Capítulo 10
Damon aporreaba las teclas de su portátil en un movimiento mecánico con la única intención de no despegar la vista del ordenador. Aquello era una tortura. Hacía un mes exacto que Elena se había mudado con él y no se explicaba como todavía no se había vuelto loco. Levantó ligeramente la vista del ordenador y la vio tumbada en en medio del salón rodeada de un montón de papeles y pinturas. Al principio creyó que lo hacía a propósito, que se ponía esos pantalones cortos y esas camisetas que le sentaban tan condenadamente bien solo para torturarlo. Pero luego se dio cuenta de que probablemente él reaccionaría a su presencia del mismo modo aunque ella se vistiera con un saco de esparto. Y la revelación había sido muy dolorosa. Gimió y volvió a intentar centrarse en la pantalla cuando Elena se colocó justo de espaldas a él, ofreciéndole un primer plano de su trasero enfundado en sus pantalones de pintar. Pantalones de algodón, demasiado cortos para su salud mental. Desde que compartían casa, el consumo de agua caliente se había reducido cuantiosamente en lo que respectaba a Damon.
La primera semana había sido soportable. Agradable de hecho. Lo cierto era que se llevaban sorprendentemente bien. Se entendían casi sin hablarse y tenían aficiones y gustos compatibles. El problema había llegado la segunda semana de convivencia, concretamente el día que ella había llegado a casa emocionada y había anunciado que había decidido dejar la carrera de económicas, que iba a prepararse para hacer la prueba de admisión en una escuela de arte. La había visto tan feliz, tan contenta, que no había podido reprimir el impulso de abrazarla y levantarla del suelo. Ella se había colgado de sus caderas con las piernas y el se había puesto duro en cuestión de segundos. Cosa de la que ella se había dado cuenta. La había visto ruborizarse de la cabeza a los pies y apartarse de él como si quemara. Y la cosa había ido a peor desde entonces.
Su pijama corto de conejitos se colaba en sus peores pesadillas y lo atormentaba con visiones fugaces del inicio de sus nalgas. Había tenido más sueños eróticos con ella en las últimas semanas de los que podía recordar y no eran del tipo polvo-rápido-en-el-asiento-trasero, no, eran encuentros lentos, sensuales y sorprendentemente románticos. Había perdido también la cuenta de las veces que había tenido que aliviarse pensando en ella. Incluso, recientemente había imaginado que era Elena la morena con la que estaba haciendo el amor. Y eso ya era demasiado. Necesitaba irse de esa casa cuanto antes, poner distancia de una vez. El problema era que cuanto más pensaba en ello, menos ganas tenía de irse. Sabía que se estaba torturando innecesariamente, pero a la vez, ni podía ni quería alejarse de ella. Podían pasar horas el uno con el otro y no se cansaban. Discutían como locos; todo el día y por todo, pero a la vez se habían convertido en buenos amigos. Y Damon no quería perderla.
- ¡Agggg nunca me admitirán! - escuchó que gemía Elena pateando el suelo. Resignado, dejó su portátil y se acercó hacia ella.
Otra cosa que le había sorprendido de Elena era lo desastre que era. Jamás lo hubiera creído cuando la había conocido y había pensado que tenía en frente a doña perfecta. Desde que habían comenzado con su plan de hago-lo-que-me-da-la-gana, la chica pulida y correcta había dejado paso a un autentico monstruo del desorden: dejaba la ropa tirada por ahí, casi nunca recogía sus cosas y cuando pintaba, dejaba perdido todo el salón. Aquello hubiera tenido todos los números para sacarle de quicio – de hecho, en ocasiones lo hacía – pero le encantaba verla tan liberada, siendo tan ella misma. Antes sus sonrisas eran tímidas y contenidas, especialmente cuando los Salvatore estaban cerca. Ahora, sus carcajadas eran continuas y excesivamente ruidosas. Y se habían convertido en uno de sus sonidos favoritos.
- ¿Qué te pasa? - preguntó sentándose a su lado – joder Elena, esto es realmente bueno. - añadió señalando el último dibujo a acuarela que ella estaba haciendo.
