Natsu y Kijima


La "fallida" operación en terreno no había durado más de tres horas; mucho menos de lo estimado por el jefe de brigada y fiscal general. Siguiendo sus instrucciones, se habían dividido en escuadrones de cuatro personas, había entrado por diferentes zonas estratégicas a la clausurada ciudad empresarial, habían esperado los momentos precisos para hacerse presente y finalmente había capturado a trece personas involucradas en la venta ilegal de permisos gubernamentales.

De momento, la operación parecía tener la palabra "éxito" escrita como título, nada había salido mal; … pero cuando todos los escuadrones llegaron al punto de reunión final, Tsuruga Ren se dio cuenta de que algo andaba mal. Natsu y Kijima aún no llegaban al lugar.

Mierda

¿Dónde se habían metido?

– Perdimos a kitazawa-san, cuando un peón intento atacarla por la espalda. -dijo un brigadista que había quedado en el mismo escuadrón de Natsu. – ella dijo que se encargaría del hombre, mientras nosotros continuábamos adelante con el plan de captura.

– La abandonaron…- gruñó Ren, molesto. Él sabía que no debía separarse de Natsu, lo tenía más que claro; pero el estúpido de Kijima denominó a cada uno en escuadrones separados… si él lo hubiera impedido, nada de esto hubiera pasado… maldita sea.

Kitazawa-san no necesita de nadie para acabar con dos o tres personas en una pequeña fracción de tiempo, Tsuruga-san. - comento otro brigadista, defendiendo a su compañero de brigada. – Ella nos ordenó seguir adelante. - agregó revelando lo que verdaderamente había sucedido.

Tsuruga Ren suspiró y ordenó que, un grupo de brigadistas llevará a los capturados hasta el centro policial más cercano, mientras que el resto se dedicaba a buscar el paradero de Kijima-san y Natsu-san.


Son Amigos


En un principio, Natsu no podía dar crédito a la suerte que había tenido. Un hombre (conocido por ella) le había interceptado con la "falsa" intención de hacerle daño. Nada pudo ser más propicio y certero que aquel movimiento.

Ella ordeno a sus camaradas seguir adelante; prometiéndoles encargarse del hombre con el que había empezado a "luchar" puño a puño.

Entre golpes, patadas y deslices punzantes, Natsu dejó de actuar cuando observó que sus camaradas ya la habían dejado atrás. – veo que sigues manteniéndote en forma. - le comentó al hombre que aún seguía peleando "falsamente". – ¿Cuánto tiempo sin entrenar juntos, así, de esta forma? - agregó robándole una sonrisa al Matón que, alguna vez, había tenido por compañero.

Ella también le sonrió, interceptando y evitando que el hombre estampara un puño contra su rostro.

– Yo no estoy jugando, Kyoko-chan…- comentó el hombre, antes de ser empujado por la chica y terminar sentado en el piso. – ¿Creíste que intentaba separarte del grupo de mierdas policiales, para conversar y revivir viejos tiempos? - preguntó con gracia e ironía

Maldita sea ¡Claro que ella había pensado aquello!

Estaban en las bodegas industriales de aquel lugar, y ambos sabían que sucedería lo que tuviera que suceder. Nadie los interrumpiría, estaban solos. Simple y únicamente solos, entregados a los ideales y trabajos que cada uno tenía que realizar.

La chica intento plantar una patada contra el rostro del hombre, pero este la tomo por la pierna para azotarla fuertemente contra el suelo.

– Te mataré…- espetó Natsu ahogando un quejido de dolor, no estaba en condiciones de pelear, pero, eso no la incapacitaba para hacerlo. Ella podía soportar un par de golpes más. Ella podía soportar el infierno y mucho más. Había nacido para ello. Siempre había tenido que soportar mil y un golpes, cientos de atrocidades y un sinfín de des venturanzas.

Simplemente, ya nada la intimidaba.

El hombre se colocó de pie y rio al ver como su asesina favorita continuaba contra el piso. ¿Tan débil se había vuelto en el poco tiempo que habían dejado de trabajar codo a codo?

– Has cambiado, Kyoko…- comentó antes de acuclillarse junto a ella y robarle su arma de servicio. – Ahora eres una agente de la interpol… usas esta ropa de mierda y… ¡Mira!, ni siquiera puedes colocarte de pie. - sonrió. – Te has vuelto débil.

