan... - se le quedó mirando sonriente - ... Pues sí, te pega...

- Sí. Sí que me pega. - dijo pensativa Kyra perdiéndose en el brillo de su mirada.

Ambos se quedaron en silencio unos segundos, sonriendo y mirándose profundamente a los ojos sin necesidad de seguir hablando. Tampoco había que ser un hacha para pillar la analogía entre Peter Pan, el niño que no quería crecer, y Castle, el adulto que no había dejado de ser un niño.

- Te veo bien - dijo finalmente Rick, reparando en el sobrio vestido de noche negro, que no obstante resaltaba sus femeninas curvas.

- Gracias por el cumplido. Tú estás... - ella reparó en el llamativo terciopelo - ... como siempre.

Su embelesamiento fue interrumpido por una acelerada Alexis que acababa de llegar con el tiempo más que justo.

- Perdón, papá, llego tarde, lo sé, pero no sé qué pasa ahí fuera que está todo lleno de paparazzi... - se interrumpió al verlo con Kyra - Ah, vaya, ya veo que os habéis presentado.

- ¿Bromeas? - dijo Castle - ¡Es Kyra!

Alexis, que con tanta abreviatura y seudónimo no había caído en la cuenta, exclamó:

- ¿Kyra? ¿Kyra Blaine?... ¿'Tu' Kyra?... ¿La que bailó contigo bajo el reloj de la estación Grand Central justo antes de marchar a Londres a ver mundo y que tú dejaste escapar? - comentó la chica como si fuese una antigua historia que su padre le hubiese repetido hasta la saciedad.

- Síííí. - dijo él ilusionado como un crío.

- Esa misma, sí. - comentó Kyra más comedida y un poco incómoda.

- Pero... Yo creía que te llamabas Kyra Darling.

- Bueno, ese es mi seudónimo. No quería que se supiera mi verdadero apellido. Quería... Necesitaba labrarme un camino por mí misma, sin nadie que me facilitara las cosas. Pero bueno, no soy la única... - dijo sonriendo con complicidad a Alexis.

- ¿Qué? - preguntó Castle, dándose cuenta del gesto.

- Se refiere a mí, papá. Como editora soy conocida como 'Alexis Harper' en vez de 'Alexis Castle', tampoco quería que influenciara mi apellido, así que escogí el de mi madre.

- No tenía ni idea. -dijo Castle algo molesto por tanta renegación familiar. Ahora comprendía mejor porqué le fastidiaba a su madre que él se hubiese deshecho del apellido 'Rodgers'.


En ese momento un alboroto en la puerta acristalada del establecimiento llamó la atención de los tres, que observaron cómo los paparazzi estaban intentando tomar fotos del interior del local, incluso desde el otro lado de los escaparates de la tienda.

- ¿Qué ocurre ahí fuera? - preguntó Castle.

- No sé... - comentó Alexis - ...pero iré a enterarme. - Y se dirigió a la puerta lo más deprisa que pudo caminando con sus zapatos de fiesta.

A todo esto, Kyra se mantuvo escondida estratégicamente detrás de las anchas espaldas del escritor, asomando sólo tímidamente la cabeza por un lado.

- A lo mejor se han dado cuenta de quién se esconde bajo el nombre de 'Elisabeth Rodgers' y a corrido la voz - dijo él contento, pensado en la publicidad extra que iba a ser eso.

Kyra no dijo ni pio y escondió también la cabeza detrás de Castle cuando notó que los flashes le estaban enfocando.

- ¿Qué pasa, Kyra? - dijo él dándose cuenta de su extraña actitud.

La mujer le miró con ojillos de cervatillo pidiendo ayuda.

- Me temo que... es por mí. - dijo avergonzada.

- ¿Por tí?

- Sí... Resulta que... mi marido... es decir, Greg y yo... bueno, hemos decidido darnos un descanso... - tragó saliva y frunció el ceño.

La cara de Castle cambió de extrañado a sorprendido y finalmente a apenado, Kyra comentó cabizbaja:

- No hay nada como una 'familia bien' rota por el dolor en Navidad para que venga la prensa carroñera a recoger los pedazos. Tú bien lo sabes, Rick.

Castle vio el dolor de Kyra en sus ojos, no sólo por la separación de su marido, si no por la exposición de su vida privada al público. Él mismo, en otros tiempos, había sido la comidilla de los paparazzi: siempre había algún tipo agazapado entre los matorrales, a la caza de una foto del playboy Rick Castle con alguna supermodelo o actriz, o simplemente pillarlo con una copa de más y alguna otra prenda de menos, como ya había pasado. A él ese tipo de cosas le daba igual, pero Kyra siempre había sido discreta y algo reservada. Por ejemplo, cuando empezaron a salir en la universidad, tuvieron que pasar seis meses para que él se enterara que esa dulce estudiante de arte con la que salía era la única hija de una familia de clase alta, de los que podían ir a Gramency Park de toda la vida y que tenían abono para la ópera. Él, en esa época, sólo tenía números rojos en el banco, después de que el dinero ganado por su primer bestseller se agotara. Fue Kyra quien le hizo ahorrar el adelanto por su siguiente libro y fue ella quien lo mantenía a raya, haciéndole escribir cuando ella estudiaba y obligándole a cocinar en un fogoncillo de gas de su piso de estudiantes para ahorrar. Ahí fue cuando aprendió a hacer su famosa pasta carbonara y fue en esa época también cuando comprendió lo que era estar enamorado de verdad de una mujer.

