Contra viento y marea, una vez más estoy aquí…Ok, no me presten atención. Aquí les traigo un nuevo capítulo, de esta su telenovela favorita…Mejor pasemos a los agradecimientos.
Muchas gracias a Hitomi Shion Yo, de verdad, muchas gracias por tomarte unos minutos de tu preciado tiempo para leer y comentar esta locura; mencionarte en cada capítulo es de lo menos que puedo hacer. Gracias. Y también quiero agradecer Mónica Aguilar, que leas y me lo hagas saber me llega aún más al kokoro podrido que tengo. Muchas gracias. Por supuesto, también agradezco a quienes leen, veo el registro de sus lecturas, me hacen feliz.
Último detalle, Yowapeda no perteneces, si no a Watanabe–sensei.
Ahora sí, sin más, disfruten de la lectura.
9
Deseo
(O, ¿quién deseó esto?)
—¡Oh, Akira, qué guapo te ves!
El susodicho bajó la cabeza avergonzado cuando entró de nuevo a la habitación de su madre. Era el tercer día que la mujer lo recibía con esa animosidad y la misma frase. Tras decidir que su estancia en ese tiempo era indefinida y que no era buena idea que anduviera por ahí con el maillot del colegio, Midousuji tuvo que ir y comprar prendas nuevas. Nada novedoso, pero parecía que su madre tenía un gusto peculiar por avergonzarlo.
Anduvo con paso tranquilo hasta la cama, con una bolsa con algunos víveres que su madre pidió que comprara el día anterior. Tras el horario de visita, el chico pasó la tarde vagabundeando por las tiendas del distrito comercial buscando los objetos de la lista, en tanto miraba con interés lo poco o nada que habían cambiado aquellos lugares con el paso de los años. Algunas tiendas seguirían idénticas en unos años (la tienda de ciclismo, esa misma a la que solía ir desde que obtuvo su preciada De Rosa); unas más se modificarían para camuflarse con los tiempos que correrían (la tienda de chucherías de moda, la misma a la que solía escoltar a su prima cuando la chica quería comprar lo mismo que llevaban el resto de las niñas de su clase, con los años pondría una máquina de pinza a una corta distancia de su entrada autómatica) ; y otras pocas habían desaparecido (ahí, donde en esos años era una tienda pequeña y sucia de suvenires, en unos años pasaría a ser la tienda de takoyaki. Esa misma tienda que en sus años de adolescencia parecía perfumar todo el andador con su característico aroma).
—No es para tanto, es de lo más barato que encontré —dijo, repitió por tercer día consecutivo; en tanto que ponía la bolsa en la mesita de noche—...no es gran cosa...¡Ah!, conseguí todo lo que me pediste.
—¿En serio? Muchas gracias, Akira. Debió serte pesado y aburrido, ¿no?
El chico se encogió de hombros.
—Sería más fácil si tuviera mi bicicleta.
Y ya había visto su amada De Rosa aparcada a la entrada del hospital, pero le era inservible sin las modificaciones que le hizo en su tiempo. Si pudiera hacerle unos cambios básicos...
—Quizá podemos conseguir una para ti, para que puedas usarla en el tiempo que estás aquí.
—No es necesario, con unas modificaciones podría usar la otra.
Noriko ladeó el rostro y su hijo pensó en un cachorro de gato que observa currioso un objeto por primera vez. Noriko no sabía mucho de bicicletas, pero suponía que hacer modificaciones a una para niños era complicado. Pero si su hijo decía que eso bastaba...
—Entonces la modificaremos.
Sonrió de forma que aceptaba que aquella era la solución más sencilla.
El chico se sonrojó e intento explicar que no era necesario, pero Noriko insistió que lo hiciera y que no hablarían más del tema hasta que la bici estuviera lista. Akira no pudo evitar pensar que su madre era testadura cuando se lo proponía.
Los siguientes minutos estuvieron conversando o Noriko trataba de que su hijo hablara, al menos el chico estaba más cooperativo y respondía más a sus preguntas. Le contaba vagamente del colegio, de los entrenamientos, de los zaku que era sus compañeros del club y le habló del inter escolar.
