Y(la historia no pertenece es propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)

Capitulo 8

Candy retrocedió, sabiendo exactamente cuántos pasos le tomaría para entrar en la sala, pero se estrelló contra un cuerpo in exiblemente duro al momento en que la puerta se cerró detrás de ellos. Sus manos temblaban tanto que no se molestó en ir por sus armas o las de Graham. Él la había cortado en el momento en que Maeve dio la orden.

La sangre corrió desde la cabeza de Candy. Se obligó a tomar un respiro. Y otro.

Luego dijo en voz demasiado tranquila.

—Aelin Galathynius está muerta.

Sólo decir su nombre en voz alta, el nombre maldito que había temido y odiado y tratado de olvidar.

Maeve sonrió, revelando pequeños colmillos a lados.

—No nos molestemos con mentiras.

No era una mentira. Esa chica, esa princesa había muerto en un río hace una década. Candy no era más Aelin Galathynius de lo que era otra persona.

La habitación estaba demasiado caliente demasiado pequeña, Graham una fuerza in- quietante de la naturaleza detrás de ella.

Ella no iba a tener tiempo para reunirse a sí misma, e inventar excusas y medias ver- dades, como debería haber estado haciendo estos últimos días, en lugar de en caer libremente en el silencio y el frío brumoso. Ella iba a hacer frente a la Reina de las Hadas como Maeve quería que la enfrentara. Y en alguna fortaleza que parecía lejos, muy por debajo de la belleza de pelo negro mirándola con ojos negros e insondables.

Dioses. Dioses.
Maeve era temible en su perfección, completamente inmóvil, eterna y calma y radiante

de antigua gracia. La hermana oscura para Mab de pelo rubio.

Celaena se había estado engañando a sí misma al pensar que esto sería fácil. Ella todavía estaba presionada contra Graham como si fuera una pared. Una pared impenetrable, tan antigua como las piedras que rodeaban la fortaleza. Graham se apartó de ella con su fuerza y facilidad depredadora y se apoyó contra la puerta. Ella no iba a salir hasta que Maeve se lo permitiera.

La Reina de las Hadas se mantuvo en silencio, sus largos dedos blancos como la luna y doblados sobre el regazo de su vestido de violeta, una lechuza blanca posada en la parte posterior de la silla. No se molestó con una corona, y Candy supuso que no necesitaba una. Cada criatura en la tierra sabría quién era ella, lo que era ella, aunque fueran ciegos y sordos. Maeve, el rostro de mil leyendas y pesadillas. Epopeyas, poemas y canciones se han escrito sobre ella, tantos que algunos incluso creían que era sólo un mito. Pero aquí está el sueño, la pesadilla convertida en carne.

Esto podría ser una ventaja. Podrías obtener las respuestas que necesitas aquí mismo, ahora mismo. Volver a Adarlan en cuestión de días. Solo respira.

Respirar, resultó, ser bastante difícil cuando la Reina quien era conocida por llevar a los hombres a la locura por diversión estaba observando cada movimiento de su garganta. Ese búho posado en la silla de Maeve, ¿Hada o una verdadera bestia? Estaba mirando hacia ella también. Sus garras se cerraron alrededor de la parte posterior de la silla, ex- cavando en la madera.

Era un tanto absurdo, Maeve teniendo a su corte en esta o cina media podrida, en un escritorio manchado con el Wyrd sabía qué. Dioses, el hecho de que Maeve estaba sen- tada en un escritorio. Ella debería estar en alguna cañada etérea, rodeada de danzantes de las brizas y doncellas bailando al sonido de laúdes y arpas, leyendo de las estrellas que ruedan como si fueran poesía. No aquí.

Celaena hizo una profunda reverencia. Supuso que debería haberse arrodillado, pero ella ya olía horrible, y su rostro estaba probablemente todavía desgarrado y magullado por su reyerta en Varese. Mientras Candy se sonrojaba, Maeve se mantuvo sonriendo débilmente. Una araña con una mosca en su red.

—Supongo que con un buen baño, usted se verá lo suficiente bien como su madre.