- Es una mierda! No consigo darle realismo a esta parte de aquí.
- ¿De qué hablas? ¡Es genial! Mira esto - afirmó señalando uno de los extremos, en los que había dibujados un montón de árboles - parecen totalmente de verdad. Es como si estuvieran meciéndose por el viento. Es fantástico, deberíamos colgarlo en el salón cuando lo termines.
Ese era uno de los vicios que tenía que dejar. Hablar de ese sitio como si fuera su casa. Tenía que recordarse continuamente que en cuestión de días él debería irse. Que no eran una pareja que estaba compartiendo nidito de amor. Que no eran absolutamente nada. Pero Elena tampoco se lo ponía fácil. Las tres veces que habían ido a mirar posibles nuevos pisos para Damon, ella se había dedicado a ponerle pegas a absolutamente todo. Por poner un ejemplo, Damon había encontrado el último bastante adecuado, pero ella había encontrado inconvenientes hasta en el color de los tubos de la calefacción.
- Lo estoy haciendo para el book que tengo que presentar en la escuela. Para la prueba de admisión. Y no me convence.
- Nunca te convence nada – concluyó Damon encogiéndose de hombros – a mi me parece que está genial.
- Y a ti siempre te parece que está todo bien.
- Eso no es verdad. Soy un crítico de arte exquisito – se defendió cruzándose de brazos.
- Si claro, si por ti fuera mis cuadros estarían colgados en el MOMA.
- Eh, si eres buena, eres buena. Yo solo expongo lo evidente.
- Cállate.
Con una carcajada, Elena agarró un pincel mojado de pintura y le dio una pincelada a Damon en la nariz. Damon fingió enfadarse muchísimo, y mientras se limpiaba con el dorso de la mano, acercó la otra disimuladamente hasta la caja de pinturas, mojó los dedos en una de las pastillas y cuando Elena se acercó a limpiarle la nariz, le manchó toda la frente de verde.
- ¡Serás!... - chilló Ella levantándose del suelo.
Damon no dejó que ella consiguiera las "armas", y con dos pinceles en la mano, intentó volver a pintarla. Ella se resistió y apretó a correr, pero él la alcanzó y volvió a tirarla al suelo antes de que pudiera abandonar el salón. Riendo sin parar, la redujo poniéndose encima, sosteniéndola entre las piernas. Elena se retorcía entre carcajadas para que él no volviera a pintarla, intentando desestabilizarlo con cosquillas. Damon se inclinó encima de ella para reducirla aun más, con el pincel en la mano, dispuesto a pintarla de nuevo, pero en cuanto sus ojos se encontraron, se olvidó completamente de lo que pretendía hacer. Perdido en la mirada de Elena, Damon dejó caer el pincel y llevó una de sus manos hasta la frente manchada de ella, retirando ligeramente la pintura con el pulgar. Noto como Elena levantaba el brazo y ponía su mano sobre la de él, pero para su sorpresa, no fue para apartarlo, sino que entrelazó sus largos dedos con los suyos, manteniendo la mano de Damon en su mejilla. Luego se mordió el labio inferior, y entonces fue cuando él perdió el control. Inclinó lentamente la cabeza, ella cerró los ojos y... un teléfono comenzó a sonar.
La burbuja explotó de golpe. Damon se apartó corriendo y fue a buscar el aparato. Elena se quedó unos segundos tumbada en el suelo, intentando procesar qué demonios acababa de pasar, y cuando finalmente lo hizo, se levantó y volvió a sus pinturas como si no hubiera ocurrido nada. Aunque al agarrar de nuevo uno de los pinceles, notó que le temblaban las manos.