—¡Ganaste? ¿Eso me estás diciendo?
El ciclista sintió sus mejillas enrojecer una vez más. Esa reacción se estaba volviendo una molesta costumbre, pero es que no sabía cómo más responder ante el entusiasmo, los ademanes o frases de su madre. La miró de reojo, hasta entonces había estado muy entretenida buscando dentro de la bolsa de víveres una bolsa de golosinas que había pedido; sin embargo, las golosinas parecían haber pasado segundo plano con aquella noticia. Notó el pálido y enfermo rostro de la mujer congestionado en una mueca de sorpresa pura; sus cansados ojos lila estaban muy abiertos y brillantes; y su delgados labios formaban un círculo titubeante, pues la comisura parecía jalarse a los lados en un tic nervioso, en señal de una sonrisa contenida. El chico bajó la vista antes de responder:
—Quedé empatado con otros dos en el primer puesto...además, era el primer día...
—¡Pero quedaste en primer lugar! Eso significa que fuiste el más rápido de todos.
Eso era mentira. En el segundo y tercer día las fuerzas lo abandonaron. Pero su madre parecía soñada y feliz con ese vago primer lugar de empate. ¿Seguiría pensando lo mismo si le decía el resto?
—¿Y qué pasó los otros días? -preguntó igual de alegre, mientras recordaba su olvidado propósito de encontrar su golosina. Revolvió el contenido de la bolsa, y al no escuchar respuesta alguna detuvo de nuevo su búsqueda—. ¿Akira?
Lo vio encogerse con gesto incómodo. Observó esos enormes y adorables ojos rehuirle mientras sus manos se aferraban nerviosas al pantalón que vestía. Así parecía el adorable niño de 10 años que se negaba a despertarla anunciando su presencia.
—¿Perdiste? -preguntó en un tono suave, pero no menos alegre.
Esa palabra caló hondo en el chico y sintió que se irritaba. Esa herida, esa derrota, seguía muy fresca en su memoria y en su orgullo, aun cuando trató de suprimirla; y que su madre se la mencionara no era nada gracioso.
—¿Pedaleaste todo lo que pudiste?
—Sí...no...yo...quería seguir. Quería alcanzar la meta, pero no pude...me derrumbe antes. Yo...
—Entonces corriste lo que pudiste.
—¡No! Yo quería...
—Querer y poder no es lo mismo, Akira —el chico alzó la vista para fijarla en el sonriente rostro de su madre. Noriko sonrió un poco más cuando tuvo la atención de su hijo—. Que tu querer y tu poder no sean iguales no significa que sea malo; si no que aun te falta crecer —continuó hablando con el mismo tono delicado. Retomó una vez más la búsqueda de su golosina—. Significa que aun puedes crecer. Diste lo que pudiste, no lo que quisiste. Bien, aprende de ello y crece. Te harás tan fuerte que no tendrás que volver a agachar la cabeza. Eres increíble, mi pequeño...¡Oh, aquí están!
Akira la observó, parecía una niña abriendo sus regalos de cumpleaños. Apartó la vista, como si con ese simple gesto pudiera callar las palabras recientes. ¿Ser más fuerte? ¿Podía ser más fuerte? Su madre creía en eso y no le molestaba su pequeño momento de debilidad. No, nada molesta. Es más, parecía ansiosa por ver el instante en que se alzará en toda su grandeza.
Sintió un nudo en la garganta e intentó decir algo, pero sus palabras no salieron y un par de golpes nerviosos en la puerta lo interrumpieron. Al instante, la cabeza de la enfermera Natsuki asomó. Les dirigió una mirada nerviosa y apremiante.
—Natsuki-san, ¿qué sucede? —preguntó Noriko con esa animosidad propia de ella.
—Su hermana, Midousuji–san. Viene a visitarla y... -se fijó en el alto chico que de inmediato entendió: no podían verlo—. Escóndete en el cuarto de baño, y no salgas hasta que sea seguro...¡rápido!