Sin intercambio de cortesías, entonces. Maeve iba directo a por la garganta. Podía manejarlo.

Ella podía ignorar el dolor y el terror para conseguir lo que quería. Así Candy sonrió débilmente y dijo:

—Si hubiera sabido a quien me encontraría, podría haber rogado a mi escolta por tiempo para refrescarme.

Ella no se sentía mal ni por un latido de tirar a Graham a los leones.

Los ojos obsidiana de Maeve se posaron en Graham, quien todavía se apoyaba contra la puerta. Ella podría haber jurado que había aprobación en la sonrisa de la Reina de las Hadas. Como si el viaje extenuante fuera una parte de este plan, también. Pero ¿Por qué? ¿Por qué no desbaratarlo?

—Me temo que tengo que cargar con la culpa por el ritmo de presión. — dijo Maeve. —Aunque supongo que podría haberse tomado la molestia de por lo menos encontrarte una poza para bañarte en el camino.

La Reina del reino de las hadas levantó una mano elegante, haciendo un gesto hacia el guerrero.

—El Príncipe Graham...

Príncipe. Se tragó las ganas de girarse hacia él.

—Es del linaje de mi hermana de Mora. Él es mi sobrino de clases, y un miembro de mi asimiento. Una relación muy distante de la tuya; hay una cierta ascendencia antigua vinculándote a ti.

Otro movimiento para desequilibrarla.

—No me digas.

Tal vez esa no era la mejor respuesta. Probablemente debería estar en el suelo, arrastrándose en busca de respuestas. Y tenía la sensación de que probablemente iba a llegar a ese punto muy, muy pronto. Pero...

—Debes estar preguntándote por qué le pedí al príncipe Graham que te trajera aquí — reflexionó Maeve.

Por Annie, ella volvería a jugar a este juego. Candy se mordió la lengua con fuerza su ciente para mantener su, por los dioses malditos, inteligente boca cerrada.

Maeve colocó sus manos blancas sobre la mesa.

—He estado esperando mucho, mucho tiempo para conocerte. Y como yo no salgo de estas tierras, no podía verte. No con mis ojos, por lo menos. ―Las uñas largas de la reina brillaban a la luz.

Había leyendas susurradas sobre fuegos sobre la otra piel que Maeve llevó.

Nadie había vivido para contar algo más allá de sombras y garras y tinieblas devorando tu alma.

—Ellos rompieron mis leyes, ya sabes. Tus padres desobedecieron mis órdenes cuando se fugaron. Las líneas de sangre eran demasiado volátiles para ser mezcladas, pero tu madre se comprometió a dejar que te viera después de tu nacimiento. — Maeve ladeó la cabeza, extrañamente similar a la lechuza a sus espaldas. — Parece que en los ocho años después de tu nacimiento, ella siempre estaba demasiado ocupada para defender su promesa.

Si su madre se había roto una promesa. . . si su madre le había impedido ver a Maeve, había sido por un buen motivo. Una razón que le hizo cosquillas en los bordes de la mente de Candy, un borrón de memoria.

—Pero ahora que estás aquí. —dijo Maeve, que parecía acercarse sin moverse. — Una mujer adulta. Mis ojos a través del mar me han traído esas extrañas historias horribles de ti. Desde tus cicatrices y acero, me pregunto si realmente son verdad. Al igual que el cuento que escuché hace más de un año, de un asesino con ojos Ashryver fue descubierto por el astado Señor del Norte en un carro con destino a...

—Basta. — Celaena miró a Graham, que escuchaba con atención, como si fuera lo primero que oía de ella. Ella no quería que él lo supiera de Endovier, no quería su piedad. — Sé mi propia historia. —Ella dio a Graham una mirada que le dijo que se metiera en sus asuntos. Él simplemente miró hacia otro lado, aburrido de nuevo. La arrogancia típica inmortal. Graham enfrentó a Maeve, metiendo sus manos en los bolsillos. —Soy una asesina, sí.

Un resoplido sonó a sus espaldas, pero no se atrevía a apartar los ojos de Maeve.

