Capítulo 9
KATNISS ESTABA destrozada porque habían discutido antes de que Peeta regresara a la ciudad. Sabía que no era razonable estar enfadada con él porque se hubiese ido en mitad de una riña, pero lo estaba de todas formas.
Para alimentar su rencor, decidió no pensar en que Peeta no había sido el responsable de su propia marcha. Era un privilegio obtener una entrevista con la figura política más eminente del momento, y hasta el momento, el hombre se había negado a hablar con nadie excepto Peeta. Katniss ni siquiera podía protestar porque Peeta hubiera dado prioridad a su trabajo. Había sacado tiempo de una agenda muy apretada mientras Josh permanecía ingresado y durante su reciente regreso a casa.
Le procuró cierto consuelo pensar que Peeta siempre se mostraba deseoso por complacerla en el aspecto más íntimo de su relación. Sus problemas de comunicación no se extendían al dormitorio, donde sus encuentros eran puro gozo.
La furia inicial que había sentido empezaba a debilitarse con la creciente convicción de que había reaccionado de forma exagerada al descubrir que Peeta había anunciado su inminente enlace en The Times.
La respuesta despreocupada de Peeta cuando ella le había puesto el anuncio delante de las narices había transformado su estupefacción en ira.
—Tenía intención de decírtelo, pero se me pasó —Peeta estaba metiendo sus efectos personales en la bolsa de viaje—. Quizá ahora el viejo nos tome más en serio —añadió. Cerró la cremallera y se echó la bolsa al hombro.
Katniss no se había tragado aquella explicación. A Peeta no se le pasaba nada.
—Plutarch no será el único que lo verá. Peeta entornó los ojos con recelo.
—¿Y eso te molesta?
—Lo que me molesta es que la gente esperará que me ruborice como una novia enamorada.
Cuando lo estaba y no podía decírselo, añadió para sus adentros. A veces, sentía deseos de correr ese riesgo, incluso ansiaba hacerlo de una forma casi dolorosa, y si Peeta hubiese dejado entrever en lo más mínimo que esperaba algo más de ella aparte de sexo, quizá se lo hubiera confesado.
—Yo puedo hacer que te ruborices —utilizó el suave ronroneo íntimo que en ella tenía el efecto de un afrodisíaco. Sus palabras evocaron las cosas que Peeta le había dicho al hacer el amor aquella mañana, palabras que habían envuelto en llamas todo su cuerpo.
Los músculos de su estómago se contrajeron con violencia. Mirarlo a los ojos era como ahogarse... ahogarse de deseo.
—¡Ojalá no tuvieras que irte! —gimió Katniss con voz ronca.
—Entonces, vente conmigo —repuso Peeta de inmediato. Una hermosa sonrisa iluminó el rostro de Katniss, pero se desvaneció con la misma rapidez que había surgido.
—No puedo. No he hecho las maletas, ni las de Josh. No es una solución práctica. Peeta se encogió de hombros, como si no le importara de todas formas.
—¿Pero te parece bien que haya puesto el anuncio? Ni siquiera le importaba lo bastante para persuadirla.
—Qué más da.
—Esa formalidad no habría sido necesaria si llevaras mi anillo —repuso Peeta en tono burlón, y su mirada se posó en la mano desnuda de Katniss. Ella la cerró.
—¡No me vengas con esas otra vez! Ya te dije...
—Que un anillo es un símbolo anticuado de posesión —recitó Peeta en un tono monótono—. Sí, lo has dicho, Katniss, en numerosas ocasiones, y si esa fuera tu opinión sincera la respetaría, pero los dos sabemos que no lo es.
—No puedes irte después de decir una cosa así —gritó Katniss, que cerró con ademán enérgico la puerta que Peeta acababa de abrir y se recostó en ella.
—Reconócelo, Katniss, me tiraste el anillo a la cara porque estás decidida a comportarte como si este matrimonio fuera una farsa. Un anillo, un anuncio oficial, todo eso hace que parezca demasiado auténtico para tu gusto. Cuando el vicario te pregunte si me aceptas, seguramente dirás «tal vez».
La acusación de Peeta se acercaba tanto a la verdad que Katniss se puso aún más furiosa.
—Quizá se te haya pasado por alto, pero este matrimonio es una farsa —el tono dulce de Katniss encerraba auténtico dolor—. Y, para que lo sepas... —se interrumpió con brusquedad—. ¿Has dicho vicario? Creía que habíamos acordado que el registro civil sería lo más apropiado.