- ¡Vamos! - dijo él ofreciéndole la mano.

- ¿Cómo?

- No tenemos que aguantar esto. Ven conmigo. - insistió haciéndole un gesto.

Ella echó un último vistazo a los flashes que venían de la puerta y que también se apreciaban a través de las ventanas y entonces Kyra le cogió de la mano con fuerza para dejarse guiar.


Castle avanzó entre los pasillos de libros y empujó una puerta de emergencia. Bajaron las escaleras de metal, donde resonaban los tacones de Kyra y llegaron al sótano, donde habitualmente cargaban y descargaban las mercancías de las tiendas de toda la manzana, aunque en este momento estaba desierto.

- Vaya, ya veo que te conoces muy bien el sitio. -comentó ella.

- No es la primera vez que me tengo que escapar de aquí... No preguntes.- presumió él.

Atravesaron el almacén a paso ligero y salieron a la calle 46 por una puerta de garaje a media manzana de donde estaban los paparazzi. Ni siquiera llevaban ropa de abrigo, así que al sentir el azote del frío se apretaron el uno junto al otro y aceleraron su paso hacia Park Avenue.

Kyra sintió la misma euforia que recordaba de aquellos años en los que era una jovencita embobada por un chico que siempre se estaba metiendo el líos en los que ella tarde o temprano acababa enredada. Ahora, huyendo por Manhattan junto a Rick, sintiendo su calor y sus respiraciones agitadas que dejaban un reguero de vapor por el frío, pensó que acabarían dando explicaciones a la policía de porqué estaban vestidos de gala y con hipotermia. Miró hacia atrás un momento y vio que habían pasado desapercibidos.

- ¡Lo hemos conseguido! ¡No se han dado cuenta! - susurró sorprendida.

- ¡Claro que no! ¡Soy como un ninja! ¿Recuerdas? - presumió él con su pícara sonrisa una vez más.

Ambos rieron, Rick le soltó la mano y la rodeó con su brazo. También él se sentía vivo por primera vez en mucho tiempo, ya no recordaba lo que era tener adrenalina recorriendo sus venas, tan activo estaba que no sentía el frío azotando su cara. Con el paso acelerado que llevaban avanzaron un par de manzanas en un momento. De lo que ninguno de los dos se dio cuenta fue que alguien de los paparazzi se había separado del grupo y avanzaba en su misma dirección disimuladamente por la acera de enfrente mezclándose con la gente.

Pararon en un semáforo a esperar que se pusiera verde y entonces se dieron cuenta del frío que hacía.

- No es por fastidiar... - dijo Kyra - ...pero ya no siento los pies.

Rick la observó con su fino vestido y sus zapatitos de fiesta, entonces se quitó la chaqueta y se la echó por encima

- Pero... ¡Te vas a quedar helado, Rick! - se quejó ella.

Él sonrió y le hizo un gesto son la cabeza para que viese el edificio que tenían en frente: La estación Grand Central.


Unos minutos después Kyra, aún con la americana por encima, suspiraba agradecida al coger el vaso de cartón que Rick le ofrecía con una sonrisa. Lo sostuvo entre sus ateridas manos e inspiró su agradable aroma.

- Todavía te acuerdas... - comentó ella al reconocer el olor a chocolate con canela.

Él se sentó en el banco, a su lado, contemplando el ir y venir de la gente en el 'Irving Farm Coffee Roasters', que fuese la hora que fuese siempre estaba a tope, sosteniendo otro gran vaso de cartón que desprendía un inconfundible olor a café.

- ¡Cómo olvidar tu bebida favorita en época de exámenes! He supuesto que el estrés de los paparazzi era equivalente a un examen final de arquitectura en la antigua Roma.

Ambos sonrieron y aún temblando por el frío que habían pasado bebieron unos reconfortantes sorbos que los hicieron entrar en calor.

- La verdad es que está siendo peor que un examen. - Kyra le miró a los ojos y encontró su mirada atenta, así que se animó a seguir hablando - Parece que una no puede ser humana... y que ellos encima tienen derecho a juzgarte... Así de la noche a la mañana pasas de ser envidiada a ser señalada con el dedo y aguantar insufribles chismorreos, cuando en realidad... ni yo misma sé en qué situación está mi matrimonio - se calló y jugueteó con su vaso, mientras él la contemplaba enternecido.

- Si Greg es listo hará lo que sea para arreglarlo. - le animó.

Kyra hizo una mueca.

- Tal vez sea yo quien tiene que arreglarlo, Rick. - le confesó avergonzada.