- ¿Qué coño pasa, Ric? - Descolgó Damon. No sabía si estaba más enfadado con Alaric por destrozarle el momento o consigo mismo por la estupidez que había estado a punto de cometer. ¡Iba a besarla! Se suponía que se había dejado muy claro a si mismo que eso no podía volver a suceder. Había estado aguantando un mes entero, por el amor de dios. Las cosas con Stefan iban muy bien, sentía que estaba recuperando a su hermano poco a poco. Quedaban una o dos veces por semana para comer y se contaban sus respectivas vidas. Damon le había explicado todo sobre su empresa con Ric, incluso habían hecho planes futuros para que pudieran hacer proyectos juntos. Le había incluso confesado lo duro que había sido estar solo en Chicago los primeros meses. Y de igual forma, Stefan le había confesado lo mal que lo estaba pasando con la separación. Seguía suplicándole que le ayudara con Elena, y a él ¡no se le ocurría otra cosa que tener sueños eróticos con ella e intentar besarla! No podía sentirse peor. Tenía que acabar con aquel suplicio de una vez.
- Damon ¿me estás escuchando? - se quejó Alaric al otro lado de la línea.
- ¡Que sí! Que tengo que ir a buscar esos paquetes a la oficina de correos, ya me ha quedado claro. ¿Tengo que ir ya?
- Cuanto antes mejor, quiero que compruebes los catálogos. No estoy muy convencido, y es un negocio importante.
- Está bien – resopló – voy ahora mismo.
Fue a decírselo a Elena, pero esta asintió con la cabeza antes de que pudiera decirle nada, dando la despedida por hecha. El ambiente se había vuelto tenso después de lo que acababa de ocurrir, así que Damon agarró su chaqueta, las llaves de su camaro y se fue sin decir nada más.
Elena dejó caer ruidosamente los pinceles contra el suelo y resopló en cuanto escuchó el motor del coche alejarse calle abajo. Maldito teléfono móvil. Ella había querido que la besara. Llevaba deseándolo desde la misma noche que había empezado a compartir casa con él. Últimamente no podía hacer nada más que pensar en Damon, en cómo acercarse más a él, en cómo hacerle reír o en como rozarle el brazo disimuladamente. Era como si hubiera vuelto a sus años en el instituto, cuando se moría por el guapo de clase y maquinaba la mejor táctica para llamar su atención. Era patético.
Sacudiendo la cabeza, se levantó del suelo y fue a por su móvil. Como era habitual, tenía unos diez mensajes de Stefan. No pudo evitar poner los ojos en blanco, y luego se regañó a si misma. Era cierto que Stefan era demasiado insistente, pero al pobre le había venido todo de nuevo y no tenía ninguna culpa de nada. La que tenía culpa era ella, que en vez de focalizar en su relación con Stefan y en como arreglar las cosas de un modo u otro, lo único que hacía era pensar en Damon. Caroline y Bonnie le habían reprochado su decisión de dejar la mansión Salvatore, especialmente cuando ella les había contado que iba a mudarse con Damon hasta que este encontrara un lugar en el que vivir. Caroline había puesto el grito en el cielo, y por mucho que ella les había repetido que solo eran amigos, ninguna de las dos la había creído. Y no solo ellas. Sentía que medio Mystic falls empezaba a mirarla con recelo. Los Salvatore eran una de las familias más importantes y reconocidas de la ciudad y cualquier escándalo que les incumbiera se sabía en cuestión de segundos. Que Elena, la novia modelo, hubiera dejado a Stefan plantado a mitad de su pedida de mano y que ahora viviera con el atractivo y rebelde Salvatore mayor, era sin duda un escándalo. Y daría tema de conversación durante meses. Elena sabía que Elisa no estaría muy contenta con ella.
Pero lo cierto era que estaba haciendo enormes esfuerzos por procurar que no le importara. Había querido hacer caso a Damon, seguir su intuición y hacer lo que le apetecía, y era mucho más feliz desde que sentía que era ella misma. En el fondo, sabía que tener a Damon a su lado le daba seguridad. Sentía que al menos lo tenía a él de su lado y que la aceptaba tal y como era, que con él no necesitaba fingir que era como los demás hubieran esperado que fuera. Y era una sensación maravillosa.
Mientras recogía alguno de los pinceles que tenía por el suelo, llamaron al timbre. Elena pensó que sería Damon, que se había dejado algo, pero cuando abrió, se sorprendió al encontrarse con Stefan. Stefan nunca venía a verla. Al principio si, pero ella le había pedido que no lo hiciera más. Habían acordado verse en un punto neutral. Las tres veces que se habían encontrado durante el mes que llevaban "de descanso" lo habían hecho en cafeterias o bares, nada de casas.