— ¿Y tus otros talentos?—Las fosas nasales de Maeve se movieron, oliendo. — ¿Qué ha sido de ellos?

—Al igual que todos los demás en mi continente, no he sido capaz de acceder a ellos.

Los ojos de Maeve brillaron, y Candy sabía, sabía que Maeve podía oler la verdad a medias. —No estás más en tu continente. — Maeve ronroneó.

Corre. Cada instinto rugió con la palabra. Tenía la sensación de que el Ojo de Elena habría sido inútil, pero a ella le hubiera gustado tenerlo de todas maneras. Ojalá la reina muerta estuviera aquí, para el caso. Graham se encontraba todavía en la puerta, pero si ella era rápida, si ella fuera más lista. . .

Un destello de memoria la cegó, brillante e incontrolable, desatada por el instinto rogándole que huyera. Su madre rara vez se había dejado a hadas entrar en su casa, incluso con su herencia. Unos pocos de confianza se les permitía vivir con ellos, pero cualquier visitante hada había sido monitoreado de cerca, y por la duración de su estancia, Candy habían sido retirada a las habitaciones privadas de la familia.

Siempre había pensado que era sobreprotector, pero ahora. . .
—Muéstrame— Maeve susurró con una sonrisa de araña. Corre. Corre.
Todavía podía sentir la quemadura de la explosión de pólvora azul fuera de ella en ese reino de los demonios, todavía podía ver la cara de Albert cuando perdió el control de sí misma. Un movimiento en falso, un mal respiro, y ella podría haberlo matado y a Ligera.

La lechuza crujió sus alas, la madera gimió bajo sus garras, y la oscuridad en los ojos de Maeve se expandió, buscando. Hubo un pulso débil en el aire, un latido en contra de su sangre. Un leve golpe, luego un corte a lado contra su mente, como si Maeve estuvie- ra tratando de abrir su cráneo y mirar dentro. Empujando, poniendo a prueba, probando luchando para mantener su respiración constante, Candy colocó sus manos a poca distancia de sus hojas mientras empujó contra las garras en su mente. Maeve soltó una carcajada, y la presión en su cabeza cesó.

— Tu madre te escondió de mí durante años, —dijo Maeve. —Ella y tu padre siempre tenían un notable talento para saber cuándo mis ojos te buscaban. Un talento raro la habilidad de invocar y manipular las llamas. Tan pocos existen y que posean más de una brasa de la misma; menos aun los que pueden dominar su salvajismo. Y sin embargo, tu madre quería sofocar tu poder, aunque ella sabía que yo sólo quería que te sometieras a él.

El aliento de Candy le quemó la garganta. Otro destello de memoria de lecciones que no se trataban sobre iniciar incendios, sino que de cómo apagarlos.

Maeve continuó, — Mira lo bien que resultó para ellos.

La sangre de Candy se heló. Cada instinto de auto-conservación salió de su cabeza. — ¿Y dónde estabas tú hace diez años? —Habló tan baja, de tan hondo en su alma destrozada, que las palabras eran poco más que un gruñido.

Maeve ladeó la cabeza ligeramente. —Yo no tomo amablemente que me mientan.

La mueca en el rostro de Candy vaciló. Cayendo directamente en sus entrañas. La ayuda nunca había llegado a Terrasen de las hadas. Desde Wendlyn. Y todo porque. . . porque. . .

—No tengo más tiempo que perder, — dijo Maeve. —Así que permítanme ser breve: mis ojos me han dicho que tienes preguntas. Preguntas que ningún mortal tiene el derecho de preguntar, acerca de las llaves.

La leyenda decía que Maeve podría estar en comunión con el mundo de los espíritus, ¿Podrían Elena, o Annie, dicho algo?

Candy abrió la boca, pero Maeve levantó una mano. —Te daré las respuestas. Pero tiene que ir a Doranelle para poder recibirlas de mí.

—Por qué no...

Un gruñido de Graham la interrumpió.

—Debido a que son respuestas que requieren tiempo, — dijo Maeve, y luego añadió con lentitud, como si ella saboreara cada palabra, — y son respuestas que aún no te has ganado.