—Yo no he acordado nada —la suave sonrisa de Peeta era una provocación. Abrió la puerta con Katniss todavía apoyada en ella y atravesó el umbral con serenidad.
Inmersa en la furia y la frustración, Katniss lo siguió por el pasillo a grandes zancadas para no quedarse atrás. No había visto a un hombre más prepotente, envarado y obstinado en la vida.
—No hay duda de que eres hijo de tu padre —le espetó con los ojos clavados en su fornida espalda.
Aquello captó la atención de Peeta. Se detuvo y se dio la vuelta con tanta rapidez que Katniss tuvo que hundir los talones en la gastada alfombra que cubría las planchas de roble para no precipitarse contra él.
—¿Se trata de un golpe de efecto o intentas decirme algo?
Peeta tenía unos ojos realmente expresivos... de haber podido, Katniss habría rellenado varias hojas con descripciones y alabanzas de aquellos sensacionales iris de terciopelo. Pero en aquellos momentos, no expresaban nada halagador sobre Katniss. Una persona menos fuerte, o menos furiosa que Katniss, se habría dejado intimidar por el gesto burlón que elevaba la comisura de sus labios y una ceja altiva.
—Estás tan obsesionado por guardar las apariencias como Plutarch —replicó. El labio inferior le temblaba por el desagrado y la decepción—. Siempre pensé que eras más franco que él.
Si Katniss hubiese creído por un momento que el extravagante plan de Peeta no se basaba únicamente en dar autenticidad a su matrimonio de cara al mundo en general y a su padre en particular, se habría alegrado y se habría sentido feliz de lucir el anillo de compromiso. Caray, se habría conformado con una goma elástica si la razón que Peeta le hubiera dado fuera que la amaba.
Pero no hubo ninguna mención de amor cuando le mostró el anillo. De hecho, su actitud había sido tan despreocupada que resultó casi ofensiva. Katniss habría sido feliz aunque se casaran en un desván, y tampoco le habría importado celebrar sus esponsales en una catedral si el hombre al que amaba quería proclamar su amor a los cuatro vientos. Pero saber que Peeta no la quería incrementaba su oposición a sus planes.
—Lamento que mi integridad no satisfaga tus expectativas.
El silencio glacial se prolongó durante varios segundos antes de que Peeta girara sobre sus talones y se fuera. Katniss quiso correr tras él, pero no lo hizo.
Durante las miserables veinticuatro horas que transcurrieron tras su marcha, Katniss llegó a la conclusión de que no podía seguir castigando a Peeta por no amarla.
Debía alegrarse de que, al menos en las cuestiones más importantes, fuera sincero.
Katniss iba a casarse consciente de lo que sentía, y eso la convertía en una hipócrita. Cuanto más lo pensaba, más se convencía de que no podía seguir adelante con la boda sin revelar a Peeta la verdad, por eso tomó el tren a Londres y, con una bolsa bajo el brazo y un bebé bajo el otro, llegó a las puertas del edificio en el que vivía.
El apartamento de Peeta estaba en el ático del viejo almacén reconvertido en paraíso minimalista. Había metros y metros cuadrados de parqué encerado, toneladas de cromo industrial y raudales de luz que se filtraban por los ventanales que daban al río.
Katniss optó por subir en ascensor. Las escaleras habrían sido más saludables, pero no llevando en brazos a un niño dormido. Josh estaba recuperando el tiempo perdido, e incluso había ganado peso en las semanas transcurridas desde que saliera del hospital.
«Solo espero que, después de haberme dado el paseo, Peet esté en casa. ¿A quién quieres engañar, Katniss?», se burló. «Rezas para que no esté». Por si acaso sus rezos daban fruto y se posponía lo inevitable, Katniss llevaba la llave que Peeta le había dado. La espontaneidad era digna de encomio, pero con un bebé en los brazos merecía la pena prever cualquier contingencia.
Al final, no necesitó usar la llave: la puerta principal estaba entreabierta. Katniss frunció el ceño. La gente, Peeta incluido, no dejaba la puerta abierta en la ciudad. O le habían desvalijado el apartamento o había pasado demasiado tiempo en su pacífica aldea.