Castle se quedó boquiabierto. En su cabeza siempre era 'él' quien la fastidiaba, pero bueno, supuso que también podía ser al revés.

- En tal caso, sé que tú eres sobradamente inteligente para arreglarlo.

Kyra asintió pensando en si era así de fácil, pero a ella no se lo pareció. A veces la convivencia del día a día generaba pequeños roces que iban acumulándose hasta que explotaba por algún motivo absurdo. Al menos eso le pasaba con Greg... aunque nunca le pasó con Rick.

- Y como no, siempre que hay una crisis en mi vida... apareces tú.- Kyra le sonrió.

- Oye, que quieres que te diga, lo habré heredado de mi madre: una experta en entradas en escena a lo grande.

Al nombrar a la actriz Kyra recordó el horrible día que había pasado hacía más de año y medio, cuando vio a la señora Rodgers por última vez. Movió su mano y la puso encima de la de él, para darle un suave apretón. El frío de su dorso contrastaba con el calor de sus dedos. Este gesto llamó la atención de Castle.

- Estuve en el funeral de Kate. - le susurró mirándole a los ojos, él no pudo sostenerle la mirada, aunque se mantuvo sereno. - Lo sentí en el alma. Fue... tremendamente injusto lo que os pasó.

Kyra notó como la cara de Rick se ponía blanca y sus músculos se tensaban, ella supuso que era por el dolor, cuando en realidad lo que pasaba es que Castle tenía un hervidero de sentimientos en su cabeza, agravados por el hecho de tener que mentirle también a ella.

- Lo fue. Te agradezco que fueses, Kyra. - dijo en un susurro.

Ella le apretó la mano.

- Tengo que decir que es admirable que te hayas reinventado como escritor de libros infantiles. Conociéndote no es sorprendente, pero sí que me alegro de encontrarte tan bien.

Castle no pudo esperar más y sacó el móvil para enseñarle una foto de Lily estrangulando a su oso gigante de un abrazo. Kyra se quedó petrificada.

- Es mi pequeña Lily. Tiene diez meses. La tuve por gestación subrogada. Tenía unos óvulos congelados de Kate y bueno... - Rick se quedó mirando la foto y luego volvió a mirar a una ojiplática Kyra - ...ella es quien me ha dado la vida que se me había ido. He escrito el libro gracias a ella y...

Castle se dio cuenta que Kyra estaba al borde del llanto y se calló inmediatamente.

- Perdona. -susurró ella.

La mujer se levantó tambaleante derramando el chocolate y echó a correr como queriendo escapar de la oleada de sentimientos que invadían su cabeza. Castle, preocupado por lo que hubiese podido pasar dejó el café a un lado, se levantó y la siguió a cierta distancia entre la multitud que iba y venía por los amplios andadores de la estación hasta que ella se paró debajo del reloj de la sala principal.

- ¡Ey! - oyó Kyra a sus espaldas con la voz dulce y comprensiva que ella recordaba.

- Es preciosa, Rick. - le dijo sin tan siquiera girarse. Sus ojos, humedecidos, estaban fijos en la esfera del reloj de la estación.

- Sé que te pasa algo, Kyra, y no tienes porqué contármelo si no quieres, pero al menos dame una pista para saber si tengo que pedirte perdón o algo... - le suplicó.

- Mis problemas son de risa comparado con lo que has tenido que pasar, Rick. No quiero parecer una egoísta. - dijo ella secándose las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

- Si es tan importante como para hacerte llorar, no es una cosa de risa. - dijo él, y esperó detrás de ella, hasta que Kyra se giró lentamente.

- Es que... Es una mierda... Todos tienen hijos menos yo. Hasta tu pobre Kate, que en paz descanse, es madre póstuma. Y yo... Llevamos... Llevábamos más de cinco años intentándolo y ha sido como una gran bomba que hemos cebado y ha terminado por explotar nuestro matrimonio. ¿Ves como es algo egoísta? ¿Ves? - dijo enfadada con el mundo entero.

Rick dio un paso al frente y la abrazó, debajo del gran reloj, como cuando hace años partió a Londres.

- Shhhhh - la calmó él.

Y como aquel día, ella se abrazó a él con fuerza, confiando en que de alguna manera todo iba a salir bien. Y ahí, como los dos jóvenes Rick y Kyra de hace más de veinte años, se mecieron de un lado a otro, bailando lentamente al son de la música que sólo ellos dos oían. En la cabeza de Kyra flotaba la idea de que habían cerrado un círculo y que sus vidas se volvían a cruzar, en esa misma estación, en ese mismo lugar, el destino les estaba brindado la posibilidad de retomarlo.

Ella, agradecida de su consuelo, levantó la cabeza y le miró a los ojos, la mirada de Rick era amable, pero se perdía en el infinito, como si no estuviera allí con ella. Llamó su atención acariciándole la barbilla, él la miró bajando la cabeza y le sonrió.

- ¿Mejor? - preguntó amablemente en voz baja.