Con pasos torpes, pero rápidos, el ciclista anduvo hacia su escondite. Cerró la puerta justo en el momento en que su tía entraba en la habitación.
Por varios minutos las escuchó conversar de forma animada. Su tía contaba que las cosas iban bien en casa, que todos esperaban la pronta recuperación de Noriko, que quizá podrían ir juntos al festival de otoño, porque parecía que los de verano eran asunto perdido.
Akira bufó aburrido, recargó la espalda en la pared y se dejó deslizar con lentitud hacia el piso. Era asqueroso, ¿no podía avisar cuando venía de visita? No era nada grato estar oculto en el cuarto de baño. Su mirada vago por las líneas de las separaciones de los azulejos; tan finas que a simple vista se perdían. Se entretuvo con una minúscula mancha que encontró cerca del retrete. ¿Acaso era esa la diosa kimoiesca? La diosa de las manchas, esa que sabía todas las verdades asquerosas del universo. Que asco.
—¿Cómo está Akira?
Preguntó Noriko, consiguiendo que su hermana callara de golpe. El susodicho, desde su escondite, dejó su interesante encuentro con la divinidad kimoiesca para prestar atención a lo que decían las mujeres. Por alguna razón imaginó la cara de desconcierto de su tía. Era tan predecible, porque sólo había dos opciones; uno, no había reparado en la ausencia del niño; dos, ya habían notado que faltaba, pero le daba vueltas al asunto para no decirle a Noriko lo que pasaba.
El ciclista, aprovechando sus largos brazos, estiró uno para dar vuelta al pomo de la puerta. La entre abrió ligeramente y pudo ver la expresión de su tutora, era la misma que puso cuando descubrió que estuvo tres días fuera de casa...los tres días del inter escolar. ¿Cómo había sido capaz su madre de dejarlo al cuidado de esa mujer?
—¿Akira? Está bien...ha estado un poco ocupado con los deberes de verano. Tú sabes.
Noriko también pudo notar lo extraño de aquello. Su pregunta había sido porque, a pesar de la emoción de su hijo de 16 años, no podía olvidarse de su hijo de 10 años. Y se sentía una pésima madre por no haber dado señales de preocupación antes, pero el disgusto se quedaba corto a comparación de la sensación desagradable que le produjeron las palabras de su hermana.
Tras la inocente pregunta, Noriko y Akira, este segundo desde su escondrijo, vieron como la otra mujer deseaba salir aprisa de ese lugar, parecía incómoda y se excusaba al decir que tenía cosas que hacer en casa. Noriko se despidió de su hermana, quien salió casi corriendo de ahí. Akira esperó unos momentos para asegurarse de que su tía no volvía y cuando fue seguro, salió.
Madre e hijo se vieron unos instantes, por alguna razón, esa visita, esa pregunta había enrarecido el ambiente entre ellos. Hasta entonces Noriko sólo había conseguido que Akira le hablara sobre él mismo, sus gustos, sus rutinas..., pero no había preguntado nada acerca de su vida hogareña; porque, en el fondo quería creer que su hijo estaba en buenas manos. Al parecer no era así. El comportamiento de su hermana no le ayudaba con las sospechas. Mucho menos la reacción de su hijo. Algo en sus ojos le recriminaban a ella por la indiscreción, como si lo que preguntó fuera algo prohibido. Como un tabú.
—Akira... —pesé a ello quería saber. Necesitaba saber—. Tu tía...
—Es una mujer ocupada. Pero ella y su esposo me tratan bien —respondió de golpe y seco. Dejando en claro que no hablaría del tema—. Iré a buscar las refacciones para la bici.
Noriko aun estaba impactada por la sequedad de su hijo al responder. Pero no podía quejarse. No tenía el derecho, ¿o sí?
—Claro. Ve con cuidado. Regresa antes de que termine el horario de visitas, ¿sí?