Nada de atracos, decidió al adentrarse en el impecable salón. Lo primero que llamó su atención fue la ausencia de parafernalia infantil. Imaginó a alguna rubia tendida en el cómodo sofá de cuero y tuvo que tragar saliva. Nunca pensó que los celos podían ser una emoción tan física. Además de náuseas, tenía la garganta seca y el corazón le latía como si hubiera subido por las escaleras.
El anticlímax fue tremendo cuando no obtuvo respuesta alguna al llamar a Peeta.
Vagó por el dormitorio con curiosidad. Había transcurrido mucho tiempo desde la última vez que estuvo allí. El decorado de estilo japonés era nuevo. Se arrodilló con alivio y dejó al niño dormido sobre la cama antes de mover sus doloridos hombros.
Por el rabillo del ojo atisbo un movimiento. Provenía de la terraza que unía el salón con el dormitorio. «No lo pienses, hazlo», se ordenó Katniss con firmeza. La puerta corrediza se abrió en silencio, y estaba a punto de franquear el umbral, cuando advirtió que Peeta no estaba solo. Retrocedió con precipitación al dormitorio. En cuanto se percató de que la voz era femenina, no dudó en cerrar la puerta y esperar.
—Cuando vi tu boda anunciada en el periódico, supe que había cometido un terrible error, querido —suplicó la mujer sin rostro en un jadeante susurro infantil—. Sé que obras por despecho. No lo hagas, por favor.
Se oyó un sollozo. No era el llanto angustiado y desesperado que enrojecía los párpados de una mujer, sino un gimoteo delicado, contenido, pensado para conmover los corazones protectores de los hombres.
Katniss, con los ojos fuertemente cerrados, podía visualizar la clase de consuelo que la mujer estaba recibiendo durante el interminable silencio. Un grito cobraba fuerza en los confines de su agitado pecho.
—De no ser por el bebé, estaríamos... —Katniss se preguntó cómo podía lograr aquella mujer que una carcajada sonara amarga y seductora al mismo tiempo—. Sé que no es fácil para ningún hombre aceptar a un hijo que no es suyo...
—Antes te habría dado la razón, pero todo se aprende en la vida —había una nota de gozoso descubrimiento en la voz de Peeta mientras desarrollaba su idea—. Podría aceptar al hijo de otro hombre. Si la amara a ella, Cashmere, no importaría... ¡Nada importaría! Y, a decir verdad, amo a una mujer...
Katniss había escuchado más de lo que su corazón podía soportar. Con un imperioso sollozo que amenazaba con escapar de su garganta, se dio la vuelta, tomó a Josh en brazos y salió corriendo. No se detuvo hasta que no tropezó de lleno con una figura alta ataviada con un exquisito traje de sastre.
Katniss cubrió la cabeza de Josh con la mano para apaciguarlo mientras el niño se removía en sueños. Después de secarse las lágrimas de las mejillas, elevó la cabeza gacha para balbucir una disculpa ante aquel extraño.
—Lo siento... ¡Usted!
—Buenas tardes, señorita Everdeen —Plutarch Mellark desvió la mirada del rostro manchado de lágrimas al niño que dormía en sus brazos—. Tiene el pelo de Marvel —fue el brusco veredicto después de un momento de escrutinio intenso e inexpresivo.
Con ojos muy abiertos por el temor, Katniss retrocedió de forma automática. Una mueca de burla apareció en el rostro enjuto y arrugado del anciano.
—No te preocupes, pequeña, no voy a arrebatártelo.
A Katniss no le apetecía hacer de Caperucita Roja ante aquel lobo malo. Apretó los labios y lo miró directamente a los ojos antes de declarar en voz alta y clara:
—No se lo permitiría —no quería que Plutarch tuviera ninguna duda a ese respecto.
—No, no creo que lo hicieras —una expresión pensativa acompañó la respuesta—. ¿Está Peeta en casa?
Al oír el nombre de Peeta, Katniss volvió a sumirse en una profunda desesperación.
—Tiene compañía.
Plutarch no había hecho ninguna observación sobre las lágrimas de Katniss, pero era irreal pensar que no había sumado dos más dos.
—¿La clase de compañía que te hace llorar? —con un ademán majestuoso desechó la negativa mecánica de Katniss—. No me pareces la clase de mujer que llora con facilidad.
Un segundo más, y Plutarch Mellark comprobaría con qué facilidad era capaz de sollozar a lágrima viva.
—Si me permite —intentó pasar a su lado, pero él le bloqueó el paso.
—No, creo que no.
—¿Cómo dice?