Natsu frunció el ceño y se reintegró rápidamente, abalanzándose sobre el hombre para plantarle un puño en el rostro. Lo sostuvo por la camisa y en el movimiento su arma saltó a unos metros de distancia de ellos.

– Tu misión es entretenerme, distraerme, sacarme de mi ejercicio como brigadista y sabotear la misión de la interpol. ¿Me equivoco? - preguntó Natsu luego de haber deducido "el por qué había sido interceptada" por su antiguo compañero de asesinatos; un corsario a sueldo.

Él asintió dando todo tipo de razón a Natsu, antes de golpearla fuertemente en el estómago, haciéndola caer a un costado de suyo.

– Pero olvidas lo más importante, Kyoko-chan… a mí, por sobre todas las cosas que has dicho, me han mandado a matarte. - repuso él.

… Matarme… ¿matarte a ti, Kyoko-chan? Ja, que chistoso… Nadie podría, siquiera, lograr tocarte un pelo. Nadie a excepción del bastardo de Shotaro, pensó Natsu.

Kyoko sonrió, dejando de actuar como su alter ego.

– Y… ¿Cumplirás con tu trabajo? - preguntó dulcemente la chica colocándose, a duras penas, de pie. Poco a poco, el dolor que alojaba en sus costillas se iba haciendo más insoportable.

– Siempre cumplo con mi trabajo.

Kyoko asintió y se giró rápidamente para recoger su arma, momento en que el corsario quitaba el seguro a un segundo revolver y jalaba el gatillo. Un movimiento inesperado.

El fuerte disparo despertó un prolongado silencio en la bodega; silencio que fue interrumpido por el seco sonido de un cuerpo cayendo al suelo. Un segundo movimiento inesperado; el fin de la paz y de la bondad de Mogami Kyoko.

– ¡Pero que mierda! - alcanzó a exclamar el corsario antes de que la brigadista alzara su arma contra él y le disparara sin piedad en pleno entre cejo. Un tiro certero, preciso y limpio.

Un tiro perfecto… comentó Natsu, antes de la sangre empezara a salir a borbotones del culpable cuerpo del corsario. Brillante, cálida y de un color rojo carmesí. En otras condiciones, aquello le hubiera parecido mucho más que una obra de arte, pero ahora simplemente le parecía inmundo, la inexistencia, el vacío, la nada y la falta de humanidad en el mundo que ella protagonizaba.

Por primera vez en su vida, no le interesaba jugar con la sangre de su víctima, no le interesaba hacerlo sufrir y asesinarlo lentamente. No. lo único que quería era evitar lo inevitable y acoger entre sus brazos al hombre que había interceptado la bala destinada a ella.

¿Por qué…? ¿¡Por qué había sido él!?

Se sentó rápidamente en el piso y acerco su rostro al del hombre. Una suave caricia antes de sentir como se le escapaba la vida en una mirada.

– Kijima-san…- le llamo recibiendo una sonrisa de parte del mal herido. – ¿qué es lo que ha hecho, Kijima-san? - pregunto Kyoko confundida; no sabía si sentirse molesta, agradecida o simplemente desdichada. No entendía como era que Kijima estaba allí, como había sido que el disparo le había tocado a él, como era que ella no estaba muerta en aquel minuto. No lograba comprender nada.

Todo se había enredado, todo en su mente se había quebrantado, pero aun así tenía claro que junto a ella estaba el hombre con el que había compartido tantos días de trabaos, almuerzos cálidos y risas interminables.

Eran amigos. Son amigos.

Sonrió y apegó su frente contra la de él. Estas aquí, estas aquí… no te vas a ir, no vas a morir… yo lo sé. Sé que te tenía que matar, sé que tenía que obedecer a Sho-chan… ¡Pero yo no lo iba a hacer! …! ¡Esto no tenía que suceder así!... Kami-sama, Kijima-san no puede morir…

– No puedes morir…- murmuro en un hilo de voz, sintiéndose vacía, incompleta, como si su vida no fuera su vida. Se sentía perdida, desorientada y marchita. ¡Nunca pensó que alguien pudiera arriesgar su vida por ella! Nunca se había sentido tan valiosa…

Él era su gran amigo.