Pero el ciclista no respondió. Simplemente salió sin mirar atrás. Noriko quedó sola unos minutos. mismos que usó para reflexionar sobre lo que estaba pasando con su hijo o lo que podía pasar. Akira de 16 años se lo había dejado claro, ella no sobreviviría a la enfermedad. Lo dejaba solo, porque al parecer su hermana no tenía la delicadeza de cuidar de Akira, y aquello afectó enormemente al chico.
Eso quería decir... Sí, su hijo le guardaba rencor. Pero si pudiera explicarle que no era asunto suyo. Que ella hacía todo lo posible por resistir. Tomaba sus medicamentos y reposaba todo el día, pero su cuerpo comenzaba a agotarse. Si pudiera hacer más por ella misma, lo haría sin dudar porque antes que ella estaba su adorado rayo de luz, estaba Akira. Ya no estaba segura de estar haciendo las cosas bien.
—Midousuji–san —la voz de Natsuki, que para ese momento parecía su enfermera particular pues era quien le procuraba las medicinas y llevaba los números de la presión y la temperatura, eso para evitar las indiscreciones que la presencia del chico pudieran provocar. Se sobresaltó—. Midousuji–san, ¿se encuentra bien?
Noriko la miró con extrañeza y notó que su vista estaba cristalina, y que un nudo en la garganta le impedía respirar adecuadamente. ¿Estaba llorando? ¿Hace cuánto que no lo hacía? En el tiempo que llevaba sabiéndose enferma no recordaba haber derramado una sola lágrima. No, incluso antes. Desde que su supo que estaba embarazada y que no tendría el apoyo de nadie, porque debía estar fuerte para su criatura. Para su pequeño Akira. No, ni siquiera entonces lloró. ¿Por qué lo hacía ahora? ¿Por qué? Porqué se sentía aún más impotente porque sabía que la vida de su hijo no era para bien y que ella no podía hacer nada ¿Era eso?
La enfermera le pidió que se calmara, que no debía exaltarse, que le haría mal.
—No importa mucho, ¿cierto? Si a fin de cuentas...
—No diga eso, Midousuji–san. No puedo creer que se esté dando por vencida.
—Aun no lo hago, pero Akira... mi pequeño Akira... ¿Qué pasó exactamente? ¿Por qué tengo enfrente a este Akira? ¿Qué hizo, Natsuki–san?
—Lo que usted pidió.
—Pero, no creí que fuera de esta manera.
—Es lo que hay —por su tono parecía estar comentando el clima.
Noriko se sintió desesperada. Quería salir de ahí. Correr y buscar a Akira, a ambos Akira. Al de 10 y al de 16 años. Quería abrazarlos, llenarlos de besos y pedir su perdón. Perdón por ser tan ingenua. Por no ser más fuerte. Por obligarlo a pasar esta pena que no merecen... Trató de calmarse y pensar mejor la situación. Le habían pedido que formulara un deseo, y su deseo fue ver crecer a su hijo, no verlo crecido. ¿Entonces? Dirigió una mirada a esa mujer, a la enfermera con delirios de bruja.
—¿Está diciendo que formule mal mi deseo?
—En lo absoluto.
Entornó los ojos con suspicacia. Forzando a su mente a unir todas las piezas del rompecabezas para, siquiera, darle forma a la situación.
—No, no entiendo.
—La vida no tendría gracia si todos pudiéramos cumplir nuestros sueños tan fácilmente, ¿no cree? La vida consiste en pelear y dar forma a lo que deseamos.
No. Y la verdad creía estar entendiendo menos con esos acertijos.
—Pero...Akira... Ese Akira de 16 años...
—La verdad ya les he echado demasiado la mano, pero supongo que un empujoncito más no los afectara, ¿verdad? —La sonrisa dulce que esbozó acentuó el brillo servicial de los ojos de la enfermera.
—Natsuki–san...