—No voy a permitir que te vayas todavía. ¿A dónde te diriges? Era más fácil responder que discutir, así que Katniss respondió.
—Voy a tomar el primer tren de vuelta a casa.
Un tren atestado de pasajeros en un día caluroso y húmedo... ¿qué mejor colofón para un día perfecto?, se preguntó con amargura. « ¿Cómo he podido imaginar, ni siquiera por un minuto, que Peeta pudiera sentir algo aparte de deseo y, posiblemente, lástima por mí?» Hizo una mueca de dolor por su propia estupidez. Al menos, había visto la verdad con sus propios ojos antes de hacer el más completo de los ridículos... aunque pensar en su golpe de suerte no le levantaba mucho los ánimos.
—Tengo un medio de transporte mejor.
Katniss se apartó, con bastante agilidad para una persona de su edad, y Katniss vio el elegante Rolls aparcado en prohibido junto a la acera. A la señal del dueño, el chofer salió del vehículo y abrió la puerta de pasajeros más cercana. Katniss volvió la cabeza con nerviosismo, temiendo ver aparecer a Peeta o a su amante. Katniss jamás había concebido un rescate tan envuelto en peligro, ni tan lujoso.
No se engañaba pensando que el gesto de Plutarch estaba motivado por la preocupación del anciano por su bienestar. Su olfato percibía el inconfundible aroma de una segunda intención, pero tampoco podía negar que un trayecto en tren con un niño cansado no era una perspectiva agradable, sobre todo cuando se había olvidado la comida y los juguetes de Josh en el dormitorio de Peeta. Quería estar muy lejos de allí cuando Peeta descubriera la bolsa.
—Pensaba que iba a ver a Peeta.
—Igual que tú —señaló su resuelto rescatador.
—He cambiado de idea —sobre muchas cosas.
—No es prerrogativa de las mujeres. Sube, joven —sus ojos sagaces contemplaron el rostro pálido de Katniss—. Estar de pie resulta agotador.
¿Qué tenían los hombres Mellark que daban por hecho que podían darle órdenes?
—Para su información, reacciono muy mal a las tácticas intimidatorias.
—La última vez que hablamos se mostró más decidida. A pesar de lo que pueda haber oído, no me como a los niños —añadió, y desplegó una pequeña sonrisa.
—Está bien. No hay mal que por bien no venga —Katniss accedió a subir al recordar que se había dejado la cartera en la bolsa con las cosas de Josh. Se recostó en el lujoso asiento y suspiró al sentir el frescor del aire acondicionado.
—¿Me equivoco si imagino que el mal al que te refieres es alto, rubio y, en estos momentos, está en compañía de otra mujer?
Al parecer, Peeta había heredado su irritante costumbre de leer entre líneas de su padre. Consciente de que estaba analizando todas sus reacciones, Katniss trató de mostrarse impasible.
—Volvemos a casa, Snow —le dijo el anciano al conductor.
—Le alegrará saber que la boda ya no va a celebrarse —Katniss no creía que a Peeta le entristeciera saber que ella ya no quería casarse con él. Si la noticia regocijó al anciano financiero, lo disimuló bien.
—Sabes, te pareces mucho a tu abuela.
Katniss emergió de la triste contemplación del resto de su vida.
—No sabía que la conociera.
—Una mujer extraordinaria. Cuando supe que Peeta estaba realizando visitas nocturnas a su casa, me encaré con ella.
—¡Usted lo sabía!
—Lo mismo que tu abuela. Me aseguró que, cuando llegara el momento, pondría fin a esas visitas. Confié en su criterio.
—Que pondría fin... —Katniss estaba perpleja.
—Creo que habló con Peeta cuando consideró que ya no era apropiado.
—No sabía que... —Katniss sintió el rubor en sus mejillas—. ¡Era una amistad inocente! —protestó.
—Nunca lo dudé, pero consciente de cómo hierve la sangre en la juventud... —se encogió de hombros—. En realidad, me alegraba saber que Peeta se sentía en casa en alguna parte.
La expresión del rostro severo y aristócrata no se había alterado, pero el tono de voz del anciano hizo que Katniss se olvidara de su bochorno y lo mirara.
—Sabía que Peeta era desgraciado, pero no hizo nada al respecto —lo acusó.
—Tenía las manos atadas —repuso Plutarch con rigidez—. Lo lamentaba, pero...