- Hola – respondió con la sonrisa más cordial que pudo fingir – Si buscas a tu hermano acaba de salir, no se muy bien dónde iba, creo que a la oficina de correos.
- No, no busco a Damon. Quería hablar contigo, hace cuatro días que no me respondes a los mensajes.
- Stefan...
- Elena, estoy desesperado, no puedo seguir con esta incertidumbre. ¿Qué tienes ahí? - preguntó de repente frunciendo el ceño.
Elena siguió la dirección de la mirada de Stefan, llevándose la mano a la frente y recordando la mancha de pintura. Bueno, toda ella estaba llena de manchas de pintura, igual que toda la casa. Vio como él la miraba de arriba a abajo sin dejar de fruncir el ceño y eso le molestó.
- ¿Qué haces así? ¿Qué te ha pasado?
- Estoy pintando – respondió a la defensiva. - ¿Qué es lo que quieres hablar?
- ¿No prefieres darte una ducha antes?
- No, estoy bien así. Dime.
- Está bien. - suspiró - ¿Puedo pasar?
Elena dudó unos segundos. Ella le había dicho que necesitaba su espacio y en ese momento él no se lo estaba dando. Pero llevaba un mes entero dándole largas, diciéndole que todavía no lo tenía claro. Y entendía que él insistiera. - Claro - dijo al fin haciéndose a un lado para que el pudiera pasar.
Se sentía todavía confundida con respecto a Stefan. Él había sido una parte de su vida muy importante, en cierta forma siempre lo sería. Y lo quería mucho, pero al contrario de lo que se suponía que debía ocurrir durante ese tiempo de separación, cada vez tenía menos ganas de volver con él. Echaba de menos muchas cosas, entre ellas sentirse arropada por los Salvatore, pero se sentía a gusto con la vida que tenía ahora, y sabía que esta era compatible con Stefan. Aunque sonara fatal, prefería su libertad. Y no sabía como decírselo, porque tampoco quería perderlo del todo. Era egoísta, pero no le salían las palabras. No quería herirle más. Y todo eso sin contar con el factor Damon que aun complicaba más las cosas.
- ¿Y bien, de qué quieres hablar? - preguntó ella sentándose en el sofá. Prefería ir directa al asunto, aunque le doliera, no podía alargar más aquella situación.
Damon había tenido un montón de problemas en correos. Le habían puesto mil problemas, y al final, había podido recoger los catálogos pero casi a costa de pelearse con toda la oficina. Así que tenía un humor horrible. Y se moría de hambre porque ni siquiera había podido comer. De hecho, ya era casi hora de cenar. Pensaba decirle a Alaric que la próxima vez se lo mandara todo en digital, que las nuevas tecnologías estaban precisamente para evitar esos follones.
Aparcó el camaro como siempre en la entrada de casa, agarró el paquete de los catálogos y se dirigió hacia la puerta. Lo primero que le sorprendió fue ver el coche de Stefan aparcado en un lateral. Elena le había dicho que le había pedido que no fuera a verla, que no lo quería en casa porque sentía que le invadía demasiado espacio. Así que al ver el coche ahí Damon tuvo un mal presentimiento. Colocándose los catálogos bajo el brazo, aceleró el ritmo hasta llegar a la puerta. Escuchó el primer grito al dar la primera vuelta a la cerradura. Se puso en alerta. Abrió la puerta inmediatamente y dejó el paquete en la primera mesa que encontró. La escena que vio en el salón lo dejó paralizado. Stefan tenía a Elena arrinconada contra la mesa de la cocina. La tenía agarrada de una de las muñecas y ella se retorcía diciéndole que la dejara, que le estaba haciendo daño. Stefan estaba completamente fuera de si, pidiendole explicaciones y diciéndole que no pensaba dejarla, que no pensaba dejar que saliera de su vida. En esos momentos, Damon no vio a Stefan, inevitablemente, revivió uno de los peores momentos de toda su vida.