—Descansé hasta que vuelva su hijo, ¿de acuerdo?
n-n-n-n
El hombre de la tienda guardó silencio y frunció el entrecejo al escuchar las indicaciones precisas del joven, como si estuviera bastante acostumbrado a pedir los artilugios con esas características específicas. Midousuji le mantuvo la mirada. ¿Qué? No estaba pidiendo nada del otro mundo. Contuvó las ganas de bufar fastidiado. No era la primera vez que lo miraba así. Hacia años, cuando modificó su bicicleta por primera vez, ese hombre —pero con unos años más— lo miró como si lo que se proponía a hacer fuera imposible. Que era una bicicleta de carreras para niños, que no le serviría si pensaba seguir compitiendo. Que lo mejor era comprar otra con la rodada adecuada para él. Pero Midousuji se mantuvo firme, hizo oídos sordos y al pobre hombre tuvo que acceder a las peticiones del chico. Esta vez Midousuji no había mencionado nada de modificar algo, simplemente llegó al mostrador y pidió las refacciones. (¿O sería el modo en que las había pedido? ¡Al demonio! No estaba de humor para andar con reglas de cortesía). Tras un silencio que al ciclista se le antojó eterno, el hombre fue a la bodega a buscar el pedido.
Una vez solo, el chico gruño un kimo. Aprovechó el tiempo mirando la tienda. Ese era uno de los que poco había cambiado con el pasar de los años. Quizá, lo único que demostraba la diferencia de tiempo era los aburridos diseños de los maillot; él estaba acostumbrado a que colores fluorescentes lastimaran sus ojos. Su mirada vagó por las diversas bicicletas que vendían, hasta que sus enormes ojos toparon con una brillante Anchor de color rojo. La bicicleta estaba en el escaparate, rodeada de ridículos letreros que anunciaban las promociones de la tienda. Las Anchor eran un modelo sencillo en diseño, pero bastante fieles. Pero nada que se comparara con su adorada De Rosa.
La voz del tendero lo sobresaltó. Traía las piezas con él, pero no tardó en notar que faltaba algo.
—Los neumáticos que me ha pedido los tengo agotados, me llegan hasta la próxima semana. Pero puedo ofrecerle otros de una marca distinta.
Midousuji cabeceó, no le hacía gracia usar otros, pero dada la situación. Pidió que se los mostrara. Podía sobrevivir con unas llantas distintas a las usuales, pensaba mientras miraba de cerca el cauchó y sopesó la ligereza del mismo. Quizá podía comprarlos. Giró sobre sus talones con intención de ponerlo contra la luz, con intención de revisar el rin; sin embargo, de alguna manera, su vista topó con la brillante Anchor que había mirado momentos antes. Reluciente bajo las luces del sitio. A la distancia, sobrepuso el neumático contra el cuadro rojizo. Era como una especie de pieza de rompacabeza. Incluso, lucía bien. Como si fuera su destino, el de llanta y cuadro, ir juntos. Pero, eran una pareja nada espectacular si se comparaba a la de su De Rosa y las Bora Campagnolo. No, no estaba menospreciando a la Anchor y las Bridgestone. Eran buenas marcas, resistentes, pero nada espectacular, aunque con el jinete adecuado, podrían competir. En general, era una combinación para zaku. Sencilla y poco llamativa, algo que usaría...
—Ishigaki–kun...
Sintió un escalofrío ante la idea de usar el miso modelo de ruedas que ese zaku. Dijo al hombre que no era necesario, podía esperar por las Bora. Pagó el resto y salió de la tienda aprisa, aun con escalofríos por la idea de lo que estuvo a punto de hacer. ¡Era asqueroso!
Las cosas no le estaba yendo bien en ese sitio —claro, como si hubiera sido un viaje fríamente calculado—, como para encima pensar en ese sujeto. Además, era seguro que estaría aliviado de su repentina ausencia. Él y todos los zaku del club. Dio grandes y pesados pasos al caminar. Estaba molesto y se le notaba. La gente se apartaba de él. Gruñó con los dientes apretados. Esos zaku...¡tontos, tontos todos ellos!
—¡Kimo! —se detuvo de golpe y exclamó con molestia.