—Dime qué puedo hacer para ganarlas y yo lo haré. —Idiota. La respuesta de una maldita idiota.

—Una cosa peligrosa para ofrecer sin escuchar el precio.

— ¿Quieres que te enseñe mi magia? Se la mostraré. Pero no aquí, no...

—No tengo ningún interés en ver como lanzas tu magia a mis pies como un saco de grano. Quiero ver lo que puede hacer con ella, Aelin Galathynius, quien en la actualidad parece no mucho en absoluto. El estómago de Celaena se tensó ante ese nombre maldi- to. —Quiero ver en lo que te vas a convertir en las circunstancias adecuadas.

—Yo no...

—No permito a los mortales o mestizos en Doranelle. Para que un mestizo entre en mi reino, debe probarse a sí mismo que tiene talento y es digno. Mistward, esta fortaleza — ella hizo un gesto con la mano para abarcar la habitación — es uno de los varios campos de prueba. Y un lugar donde los que no pasan la prueba pueden pasar sus días.

Bajo el creciente temor, un destello de indignación la recorrió. Mestizos , Maeve dijo con tal desdén. — ¿Y qué clase de prueba puedo esperar antes de que me consideran digna?

Maeve hizo un gesto a Graham, quien no se había movido de la puerta.

—Vendrás a mí una vez que el príncipe Graham decida que has dominado tus dones. Él te entrenará aquí. Y no debes poner un pie en Doranelle hasta que considere que com- pletas tu formación.

Después de enfrentarse a la mierda que había visto en el castillo de cristal, demonios, brujas, el Rey, entrenar con Graham, incluso con la magia, parecía más bien decepcio- nante.

Pero, pero podría llevar semanas. Meses. Años. La niebla familiar de nada se arrastró adentro, amenazando con ahogarla nuevamente. Ella lo empujó hacia atrás lo su ciente como para decir: — Lo que tengo que saber no es algo que pueda esperar...

— ¿Usted quiere respuestas sobre las llaves, heredera de Terrasen? Entonces ellas esperarán en Doranelle. El resto depende de ti.

—Con la verdad. — Candy espetó. — Va a responder a mis preguntas con la verdad acerca de las llaves.

Maeve sonrió, y no fue una cosa de belleza. —No ha olvidado todos nuestros caminos, entonces. —Cuando Candy no reaccionó, Maeve agregó, — Con la verdad voy a res- ponder a todas tus preguntas acerca de las llaves.

Podría ser más fácil para alejarse. Ve a buscar a algún otro ser antiguo para saber la verdad. Candy respiró dentro y fuera, dentro y fuera. Pero Maeve había estado allí, ha- bía estado allí en los albores de este mundo durante las guerras Valg. Había ocupado las llaves del Wyrd. Ella sabía cómo eran, cómo se sentían. Tal vez ella incluso sabía dónde las había escondido Brannon, sobre todo la última llave, la sin nombre. Y si Candy en- contrara una manera de robar las llaves de parte del Rey, para acabar con él, para dete- ner a sus ejércitos y liberar a Eyllwe, incluso si podía encontrar una sola llave del Wyrd. . .

— ¿Qué clase de entrenamiento?

—El príncipe Graham explicará los detalles. Por ahora, te acompañará a tu habitación para descansar.

Celaena miró a Maeve directamente en sus ojos mortíferos. — ¿Jura decirme lo que necesito saber?

—Yo no rompo mis promesas. Y tengo la sensación de eres diferente a tu madre, en ese sentido, también.

Perra. Perra, ella quería sisear. Pero entonces los ojos de Maeve se posaron en la palma derecha de Candy. Ella lo sabía todo. A través de cualquier espía o poder o con- jeturas, Maeve sabía todo sobre ella y su promesa a Annie.

— ¿Para qué?—Preguntó Celaena suavemente, la ira y el miedo arrastrándola hacia un agotamiento inevitable. — ¿Quieres que entrene sólo para que yo pueda hacer un espectáculo de mis talentos?