—Sus lamentaciones no fueron ningún consuelo para Peeta —dijo con franqueza—. A mi modo de ver, ¡sufrió por culpa de los errores de su padre!
—Yo diría que Peeta es muy afortunado por contar con una amiga tan leal.
—¡No quiero ser su amiga! —gimió Katniss—. ¡Ay! —exclamó, y se cubrió los labios con la mano—. Lo siento —se sorbió las lágrimas y Plutarch le puso un impecable pañuelo blanco en la mano.
—Tenía la impresión de que Peeta también deseaba algo más —murmuró el hombre con ironía.
—Solo era una farsa —reconoció Katniss con tristeza.
—Vaya, vaya, el chico tiene un sinfín de habilidades. Seguramente pensarás que revelé a Peeta su verdadera ascendencia con suma torpeza.
—Creo que la revelación llegó con un poco de retraso... digamos, veinte años más tarde de lo debido —replicó Katniss con rencor.
—Cuando te hagas mayor, descubrirás que hay momentos decisivos en la vida. Y a veces, uno no los reconoce cuando llegan, no sabe que ya no habrá marcha atrás... Si pudiera retroceder en el tiempo, haría las cosas de un modo muy distinto, pero nunca me arrepentiré de haber amado a Paylor —gruñó—. No ha pasado ni un solo día desde que se fue en que no haya deseado tener el valor de armar un escándalo y mandar al infierno el honor de la familia. No debí echarla, debimos marcharnos juntos, ella, el niño y yo... Pero ya es demasiado tarde. ¿Te parezco sumamente egoísta?
Los ojos de color azul claro de Plutarch reflejaban una intensa tristeza mientras imaginaba lo que podría haber sido. Katniss sintió cómo se disolvía parte de su hostilidad hacia él.
—Yo diría que ahora me parece más humano... lo cual no deja de ser una sorpresa — añadió con cierta malicia. Su expresión se serenó—. ¿Le ha explicado a Peeta lo que sentía hacia su madre? No sería mala idea.
El anciano volvió a fruncir el ceño.
—Lo intenté... ya me oíste. Peeta no quiere escuchar.
—¿Desde cuándo acepta un no por respuesta? Claro que no es asunto mío —añadió Katniss al comprender que, justo cuando debía distanciarse de los Mellark, se dejaba otra vez arrastrar por sus problemas.
—Dado que estás criando al más joven de los Mellark y, si me permites decirlo, estás haciendo un trabajo excelente, yo diría que es tan asunto tuyo como mío.
—¿Quiere decir...?
—Ten un poco de fe en mí. Soy obstinado, joven, pero no ciego. Veo que eres una madre maravillosa para el niño. Sin embargo, me gustaría conocer a mi bisnieto. ¿Qué te parece la idea?
—A decir verdad, es un alivio.
—¡Excelente! Entonces, si no estás demasiado cansada, ¿por qué no llevas a Josh esta tarde a la finca? Está despierto alguna vez, ¿verdad?
—Sí, claro que está despierto —le aseguró Katniss con ironía.
—Entonces, tráelo a casa a merendar. Le diré a Snow que vaya a recogerte. Así podremos hablar de cuestiones económicas.
La sonrisa se disipó del rostro de Katniss. Se lo merecía por bajar las defensas con un Mellark.
—No quiero su dinero.
Al contemplar la barbilla elevada en un gesto de rebeldía, Plutarch se inclinó hacia delante y habló en voz baja:
—Soy un pobre viejo solitario con un hijo capaz de apuñalarme por la espalda para arrebatarme mi dinero y otro que me aborrece y que no aceptaría mi ayuda aunque se estuviera ahogando. Déjame hacer algo por Josh, Katniss...
A pesar de su inclinación natural hacia el cinismo y la hostilidad, Katniss se quedó impresionada ante aquella exhibición de sinceridad. Katniss estaba convencida de que Plutarch nunca había estado tan cerca de suplicar.
—Nos encantará ir a merendar.
No era una concesión importante, pero a juzgar por la expresión de Plutarch, estaba satisfecho con su progreso.
—Has dicho que ya no estabas comprometida con mi hijo...
Katniss se puso tan rígida que su espalda apenas rozaba la tapicería.
—Así es.
—¿Habéis llegado a esa decisión como pareja, o ha sido una decisión unilateral... tu decisión?
—Peeta no se opondrá —lo tranquilizó en tono sombrío.