Aquel junio de 2008, Damon llegó tarde a casa a propósito. No quería encontrarse con su padre. No tenía ninguna gana de aguantar sus sermones y sus reproches. Bastante tenía él mismo con los remordimientos. No se podía sacar de la cabeza a Rebekah, todo el daño que le había hecho aceptando aquel compromiso. No podía olvidarla... se frotó con fuerza los ojos, intentando sobreponerse. Ya había pasado casi un mes, no podía seguir teniendo pesadillas. Claro que el hecho de que su padre le recordara a cada instante lo mucho que había deshonrado el apellido y lo desgraciado que era no le ayudaba mucho a poder sobreponerse. Entró en casa intentando no hacer ruido y subió hasta el piso de arriba. Le sorprendió encontrar luz en el despacho de su padre, normalmente no trabajaba hasta tan tarde. Por curiosidad, se acercó hasta la puerta. Fue entonces cuando se dio cuenta de que Giuseppe no estaba solo.
- ¿Te das cuenta? Es un bala perdida, Elisa. Ni siquiera ha vuelto a casa todavía, y cada día es lo mismo. ¡Iba a casarse con la hija de los mikaelson! ¡Tenía el futuro asegurado! ¡Y lo ha echado todo por la borda por su inmadurez!
- Peppe, tú ibas a tener el futuro asegurado – A Damon le sorprendió que su madre le defendiera. Rara vez le llevaba la contraria a Giuseppe. - Tu ibas a convertirte en socio de los mikaelson, pero Damon no quería a esa chica.
- ¡Y desde cuando el amor importa! Míranos a nosotros, aprendimos a querernos ¿no? Él podría haber hecho lo mismo. Ese malnacido... lo que tengo ganas es de echarlo a la calle de una vez.
- No lo harás.- Se impuso la voz de Elisa sorprendentemente firme.
- ¿Y quién me lo va a impedir? ¿Tú? - soltó una carcajada amarga – vamos mujer, sabes perfectamente que haré lo que me venga en gana, tu no tienes ni voz ni voto en esto.
- ¡Es mi hijo!
- ¡Y tu hijo ha destrozado esta familia! Tu sabes lo que nos costará pagar las deudas sin la ayuda de los mikaelson? ¡Peor! Teniéndolos en contra!
- Me importa bien poco Giuseppe, Damon lo está pasando mal, no puedes cargar ese peso sobre sus hombros, todavía es muy joven...
- ¡Deja de defenderlo! ¡mañana mismo se va de casa!- el tono de voz iba subiendo por momentos y Damon permanecía tras la puerta, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños.
- Tendrás que pasar por encima de mi cadáver, Giuseppe Salvatore.
De repente, escuchó un estruendo, como de cosas que se caían al suelo, seguido del chillido de su madre. No se lo pensó dos veces, abrió la puerta y se quedó paralizado. Aquel instante se grabaría a fuego en su memoria. Su madre arrinconada contra la mesa del estudio, su padre inclinado encima de ella con el puño levantado y los ojos de ella, llenos de miedo, girándose para mirarlo.
Regresando al presente, Damon perdió el control. Se abalanzó contra Stefan, lo agarró de la camiseta y lo empujó lejos de Elena sin dejarle tiempo siquiera a reaccionar. No pensaba, no estaba siendo razonable, solo había vuelto a revivir aquella escena de su pasado en la cabeza, y no iba a permitir que Stefan sometiera a Elena. Jamás, a Elena no. No iba a repetirse la historia.
- ¡Qué coño haces! - gritó Stefan al notar el segundo empujón.
Pero Damon no escuchaba.
- ¡No la vuelvas a tocar, me oyes! ¡No vuelvas a acercarte a ella!
- ¡Damon! - Gritó Elena asustada. Se había asustado con la actitud de Stefan, se había asustado muchísimo, pero que Damon estuviera así no la tranquilizaba. Era como si estuviera totalmente ido. Se acercó a él y le agarró el brazo, pero él se apartó rápidamente y siguió obsesionado con atacar a Stefan.
Stefan respondió al ataque poniéndose a su nivel, preparando los puños.
- Vamos, Pégame! - le incitó.