Maeve pasó un dedo blanco como la luna hacia abajo por la cabeza del búho. —Me gustaría que te conviertas en lo que naciste para ser. Convertirte en reina

oooooooooooo

Conviértete en reina.

Las palabras obsesionaron a Celaena esa noche, manteniéndola despierta, a pesar de que ella estaba tan exhausta que podría haber llorado a la de ojos oscuros Silba para que la sacar de su miseria. Reina.

La palabra palpitaba la derecha junto con el todavía fresco labio partido que también hacia que dormir fuera muy incómodo.

Podía darle las gracias a Graham por eso.

Después de la orden de Maeve, Candy no se había molestado con adioses antes de salir. Graham sólo había despejado el camino porque Maeve le dirigió una inclinación de cabeza, y él siguió a Candy a un estrecho pasillo que olía a carne asada y el ajo. Su estómago gruñó, pero probablemente lanzaría sus entrañas en el segundo que tragara algo. Así que ella siguió a Graham por el pasillo, bajando las escaleras, cada paso alter- nando entre el control de una voluntad de hierro y la creciente ira.

Izquierda. Annie.

Derecha. Hiciste una promesa, y la mantendrás, por los medios que sean necesarios.

Izquierda. Entrenamiento. Reina.

Derecha. Perra. Manipuladora, sádica perra de sangre fría.

Delante de ella, los propios pasos de Graham eran silencios sobre las piedras oscuras del pasillo. Las antorchas no se habían encendido, sin embargo, y en el sombrío interior, ella apenas podía decir que él estaba allí. Pero sabía, sólo porque ella casi podía sentir la ira que irradiaba de él. Bueno. Al menos otra persona no estaba particularmente emo- cionada con esta ganga.

Entrenamiento. Entrenamiento.

Toda su vida había estado entrenando, desde el momento en que nació. Graham podía entrenarla hasta que tuviera color azul la cara, y con tal de que ella tuviera las respuestas sobre las llaves de Wyrd, ella seguiría el juego. Pero no quería decir que, cuando llegara el momento, no haría nada. Desde luego, no tomar posesión de su trono.

Ella ni siquiera tenía un trono, o una corona, o una corte. No los quería. Y ella podría provocar la caída del Rey como Candy White, muchas gracias.

Apretó los dedos en puños.

No se encontraron con nadie mientras bajaban una escalera de caracol y comenzaron por otro corredor. ¿Los residentes de esta fortaleza, Mistward, Maeve la habían llamado, sabían quién estaba en ese estudio de arriba? Maeve probablemente los tenía aterrados. Tal vez ella los tenía a todos ellos, los mestizos, como los había llamado, esclavizados a través de algún trato u otro. Asqueroso. Era asqueroso, mantenerlos aquí sólo por tener una herencia mixta que no fue culpa suya.

Celaena nalmente abrió su boca.

—Debes ser muy importante para Su Majestad Inmortal si ella te puso en servicio de niñera.

—Teniendo en cuenta tu historia, ella no con aba en nadie más entre sus mejores es- fuerzos para mantenerte en línea.

Oh, el Príncipe quería un embrollo. Sea cual sea el autocontrol que había tenido duran- te su viaje a la fortaleza estaba colgando de un hilo. Bueno.

—Jugar como guerrero en el bosque no parece ser el mayor indicador de talento.

—Luché en campos de muerte mucho antes que tú, tus padres, o que tu tío abuelo siquiera hubiera nacido.

Ella se enfadó, exactamente como él quería.
— ¿Quién va a luchar aquí, excepto aves y bestias?

Silencio. Entonces...

—El mundo es un lugar mucho más grande y más peligroso de lo que imaginas, chica. Considérate bendecida de recibir algún tipo de entrenamiento, para tener la oportunidad de probarte a ti misma.

—He visto un montón de este gran y peligroso mundo, principito. Una, desabrida carcajada suave.
—Solo espera, Aelin.

Otro golpe. Y se dejó caer por ello.

—No me llames así.

—Es tu nombre. Yo no voy a llamarte de otra forma.

Ella dio un paso en su camino, llegando muy cerca de esos caninos demasiado a filados.

—Nadie aquí puede saber quién soy. ¿Entiendes?