– Dame el arma. - susurró Kijima tomando el arma que Kyoko aún mantenía en su mano; con un poco de dificultad logro dejar impresa sus huellas digitales sobre el frio hierro. –ahora estas libre de culpas…- agregó con voz ronca, antes de intentar reír.

La chica sonrió desganada y miro al hombre que sostenía entre sus brazos. No había forma de salvarle la vida, no había manera de ejecutar un torniquete para evitar el sangrado producto de la bala, no había forma de evitar que su abdomen dejara de escupir sangre como si esta no fuera un recurso vital para la vida. Ella no podía creerlo.

Ya lo entendía, pero, no podía creerlo, no quería créelo…

El silencio ya había dejado de ser silencio y, segundo tras segundo, se escuchaba como los escuadrones de brigadistas se iban a acercando cada vez más, todos buscando el punto exacto del que habían provenido aquellos dos disparos.

– Yo… Kijima-san… lo siento mucho– murmuró Kyoko olvidándose por completo de todo, encerrándose por completo en lo que sentía, vivía y no quería creer.

¿Por qué Kijima había dado la vida por ella? No lo merecía, no lo valía…

El sonrió y Kyoko apegó su frente contra la de él, acunándolo nuevamente entre sus brazos.

– Por favor, sea fuerte. - pidió la joven y el hombre se lo negó con la mirada. Él no podía prometer ser fuerte, cuando ya lo era.

– Tú eres quien tiene ser fuerte… no te preocupes por mí. - le dijo casi en un hilo de voz. – prométeme, Mogami Kyoko, que serás fuerte... que serás tú, … que dejaras de someterte y que harás valer tu voluntad. – pidió en un tono carrasposo, casi inentendible.

Kyoko cerró los ojos y, sin preocuparse por el conocimiento que él tenia de su verdadera identidad, se lo prometió; fue un compromiso de corazón.

– Cuando descubrí quien eras tú, solo pude pensar en querer ayudarte… tú no eres culpable de nada, Kyoko. Solo fuiste su marioneta; solo fuiste su muñeca… ese hombre no te merece.

Ella negó.

– Por favor Natsu-chan… Kyoko-chan…. Deja de engañarte a ti misma, deja de dejar que te engañen… - él inhaló profundo y con un gran esfuerzo acaricio la mejilla de la chica, secando un par de lágrimas en el intento. – fue Fuwa Shotaro quien mando a matarte, Kyoko. Quien contrato al corsario para matarte fue Fuwa Shotaro.

No, no, no, no… Sho-chan jamás haría algo así.

Kyoko, me lo has prometido… dejaras de engañarte.

Ella asintió.

– Lo sé, pero… no puedo. Sho-chan jamás mandaría a matarme. - repitió la chica como si se tratara de un mantra. Incluso ella, en aquella situación, no podía convencerse de sus propias palabras. Ya no podía engañarse, ya no podía engañar al mundo ni a su corazón. Kijima-san tenía razón… Sho-chan era la única persona capaz de contratar a aquel corsario para acabar con ella.

Kyoko cerró los ojos y ahogo un gemido. Ya no podía más, su mente le daba vueltas y la tibia sangre que corría del cuerpo de Kijima, le encogía el corazón.

Kijima sonrió, y le beso la frente. –sabes… Eres mi chica favorita, Kyoko.

– Y tú, el mejor amigo que se puede tener… - murmuro, sintiendo como la respiración del hombre se empezaba a apaciguar. – ¿Por qué no me dijiste que sabias quien era yo?

El soltó una risa inexistente. – me hubieras matado…

Ella sonrió, Kijima tenía razón.

– touche. - susurró Kyoko ante de sentir como la vida de su amigo se escapaba junto a su conciencia y la falta de cordura que Shotaro había creado en ella. Estaba cansada y el dolor que sentía ya no lo podía soportar.

Para cuando los escuadrones de la interpol llegaron al lugar, Kyoko y Kijima estaban tendidos sobre un charco de sangre, limitándose a respirar por acción acto reflejo del sistema nervioso central. – ¡Natsu! - fue lo último que su mente alcanzo a percibir, antes de perder la conciencia de su propio nombre.