—¿Tan segura estás? Antes me acusaste de no aceptar un no por respuesta. Pronto averiguarás que, en lo que referente a la obstinación, Peeta es único en su especie. Piénsalo —le aconsejó cuando ella no respondió.
.
Katniss presenció en directo la obstinación de Peeta horas después aquel mismo día, después de instalar a Josh en el asiento de atrás del Rolls de Plutarch e inclinarse para sentarse junto a él.
—¿A dónde diablos crees que vas?
Dio a Peeta con la puerta en las narices.
—En marcha, por favor —suplicó Katniss al chófer de rostro impávido.
—¡No se mueva! —ladró Peeta, que dio un manotazo al techo del Rolls y asomó la cabeza por la ventanilla abierta del asiento de atrás.
El chófer no sabía cómo interpretar aquellas órdenes contradictorias. Peeta aprovechó su indecisión.
—Sabes a quién pertenece este coche, ¿verdad?
—No subiría al coche de un desconocido, ¿no crees? —anunció Katniss con despreocupación.
—Ni siquiera llevo cuarenta y ocho horas fuera. He de reconocer que el viejo no pierde el tiempo —el tono era de todo menos halagador—. ¿Cómo obró el milagro? ¿Una táctica hábil o te he juzgado mal? ¿Bastó con un jugoso talón? —la acusó con sarcasmo.
—Si no supiera que asustaría a Josh —le espetó Katniss, y lanzó una mirada protectora al pequeño que estaba abrochado a su nueva cuna de viaje antes de lanzar a Peeta una mirada de desprecio—, borraría esa mueca prepotente de tu cara de una bofetada.
Fue comprender que Katniss lo consideraba una amenaza para Josh más que la amenaza de violencia lo que lo puso furioso de verdad.
—¿Te importaría explicarme lo que está pasando? Encontré tu bolso con tarjetas de crédito, monedero y talonario sobre mi cama. Sin embargo, no había ni rastro de ti. Ni siquiera has contestado a mis llamadas... ¡podrías haber estado en el depósito de cadáveres y yo ni siquiera lo sabría!
—No te pongas melodramático —le aconsejó Katniss en tono burlón.
Peeta alzó la cabeza con brusquedad. Tenía fuego en la mirada.
—Me tenías muy preocupado.
Katniss chasqueó la lengua con deliberado desdén, pero sus sentimientos la dominaron.
—¿Fue eso antes o después de que terminaras de dar un revolcón con Cashmere?
¿Acaso la traición de Peeta no tenía fin?, se preguntó, pasando por alto el hecho de que nunca había negado estar enamorado de Cashmere, mientras contemplaba con creciente desprecio cómo Peeta reflejaba absoluta perplejidad y confusión.
—¿Quiere hacer el favor de arrancar? —suplicó en tono apremiante.
Su desesperación debió de surtir efecto, porque el chófer logró superar su recelo a dejar al heredero de su patrón a un lado de la carretera y arrancó.
Katniss avistó por última vez los rasgos furiosos de Peeta justo antes de que el coche se alejara. Su suspiro de alivio resultó ser prematuro, porque el coche estaba ganando velocidad cuando la puerta se abrió y Peeta, prácticamente, aterrizó sobre ella.
—¿Cómo te atreves? —exclamó, y se separó lo más que pudo de Peeta dadas las limitaciones de espacio del vehículo. Sus sentidos eran tan sensibles a su presencia que la fragancia apenas perceptible que Peeta emanaba bastó para que su estómago se contrajera. Una oleada de poderoso deseo sexual la dejó sin aliento durante varios momentos.
Peeta sonrió fríamente con los dientes apretados.
—Hay pocas cosas que no me atreva a hacer cuando se trata de conseguir lo que quiero.
« ¿Y debo creer que es a mí a quien quieres?»
—¿Qué debo hacer? ¿Aplaudir? —Katniss le lanzó una mirada de gélida burla—. Ve a nutrir tu ego a otra parte —elevó la voz—. ¿Quiere hacer el favor de parar? El señor Mellark ya se va.
—El señor Mellark no se va a ninguna parte —la contradijo Peeta con rotundidad.
—Bien, entonces, nosotros sí —con manos trémulas desató a Josh—. Seguiremos a
pie.
Peeta permaneció sentado durante unos instantes, contemplando la figura esbelta de espalda rígida que se alejaba caminando por la carretera. Suspiró.
