Prompt #16 Fastidiar
-Y no olvides cambiar de marcha cuando llegues a los… -decía Alfons.
-Sí, sí –le interrumpió Edward-, vamos, Alfons, deja de fastidiarme y confía en mí. Si he llegado a aprender algo tan chungo como la alquimia, esto para mí está chupado. –Heiderich puso los ojos en blanco. Edward giró la llave que hizo que el motor rugiera, y pisó el acelerador.
Sabiendo que Alfons manejaba los coches a la perfección (para variar en él), le había pedido que le enseñara, o dicho textualmente, a que "le diera un ejemplo técnico, teórico y práctico para conducir un vehículo motorizado". Y allí estaban, en una carretera desierta, rodeada por bosquecillo poco denso, mientras Heiderich hacía lo posible por ejercer como profesor de prácticas. Pero a Edward le gustaba aplicar la práctica por sí mismo.
Parecía que había empezado bastante bien; cambió de marcha correctamente y en el momento oportuno… pero sólo hasta segunda. Lo preocupante vino cuando la adrenalina se apoderó de sus venas, se dejó de cambios, y se limitó a pisar el acelerador y a sonreír con satisfacción. Alfons prefirió pensar que no lo hacía a propósito, que no controlaba la fuerza de sus pies.
-Edward… -llamó temeroso desde el asiento de detrás.
Pero el rugido del viento en los oídos del alquimista le impedía oír la voz de su compañero.
-¡Edward! –alzó la voz y se inclinó hacia delante para llamar su atención-. ¡Edward, cambia de marcha!
El aludido pareció por fin oírle, pero no llegó a entenderle.
-¿Qué? –exclamó por encima de su hombro.
-¡Que metas tercera! ¡Vas a cargarte el motor!
-¡¿Qué?!
-¡QUE METAS TERCERA, JODER! –chilló, hastiado.
Edward pisó tan bruscamente el freno que Alfons, que no llevaba puesto el cinturón, cayó hacia delante, quedando con medio cuerpo colgando sobre el asiento del copiloto. El conductor, por su parte, se había quedado mirando hacia la calzada con la vista desenfocada, pasmado, y blanco como la leche.
-Eso es delicadeza, sí señor. –gruñó Alfons, mientras se incorporaba y se frotaba el estómago.
-¿Qué has dicho? –murmuró Edward, con la voz apagada.
-Que has sido muy suave al frenar –ironizó el alemán-. Casi ni lo he notado.
-No… antes.
Alfons se percató de que había algo extraño en su tono de voz; parecía afectado por algo. Miró hacia el retrovisor a ver si podía ver su expresión, pero sólo alcanzaba a vislumbrar un trozo de piel pálida de la frente.
-Has dicho… -continuó, con el mismo tono forzado. Una gota de sudor resbaló desde la sien izquierda- que… que te "la metiera entera, joder".
Ahora fue el turno de Alfons de palidecer. Lo primero que pasó por su cabeza fue la idea de tener un compañero de piso con la mente pervertida y sucia, capaz de malinterpretar una simple orden de cambio de marcha. Aunque, vista la situación, era comprensible que Edward entendiese lo que había entendido. ¿O quizás dicha equivocación era una versión algo modificada de eso que había pasado alguna vez por su cabeza? Quién sabe. Alfons sabe.