Fue hasta ese momento que reparó que sus pasos lo habían llevado por un camino distinto al que debía tomar para volver al hospital, pero era un sendero bastante conocido. Era una de las carreteras que solía usar para entrenar con los otros. A esa hora debería estar por terminar los entrenamientos. Estarían cruzando la entrada principal del colegio y no bien estuvieran cerca de la caseta del club, Mizuta y Yamaguchi se dejarían caer rendidos al suelo. Su mayor de frenillos respiraría de forma agitada por el esfuerzo, pero aun tendría fuerza para alardear lo bien que había estado el entrenamiento, que se sentía capaz de dar otras dos vueltas al circuito. Y su mayor de cara demacrada, Tsuji, lo mandaría callar diciendo que le estaba robando el aire a los demás. Y pesé a todo, el resto reiría. Él, Akira, pasaría a segundo plano mientras analizaba los pro y contras de aquel día. Pero su análisis no duraría mucho, porque Ishigaki se acercaría a él con una toalla en una mano y una botella de agua en la otra. "Buen trabajo, Midousuji–kun", le diría con ese tono alegre y asqueroso tan propio del capitán. Le gruñiría por toda respuesta, pero aceptaría la ofrenda de paz.
Algo así era cada entrenamiento. Era consciente del ambiente enrarecido que producía su sola presencia, pero que sus mayores se esforzaban por pasar por alto y hacer sus cosas sin gracia. Y a él no le importaba. No le importaba mientras estuvieran fuera de las carreteras y lejos de las bicicletas, ahí podían hacer lo que quisieran con sus vidas insignificantes. Sin embargo, con su ausencia, Ishigaki tomaría las riendas del equipo y, seguramente, les daría el día libre a esos zaku. Si, no podía desperdiciar ni un instante. Porque, para empezar, daba por hecho que notarían la falta de su retorcida figura. ¿Verdad? ¿Cómo no hacerlo?
Parpadeó varias veces- ¿Qué le estaba pasando? Primero los sonrojos y ahora sus pies tomaban consciencia propia y lo hacían vagar por ahí sin darse cuenta. Y eso segundo lo decía porque no tenía otra manera de explicar que de pronto estuviera a poca distancia de la entrada principal del colegio. ¿Tan inmiscuido en sus pensamientos andaba? ¡Y pensar que eran esos zaku! Una extraña sensación en su interior se movió. Su equipo de zaku había notado su ausencia, ¿verdad? Miró la entrada del colegio como si se tratara de un objeto extraño, un objeto que miraba por primera vez.
¡Mizuta!El lameculos de Mizuta sin duda que lo notaría y...¿luego? Su mayor lo seguía obediente, aunque en ocasiones se quejaba del entrenamiento. ("Midousuji-kun, las competencias de invierno no serán hasta dentro de unos meses, ¡danos un respiro!"), pero también era cierto que tras el inter escolar, Mizuta guardaba su distancia.
Midousuji ladeó el rostro al ver un grupo de chicos salir del lugar. Pasaron a su lado y como un dulce e indiscreto fru fru le llegó la conversación. "Pensé que te golpearía, hombre. No debes meterte con ese sujeto, ya sabes lo que dicen de él...". Golpear. Sí, Mizuta lo había golpeado en alguna ocasión.
—¿Tan enfadado estás con la derrota, zaku? —recordó que le preguntó con burla, inclinado contra el pequeño cuerpo del mayor. Su largo cuerpo cubría en su totalidad el del chico de cabello claro. Fue el segundo día de entrenamientos tras la competencia. Mizuta alzó ambas cejas y lo vio con una seriedad extraña en él.
—Bueno, al menos yo cruce la meta.
Y todo fue muy rápido. Sólo se hizo consciente de lo que ocurría cuando escuchó a Yamaguchi, que estaba con ellos cuando ocurrió, forcejear con Mizuta. El pecoso se llevó un par de golpes y manotazos al tratar de salvarlo de los puños del otro chico. Para cuando los de tercero llegaron, Yamaguchi jalaba de los cortos cabellos de Mizuta en un intento por separarlo de él, Akira, quien era un ovillo en el piso. No había podido reaccionar más que a protegerse con ambos brazos.