Y Damon lo hizo. Los puñetazos volaron por la cocina sin ningún orden. El puño de Damon impactó en la nariz de Stefan, haciéndola sangrar, mientras el de Stefan partió en dos el labio inferior de su hermano mayor. Eran dos bestias revolcándose por el suelo, Elena estaba desesperada, no sabía que hacer para evitar que aquello empeorara. Se estaba quedando sin voz de tanto chillar, por el amor de dios ¡iban a matarse! Finalmente, hizo lo único que se le ocurrió y lanzó un jarro de cristal contra el suelo, haciéndolo añicos. Ante el ruido, los dos se detuvieron de golpe. Se giraron y la miraron, y por fin, parecieron reaccionar. Damon cambió totalmente la expresión al ver las lágrimas de Elena resbalarle por las mejillas. Salió de encima de Stefan y se dirigió hacia ella, agarrándole la cara con ambas manos.
- ¿Estás bien? - Ella asintió con la cabeza - ¿Te ha hecho algo? - Esta vez ella negó.
Stefan observó la escena desde el suelo y se sintió un imbécil integral. No le gustó nada ver a su hermano acariciarle la cara a Elena como si ella fuera de porcelana. Ni como ella lo miraba a él, como si fuera una aparición divina. No había querido creer en los rumores. Había querido confiar en ellos, y ahora se sentía un idiota. Empezaba a sentirse engañado y utilizado. Se prometió a si mismo que iba a investigar, que descubriría la verdad, y cómo se enterara de que se habían reído de él, se la iban a pagar. Especialmente Damon.
- Vete Stefan – dijo Elena sin ni siquiera mirarlo a la cara. - Por favor. Hemos terminado.
Stefan sintió que le clavaban una puñalada en el corazón. No podían terminar. Si había perdido el control había sido porque no quería perderla. Mierda, todo le salía al revés. ¡Él la quería!
- Elena por favor...
- ¡Lárgate! - gritó ella. Y el entendió por fin que era mejor dejar las cosas así. Se levantó del suelo y se marchó, dando un sonoro portazo.
Elena llevó a Damon hasta su habitación y lo sentó sobre la cama. Fue a por un par de gasas y un botellín de alcohol, y se arrodilló enfrente de él para curarle el labio. No estaba contenta con él, ese comportamiento cavernícola no era justificable, y no le había gustado, pero no pudo evitar sentir que su corazón se encogía un poquito al saber que aquella rabia la había desencadenado ella. Que lo había hecho para protegerla.
- No vuelvas con él – le dijo él al fin con los ojos vidriosos. Elena le estaba curando el labio, y desvió la mirada hasta encontrar sus ojos azules. - Por favor.
- Damon, no me ha hecho nada.
- Pero te lo podía haber hecho, o te lo hará. Te doblegará, te convertirá en su sombra, y cuando no seas lo que quiere que seas, entonces te destrozará.
- Damon, Stefan no es así tampoco, solo ha sido un momento de...
- Hoy no era Stefan – dijo con la mirada perdida. - Era mi padre.
Y entonces Elena, lo comenzó a entender todo.
En cuanto lo vieron parado en la puerta, Giuseppe se apartó de Elisa de malas formas, dejándola medio inclinada sobre la mesa del despacho. Damon tenía ganas de matar a su padre. Quería decirle que jamás se le ocurriera ponerle una mano encima a su madre, que no la tocara nunca más.
- Cómo me entere de que le has pegado, hijo de p...
- Damon! - interrumpió Elisa recolocándose la ropa. - Damon por favor, estás hablando con tu padre.
- ¡Iba a pegarte! - dijo con los ojos como platos, sin poder creer que su madre actuara de aquella forma.
- No iba a hacerlo ¿Verdad Giuseppe? Ha sido un malentendido.
- Mamá...
- Basta Damon, aquí no ha pasado nada, de acuerdo? Vete a tu habitación.
- Eso, vete a tu habitación, a saber de donde vienes. – interrumpió Giuseppe con las manos en las caderas.
- ¡No te atrevas a decirme nada!