Sus ojos verdes brillaban, brillantes como animal en la oscuridad.

—Mi tía me ha dado una tarea más difícil de lo que se da cuenta, creo.

Mi tía. No nuestra tía.

Y entonces ella dijo que una de las cosas más repugnantes que jamás había pronun- ciado en su vida, bañándose en el puro odio de aquello.

—Hadas como tú me hace entender las acciones del Rey de Adarlan un poco más, creo.

Más rápido de lo que ella podía sentir, más rápido que cualquier otra cosa tenía el de- recho de ser, él le dio un puñetazo.

Ella se movió lo su ciente para evitar que su nariz se rompiera, pero recibió el golpe en la boca. Ella golpeó la pared, golpeó su cabeza, y sintió el sabor de la sangre. Bien.

Él golpeó de nuevo con esa inmortal velocidad, o lo habría hecho. Pero con una rapidez desconcertantemente igual, detuvo su segundo golpe antes de que se fracturara la mandíbula y gruñó en su rostro, bajo y vicioso.

Su respiración se volvió entrecortada mientras ella ronroneó:

—Hazlo.

Él parecía más interesado en rasgarle su garganta que en hablar, pero él mantuvo la línea que había dibujado.

— ¿Por qué debería darte lo que quieres?

—Eres tan inútil como el resto de tus hermanos.

Él dejó escapar una risa suave y letal que pasó las garras por su temperamento.

—Si estás tan desesperada por comer piedra, adelante: te voy a dejar intentar aterrizar el próximo golpe.

Ella sabía que no debía escuchar. Pero había tal rugido en su sangre que ella ya no podía ver bien, pensar bien, respirar bien. Así que mando las consecuencias al in erno mientras balanceaba.

Candy golpeó nada más que aire, aire, y luego el pie enganchado detrás de ella en una maniobra e ciente, la envió hacia la pared una vez más. Imposible, él la había hecho tropezar como si ella no fuera más que una novata temblorosa.

Ahora estaba a unos pocos metros de distancia, con los brazos cruzados. Escupió sangre y juró. Él sonrió. Eso fue su ciente para que ella se precipitara a por él de nuevo, para hacerle frente o golpear o estrangularlo, ella no sabía.

Ella capto su movimiento a la izquierda, pero cuando ella se lanzó a la derecha, él se movió con tanta rapidez que a pesar de su vida de entrenamiento, ella se estrel Que ló en un brasero oscurecido detrás de él. El ruido resonó por el pasillo demasiado tranquilo cuan- do aterrizó de bruces en el suelo de piedra, su dientes resonando.

—Como he dicho, —Graham se burló de ella, —tienes mucho que aprender. Acerca de todo.

Su labio ya dolorido e hinchado, le dijo exactamente lo que él podía ir a hacerse a sí mismo.

Él se paseó por el pasillo.

—La próxima vez que digas algo como eso, —dijo, sin mirar por encima del hombro. —Voy a tenerte cortando leña por un mes.

Echando humo, odio y vergüenza enrojecían su cara, Candy se puso de pie. Él la dejó en una habitación muy pequeña, muy fría que parecía poco más que una celda de prisión, dejando que tomara dos pasos antes de decir:

—Denme las armas.

— ¿Por qué? Y no. Como el in erno le daría sus dagas.

En un movimiento rápido, cogió un cubo de agua de junto a la puerta y arrojó su conte- nido sobre el suelo de la sala antes de tirarlo fuera.

—Deme las armas.

Entrenar con él sería absolutamente maravilloso.

—Dime por qué.

—Yo no tengo que darte explicaciones.

—Entonces vamos a tener otra pelea.

Su tatuaje parecía imposiblemente más oscuro en la sala oscura, la miraba por debajo de un ceño fruncido como si dijera: ¿Llamas a eso una pelea? Pero en cambio, gruñó.

—Al arrancar la madrugada, ganarás tu sustento ayudando en la cocina. A menos que planees asesinar a todos los miembros de la fortaleza, no hay necesidad para que pue- das estar armada. O, para estar armada mientras entrenamos. Así que voy a mantener tus dagas hasta que te las hayas ganado de nuevo.