—Gracias, seguiremos todos a pie —Peeta echó a correr para alcanzar a Katniss—. Espera un momento, mujer. Deja que yo lleve a Josh.
—Podemos arreglárnoslas sin ti.
—Quizá tú sí, pero te aseguro que yo no puedo arreglármelas sin ti —masculló Peeta con rotundidad.
Katniss intentó reprimir las lágrimas y a punto estuvo de tropezar. Viéndose obligada a parar, ya que no podría dejar a Peeta atrás, besó a Josh en la coronilla a modo de disculpa.
—¿Por qué me dices todo eso? —inquirió en un angustiado susurro—. ¿Por qué eres tan cruel? Ya no es necesario que finjas. Sé que has visto a Cashmere y que le has dicho que todavía la amas.
—¿Que yo qué?
—¡No te molestes en negarlo! Te he oído, te... La carcajada amarga de Peeta la interrumpió.
—Si esto no fuera tan trágico, resultaría divertido.
Perpleja por la mordacidad de aquella observación, Katniss no se resistió mucho cuando Peeta le dio la mano y la alejó de la carretera hacia una pequeña pradera. El coche, que los había estado siguiendo a paso lento, se detuvo a pocos metros de distancia.
—Puedes jugar aquí, pequeño —Peeta tomó a Josh de los brazos de Katniss y lo dejó en el suelo. Josh parecía más que dispuesto a cooperar con el hombre alto que le hacía reír—. Y ahora... —una lúgubre determinación se reflejaba en su delgado rostro.
—¡No emplees ese tono conmigo!
—No vas a irte de aquí sin que me expliques de qué diablos estás hablando.
—Estás enamorado de Cashmere y no te importa si el bebé no es tuyo. La comprensión iluminó la mirada de Peeta.
—Así que es eso lo que oíste.
Katniss bajó la cabeza. Había albergado la minúscula esperanza de que se produjera un milagro de última hora. No era de extrañar que Peeta pareciera sentirse tan aliviado... seguramente, daba las gracias por no tener que afrontar la desagradable tarea de confesarle la verdad.
—¿Vas a darme la enhorabuena? —se había agachado para añadir una ramita a la creciente colección de Josh, pero su atenta mirada seguía fija en Katniss.
Katniss sabía que se mordería la lengua antes de articular frases hechas sin sentido... y si eso la convertía en una mala perdedora, ¿qué importaba?
—Solo espero que sepas lo que haces. Confío en que me perdones por ser sincera — dijo con ardor—, pero hace años que somos amigos y te... te he tomado cariño — balbuceó.
—Gracias —repuso Peeta en voz baja, tras ponerse en pie, y levantó la barbilla de Katniss—. ¿Cuánto cariño me has tomado? —preguntó en un susurro. Deslizó los dedos por la mejilla de Katniss mientras, con los ojos abiertos de indignación, Katniss se apartaba de él.
—¿Qué quieres que diga? —le preguntó con enojo.
—Quiero que digas que has vivido una pesadilla desde que descubriste que estoy tan enamorado que incluso aceptaría al hijo de otro hombre... que no ha sido creado el obstáculo que me impediría amar a la mujer de mi vida. Quiero oírte decir que no soy el único que ha estado sufriendo, tontarrona —gimió con voz ronca al tiempo que la estrechaba sin ceremonias entre sus brazos y la besaba.
Fue un beso largo, muy largo, y apasionado. Cuando se separaron, Katniss estaba jadeando, y se había llevado la mano a su agitado pecho.
—¿Fuiste a Londres para espiarme? —los ojos llameantes de Peeta indicaban que haría lo que fuera necesario para obtener una respuesta.
Katniss todavía sentía los cálidos labios de Peeta sobre su boca, todavía podía saborearlos. Conservar el orgullo ya no le parecía tan importante. Alzó la cabeza con osadía y se retiró la melena hacia atrás con un ademán enérgico.
—Me sentía culpable porque me iba a casar contigo con un falso pretexto. No quería ser tu esposa para proteger a Josh, sino porque estoy enamorada de ti. Cuando oí lo que le decías a Cashmere... —la voz le falló y se mordió los labios trémulos—. Comprendí que no tenía mucho sentido. ¿Por qué me has besado así, Peet?