Su aliento llegó a Kyra, que lo sintió cálido y familiar, y entonces ella levantó la babilla, echó ligeramente la cabeza hacia atrás y entreabrió la boca. Se quedó esperándole, pero Castle no se agachó, de hecho dejó de mecerse y se apartó de ella lo suficiente como para que interpretara que no iba a besarla.

- "Lo siento" - dijeron al unísono.

Castle sintió que se él había dejado llevar por la situación y la dulce Kyra, al creerlo realmente viudo, no tenía culpa de nada, así que insistió.

- No, Kyra. Yo lo siento. Tú no tienes que pedir disculpas por nada. Es que... simplemente... - ella observó cómo le costaba hablar, algo impropio de él.

- No digas nada, Rick. Comprendo que... aún no estás preparado. - le dijo con una sonrisa y atusándose el pelo con algo de vergüenza por haberlo 'tanteado'.

Castle tragó saliva digiriendo la comprometida situación.

- Es obvio... - dijo Kyra - He sido una tonta. Tu mujer falleció y encargaste un bebé con sus óvulos ¿Quién haría eso? Sólo alguien que todavía está profundamente enamorado... - ella suspiró y lo miró enternecida - Sólo espero que si algún día estás preparado... me llames.

Castle le sonrió.

- En realidad - dijo el escritor - estoy seguro de que arreglarás las cosas con Greg.

Ella dio unos graciosos botecitos devolviéndole la mirada con agradecimiento.

- Y cuando lo hayas arreglado... me llamas y tendremos una ardiente aventura extramatrimonial, ¿eh?

Ambos rieron mucho más tranquilos.

- Bueno, creo que ya he tenido bastante por hoy - dijo Kyra - Mejor me vuelvo para casa a ver cómo lo arreglo...

- Oh, ni hablar. Tenemos una fiesta a la que ir... Y ya tengo pensado un segundo libro del osito Cosmo ¿Se te da bien dibujar luciérnagas espaciales?

Kyra se animó al verlo de tan buen humor, siempre había sido así, siempre se lo había puesto fácil.

- De acuerdo, volvamos a la fiesta, pero vamos a hacer una cosa, primero voy yo y luego vienes tú, así no nos verán llegar juntos y no habrá titulares... - ella se quitó la chaqueta de los hombros y se la devolvió.

- Trato hecho. - dijo él.


Castle observó como Kyra se alejaba hacia la salida en donde siempre había taxis y suspiró aliviado por que todo hubiese salido bien. Él se puso la chaqueta, dio media vuelta y echó a andar, repasando en el móvil los innumerables mensajes de su hija preguntándole dónde rayos se había metido, cada vez con más signos de exclamación, hasta que llegó al banco doble en frente de la cafetería en donde aún estaba el charco de chocolate que Kyra había derramado, pero de donde había desaparecido su café calentito del que casi no había bebido.

Resignado se sentó en uno de los lados del banco y contestó a Alexis que ahora iba para allá, sonriendo mientras se imaginaba a la regañona de su hija buscándole por todo el local. Tan entretenido estaba que no se percató de la figura vestida completamente de negro que estaba sentada en el banco a su espalda, así que cuando habló, Castle se pegó tal susto que a punto estuvo de soltar su famoso 'gritito de chica'.

- De todas las mujeres de Manhattan... tenía que ser Kyra. - la voz era totalmente familiar, aunque algo ronca, así que ni se molestó en girarse para contestar.

- Por Dios, Beckett... ¿Quieres que me de un ataque al corazón? - susurró girando un poco la cabeza.

- No te gires. - Le ordenó ella.

Lo justo se había girado para ver que su mujer iba ataviada con unas botas de piel, un pantalón negro ancho, de esos que llevan bolsillos por las piernas, y una sudadera oscura con capucha. Al cuello llevaba una cámara de fotos con un buen objetivo.

- Además de ninja ¿ahora eres paparazzi? - preguntó él entre dientes.

Kate no contestó, él se la imaginó cabreada, negando con la cabeza con una mirada acusadora.

- Tenía que ser Kyra - repitió ella como en estado de shock.

Entonces se levantó y echó a andar alejándose de él, Castle se dio cuenta y disimuladamente se levantó y anduvo en su misma dirección, adentrándose en la llamada 'sala de los susurros' en frente del Bar Oyster.

La vio acurrucada contra la pared en la esquina opuesta, seguramente llorando. Hizo mención de abrirse paso entre la multitud pero se le encogió el corazón, así que avergonzado se quedó en donde estaba y girándose cara a la pared susurró "Lo siento". Si la curiosa acústica del lugar seguía funcionando como antaño, Kate oiría sus palabras, y debió de ser así, porque la vio girar la cabeza hacia donde él estaba. Sus ojos llorosos le miraron atravesando la sala, por entre las cabezas de la gente que iba y venía de un sitio a otro.

Castle se dispuso a acercarse, pero ella se movió velozmente y subió la misma rampa que Kyra había subido hacía un rato para escaparse de él. Definitivamente el escritor estaba viviendo un día muy raro, persiguiendo a mujeres dolidas por una estación concurridísima.