Por las palabras del mismo Mizuta, fue él quien soltó el primer golpe. "Pensé que Midousuji–kun me iba a atacar...sólo trate de defenderme".
Ishigaki, el buen capitán Ishigaki, los amonestó a ambos y los obligó a disculparse el uno con el otro. Ninguno accedió. Uno por su orgullo herido y el otro por su orgullo que ardía de furia. Sin embargo, al día siguiente, en el entrenamiento matutino, Mizuta obedeció y siguió fielmente sus indicaciones.
Eso sí, sus elogios ya no eran tan entusiastas. Bueno, no le importaba en lo más mínimo.
Otro, que sin duda habría notado su ausencia era Ishigaki. Ishigaki lo seguía a luz y sombra, siempre sonriente y amable. Siempre muy metido en su papel de senpai que Midousuji no se tragaba. De todos los zaku del equipo, Ishigaki era al que menos soportaba. Irritante como una colegiala que busca atención y aprobación de su novio para respirar, si acaso. Y él ya se había tomado la libertad de meterle un par de sustos para que dejara de molestarlo, pero Ishigaki siempre volvía. Más feliz y más dispuesto a irritarlo. Y no sabía si pensar en su mayor como un hombre que disfrutaba del dolor y la humillación o como una especia de perro muy bobo y muy fiel. Pero, ¿fiel? ¿A quién? ¿A él? ¿Por qué habría de serle fiel? Ni que hubiera hecho algo por él. "Eres puro...tienes futuro".
Sintió un escalofrío recorrer su espalda al recordar ese momento de asquerosa sinceridad sentimentaloide de su mayor. Momento, que por cierto, volvía a su mente de forma insistente. ("¿Por qué tengo que pensar en ese zaku?"). Incluso en ese tiempo distante y extraño, tenía que pensar en él. Pero era porque confiaba en que el mayor notaría su ausencia. ¿Y que le importaba que lo notaran o no? Ni que esa panda de zaku fueran sus amigos. Ni que Mizuta se arrepintiera de haberlo golpeado y ahora lloraba su ausencia. Ni que Ishigaki se entristecía por no tenerlo ahí. ¡Era absurdo!
n-n-n-n
Cuando volvió al hospital aún quedaban unas horas de visita antes de que lo echaran del cuarto de su madre y lo enviaran a dormir a la incómoda sala de espera. Aunque, por otro lado, con las refacciones de la bicicleta a cuestas no sabía si era bueno ir, pero tampoco tenía donde dejarlos. Resignado, anduvo con paso casino, esperando que la mujer estuviera más tranquila y que el asunto de la mañana hubiera quedado olvidado. Pero justo cuando estaba por alcanzar la puerta del cuarto, vio salir a la extraña enfermera que los metió en todo ese embrollo.
—Oh, Akira–kun, volviste -lo saludó con entusiasmo mientras cerraba con delicadeza la puerta-. Lo siento, pero tu madre recién se quedó dormida.
El ciclista asintió suavemente, resignado a no interrumpir el sueño. Pensaba volver a salir, pero algo en la mirada de la enfermera le decía que esa conversación no había terminado aun.
—¿Qué?
—Sabes que tu madre no debe exaltarse, ¿verdad? Lo de esta mañana no estuvo nada bien.
—¿Y? Sólo dije la verdad —se mordió la lengua para evitar darle más detalles de la situación.
—¿Y te molesta? ¿Por eso estás resentido con tu madre?
—Quién te dijo que estaba resentido por una tontería como esa.
—¿Entonces? —Midousuji rodó los ojos antes de fijarlos en la mujer. Natsuki entornó los ojos mientras leía el rostro de aquel chico. Era difícil, parecía un experto en ocultar sus emociones, incluso, poco se reflejaba en esos enormes ojos. Lo vio enarcar una ceja, como si le preguntara qué ocurría. Decía no tener resentimiento a Noriko por dejarlo solo (¿o era al cuidado de sus tíos?), pero entonces, ¿por qué estaba siendo tan seco con ella? Al menos podía sentir algo de alegría por verla de nuevo, ¿no? Incluso se aceptaba la tristeza. ¿Qué era? Quizá... —. No es posible —murmuró con sorpresa e indignación—. Le recriminas estar enferma. ¿Cierto? ¡No es posible! Ella lucha todos los días por su vida.