—¿Como si no pudiera saciarme de ti? —Inquirió Peeta en el mismo tono decidido y duro, mientras la taladraba sin piedad con la mirada—. ¿Como si fueras tan vital para mí como el oxígeno, tan embriagadora como una botella de vino añejo? ¿Como si quisiera tener resaca de Katniss durante el resto de mi vida? ¿Como si fueras la mujer a la que amo por encima de todo? —bajaba la voz con cada pregunta, hasta que quedó reducida a un murmullo seductor que le aceleró el corazón.
¡Por fin lo entendía! Con un gran salto de fe, Katniss se apartó del precipicio que se había abierto bajo sus pies con una sonrisa en los labios. La alegría estalló en su cabeza.
—¡Aunque yo tenga al hijo de otro hombre! —exclamó, y lo miró con ojos brillantes.
—Sabía que acabarías entendiéndolo —repuso Peeta en tono burlón—. Cashmere lo comprendió enseguida.
—¡Ojalá pudiera, Peeta! —suspiró Katniss. La mirada de Peeta estaba cargada de ternura.
—¿Ojalá pudieras tener al hijo de otro hombre? —bromeó con suavidad. Katniss bajó la mirada.
—Ojalá pudiera tener un hijo tuyo —le explicó con voz ronca.
—¡Mírame! —jamás había oído a Peeta usar aquel tono tan contundente, y Katniss obedeció sin pensar. Peeta la miró a los ojos con intensidad—. No quiero volver a oírte decir eso jamás. Te tengo a ti, y eso es lo único que necesito. Porque te tengo, ¿verdad?
Katniss no podía creer que Peeta estuviera buscando una confirmación. La preocupación desapareció de su rostro al tiempo que asentía con energía. Con una amplia sonrisa, abrió los brazos.
—¡Soy toda tuya! —exclamó.
—Reserva ese pensamiento para cuando estemos solos —le suplicó Peeta con un gemido.
Katniss movió la cabeza, todavía perpleja pero feliz.
—Has dicho que me querías a mí, no a... —se interrumpió con nerviosismo, incapaz de pronunciar el nombre de la otra mujer.
—No a Cashmere —concluyó Peeta en su lugar, y tomó el rostro de Katniss entre las manos con ternura—. Nunca la quise. Ella solo estaba interpretando un papel, la Cashmere de la que creí enamorarme ni siquiera existía. Hoy se presentó en mi casa sin avisar y no sentí nada al verla. Después de conocer el amor de verdad, he perdido el gusto por las insípidas imitaciones —Peeta paseó la mirada por el rostro enamorado de Katniss—. Eres realmente increíble, te amo —susurró con voz ronca.
—¿De verdad? —la sonrisa boba de Katniss se negaba a abandonar su rostro, pero a Peeta no parecía importarle—. Debió de llevarse toda una sorpresa —comentó en tono piadoso, mientras se esforzaba por reprimir un hurra triunfante poco propio de una dama.
—Tuvo su oportunidad —murmuró Peeta, implacable—. Por suerte para mí, no la aprovechó. Habría sido un infierno enamorarme de ti y no poder hacer nada para remediarlo.
—Bueno, sí que puedes hacer algo —le prometió Katniss, y sonrió de oreja a oreja—. Puedes hacer lo que quieras.
—Ya sabes lo que quiero —gruñó Peeta, mientras la estrechaba. Katniss se estremeció al sentir los labios de él en el cuello. Después, le habló al oído—. Quiero encontrarte húmeda y cálida cada vez que te toco —explicó en un perverso susurro—. Cada vez que me rechazabas, me acordaba de eso.
A Katniss le fallaron las piernas, y gimió al sucumbir a una oleada de anhelo. Se aferró a él.
—Yo nunca te he rechazado.
—Físicamente, no.
—Debo de estar soñando —Katniss enterró el rostro en el hombro de Peeta, pero él le levantó la barbilla.
—No, cariño, esto es la vida real —la contradijo con firmeza.
—He estado tan insoportable...
—Ha sido la frustración, cariño. Cuanto antes nos casemos, mejor.
Una sonora risita infantil llegó a oídos de los dos. Katniss y Peeta rieron y bajaron la vista.
—¡Está decidido! —anunció Peeta—. Josh tenía la última palabra.
—Digamos que ha sido una decisión unánime —sugirió Katniss, rebosante de felicidad.
Hola a todos, perdon por la tardanza :( tuve algunos problemas con la computadora pero ya volvi, y voy a terminar las historias lo mas rapido que pueda :)
Gracias a todos por sus reviews
Saludos, Maya