Ya en el hall principal, Kate no se conformó con zigzaguear entre los grupos de gente, sino que además se agachó un par de veces para que él no pudiese ver su cabeza, ahora cubierta con la capucha negra de su sudadera, entre la multitud. Cuando Beckett creyó que lo había despistado se desvió por un pasillo repleto de tiendas para los viajeros y se escondió en el escaparate de un local que inexplicablemente estaba cerrado. Dejó pasar unos segundos y, al asomar la cabeza por la esquinita para ver si lo había despistado, lo que se encontró fue un fino, elegante y caro terciopelo granate enfrente de sus narices.

Ella dio un rápido giro para seguir huyendo, pero él le cogió de la muñeca, algo más bruscamente de lo que le hubiese gustado y ella se paró.

- Kate... - dijo él suplicante.

Beckett no anduvo más, pero se sacudió el brazo para que él la soltara y se quedó ahí, quieta y cabizbaja, evitando su mirada, camuflada por la penumbra del lugar. Castle, jadeando por el esfuerzo y deseando aclarar el malentendido, empezó a hablar atropelladamente.

- Ha sido... una total coincidencia, yo no sabía que me iba a encontrar con Kyra, y resulta que estaba todo lleno de paparazzi y ella estaba agobiada porque decía que querían fotografiarla y yo sólo quise ayudarla...

Kate hizo un gesto con la mano como para enjugarse las lágrimas con la manga de la sudadera. Castle tragó saliva pensando en el dolor que había causado inocentemente y continuó hablando:

- Teníamos frío y... entonces vi que estábamos frente a la estación... Y supongo que se despertaron viejos recuerdos. Y lo siento mucho Kate, yo...

Kate se giró y le miró a los ojos, y se encontró a un Rick descompuesto, de ojos vidriosos, incapaz de articular ya palabras, pero que aun así susurro una última frase:

- Había olvidado lo que es la adrenalina corriendo por mis venas, dejarse llevar por la emoción, como cuando tú y yo éramos compañeros en la 12... Te echo... Te echo tantísimo de menos, Kate...

Beckett no pudo seguir permaneciendo fría e impertérrita con su marido, pensó en su misión, pero se le cayeron los argumentos, así que se aproximó a él y lo abrazó con fuerza, casi aplastándose contra su cuerpo, recibiendo como respuesta el caluroso y desesperado abrazo de Castle.

- No tanto como yo os echo de menos a vosotros. - le susurró al oído emocionada - Yo sólo quería... veros una última vez, pensé que una concurrida fiesta de editorial en Navidad era un buen momento... Y me he llevado un chasco.

El escritor no dejó de agarrarla con fuerza, como si con ello fuese a conseguir que ella volviese a casa, le apartó la capucha e inspiró el aroma de su pelo revuelto que por lo visto se lo estaba dejando crecer. Pero entonces cayó en cuenta de un detalle.

- ¿"Una última vez"? - le preguntó.

Se apartaron un poco, permitiendo el aire circular entre ellos pero sin dejar de abrazarse. Kate cabizbaja cogió fuerzas para explicarse. Él le apartó el pelo de la cara, dejando ver sus ojos llorosos y su nariz roja por el frío y por el llanto. Le sonrió con ternura, aunque ella no le mirase.

- Escucha Castle... - ella levantó la cabeza conteniendo sus emociones y al verlo ahí sonriéndole, le acarició la cara, como queriendo grabar su sonrisa para siempre. - ...esto se acaba.

Castle abrió los ojos de alegría, pensando que este infierno iba a terminar pronto, que Kate volvería a casa con él y con Lily, que la pesadilla terminaría, pero la actitud de su esposa lo dejó confundido.

- Pero... Eso es bueno, ¿no?

Kate soltó su abrazo y lo cogió de las manos, sintiendo su calor una vez más, se las llevó a la boca y le besó el dorso, acariciándose las mejillas con ellas después.

- No, cariño. - dijo con un hilo de voz - Se acaba porque no he conseguido llegar al nuevo LokSat, así que voy a tener que esforzarme más... arriesgarme más...

La cara de Castle palideció.

- Y puede que... aunque consiga llegar a él y termine con esto... él consiga acabar conmigo.

Castle dio un paso atrás negando con la cabeza nerviosamente.

- ¿Qué es esto, Kate? ¿Una despedida antes de lanzarte a la desesperada? - dijo alzando la voz algo más de lo conveniente. Por suerte la gente que pasaba por la galería comercial estaba en otros asuntos.

Su mujer le soltó las manos, sin saber que decir.

- Eso no es lo que la Katherine Beckett que yo conozco, haría. - le dijo muy serio.

Kate miró al suelo y asintió con la cabeza.

- Tienes razón Castle. No lo haría la Kate Beckett que tu conociste... la que te tenía a su lado. Pero siento que todo esto me ha cambiado y estoy... - la ex capitana tragó saliva ante la fija mirada de su marido - ... Estoy agotada, Rick.