Gritó Damon acercándose a su padre. La rabia acumulada de Giuseppe iba aumentando por momentos, por mucho que Elisa intentara sostenerlo del brazo. Fue cuestión de segundos que el puño de Giuseppe impactara en la cara de su hijo mayor. Damon cayó al suelo por culpa del golpe y ni siquiera fue capaz de moverse. Nunca lo había pegado. Jamás.
- Eres una vergüenza – le dijo Giuseppe cuando aún seguía en el suelo. - Lárgate de esta casa. No quiero volver a verte nunca más.
- ¿Le pegó? - preguntó Elena sentándose al lado de Damon en la cama. Damon salió de su ensoñación de golpe y la miró. - Tu padre, ¿pegó a tu madre?
- Estuvo a punto – confesó agarrándose el cabello con las manos – Por defenderme. No se si le habría pegado antes, o si lo ha hecho después. Pero si se lo que vi. Y se lo que me hizo a mi.
Elena le puso una mano en la mejilla, obligándole a mirarla. Él seguía temblando.
- ¿Te fuiste por eso?
Damon asintió en silencio con la cabeza.
- No podía soportar vivir allí. Por mucho que yo le hubiera decepcionado, no tenía ningún derecho a pegarme. Ya no era un niño, yo me había esforzado como nadie por ser lo que él quería ser, por cumplir con sus deseos, y cuando las cosas me salieron mal... él me dio la espalda y un puñetazo en la nariz de regalo.
Elena lo miró con lástima. Quería preguntarle qué había hecho mal. Sospechaba que aquella escena era el desenlace de algo que venía de más atrás, probablemente relacionado con la boda fallida con esa tal Rebekah. Pero no le podía presionar más, notaba como le costaba contarle aquello. Ahora entendía porqué se había ido, sabía que no podía haber sido por una discusión sin más. Y sospechaba que le había dolido más que su madre no reaccionara que no el puñetazo de Giuseppe. Por eso se había puesto de aquella manera cuando Stefan la había arrinconado contra la mesa.
Le pasó un brazo tras los hombros y dejó que el se recostara contra ella. Todavía dolorido por el golpe, Damon agradeció el gesto. Era reconfortante poder confesarse con alguien, poder confesarse con ella. A quien intentaba engañar? Había querido matar a Stefan cuando lo había visto presionarla, no iba a permitir que la doblegara igual que su padre había hecho con su madre. A Elena no.
Estuvieron un buen rato en silencio, él recostado en ella, y poco a poco, sin decir una palabra, fueron acomodándose en la cama, hasta que terminaron tumbados, Elena todavía con los brazos alrededor de Damon y él con la cabeza recostada en su pecho.
- Mi madre le defendió – susurró él después de un largo rato sin pronunciar palabra. - Nunca le perdonaré que lo defendiera.
- Le quiere. Hacemos cosas estúpidas por amor.
- Pero si le levantó la mano aquella vez, no se la merecía. Nunca se la ha merecido. Intenté que lo entendiera, que se fuera conmigo... pero ella nunca quiso. Me decepcionó. Y por eso la dejé.
Elena le acarició el cabello sin decir nada más. Sabía que él lo había pasado mal. Sabía que tenía que haber una explicación tras toda esa hostilidad. Sintió que la respiración de él se iba relajando sobre su pecho y supo que no quería irse a su cama. Lo abrazó con más fuerza y cerró los ojos.
- No voy a volver con Stefan – susurró antes de quedarse dormida.
Damon esbozó media sonrisa y cerró los ojos, apretándola con más fuerza. Y mientras absorbía su aroma se dio cuenta de algo que llevaba mucho tiempo sin querer aceptar: Se estaba enamorando perdidamente de ella.
¡Sorpresa! Este ha sido intenso... a veces tengo la sensación de que la historia avanza un poco lenta... pero no me queda otro remedio si quiero hacerla creíble... ¿Qué os parece a vosotros? ¿Entendéis la marcha de Damon? muchas gracias por las reviews, que sepais que son las que me "han obligado" a publicar más pronto de lo esperado... ojalá mi escaso tiempo libre me permita mantener el ritmo... muchas gracias de nuevo por leerme, y por comentar! un abrazo enorme!