Bueno, eso se sentía familiar.

— ¿La cocina?

Él le enseñó los dientes en una sonrisa maliciosa.

—Todo el mundo saca su peso aquí. Princesas incluidas. Nadie está por encima de un trabajo duro, menos tú.

¿Y no tenía ellas las cicatrices para probarlo? No es que ella le diría eso. Ella no sabía lo que haría si él supiera sobre Endovier y se burlara de ella por eso, o compadecido de ella.

— ¿Así que mi formación incluye ser una criada?
—Parte de ello. — Una vez más, ella podría haber jurado que podía leer las palabras

no dichas en sus ojos: Y voy a saborear cada maldito segundo de tu miseria.

—Para un viejo cabrón, sin duda no te has molestado en aprender modales en cual- quier punto de tu larga existencia. —No importaba que él pareciera estar a nales de la veintena.

— ¿Por qué debería malgastar adulación en un niña que ya está enamorada de sí misma?

—Somos parientes, ya sabes.

—Tenemos tanta sangre en común como lo hago con el chico-cerdo de la fortaleza.

Ella sintió que sus fosas nasales se movieron, y él puso el cubo en su rostro. Ella casi lo golpeó de nuevo, pero decidió que no quería una nariz rota y empezó a desarmarse a sí misma.

Rowan contaba cada arma que ella puso en el cubo como si él ya hubiera sabido cuan- tas armas ella había estado llevando, incluso las ocultas. Luego se colocó el cubo a su lado y cerró la puerta sin siquiera un adiós.

—Está lista al amanecer.

—Bastardo. Viejo cabrón apestoso. —murmuró, examinando la habitación.

Una cama, un orinal y un lavabo con agua helada. Se había debatido un baño, pero optó por usar el agua para limpiar su boca y atender su labio. Ella se moría de hambre, pero ir a buscar comida involucraba conocer gente. Así que una vez que había reparado su labio lo mejor que pudo con los suministros en su bolso, ella cayó en la cama, su ropa apestando a vagabundos y todo, y se quedó allí durante varias horas.

Había una pequeña ventana sin revestimientos en su habitación. Candy se dio vuelta en la cama para mirar a través de ella a la mancha de estrellas por encima de los árboles que rodeaban la fortaleza.

Arremetiendo contra Graham así, diciendo las cosas que ella hizo, tratando de luchar con él. . . Ella se había merecido ese golpe. Más que merecido. Si ella estaba siendo sincera consigo misma, ella era apenas pasable como un ser humano en estos días. Ella tocó su labio partido e hizo una mueca.

Ella escudriñó el cielo de la noche hasta que encontró el ciervo, el Señor del Norte. La estrella inmóvil en lo alto de la cabeza del ciervo, la eterna corona, señaló el camino a Terrasen. Le habían dicho que los grandes gobernantes de Terrasen se convirtieron en esas estrellas brillantes por lo que su gente nunca estaría sola, y siempre sabrían el camino a casa. Ella no había puesto un pie allí en diez años. Mientras que él había sido su maestro, Arobynn no la había dejado, y después no se había atrevido.

Ella le había susurrado la verdad ese día en la tumba de Annie. Ella había estado escapando durante tanto tiempo que ella no sabía lo que era estar de pie y luchar. Candy soltó un suspiro y se frotó los ojos.

Lo que Maeve no entendía, lo que ella nunca podría entender, era lo mucho que la pequeña princesa en Terrasen los había condenado hace una década, incluso peor de lo que Maeve lo había hecho. Ella había los condenado a todos ellos y, luego dejó el mundo para quemar hasta cenizas y polvo.

Así Candy se apartó de las estrellas, situada debajo de la manta raída contra el frío gélido, y cerró los ojos, tratando de soñar con un mundo diferente.

Un mundo en el que ella era nadie en absoluto.


*No sé qué pasa pero cada vez que pongo una palabra con "f" se quita la letra y la vocal idean un espaci por eso le pido una disculpa si algunas palabras les falta algo.