Entonces fue cuando Castle se dio cuenta de que lo de Kyra sólo había sido la gota que había colmado el vaso, que en realidad Kate estaba sufriendo a unos niveles más profundos, incluso más que en sus peores años, cuando estaba hundida por el asesinato de su madre. Se había vuelto a obsesionar por una causa, se había vuelto a dejar caer por la espiral. Y esta vez él estaba demasiado lejos como para sostenerla a flote. Hubiese querido echar a correr con ella hacia las sombras, decirle que juntos lo iban a conseguir, pues sabía que era imposible dejar que ella simplemente se olvidase de todo. Castle sintió rabia, sintió dolor, pero entonces se aferró a lo que sólo en este momento le podía dar fuerzas para entrar en razón.

Sacó su móvil del bolsillo y tras pulsar un par de veces le enseñó una foto de Lily estrangulando de amor a su osito. A Kate le cambió la cara, que fue aliviando su tensión y por primera vez en todo ese rato, Castle la vio sonreír de verdad. Le quitó el móvil de las manos y los sostuvo como si fuese una delicada pieza, sin dejar de contemplar a su pequeña.

- Escucha, Kate. No lo hagas por ti ni por nosotros, pero hazlo por Lily. Ella te espera en casa y se merece un final feliz ¿vale? Porque ni tú ni yo queremos que dentro de veinte años se haga poli para vengar a su madre, como te pasó a ti.

Beckett levantó la mirada del móvil para encontrarse otra vez con los ojos de su marido.

- Así que si estás agotada, descansa. Si necesitas ayuda, pídemela... o pídela a quienquiera que tenga la suerte de codearse contigo en las sombras. Y si... - la observó de arriba a abajo- ...necesitas un estilista... - le cogió la capucha y se la volvió a poner sobre la cabeza, mirándola con extrañeza - ...te puedo presentar a alguno.

Kate volvió a mirar el móvil sin perder la sonrisa, él siguió hablando:

- Si lo piensas detenidamente, casi nos vemos más ahora que durante el año que estuviste de capitana... mensajes de móvil, visitas nocturnas... es prácticamente imposible que me eches de menos.

- Viéndolo así... - comentó ella dándole la razón.

Entonces el móvil de Castle empezó a sonar avisando de mil y un mensajes que le llegaban.

- Seguro que es Alexis, me espera en la fiesta, y a lo mejor mi madre ya ha llegado con Lily. Pero puedo inventarme una escusa... - dijo mirándola juguetonamente.

- No. - dijo Kate entregándole el móvil y acariciándole la mano mientras lo hacía. - Tienes que ir.

Él sostuvo el móvil en su mano, desilusionado porque el fugaz encuentro terminase ahí.

- Ve. - insistió Kate - Yo estaré observándoos y te prometo que la próxima vez que sepáis de mí será con LokSat entre rejas.

Castle la miró a sus expresivos ojos como queriendo grabar esa imagen de su esposa para siempre en su retina y notó como ella hacía lo mismo. Atrapados por el magnetismo de sus miradas, ambos se inclinaron sincronizadamente y juntaron sus bocas para sentir una vez más el fuego que había guiado sus corazones durante todo este tiempo. Ambos desearon que siguiera haciéndolo durante muchos años más.

Se separaron tambaleantes y con falta de aire. Inmediatamente Beckett echó a correr, dejándole mareado y con la difícil misión de enfrentarse a toda su familia son que notasen nada. Suspiró y comenzó a andar torpemente. Cuando salió a la calle y sintió el frío golpeándole, pensó que al menos eso le ayudaría a mantener a raya su encendida anatomía masculina.


Al cabo de un rato, Kate se encontraba escondida entre las estanterías de "Barnes & Noble", disfrutando en solitario de la voz de un inspirado Richard Castle, que leía las aventuras del osito Cosmo poniendo toda clase de voces. Se asomó entre los libros de los estantes y pudo ver los exagerados gestos que su marido hacía para acompañar la lectura, haciendo las delicias de los oyentes, entre los que estaba su pequeña Elisabeth.

Estaba maravillada por lo que había crecido y lo mucho que se parecía a él: Su risa, su brillo en los ojos... Además de sus ganas de jugar, haciendo que la cogieran en brazos constantemente y toqueteando todo lo que estaba al alcance de su mano. El esfuerzo que había tenido que hacer para no echarse en los brazos de Castle nada más verlo, no era nada comparado con el impulso que tenía de abrazar a su hija y comérsela a besos. Pensó por un momento en cómo sería el día en el que por fin lo hiciera y en su corazón se mezclaron tantos sentimientos que no pudo identificarlos.

Hubo un momento en el que Kyra intentó llamar la atención de Lily y se ofreció a cogerla en brazos, momento en el que el rechinar de los dientes de Kate se pudo oír desde la distancia, pero la pequeña en seguida hizo mención de echarse a llorar y se libró de Kyra, haciendo que Kate se sintiera sorprendida y maravillada de tener a su hija de su parte.

Cuando terminó la lectura, la sala rompió en una sonora ovación, momento que Kate aprovechó para grabar esa imagen de felicidad en su cerebro y salir por la misma puerta de emergencia que Castle y Kyra habían utilizado esa tarde.