—Podemos discutir el punto, si gustas. —Aquella frase le confirmó sus sospechas.
Natsuki abrió los labios para reclamar, pero los volvió a cerrar al instante. No debía exaltarse. En realidad aquel no era su problema, pero... Dios, madre e hijo podían ser bastante torpes. A ese paso ningún deseo se iba a cumplir. Debía pensar. Guardaron silencio por varios minutos. Hasta que la mujer chascó la lengua y sonrió con algo que a Midousuji se le antojó como pena ajena. De acuerdo, pensó la enfermera, será última vez que los ayude.
—Y tu madre creyendo que eres otro tipo de persona. Piensa que eres un hombre de bien y resulta que... De haber sabido ni me hubiera tomado la molestia de cumplir el deseo.
—¿Perdón?
Natsuki señaló el brazalete de cuentas amarillas que tintineaba en la huesuda muñeca del ciclista.
—Eso permite que el deseo se mantenga.
—¿Qué deseo? -alzó alarmado la mano para ver a detalle el brazalete, como si en él estuviera escrita la respuesta—. Yo nunca pedí un deseo.
—Tú no, bobo. Ella. Noriko. —dijo señalando a la puerta cerrada, donde, detrás, descansaba la mencionada, ajena a la conversación que habría herido su débil corazón—. Noriko deseó verte crecer.
El alto ciclista miró con sorpresa a la enfermera y luego a la puerta, como si esta no estuviera y pudiera ver directamente a su madre. Vio su cuerpo frágil y enfermo. La vio reposada, como una muñeca inerte. Inerte... ¿Qué había deseado verlo crecer? ¿Qué clase de deseo era ese?
—Debió pedir curarse —murmuró por lo bajo, mientras apartaba la mirada de la puerta.
—¿Y verte crecer no es lo mismo?
Midousuji enarcó una ceja y luego le sonrió de forma burlona.
—Bueno, te equivocaste. No me vio crecer, ya estoy algo crecido.
Pero Natsuki no se inmutó a la sonrisa y respuesta del otro y eso lo desconcertó.
—Tú sabes algo que ella no. —No era una pregunta, era una afirmación que produjo un escalofrío en el ciclista.
—¿Perdón?
—Si pudieras pedir un deseo, ¿qué pedirías? Y no me mientas, en tus ojos veo la respuesta. —Sí, al fin había conseguido ver algo en ese chico.
Midousuji retrocedió unos pasos, asustado. ¿Qué rayos pasaba ahí? ¿Un deseo? Si pudiera pedir un deseo... Muchas veces deseo poder sentir el calor y oír la voz de madre una vez más, pero eso parecía haberse cumplido. Entonces...
—Que se salve...
—Se más específico. No ocultes tu deseo.
—Que se someta a la operación...no importa que sólo haya un porcentaje mínimo de que salga bien... es mejor a nada...
La enfermera sonrió cuando se escuchó ruido en el interior de la habitación y la puerta se abrió de golpe, dejando ver a una agitada Noriko. Akira retrocedió aún más, aterrado de que lo hubiera escuchado.
—Mamá...
—¿De qué operación hablas? —El chico la miró extrañado—. Akira, ¿de qué operación hablas?
Creo que alguien ya está extrañando su casa —¿o a alguien?—. Pero mientras vuelve se da el lujo de ser "mal hijo", Midou malo. Siento un poco de pena por kimo mamá, que sólo quiere pasar tiempo de calidad con su hijo y el niño se da sus aires de diva —ok, diva no es la palabra. Pero ustedes entienden—.
Díganme, ¿qué les pareció? ¿Demasiado jalado de los pelos? Como sea. Igual espero que haya sido de su agrado, no leemos la próxima vez.