El casi imperceptible clic que hizo la puerta al cerrarse tras ella, fue oído perfectamente por Castle, a pesar de los entusiastas aplausos de la sala. Se aguantó las ganas de mirar, y sintió que su corazón se encogía al encontrarse, una vez más, un abismal vacío en su interior.


Aquella noche en casa Castle, la temeraria Lily gateó hasta las enormes cajas de regalos que su padre había puesto a los pies del rutilante árbol de Navidad, y se apoyó en ellas hasta conseguir ponerse de pie. Alexis no le quitaba ojo mientras la pequeña se entretenía arrugando los lazos y el papel de regalo con grititos de satisfacción mientras lo hacía. Y el colmo de su felicidad llegó cuando se dio cuenta de todos los adornos brillantes y las luces que decoraban esa cosa enorme que había aparecido en su sala de juegos. Alargó los brazos para coger una brillante bola plateada y acabó agarrándose a las ramas, gorgogeando de la emoción, mientras la pelirroja se lanzaba a sujetar el árbol.

El escritor estaba tan absorto en su despacho que no se dio cuenta de cómo se había inclinado el árbol durante unos segundos, para luego volver a su posición con unos bamboleos que recordaban al mástil de un barco en día de tormenta. Tampoco oyó a Lily tocando palmas queriendo repetir la jugada, ni a Alexis alentándola para que dejara el árbol y fuese a jugar con su sufrido y mucho más seguro osito gigante.

Castle no apartaba la cara de la pantalla de su portátil, haciendo como que trabajaba, cuando lo que en realidad pasaba es que no se podía quitar de la cabeza su encuentro con Kate. La idea de que esas podrían haber sido sus últimas caricias y su último beso, le estaba torturando. Hubiese corrido tras ella cuando oyó cerrarse la puerta de emergencia de la librería, la hubiese abordado en la oscuridad del almacén, hubiese buscado sus calientes pechos debajo de esa sudadera cutre hasta que ella le hubiese implorado que la hiciese suya... Pero seamos sinceros, no era eso lo que realmente quería. Miró de reojo su enorme cama vacía y volvió a enfrascarse en la pantalla.

Nunca había visto a su mujer tan abatida, siempre había estado dispuesta a sacar las garras y luchar, incluso en sus peores momentos. Por eso le había impactado tanto, por eso no podía quitarse de la cabeza que él tenía que hacer algo... Pero se encontraba atado de pies y manos, jamás se perdonaría dejar a Lily sola en este mundo, por nada del mundo quería desaparecer de su vida ni de la de su familia. En su cabeza cobró una nueva dimensión el gigantesco esfuerzo que tuvo que hacer Kate para tomar la decisión de separarse de todos.

- Querido...

Su madre interrumpió sus pensamientos, ni tan siquiera se había dado cuenta de que había entrado en el despacho.

- ...¿Qué haces? Con lo poco que trabajas y se te ocurre ponerte ahora, cuando tu pequeña está impregnándose del espíritu navideño... y también está a un tris de trepar por el árbol para llegar a la estrella.

Él sólo respondió con un murmullo haciéndose el concentrado. Martha suspiró y se acercó a su hijo.

- Escucha, chico. - le cogió de la mano, cosa que sorprendió a Castle, que levantó la cabeza como si fuera la cosa más rara del mundo - Sé que estas fechas son muy duras, lo has estado llevando bien hasta hoy. Me he dado cuenta, llevas toda la tarde con la cabeza en otra parte, pero te recuerdo que... no tienes que fingir estar bien todo el tiempo...

El escritor le apretó la mano y forzó una sonrisa llena de culpabilidad por tener que ocultar sus verdaderas preocupaciones. Entonces su madre rompió su habitual máscara de diva de Broadway y dejó escapar una lágrima real que recorrió su mejilla, hecho que sorprendió aún más al escritor.

- Yo también echo de menos a Katherine. - concluyó Martha.

Castle se levantó de su silla y abrazó a su madre con ternura, ocultando la gravedad en su cara, pensando en cómo reaccionaría si supiese la realidad de la situación. La mujer le dijo al oído:

- Estoy orgullosa de cómo lo estás llevando este año, Richard.

El escritor sintió una punzada en su cicatriz cuando flashes de las tristes navidades del año pasado se materializaron en su mente. Se podrían resumir en cuando su madre y Alexis se lo encontraron inconsciente en el sofá, con una botella de vodka vacía y barba de una semana. Aunque él no lo recordase, sabía que era cierto pues despertó en la ducha, con ropa y recibiendo una fría lluvia que le caló hasta los huesos.

- He aprendido de la mejor. - contestó él.

- Y ahora sal ahí fuera, que me voy a poner al piano y necesitamos a alguien que desafine los coros de los villancicos. - dijo Martha recuperando su habitual compostura de estrella de teatro.

- Ahora mismo voy, madre.

Volvió a dejarlo sólo y Rick suspiró para recapitular con claridad: Él no podía ayudar a Kate directamente, y aunque pudiese no sabría por dónde empezar, porque desconocía muchas cosas del tema LokSat. Sólo había otra persona que sabía del tema tanto como Beckett: Vikram Singh. El problema era, por lo que Lanie le comentó, que el analista de datos de la agencia federal estaba en protección de testigos, porque seguramente sabía demasiado y su vida corría peligro. Bueno. Por suerte él conocía a una persona de confianza en el FBI y que seguro que le haría un favor al viudo de la capitana Beckett.


- Te repito, jovencita, que tienes cinco minutos para bajar con tus cosas y meterlas en el coche, porque nos vamos a pasar las Navidades con tus abuelos. - gritó una mujer de melena castaña por el hueco de la escalera, hacia el piso de arriba.

- ¡No quiero! - se oyó a lo lejos, seguido de un portazo.

La mujer suspiró enfadada y hurgó en su bolso ante la insistencia de su móvil del trabajo, que no paraba de sonar.

- Agente Jordan Shaw al habla...Oh...Vaya sorpresa...No, tranquilo, no es un mal momento señor Castle... - resopló y miró hacia arriba, reconociendo que últimamente su vida privada era más o menos una colección de malos momentos, intercalados con algunos aún peores.


Ya entrada la madrugada, todos dormían en el loft. Lily en 'su' despacho. Martha se había quedado a dormir en el piso de arriba, con la escusa de que era muy tarde para volver a su apartamento, cuando la verdad es que le gustaba pasar los días de Navidad con su hijo. Castle se había quedado dormido en un sillón del salón, mientras hacía unas anotaciones de su próximo libro del osito Cosmo.

La única que faltaba era Alexis, que después de cenar, para sorpresa de todos, fue recogida por el famoso -y adulto- Ashley, al que Castle le costó reconocer con tanta ropa encima. Por lo poco que le dio tiempo a hablar con él antes de que su hija lo agarrara del brazo y desapareciesen por la puerta, hacía unas semanas que se había instalado en Nueva York y trabajaba en la universidad de Columbia, en algo complicado que a Castle sólo le sonaba a jerga de economista.

Cuando el cuello del escritor le empezó a doler por la mala postura que tenía, se despertó y dio un respingo al encontrarse el gigantesco árbol con sus luces parpadeantes funcionando, como única iluminación del diáfano espacio. Giró la cabeza al otro lado para echar un vistazo a Lily, que dormía tranquilamente a pesar de las psicodélicas luces que se filtraban a través de la estantería que hacía de separador de ambientes.

Se puso de pie y caminó torpemente entre los regalos, dispuesto a apagar las luces, pero a medio camino le embargó el espíritu navideño y decidió dejarlas. Volvió con cuidado sobre sus pasos, contemplando cómo Lily había dejado los regalos: con girones de papel arrancados, con el envoltorio arrugado, los lazos aplastados, y las cajas esparcidas por su moqueta de juegos. Todos habían pasado por sus manos... no, todos menos uno poco más grande que una caja de zapatos que se había quedado escondido debajo del árbol, envuelto en un papel de regalo sobrio que desentonaba con el resto.

Ya se imaginaba lo que era. Se agachó y leyó la tarjeta, donde pudo leer con la letra de la pizarra de homicidios de la 12: "Para Lily". Definitivamente su mujer había sobrepasado los niveles de Batman al colar en su propia casa un regalo de Navidad. Sintió una punzada en su corazón al desear que el año que viene también hubiese regalos de Kate.

Se incorporó intentando no hacer ruido, pero su cabeza rozó unas ramas del árbol y un tintineo estuvo a punto de despertar a Lily. Él se quedó petrificado unos segundos, cerrando los ojos y apretando los dientes deseando que siguiera el silencio de la noche. Cuando aliviado los volvió a abrir, se fijó en lo que Martha había colgado en el árbol: La foto de Lily con el Santa Claus de "Macy's". Él deseaba que fuese la primera de muchas, igual que había hecho con Alexis, que para darle gusto a su padre, se había hecho fotos con Santa Claus hasta los trece años.

A él le parecía graciosísima, porque Lily había salido mirando con el ceño fruncido a ese tipo de las barbas que la sostenía en brazos, idéntica a cuando era un bebé de dos meses y le miró por primera vez a él. Martha en cambio se lamentaba de que no hubiese salido sonriendo como hacía habitualmente, y por lo visto la pequeña no había reaccionado ante los intentos de su abuela por hacerla reír.

Él por su parte no le extrañó que la pequeña pusiese esa cara a un Santa Claus que dicho sea de paso, no estaba tan logrado como otros años. Se notaba a la legua que el hombre llevaba barriga falsa, aunque al menos la barba parecía de verdad, aunque no era tan frondosa, y además las cejas negras no le pegaban nada... Castle cogió la foto, se la acercó a la cara y la observó también frunciendo el ceño. A continuación se fue al baño y con la luz encendida volvió a observarla detenidamente y cuando reconoció al hombre disfrazado lo único que dijo fue...

- ¡Será hijo de...!


FIN DICIEMBRE 2017